JULIO VERNE: UNA VIDA AL LÍMITE, UNA OBRA SIN LÍMITES

Por: Tomás Sánchez Rubio


En no pocas ocasiones a lo largo de mi vida, he llegado a la obra escrita de un autor a través del cine. Me ocurrió con la célebre saga protagonizada por Hannibal Lecter, y creada por Thomas Harris. Impresionado en su momento por la adaptación al cine de El silencio de los corderos (1991) -dirigida por Jonathan Demme-, leí con placer no solo la obra homónima, sino el resto de la serie; gracias a esto, descubrí una novela que no dudaría en calificar como obra maestra del terror psicológico: El dragón rojo, primero de dicha serie. Del mismo modo, me aproximé a la narrativa de Stieg Larsson y su Trilogía Millennium -protagonizada por el inquietante personaje de Lisbeth Salander- por medio de la versión cinematográfica sueca de Los hombres que no aman a las mujeres, del director Niels Arden Oplev (2009). Por otra parte, El diablo viste de Prada (2006), de David Frankel, me llevó a su fuente literaria, el libro de la periodista Lauren Weisberger. Creo que casi nunca me ha defraudado la obra escrita, la verdad. En alguna ocasión, la película me ha resultado de mejor calidad que el libro, si bien esto no es -ni debiera ser- lo natural.

En relación con este tema de la versión cinematográfica de las obras literarias, recuerdo con especial cariño aquellas cintas emitidas en el espacio “Primera Sesión” -posteriormente “Sesión de tarde”- de la primera cadena de la aún entonces TVE tras el almuerzo de los sábados: todo un clásico de mi infancia, allá en los 70. En inigualable compañía, me sentaba tras el almuerzo con mi padre y mis hermanas a compartir pipas de girasol, regaliz y otras chucherías de sobremesa, frente a aquel televisor Aspes en blanco y negro. Cuántas aventuras cabían en aquella pequeña salita de estar, acogedora, de mueble bar y de postigos abiertos, con persianas como pestañas postizas, plena de atentos espectadores que compartían emociones y alguna que otra siesta involuntaria sobre el hombro del compañero de asiento… Casi todos los títulos emitidos eran de factura estadounidense y de las décadas de 1950 y 1960. En dicho espacio vespertino se dieron cita -y no pocas veces en más de una ocasión a lo largo del tiempo- Las cuatro plumas, Capitanes intrépidos, El prisionero de Zenda, David Copperfield… Grandes actores como Alan Ladd, Spencer Tracy, Victor Mature o John Wayne llegaron a ser viejos conocidos para mí. De entre las actrices, me vienen a la memoria las excepcionales Eleanor Parker, Rhonda Fleming, Bette Davis o Katharine Hepburn, entre otras.

De entre los intérpretes habituales de esta cita semanal, ocupaba un lugar de honor Kirk Douglas. Actor polifacético y prolífico, Issur Danielovitch Demsky, hacía las delicias de niños y adultos con películas como el Ulises, de Mario Camerini y Mario Bava (1954); El último de la lista, de John Houston (1963); Los vikingos (1958, de Richard Fleischer); o bien el magistral Espartaco, de Stanley Kubrick (1960). En las dos últimas películas acompañaban al mencionado protagonista un versátil y eternamente joven Tony Curtis.

Entre la inacabable filmografía de Douglas que, tarde o temprano acababa llegando a la pequeña pantalla, recuerdo con especial cariño Veinte mil leguas de viaje submarino. Se trataba esta de una película de 1954, si bien estrenada en los cines españoles el 24 de octubre de 1955. Su director era Richard O. Fleischer, al que esperarían otros notables éxitos como El estrangulador de Boston o Tora! Tora! Tora!, y que era hijo del animador Max Fleischer, el creador de Betty Boop.
Veinte mil leguas de viaje submarino contaba con un elenco insuperable: Kirk Douglas como el arponero canadiense Ned Land; James Mason como el capitán Nemo, o Peter Lorre interpretando a Conseil, mayordomo del biólogo Aronnax.

Debemos recordar que este clásico contó con numerosas adaptaciones cinematógraficas, que, con mayor o menor fortuna, llevaron a la gran pantalla un argumento especialmente atractivo, así como un mensaje intemporal. Mencionaremos, a título de ejemplo, la película de 1916 (USA), de Stuart Paton, protagonizada por Allen Helubar. Posteriormente, destacaría la curiosa versión inglesa de 1969 -el mismo año en que Círculo de Lectores editaba una cuidada edición de la novela-, protagonizada por Robert Ryan y Chuck Connors, conocido este último en España por la serie televisiva El hombre del rifle. Entre las últimas adaptaciones, mencionaremos la dirigida por el actor y realizador Gabriel Bologna, protagonizada por Lorenzo Lamas y Natalia Stone.

En aquellos momentos, en que, como he mencionado antes, vi en televisión la película de Fleischer y Douglas, no era yo un niño, para qué decir lo contrario, que me deleitara con los libros de Verne, autor muy conocido en nuestro país, por otra parte, gracias a la editorial Bruguera, cuyo primer número de su colección ilustrada Historias Infantil fue precisamente la odisea del capitán Nemo. Dicha colección, que lucía en el lomo los retratos a todo color de los protagonistas de cada novela, era muy popular en aquella época. En ella aparecerían Un capitán de quince años, Un viaje a la Luna, La vuelta al mundo en ochenta días, de Verne; pero también escritos de otros narradores: Robinson Crusoe, Tom Sawyer, Las aventuras de Juanito y Juanín, o bien la antología de los cuentos para niños de mi admirado Oscar Wilde, con títulos inolvidables como “El gigante egoísta” o “El príncipe feliz”.

Sea como fuere, el caso es que fue Veinte mil leguas de viaje submarino la primera obra que, llevado por la versión cinematográfica, leí de este autor. Ni que decir tiene la profunda impresión que me causó la figura del Capitán Nemo, su amargura, pero también su espíritu indomable y cautivador. De ella pasé a otras novelas del escritor, y pronto llegué a la conclusión de que lo que escribía no eran simples novelas de aventuras, sino que reflejaban la naturaleza humana, en toda su grandeza o toda su miseria, con un estilo inigualable, producto de una mente sagaz y prodigiosa. Empecé pronto a interesarme por la figura del creador, que, hasta cierto punto, identificaba con la de algunos de los protagonistas de sus obras. Percibí pronto que se trataba de una existencia de todo menos aburrida, la verdad… Por algo este gran admirador de Charles Dickens y H.G. Wells era, tras Agatha Christie, el segundo escritor de ficción más traducido de todos los tiempos. No obstante, su vida también ofrecerá zonas de sombra, como, por otra parte, es algo propio de las grandes figuras de la literatura y del arte de todas las épocas.

Jules Gabriel Verne nació en Nantes, el 8 de febrero de 1828, muriendo en Amiens el 24 de marzo de 1905. Considerado el padre de la ciencia ficción, era un apasionado lector de la literatura científica. Su visión de futuro ha sido resaltada y admirada por generaciones. A través de sus libros calculó, describió y vislumbró inventos y descubrimientos que revolucionarían el mundo muchos años después de su muerte. Entre los hechos y elementos anticipados por él, se encuentran las armas de destrucción masiva, el helicóptero, las naves espaciales, los grandes trasatlánticos, internet, el submarino, el ascensor, los autómatas parlantes, el motor eléctrico, los gobiernos totalitarios, o bien la conquista de los polos norte y sur.

A los once años se escapó de su casa para convertirse en grumete de un barco mercante, el Coralie, que iba a la India; con el dinero obtenido pensaba comprarle un collar de perlas a su prima Caroline, de la cual estaba enamorado… Su padre lo alcanzó a tiempo e impidió que llevara a término esta su primera aventura.

En su época de universitario, Julio Verne pasó mucha hambre y pobreza. Su padre, que quería que Julio fuera abogado, dejó de financiarlo, ya que el joven no quería estudiar esa carrera. Los pocos ahorros que Julio Verne tenía se los gastaba en libros, pasando largas horas en la biblioteca. Por problemas económicos tuvo que dedicarse a ser corredor de bolsa por un tiempo. Asimismo, fue reclutado como soldado guardacostas durante la guerra franco-prusiana. Por culpa del hambre que pasaba llegó a padecer diversos problemas nerviosos, parálisis facial y calambres intestinales.

Aunque se llevaba muy mal con su padre, consiguió que este le diera 50.000 francos cuando se casó. Al mismo tiempo, al contraer matrimonio, provocó el disgusto de su misógino grupo de amigos. Efectivamente, Julio Verne pertenecía a un grupo de escritores que se autodenominaba Los once sin mujer. Por supuesto, fue expulsado del mismo al casarse con Honorine Deviane Morel. Parece que el escritor pensó en que iba a encontrar estabilidad emocional tras la boda, pero más bien sucedió todo lo contrario: se desesperaba, discutía y se mostraba airado con frecuencia; asimismo, escapaba de sus deberes conyugales siempre que podía.

En 1861 nace su único hijo, Michel Verne, que fue todo un rebelde. El propio Julio Verne lo hizo confinar primero en un correccional, y luego en un sanatorio mental; por ello, Michel desarrolló un gran odio hacia su padre.

No era el único miembro de su familia con quien tenía problemas. En 1886, mientras Verne regresaba a su casa, su sobrino Gastón, de veinticinco años, le disparó dos veces con un revólver sin razones claras. La primera bala falló, pero la segunda le hirió en la pierna izquierda, provocándole una cojera de la que no se recuperaría nunca. Por esta razón, Gastón pasó el resto de su vida en un manicomio.
Julio Verne fue concejal de Amiens, en Francia. En 1889 mandó a construir el circo municipal.

Como curiosidad diremos que, a pesar de la visión optimista sobre la ciencia y el progreso que mostró durante casi toda su vida, en 1863 escribió París en el Siglo XX, una versión pesimista y trágica del futuro que nunca llegó a sacar a la luz. Fue en 1989 cuando un bisnieto la descubrió en una caja fuerte y la hizo publicar en 1994. En la novela habla, con tono desesperanzador, de una ciudad con rascacielos de cristal, calculadoras, automóviles y trenes de alta velocidad…

Julio Verne y H.G. Wells, tienen sus nombres en una de las montañas de la cara oculta de la luna. A partir del 9 de marzo de 2008, la Agencia Espacial Europea puso en órbita el llamado vehículo espacial Julio Verne.

Muere Verne en 1905, y en 1910 su esposa Honorine. Ambos descansan en el Cimetière de La Madeleine de Amiens, al NE de París. El impresionante monumento funerario, que representa a Verne alzándose de la tumba con el brazo extendido al cielo, se debe al escultor Albert-Dominique Roze (1861-1952). El mausoleo, restaurado por Sabine Charki y Christine Bazireau, fue reinaugurado el 19 de febrero de 2014 en presencia de Jean-Jules Verne, tataranieto del escritor.

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