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PALABRAS AMASADAS | A VUELTAS CON UN PARTICULAR CORRALÓN DE CUERDOS

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros


Estaba por animarme al paseo y me he hecho a una imagen de exceso de hadas y poco cuento. Bebo infusiones del Mercadona y leo, a veces abro libros al azar, avanzo dos, diez páginas. Recuerdo los Santos cuando ello requería una visita al cementerio. Recuerdo a la Upe y a mi abuela rezando un rosario cuyas cuencas eran garbanzos. He apagado la luz y cerrado puertas y ventanas por temor a que los niños llamen al timbre. Hace mucho tiempo que no como un caramelo. En mi cuento… a veces pienso que mi cuento está por aparecer en un momento dado y no me importa demasiado si al ser besado se convierte en un sapo o en un principito. Muy buenas noches que, a pesar del soniquete de estas notas, buenas son.

Mi esquizofrenia hoy consiste en saberme poseído por todo aquello que tiro a la papelera. En mi recuerdo un confesor acaricia mi pelo con la mano sudada y temblorosa. Ese idilio no llevó a nada. Existen en mi desorden mental muchas maneras de nadar y también de darse al rezo. Veo en la mañana un discurso. Mi esquizofrenia consiste en procurarle realidad y proceder a vaciar, de nuevo, esa papelera a rebosar de chismes a la que he aludido.

Quisiera hablar de otra persona, por mucho que hablando de mí ya lo haga. El centro confluye con sus confines en cuanto al vértigo. Es en el vértigo donde uno se relaciona en otro. Donde se pierde para confabular en su contra al mismo tiempo que amarlo. Parecen dos amantes que se pellizcan, que comienzan a jugar a subir una apuesta donde uno sale vivo y otro no. Diría que lo que he procurado es, más que dar algo de mí, devolver lo que pertenece al mundo (que es el propio mundo). El hecho de no recordar el nacimiento me contraría. Mi esfuerzo sólo se ve recompensado narrando cómo vi el de mis menores (pero también el de mis mayores). En el tiempo de su muerte, otra y, claro, propia (la única posible).

El desierto una vez más estaba repleto de andenes, en las pantallas no se distinguía uno mismo de eso que llaman gente. Una vez entrado en el metro la multitud y yo pertenecíamos a la misma novela. Eramos el trayecto fraterno donde me descubrí mirando a esas personas. A veces una mirada chocaba con la mía y volvía, junto con la otra, a darse a la fuga. El extracto consecuente, el foco donde quise construir una historia más fueron dos adolescentes besándose. El universo reducido a dos bocas y, de nuevo, el otro, alguien leyendo y alguien pidiendo una limosna. Acto seguido, ya habiendo llegado a mi destino, el punto final era incapaz de ser transcrito. Allí las bocas eran las mismas, también otras. Allí el atardecer era una franja de luz cayendo sobre el color de la cerveza.

Quise ser él. No sabía cómo llamarle y le llamé “mi amigo”. Aspiraba a ser joven envuelto en una especie de halo que procedía más bien a asimilarse mortaja. Yo seguía sus movimientos. Con esto quiero decir: Cuando él se iba mi mirada se iba también, desaparecía a echar a correr junto con los pasos de un viejo que ya no lo era tanto. Mi amigo me dejó a la suerte de ver por donde él andaba a cambio de no reflejarme de modo alguno en ningún espejo. A veces visito uno. La imagen que procedo entonces al ver mi reflejo es solamente una huella, pero, ésta sí, es mía. No, no es la de ese niño que no sabía cómo llamar y bauticé, siempre con sorna, “mi amigo”.

Me recuerdo llorando para ella. Aquello era como interceder en una conversación entre dos faunos acosados por la posibilidad del trastorno. Hoy junto planes que no llevo a cabo sobre una mesa en donde residen dos ausencias. Desearía, en parte, salir más. Descubrir de nuevo Madrid tras una siesta de un mínimo de dos horas. El sol ha salido y hoy bailar es sobre huesos. No vengan a mí esas imágenes repetidas en fotografías a las que alumbra la vaga luz de una vela en el sótano. Doy inicio hoy a un camino que casi siempre remite a la lectura. Si trabajase me daría por una serie a las tantas y no ayudarme al sueño mediante inductores que arrancan parte de mi consciencia tras la toma para luego sumergirme en una noción toda blanca de la vida. Me recuerdo llorando para ella y sigo sin saber qué contestar a su pregunta. Huyo de una respuesta que sugiera a los faunos enfadarse el uno con el otro. Y espero a la vez que veo un horizonte que, quizá, también ven esos pobres charlatanes que, en ella, tampoco adivinan el momento de continuar una charla que ha sido silenciada por la alegría. Y esto me lleva a pensar en una palabra que nunca he sabido qué define y recurro a nombrar no sin vergüenza. Me refiero a “libertad”, y libertad sigue siendo escribir en la habitación. Desaparecer de la idea de morir por pensar.

He recibido un nuevo mensaje de mi ex a través de un Whatsapp de una amiga (suya). La disciplina sugerida (y se sabe -ella muy bien- que no me hago colega fácilmente de las disciplinas -tampoco de protocolo alguno-) era seguir manteniendo “contacto 0”. Más abajo aparecía un enlace (una lectura que me ha tenido a la pantalla durante, al menos, hora y media) “Ella considera importante que lo leas”. El contenido son unas bases que indican diagnóstico y trato del Trastorno Límite de Personalidad que, a su manera de ver, he de consultar a un experto (en nuestra mente mi psicoanalista). La lectura me ha dado impresiones a la hora de mirarme a mí mismo bajo el prisma del recuerdo que ella asocia a nuestra relación. La indicación de abajo, firmada por su compañera “y amiga” señala que “es conveniente no responda al Whatsapp”. Me lo he saltado a la torera. Tampoco nada muy significante, poco más escueto que hacer ver que “He hecho los deberes”. He cerrado mi aportación con un abrazo a ambas. Una hora después he recibido una respuesta aún más escueta: Igualmente. Es este un breve, pero concreto en cuanto a vidas mental y emocional, resumen de mi pasado lunes.

PD: He mostrado interés de mostrarle el texto a mi madre (de veras, pensé ¿A quién mejor recurrir?). La respuesta cosechada ha sido bastante cáustica: ¿Cómo no vas a tener Trastorno Límite de la Personalidad si no te haces la cama y dejas la ropa en cualquier sitio?

PD2: Fabricar cosas que van de A a Z siguiendo el orden estipulado del vocabulario requiere de ser un ingeniero perfecto. En cuanto a la “cosa escrita” aquellas fabulaciones que obedecen al sentido aludido me crean un desconcierto apabullante. Me confío más a lo que huye y regresa, a lo que vuelve sobre sí. Unas veces lo relatado comienza en la casa que da fin a la historia, en un mismo tiempo u otro, tras un largo paseo por los pasos de cebra de una ciudad y sus contornos rodeados de distintos tipos de árboles y plantas. No, las narraciones duras, del estilo A, B, C… Z agonizan de plano y cansancio. Sugieren, permítanme la imagen, por qué no descabellada, un naufragio en alta mar donde nadie muere. Son manos limpias que ocultan demasiadas cosas. Se parecen a la vida. E, igualmente, tienen una duración.

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UNA FIESTA EN MONGOLIA | PALABRAS AMASADAS

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros


Mongolia es un no-país que cambia de sitio porque una persona decente medio manchega guarda todo eso en una maleta que embarca y que luego saca cuando ya ha llegado a un país normal como Ucrania o Eslovenia.

En Ucrania o Eslovenia se respira aire mongol, igual que en España y Portugal.

Mientras, un niño de 13 años -que quiere ser astronauta de mayor- de 5 de marzo de 2009 abre un paraguas en el número 16 de la calle Antonio Leyva porque está chispeando. Está vestido con un coso lleno de bolsillos y, en cada uno, tiene un trozo de Mongolia: hectáreas con asquerosos kazajos vomitando, casas hechas con restos de vías de transmongoliano y templos basados en escritos de Marco Polo donde aparece nombrada la enfermedad Gengis Kan, que es un mal del que se mueren muchos tusos de la calle.

El niño de 13 años cierra el paraguas. Es que ha parado de chispear.

En Mongolia nadie hace nada excepto poner las cosas perdidas hasta que, de la mierda que hay, no se puede entrar en los sitios, cuevas o lo que sea.

Incluso tuvo que ir Bush para que se civilizaran un poco.

Porque en Mongolia hasta hace, como quien dice, dos días, la gente sólo hacer amor para asegurar la alimento y ni siquiera esperaban a que saliese el niño, sino a los cuatro o cinco meses, en cuanto eso se viera un poco gordo, primero el padre y después la madre o los dos al mismo tiempo y sin tenedor ni nada.

Así iba mal Mongolia. Aunque está mejorando.

Imagine, señor/a, a una china y un ruso vestidos con un par de hojas de parra en medio del desierto de Gobi pasándose una pelota de esas de Nivea para la playa de los chicos. Pues esa pelota de Nivea es la historia de Mongolia y ya, y, por supuesto, resume, por ej y sin excepción, muchas cosas asociadas sin querer a París, Londres y Munich.

Eso hoy, que ni siquiera es día cinco sino otro.

Un niño de 13 años que quiere ser de mayor astronauta de 5 de marzo de 2009 está con un paraguas en el número 16 de la calle Antonio Leyva. Está feliz porque va a reunirse con amigos. Juntos recordarán, por ejemplo, aquellos años en Mongolia, cuando lo del Apolo.

Y tomarán unos chatos. Por supuestos. (para cuándo otra? -prometo quitarme los aparejos de lo de la gravedad-).

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LISTA (no exenta de brevísima reseña -en Francia popular bajo el apelativo “Toque Masa”-) DE LIBROS LEÍDOS DURANTE INGRESOS HOSPITALARIOS

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros


– Pulp (Bukowski): Acababa de salir (en aquella colección mítica Contraseñas de Anagrama, hoy desaparecida). Yo estaba demasiado medicado, por primera vez, con neurolépticos (a mansalva). Cuando me fui recuperando, ya en casa, volví a cogerlo descubriendo, para mi sorpresa, que en él había subrayado las veces en que aparecía la palabra “coño”, por lo que, en un ejercicio de vacua utilidad, me sirvió para lucirme en una tertulia señalando su número para sorpresa de quienes, muy justamente, aplaudieron mentalmente mi boutade pensando que, efectivamente, yo era un obseso. Lo único acerca de la historia que alcanzo a reseñar es que, como el título indica, se trataba de una novela Pulp (la primera de este tipo que leí), bien como introductora hacia este género. Esto es, mala, y Bukowski, no obstante.

– La forja de un ladrón (Umbral): Me gustó. Un Umbral, como siempre, dado a lo autobiográfico, a la memoria histórica, en este caso, de la posguerra. A pesar de este dato, sirve (hay otras del autor -pocas- que también lo hacen) para señalar a aquel que lo niega (con impunidad y en ocasiones alevosamente) que Umbral-he-venido-aquí-a-hablar-de-mi-libro, aparte de prosista castellano puro (donde brilla como solista y a menudo es considerado, también en parte por su exagerada producción, el mejor) el hecho de que el madrileño SÍ sabía hacer novelas en el sentido más purista del género.

– El aliento (Bernhard): Es la tercera entrega (por orden de producción) de la famosa pentalogía y nos habla, precisamente, de hospitales (lo que la hace ideal o su contrario para optar por leerla en un hospital). El austriaco siempre ha ido por modas en cuanto a cuál de sus obras es la mayormente maestra (más en España que, debido a otras cosas, en su país de origen) y El aliento tuvo también su época entre las favoritas según algunos especialistas. Sí, es muy buena, pero ni más ni menos que el resto de las que componen esta autobiografía única en cuanto a historia literaria del siglo pasado. Bien, pipa lo pasé esa tarde, como, si bien es verdad que no siempre, casi siempre con las obras de este hombre. Esta breve reseña es, si posible, más vaga aún que las anteriores (no he dicho nada que no se sepa, ni de mí, ni de la novela, ni del autor). Bien, debido a esto que acabo de señalar entre paréntesis añadiré: Pobesito, como los anteriores, está muerto. Qué pena eh. Suponemos que lo de la muerte no se dio mientras estaba escribiendo esta fabulosa, ya lo he dicho, pentalogía. Ay, qué tristeza de chistes que hago. No me peguen, que ya lo hago yo todos los días un mínimo de cuatro veces. Muy buena; su abuelo, a quien el autor quiso mucho, se muere debido a una cosa respiratoria en ella y nuestro amadísimo Bernhard, que era mucho más español que centroeuropeo, nos lo cuenta a su manera, esto es: haciendo malabarismos que parecen no tener final. Al principio coge una pera y la lanza al aire, luego otra, hasta cinco, pero las va soltando y metiendo nuevas peras (que a veces son hasta manzanas) en ese arte suyo malabar, hasta que pasa lo que pasa, que se acaba el libro y cada pera se queda en su frutero. Uno lo cierra y se dice: Bien, otro Bernhard. Guay.

– Big Sur (Henry Miller): Animado por haber regresado a su trilogía (de la que sólo terminé Sexus que, en general, me dejó frío) descubrí una de sus mayores prosas desde Trópico de cáncer. La historia (es un tocho) es, básicamente, descripción y, a través de ella, buenrollismo. Hay que ver cómo le molaba Big Sur a Henry Miller, hasta de sus vecinos habla bien, de todo. Hay que ver… con la mala hostia que se gastaba siempre y, sí, esos cielos, esos paisajes… joder, Henry Miller, cómo le molaba ese rollo del Big Sur, esa vida tan contraria a la que hubo llevado donde se pregunta ¿Dónde estabas, hogar mío? Nada, un tostón, pero qué pluma, joder.

– Un mundo feliz (Huxley): Al igual que durante la lectura de Pulp yo estaba empapado de vida neuroléptica (vegetal). Con este me di cuenta mientras avanzaba las primeras páginas. No lograba asimilar lo que proponía por mucho que hubiera oído hablar de ello. Me he planteado, muy ligeramente, regresar a esta utopía, pero me lo niego. Me trae recuerdos de una época que no voy a olvidar y que, en el fondo, no era tan mala. Quizá ya me han entendido, me traen recuerdos de no haber sido capaz. Me traen recuerdos de ser un tonto del capirote, por mucho que, en la ocasión referida, estuviera justificado por la ya nombrada “vida medicacional”.

– Aviso a los civilizados (Leopoldo Mª Panero): Llegué a este libro (prácticamente desaparecido) de puro casual y me enamoré de él. Luego me di cuenta de que sólo me había llamado la atención por “las perolas”. ¿Un libro de ensayos de Leopoldito? Curiosamente también lo leí bajo efectos antipsicóticos, aunque más permisivos que los referentes a la época en que leí el de Huxley o el del viejo Buk. Si lo recojo de la estantería encuentro cosas anotadas que llegan a serme de interés (escaso). Leopoldo, en su primera época, era un ensayista genial (lo demuestran sus prólogos hasta, aproximadamente, su obra Orfebre -intento quedarme corto, sé que se nota-). Nada, ya digo, decepcionante. Muy bueno para enseñarlo a una visita que ¡oh! lo desconocía y dárselas de algo, pero sólo para eso. Se lo presté a un amigo gay que residía unas cuantas habitaciones más cercanas al comedor que yo. Un tipo inteligente, aunque algo desfasado, que se enamoró de ciertas notas. Ay, el amor. Qué diáfano resulta un centro de salud mental para tal tema entre temas. Na, no voy a volver a este libro. Lo primero que me vino a la mente fue justificar la situación del autor, precisamente, con ciertas medicaciones, pongamos, de tipo revolucionario.

– Santa María de las flores (Genet): Buah, un 10 y medio. No me enrollo más. Inauguró mi fiebre totalmente pasional por el autor.

– Diario de un ladrón (Genet): Aquí el hombre de mundo por antonomasia redefine lo denominado literatura beat en una revisión de sí mismo. Lo que lo coloca como el único autor beat del siglo XX, dejando a los amigos de Burroughs como lo que eran: Unos yupis algo inquietos dados a la curiosidad contemplativa.

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La tristeza de los días siguientes | Palabras Amasadas

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros

Imagen: Dominique Swain


La chica -joven aún, no lo bastante, no se vayan a pensar de uno- me besó impregnando mis labios de saliva y no evité morder, lo tiernamente que sé, su labio inferior. Sucedió en el sofá de mi destartalada casa. Mi erección era importante y comprobé, llevando con cuidado mi mano hacia sus piernas, que había un ápice no menos importante de interés en ella. Lástima que, lamidas sus breves tetas, uno, al empezar a desnudarla, denotase que principiaba a llorar desconsolada -de manera parecida a como lo hiciera un bebé-. Aquello hizo abandonar el asunto y trasladó mi roll al de un padre preocupado por su niñita ¿Acaso te sientes sucia? No es eso, se justificó. No te tocaré si no me lo pides, insinué. Visité la cocina y calenté un par de tés en el micro. Ella llevaba mi bata, pues decía tener frío. Aceptó el té -sabor canela- y me dijo, sin imaginar yo que algo así saldría de su boca- que yo era un hombre guapo metido en un cuerpo de niño. Le dije que el niño quería regresar a besarla y dijo que no podía. Me permití la provocación de no evitar repetir la pregunta ¿Te sientes sucia? Ella me habló de sus nueve amantes. Decía estar cansada y ser mi salón y yo propicios para darse a una explicación. He lamido pollas de dos en dos, me dijo. Volvió otra vez a llorar y no me resistí a darle un abrazo. ¿Qué tiene eso de malo? Le dije. Le advertí que mi veintena no se dio a los placeres del sexo en absoluto, que andaba encerrado en una especie de habitación llena de libros. Entonces ella dijo que le gustaba mucho que se lo comiesen. A lo que yo no dudé en responder que se trataba mi lengua de una experta en engrandecer los clítoris y hacer venirse a las damas. No quiero eso de ti, dijo. Me sorprendió al pedirme que quería dibujarme desnudo. Bien. La proveí de un bolígrafo y un folio y me quité la ropa ante ella. Al principio tenía dudas. Me decía no saber por dónde empezar, a lo que yo le aconsejé que empezara por mi sexo advirtiéndole de que no quería que quedase diminuto. Te regalaré el retrato después, si te gusta. Seguro que me gusta. Dibujó a un niño necesitado de alimento. Respecto a mi sexo, antes en pleno vigor, no se distinguía de mi huevada. Cierto énfasis en la expresión de pobre. Con ello concluí la certeza de que definitivamente no era padre suyo. Me preguntó si me gustaba y le pregunté que ¿Por qué? Porque es tu alma, dijo. DE inmediato, tiré el folio a la papelera y le pregunté que si quería quedarse para dormir en mi cama me parecía bien, y que si decidía marcharse tampoco me surgiría problema alguno. Lloró de nuevo y me preguntó por qué era tan cruel con ella. Será que simplemente diste con alguien cruel, respondí. Yo sé que tú no eres como los demás. A lo que respondí que no me cabía duda alguna. Intenté besarla de nuevo y, para mi sorpresa, se dejó. Me pidió, por un dios al que ella era devota, si podía quedarse a dormir abrazada a mí sin hacer nada. Hice que lo pensé duramente, pero finalicé aceptándolo. El despertar del siguiente día casi fue amoroso. Me dijo que era el mejor novio que había tenido tras un ligero bico. Le dije que tenía cosas que hacer. Nos vestimos tras un vaso de leche caliente. En el ascensor apenas cruzamos miradas. Al salir del portal ella marchó en una dirección y yo en otra. Jamás supe más de ella. En ocasiones la figuro con mi bata puesta sobre el sofá y me permito intercambiar incongruencias con ella. Sé que no está en el momento en el que el micro suena y sé que voy a disponerme a beber un té caliente -sabor canela- que, definitivamente, me debo antes de ponerme con las labores que tienen que ver con mi prudente vida económica.

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BOWIE Y LOS DINOSAURIOS

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros


El dinosaurio se despertó, como cada mañana, y Bowie ya no estaba allí.

Hacía sol de sobremesa e invierno, la asunción de una aurora descompuesta podía ser perfectamente un pijama guiando la desnudez de un dinosaurio, a su vez que el oro de una fruta pálida, una manzana de tres y media de la tarde y un libro abierto por la página 241 en la que aparece subrayado: “el dinosaurio encendió el ordenador y vio que Bowie, al contrario que las canciones populares, la historia de la música (siempre clásica) y la casi honorable virtud de ser un hombre rico y guapo, como Alberto Masa, se había ido para siempre”. El dinosaurio, a pesar de su voz de niña repelente a la que le entra hipo de vez en cuando, como todo dinosaurio de bien, se asimila a sí, además de en el rock (más anciano que él), en sus contradicciones, y deja de leer cosas que ha sido por el mero hecho de haberlas subrayado hace mucho… para abrir el Spotify a continuación.

Space Oddity representa cómo ve ahora la niñez. Es esa una patria que desaparece de nuestras cabezas, insomnes, cuando uno descubre que el planeta Tierra es más pequeño que un hombre y una mujer medio dormidos, echados en un sofá beige y hablando de la primera película que les ha venido a la cabeza. La han visto o quizá no, posiblemente la vieron un día, antes o después de nacer, antes de que se inventara la fotografía, incluso antes de que Van Eyck decidiera reflejarse en la concavidad de un espejo cuyos protagonistas, menos actuales que el autor del cuadro, son un joven rico, próspero mercader de cara blanca y su recién esposa, de sosa y sumisa belleza, así como embarazada (con el planeta Tierra dentro de su cuerpo), cuya piel recubre un vestido verde que tal vez usó alguna vez ese tal Bowie, el bueno de Bowie.

Esa primera película que les vino a la cabeza al hombre y a la mujer del sofá beige, como el cadáver aún caliente de El duque blanco, es algo que está en cartelera. Y todo lo que está en cartelera se promete exquisito, como la semilla instaurada en el vientre de Jeanne Cenami, la mujer de Arnolfini.

Un joven con estilo también puede permitirse ser viejo cuando nadie lo diría. Ni siquiera, al contrario que el dinosaurio, percibe ese llamado aquí “estilo” como algo propio, una cosa que le viniera de serie, como el elevalunas de su primer coche, que no usó porque no se había sacado todavía el carné. De Valseca a Berlín ya lo conocen, al igual que a Lou Reed y a William S. Burroughs; ha pasado, es mundo en el precario universo de la memoria, esa siniestralidad a la que regresamos, no obstante hermosos en heridas jóvenes, para saludar un espejo que ha cambiado de sitio y por el que han pasado muchas, demasiadas caras.

Jump they say es, en el dinosaurio, el recuerdo vivo de un hermano encerrado, usado por la ciencia, la pseudociencia y la brujería, en el momento en que, al fin, logró dar muerte al dolor confiriendo eternidad a unos cristales rotos. Legó una usina recalentada y un charco de sangre estéril a un mundo que definitivamente había acabado hace mucho tiempo. Las voces, en el interior de su cabeza, dicen, retornan a través de una canción. Bowie la hizo. El dinosaurio no. Para qué. Ya la había hecho Bowie, ostias. Se limita a escucharla, a escucharse en ella. A redimirse en un hermano que murió, quién sabe si antes de nacer el propio dinosaurio que hoy eligió hiciera este día una manzana, verdirroja como la bandera lusa, encontrada en el frutero y, de paso, como por un casual, leyó que el visionario del pop la había diñado de cáncer a los 69 años.

Waltz of the flowers es el recuerdo del olor de la laca de uñas de mamá. Un baile que anticipa una merienda en su Vigo natal un día de tormenta, poco antes de llegar la primavera. No es Bowie. Pero tampoco es él. Ya no. Ni su hermano. Ni su padre. Ni el pop. Recuerda las palabras casi mágicas, ideología de una máquina auto-proyectiva, que pasaron a la biografía del diarista de la Factory Andy Warhol: Es más excitante no hacerlo. No. David Robert Jones nunca lo hizo, salvo el 10 de enero de 2016, dos días después de su cumple. El dinosaurio tampoco lo hizo, salvo cuando fue extinguido. Esto es, un poco antes de despertarse y mucho antes de comerse una manzana cuyo hueso aún reside en la habitación beige, como el sofá de una pareja de película.

Lazarus es algo que ha cambiado de sitio, pasó de ser un bloque de hielo a un charco en el medio de un pasillo sin luz llamado Variedad; un cadáver obtuso, pronto, preparando un epitafio cuyo nombre ha resultado en Blackstar. El dinosaurio quiere morir joven como Bowie y Masa, sólo que a la edad que tiene; quiere ser rico como Bowie o Masa, sólo que con su dinero; quiere ser viejo como Bowie y Masa, pero no lo es, es ridículamente y, sólo por un momento, joven. Procura imaginar un verso que diga, por ejemplo, Dos atardeceres de quince años de edad en el parque de El Retiro una mañana, contándose el uno al otro cómo les gustaría ser recordados. Pero no le sale. Intenta llorar, aunque sea por Bowie o Masa, pero no lo consigue. Es hombre, mujer y animal extinguido a un tiempo, pero ni es David ni tampoco es Alberto. Su memoria es un cuento, una frase, una chorrada menor del amanuense de su propia infancia en el libro Los buscadores de oro. (Dicen los entendidos, y gente del entorno del desaparecido artista, muerto en la cama -como Fernando Juanas-, que Blackstar suena a jazz, pero no suena a jazz, suena a Bowie, suena a la vitalidad reposante de Fernando Juanas, más cadáver que Bowie por haber muerto antes y casi más joven).

El dinosaurio creyó en el probable misterio de su propia desaparición, un acertijo, un enigma, un ser sin ser, pero abrió los ojos y estaba aquí, enfrente del ordenador, escuchando la música que le viene del Spotify. Escuchando la música de David Bowie. Podemos ser héroes, sólo por un día. Podemos ser nosotros, sólo por un día. El dinosaurio se adapta por comodidad a esas palabras, recitadas bellamente en el salón de baile. Son sólo ellas lo que él, ese animal, mitad mujer, mitad hombre, ha sido (y sigue siendo) a través de su historia. Camina, sin tiempo, por encima de nuestra aurora boreal. Es un injerto de piel en el sótano de una fábrica de radios antiguas. Y sueña a menudo con un mundo mejor, un mundo con Spotify Premium.

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LA BARBA EN ESPAÑA

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros


Pero si tú eres alegría, nos dice aquella flor (más remota que la parca) que hiere octubre, hoy, que es finales de enero, entrada una noche que tiene barba (rala) de hace aproximadamente mes y medio. Me la voy a afeitar cuando termine este escrito porque pica. Las amapolas nacieron en Turquía, quizá en Estambul, esa capital del amor bella y fanática como sus bóvedas. Luego -a las amapolas- las fueron trasladando hacia Occidente (lo mismo que se ha hecho con Confucio, Lao Tsé y Tu fu entre otros). Occidente es una máquina vieja con olor a humo de locomotora sobre la que hace moneda de cambio el estadounidense medio. Pollock era un gran jefe Sioux, borracho, paleto, quizás noble, follador de Peggy Guggenheim (de la que se dice era superficial) y al volante de un coche que se muere de frente, junto a dos chiquillas (una de ellas salió viva) y toda una generación de jovencitos hoy ya casi centenarios, como mi barba, que pincha, ya lo he dicho. Muchos artistas de sexo masculino tienen barba, el autor de Mazurca para dos muertos y Madera de boj se dejó la barba y luego dijo que los banqueros de España, ese país tan remoto, le imitaban dejándose ellos crecer ese pelo que en la cara nos sale a los chicos, y también a algunas chicas, pocas. Hasta Mick Jagger, bailarín y cantante británico, se la dejó una vez, quizá por imitar a Chris, su hermano pequeño. Marianne Faithfull le dijo: Pinchas, Mick. Además pierdes mucho, añadió, como símbolo y como persona (hoy, por persona, es más símbolo la Faithfull que el Mick, ese cadáver, no obstante vivo, que pasea su majestuosidad, que será satánica o no será, en limusina, dicen, por clubs nocturnos de Mónaco y países árabes). Los filósofos serios a lo que más fieles son es a su barba, con permiso de las filósofas serias. Hoy en día la realidad (nocturna, como la de Jagger) imita a la alegría en Rosset, que dejó una temporada la filosofía para pasarse, como yo, a los antidepresivos, inocentes elevadores de eso que los entendidos llaman serotonina. Pero si tú eres alegría, nos dice aquella novia, generosa como nadie más lo ha sido nunca, de nuestros diecisiete años, la primera edad en que yo me dejé barba. Una barba llena de lagunas (calvas), rala y negra (como la chica de David Bowie). Me confundieron con Valle-Inclán en el parque de atracciones de Madrid, con Charles Manson en la cafetería del Hipercor de Alcorcón. Pero si eres muy joven, me decía yo para mis adentros. Y luego: Tranquilo, tú, que así molas. Me hice comunista debido a que llevaba barba. Así de trascendental -y grave- leí a Engels. Me hice sociólogo porque quería ser pastor de cabras y ovejas como mi padre. Como Jesús, no el de Nazaret, el de Espirdo (Segovia). No sé su apellido. Era pastor y sociólogo y, además, fumaba porros conmigo en las fiestas de Valseca. Si eso no era el comunismo ¿Qué lo iba a ser? Y llevaba barba. Y lleva, creo. Espero que sigan ahí, Jesús y su barba, luchando contra los pensamientos, que son siempre impuros. Ya está, acabo de afeitarme. No he podido esperar a terminar el escrito. ¿Qué soy yo salvo un interno, barbudo, de lo más brillante? Interno en los oficios, del saber, del conocimiento, de los hospitales y de la barba, otras veces también he hecho clemas y portacebadores y hasta un día le gusté mucho a unas muchachas en la parada de metro de Urgel, línea 5. Eres tan bonito, dice la paz alada, asexuada, del arcángel. Soy el erotismo, eso es lo que soy. Y mi barba, la que me acabo de afeitar, también es el erotismo (y el erotismo me deviene en alta pornografía -bukkake congoleño, como mínimo-). La he tenido que recoger de la pila y echar al váter, a la barba. Pobre barba. Reunida apenas eran las obras completas de Unica Zürn. Está aquí, en mi habitación de Brunete, épica de periódico y soldados (hoy encuentran botas de pacos, uno supone que usadas, al hacer piscinas), tomando haloperidol conmigo. Ella (la Zürn, enterrada junto a Hans Bellmer, su amor posible e imposible) y su sueño, que no acaba sino en la representación, que siempre es la de una muerte, o varias a la vez (la Zürn viajaba por Europa, de asilo en asilo). Mi psiquiatra se llama Paco y lleva barba. “España, aleja de mí esta barba”. Eso dice Paco cuando se va a cantar con el coro en sus ratos libres. No cantan cualquier cosa, cantal por Haendel. A mí me aburre. Prefiero a los Barón Rojo. Recuerdo un concierto de esos magníficos de la incultura, allí, en el barrio que me vio crecer. El parque de abajo, con su arena, porterías y canastas. Había jóvenes (más viejos que yo por aquel entonces) esnifando pegamento. Y mi tía Pepa me decía que no les mirara, a ver si nos iban a hacer algo. Ayer iba yo en autobús (últimamente ya los conductores no hablan mucho conmigo) y casi se me olvida que yo una vez cagué sangre en la antigua Yugoslavia. Mi compañero de heridas salió en el Gran Hermano. Era más tonto que Abundio. Y no tenía barba. Abundio al menos tenía la decencia de que, de vez en cuando, se le olvidara la maquinilla. Siempre estaba mirándose en mí y mi barba. Y, de entre mi barba, una noche saqué Los santos evangelios, una perfecta cura contra el insomnio de las novelas de género, y le siguió Madre noche. La noche yugoslava valía cincuenta pesetas, poco menos de lo que le costó al Madrid el traspaso de Prosinecki, casi guapo en su barba, del Estrella Roja de Belgrado. Recuerdo la final contra el Olimpic de Marsella, de Jean-Pierre Papin, que terminaría en el Milan, así, sin la tilde. Se ha acabado la cerveza sin alcohol y hay muchas colillas en el cenicero, y sale del spotify una versión del Mack the Knife interpretado por Dee Dee Bridgewater, que tiene el ritmo africano dentro del cuerpo / alma, como lo tenían Brecht y Weill. No sé, a mí es acabarse la cerveza sin alcohol y me empieza a doler el cuerpo / alma. Me empieza a doler la barba. La barba española de esta noche española, alucinada, preñada de bien, enamorada y hot, very hot. Charly, mi loro, duerme. Él es todo plumaje / barba. Yo ya no porque, como he dicho, me he afeitado. Quedo en el espejo como un Valentino (Rodolfo, no el de las motos) que se pregunta ¿Quién coño es Valentino? En Japón un par de jovencitas, afectadas por la muerte del precioso, se lanzaron a la lava de un volcán activo (Un par de segundos antes quizás se lo pensaron, pero… Ya que habían subido hasta allí arriba…) Sí, sí, España, lo hicieron, lo leí en alguna parte. Los comisarios de la policía tenían barba en España, joder. Las barbas de Walt Whitman eran reeditadas bajo severas correcciones de rima y puntuación por parte de su, cada vez más blanca, barba en Hojas de hierba y Canto a mí mismo. Hoy han salido los chicos de la barba (Frank G. Rubio y Ávila Salazar), casi seguro que ya están durmiendo. Han presentado a Thacker, En el polvo de este planeta, en Espacio leer. Me pregunto qué harán, qué habrán hecho. Rust, de True detective, es un personaje del que se enamora Laura cada día. ¿Qué tiene Rust que no tenga yo? Fumo mucho y hasta toso, papá me dice que me suenan los pulmones al respirar. Pero no tengo la sinestesia, ese desorden cada vez más valorado en el primer mundo, que consiste en pasar olores o color por lenguaje musical, y nos han enseñado que con eso hasta se pueden detectar asesinos. Los malos poetas lo tienen todos, creo. A los trabajadores del talento, como Salieri y como yo, sólo nos queda guarecernos en nuestra propia envidia. El inventor de la sonata nos oye crecer desde la fosa común de la belleza humana. Dejé los antipsicóticos (haloperidol, risperidona, quetiapina y Lagavulin) y hoy sé que la percepción es esto. Me debí quedar en un tripi de 1987, uno de esos cartones en el que se veía la rueda delantera de una bici (la de Hofmann, coautor de Las plantas de los dioses), o es que todo el mundo ha enloquecido. Las dos cosas, quizás. O Hofmann, que llegó a viejo, como yo. Y se afeitaba por las noches, como yo. Y le daban las seis de la madrugada, como a mí, siempre dedicado al vicio de aprender, siempre captando olimpos enteros de gracia, por los siglos de los siglos y no diciendo amén nunca. He dejado la bebida y quiero emborracharme, pero no lo voy a hacer. Voy a ser alguien, sin mi barba incluso. Sin esa barba que tan bien le quedaba al autor de La escopeta nacional. Berlanga, Luis, un tipo la mar de majo que hizo humorismo del destape y a quien no conocí. Un tipo de provincias, creo, como casi todos nosotros, chicos y chicas viejos, modernos como La Factory, eternos como Düsseldorf o Dresde. En las aulas fuimos Joseph Beuys hablándole a un conejo muerto, a una rata muerta, a una sombra muerta (La no obstante eterna sombra de Plinio el viejo). ¿Y yo qué coño hago aquí, sin mi barba? Si se me llega a dar bien la guitarra hubiera matado a un puto poeta de… no sé, del alma, del arte, del porno, de todas las bellezas reducidas a una representación del universo, ya digo, metido en un plato de judías pintas que, ay, sólo sirve para comerlo, y conviene que se haga con cuchara. Los césares tenían que nunca comían solos, como Tony Soprano. Ayer iba caminando con Laura y vimos a Paco Clavel entrar en un ristorante, estaban haciéndole fotos a la entrada y pidiéndole autógrafos. Yo me acordé de Diana, la princesa del pueblo, pero no se lo dije a Laura, que no quiere novios porque está harta. No sabía que Paco Clavel siguiera vivo. Así que en eso resulta la modernidad en España. Pero yo, fiel a mi barba, salvo hace un rato, erre que erre. ¿Qué es o qué fue Paco Clavel? ¿Qué coño representa? ¿La homosexualidad? ¿El marquesado? ¿La movida? ¿El marquesado homosexual de la movida? ¿La bisexualidad acaso? ¿El glam? ¿La peluca? ¿La supervivencia? Hace mucho ya que en la Gran Vía de Madrid no existen los neones. Los quitó Gallardón, creo. Dijo que ya no. Que a la mierda los neones. Esos de la movida, como Gallardón, no tenían que levantarse a las ocho para arrear la hacienda. Tenían para tabaco. Les llegaba. Almodóvar hizo Pepi, Luci y Bom y se fue de la telefónica, con el tiempo recogió los Oscar. Cuando se deja la barba, Almodóvar, se la arregla / arreglan. He abierto una Coca-cola. Tengo ganas de hacer pis todo el rato. Lo acabo de hacer. Se queda uno bien, como después de haberse afeitado una barba de mes y medio. Es 29 de enero de 2016. España, aleja de mí esta barba, digo que dice Paco, mi psiquiatra. ¿Qué estará haciendo ahora ese hombre oscuro? Me recomendó san Manuel bueno, de Unamuno, y luego me leí Niebla. Soy en estas alucinadas 6:37 h la barba, echada al desagüe, de alguien que piensa.

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THE TRUTH

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros


Mucho se ha hablado del chaval. Mucho y poco. Nunca lo suficiente. Y siempre el mismo coñazo, que es todo lo que él no es. Porque si algo no es el chaval es un coñazo. Él como mucho tiene una pizca de polla de oro y una cojonera normal, poco letal, ávida de humo y en perfecta simetría con el resto del mejor regalo que le ha concedido la naturaleza. Y es que el chaval tiene un cuerpo que resiste muy bien las embestidas de la salud. También de la salud mental, claro está. Al chico de pequeño siempre diciéndole sus abuelos que se iba a matar de tanta brutalidad como representaba y al final la misma brutalidad con la que él se enfrentaba a eso que llamaban mundo era lo que le salvaba. Tenía el cuerpo ilustre de los brutos. Un cuerpo delgado como los fideos chinos y hecho de fuerza pura como la miel, que es el dorado al que los hombres buenos de una España fea se acercaron en enormes barcos, a la caza de esa seda dulce de la que eran dueñas las abejas de la propia España. Ay, ese chico era una abeja trabajadora. Ese pobre chico. Mírale, cascándosela bajo la mirada de santa Fátima allá en el pueblo. Mírale cómo recoge la lefa sin que la mirada de esa estampa se dé cuenta y cómo se hace él mismo a la idea de que no ve la probable mirada de esa estampa, nada menos que santa Fátima, observando qué sé yo, esas cosas que los santos tienen por mal vistas. Cuando santa Teresa de Ávila se corrió por vez primera dijo que había tenido un encontronazo con lo divino y la gente la tomó por ella misma, que era su cuerpo, un coño total, el santísimo coño trino de santa Teresa de Ávila. Más ancha se quedó la buena señora después de haber visto a Dios que empezó a levitar, al igual que el hijo que nos ocupa. Masa, el chaval, es hoy un becerro de miel, de whisky y de metanfetamina. Madruga, se levanta y teclea. Todos los días saluda a sus amigos del Facebook. Es un chaval normal que toma café y cuenta que se lo prepara en la cafetera del alma, donde el agua hierve y el humo de las locomotoras provoca una sensación de ruptura con el espacio y con el tiempo. El chaval, no menos santo que la santa que moraba en la estampita que le veía, allá, en el pueblo, matarse a pajas durante la jornada dominical, iba para artistilla. Lo era ya antes de nacer, en el vientre de su madre manejaba, aún sin ojos, su propio espectro a sus anchas, como todo o casi todo hijo de vecino. Al ser sacado, con siete meses, de la vagina de su santa madre del bebé dijeron que había vivido lo suficiente como para morirse ya mismo; y el bebé se resistió a conceder razón a tanto portador de bata blanca que no decía más que chuminadas que le había enseñado una España medio tardo-franquista, aparte el hombre del tiempo, que siempre sacaba el mapa de España en la tele, con sus islas Canarias en un recuadro a la derecha y no donde residen, a la izquierda, más lejos del 5º A que del Bajo Derecha. Menuda cosa tonta, tonta como yo mismo escribiendo sobre un chaval que, efectivamente, tiene su aquel, su estilo, pero que es tonto, es tonto porque ha renunciado, sin duda, a todo. A todo, menos a sí mismo, cosa que no es que le honre mucho, dicho sea de paso. Y allá, junto a las enfermeras (todo el día borrachas) se dijo a sí mismo que esta vida, que será breve pero, sobre todo, siempre será larga (porque llegará un momento, breve o no, en que se hará larga) había que vivirla, sufriendo, claro que sí y también por supuesto que no, el desprecio y los ánimos del hombre, y también de la mujer (sobre todo de la mujer), la muerte de la criatura a la que no dio más que vida y la muerte de las criaturas que le vivieron a él antes de empezar, a una edad avanzada, a vivirse a sí mismo, con la doblez existencial de que eso también implica matarse a sí mismo todo el rato.

Ya en los dos miles, el chaval, que ya no lo era tanto, era llamado Profesor, oh joven genio, maestro de maestros. Y el chico como si nada. Como si eso fuera lo natural. Como si esa fuera la gracia, que no es nunca divina, sino medio julandrona y aún así poco blandengue. La gracia era el chico que sonreía por sobre los nidos de esos jodidos cucos, muchos de ellos literatos, cuando no artistas, cuando no maestros de verdad dedicados a diversas ciencias y sobre todo una: La fe, pero no la cristiana ni la mahometana ni la budista ni la freudiana, la fe en que la existencia consiste, básicamente, en existir y poco más. En crear algo, un lecho, una casa, una poesía o un animal de cera que merezca la pena ser alabado o escupido indiferentemente. La gracia de la que hablaba era la paja nicotinizada en el suelo lleno de granos de trigo, cebada y mierda del paisaje de la niñez, donde también había cientos y millares y millones y billones y trillones de bloques y de yates en los que pasear a ciegas, viendo todo y, finalmente, no viendo nada. Viviendo perdiéndose al tiempo que encontrándose. Viviendo en el abandono fútil que es cuidar de uno mismo además de aquello que ama a un tiempo que no le interesa lo más mínimo. El chaval, el jodido y gracioso chaval amaba a su estómago sobre todas las cosas y, entre otras cosas, la cosa queda resumida en que le dio por comer y, cuando hacía la digestión, les llamaba videntes (o videntas) a esa generación de maestros que le ofrecían premios que rechazaba con la misma chulería que uno, en un restaurante donde come del menú del día, rechaza el chupito de aguardiente bajo la excusa de que ya le ha llenado bastante ese entrecot un poco pasado que le habían puesto de segundo.

Del chico se puede decir que visitó a los marcianos un día de agosto y que esto moleste al círculo de médicos de la seguridad social que, de vez en cuando, cuando tiene algún achaque de hígado, pulmones o corazón, lo atienden. Dicen: Es Masa. Albertito lindo, nacido de la sustancia santa que es el semen de su padre, el pastor y el gran trabajador, el chofer oficial, el papá bueno que, de niño, al chaval, siendo aún chavalillo, le contaba que uno de ambos era Alonso Quijano y el otro Rocinante. El papá que le fabricaba lanzas en el taller para que matara a los indios americanos en su habitación, entonces llena de juguetes rotos o, si no lo estaban, juguetes que terminarían estando rotos. El papá santo que no podía verlo beber porque, eso sí, el chaval, Albertícola, a veces, cuando le daba por ahí, debido a las penas existenciales, se ponía hasta el mismísimo culo (no mucho más que sus amigos, de hecho: mucho menos, pero lo suficiente).

Los premios literarios, los marcianos, hasta los vampiros no hacían carrera de él. Sus mejores amigos, esos gandules que querían ser la milésima porción de placer que a Albertícola le proporcionaba una vulgar eyaculación de semen (y también de sangre, porque el chaval apretaba el puño muy hasta dentro), lo observaban (y grababan) a través de cámaras ocultas. Él, el chaval, no se daba un pijo de importancia. Restaba la crisis absorbiendo botellines enteros de haloperidol y, de postre, benzodiacepinas para los efectos secundarios. Y luego, como quien dice, de chupito (este sí era aceptado en el restaurante) un lingotazo de LSD del puro, purificado por la mano santa de un químico mareado y asesinado, finalmente, junto a la séptima ola de un mar que agoniza. O agonizaba. Y es que nuestro chaval poco ha visitado el mar. Albertícola sigue en la habitación de los libros, al lado de un traje de Napoleón que representa a su abuelo materno y un traje de matriuska que representa a su abuela materna. El resto, ya se sabe, gloria pura, divina, angelical. Los pasos, sin pasos, de todo un docente de la vida, echado a perder por el precipicio adonde se asoma una cabra una mañana de agosto de 2016, esto es, hoy mismo, esta mañana mismo, día en el que el chaval se levantó, dio, efectivamente, los buenos días en el facebook y, luego, se puso un café. Ya estaba hecho el día. Lo demás no es silencio. Nunca. Lo demás es pura vida, pura muerte y, en el medio, amor desinteresado hacia una existencia desinteresada. Amor por unos huevos fritos, como quien dice, y sin freír también. No está loco el chaval, no. Porque la humanidad no lo está. O sí. No, no estamos locos, rezaba el eslogan, lo que nos pasa es que sabemos lo que queremos. Cuántas décimas de fiebre ha costado ese anuncio… no lo sabemos. Sabemos que a día de hoy la cabra de la mañana se ha despeñado por un barranco y poco más. Y que en eso y no en otra cosa consiste el éxito de Alberto Masa, el de los libros. En nada. Y también en todo.

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