GIOVANNI BOLDINI | EL PAGANINI DE LA PINTURA

El Atril

Por: Isabel Rezmo


Proverso abre el atril con la figura del artista Giovanni Boldini (Ferrara, 1842 – París, 1931).  Podemos considerarlo en palabras actuales  como   el instagramer más influyente y poderoso del mundo del arte. En su extensa obra predomina el retrato de bellísimas mujeres que pasean por maravillosos jardines o exhiben su riqueza recostadas de manera indolente en rincones de sus lujosas mansiones. Pueden acariciar un perro, tocar el piano o aparentar que leen un libro, pero siempre miran directas al artista en poses sugerentes formando una rica galería de la sociedad cosmopolita de la que él fue un protagonista esencial.

A lo largo del tiempo se le consideró un artista superficial  por su imagen de hombre de mundo y artista complaciente con su clientela.  Fue un artista de moda durante mucho tiempo y atento a los incontables encargos de la alta sociedad.  Pero  el éxito social y económico no puede sustraer el reconocimiento de su talento artístico.  En sus obras tuvo las influencias de otros maestros indiscutibles españoles   como en el caso de Sorolla, llegando  a ser grandes amigos.  Tuvo un estilo único que mantuvo a lo largo de toda su vida, basado en la intuición del instante y el movimiento, reflejado con rápidas pinceladas, pero sin perder nunca de vista la figura y la expresión del retratado.

 INICIOS Y RECONOCIMIENTO

Giovanni Boldini (Ferrara, 31 de diciembre de 1842 – París, 11 de enero de 1931) fue un pintor italiano.

Boldini fue el octavo de 13 hijos de Antonio y Benvenuta Caleffi. Su padre, nativo de Spoleto, era pintor de matriz purista, alumno de Tommaso Minardi (1787 – 1871), y restaurador. Se dice que, dotado de notable técnica, hacía buenas copias de obras de Rafael y de paisajistas venecianos. De su padre recibió Zanin (como era conocido familiarmente Giovanni) las primeras enseñanzas de dibujo.

Desde 1858 frecuenta los cursos de pintura de Girolamo Domenichini (1813 – 1891), autor de los frescos, de tradición académica, del Teatro local, y de Giovanni Pagliarini (1809 – 1878), que se impartían en el Palacio de los Diamantes. Tuvo también la oportunidad de conocer bien a los grandes pintores ferrareses del Quattrocento, además de Dosso Dossi y el Parmigianino.

Su primera obra importante fue Il cortile della casa paterna, (El patio de la casa paterna), un óleo fechado en el año 1855. Le siguen, fechados a fines de la década de 1850, un Autorretrato a los dieciséis años y los retratos de su hermano Francesco, de Maria Angelini y de Vittore Carletti.

En 1862 se inscribe en la Academia de Bellas Artes de Florencia, donde fue alumno de Stefano Ussi (1822 – 1901) y de Enrico Pollastrini (1817 – 1876). Frecuenta el conocido lugar de encuentro de los artistas florentinos, el Caffè Michelangiolo, donde conoce Giovanni Fattori, Odoardo Borrani, Telemaco Signorini, Cristiano Banti, del cual es huésped en sus villas de Montorsoli y de Montemurlo, y Michele Gordigiani (1830 – 1909) y ya manifiesta su interés, que no abandonará jamás, por los salones elegantes de la aristocracia y de la burguesía, siendo huésped de la familia Falconer, para los que decora con témpera en seco, entre 1867 y el 1870, las paredes de una salita de su villa en Pistoia, «La Falconiera» «La Falconiera». La villa será comprada en 1938 por la viuda del pintor y en ella se guardan aún un centenar de sus obras.

En el 1866 marchó a Nápoles con Banti, a quien retratará en varias ocasiones. En 1867 hace un viaje a Francia, con los Falconer: en Montecarlo pinta el Generale spagnolo («Una de las mejores cosas de mi juventud», dirá). En París visita la Exposición Universal y conoce a Edgar Degas, Alfred Sisley y Édouard Manet.

Se establece en Londres en 1870, invitado por William Cornwallis-West, a quien había conocido en Florencia. Este pone a su disposición un estudio en el centro de la ciudad, frecuentado por la alta sociedad, pero a fin de año se encontraba nuevamente en Florencia.

En octubre de 1871 se establece en forma estable en París, abriendo un estudio en la Avenida Frochol y luego a la Plaza Pigalle, donde vive con la modelo Berthe. Trabaja para el marchante más importante de París, Goupil, para quién trabajaban ya pintores de gran éxito como Mariano Fortuny y Ernest Meissonier, además de los italianos Giuseppe Palizzi y Giuseppe De Nittis. Pinta una serie de cuadros de género al gusto dieciochesco, muy de moda en la época.

En 1874 expone con éxito en el Salón de París su cuadro Las Lavanderas. Termina su relación amorosa con Berthe e inicia una con la condesa Gabrielle de Rasty, de quien expone un retrato en el Salón de 1875. En mayo retorna brevemente a Ferrara a causa de la muerte de su madre. En 1876 viaja a Alemania, donde conoce y retrata al gran pintor Adolph von Menzel, y a Holanda, donde admiró las obras de Frans Hals.

En 1886 retrata por primera vez a Giuseppe Verdi sobre tela y le regalará el retrato siete años después en Milán, pero no satisfecho con el resultado lo retratará nuevamente utilizando pastel sobre papel, en 5 horas. El pintor guardó este retrato para sí, presentándolo a la Exposición de París de 1889 y en 1897 a la Primera Bienal de Venecia, donándolo finalmente a la Galería de Arte Moderna de Roma en 1918. l 5 de febrero de 1887 asiste en el Teatro alla Scala de Milán al estreno del Otello de Verdi, habiendo sido invitado al palco. En 1889 es nombrado «Comisario» de la sección italiana de la Exposición Universal de París, exponiendo tres de sus retratos, uno de los cuales es el famoso Retrato de Emiliana Concha de Ossa, sobrina del embajador chileno ante la Santa Sede, Luis Subercaseaux.

En la primavera de 1900 fue huésped, en Palermo, de la familia Florio, para pintar el retrato de Donna Franca. La pintura no satisfizo a su marido, a causa del amplio escote y de las piernas descubiertas un poco debajo de las rodillas. El retrato fue modificado y vendido después (1928) por el enorme monto de un millón de liras. Posteriormente, el cuadro fue robado por los ocupantes nazis en París, y llevado a Alemania, donde sufrió serios daños que obligaron a cortarle su parte inferior.

En 1904 Boldini pide la mano de Alaide Banti, hija de su amigo pintor Cristiano, pero la boda no se llevó finalmente a cabo, y en París inicia una relación con la señora de Joss de Couchy.

Con el inicio de la Primera Guerra Mundial, en 1914 se traslada a Niza en compañía de su modelo Lina, hasta 1918. Ya enfermo, con la vista débil, en 1926 conoce a la joven periodista Emilia Cardona, con quien se casa el 29 de octubre de 1929.

Murió en París, el 11 de enero de 1931. Sus restos descansan junto a los de su familia en el Cimitero Monumentale della Certosa di Ferrara.

TECNICA Y OBRA

Su virtuosismo, mezclado con su éxito entre la alta sociedad de la época le valió el sobrenombre  el “Paganini de la pintura”. Se le considera  uno de los pintores más influyentes del París de los artistas al final del siglo XIX.

Influyó  en la obra de  los pintores españoles que acudieron a París -un influjo mutuo, en todo caso- como Fortuny, Madrazo, Zamacois, y también inter(re)ferencias con autores como Sorolla, Ramón Casas, Román Ribera y otros.

Su estilo   siempre interroga con un toque psicológico a sus modelos, rodeado de una gestualidad bastante temperamental, como se ve en el retrato de Mery Donegany, en el que están definidas las bases de su personalidad pictórica y su preciosismo. En otros cuadros intuimos  una cierta mirada a la pintura áulica del XVII, como demuestra el retrato de Un viejo y desdeñoso general español.

Pero sus manos aprenden rápidamente, las pinceladas se sueltan y cuando llega al París de la III República, en 1871, ya tiene un marcado peso en su obra la pintura de moda: cuadros de pequeño formato que desatan una fiebre entre las familias poderosas.

Mientras el impresionismo llega a Montmartre, Boldini se esfuerza en representar la alegría de vivir del gran mundo, aunque también será perceptible, y creciente con los años, el perfume de la decadencia.  Condesas de mirada perdida y elegantes vestidos, señoras lánguidas de generosos escotes en salones suntuosos, siempre con poses efectistas o ficticias. Es seguramente en esta época en la que Boldini se gana a pulso esa fama de superficialidad que la crítica y sobre todo el mercado tratan de limpiarle en los últimos años.

align=»justify»A finales de los años 70 del XIX, Boldini ya abjura del retrato de moda. Busca nuevos caminos y aquí la muestra cobra más interés y enseña otros caminos, con paisajes y escenas de las calles, como la Plaza Clichy.

Los cruces de caminos con Madrazo y Fortuny son parte del mapa de su ciudad pictórica. Del mismo Fortuny se muestra una obra singular: la Playa de Portici, de 1874, un cuadro tardío que da una idea de los logros que el pintor habría sido capaz de realizar si no hubiera muerto poco después.

Los retratos aumentan de tamaño y muestran un creciente dominio técnico. Sirven de ejemplo los de Concha de Ossa, la condesa de Vitta o mujeres anónimas como la Dama rubia en traje de noche. Y en obras de menor formato, series de desnudos en posturas imposibles que subrayan los encantos del cuerpo femenino desde la mirada del pintor voyeur.

Al tiempo, en esta etapa abre nuevas vías experimentales, como las Parejas danzantes  o los  Pensamientos, en las que depura colores y formas en invocaciones casi abstractas. Sin embargo, Boldini sigue fiel al retrato, su gran género, en el que alcanza todos los virtuosismos, como muestra el dedicado a James Abbot McNeill Whistler, en 1897, dotado de una enorme expresividad. El dandi cosmopolita aparece con un toque de indolencia, sentado en una silla Luis XIV, y refleja todo el encanto y la decadencia de un mundo que se agota, veloz, en el camino a la Primera Guerra Mundial.

Y tal vez la obra cumbre de la muestra sea el retrato de Cléo de Mérode, que propició hipérboles de la crítica difícilmente justificables, cuando lo calificaron de Gioconda del XIX.

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