LA LUZ DE LEE KRASNER

Por: Lourdes Páez Morales


Hubo un revuelo tremendo en la clase de un reconocido profesor de Historia del Arte cuando alguien le preguntó si no daríamos a Frida Kahlo por algún motivo concreto y este respondió sin tapujos: “No la explicaré porque es mujer”. Muchos se levantaron y se fueron, y otros, temerosos de que lo siguiente que explicara cayese en el examen, nos quedamos sentados allí mirando con estupor al que era uno de los grandes popes de la universidad, admirado hasta el punto de haber alumnos que hacían mil carambolas por asistir a sus “magistrales” clases.

“¿Esto es la Historia del Arte?” −Pensé entonces. Pues sí… La Historia del Arte en la segunda mitad de los noventa parecía un listín telefónico compuesto por nombres masculinos en el que, por alguna coyuntura medianamente favorable, se había colado alguna mujer. Entre ellas andaba ya por entonces siendo reconocida por los profesores (en aplastante mayoría hombres) Sofonisba de Anguissola, que conocí por uno de los menos −por decirlo de manera educada− “renovadores” de todo el claustro, lo que nos puede dar una idea de que reivindicar hoy en día su figura como “gran desconocida” no es riguroso, a pesar de que algún museo se empeñe en venderlo como tal. Con el tiempo, me di cuenta de que aquella carrera no era más que el fiel reflejo de la sociedad. Que mil veces más habría de sentirme orgullosa −siendo mujer− por conseguir con más esfuerzo las más nimias cosas en la vida, y que otras mil más, estaría expuesta a sentir la discriminación por el simple hecho de no ser un hombre. Hoy, en mi trabajo en un museo de arte −cuyas riendas lleva acertadamente una mujer−, ante la escasez de creadoras femeninas en las colecciones, intento desde hace unos seis años rescatar la memoria de las mujeres que quedaron olvidadas por el simple hecho de ser y saberse “esposas de”, “hijas de” o simples modelos, musas sin nombre y apellido, algo que −para mi orgullo− destacaron por novedoso en el último congreso al que asistí, sobre investigación y género. 

Hoy, al hilo del recuerdo de aquel desafortunado comentario −ahora juzgo más fuegos de artificio o fanfarronada que otra cosa− del que fuera mi profesor en la carrera, me parece necesario recordar a una de aquellas mujeres artistas, concretamente pintora, a las que esta persona omitió deliberadamente en su asignatura de “arte contemporáneo”: Lee Krasner, en cuya figura me introdujo, por la admiración que hacia ella siente, mi querido compañero Tomás Sánchez Rubio.

Corría el año 1951 cuando las corbatas van Heusen se anunciaban en Estados Unidos, el país natal de la artista, bajo el eslogan “demuéstrale que es un mundo de hombres”.  La ilustración no dejaba lugar a dudas. Una señora, postrada de hinojos −por decirlo de manera eufemística− le ofrecía el desayuno en la cama a su esposo, vestido de calle, con aire de superioridad. La actitud de un siervo sometido ante el amo es el mensaje subliminal que se podía desprender de aquel anuncio, y en general de la publicidad norteamericana de mediados de los 50 que utilizaba de manera jocosa la tácita superioridad masculina sobre la mujer, y que, desgraciadamente fue modelo para otras sociedades occidentales del llamado “primer mundo” en pleno desarrollismo consumista.

Lee Krasner nace en Brooklin, Nueva York, en 1908, en el seno de una familia judía de procedencia ucraniana. Desde muy jovencita decide ser artista, y se matricula con trece años en la Washington Irving High School neoyorkina, por ser la única escuela pública que ofrece clases artísticas a mujeres. Atraída más tarde, de la mano de su profesor Hans Hoffman, por el cubismo sintético de Picasso y el color de Matisse, comienza a fundir estas influencias que la acaban conduciendo al camino de la abstracción que −salvo algún rasgo figurativo en su obra de la década de los 50− ya no abandonará jamás. Es por estos años de sus inicios en lo abstracto, concretamente en 1942, en la Galería MacMillan, cuando conoce al también artista Jackson Pollock. A partir de ese momento, ella −nacida Lenore, pero que cambia su nombre artístico al más ambiguo “Lee”− perderá cualquier posibilidad de brillar con luz propia, no por su menor valía, sino por ser simple y llanamente mujer. En resumen, el resto de ambas biografías se compone de su matrimonio a los tres años de conocerse, su traslado a una casita de campo en Long Island, donde evolucionan sus carreras, ella hacia sus “Little Images” y él hacia su famosa técnica, el dripping, que lo consagra como uno de los pintores más carismáticos de su tiempo, y, personalmente, hacia su total autodestrucción por la bebida y un accidente que le cuesta prematuramente  la vida en 1956 a los cuarenta y cuatro años de edad.

Al buscar información sobre Lee Krasner, como puede pasar con tantas otras mujeres artistas, te das cuenta de que la injusticia cometida con ellas ha sido brutal e irreparable. En las biografías sobre Krasner hay comentarios magnánimos que hablan de ella como pilar fundamental en el expresionismo abstracto. Sin duda, hay buena intención en ellos, pero no es menos cierto que la merma de su visibilidad −cultivada por ella misma, que hizo esfuerzos denodados por resaltar la pintura de su esposo por encima de la suya, como tan certeramente se refleja en la película dirigida y protagonizada por Ed Harris “Pollock”− propició que durante décadas otros pintores bebieran de las fuentes de los baluartes masculinos de la misma escuela (American Abstract Artists) y menos de la pintura de Krasner. En el campo artístico, cuando se hace una investigación de género o recuperas la memoria de estas mujeres a las que la sociedad y los círculos dominantes olvidaron, ya sean creadoras o musas, no debemos obviar que ellas mismas adoptaron en ocasiones −por convicción propia o por obligación− ese rol de ciudadanas de segunda, lo que socava aún más su invisibilización. Percibes −volviendo un momento a mis estudios− cómo, y no en pocas ocasiones, la mujer se empeña en firmar en algunos documentos con el apellido de su esposo, que era el que le daba posición y relevancia social, sin posibilitar que trascendieran de esas valiosas pruebas informativas, ni su nombre de pila, ni su verdadero apellido. El investigador de género debe saber que su labor es la de devolver a estas mujeres algo que la sociedad les arrebató, fueran o no conscientes de ello, consentidoras o no: su propia identidad y su valía. Pero… ¿Cuál es el rol adoptado por Lee Krasner? ¿Fue ella una mujer supeditada al genio de su marido Jackson Pollock? ¿Qué pensaba realmente Lee de sí misma?

Responder a estas cuestiones de un modo certero es complicado. Sin embargo, la proximidad histórica a ella hace que conservemos notables testimonios de la propia artista, como las entrevistas que concedió a la televisión norteamericana:  en 1978 para la serie “Inside New York´s Art World”, con Barbaralee Diamonstein; en 1979, entrevistada por Barbara Novak; o en 1981, por Lyn Blumenthal y Kate Horsfield. En ellas habla en primera persona de su pintura, pero inevitablemente el nombre de Jackson Pollock sale siempre a relucir, dado que ella seguía siendo la testigo más directa de la genialidad del pintor. Lee se muestra segura de su carrera, y en alguna ocasión deja entrever −con un excelente sentido del humor− su cansancio ante el rol secundario que le da la entrevistadora: A la pregunta de Diamonstein de en qué estaba trabajando Pollock en un determinado momento de sus vidas, Krasner responde “I don´t know, I had my own problems” (No lo sé. Yo tenía mis propios problemas). Tras una sonora risa de la audiencia, Lee se justifica −ante la seriedad de la interlocutora− diciendo que a ella le gustaba lo que Pollock estaba haciendo entonces, y que sentía una enorme admiración por él, pero que ella sentía una gran preocupación por aquellas masas grises en su pintura.

No debió ser sencillo para esta mujer, cuya valía artística es reconocida ahora en la medida en que debió serlo en su propio momento, como una de las figuras más brillantes de los American Abstract Artists, vivir empequeñecida por la importancia concedida a su pareja en su mismo campo. En una ocasión afirmaría que hubiera dado cualquier cosa por haber tenido a alguien que le aportara lo que ella aportó a Pollock. Todo dicho. La figura de Lee Krasner nunca podrá desligarse de la de Pollock, al fin y al cabo, ella también es una pieza clave ineludible en la biografía de él.  Ambos están enterrados en Springs, en el Cementerio de Green Rivers. Sus tumbas tienen sendas piedras superpuestas: la de él, de un tamaño considerablemente mayor. Sin embargo, hay algo que está cambiando: hoy en día Lee Krasner está presente en los libros de Historia del Arte Contemporáneo con personalidad y derecho propios. No podemos volver atrás, pero sí podemos cambiar nuestra mirada. 

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