FRANCISCA GALLARDA, LA ILUSTRADORA QUE SE DESPIDIÓ SIN FLORES

Por: Lourdes Páez Morales


Francisca Gallarda Garós no tiene una página en Wikipedia. Tampoco arroja apenas resultados en las consultas que se hacen en las principales hemerotecas del país: Biblioteca Nacional, Prensa Histórica del Ministerio de Cultura de España, La Vanguardia, o ABC. Parece como si se la hubiera tragado la tierra. Internet no parece conocerla. Solo un par de mujeres –siempre somos las mujeres las que recuperamos la memoria de otras mujeres–, Nuria Simón y Marga Lozano, le hacen su particular homenaje a la figura de esta ilustradora. La primera en la revista Toyland Magazine (accesible en ISSUU), y la segunda en YouTube y su blog personal. Por el contrario, el gran dibujante de su tiempo, Ferrándiz, catalán como Gallarda, y que innegablemente debe ser reconocido como el gran iniciador del boom ilustrador con sus personajes amables de postales navideñas, recibe homenajes como el que recientemente tuvo lugar en la Biblioteca Pública Municipal de Rincón de la Victoria, en Málaga, en diciembre del pasado 2019; o bien es objeto de estudio de historiadores como María Fidalgo Casares, que ha escrito sobradamente acerca de él en revistas de tema antropológico e histórico.

Francisca Gallarda, aunque es incuestionablemente continuadora de Ferrándiz, logra crear un sello propio, diferenciable claramente del estilo del ilustrador (algo que no ocurre con otros dibujantes del momento, como es el caso de Constanza Armengol, cuyo apego estilístico a sus formas hace difícil distinguir sus propios personajes de los de aquel). Hasta donde nuestra memoria alcanza, los niños españoles nacidos en las décadas de los 60 y 70 –e incluso me atrevería a decir que también los de los 80–, hemos crecido viendo las ilustraciones de Gallarda; y no solo me refiero a las niñas, sino también a los niños, puesto que muchas de sus estampas de comunión fueron ilustradas por ella; como también lo eran muchas de las postales navideñas que se recibían y enviaban en esas décadas, del mismo modo que las postales-souvenir –aún a la venta– que representaban los trajes regionales de cada una de nuestras ciudades y regiones (hoy comunidades autónomas), y cuya gran particularidad es que estaban revestidas de telas, cosidas a la propia postal, dando relieve a la folklorista estampa, y que, aunque destinadas principalmente a los extranjeros de viaje por España, eran igualmente de consumo nacional. Su proliferación fue tal que toda tienda de recuerdos de los centros históricos del país por aquellos años las mostraba en los expositores giratorios de tarjetas que aún se siguen ubicando como reclamo para turistas. Hace unos meses, una chica de nacionalidad china coleccionista de muñecas a quien sigo en Instagram, para mi sorpresa, había viajado a Sevilla y había comprado unas postales de la ilustradora catalana. Yo, pretendiendo honrar su memoria, aproveché para comentarle que eran de una famosa dibujante de los 60, cuyo nombre, en esos instantes, para mi propia frustración, fui incapaz de recordar. ¡Cuán frágil es la memoria del ser humano! ¡Y cuán traidora…!

Pues bien, decidida a enmendar mi error, hoy traigo aquí al recuerdo a esta ilustradora que forma parte de nuestra cultura visual y que, como tantas otras mujeres, ha sufrido el olvido más absurdo por el simple hecho de ser eso… una mujer.

En una primera aproximación a su figura en internet, utilizando las herramientas de búsqueda de imágenes similares, no es difícil dar con la portada de un libro editado en Nueva York, que representa una versión “bastante fiel” –por decirlo eufemísticamente– de una de sus mejores ilustraciones: un busto de niña con un cuaderno y un lápiz. Obviamente, en el libro no hay mención a nuestra ilustradora como inspiradora de la citada portada, desgraciado hecho este, propiciado por el escaso conocimiento y reivindicación de la artista. Nadie les va a reclamar los derechos, dado que, al parecer, como deducimos de la esquela de Francisca Gallarda aparecida el 11 de septiembre de 1971 en el entonces diario La Vanguardia española –hoy La Vanguardia a secas–, murió sin descendencia al parecer a una edad temprana, llorada principalmente por sus padres, hermana –Montserrat Gallarda, ilustradora como ella– y sobrinos. Como curiosidad, en esa misma esquela, la familia hacía una petición expresa: “No se admiten flores”. Es la única mención de la ilustradora que encontramos en el periódico catalán, al que desde aquí animamos a solucionar problemas en sus búsquedas, que no logran siquiera distinguir las aes de las oes; y en este caso, lo masculino de lo femenino, arrojando cientos de resultados, en una búsqueda entrecomillada de “Francisca Gallarda”, de un tal Francisco Gallardo, que no tengo el placer de conocer, pero que, relacionado con el deporte, se ve que durante años mereció mayor relevancia que la señora que nos educó el gusto estético a los antes mencionados niños del tardofranquismo y la recién instaurada democracia.

El resto de la biografía de Francisca Gallarda parece no haber interesado a nadie. Ni entrevistas, ni semblanzas encontramos en los periódicos nacionales; solamente los citados homenajes de Simón y Lozano, y alguna mención en un blog de marcado sello antiespañol, que la monopoliza como si la obra de esta catalana no tuviera vocación –como lo creo y argumentaré– universal. Así que nos tenemos que restringir a su faceta laboral como ilustradora en las más potentes editoriales españolas del momento, como Bruguera, Roma (activa hasta 1985), Eurocromo, Edicromo o Werticrom. En la década de los sesenta se publican prácticamente todas sus obras. Sus personajes de apariencia amable, con una fisionomía inconfundible: cabeza prominente, grandes ojos por lo general de color claro, y nariz chata, pueblan obras del consumo de niños y mayores, como son multitud de cuentos, recortables (que durante un tiempo fueron obsequiados por los chicles Fiesta), postales navideñas, postales de recuerdo y estampas de comunión, como ya hemos mencionado. Podemos citar los cuentos de la colección Heidi, de 1962, o los innumerables recortables de la Editorial Roma, coleccionables y distribuidos en series, como “Recortes Ensueño”, las series “Azul” o “Rosa”, los “Recortes Astro” y “Cometa”, “Peque”, “Chic”, y un larguísimo etcétera. Es interesante reseñar que una serie de postales de indumentarias regionales realizadas por Gallarda se encuentra en las colecciones del Centro de Investigación del Patrimonio Etnológico del Museo del Traje, accesibles a través del portal de catalogación de los museos estatales “Ceres”.

Desgraciadamente poco más podemos añadir de ella, porque su interés y proyección quedaron silenciados a raíz de su temprana muerte y su condición femenina. Gallarda fue una ilustradora que, como hemos apuntado antes, obtuvo el favor mayoritario del público consumidor de productos de enorme tirada como los recortables, de público mayoritariamente femenino, o las postales navideñas. La estética de sus personajes parece guardar relación con los gustos americanos de su tiempo: por aquellos años 60 del siglo XX estaban aún en vigor los postulados de la pintora Magaret Keane, viva aún, que hizo protagonistas de su obra a niños de ojos grandes (la película de 2014, de Tim Burton, Big Eyes, recoge su biografía). Aunque hoy denostada –no entiendo por qué hay pintores naïf cuyo predicamento sigue vigente y los de esta artista no, cuando abre un camino que actualmente pisa el manga japonés de incuestionable universalidad–, su obra originó toda una revolución estética que se extrapoló a los fabricantes de muñecas: la casa Hasbro saca a la venta en 1965 a Little Miss No Name, en Hong Kong se fabrica la Susie Sad Eyes, y en 1972, un año después de morir Gallarda, sale a la venta, solo aquel año, pues fue un rotundo fracaso comercial, la muñeca Blythe. Pues bien, hoy estas últimas se han convertido en objeto de coleccionismo, y, retomando al motivo de mi artículo de hoy, una de esas coleccionistas de Blythes, de origen chino, con miles de seguidores, y a la que me he referido al principio, se lleva como recuerdo de Sevilla dos postales de Gallarda, tan vigentes como si no hubieran pasado los sesenta años que de ellas nos separan.

¿Por qué alguien que se ha acercado a un prototipo estético universal, de enorme éxito en la España del momento y que hoy día es recogido en una portada de un libro neoyorkino de 2005, duerme el sueño de los justos? ¿Por qué a sus ilustraciones, que todos los de una edad reconocemos, no sabemos asignarle autor? ¿Por qué no recibe homenajes esta ilustradora? No creo necesario formular más preguntas para entender por qué. Sobran las explicaciones y faltan estudios sobre ella… Si algún día encontrase su tumba en el cementerio del Sudoeste, no le llevaría flores, pero me sentiría feliz de hablarle de todo lo que nos dio. Menos mal que la historia también podemos escribirla –y cada vez con voz más alta y clara– las mujeres.

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