PEDRO MIGUEL MARQUÉS, ‘EL BEETHOVEN ESPAÑOL’

Por: Antonio Daganzo


En este 2020, pleno “Año Beethoven”, en el que se cumple el 250º aniversario del nacimiento del genio alemán, el escritor y musicógrafo Antonio Daganzo recupera la figura de Pedro Miguel Marqués, el llamado “Beethoven español”: uno de los nombres imprescindibles para entender la evolución del sinfonismo en nuestro país.

La Historia de la Música española tuvo en la figura del malogrado Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826) una suerte de Mozart soñado, precoz, fecundo y memorable, cuya fulgurante asimilación del Clasicismo le pondría a las puertas de desarrollar una trayectoria paralela a la de Schubert y Mendelssohn, o lo que es lo mismo, de participar decisivamente en la construcción del lenguaje romántico bajo la insoslayable impronta de Beethoven. Por desgracia, el tempranísimo óbito del genial Arriaga impidió, en gran medida, que la música española pudiera sumarse, de una manera rigurosamente coetánea, a la evolución europea del arte del sonido. El repertorio sinfónico puso de manifiesto, en las décadas posteriores y de forma tan evidente como cruel, la magnitud del desfase que llegó a producirse; la directa huella beethoveniana que aún pervivía en las sinfonías de Tomás Bretón o en la de Ruperto Chapí, mientras que en Centroeuropa Johannes Brahms pasaba ya por conservador para algunos ante los cambios emprendidos por el wagneriano Anton Bruckner. Con todo, sería un craso error despreciar, sin más, las contribuciones hispánicas al sinfonismo del momento: la ausencia de una genialidad rotunda, capaz asimismo de abstraerse del retraso histórico acumulado para así superarlo, no significó en absoluto un abandono de la praxis excelente en materia de composición.

El caso del músico mallorquín Pedro Miguel Marqués (1843-1918) resulta al respecto sumamente ilustrativo, por no decir definitorio, y causa tristeza comprobar que, si su nombre todavía permanece en algún secreto rincón de la memoria colectiva, ello se debe a la zarzuela en dos actos El anillo de hierro, la mejor contribución en el terreno del teatro musical de quien se hallaba lejos de poder presentarse como zarzuelista de raza. Pues el medio natural para la creatividad del autor fue lo puramente orquestal: oberturas de concierto y hasta seis sinfonías –si contamos entre ellas La vida, magno poema sinfónico- dan testimonio sobrado de hasta qué punto el talento de Pedro Miguel Marqués se desplegó aquí con toda intensidad. De las citadas partituras, las cinco sinfonías estructuradas en los preceptivos cuatro movimientos le hicieron merecedor de un sobrenombre, “El Beethoven español”, que, si bien carecía de fundamento en lo tocante a la dimensión artística de uno y otro, al menos sí acertaba a poner de relieve la estatura de Marqués como adalid, casi único, de la música sinfónica por estos lares, a la sazón tan renuentes a cimentar una verdadera sensibilidad receptiva entre el público en torno a la cultura orquestal. Mérito notabilísimo de veras bajo condiciones tan hostiles.

Urge la plena recuperación de este legado sinfónico; urge, para empezar, que las partituras de Marqués no sólo se interpreten en ocasiones contadas, como si con ello se saldase una mera deuda histórica sin consecuencias a medio y largo plazo en el imaginario sonoro de un país. Además, en este caso se dispone de una obra concreta de arrolladora personalidad que puede abrir camino eficazmente: la Sinfonía n° 3, en si menor, del año 1876; una auténtica joya de particular brillantez, con su tiempo lento de gran empaque, su entretenido “scherzo” en forma de tema y variaciones, y, sobre todo, sus emparentados movimientos extremos, el primero y el cuarto, muy inspirados e incluso ardorosos, atentos a la tradición pero tan ajenos al academicismo que hasta ciertos giros melódicos y armónicos logran aportar a la música un sabor genuinamente hispánico. Las creaciones de Pedro Miguel Marqués no nacieron para la fugacidad y la postergación. Son arte del bueno, del que contribuye a la dignidad duradera de un tiempo y un espacio; arte que no es cosa sino camino, recordando a Elbert Hubbard. Recobrémoslo.


Artículo también publicado en la revista ENTRELETRAS

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