Tag : articulos

post image

2020: LOS 250 AÑOS DE LUDWIG VAN BEETHOVEN

Por: Por Antonio Daganzo


Nombrar a Johann Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770 – Viena, 1827) es nombrar casi a la música misma, y el recuerdo de los tres, desde el cambio de siglo, nos está deparando redondas y enjundiosas efemérides. Convirtamos el trío en quinteto; evoquemos también las figuras de Giuseppe Verdi y Richard Wagner, los dos genios del teatro musical decimonónico, y obtendremos así un listado impresionante de conmemoraciones. En el año 2000 se cumplió el 250º aniversario de la muerte de Bach, y en 2006, otro 250º aniversario: el de la venida al mundo de Mozart. Antes, en 2001, recordamos a Verdi, en el centenario de su fallecimiento, y luego, en 2013, de nuevo a Verdi y también a Wagner, en el bicentenario del nacimiento de ambos -¡casualidad inmensa!-. 2020, sin ninguna duda, es ‘Año Beethoven’; período largo de celebración, pues no será hasta sus postrimerías, hasta el próximo 16 de diciembre, cuando se cumplan los primeros 250 años transcurridos desde el nacimiento de ese genial ‘león de noche’, como lo llamó Blas de Otero en uno de sus más hermosos poemas de Pido la paz y la palabra: ‘…vuelve la cara, capitán del fondo / de la muerte: tú, Ludwig van Beethoven, / león de noche, capitel sonoro!’. Cierto que, para la Historia de la Música, Giuseppe Verdi siempre será el ‘León de Busseto’; no obstante, ¿cómo renunciar a idéntica metáfora felina en el caso del autor de la Sinfonía ‘Heroica’? El comentarista Ángel Carrascosa acertó de pleno al afirmar que, en la poética beethoveniana, hay, ‘por primera vez con claridad en la música occidental, un elemento épico nuevo que se superpone al elemento lírico: en sus creaciones más acabadas la fusión entre ambos es indisociable’. Por eso la Sinfonía ‘Heroica’, dada a conocer públicamente en Viena el 7 de abril de 1805, es precisamente la partitura que suele señalarse como punto de partida del Romanticismo musical. Beethoven, pues, no sólo protagonista sino también artífice de un cambio de época. ¿Acaso podíamos dudarlo, si una personalidad artística tan arrolladora como la suya alcanzó a vaticinar incluso los abismos sonoros del siglo XX, ya en los últimos compases de su creación?

Comienzo del Finale de la Sonata nº 14 “Claro de luna” op.27 nº 2 de L. van Beethoven, autógrafo [Bonn, Beethoven-haus BH 60]

Las líneas precedentes han venido a confirmarlo una vez más: hablar del gran Ludwig supone darse de bruces enseguida con el universo orquestal que transformó para siempre. Una vez que la sinfonía, durante la segunda mitad del siglo XVIII, y gracias a las contribuciones sobresalientes de Franz Josef Haydn y Wolfgang Amadeus Mozart, se había asentado como el género para orquesta por antonomasia, el ciclo de las nueve sinfonías beethovenianas representa uno de los mayores logros jamás obtenidos en el desarrollo del arte musical, y también –dicho en términos más absolutos- en la evolución de la cultura universal. Sin duda nos hallamos ante música que es más que mero lenguaje, que es expresividad abstracta pero omnímoda, por denotarlo de alguna manera, y, al respecto, François-René Tranchefort no dejó de subrayar la precisión con que Beethoven calculaba ‘la potencia, los ataques, la compacidad’ (o compactibilidad) y ‘los contrastes dinámicos’ de ‘las masas sonoras que pone en movimiento’, ‘(…) consciente, como lo sería Berlioz, de los efectos psicológicos, incluso fisiológicos’, que la música propuesta ejercería sobre los oyentes.

Este impresionante ciclo, cuya escritura se inició entre 1799 y 1800, tuvo en la Tercera Sinfonía, la ‘Heroica’ citada antes, su primer jalón glorioso. Quienes la escucharon en su estreno no sólo se precipitaron de cabeza en una fuerza expresiva inaudita: ¡la obra duraba –y dura- aproximadamente el doble de lo que solían extenderse las sinfonías del Clasicismo en su sazón! Y ello no porque Beethoven pecara de verboso o retórico; sencillamente porque, merced a su genialidad, y tal como lo escribí en mi ensayo divulgativo Clásicos a contratiempo, la arquitectura sinfónica puede dar ya cabida ‘a un sentimiento épico-trágico que por fin se expresa de pleno, con el necesario correlato de una mayor amplitud en el discurso, gracias fundamentalmente a una prodigiosa capacidad para la elocuencia en el tratamiento de la forma sonata’. El formidable díptico –se dieron a conocer conjuntamente, el 22 de diciembre de 1808, en el Theater an der Wien- formado por las sinfonías Quinta y Sexta (‘Pastoral’), y la ‘apoteosis de la danza’ –en palabras de Richard Wagner- de la Séptima, precedieron al milagro de la Novena Sinfonía, no sin que Beethoven regresara puntualmente, en la más breve Octava, al estilo clásico de Haydn –quien fue su maestro, lo mismo que Antonio Salieri, cuya supuesta rivalidad con Mozart disparó la imaginación de escritores y cineastas-. Estrenada el 7 de mayo de 1824, de nuevo en la Viena de adopción del compositor alemán –esta vez en el desaparecido Kärntnertortheater-, la gigantesca Sinfonía nº 9 en re menor, más extensa aún que la ‘Heroica’, y denominada ‘Coral’ por su celebérrimo final cantado sobre la Oda a la Alegría de Friedrich Schiller, es la primera en la historia que sumó la voz a la orquesta. Algo que anticipó, de modo visionario, la ‘música total’ que Gustav Mahler habría de coronar en su increíble Sinfonía ‘De los Mil’, de 1910. Beethoven, al cabo, logró así dar forma a la grandiosidad que había anticipado en parte la Fantasía para piano, orquesta y coros, de 1808, y también, incluso desde un punto de vista ético, político y cívico, de compromiso con el ser humano libre y por ello feliz, el concertante de cierre de la que fue su única ópera, el ‘singspiel’ Fidelio, cuya versión definitiva data de 1814.

Posada del rinoceronte blanco y dorado (Praga), donde vivió Beethoven en febrero de 1796

‘Música que es más que mero lenguaje’, escribí líneas arriba. Y desde su misma gestación, pues ¿de dónde manaba toda esa energía incontenible? ¿A qué se debió? Escuchamos la impresionante Missa solemnis –contemporánea de la Novena Sinfonía-, y el influjo del colosal Haydn de las misas postreras y los oratorios se nos hace más evidente aún que en los pasajes sinfónicos de mayor incandescencia –y no olvidemos que la fogosa orquesta beethoveniana asimismo se extiende por los géneros de la obertura y el concierto (imprescindibles sus cinco conciertos pianísticos, que parten de Mozart y alcanzan en el Quinto, o ‘Emperador’, otra conquista expresiva de primer orden; imprescindibles el Concierto para violín y el Triple concierto para violín, violonchelo y piano)-. Pero más allá de las influencias estilísticas, o las ejercidas por un convulso período histórico que había hecho nacer en Francia un conato de música revolucionaria –pobre aunque innegablemente significativa-, ¿qué movió al gran Ludwig, ‘león de noche’, a componer de aquel modo heroico? ¿Cuál fue el auténtico, profundo drama de su vivir, expresado en el conocido como ‘Testamento de Heiligenstadt’, de 1802? Sin ninguna duda, la sordera; la dolencia paulatina que acabó causándole, ya por el tiempo del estreno de la Sinfonía nº 9, la pérdida total de la audición. Ante semejante condena –tan desoladora para un músico, tan despiadada para un maestro de su categoría-, Beethoven optó por la grandeza de espíritu: rechazó el suicidio y se entregó a culminar una labor creadora que, por tanto, no sólo fue genial sino absolutamente épica. El ser humano, el individuo, no pudo derrotar a su destino adverso, pero el músico, el ente creador, sí, y de qué manera. ‘Beethoven encarnó la tragedia redentora del héroe, que, en su búsqueda instintiva del progreso, hace avanzar a la humanidad toda’, escribí en mi ensayo Clásicos a contratiempo.

Cumplida la misión, Ludwig alcanzaría muy debilitado ya, por causa de sus múltiples enfermedades, el año 1827, y, de hecho, no le fue posible rebasar la crítica frontera del 26 de marzo, fecha de su óbito. Pero los dos años previos, 1825 y 1826, se los entregó a la posteridad más que nunca, con la redacción de sus últimos seis cuartetos de cuerda: una música creada en puridad para el futuro, pues únicamente pudo ser entendida con la llegada del siglo XX. El repertorio para piano solo y de cámara resultó siempre de importancia suma para Beethoven, a tal grado que, en 1822, puso la doble barra final a la última de sus treinta y dos (¡!) sonatas pianísticas; ciclo glorioso -¡su autor fue un brillante especialista del instrumento!- donde encontramos maravillas como la Sonata ‘Patética’ –nº 8-, la ‘Claro de luna’ –nº 14-, ‘La Tempestad’ –nº 17-, la ‘Waldstein’ –nº 21-, la ‘Appassionata’ –nº 23- o la monumental ‘Hammerklavier’ –nº 29-. El otro enorme ciclo beethoveniano concebido para pequeño salón es, claro está, el de los cuartetos de cuerda, formado por dieciséis o diecisiete obras, según se mire: diecisiete si contamos, como un cuarteto más, la Gran Fuga que se desgajó del Cuarteto nº 13 -para el que el compositor tuvo que escribir, por tanto, un nuevo desenlace-. Esa Gran Fuga, o el movimiento inicial –’Adagio ma non troppo e molto espressivo’- del Cuarteto nº 14 –tan amado por Schubert, y estructurado en siete movimientos (¡!)- se antojan músicas creadas no ya en el siglo XX sino incluso hoy mismo. Los seis últimos cuartetos son partituras llenas de audacias armónicas y de una apabullante libertad constructiva, aminoradas sólo aparentemente en el Cuarteto nº 16, en cuyo seno late uno de los tiempos lentos más hermosos, y menos conocidos, de la producción beethoveniana –’Lento assai, cantante e tranquillo’-. ¡Hasta en el catálogo de los compositores más famosos podemos hallar páginas de necesaria recuperación o redescubrimiento!

Y qué fascinadoras resultan esas piezas serenas en mitad de un arte así, de una música de la exaltación, Ésa sería, más allá de lo épico, lo trágico y lo lírico, la seña de identidad del gran Ludwig: la exaltación. No puede extrañarnos, pues, que León Tolstói se fijase e inspirase en la novena de las diez sonatas violinísticas de Beethoven, la célebre Sonata a Kreutzer, de 1802 –al cabo dedicada a Rodolphe Kreutzer, que, paradójicamente, nunca se atrevió a tocarla-, para describir el desenfreno sentimental, y también sus abismos, en la polémica narración homónima de 1889. Luego, sobre el mismo tema y bajo idéntico título, René Prinet presentó al mundo, en 1901, su no menos famoso cuadro donde un arrebatado violinista besa con ardor a su pianista acompañante, tomándola por la cintura con su brazo derecho, como si ambos hubiesen interrumpido la ejecución de la obra de Beethoven para dar rienda suelta a su pasión… ¡Qué curioso que la música acabase volviendo a la música! Así, en 1923, el gran compositor moravo Leos Janácek denominó Sonata a Kreutzer al primero de sus cuartetos de cuerda… Beethoven, el ‘león de noche’, no dejará nunca de inspirar a la humanidad, porque su arte fue, desde la raíz y hasta los tuétanos, y recordando una vez más a Blas de Otero, el de un ‘ángel fieramente humano’.


Este artículo ha sido también publicado en ENTRELETRAS

post image

FRITZ LANG: UN GENIO ENTRE DOS MUNDOS

Por: Tomás Sánchez Rubio


James Harold Wallis nació en enero de 1885 en Dubuque, Iowa; también un mes de enero, pero de 1958, fallecería en Scarsdale, Nueva York. Sus restos reposan desde entonces en el cementerio aconfesional de Ferncliff, de Hartsdale.

J.H. Wallis fue el autor, entre 1931 y 1943, de diez novelas de crímenes y misterio publicadas por el prestigioso sello editorial EP Dutton. El protagonista de las seis primeras era el inspector Wilton Jacks. Formado en la Universidad de Yale, Wallis, aparte de narrativa policíaca, en 1916 había escrito el libro de versos The testament of William Windune, and other poems, y en 1935 dio a luz un curioso libro sobre la figura del político profesional llamado The politician: his habits, outcries and protective coloring.

Su novela más conocida, sin duda, fue Once off guard, publicada en 1942. Dos años más tarde, pasaría al cine de la mano del director Fritz Lang. El viernes 3 de noviembre de 1944 se estrenó en Estados Unidos bajo el título The woman in the window –conocida más tarde en nuestro país como La mujer del cuadro-. El martes siguiente, día 7 de noviembre, tendrían lugar las elecciones presidenciales de las que saldría reelegido para un cuarto mandato el demócrata Franklin D. Roosevelt, venciendo por escaso margen al candidato republicano Thomas E. Dewey.

Cabe resaltar el hecho que supone que ese mismo año de 1944, embarcado como se encontraba el país aún en plena Segunda Guerra Mundial, la industria del cine estadounidense diera a luz producciones de tan notable calidad como Laura de Otto Preminger; Double Indemnity, de Billy Wilder; To Have and Have Not, de Howard Hawks, o Gaslight, de George Cukor. Esta última, conocida en España como Luz que agoniza, y basada en el drama del mismo nombre de Patrick Hamilton, supuso el debut cinematográfico, con dieciocho años, de la futura estrella de la televisión Ángela Lansbury. La acompañaba entonces un magnífico elenco de intérpretes consagrados como Charles Boyer, Ingrid Bergman o Joseph Cotten.

Volviendo a  The woman in the window, diremos que se trata de una cinta de corte policíaco, si bien rompiendo en cierta manera, como era propio en un genio de la talla de Fritz Lang, con algunos de los moldes clásicos del género. También había aligerado el ambiente tenso y claustrofóbico del libro de Wallis, otorgándole un final totalmente diferente y ciertamente inesperado para el espectador. La película, producida por Nunnally Johnson, estaba protagonizada por un trío de actores que ya contaba con una consolidada carrera en el cine. Tenemos en primer lugar al conocido Edward G. Robinson (1893-1973), que acababa de protagonizar otro drama psicológico, Double Indemnity –Perdición en España, ya mencionado. Junto a él, Joan Bennett (1910-1990), de seductora personalidad, en el papel de “femme fatale”, tan característico en el cine negro de la época, y que había afianzado su posición interpretativa gracias a El capitán Drummond, de F. Richard Jones (1929), o Mujercitas de George Cukor (1933). Acompañaba a los dos anteriores Dan Duryea (1907-1968), especializado en encarnar el papel del canalla sin escrúpulos, del villano violento, pero sin embargo atractivo, tan  frecuente en las películas del género policíaco de los cuarenta .

Tan sugestiva resultó la combinación de estos tres intérpretes, que Fritz Lang contó con ellos para el rodaje, al año siguiente, de Scarlet Street (1945), conocida en España como Perversidad. Drama intenso, descarnado y con tintes de humor negro, particularmente la considero una de mis cintas norteamericanas preferidas de la década de los 40. Si en La mujer del cuadro, predomina la intriga del mejor cine policíaco, creando una atmósfera tensa y en ocasiones asfixiante, en Perversidad el espectador se mueve entre emociones contrapuestas. El poder del destino, la culpa, el sexo, la ambición o sencillamente el instinto de supervivencia se dan cita en este episodio de la existencia de Christopher Cross, un simple cajero infelizmente casado, pero con un raro talento para la pintura, y que sucumbe a los “encantos” de una aventurera mujer -personaje mucho más interesante de lo que parecerá a primera vista-. La trágica -e irónica- espiral de los acontecimientos acabará con la perdición física o moral de los principales implicados en la trama.

La obra, basada en la novela La Chienne (1930) de Georges de la Fouchardière, había conocido ya una adaptación francesa en 1931, titulada igual que el libro, bajo la dirección del mejor Jean Renoir. Los protagonistas con los que contaba eran el versátil Michel Simon -padre del también actor François Simon-, Georges Flamant y Janie Marèse, actriz que falleció prematuramente a los veintitrés años.

Fritz Lang, director austríaco de inacabable filmografía, desarrolló su carrera artística en Alemania y en Estados Unidos. Antes de hacer obras como las mencionadas hasta ahora, en Europa había realizado auténticas obras maestras que marcaron el camino a varias generaciones de cineastas. Su trabajo evolucionó según corrientes y tendencias artísticas, pero sus producciones gozaron de un sello que las convierten en auténticos clásicos.

Friedrich Christian Anton Lang nació en Viena, Imperio autrohúngaro, el 5 de diciembre de 1890, y murió en Los Ángeles, el 2 de agosto de 1976. Sus restos descansan desde entonces en el cementerio Forest Lawn Mamorial Park de Hollywood, junto a otras celebridades del mundo del espectáculo como Lucille Ball, Stan Laurel o Bette Davis.

Fritz Lang empezó en 1908 los estudios de arquitectura en la Universidad Técnica de Viena por deseo de su padre, Anton Lang, también arquitecto; sin embargo, su pasión era la pintura, de modo que acabó matriculándose en la Escuela de Artes Gráficas de su ciudad natal. Admiraba el simbolismo de Gustav Klimt y, sobre todo, el expresionismo de Egon Schiele, discípulo del anterior. No obstante, poco después cambia el hogar paterno y los estudios por lo que puede considerarse “ una vida bohemia”, e inicia un periplo a través de diversos países, acabando por establecerse en París hasta el año 1914. Comenzada la Primera Guerra Mundial, se traslada a Viena de nuevo y se alista como voluntario en el ejército austrohúngaro. Herido en 1916, durante su convalecencia empezó a escribir guiones de cine. En el hospital militar conoce al director y productor de cine Joe May -exiliado del nazismo posteriormente como él-, a quien le mostró su trabajo, y que lo contrataría como guionista.

A partir de ese momento, encauzada su carrera cinematográfica, sobre todo tras acabar la contienda, Fritz Lang dirigirá sus propias películas. Era un momento de eclosión del cine en Alemania. Si bien dentro de la estética de la llamada escuela expresionista alemana, predominante en la época y de la que es considerado uno de sus maestros, junto a Friedrich Wilhelm Murnau (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922), o el precursor Robert Wiene (Das Kabinett des Dr. Caligari, 1920), pronto desarrolla unos rasgos que le son reconocidos como propios: en Die Spinner, de 1919, la película más antigua consevada de Lang, ya distinguimos su gran talento dramático, la cuidada composición de las imágenes o un notable sentido espacial…  Tras Der müde Tod, de 1921 -donde Luis Buñuel reconocerá el germen de su vocación cinematográfica-, Dr. Mabuse (1922) o las dos partes de Die Nibelungen (1924), vendrá  en 1927 la considerada su obra “definitiva”: Metrópolis, cinta de ciencia-ficción que, a partir del juego con los espacios, volúmenes y claroscuros representará el apogeo del expresionismo arquitectónico, así como El gabinete del doctor Caligari lo había hecho en el pictórico. Seguirán la curiosa cinta futurista Frau in Mond (1928) y, ya en el ámbito sonoro, “M” (1931), película inspirada en la figura real del asesino en serie Peter Kürten, y que el realizador, particularmente, siempre consideró su mejor trabajo del periodo alemán.

En 1933, en la cinta Das Testament des Dr. Mabuse, que continuaba las aventuras siniestras de este criminal, aparecerá de nuevo su característico inquietante mundo de  sótanos, galerías y cuevas subterráneas, espejos deformantes y visiones ilusorias o distorsionadas, de acuerdo con la mente delirante del protagonista. La película será prohibida por el régimen político existente en Alemania. Será la última colaboración con su esposa y guionista Thea von Harbou… Muy poco después, Fritz Lang marchará a Francia. En París rodó Liliom, protagonizada por Charles Boyer (1934), con escaso éxito; no obstante, el siguiente paso fue Hollywood ese mismo año, contratado por la Metro-Goldwyn Mayer. Sin embargo, ya en Estados Unidos sus primeros proyectos fueron rechazados y tardó dos años en hacer Fury (1936), protagonizada por Sylvia Sidney y Spencer Tracy, y que resultó candidata al Óscar al mejor guion original. A pesar de tenerse que acomodar a las normas de género impuestas por productores y público, sus películas, sobre todo dentro del cine negro y policíaco, presentan -como dijimos al principio- un sello particular: Solo se vive una vez (1937), Secreto tras la puerta (1947), Los sobornados (1953), Más allá de la duda (1956), Mientras Nueva York duerme (1956)… Junto a las mencionadas, más alejadas del género, pero de una fuerza increíble, tenemos Deseos humanos (1954), Los contrabandistas de Moonfleet (1955) o Encubridora (1952).

En varias ocasiones, era manifiesta la crítica social, revelándose con frecuencia sus dudas sobre la justicia, así como una seria reflexión sobre el papel del individuo en la sociedad contemporánea y su desamparo. A finales de los años cincuenta, en parte por el clima creado por las investigaciones del Comité sobre Actividades Antiamericanas; en parte por su rechazo a criterios puramente comerciales, y sumándose la oferta de un productor europeo, viajó a la entonces República Federal Alemana para rodar El tigre de Esnapur (1958), La tumba india (1959) y  -una vez más- Los crímenes del Dr. Mabuse (1960), su última película. No rodó ninguna cinta más hasta su muerte en 1976.

post image

SYLVIA PLATH | EL ARTE DEL PRECIPICIO

El Atelier

Por: Inma J. Ferrero


El camino se disolvía alumbrado por la luz del sol, devolviéndome a la ceguera de la ruidosa calle. A veces me pregunto si la soledad habita a la sombra del gentío, y si al apurar la última de sus gotas nuestro perfil se sumerge en la oscuridad que todos llevamos dentro.

Quizá el abandono de Ted Hughes, fue el último empujón para alguien que vivía surcando precipicios. La poeta Sylvia Plath se vio abandonada, vio cómo Assia Wevill le había robado a su gran amor, cómo se había quedado con su marido. Sus últimos días fueron un péndulo entre la depresión y la euforia, la consecuencia de pastillas para dormir y píldoras para poder despertarse. Meses en los que escribió sus mejores poemas medio enferma y sin apenas dinero.

Sylvia Plath, llamada Sivvy familiarmente, nació el 27 de octubre de 1932 en Boston, Massachusetts (Estados Unidos). Era hija de los maestros Otto Emil Plath, profesor universitario de alemán y biología en la Universidad de Boston, y Aurelia Schober, profesora de inglés y alemán. Ambos eran de ascendencia alemana. Sylvia tenía un hermano menor llamado Warren, nacido en 1935. Tras el nacimiento de Warren, la familia Plath se trasladó a Withdrop, localidad costera que provocó un vital contacto con el mar para la pequeña Sylvia.

Con pocos años comenzó a escribir poesía. Era una niña frágil, sensible, inteligente e insegura, inseguridad que fue amplificada cuando en 1940 falleció su padre a causa de la diabetes. Sufrió habituales depresiones y varios desórdenes mentales desde su adolescencia. Tras la muerte de Otto, la familia Plath se mudó a Wellesley.

En el instituto publicó su primer texto, un relato corto titulado “And Summer Will Not Come Again” que vio la luz en la revista “Seventeen”.

“Sunday At The Mintons”, publicada en 1952 durante su etapa universitaria en la revista “Mademoiselle”, fue su primera historia galardonada. Dos años antes, Sylvia había ingresado en el Smith College de Northhampton. En este centro permaneció entre 1950 y 1955, período en el que se intentó suicidar por primera vez. Más tarde, tras conseguir una beca Fulbright, viajó a Inglaterra para acudir a la Universidad de Cambridge.

En 1956, y en el Reino Unido, conoció y se casó con el británico Ted Hughes (nacido en 1930). Ambos tuvieron dos hijos, Frieda, nacida en 1960, y Nicholas, nacido en 1962. Su luna de miel la pasaron en España.

El primer título publicado por Sylvia Plath fue el poemario “El Coloso” (1960). Su principal libro es su novela “La Campana De Cristal” (1963), de carácter autobiográfico y firmada con el seudónimo de Victoria Lucas. Poco tiempo después de la aparición de este libro, Sylvia, poeta y novelista de gran sensibilidad y rica imaginería que se convertió en un icono feminista, se suicidó el 11 de febrero de 1963 en Londres. Está enterrada en el cementerio de la iglesia de Santo Tomás de la localidad británica de Heptonstall. Tenía 30 años de edad en el momento de su muerte, y su depresión crónica, su inestabilidad emocional y el affaire amoroso de Hughes con Assia Guttman, la esposa del poeta David Wevill, acrecentaron una vulnerabilidad que llevó a la muerte a la joven Sylvia. Assia también se suicidó, ella en el año 1969.

De manera póstuma aparecieron los libros de poemas “Ariel” (1965), uno de los títulos clave en su bibliografía, “Cruzando El Agua” (1971) y “Árboles Invernales” (1972). En 1977 se publicó una colección de cuentos, fragmentos de sus diarios y ensayos titulada “La Caja De Los Deseos” (1977), libro titulado en su versión original “Johnny Panic And The Bible Of Dreams”.

En el año 1981 se le otorgó el Premio Pulitzer por su obra poética recogida en “Poemas Completos” y un año después aparecieron sus “Diarios” (1982). También ha sido publicado un libro de relatos titulado “Johnny Panic y La Biblia De Sueños”.

POEMAS

 

El jardín solariego

Las fuentes resecas, las rosas terminan.
Incienso de muerte. Tu día se acerca.
Las peras engordan como Budas mínimos.
Una azul neblina, rémora del lago.

Y tú vas cruzando la hora de los peces,
los siglos altivos del cerdo:
dedo, testuz, pata
surgen de la sombra. La historia alimenta
esas derrotadas acanaladuras,
aquellas coronas de acanto,
y el cuervo apacigua su ropa.

Brezo hirsuto heredas, élitros de abeja,
dos suicidios, lobos penates,
horas negras. Estrellas duras
que amarilleando van ya cielo arriba.

La araña sobre su maroma
el lago cruza. Los gusanos<
dejan sus sólitas estancias.
Las pequeñas aves convergen, convergen
con sus dones hacia difíciles lindes.

 

Lorelei

No es noche ésta de ahogarse:
luna llena, reacio
río bajo luz suave,
acuosas nieblas bajan
tupidas como redes
cuyos dueños reposan,
traduciéndose en vidrio
lúcido mientras flotan
las torres del castillo
hacia mí hiriendo el rostro
del silencio. Ascienden
sus miembros poderosos
y álgidos, pelo grave
más que mármol, y cantan
de un mundo más amable
que ninguno. Estos cantos,
hermanas, sobrepasan
al oído gastado
que aquí, en el campo, escucha
bajo el orden impuesto.

La armonía caduca
el orden que vosotras
sitiáis con vuestras voces.

Vivís entre las rocas
de oníricas promesas
de refugio. De día
bajáis de la pereza,
de altas ventanas. Peor
que vuestro enloquecido
canto o mudez. La voz
de vuestro fondo llama:
embriaguez del abismo.

Oh río, veo tu larga
y honda línea argentina,
esas diosas de paz.

Piedra, piedra, me abismas.

 

Carta de amor

No es fácil expresar lo que has cambiado.
Si ahora estoy viva entonces muerta he estado,
aunque, como una piedra, sin saberlo,
quieta en mi sitio, mi hábito siguiendo.

No me moviste un ápice, tampoco
me dejaste hacia el cielo alzar los ojos
en paz, sin esperanza, por supuesto,
de asir los astros o el azul con ellos.

No fue eso. Dormí: una serpiente
como una roca entre las rocas hiende
el intervalo del invierno blanco,
cual mis vecinos, nunca disfrutando
del millón de mejillas cinceladas
que a cada instante para fundir se alzan
las mías de basalto. Como ángeles
que lloran por la gente tonta hacen
lágrimas que se congelan. Los muertos
tenían yelmos helados. No les creo.

Me dormí como un dedo curvo yace.
Lo primero que vi fue puro aire
y gotas que se alzaban de un rocío
límpidas como espíritus. y miro
densas y mudas piedras en tomo a mí,
sin comprender. Reluzco y me deshojo
como mica que a sí misma se escancie,
igual que un líquido entre patas de ave,
entre tallos de planta. Mas no pienses
que me engañaste, eras transparente.

Árbol y piedra nítidos, sin sombras.
Mi dedo, cual cristal de luz sonora.
Yo florecía como rama en marzo:
una pierna y un brazo y otro brazo.

De piedra a nube iba yo ascendiendo.
A una especie de dios ya me asemejo,
hiende el aire la veste de mi alma
cual pura hoja de hielo. Es una dádiva.

 

Espejo

Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.

Y cuanto veo trago sin tardanza
tal y como es, intacto de amor u odio.

No soy cruel, solamente veraz:
ojo cuadrangular de un diosecillo.

En la pared opuesta paso el tiempo
meditando: rosa, moteada. Tanto ha que la miro
que es parte de mi corazón. Pero se mueve.

Rostros y oscuridad nos separan
sin cesar. Ahora soy un lago. Ciérnese
sobre mí una mujer, busca mi alcance.

Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas
de la luna. Su espalda veo, fielmente
la reflejo. Ella me paga con lágrimas
y ademanes. Le importa. Ella va y viene.
Su rostro con la noche sustituye
las mañanas. Me ahogó niña y vieja

 

Una vida

Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.

He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
De un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.

Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.

A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.

Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.

Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.

Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.

Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.

Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.

Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.

 

Traducción de los textos Jesús Pardo

 

Bibliografía

 

Wikipedia

La red

post image

POESÍA Y RECONOCIMIENTO

Por: Enrique Gracia Trinidad


Los poetas nos entristecemos en exceso por la poca atención que la sociedad nos concede. No debiéramos andar tan quejumbrosos. En el fondo, esa entelequia que llamamos sociedad no hace caso a nadie. Vivimos tiempos donde reina lo pasajero, es moneda común la falta de sustancia y son bandera los mensajes publicitarios, las ocurrencias de red social y la comida rápida, gustosa y resultona aunque nos siente como un tiro.

La mayor de las famas en esto de la poesía, como en tantos otros campos, es flor de un día, puesta de sol efímera, musiquilla ocasional. Si los mejores investigadores, los personajes solidarios, los políticos decentes o los héroes sociales resultan flor de un día, pasan por las noticias como un rápido brillo y se extingue su memoria en menos que canta un gallo, ¿por qué debería prestarse más atención a los poetas? Lo que más le interesa a la mayoría de esta sociedad adocenada es la estupidez que cualquier insensato suelte en un programa televisivo dedicado a esa víscera llamada corazón, lo más jaleado y discutido es cualquier insignificancia de un jugador de fútbol, lo más comentado es algún morboso crimen que, no se sabe por qué, es aireado por los medios de comunicación en detrimento de otros muchos igual de terribles (todo sea por la audiencia aunque se quede en cueros la decencia).  La poesía, arte de primera fila desde el principio de los tiempos, es en la actualidad oficio raro, de tipos poco prácticos —a decir de los prácticos más simples y desinformados—. Pero no es esto lo peor, lo más triste es que, ante el ignorante desprecio social, los poetas se encierran en sus guaridas y la emprenden a dentelladas contra los congéneres en vez de hacer causa común y mostrarle al mundo, con toda firmeza, que la poesía es necesaria para que el mundo sea mejor. Andan los vates a la greña, unos contra otros. Los menos, enquistados en camarillas de cierto prestigio, más endogámico que otra cosa, monopolizando y repartiéndose el poco pastel que usurpan en la feria de las vanidades y ninguneando a cuantos pudieran hacerles sombra. Los más, nadando como pueden en la misma feria pero sin que les dejen sitio en alguna noria que les dé un respiro.

Raza esta de los poetas, cainita como pocas, que amontona galardones, prebendas y atenciones para unos pocos y hurta al presente y al futuro voces notables que terminarán en el más abyecto olvido. Batiburrillo sofocante que suma a la indiferencia del vulgo la prepotencia de algunas editoriales, academias excluyentes, medios de comunicación ignorantes y críticos de pacotilla.

Más vale no preocuparse, escribir lo mejor que se pueda y confiar, a imitación de lo que dijera Arnaldo Amalric, aquel inquisidor canalla, en que el futuro reconocerá a los suyos;. Extremo, por cierto, que no creo que les funcionase a los más de siete mil masacrados de Béziers, entre cátaros y católicos. Ni les va a funcionar a los poetas.

post image

FLORBELA ESPANCA, LA DAMA DEL ALENTEJO

Por: Pilar Alcalá García


¡Ser poeta es ser más alto, es ser mayor
de lo que son los hombres! ¡Morder como quien besa!

Los poetas, como los amigos, (a veces son los mismos), llegan a tu vida por caminos muy diversos y Florbela Espanca llegó a la mía por vericuetos extraños, tuvimos encuentros inesperados y otros buscados y se quedó en mi vida, y algo me dice que será para siempre.

Conocida como “la poetisa del amor”, como nuestro Bécquer, “el poeta del amor y de la muerte”, hoy es leída en Portugal como en España leemos a Bécquer. Flor Bela de Alma da Conceição, hija de madre soltera, marcada por una fecha, el 8 de diciembre, que también nos une. En vida sólo se publicaron dos de sus libros: las antologías, “Livro de Mágoas” en 1919 y “Livro de Sóror Saudade” en 1923. Forma parte de la lista de poetas suicidas junto a Storni, Plath, Pozzi, Sexton, Wolf, Tsvetaeva y Pizarnik entre otras. Durante los últimos años de su vida luchó ardientemente

por ver publicado su libro “Charneca em Flor”, “Sou a charneca rude a abrir em flor!”. Según Antero de Figueiredo, «el libro Charneca em Flor será uno de los testimonios literarios más bellos del corazón portugués de ayer, hoy, de todos los tiempos». Florbela se suicida en Matosinhos el 8 de diciembre de 1930, día de su 36 cumpleaños, con una sobredosis de barbitúricos. Cinco días antes de su muerte había escrito la última línea: “Y que no haya gestos nuevos ni palabras nuevas”.

Resulta complicado situarla en un movimiento literario pero es cierto que está más próxima al neo romanticismo y a algunos poetas finiseculares que a los modernistas. Florbela nunca se resignó a acatar ese papel que se le suponía a una mujer de principios del siglo XX, como consecuencia, su vida independiente, su poesía cargada de erotismo y sus tres divorcios fueron motivo de escándalo.

Nació el 8 de diciembre de 1894 en Vila Viçosa, hija de João Maria Espanca, pionero de la cinematografía portuguesa, y Antonia, una sirvienta de este. João al no poder tener hijos con su esposa decide tenerlos con Antonia, lo que hoy llamaríamos vientre de alquiler. Tras la muerte de Antonia en 1908, Florbela es criada por la esposa del padre, Mariana do Carmo, que es además su madrina. Por cuestiones legales, Florbela es acogida como una “hija de la vida”, es decir, que legalmente se desconoce quiénes son sus padres. Lo mismo sucederá con el hermano menor de Florbela, Apeles, fruto también de la unión de su padre con Antonia Lobo, que nacerá tres años después. La madre de Florbela también fue “hija de la vida” y su vida estuvo llena de dolor y penalidades. Forbela lo expresa en versos: “mi pobre madre, tan blanca y fría/ con su leche me dio a beber la Angustia”.

Desde su infancia sus pasiones son los libros y las flores, estudió pintura y música, fue una gran lectora, con 8 años escribió su primer soneto, que sería su estrofa preferida, y con 12 escribió su primer cuento. En 1903 escribió el primer poema que conocemos “A Vida e a Morte”. Su vida estuvo llena de tragedias: se casó y se separó varias veces, sufrió dos abortos involuntarios y su hermano, al que adoraba, murió en un accidente de aviación. Tantos acontecimientos traumáticos le crearán graves desequilibrios mentales.

“Tuve siempre esa sensibilidad enfermiza, esta profunda y dolorosa sensibilidad a la que cualquier nadería martiriza”. Así se veía Florbela, una mujer que, según ella misma confiesa, tuvo los mejores profesores tanto en Évora como en Lisboa. Terminó un curso de Letras en 1917, y después se matricula en Derecho, será la primera mujer en hacerlo en la Universidad de Lisboa. Precursora del movimiento feminista portugués, su vida fue muy inquieta, fumaba, bebía y trasnochaba; y todos sus sufrimientos los transformó en poesía, una poesía cargada, a veces, de erotismo, una poesía nacida de lo más íntimo.

Se casó tres veces, la primera el 8 de diciembre de 1913, con Alberto de Jesus Silva Moutinho, compañero de estudios, de quien se separó en 1921, año en el que se casó con Antonio Guimarães, oficial de artillería, del que se separó en 1925 para casarse con el médico Mário Lage del que se separó en 1930. Podemos decir que encadenó los matrimonios. En 1919 sufrió un aborto involuntario y ahí empezaron sus desequilibrios mentales; lo terrible es que en 1923 se repite el triste suceso. Y como la vida de Florbela estuvo llena de adversidades, en 1927 pierde a su hermano en un accidente de avión el 6 de junio. Este suceso le afectará muy gravemente y

como homenaje escribe “As máscaras do destino”, una serie de cuentos que se publicaron póstumamente, al igual que “Charneca em Flor” (1931), su obra maestra, “Juvenília” (1931) y “Reliquiae” (1934). Su obra poética fue reunida por Guido Battelli, profesor italiano visitante en el universidad de Coimbra, en “Sonetos Completos” y publicada por primera vez en 1934. Las primeras publicaciones, hechas en revistas, fueron recopiladas por Mária Lúcia Dal Farra, quien en 1994 editó “Trocando Olhares”. Los sonetos de Florbela sorprenden por su perfección formal, por su elegancia a pesar de estar llenos de tristeza y melancolía, son sonetos muy cercanos al simbolismo.

“Las almas de las poetisas están hechas de luz, como la de los astros: no ofuscan, iluminan…”.

Los críticos la miraron siempre con desprecio, todo en ella les parecía exagerado, su espontaneidad, su forma de ser apasionada, su feminidad. Era un espíritu libre e indomable y eso no lo soportaban. Florbela no encajaba en su país ni en su tiempo ni en el papel que entonces se reservaba a la mujer. Hay un poema que la retrata como ningún otro, es Versos de Orgullo, editado póstumamente en el libro “Charneca em Flor”, libro que es un monumento de sublime belleza, en él reúne los poemas escritos durante los últimos años de vida, sus poemas de madurez estética y vivencial:

VERSOS DE ORGULLO

¡El mundo me quiere mal porque nadie
tiene alas como yo las tengo! Porque Dios
me hizo nacer Princesa entre plebeyos
¡en una torre de orgullo y de desdén!
¡Porque mi Reino queda más Allá!
Porque traigo en mi mirada el vasto cielo,
¡y porque oros y resplandores son todos míos!
¡porque Yo soy Yo y porque Yo soy Alguien!
¡El mundo! ¡¿Qué es el mundo, oh amor mío?!
El jardín de mis versos todo en flor,
la mies de tus besos, pan bendito,
mis éxtasis, mis sueños, mis cansancios…
Son tus brazos dentro de mis brazos:
¡Vía Láctea cerrando el infinito!…

La lírica de Florbela es primordialmente amorosa. Su autoridad poética se manifiesta en la originalidad de sus imágenes y metáforas que aportan tanto talento a la literatura. Como dice el poeta Ángel Crespo, “escribió una larga serie de sonetos repartidos en varios libros pero que forman una coherente unidad, algunos de los cuales se cuentan entre los más bellos de la lengua portuguesa”. César Antonio Molina la considera “continuadora moderna de Rosalía de Castro, poeta a la que son seguridad tuvo que leer”.

Su discípula Aurelia Borges dice que su personalidad como mujer era compleja, su carácter y su mirada de un magnetismo que imponía respeto porque traslucía una grandeza de alma poco común. Allá por donde iba era una “leona entre ovejas” o mejor, “cisne entre patos” que provocó celos, envidia e incluso odios profundos. Su libertad interior era admirada, temida y criticada.

El cansancio emocional de sus fracasos amorosos, dolores de estómago que le acompañaron sus últimos diez años de vida, y sobre todo, la muerte de su hermano menor, Apeles, a quien consideraba su alma gemela, hizo que, ya demasiado cansada, agotada, decidiera poner fin a su vida. Y fue su último deseo que cubriesen su sepulcro de flores, con las que en su divino panteísmo se identificaba. Nunca tuvo miedo a la muerte, y el suicidio no fue algo imprevisto, sino algo largamente meditado. Es admirable, no que se suicidara, sino cómo, la valentía con que siempre miró cara a cara, los “vertiginosos ojos de la muerte”. Intentó suicidarse dos veces. Una en

octubre y otra en noviembre de 1930, en vísperas de la publicación de su obra maestra, “Charneca em Flor”, cuya primera edición consta de cincuenta y seis sonetos, mientras que la segunda, del mismo año, contiene veintiocho piezas más. Es este un libro de recuerdos en el que quería inmortalizar sus mejores momentos. En él se enfrenta a su totalidad humana, condensando sus vivencias y fabricando poesía con ellas. Sin duda es su trabajo más sincero, donde retrata su fase más difícil y personal como poeta y donde presta una atención especial a su tierra natal, el Alentejo.

Tras el diagnóstico de un edema pulmonar, se suicida el día de su 36 cumpleaños con dos botellas de veronal, el 8 de diciembre de 1930.

A LA MUERTE

Muerte, mi Señora y Dueña Muerte,
tu abrazo, ¡debe ser tan bueno!
Lánguido y dulce como un dulce lazo
y como una raíz, sereno y fuerte.
No hay mal que no sane o no conforte
tu mano que nos guía paso a paso,
en ti, dentro de ti, en tu regazo
no hay triste destino ni mala suerte.
Doña Muerte de los ojos de terciopelo,
¡cierra mis ojos que ya todo lo vieron!
¡Sujeta mis alas que ya volaron tanto!
Vine de la Moirama, soy hija de rey,
mal hada me encantó y aquí quedé
a tu espera… ¡quiebra el encantamiento!

Hoy es la poeta más amada en Portugal, más amada por la gente que por las Academias. Ha alcanzado la categoría de Musa y es llamada la Dama del Alentejo. El pueblo ha convertido sus versos en fados. Y en 2012 su vida fue llevada al cine por el director Vicente Alvés do Ó. Fue la película más vista en Portugal ese año.

¡Minh’alma, de sonhar-te, anda perdida
meus olhos andam cegos de te ver!
¡Não és sequer a razão do meu viver,
pois que tu és já toda a minha vida !
post image

DEL PENSAMIENTO, LA POESÍA Y EL AJO

Por: Enrique Gracia Trinidad


¡Vade retro el homo sapiens, paso al homo ludens! o lo que es lo mismo: ¿Para qué ponerte a pensar y argumentar sin histrionismo, con voz tranquila y equilibrada si puedes soltar un mensaje publicitario gritando un poco, poniendo voz de rapsoda del siglo XIX, pronunciando con un acento medio francés y medio gilipollas, o haciendo un perfomance que la mayoría de las veces no es más que eso que ya hacían hasta las monjas en los años 70?

Y no es que el juego (ludum) no sea de vital importancia para el desarrollo humano, es que pasada la infancia, podría irse, sin abandonar del todo el entretenimiento, a etapas de mayor contenido. Y ahí es donde empieza a patinar buena parte de la modernidad, que algunos malintencionados llaman «modernez» con la clara intención de desprestigiarla ¡ya ves tú!

¿Que a qué viene todo esto? Pues a la terrible sensación que me asalta periódicamente —no soy original porque le pasa a mucha gente— de habitar el reino de la banalidad, de la falta de sustancia, del pensamiento aborregado.

Escribía Clifford Simak en uno de sus relatos de ciencia ficción: «Hemos sido reducidos a números: el de la Seguridad Social, el de Hacienda, los de las tarjetas de crédito, los de las cuentas corrientes, los de tantas otras cosas. Estamos siendo deshumanizados y, en la mayoría de los casos, con nuestro consentimiento, ya que este juego de los números parece hacer la vida más fácil, pero más a menudo porque nadie se molesta en protestar» (¿ciencia ficción?).

No sé qué diría Simak, muerto en 1988, si nos viera hoy que, además de lo dicho, andamos perdidos entre claves de acceso informático, avatares diversos, nombres de usuario y otras lindezas.

Y no es que todo eso sea malo en sí, es que lleva a muchísimos ciudadanos a la despersonalización, al ocultamiento personal entre una masa de forajidos igualmente despersonalizados; en definitiva hacia el extremo absurdo de ser pasto de manipuladores de cualquier pelaje: políticos, publicitarios, chamanes religiosos, adivinos, empresarios sin escrúpulos y otros manipuladores sociales.

Y no es lo peor que el fútbol tenga a bastante personal adocenado, ni que tantos hayan sustituido el pensamiento y la conversación por la cháchara tonta del tuit o del Whatsapp, lo peor es que el Arte y la Literatura se están contagiando a marchas forzadas. Y vuelvo con esto a las primeras frases de este artículo: He visto a mucha gente poner los ojos en blanco y babear con insustanciales mensajes, «modernos y rompedores», como el de esa jovenzuela llamada Ajo, que anda soltando sus micropoemas —así los llama—, como si fuesen el no va más de la arquitectura poética. Cierto que la muchacha es eficaz en un escenario, pero sus corifeos y epígonos son los que suelen hacer gala de cretinismo al servicio de lo que les haga pensar por sí mismos lo menos posible.  (*) 

Entre otras frasecitas de mejor corte —nada que no hiciera Gómez de la Serna hace mucho y con más calado—, la señorita Ajo va y dice, alargando algunas letras y a modo de cantinela: «Me pongo nerviosa tranquilamente porque soy transparente y efervescente…», y al personal se le hace el culo gaseosa con la profundidad del mensaje.

Claro que tendrá que ser así, si periodistas de toma pan y moja como Ruth Toledano, poeta ella y cronista y todo de la Villa de Madrid, por obra y parte de afinidades políticas y una pizca de paridad de género, dice que esta «micropoetisa» es muy buena y que «se vuelve enorme como un gran poema«, mientras que «los recitales de poesía suelen ser un tostón«. En el artículo en que he leído estas afirmaciones, llega a decir la  Toledano: «Mientras el gran poeta sigue leyendo su testamento vital frente a la pequeña audiencia, que quizá ya esté muerta de fortuna o aburrimiento, aquí, sin embargo (no le vamos a embargar nada al pobre gran poeta), la micropoetisa se ha metido al personal […] en el bolsillo del bolso«.  (**)

Pues nada, ¡viva la señorita Ajo y sus frases ingeniosas! ¡viva el aliento poético de la Toledano! ¡Vivan el Whatsapp, el usar y tirar, la bisutería, lo descafeinado, lo desnatado y la madre que los parió! Del pensamiento elaborado estamos pasando al tuit ingeniosillo y aún es mucho; deberíamos terminar en el gruñido a secas que es más rápido y no veáis lo que expresa.

Enrique Gracia Trinidad

(*) 
Enlace de una actuación de María Josefa Martín de la Hoz, alias «Ajo». A mi modo de ver, con cierta dosis de inteligencia, algún detalle original y otra buena cantidad de elementos ya vistos muchísimas veces. Está bien, pero tampoco es para suponer que el «pobre gran poeta», que dice Ruth Toledano, mate de aburrimiento a la audiencia. https://www.youtube.com/watch?v=MsixXzQ_LEQ

(**) Enlace de un recital de Jaime Sabines , considerado uno de los grandes, en el que puede apreciarse que los asistentes no estaban precisamente «muertos de aburrimiento» sino todo lo contrario. (He elegido a Sabines por no provocar innecesariamente polémica comparativa ya que no era español, falleció no hace mucho y dijo estos versos ante una audiencia no precisamente «pequeña». https://www.youtube.com/watch?v=evr7wBgabV8

post image

UN POEMA DE JAVIER DEL PRADO BIEZMA

Por: Javier del Prado Biezma. (Poeta entre profesor y crítico).


LEYENDA,
EN FORMA DE SONATA,
DE LA LUNA VIOLADA

I

La luna se ha empeñado
en negarnos su seno,
ese gran seno blanco de Polifemo hembra
que amamanta los sueños
de los poetas niños, cuando duermen,
infundiendo en sus mentes
la enfermedad extraña del anhelo..

Aparece una noche sobre el Arca…
un gajo de afilado bordes
y dura unos minutos
su consistencia de leche cuajada.
antes de sumergirse,
moderna Casta Diva,
en el pozo escondido de la ría de Noia.

Puede que sea sólo
algún trozo de vela blanquecina
que el viento le ha arrancado a los veleros
que duermen en la paz de de la Ensenada,
negra, de La Merced.

II

Unos días despés,
se alza desde la Pobra,
alumbra el Arenal, ya sin sus juncos,
pero en cuanto las olas reciben sus reflejos,
ya crecida en el cielo,
inicia una deriva que la lleva
a caerse de bruce por los tajos
del Pedràs, oro negro.
con reflejos aún de primavera.

Por un momento,
parece un cascarón de nuez gigante,
fruto de leche, aún,
a punto de verter su melodía
por las piedras rodadas del torrente
que lleva nombre de doncella intacta
(Lérez, la enamorada
del loco de Ángel Guerra
en la novela río de Galdós)

III

Una semana tarda
en estar casi llena
redondos sus dos pechos,
el visible y el que se esconde
tras el velo de niebla de su propio fulgor.

Se desprende del Puerto de la Cruz,
cruza de cabo a rabo la anchura de la Ría,
se expande unos instantes,
belleza adolescente,
entre el gran chopo oscuro
y el macizo oloroso de eucaliptos
que reparten la ría en tres partes iguales
y sueñas que mañana
y pasado mañana
y tal vez otra noche,
dos mil noches…
mientras velas sus despertares turbios
de joven que se come
la noche y se emborracha
de espumas y de algas que vuelan invisibles
por los vientos que nacen de las olas,
engañando al viajero,
se posará a tu lado, como antaño,
indolente y en forma de gran nube,
indefinida y blanca.

(Mis delirios son tus delirios, madre
delirios ancestrales
de todo aquel que lleva
la sangre de tu sueño en leyendas perdidas).

IV

Mañana, cuando llegue
el esplendor de su melancolía,
en la sazón de un fruto de noches tropicales,
podrás verla, desnuda,
como la gran matrona
que atesora la luz, en carne pura,
de todos los desnudos renacientes,
la hermosa y envolvente amiga del temor de Leopardi,
ramera o diosa del Ticiano
podrás decirle que,
Incluso violada
por tanto enamorado de sus vacuas
palideces,
la quieres.

Pero mañana se alzará,
más allá de Rianxo,
perdida en las colinas absurdas del Salnés,
donde no crecen sueños
y si alguno germina
se pierde por las aguas condenadas
a la muerte de un mar repartido en parcelas
por los viveros de almejas de Carril.

Será plena,
para otros.
Será blanca, con la blancura
de la perfecta plenitud
de la INTOCADA,
será redonda
con esa perfección de círculo
que trazan,
al morir
los escorpiones.

Te quedarás mirando,
más allá de la silva que rodea tu casa;
por encima de cerros
cubiertos de eucaliptos
que perfuman la fronda con sus vahos salubres;
y esperarás que la tierra se raje
para poder cogerla
cuando atraviese, tímida,
su grieta, de puntillas.

Y te irás a llorar
(a tus años, aún lloras
y seguirás llorando
por mucho que los médicos que digan
que los ojos te escuecen
porque lloras en seco,
al tener agotado el lagrimal),
mirando hacia ese punto de la isla de Sálvora
donde la ría es mar
y el mar es una nota,
como un bajo continuo que durase
hasta las costas, que lees en los libros,
de los mares del sur, verdimorados,
donde el barco de un niño
de crines rubicundas
y pupilas cargadas de veneno
se embriagó de ternura desolada.

V

Gime Malher,
en su Canto a la tierra;
muy bajo, tan bajito
que los peces, allí, justo en la línea
en que mis ojos beben
la plenitud del mar,
se ponen de puntillas para oírlo,
para oírme.

NOTA

Tras años de huir del poema largo, con argumento, siguiendo los consejos de Mallarmé y del gran Juan Ramón Jiménez, el poeta, en esta ocasión se ha dejado llevar por el ímpetu de su palabra (y de su experiencia nocturna de la vida) en pos de esa luna amada por los poetas caducos y añorantes (Leopardi, Verlaine, Laforgue) de la era esplendorosa de la luna (de finales del XVIII a comienzos del veinte) y le ha salido este poema largo, a modo de leyenda oscura, fragmentada y diseminada por los claroscuros de la Ria de Arousa.

El poeta se alegra de haber cedido a esta tentación. Piensa que ya es hora de que la poesía occidental, olvidando la filosofía y la herencia del poema puro que parte de Poe y culmina en el JRJ que va de 1915 a 1920, vuelva a la composición, a la organización formal de un material más rico y complejo y no se contente con esos escupitajos líricos o esos lagrimones elegiacos asentados en el purismo, el odio, el miedo o la incapacidad de enfrentarse, cara a cara, con forma, sin la cual ningún ser tiene evidencia..
Enfrentarse a la forma, a la composición, como su hermano en abstracciones, el músico o su antagonista de la materia plástica, el pintor.

Que la poesía vuelva a ser un arte – en plenitud de la palabra. Que el poeta componga su poema como el pintor compone su ‘sonata’ y el pintor su cuadro.

En esta composición el poeta no necesita recurrir a los andamiajes condenados por Juan Ramón en su prologo al poema Espacio; condena compleja y enigmática, que le viene, antes de haber afirmado de manera muy explícita su deseo de componer un “poema seguido” de la misma manera que Mozart o Prokofeff (sic) componen su música.

post image

ALDA MERINI | VIVIR AL BORDE DE LA SOMBRA

El Atelier

Por: Inma J. Ferrero


Me pregunto que esconde la sombra en su perfil más triste, si yo soy la responsable última del llanto o si tal vez me empujan las palabras que gobiernan mi abecedario caído en desuso.

Me tambaleo entre la conciencia de mi ser herido y la sutil sonrisa escondida en el margen zurdo de mi costado. Soy yo, soy así, que nadie intente juzgarme.

Y en una noche de extrañeza leí tus versos Alda, a partir de ese instante comprendí que la soledad debía ser vivida con fortaleza, sin miedo. Porque toda vivencia es fuente, es fruto y hemos nacido para saborearla con la intensidad de toda una vida concentrada en un instante.

Alda Merini nace en Milán el 21 de marzo de 1931. Poeta y narradora es autora de una breve pero intensa obra poética, en la que ahonda con lúcido patetismo en la ausencia del amor como causa de todas las neurosis y en el tema de la locura. Su obra poética ha adquirido un reconocimiento tardío que la sitúa entre las mejores poetas del siglo XX. Ha obtenido las distinciones más prestigiosas de su país, y ha sido candidata para el nobel de Literatura.

Desde su juventud más temprana se ve inclinada hacia la creación poética, a la edad de diecinueve años (1950) figura ya entre los creadores incluidos por Giacinto Spagnoletti en su reconocida Antologia della poesia italiana. 1909-1949. Pero su libertad respecto a las corrientes literarias imperantes en la lírica italiana del momento y sus problemas de salud mental, hicieron que la poeta fuera apartada pronto de las preferencias de la crítica y de los lectores. Alda Merini siempre fue ajena a los dictados de la moda literaria de su tiempo y dedicó sus versos al amor (sobre todo a los efectos devastadores de la ausencia de la pasión amorosa), llegando de este modo una voz poética única e intima que sobre sale sobre las demás voces poéticas de su tiempo.

En el año 1953 irrumpe en la escena literaria italiana con la publicación de “La presenza di Orfeo”, opera prima de gran calidad a la que se sumaron en 1955 “Paura di Dio” y “Nozze romane” Alda Merini se consolida a partir de aquí como una de las más prometedoras voces poéticas del momento en la poesía italiana. En 1961 ve la luz su poemario “Tu sei Pietro”, y es en este momento dónde cae en un profundo silencio creativo que se acentúa por sus largas convalecencias en diferentes sanatorios mentales. A comienzo de la década de los ochenta, vuelve a reaparecer sorprendiendo gratamente a los críticos y lectores con el poemario “Destinati a morire” (1980), aparece ahora como una voz literaria profunda y atormentada pero enriquecida por su propia experiencia trágica derivada de su lucha con los demonios de la demencia.

Pronto añadió a su obra títulos como “La Tierra Santa” (1983), “La Terra Santa e altre poesie” (1984), En este último se pueden leer poemas tan profundos e inquietantes como “L’ucello di fuoco”.

Entre su obra poética se encuentran “Fogli Bianchi” (1987), “Testamento” (1988), “Vuoto d’amore” (1991), “La presenza di Orfeo” (1993), antología que recoge sus colecciones de versos anteriores a su largo período de silencio y “Ballate no pagate” (1995). Ha publicado, asimismo, numerosos poemas en revistas literarias, en los que la locura sigue presentándose como el eje temático central de su creación, cuando no como su auténtica fuente de inspiración, conocimiento e interpretación del mundo.

Al igual que su poesía en sus textos poético es reveladora la avasalladora presencia de la insania y sus efectos. En su obra titulada “L’altra veritá. Diario di una diversa” (1986) palpar con mayor nitidez esta característica esencial de su obra, en ella la poeta milanesa, narra su dramático deambular de sanatorio en sanatorio, el horror y el dolor que siente ante la contemplación de los demás enfermos, su rechazo firme ante la psiquiatría moderna. Otras obras en prosa son: “Delirio amoroso” (1989) ), “Il tormento delle figure” (1990), “Le parole di Alda Merini” (1991), “La piazza della porta accanto” (1995) y “La vita facile” (1996).

En 2000 aparece “Superba è la notte” conjunto de poemas escritos entre 1996 y 1999. Al no ser posible ordenarlos cronológicamente debido a que ninguno de ellos tiene fecha de escritura, los editores decidieron publicarlos por afinidad temática y estilística.

La obra de Merini deriva a partir de estos años hacia una profunda religiosidad de carácter místico, alentada por su trato con Arnoldo Mosca Mondadori, quien editó los versos que pertenecen al poemario “L’anima innamorata” (2000) le siguen otros libros con este carácter, “Corpo d’amore” (2004), “Poema della croce” (2005) y “Francesco, canto di una creatura” (2007).

En 2002 se publica “Folle, folle, folle d’amore per te” y “Magnificat, un incontro con Maria” (2002) libro acompañado de las ilustraciones de Ugo Nespolo, “La carne degli Angeli” (2002). Este mismo año recibe Orden al Mérito de la República Italiana con categoría de comendadora.

En el año 2003 publica “Più bella della poesía è stata la mia vita” y “Clínica dell’abbandono”, este último con introducción de Ambrogio Borsani y un texto de Vincenzo Mollica.

En febrero de 2004 Alda Merini ingresa en el Hospital San Paolo de Milán. Su precaria situación económica hace que los amigos de la poeta hagan una petición pública de ayuda y reciben apoyo de toda Italia. A finales de 2005 publica “Nel cerchio di un pensiero” y “Le briglie d’oro” que recoge su obra poética comprendida entre 1984 – 2004. En 2006 escribe la novela “La nera novella”. En 2007 junto al escritor Sabatino Scia escribe “Alda e io: Favole”, con el que ganan el premio Elsa Morante Ragazzi. Fue nombrada doctora honoris causa por la Universidad de Mesina en octubre de 2007.

Alda Merini muere el 1 de noviembre de 2009 en su ciudad natal Milán, en el hospital de San Pablo debido a un cáncer.


POEMAS:

Un amigo

¿Qué es un amigo?
Una masa de carne
adentro con un hilo de alma
que te mira con miles de ojos
y te sientes perseguido.
No es amor solamente,
es uno que ha comprendido
que el verdadero enemigo del hombre es la vida
y la quiere estrangular,
y te mata también a ti,
por confusión de amor.

Huida de loba

A quien me pregunta
cuántos amores he tenido
le respondo que mire
en los bosques para ver
en cuántas trampas ha quedado
mi pelo.

Ahora que veis a Dios

Si tú callas
más allá del mar
si tú conoces
el ala del Ángel
si tú dejas la madre tierra
que te ha devastado tanto
ahora puedes decir
que está la tierra del pobre
la tierra del poeta
toda ensangrentada por la soledad
y ahora que ves a Dios
reconoces en ti mismo
la flor de su lengua.

El beso

Qué flor me nace sobre la boca
apenas me miras
y temes ser despedazado.
Inundaciones imprevistas
son tus ojos ardientes
pero la flor no quiere morir
se queda allí sin carne
a esperar la muerte.

El rostro

Vieras el rostro de mi alma
cuando te veo y tiemblo
y se vuelve hoja de escucha.
Vieras el dedo de mi corazón
que te indica caminos desconocidos.
Vieras mi amor
que es tierno hijo
que crece sin padre.


BIBLIOGRAFÍA:

ZENDA
Wikipedia

This site is protected by wp-copyrightpro.com

error: Content is protected !!