CESARE PAVESE | EL SUFRIMIENTO COMO OFICIO

El Atelier

Por: Inma J. Ferrero

Anochece con un suave susurro de lágrimas golpeando las ventanas. El cielo ha envejecido en el surco sombrío del gris que lo abraza toscamente, estrangulando poco a poco el azul oxidado en el filo de los tejados. Se ha roto el infinito en el vaivén ondulado de las nubes. No es casualidad, que la nostalgia siempre tenga frío, que los segundos se curven en la garganta convirtiéndose en punzantes agujas de tiempo.

 “Vendrá la Muerte y tendrá tus ojos” Cesare Pavese

El gran poeta y novelista italiano Cesare Pavese nació en el pueblo piamontés de Santo Stefano Belbo. Con seis años pierde a su padre, un funcionario del tribunal de Turín amante de la lectura, y desde entonces su vida queda para siempre influida la omnipresencia de su hermana y su madre Consolina, una mujer de fuerte carácter que intenta suplir la figura paterna a base de fuertes dosis de severidad. Pavese se refugia en sí mismo y en la literatura. Como provenía de una familia burguesa, cursó sus estudios en el Liceo moderno de Turín –donde se estudiaba inglés en lugar del griego que se estudiaba en el Liceo Clásico- bajo la orientación de Augusto Monti quien fuera figura relevante del antifascismo. En el Liceo se interesó por la lectura de la narrativa norteamericana e inglesa y tuvo como compañero al que luego sería el gran filósofo Norberto Bobbio.

Obtuvo la Licenciatura en Letras en el año 1932, y antes de dedicarse a la poesía se lanzó a la tarea de comenzar una traducción del inglés al italiano de la famosa novela de Herman Melville, Moby Dick, traducción que lo lanzó a la fama en Italia. De la traducción de Moby Dick, Pavese extrajo una doble lección que, al igual que la atmósfera de Santo Stefano, se iba a reflejar en su obra. Por un lado, la importancia de vincular una descripción realista a un símbolo profundo que articule la narración, el duelo a muerte entre la ballena blanca y el capitán Acab; Por otro lado, la necesidad de referir los acontecimientos desde una situación de testigo ocular de los mismos, pero evitando que el narrador sea el protagonista del relato.

En Turín, donde pasaría toda su vida, fue detenido en 1935 por su complicidad con la mujer de voz ronca, que desempeñaba importantes labores clandestinas en el partido comunista y de la que estaba perdidamente enamorado. La justicia de Mussolini lo encarceló en Calabria –dicen que esta fue la única temporada que pasó fuera de Turín-, donde se dedicó a escribir. Un año después regresó a Turín, se afilió al partido comunista, tradujo a John Dos Passos, Gertrude Stein y Daniel Defoe, y publicó la obra Trabajar cansa. Turín, siempre Turín, la ciudad en la que trabajó años en la editorial Einaudi. Tomando como referente su experiencia en el exilio calabrés, en 1939 escribió su primera novela, La cárcel. Después, a esta le sucedieron una tras otra sus obras más importantes, La playa, Fiestas de Agosto, Diálogos con Leucó, El diablo en las colinas, Tres mujeres y El hermoso verano, con el que consiguió el premio Strega. Ya en los cincuenta publicó La luna y las fogatas y su obra poética maestra, Vendrá la muerte y tendrá tus ojos y El oficio de poeta.

De costumbres austeras y esquivas, Cesare Pavese nunca tuvo mujer, ni hijos, ni casa. Su vida trascurría entre un cuarto en la casa de su hermana casada y la oficina. Su literatura –no apta para frívolos ni indiferentes- está plagada de referencias a la soledad, la familia, el sexo, la mala suerte, el amor, lo desconocido y, sobre todo, la muerte. Agobiado por la depresión y el desengaño, el 27 de agosto de 1950 se suicida tomando diez dosis de somnífero en un hotel de Turín. El 16 escribió: “Un clavo saca a otro clavo, pero cuatro clavos hacen una cruz” y “mi obra pública está acabada en lo que me es posible. He trabajado, he dado poesía a los hombres, he compartido la pena de muchos”. El 17 escribió: “No deseo nada más en esta tierra. Este es el balance del año no acabado, que no acabaré”. El 18 acaba: “No escribiré más”. Y en el cajón de esa habitación encontrarán un poema: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Los de ella. No tenía nada más que decir, ni a ella –porque no respondía– ni a nadie más. Excepto a nosotros.


Poemas:

Sueño

¿Aún ríe tu cuerpo con la intensa caricia
de la mano o del aire y en ocasiones reencuentra
en el aire otros cuerpos? Muchos de ellos retornan
con un temblor de la sangre, con una nada. También
el cuerpo
que se tendió a tu flanco te busca en esta nada.

Era un juego liviano pensar que un día
la caricia del alba emergería de nuevo
cual inesperado recuerdo en la nada. Tu cuerpo
despertaría una mañana, enamorado
de su propia tibieza, bajo el alba desierta.
Un intenso recuerdo te atravesaría
y una intensa sonrisa. ¿No regresa aquel alba?

Aquella fresca caricia se habría apretado a tu cuerpo
en el aire, en la íntima sangre,
y habrías sabido que el tibio instante
respondía en el alba a un temblor distinto,
un temblor de la nada. Lo habrías sabido
igual que, un día lejano, supiste que un cuerpo
se tendía a tu lado.
Dormías con ligereza
bajo un aire risueño de efímeros cuerpos,
enamorada de una nada. Y la intensa sonrisa
te atravesó abriéndote los ojos asombrados.
¿Nunca más regresó, de la nada, aquel alba?

Mañana

La ventana entornada recuadra un rostro
sobre el campo del mar. Los lindos cabellos
acompañan el tierno ritmo del mar.

No hay recuerdos en este rostro.
Sólo una sombra huidiza, como de nubes.
La sombra es húmeda y dulce como la arena
de una intacta caverna, bajo el crepúsculo.
No hay recuerdos. Sólo un susurro
que es la voz del mar convertido en recuerdo.

En el crepúsculo, el agua mullida del alba,
que se impregna de luz, alumbra el rostro.
Cada día es un milagro intemporal,
bajo el sol: lo impregnan una luz salobre
y un sabor a vívido marisco.

No existe recuerdo en este rostro.
No hay palabra que lo contenga
o vincule con cosas pasadas. Ayer,
se desvaneció de la angosta ventana,
tal como se desvanecerá dentro de poco, sin tristeza
ni humanas palabras, sobre el campo del mar.

Last blues, to be read some day

Era un sólo galanteo,
seguramente lo sabías-
alguien fue herido
hace mucho tiempo.

Todo está igual,
el tiempo ha pasado-
un día llegaste,
un día morirás.

Alguien murió
hace mucho tiempo-
alguien que intentó,
pero no supo.

Celos

1

Uno se sienta de frente y se vacían los primeros vasos
lentamente, contemplando fijamente al rival con adversa mirada.
Después se espera el borboteo del vino. Se mira al vacío,
Bromeando. Si tiemblan todavía los músculos,
también le tiemblan al rival. Hay que esforzarse
para no beber de un trago y embriagarse de golpe.

Allende el bosque, se oye el bailable y se ven faroles
bamboleantes -sólo han quedado mujeres
en el entarimado. El bofetón asestado a la rubia
congregó a todo el mundo para regodearse con el lance.
Los rivales notaban en la boca un gusto de rabia
y de sangre; ahora notan el gusto del vino.
Para liarse a golpes, es preciso estar solos,
como para hacer el amor, pero siempre está la noche.

En el entarimado, los faroles de papel y las mujeres
no están quietos con el aire fresco. La rubia, nerviosa,
se sienta e intenta reír, pero se imagina un prado
en que los dos contienden y se desangran.
Les ha oído vocear más allá de la vegetación.
Melancólica, sobre el entarimado, una pareja de mujeres
pasea en círculo; alguna que otra rodea a la rubia
y se informan acerca de si en verdad le duele la cara.

Para liarse a golpes es preciso estar solos.
Entre los compañeros siempre hay alguno que charla
y es objeto de bromas. La porfía del vino
ni siquiera es un desahogo: uno nota la rabia
borboteando en el eructo y quemando el gaznate.
El rival, más sosegado, ase el vaso
y lo apura sin interrupción. Ha trasegado un litro
y acomete el segundo. El calor de la sangre,
al igual que una estufa, seca pronto los vasos.
Los compañeros en derredor tienen rostros lívidos
y oscilantes, las voces apenas se oyen.
Se busca el vaso y no está. Por esta noche
-incluso venciendo- la rubia regresa sola a casa.

2

El viejo tiene la tierra durante el día y, de noche,
tiene una mujer que es suya -que hasta ayer fue suya.
Le gustaba desnudarla, como quien abre la tierra,
y mirarla largo tiempo, boca arriba en la sombra,
esperando. La mujer sonreía con sus ojos cerrados.

Se ha sentado el viejo esta noche al borde
de su campo desnudo, pero no escruta la mancha
del seto lejano, no extiende su mano
para arrancar la hierba. Contempla entre los surcos
un pensamiento candente. La tierra revela
si alguien ha colocado sus manos sobre ella y la ha violado:
lo revela incluso en la oscuridad. Más no hay mujer viviente
que conserve el vestigio del abrazo del hombre.

El viejo ha advertido que la mujer sonríe
únicamente con los ojos cerrados, esperando supina,
y comprende de pronto que sobre su joven cuerpo
pasa, en sueños, el abrazo de otro recuerdo.
El viejo ya no contempla el campo en la sombra.
Se ha arrodillado, estrechando la tierra
como si fuese una mujer que supiera hablar.
Pero la mujer, tendida en la sombra, no habla.

Allí donde está tendida, con los ojos cerrados, la mujer no habla
ni sonríe, esta noche, desde la boca torcida
al hombro lívido. Revela en su cuerpo,
finalmente, el abrazo de un hombre: el único
que podría dejarle huella y que le ha borrado la sonrisa.

Creación

Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.

A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.

Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
voz.
No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.

Traducción de Carles José i Solsora


Las Obras de Cesare Pavese son:

-Trabajar Cansa 1930-40
-La Cárcel 1938
-De Tu Tierra 1939
-El Bello Verano 1940
-La Playa 1941
-Feria de Agosto 1944
-La Tierra y la Muerte 1945
-Diálogos con Leucò 1945
-El Camarada 1946
-La Casa de la Colina 1948
-El Diablo en las Colinas 1948
-Entre Mujeres Solas 1949
-La Luna y las Fogatas 

Póstumamente:

-Vendrá la Muerte… 1949
-La Literatura Americana y otros Ensayos 
-El Oficio de Vivir. Diario. 1935-1950
-Noche de Fiesta, con Bianca Garuti 1955
-Cartas 1966


Bibliografía:

  • Zenda Libros
  • Wiquipedia
  • Todos tus libros
  • lecturalia

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