DE LITERATURA Y DE CINE: HENRYK SIENKIEWICZ

Por: Tomás Sánchez Rubio


Como todos sabemos, el Premio Nobel es un galardón de carácter internacional que se otorga cada año en reconocimiento a personas o instituciones que hayan llevado a cabo investigaciones, descubrimientos o contribuciones meritorias y notables en provecho de la Humanidad, bien durante el año anterior a la concesión, bien en el transcurso de sus carreras. Dicho premio se instituyó en 1895, en sus diversas modalidades, como última voluntad testamentaria del industrial sueco Alfred Bernhard Nobel (1833-1896), propietario de la empresa metalúrgica Bofors especializada en armamento. La Fundación que lleva el apellido del ingeniero se creó en junio de 1900, cuatro años después de su muerte, y los premios empezaron a concederse en 1901. Las categorías en principio galardonadas fueron Física, Química, Fisiología o Medicina, Literatura y Paz.

Me gustaría aprovechar para hacer mención, como antecedentes de la figura del escritor en cuyo estudio deseo detenerme, de los nombres de aquellos primeros premiados con el Nobel de Literatura. Así pues, en 1901 se le otorga a René François Armand “Sully” Prudhomme, poeta y ensayista francés. En 1902 lo recibe el filólogo e historiador alemán Christian Matthias Theodor Mommsem. El concedido en 1903 va a parar al noruego Bjørnstjerne Bjørnson, célebre por componer la letra del himno nacional de su país.  Frédéric Mistral, escritor en lengua occitana, y nuestro dramaturgo José Echegaray comparten el galardón en 1904.

Será en el año 1905 cuando el Nobel recaiga en Henryk Adam Aleksander Pius Sienkiewicz, escritor polaco, más conocido por Henryk Sienkiewicz. Había nacido el 5 de mayo de 1846 en Wola Okrzejska, una aldea en el este de Polonia, el mismo día que veía la luz en Madrid el conocido compositor de zarzuelas Pío Estanislao Federico Chueca y Robres. Sienkiewicz fallecería en Vevey, Suiza, el año 1916. Hijo de una familia perteneciente a la nobleza campesina, se formó en un ambiente rural donde se mantenían vivas las tradiciones de su patria. Estudió en Varsovia, donde se matriculó en la Facultad de Medicina y luego en Filología. No obstante, dejaría sus estudios en 1869, colaborando desde 1873 en la publicación Gazeta Polska. Cuando, en 1876, se mudó a Estados Unidos durante dos años, continuó trabajando para el periódico enviando artículos en forma epistolar que luego se recopilarían en el libro Cartas del viaje. Desde California viajaría a Francia e Italia; posteriormente visitaría España, Grecia y Turquía, volviendo más tarde a América. En 1882 se hizo cargo de la dirección del periódico conservador Slowo (La Palabra). En las páginas de este comenzó la publicación en serie de la novela A sangre y a fuego, primera entrega de su célebre trilogía completada por El diluvio y El señor Wołodyjowski (1888), donde recrea la resistencia polaca frente a las invasiones del siglo XVII.

Haciendo uso de su prestigio en defensa de la causa de Polonia, dirigió una carta abierta al káiser del Imperio alemán y último rey de Prusia, Guillermo II, en la que se oponía a la germanización de la Posnania y con la que atrajo la atención mundial sobre la suerte de su país.

Se casó en tres ocasiones: con Maria Szetkiewicz —quien murió de tuberculosis exactamente cuatro años después del matrimonio—, María Wolodkowicz —que lo abandonó a tan solo dos semanas de la boda— y María Babska, su sobrina. 

A comienzos de la Primera Guerra Mundial se hallaba en Suiza, donde formó, con Ignacy Jan Paderewsky, ex Primer ministro de su país, un comité para las víctimas de la guerra en Polonia. Nunca volvería a ver su tierra natal. En 1924, sus restos fueron trasladados a la catedral de San Juan en Varsovia.

Su producción literaria, versátil, bien documentada históricamente y con un fuerte componente social, hace de Henryk Sienkiewicz el representante más autorizado de la renovación de la literatura polaca. Sus obras, traducidas a más de cuarenta idiomas, lo convirtieron en uno de los autores más leídos del siglo XX.

Autor prolífico, como narrador se le recuerda sobre todo por sus novelas inspiradas en la historia de Polonia, como la trilogía mencionada anteriormente, o la impresionante Sin dogma, de 1891. Maestro consumado del más recio realismo, son también célebres sus relatos (Nadie es profeta en su tierra, 1872; Bocetos al carbón, 1880), así como sus novelas cortas (Bartek el vencedor, 1882; El torrero, 1880).

Será, sin embargo, la novela histórica ambientada en tiempos del emperador romano Nerón (37-68 d.C.) Quo vadis?, publicada en 1896, su obra más celebrada y popular a nivel internacional. El argumento principal de la novela, que mezcla personajes reales y ficticios, se centra en la historia de amor entre Marco Vinicio y Ligia, dos personas que pertenecen a mundos completamente diferentes: Vinicio es un militar, noble romano, mientras que Ligia, hija de un rey bárbaro que gobernaba un pueblo lejano emparentado con los suevos, es una esclava de Roma adoptada y educada por Aulio Plaucio y su mujer Pomponia Grecina, ambos convertidos a la religión cristiana. Gracias a Ligia, el joven patricio sufre una decisiva transformación y abraza el cristianismo, tras lo cual Ligia accede a casarse con él. 

En la obra llama la atención un personaje trágico y a la vez cómico: el griego Chilón Chilonides, hombre sin escrúpulos morales que está dispuesto a todo, incluso a incriminar al inocente. No obstante, su papel experimenta un cambio radical, ya que, al final, acaba muriendo crucificado en defensa de aquellos a quienes delató falsamente, los cristianos.

Otra figura clave del libro es Petronio, patricio y consejero de confianza de Nerón que, históricamente, en Roma constituiría un ejemplo de gusto y elegancia refinados. Petronio simboliza la cultura clásica del pasado, grandiosa en comparación con la que predomina durante el gobierno del emperador, velada por unos principios en constante decadencia. A lo largo de una lucha continua entre la vida y la muerte, Petronio critica las ideas de Nerón y pierde. Desde un principio su actitud es un suicidio y así precisamente acaba el noble intelectual: suicidándose entre los brazos de su amada, la esclava Eunice.

En la obra, junto a Petronio aparecerán también el temible prefecto del pretorio Tigelino, Séneca, Lucano o los apóstoles Pedro y Pablo. Con un argumento ágil y perfectamente trabado, se mezclan en la novela la intriga y la acción con emotivas escenas llenas de dramatismo. 

Diversos autores afirman que Quo vadis? es una epopeya del cristianismo. El dato parece innegable, si bien la obra es compleja y engloba aspectos puntuales de la historia polaca. Se retrataría la represión centralizadora que tuvo lugar en Polonia cuando esta desapareció del mapa de Europa en el año 1795. Los territorios polacos quedaron divididos entre Prusia, el Imperio ruso y el Imperio austrohúngaro y el país no volvió a aparecer como tal hasta 1918, tras el final de la Primera Guerra Mundial. Siendo así, Sienkiewicz asemejaría el sufrimiento que padecieron los cristianos a aquel que sufrieron los polacos durante ese continuo estado de dominación y dependencia por parte de otras potencias.

Lo cierto es que la obra rápidamente empieza a ser traducida a otros idiomas. En España, entre otras ediciones, tendremos la clásica de Editorial Valdemar, traducida por Mauro Armiño. Del mismo modo, Quo vadis? comienza pronto a conocer versiones cinematográficas, las dos primeras italianas y mudas: una, dirigida por Enrico Guazzoni, de 1912; y la otra, de 1924, realizada por Gabriello D´Annunzio y Georg Jacoby.

A las recreaciones antes mencionadas les siguieron al menos tres más; si bien, la más conocida es la dirigida por Mervyn LeRoy en 1951, que contó con un elenco de actores memorable -Peter Ustinov, memorable en su interpretación de Nerón, Robert Taylor y Deborah Kerr-, así como con unos medios que hacían de ella una auténtica superproducción de casi tres horas de metraje. Se estrenó en los Estados Unidos el 25 de diciembre de 1951. Sin embargo, en España no llegó a los cines hasta el 11 de febrero de 1954. A partir de entonces, en nuestro país se convirtió en un clásico cada mes de marzo o abril, coincidiendo con la Semana Santa, primero en las salas y luego en televisión; del mismo modo que otras películas de la misma década y que compartían parecida temática, como es el caso de La túnica sagrada (1954), de Henry Koster; o Ben-Hur (1958), de William Wyler, cinta basada en la novela del mismo título de Lewis Wallace.

Cabe decir que la película Quo vadis fue candidata a ocho premios Óscar, no obteniendo finalmente ninguno. Es justo afirmar que ese año, efectivamente, competían con la cinta una serie de películas varias de las cuales han acabado alcanzando el rango de obras maestras dentro de la Historia del Cine. Tal es el caso de Un americano en París, de Vincente Minnelli; Un lugar en el sol, de George Stevens; Un tranvía llamado Deseo, de Elia Kazan, o bien Muerte de un viajante, de László Benedek.

Respecto al director de Quo Vadis, Mervyn LeRoy (1900-1987) había conocido anteriormente el reconocimiento general con trabajos como Senda prohibida, de 1942, protagonizada por el mismo Robert Taylor; o Mujercitas, de  1949, basada en la novela homónima de Louisa May Alcott, y que contaba con una jovencísima Elizabeth Taylor entre su magnífico elenco de actores.

Precisamente, entre la inicial Liz Taylor y la definitiva Deborah Kerr para el papel de Ligia en Quo vadis, se barajaron dos nombres más: Lana Turner y una desconocida actriz inglesa recomendada por Alec Guinness a LeRoy a instancias del actor Felix Aylmer que era su profesor de dicción. La chica se llamaba Audrey Hepburn y fue rechazada porque la Metro deseaba para el papel un nombre “conocido”.

Junto a Patricia Laffan, en el papel de Poppea Sabina, y Leo John Glenn como Petronio, resulta reseñable, por curiosa, la breve intervención del más tarde popular actor Bud Spencer como guardia romano.

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