POESÍA ERES TÚ

Por: Pilar Alcalá García


Marzo es el mes de la Poesía. La UNESCO adoptó por primera vez el 21 de marzo como Día Mundial de la Poesía durante su 30ª Conferencia General en París en 1999, con el objetivo de apoyar la diversidad lingüística a través de la expresión poética y fomentar la visibilización de aquellas lenguas que se encuentran en peligro. El Día Mundial de la Poesía es una ocasión para honrar a los poetas, revivir tradiciones orales de recitales de poesía, promover la lectura, la escritura y la enseñanza de la poesía, fomentar la convergencia entre la poesía y otras artes como el teatro, la danza, la música y la pintura, y aumentar la visibilidad de poesía en los medios.

Audry Azoulay, directora general de la UNESCO en su mensaje con motivo del Día Mundial de la Poesía 2019 dijo: «Cada forma de poesía es única, pero cada una refleja la universalidad de la experiencia humana, el anhelo de creatividad que trasciende todos los límites y fronteras, tanto del tiempo como del espacio, en la afirmación constante de que la humanidad forma una única y sola familia. ¡Este es el poder de la poesía!».

Cada poeta tiene su voz, su manera de decir y su manera de ser entendido, pero este año hay un poeta cuya voz se eleva sobre las demás, me refiero a Gustavo Adolfo Bécquer del que se conmemoran 150 años de su muerte. Es por ello que intentaremos dar algunas claves de la poética de Bécquer. Hemos titulado este artículo “Poesía eres tú” porque son palabras de las que todos reconocen la autoría. “Poesía eres tú” tres palabras sencillas, una paráfrasis que constituye el axioma en el que se sustenta la poética de Bécquer. Una identificación de la mujer con la Poesía que puede parecer un simple piropo pero es mucho más que eso, es la Poética de Bécquer. Es la mujer como alegoría de la Poesía. Es la famosa rima XXI que consigue sintetizar y hacer popular y accesible esa constante interrelación entre el ámbito erótico y el metapoético que las Rimas van construyendo:

¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul,
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

y pensemos también en los versos finales de la rima IV :

mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!

La rima XXI está perfectamente glosada en la I de las Cartas literarias a una mujer:

En una ocasión me preguntaste: ¿Qué es la poesía?

¿Te acuerdas? No sé a qué propósito había yo hablado algunos momentos antes de mi pasión por ella.

¿Qué es la poesía? me dijiste; y yo, que no soy muy fuerte en esto de las definiciones, te respondí titubeando: la poesía es… es… y sin concluir la frase buscaba inútilmente en mi memoria un término de comparación, que no acertaba a encontrar.

Mis ojos que, a efecto sin duda de la turbación que experimentaba, habían errado un instante sin fijarse en ningún sitio, se volvieron entonces instintivamente hacia los tuyos, y exclamé al fin: ¡la poesía… la poesía eres tú!”.

La verdad es que hay muchas similitudes entre las Cartas literarias a una mujer y algunas rimas, pero no podemos detenernos en ellas. Las Cartas literarias a una mujer son la Poética de Bécquer. Queremos recordar que, como señala el profesor López Estrada, en Bécquer todas las mujeres están confundidas en la mujer. Y por ello la destinataria de las Cartas literarias a una mujer no es ninguna concreta, aunque es posible que Bécquer esté pensando en alguien en particular o en varias mujeres. Sabemos que están escritas durante el noviazgo con Casta Esteban y que después de casarse no publicó más cartas, a pesar de ese “continuará” que aparecía al final de la IV. Aquí queremos señalar algo importante, las Cartas iban dirigidas a las lectoras de El Contemporáneo, periódico en el que trabajaba Bécquer, lectoras que lo abrían por las páginas de Variedades.

Arturo Berenguer señaló la novedad de Bécquer en su Poética. Las Cartas literarias a una mujer representan una reflexión que el poeta establece sobre qué es la Poesía más allá del hecho mismo de la obra literaria. Volviendo a la rima XXI, Bécquer sitúa a la mujer como el primer motivo de la poesía. La mujer es la encarnación de la poesía, es el verbo poético hecho carne. Pero la crítica lleva más de un siglo intentando averiguar quién es ese tú.

La mujer imposible de alcanzar, y por ello más deseable, recorre toda la obra becqueriana, tanto en prosa como en verso. Esta mujer inalcanzable es la Poesía. Piénsese en la leyenda El rayo de luna: “En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca que flotó un momento y desapareció en la oscuridad”, que parece resonar en el verso 11 de la rima LXXIV:

La vi como la imagen
que en leve ensueño pasa,
como rayo de luz tenue y difuso
que entre tinieblas nada.

La idea de la mujer imposible y siempre soñada campa por las rimas y la prosa de Bécquer. Y he aquí la clave. Cuando Bécquer habla de mujeres inalcanzables está hablando de la Poesía inalcanzable. Bécquer huye de la estrofa lujosa y sonora, su poesía es sobria y ceñida. Como dice José Luis Cano, “prefiere ceñirse desnudamente, como la piel al hueso, al sentimiento expresado”.

Bécquer en este sentido fue el precursor del concepto de Poesía Pura de Paul Valéry que adoptarían más tarde Juan Ramón Jiménez y los poetas del 27. Escribir poesía para Bécquer es entregarse a un ideal, es luchar por lograr la forma perfecta, esa mujer/poesía inalcanzable.

En Bécquer la identificación de mujer y poesía se basa en la analogía entre deseo erótico y creación poética. En su obra, sutil entramado de ideales unidos a reflexión y experiencia, encontramos las dos caras del «eros». Su mujer ideal, la que el poeta busca sin encontrar jamás, mezcla de «eros» carnal y celestial, nos la describe así en la Leyenda «El rayo de luna»: ojos azules, «azules y húmedos como el cielo de la noche»; azules y rasgados; una cabellera suelta, flotante y oscura; alta y esbelta, «como esos ángeles de las portadas de nuestras basílicas»; la voz suave, como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso, como las cadencias de la música; una mujer hermosa, como los más hermosos sueños de la adolescencia.

Incluso era posible para Bécquer entregar el alma a una mujer nunca vista. Pensemos en lo que escribe en la narración toledana “Tres fechas”: “¡cuánto no soñaría yo con aquella ventana y aquella mujer! Yo la conocía; yo sabía cómo se llamaba y hasta cuál era el color de sus ojos”. También para Bécquer la mujer ideal e inalcanzable puede ser una mujer de piedra como vemos en la leyenda “El beso” en la que el protagonista se enamora de la estatua de una mujer:

“Una mujer blanca, hermosa y fría, como esa mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura, que parece que oscila al compás de la llama, y me provoca entreabriendo sus labios y ofreciéndome un tesoro de amor… ¡Oh!… sí… un beso… sólo un beso tuyo podrá calmar el ardor que me consume”.

O en el texto inacabado “La mujer de piedra”, donde podemos leer:

“Inmóvil, absorto en una contemplación muda permanecía yo aún con los ojos fijos en la figura de aquella mujer cuya especial belleza había herido mi imaginación de un modo tan extraordinario”.

Y al tema del amor, tratado en muy diversos aspectos, dedica once de sus leyendas. En algunas (La ajorca de oro, El beso, La cueva de la mora, El monte de las ánimas, La corza banca), el amor pasional de los protagonistas los arrastra a situaciones aberrantes por parte de sus amadas. Es decir, el poeta es capaz de cualquier cosa con tal de alcanzar esa poesía pura. Los protagonistas de las leyendas son trasuntos de Bécquer, son el poeta.

Vayamos a la Rima XI, resumen del ideal erótico de Gustavo, concebida en forma de diálogo. Cada una de las mujeres habla en presente y en primera persona. El poeta rechaza a la morena y a la rubia y elige a la que es un fantasma de niebla y luz, incorpórea, intangible. La que no puede amarle, la de proyección espiritual, en definitiva… la Poesía imposible de alcanzar. En Bécquer es una constante la persecución obsesiva de la mujer/poesía inalcanzable.

Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
No es a ti, no.
Mi frente es pálida, mis trenzas de oro:
puedo brindarte dichas sin fin,
yo de ternuras guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
No, no es a ti.
Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
¡Oh ven, ven tú!

Es verdad que hubo fantasía en los versos de Bécquer, pero las mujeres, musas, de carne y hueso también existieron en su vida: Lenona, Julia Cabrera, Josefina y Julia Espín, Casta Esteban, Alejandra…

Como dijo Montesinos: “Para todo biógrafo de Bécquer es muy difícil poner en orden el corazón del poeta”. Lo que importa es el nombre de mujer que perdura en la vida de un poeta y Bécquer no lo tuvo. Desde la joven de la calle Santa Clara de Sevilla hasta la toledana Alejandra no hay un nombre de mujer que le acompañe. Sí, amores, enamoramientos, un matrimonio fallido y sueños.

Quiero acabar con unas palabras de Gustavo pertenecientes a la Introducción Sinfónica, que a lo mejor lo aclaran todo o tienen el efecto contrario:

Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los de días y mujeres que no han existido sino en mi mente”.

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