PALABRAS CON HISTORIA | ANIMALISMO

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Quien busque una definición de este término en el diccionario, verá que es difícil de encontrar. En el diccionario de María Moliner encontramos la palabra “animalista”, que se define como defensor de los animales. Así que, por analogía, podríamos definir el animalismo como corriente de ideas que tienen como fin la defensa de los animales.

Nos encontramos pues ante un neologismo; una nueva palabra referida a las ideas sobre la relación del hombre con los animales.

En esencia, el animalismo es una tendencia ideológica de tipo igualitario que pretende colocar en posiciones de igualdad al hombre y al animal.

Se trata de un movimiento global formado por activistas, académicos, artistas y grupos organizados, que se oponen al uso de los animales para investigación, alimento, entretenimiento o aprovechamiento industrial de la lana, el cuero, pieles, etc. El objetivo general del movimiento no es otro que erradicar el antropocentrismo, como doctrina que sitúa al ser humano en el centro de la creación, que considera al hombre como medida de todas las cosas, y que lo sitúa en un orden jerárquico superior al resto de las especies.

Los animalistas son contrarios a la idea de que la naturaleza humana, su condición y su bienestar sean los únicos principios o elementos de juicio a tener en cuenta a la hora de evaluar la posición del resto de seres vivos y cuanto existe en el mundo. Hasta ahora, todo lo que existe se ha visto subordinado a los intereses y conveniencia de los seres humanos. Los animalistas quieren acabar con esta situación al considerarla injusta.

Son muy nobles los sentimientos de quienes se preocupan por el bienestar de los animales. El ser humano, por lo general, ama la naturaleza, a la vez que se sirve de ella. Esto es así desde el origen, y cada vez se produce de forma más civilizada.

Sorprende, sin embargo, que un asunto, que nuestra cultura tiene resuelto a través del compromiso de portarse con los animales como ha de hacerlo todo ser bien nacido, resurja ahora como si fuese necesario construir una doctrina nueva desde cero, y como si nunca hubiese existido una conciencia moral sobre ello.

Es una vez más, otra imposición de los que sostienen la cultura de lo políticamente correcto que, como siempre, expresan un propósito manifiesto acompañado de una intención oculta, que es la que realmente les interesa imponer.

En nuestra escala de valores, el hombre tiene un valor moral superior, el hombre y sus necesidades están por encima de las de los animales y estos están por encima de las plantas y las piedras. Esto se refleja en la naturaleza misma: Los vegetales se nutren de los minerales del suelo, algunos animales se alimentan de plantas, los animales carnívoros se alimentan de los animales herbívoros y el hombre se alimenta de animales y plantas.

Sólo la persona puede ser sujeto de derechos y deberes, los animales no.

Lo que los vendedores de patrañas llaman derechos del animal no es otra cosa que obligaciones del ser humano para con los animales. Obligación, al fin y al cabo, de conservar la vida y la naturaleza.

Poner al mismo nivel la consideración moral del hombre y los animales no es otra cosa que una aberración malintencionada destinada a banalizar y disminuir el valor del ser humano como tal. Además, ¿a qué se refieren? ¿a los animales vertebrados, a los peces, a los insectos, o a los virus de la gripe? Y, puestos en todo: ¿qué hacemos, convertimos a los leones en vegetarianos, o es que no tienen derechos las gacelas?

Todo orden moral establece una jerarquía de valores. Si se altera esa jerarquía, se altera el orden moral.

Así que el propósito manifiesto de los animalistas es la práctica del buenismo con los animales, pero la intención oculta no es otra que destruir el orden moral tal y como se ha construido en Occidente en los últimos dos mil quinientos años. Y, de paso, restringir la libertad en un nuevo flanco, intentando someter al discrepante con un nuevo reproche, como una muestra más de fundamentalismo moral.

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