LO MISMO ES CULPA NUESTRA, POETAS

Por: Enrique Gracia Trinidad


El otro día, estuvo en mi casa un amigo, hombre de carrera, preparado, sensible. Sobre la mesa del salón estaba el número 55 de la magnífica revista literaria «Cuadernos del Matemático», que dirige el poeta Ezequías Blanco. En la cubierta y contracubierta, a sangre, sendos dibujos del famoso grafitero portoriqueño Sen2, de sus series pop. Realmente llamativos y actuales.

Mi amigo la observaba con atención.
—Es una de las revistas literarias mejores de España —le dije—, si no la mejor:
relatos, artículos y mucha poesía.
—¿Poesía —se extrañó—, pues yo hubiera dicho que era algo de moda, de
videojuegos o algo así.
—¿Es que por llevar poesía —le pregunté— debería tener en la portada flores, un
paisaje brumoso o ser de color crema con títulos en caligrafía inglesa?
—Pues no sé, claro… es que me sorprende así tan moderna tan… no sé.
Sonreímos ambos

Y es que la gente normal, sencilla o complicada, los «de fichar» que dijo una vez el poeta Fernando Beltrán, los que andan en la brega diaria, fichen en un trabajo o no, sin pararse en versos o cualquier otro aspecto artístico, tienen una opinión del asunto poético bastante deformada: suelen identificar a los poetas con gente lánguida, proclives a las florituras verbales y al suspiro, fuera de la realidad y anclados en tiempos remotos.

Se trata de un error generado en la etapa romántica y agrandado en nuestra época que tiene del Romanticismo una idea equivocada pensando que sólo es sinónimo de enamoramiento, ojos en blanco, suicidios y tuberculosis galopante. Ni el romanticismo es literalmente eso —recuérdese el lema Sturm und Drang (tormenta e ímpetu)— ni la poesía tiene que deambular por territorios trasnochados, ensoñaciones irreales y paisajes desmayados.

La culpa sin duda es de la ignorancia general, pero también de los poetas que le damos más al lloriqueo amoroso que a otros temas (Homero se cabrearía) y andamos creyendo que lo nuestro es canela fina y exclusiva y que nuestras torres siguen siendo cristal etéreo y quebradizo en vez de buena piedra sillar que alterne las vidrieras luminosas con robustos muros.

Somos culpables de que muchos, alejados de su lectura, imaginen que la poesía es adorno decadente y superfluo, en vez de un elemento literario de primer orden y un arte destinado a promover la emoción, agitar las conciencias, remover el mundo y ofrecer la visión más intensa, hermosa, solidaria, simbólica y precisa del ser humano y del mundo que compartimos.

No es que debamos ponernos antipáticos, pero sí firmes y dejar alto el pabellón de la sensatez y la buena literatura poética, más allá de poses melifluas, palabrería pretenciosa, escapes de la realidad y exquisiteces de salón.

Algo estamos haciendo francamente mal para contribuir a la mala gestión poética de nuestro sistema educativo y al alejamiento popular de la poesía. Si a los recitales de poetas acuden sólo los poetas y poco más es como para cambiar de estrategia o dedicarnos a otra cosa. Me pongo a ello.

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