LOS CIEN AÑOS IRREPARABLES DE RAFAEL MONTESINOS

Por: Pilar Alcalá García


Ha querido la casualidad que en 2020 coincidan el 150 aniversario de la muerte de los hermanos Bécquer y el centenario del nacimiento de Rafael Montesinos, todos sevillanos. Rafael Montesinos es el mejor de los biógrafos de Gustavo Adolfo Bécquer y, si bien nunca se conocieron físicamente, nos atrevemos a decir que fueron amigos, como fueron vecinos. Hay incluso quien piensa que Montesinos es la reencarnación de Bécquer. Ambos nacieron en el barrio de San Lorenzo y ambos están bautizados en la pila de la iglesia de San Lorenzo, ambos se marcharon a Madrid y allí murieron, para regresar a su Sevilla natal y pasar en ella la eternidad. «La muerte va sembrando, al pie de un muro / blanco con nombres, su letal simiente. / Se la escucha llegar, se la presiente, / va desde lejos con su andar seguro».

Rafael Montesinos nació en el número 41 (hoy 49) de la calle Santa Clara, en una casa con cancela, patio y palmera, el 30 de septiembre de 1920. Su tata Concha, al poco de nacer él, le dijo a su madre: “Ay, Luisa, por este niño colocarán una lápida en la puerta de casa”. Y así fue, y la colocó el grupo poético Gallo de Vidrio. Desde aquella azotea del viejo número 41 veía el niño Rafael la torre industrial y espigada de los Perdigones. Frente al convento de Santa Clara también veía la Torre de Don Fadrique. Ingresó en el colegio de las Carmelitas de la calle Bustos Tavera en 1924, del que recuerda a la hermana Corazón, y en 1928 ingresa en el de los jesuitas. Después habitaría en otras casas. Desde 1930 en la calle Peñuelas, cerca del machadiano Palacio de las Dueñas, con azotea, desde donde veía la iglesia de san Román, y un pequeño patio al que daban las ventanas de Rosita, la niña de 9 años que rompió el corazón del poeta; la calle Martín Villa, la calle Reyes Católicos, cuyos balcones daban al río, frente a Triana… Balcón de mi adolescencia, / balcón, / de todo lo que yo he sido, / sólo tu altura quedó. / ¿Quién te pone ahora visillos / donde puse el corazón? Y el último domicilio en la calle Almirante Ulloa 1, cuyos balcones daban a la calle Alfonso XII, al que llegó en 1936. El poeta se enamora de su vecina, una mujer cinco años mayor que él y que estudia italiano. Estalla la guerra y el amor. Sobre la guerra no escribió muchos poemas pero son estremecedores: Éramos niños en aquella guerra / que nuestros padres inventaron. Montesinos luchó en la guerra civil, incluso lo dieron por muerto pero un día apareció en su casa para asombro de todos y desmayo de su hermana.

Su infancia, tan importante en su obra, y su primera juventud transcurren en Sevilla ya que el 31 de diciembre de 1940 la familia se traslada a Madrid porque el padre se había arruinado, y en Madrid pasará Montesinos el resto de su vida, hasta su muerte el 4 de marzo de 2005, aunque los viajes a Sevilla son frecuentes. Montesinos puede ser calificado como el poeta de la nostalgia, una nostalgia que se identifica con su infancia y con Sevilla. Él mismo confesó que se sintió «exiliado de Sevilla», lo que se refleja de forma clara en sus poemas. En 1949 obtiene el Premio Ateneo de Madrid por el libro País de la esperanza y en 1958 consigue el Premio Nacional de Literatura y el Premio Ciudad de Sevilla por El tiempo en nuestros brazos, dedicado a su mujer y a sus hijos. En 1963 es elegido miembro de la Hispanish Society de Nueva York. En 1977 recibe el Premio Nacional de Ensayo por su obra Bécquer, biografía e imagen en la que vuelca años de investigación dedicados a su paisano. Fue Montesinos quien rescataría a Bécquer de los falsos mitos, fue él quien descubrió a Julia Cabrera, su primera novia sevillana, fue él quien descubrió que Elisa Guillén, considerada la musa de Bécquer, ni siquiera existió, fue él quien empezó a quitarle a Bécquer la capa de romántico y quien dijo que había que espantarle las golondrinas. A partir de los años ochenta publica libros como el facsímil de El libro de los gorriones de Bécquer, De la niebla y sus nombres, Alzado en almas, canciones, poemas y verso libre para Andalucía y La semana pasada murió Bécquer. Pero tal vez el libro más carismático sea su primer libro en prosa, Los años irreparables de 1952, un canto elegíaco a su niñez y adolescencia en Sevilla, es la crónica de un viaje y sus descubrimientos. Es un libro que recuerda en muchos aspectos al Ocnos de Luis Cernuda. Un libro en el que dejó escrito: “Verdaderamente, las cosas carecen de importancia; la importancia se la damos nosotros y el tiempo”.

Todo en Montesinos tiende a la nostalgia y a la melancolía, es herencia de su madre, pero su infancia fue feliz, descubrirá Alájar y se enamoraría perdidamente de Rosalía en la calle Almirante Ulloa, pasaría magníficas temporadas en la huerta Tarazonilla, en la vega de Carmona, donde el poeta asegura haber pasado los años más dichosos de su vida. Si las magdalenas fueron para Proust el olor de lo perdido que de pronto vuelve, para Montesinos lo fue el de las mandarinas de Tarazonilla. Esta intensa pasión amorosa con Rosalía y su experiencia terrible en el campo de batalla, durante la guerra civil, harán que Rafael Montesinos ya nunca fuera el mismo y el escepticismo se instale en su alma, porque con 17 años vivió la guerra de cerca, incluso la pérdida de algún amigo, ya que estuvo combatiendo en el frente de Peñarroya. En los primeros años madrileños se relaciona con Adriano del Valle, Manuel Machado, Gerardo Diego, etc., frecuenta el Café Gijón y publica en prestigiosas revistas, como Garcilaso, Espadaña e Ínsula y se abre paso en el mundo de la poesía con la publicación de sus primeros libros. En Madrid impulsó y dirigió el Cineclub 8 en 1965 y el Aula de cinematografía vocacional en 1966. Y la melancolía irá desapareciendo de sus poemas cuando conoce, en 1953 en una lectura de poemas de Gerardo Diego, a la pintora Marisa Calvo, el amor de su vida y a quien llamaba «el país de la esperanza», con quien se casará en 1955 y con quien tendrá dos hijos. El pasado 30 de septiembre durante un homenaje a Montesinos en Sevilla, por el centenario de su nacimiento, su viuda dijo “que recordaba a Rafael con esa pena cabal de la alegría, y que no creía haberse aburrido a su lado un solo día. Su sentido del humor nunca le dejaba ser desagradable. Lo arreglaba todo con un poema y una discusión sobre poesía».

Otro acontecimiento importante será su nombramiento como director de la Tertulia Literaria Hispanoamericana en 1954. Montesinos supo dotarla de un carácter independiente desde el punto de vista estético, literario y político, sin otra orientación que la sola exigencia de calidad literaria, más allá de tendencias, reconocimientos o modas literarias. Este «espíritu» de Rafael Montesinos ha convertido la Tertulia Literaria Hispanoamericana en un lugar de referencia para la Historia de la poesía en lengua española de la segunda mitad del siglo XX. Por ella pasaron Borges, Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Carmen Laforet, José Hierro, Blas de Otero, Claudio Rodríguez, etc. Por esta época comienzan sus 20 años de investigación becqueriana durante los que casi no publica nada. Y cuando en 1977 dos millones de andaluces se echan a la calle para pedir la autonomía para “su país”, así se refería Bécquer a Andalucía, Montesinos se suma a la causa andalucista. Esta militancia en el andalucismo se verá perfectamente reflejada en sus artículos publicados en el diario Abc y recopilados con el título Diálogos en la acera izquierda de la Avenida.

Como dijo Rafael Roblas, el biógrafo de Montesinos, «el tópico de poeta sevillano hace mucho daño a la obra de Rafael Montesinos», por eso su interés ha sido siempre el de «quitar la pátina del tópico que tiene la obra de Rafael Montesinos, a quien no le gustaban las macetitas y la Sevilla de postal, aunque se le haya cargado esa Sevilla y la etiqueta del poeta del pregón imposible y de la Semana Santa». De «macilento lírico becqueriano» lo tilda Caballero Bonald; otros lo consideran el poeta de la calle Santa Clara o el de la Virgen de los ojos verdes (en alusión a la Virgen del Valle de la que era muy devoto), o destacado miembro de la generación de posguerra española que siempre se sintió «exiliado de Sevilla», lo que se reflejó con claridad en sus poemas.

En 1979 recibe el Fastenrath de la Real Academia Española y en 1982 presidió el Instituto Cultural Andaluz y formó parte de la Comisión Andaluza para el V Centenario y del Patronato de la Exposición Universal Sevilla’92. La crítica señala que el poeta que renace en la década de los 80 es una de las cimas más altas de la poesía contemporánea. En esta década publica dos libros extraordinarios: Último cuerpo de campanas, publicado en Sevilla en 1980, y De la niebla y sus nombres, aparecido en Hiperión en 1985. Su obra posterior se recoge en el libro Con la pena cabal de la alegría, de 1996. En estos libros el poeta ya escribe desde el olvido de sí mismo, desde la soledad del ser humano. No obstante, como bien señala Rafael Roblas, es muy complicado incluir a Montesinos en una corriente literaria concreta. Montesinos tuvo un sabio dominio de las estrofas clásicas y del verso libre, mantuvo vivo lo neopopular y le debemos algunos de los mejores poemas que se han escrito a la Semana Santa sevillana.

Y sigue recibiendo reconocimientos, así en 1989 se le otorga la Primera Medalla del Poetic Studies Center de la Sección Española de la Universidad de Carolina del Norte y la distinción de hijo predilecto de Andalucía, en 1996 el premio de Andalucía de la Crítica y en 2002 el rey Juan Carlos I le concedió la encomienda de la Orden de Isabel la Católica.

Pero a pesar de su importante obra como poeta, es autor de poemarios tan destacados como El libro de las cosas perdidas o La verdad y otras dudas, el reconocimiento de Montesinos llega gracias a su labor como investigador de la obra de Gustavo Adolfo Bécquer. “Aún recuerdo el día en que le conocí —escribe sobre Bécquer—. Mi primer encuentro con la poesía pudo haber sido desastroso, si él no hubiese aparecido inesperadamente, sevillano, huésped de las nieblas, ahuyentando con el vuelo de su capa a todos los poetas ramplones”. Hay quien dice que toda la poesía de Montesinos es un acto de fe en el ideal becqueriano del amor, de la poesía y de la vida. Cuando el Ayuntamiento llegó a proyectar un día el derrumbe del número 28 de la casa natal de Bécquer en Conde de Barajas, Montesinos sacudió la desidia de la Sevilla oficial en un artículo donde dijo: «La lápida que hay en la fachada de su casa la costearon los poetas y la labró gratis Susillo, y las ruinas que existen detrás de esa fachada es el homenaje que Sevilla ofrece a Bécquer en el 150 aniversario de su nacimiento». Este año estamos en el 150 aniversario de la muerte de los Bécquer, la casa de Conde de Barajas está ahí, con su lápida, pero la Venta de los gatos corre serio peligro.

Montesinos, al igual que Bécquer, volvió a Sevilla tras su muerte. El 6 de mayo de 2005 se le hizo un homenaje en el Salón Colón del Ayuntamiento de Sevilla y después sus cenizas fueron trasladas al cementerio de San Fernando. Creemos que deberían descansar en el Panteón de Sevillanos Ilustres, junto a Bécquer… Este es su epitafio: “He vivido cuatro días; / tres no fueron sevillanos. / Llevadme a la tierra mía”.

Y concluimos con las palabras que dijo Rafael Roblas para cerrar el homenaje a Montesinos del pasado 30 de septiembre en Sevilla: «Montesinos ya escribió jocosamente un poema a su centenario, en medio de una broma de poetas, y hablaba de nuestro tiempo y anticipaba los móviles y cosas parecidas… No sólo era un sentimental, también era un adivino sobre el día de hoy». En este poema decía Montesinos que la luna ya sería un merendero, con orquestas y barmans y parejas de novios, y que la gente llevaría la radio en un anillo y podría ver el cine en tarjetas postales. También decía que él, desde su monumento en mármol puro, sentiría un “hastío inmortal”, quizás de ver rodar el mundo. Nosotros añadimos que ese monumento aún no ha llegado…

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