EMILIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ | LA VIDA ES UNA HERIDA ABSURDA

Por: Por Antonio Daganzo


EMILIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ 
LA VIDA ES UNA HERIDA ABSURDA 
(Ediciones Vitruvio, Colección “Baños del Carmen”, nº 783; Madrid, 2019)

 

Aunque de profundas raíces españolas, y de hecho afincado en nuestro país desde 1977, el poeta, ensayista y psicoanalista Emilio González Martínez es argentino del año 1945, -circunstancia que hace de él una de las voces iberoamericanas más importantes de cuantas aquí residen-; argentino y de Buenos Aires, lo cual convierte al tango, por fuerza y por fortuna, en una generosa patria musical, ya de por vida. A buen seguro, los amantes del género que se acerquen al volumen –publicado por Ediciones Vitruvio en su Colección “Baños del Carmen”- donde ha quedado reunida la poesía del autor desde 1986 hasta 2016, bajo el título de La vida es una herida absurda, reconocerán, precisamente en ese título, un verso de cierto tango inmortal: “La última curda”, con música del inmenso Aníbal Troilo, y popularizado –y de qué manera- por el no menos inmenso Roberto Goyeneche. El texto es obra de Cátulo Castillo, y conviene no olvidarlo por su calidad literaria más que notable, y porque a Castillo le debemos eso que dice: “Ya sé, no me digás, tenés razón, / la vida es una herida absurda, / y es todo, todo tan fugaz / que es una curda, nada más, / mi confesión”. La vida es una herida absurda, sí, pero se equivocará quien piense que el título escogido por Emilio González aboca a una amarga reflexión propia de filósofos existencialistas; tampoco es un mero guiño a la cuna porteña sin mayor importancia: claro que la tiene, muchísima. Lo que ocurre es que, según la visión del poeta, el absurdo no es una condena ni una catástrofe, sino una oportunidad. Una magnífica oportunidad para que la poesía nos salve del vacío generado por ese absurdo consustancial a nuestra propia naturaleza. Este volumen de versos reunidos, toda la creación lírica de Emilio González, es, ante todo y sobre todo, una declaración de amor, con prosodia tanguera por música de fondo y las preocupaciones inherentes al hombre contemporáneo en primera línea; una rotunda, y al mismo tiempo sutilísima declaración de amor, a lo que ha constituido y constituye su esencia como artista de la palabra: la poesía.

Quienes empezamos a conocer a fondo la obra literaria de González Martínez en 2014, o sea, a partir de la aparición del cuarto de sus cinco poemarios, Escoba de quince –abecedario de la poesía-, descubrimos a un autor de sutiles modulaciones, capaz de cantar –con sentido del humor muchas veces, siempre sin fomentar confusiones entre las reglas del juego y las veleidades del pasatiempo- lo menudo y lo grande, el dolor y el placer, la ausencia, la alegría. Y enseguida tuvimos la intuición de que lo suyo era la depuración, la transparencia conceptual y simbólica. Algo que en su libro de 2016, Palabrando, alcanzó su apogeo; muestra de un estado de gracia creativo que nos daba lo mejor de una poética fundada en una muy personal comunión del tono mesurado y la riqueza de la expresividad. Como si la reflexión nos hiciese saber, una vez tras otra, y valga la inicial redundancia, que reflexionar no implica forzosamente filosofar sirviéndose de acentos áridos, y que tal aridez nos hubiera apartado del necesario vértigo. Porque Palabrando se abría y abre con una suerte de fabuloso autorretrato, “Leyenda personal”, que nos sitúa directamente sobre el abismo cuando afirma: “…toda la vida / ¡qué pequeña parece frente a las letras!” Sobre el abismo y en la médula misma –“en la masmédula”, recordando a Oliverio Girondo- del decir de Emilio González Martínez, pues entonces pudimos saber, como nunca antes, que, en el contexto de una poética sólidamente armada, lo que impide nuestra caída estrepitosa en el abismo es el raro equilibrio que cabe conseguir entre vida y lenguaje. ¿Y qué es eso sino precisamente la poesía? ¿La poesía que nos salva del vacío del absurdo?

Escoba de quince y Palabrando, sí; pero ¿de dónde venían Escoba de quince y Palabrando? ¿De dónde venían su depuración, su transparencia conceptual y simbólica, como ya señalé? Pues acabamos de averiguarlo cabalmente: en efecto, el sello Vitruvio, tras haber publicado esos libros de coronación, ahora ha reconstruido, gracias a La vida es una herida absurda, la secuencia completa de los cinco poemarios de González Martínez. Y así hemos podido conocer la integridad de tres obras iniciales, junto con un díptico que había aparecido en un volumen de creación colectiva; trabajos, todos ellos, cuya búsqueda en librerías y bibliotecas no resultaba hoy tarea fácil. Primeramente, y bajo los títulos de El otro nombre y Tragaluces, el autor, en 1986 y 1991, propuso a los lectores una exploración del lenguaje, de los recursos del lenguaje con arreglo a sus posibilidades indagatorias. En los poemas largos de aquella primera época asistimos a una permanente elusión de su centro de gravedad, porque el idioma lírico desea incorporar un número mayor de referentes –el mayor posible-, y porque al escritor no se le escapa que los poemas más cortos pueden funcionar, y de hecho funcionan, como, efectivamente, “tragaluces” que arrojan a la página una claridad más concreta. No en vano, al poco de comenzar El otro nombre leemos: “Hay / en la astucia lumínica del verso / un tú / un nunca más / un casi desde siempre / una ingenua / flagrante novedad”. Hojas debidas, libro de 2001, es el punto de inflexión en toda esta trayectoria literaria, en ningún caso premeditada pero coherente de todo punto, lo que hace de ella un arco verdadero, una arquitectura encomiable. Aquí la depuración se antoja más nítida, y la aludida transparencia comienza a encadenar hallazgos frecuentes, rotundos, personalísimos. Todo el trabajo de búsqueda anterior daba sus frutos, y preparaba el camino para que, en la siguiente década, Escoba de quince y Palabrando sentaran cátedra en materia de adecuación entre el fondo y la forma.

Quizá quepa añadir algo a lo ya dicho; subrayar algo que los lectores pueden agradecer a la hora de conducirse por las más de 250 páginas que conforman la poesía completa de Emilio González. Quizá deba señalarse que existe un trío temático en sus inquietudes líricas. La pulsión erótica vinculada a los recovecos del amor es uno de tales temas, claramente, y a la evocación del sentimiento amoroso y las delicias carnales le debemos versos muy hermosos (“Lunas gregarias y extranjeras volaban sobre mis sueños”, verbigracia), o poemas tan espléndidos como “a tu amor único o no único”. Más poderoso aún, a mi juicio, es el tema de la identidad, de la identidad en relación con el tiempo: una de las constantes vitales de toda esta poesía, hasta el punto de desembocar en hallazgos como éste, surgido en Palabrando: “Dónde esconder mi nombre / para que no me encuentre. // Y cómo me llamo / cuando nadie me nombra. // Y cómo se llama mi nombre / cuando no me llaman”. Pero, por encima de todo, por supuesto, los lectores encontrarán, recurrente y gozosamente, el tema de la poesía como salvadora del absurdo. En el extraordinario poema “Ella, quién si no” –último del libro Hojas debidas– leemos: “La poesía es una pequeña y fuerte traición al sentido común. // (…) Especialista en buscar cuando no encuentra / y encontrar cuando apenas busca, / nada a contracorriente / en los caudalosos renglones del amor”. La poesía, sí, como “palabras de nadie en los labios del tiempo”, para sentirse “el universo puntual de la palabra”. Sin esperar milagros ni con tanto público, pero “de rodillas, / únicamente ante la poesía”, como de hecho el sujeto lírico lo está.

“…Amo la vida, / esa rareza, / amo ese error biológico”, escribe Emilio González en uno de sus primeros poemas, el titulado “mi madre”. Amar la vida; amar, pues, la herida absurda de la vida gracias a la poesía, esa salvadora. De ahí que, en ocasión tan digna de festejo, la de la aparición de este volumen recopilatorio, podamos levantar nuestras copas con el autor cuando nos dice: “Brindo por las pasiones alegres / y la potencia de las letras en vuelo”.

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