CLAUDIO BRAVO: EL ARTISTA AUTPDIDACTA. LA MIRADA DEL HIPERREALISMO.

Proverso abre la sección del  Atril a Claudio Bravo,  pintor chileno  pero artista autodidacta del pincel, en el que confluyeron con unanimidad todos los elogios sobre la estética y el realismo en sus obras.

Hace décadas era más difícil triunfar al traspasar fronteras, pero Claudio Bravo Camus lo consiguió. Además de un amplio legado artístico, el pintor chileno, que llegó a decir que era sudamericano solo por el pasaporte y sin influencias artísticas del continente que lo vio nacer, también dejó un importante patrimonio inmobiliario y de obras de arte en diferentes países que echaba por tierra la creencia de que del arte era imposible vivir.

Sus primeros años

Claudio Nelson Bravo Camus nació el 8 de noviembre de 1933 en Valparaíso (Chile), aunque pasó gran parte de su infancia en el campo, en Melipilla. Su padre era un adinerado terrateniente con tres fincas y su madre había sido una artista aficionada en su juventud. Fue una familia numerosa de ocho hijos, con una hermana mayor y Claudio el mayor del resto de hermanos, todos varones. Esa situación lo convirtió por decreto en el heredero de las propiedades familiares, aunque él nunca mostró interés alguno ni por las fincas ni por las vacas que poseía la familia, hasta el punto de no querer pintar jamás a ese animal, al que calificaba como “el más feo del mundo” al verlo en cuadros de los maestros.

El pequeño Claudio siempre quiso ser pintor. Estudió con los jesuitas en el Colegio San Ignacio, donde ya despuntó con dibujos realistas en sus cuadernos e ilustró la revista colegial. Sin embargo, su padre se negó a que fuera artista antes de acabar los estudios y le auguró el peor de los futuros: “Te morirás de hambre, serás un fracaso, un vagabundo”, le repetía a menudo, e incluso en una ocasión le quemó sus herramientas de pintura.

Su primer contacto con el arte lo tuvo a los nueve años, visitando una exposición junto a su madre y a su hermana. Se quedó prendado de los vaciados de yeso de esculturas antiguas y la experiencia marcaría su vida. Desde aquel primer instante siempre sintió admiración por las esculturas antiguas, que incluso llegó a coleccionar.

Fue precisamente en la escuela cuando un jesuita que se convirtió en su confesor, el padre Dusuel, lo animó a pintar y lo recomendó al maestro Miguel Venegas, que era el único profesor de arte en la ciudad. Con él estuvo tres años y se familiarizó con todo tipo de obras de arte y artistas europeos a través de libros y periódicos, razón por la que a lo largo de su carrera tuvo mucho de autodidacta y ninguna influencia hispanoamericana. Imitaba de niño obras de Vermeer, Fra Angelico y Baldovinetti.

A los 17 años Bravo realizó su primera exposición en el prestigioso Salón 13 de Valparaíso. Durante su adolescencia y parte de su juventud también compaginó su vocación pictórica con el baile en la Compañía de Ballet de Chile, pero después de mudarse a Concepción dejó el baile y lo cambió por las artes visuales, convirtiéndose en un retratista muy solicitado.

En la década de los 60 se estableció como retratista en Madrid, donde obtuvo un inmediato y unánime reconocimiento por su asombrosa capacidad de crear verosimilitud en sus obras. Su habilidad para representar objetos y formas complejas hicieron que fuera comparado con Velázquez. Siempre recordó como una de sus mayores satisfacciones ver las obras del Prado a tamaño natural, cuando antes siempre las había visto en revistas y periódicos.

A finales de la década, en 1968, Bravo Camus recibió una invitación del dictador filipino Ferdinand Marcos para pintarlos a él y a su esposa, Imelda Marcos, así como a miembros de la alta sociedad filipina, pero acabó rechazando la oferta porque se negaba a que sus trabajos fueran realizados a partir de fotografías y prefería tener al modelo presente. Siempre defendió que había que «capturar la esencia del objeto a pintar, y eso solo se puede realizar teniendo en frente al modelo”.

En 1970 realizó su primera exposición en la Staempfli Gallery de Nueva York y su fama internacional se convirtió en mundial. En este periodo empezó a pintar paquetes envueltos y atados con cuerdas en un estilo realista realzado. “Los fotorrealistas, como las máquinas, copiaron directamente de las fotografías”, dijo a la revista Américas en 2001 para defender su autodefinición de pintor superrealista: “Siempre he confiado en el tema real porque el ojo ve mucho más que la cámara: medios tonos, sombras, pequeños cambios en el color o luz”.

Tras conocer Marruecos junto al escultor Raúl Valdivieso, estableció su lugar de residencia en Tánger en 1972. Allí compró una mansión de tres pisos del siglo XIX. Con el tiempo, las adquisiciones patrimoniales se hicieron una constante al tener un gran éxito y no tener que depender de los retratos para vivir: tenía cuatro villas en Marruecos, un apartamento en Manhattan y otro en París.

Aunque la fuerte demanda de sus pinturas lo liberó de tener que trabajar para vivir, siempre aceptó los encargos ocasionales, como en 1978, cuando pintó un retrato de Malcolm Forbes vestido con un mono de piloto de motos y rodeado de cascos de moto.

En 1994 el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago de Chile organizó una exposición retrospectiva de su obra por la que pasaron más de 280.000 visitantes. Nadie imaginó que asistirían tantas personas después de haber pasado las últimas décadas viviendo en Marruecos y ser prácticamente un desconocido en Chile.

Años más tarde, en 2000, donó al Museo del Prado 19 esculturas grecorromanas. Fue precisamente el 24 de mayo de aquel año cuando, después de inaugurar la muestra La donación de Claudio Bravo, los ahora reyes eméritos de España, don Juan Carlos y doña Sofía, le impusieron la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio.

Bravo realizó a lo largo de su vida una cincuentena de exposiciones individuales y participó en muchísimas colectivas, formando parte sus obras de las colecciones de una treintena de museos.

Sus últimos años

Desde 2000 fijó su residencia de invierno en Marrakech y el resto del año lo pasaba en Tánger. Su última exposición tuvo lugar en octubre de 2010 en la Galería Marlborough de Nueva York. El 4 de junio de 2011 sufrió un ataque de epilepsia en Marruecos. Trasladado de urgencia al hospital, le sobrevinieron dos infartos que le causaron la muerte. Tenía 74 años.

Su fallecimiento le impidió hacer frente a los proyectos que tenía en mente, como crear una fundación en España y hacer un museo en Chile con su colección privada y objetos personales, como las esculturas romanas, sus obras de Andy Warhol, de Francis Bacon o de Manolo Valdés, sus lacas chinas antiguas y sus vidrios romanos, las esculturas de Botero, Rodin, Benjamín Lira y Vicente Gajardo, y su fantástico conjunto de muebles contemporáneos.

Su consolidada trayectoria internacional de más de 50 años convirtió a Claudio Bravo Camus en uno de los pintores con mayor prestigio en todo el mundo gracias a su estilo realista muy cercano al hiperrealismo.

En 2002, el Consejo de Ministros le concedió la nacionalidad española por sus méritos y aportes artísticos.

En 2008 decidió alejarse aún más del ruido y se construyó otra residencia en Tarudant, al sur de Marruecos, donde vivió hasta el fin, acompañado solo por sus numerosos sirvientes. Solo, pero vinculado a su entorno y apreciado por ellos al donar al pueblo un hospital y una escuela. Pintaba a diario durante largas jornadas. Alguna vez habló de «la angustia de la creatividad». Quizá estaba buscando acabar con la maldición de lo excesivamente real.

Completamente aislado en el desierto marroquí, murió el a los 74 años.

OBRA

Hay una contradicción, casi una maldición, para el buen pintor. Cuanto más fiel es a la realidad lo reflejado a través de la pintura, más difícil es que esta brille con el halo del arte. Lo saben bien los pintores hiperrealistas, como el chileno Claudio Bravo. Un artista que consiguió sin dificultad el reconocimiento de galerías y coleccionistas, de aristócratas y gente adinerada que hacía cola para ser retratada por él. No siempre fue bien considerado por la crítica y los museos. Él se dejó acariciar por el mundo de la fama, pero llegó un momento en que eligió seguir su búsqueda del arte a solas. Hastiado de la popularidad y la vida frívola, decidió instalarse en Marruecos. Primero en Tánger, en los años noventa, en un palacio de refinada decoración pero aislado de lo mundano. Una excéntrica vida monacal dedicada al trabajo y a los placeres más exquisitos: los de la mesa, el paisaje, los caballos de raza. Algunos amigos célebres le visitaban.

Bravo «siempre tuvo intenciones de hacer un museo en Chile con su colección privada y objetos personales, como las esculturas romanas, sus obras de Andy Warhol, de Francis Bacon o Manolo Valdés, sus lacas chinas antiguas y sus vidrios romanos, las esculturas de Botero, Rodin, Benjamín Lira y Vicente Gajardo, y su fantástico conjunto de muebles contemporáneos», ha asegurado Ana María Stagno, directora de la sección chilena de Marlborough Gallery. No logró realizar ese proyecto, como tampoco el de crear una fundación en España.

Se caracteriza por la perfección y refinamiento de sus retratos, siempre del natural… A Claudio Bravo, le acompañaba un aire cosmopolita y mundano que nunca lo abandonó.   Si Antonio López es el gran hiperrealista de la visión “pobre”, Claudio Bravo es el maestro hiperrealista de lo “rico” o refinado, aunque él prefería decir que era superrealista.

Desde el retrato y el autorretrato, lleno de guiños a los grandes maestros, hasta  composiciones como el cuadro “Madona”, donde en un paisaje marroquí, casi desértico, monta una composición de la virgen con los santos (uno un joven Sebastián flechado) que recompone -no imita- a algunos maestros italianos del “Quattrocento”.

Bravo Camus fusionó la técnica clásica de los pintores barrocos españoles  (Velázquez y en general la pintura española del XVII,) con un toque de surrealismo al estilo de Salvador Dalí. juega y recrea entre personajes y situaciones actuales y con un aire enormente sobrio -algo que contacta con una mística muy sutil- pero también y siempre con una elegancia escueta, nunca recargada, que marca el ya comentado refinamiento

En ocasiones se le comparaba con los pintores fotorrealistas por su perfeccionismo a la hora de retratar cualquier cosa, desde personas a cajas de cerillas, verduras, cascos de moto o productos de limpieza. Lo que hacía especial al chilero era que no basaba sus lienzos en fotografías, prefería fiarse más de su vista: “El ojo ve mucho más que la cámara: medios tonos, sombras, pequeños cambios en el color o la luz”.,.

Homosexual que no alardeaba demasiado de serlo, en la obra de Bravo hay hermosos desnudos masculinos (a menudo magrebíes), así como la influencia marroquí aparece también en sus lienzos, por ejemplo, donde retrata con minucia un par de babuchas, en personajes con chilabas y alquiceles y por supuesto en rasgos que llegan hasta el vestuario de un equipo de fútbol local…

Defendió la perfección del arte realista. Pero lo hizo con “voz” es decir, con un estilo y una manera de pintar inconfundibles. Ya en vida del artista, alguna de sus obras alcanzó en subastas de Nueva York algo más del medio millón de dólares. Su muerte fue súbita, inesperada. Es un pintor que por refinamiento, por afán de elitismo, por gusto de un trabajo quintaesenciado y muy elaborado, rehuyó siempre la popularidad y cualquier contacto excesivo con el público.

Claudio Bravo ha sido uno de los grandes pintores hiperrealistas del siglo XX ,  nunca dejó la figuración pese a la moda del abstracto en los años 60.

A pesar de sus autorretratos, bodegones, o objetos minuciosamente pintados   expresa además una suave metafísica y un clasicismo renovado, que a veces está cerca de lo mejor del americano Paul Cadmus.

De su obra ha dicho el escritor marroquí Tahar  Ben Jelloun: “es un perfeccionista  aun sabiendo que la perfección es mal asunto, porque necesita dar a sentir que la mano es humana y no mecánica.”. En Claudio Bravo se notaba.

La obra de este retratista, autodidacta en su mayor parte  siempre será recordada por la gran verosimilitud que otorgaba a sus creaciones. Tanto es así, que muchos han llegado a comparar su estilo con el del mismísimo Velázquez.

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