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EL SUR | CARMEN G. GONZÁLEZ

Carmen G. González

Abrir las ventanas para que la casa respire aire renovado es el primer acto que requiere el despertar, y en la Revista Proverso las hemos abierto de par en par para recibir a la poeta Carmen G. González. Que nos hace más que palpable, con este relato, que no sólo se mueve como pez en el agua entre las olas poéticas. También lo hace, y de qué manera en la narrativa.

Carmen G. González nace en Madrid en el año 1962. Es licenciada en Geografía e Historia por la Universidad de Alcalá de Henares.

Tiene publicado el poemario “Mis dos almas”.

Forma parte de varios colectivos literarios y artísticos: la Tertulia Poética El Desván, de la que es parte de su comisión organizadora, realizando diferentes actos y recitales, como el I,II y III encuentro poético “Torrejón en Verso” , “Generación del 27, las poetas olvidadas”, “Palabra de mujer”, “Veranearte”, “Día mundial de la poesía”. También editan la revista literaria “El Desván”.

Es miembro del “Aula Encuentros” del Círculo de Bellas Artes, con los que ha participado en diferentes recitales, entre ellos las XII jornadas literarias “Mar Adentro” en Candás, y el festival poético “Voix Vives” en Toledo.

Colabora con el grupo de Teatro “Voces de Mujer”, con las que ha representado: “La casa de Bernarda Alba”, “Alzando la voz en defensa propia”, “Lorca en el alma”, “Gloria Fuertes, mujer de verso en pecho”. En 2013, invitadas por la Fundación Antonio Machado y el alcalde de Colliure, realizaron en esta localidad francesa un homenaje al poeta, “Los Machado entre naranjos”. También ha escrito para dicho grupo las obras “Adúlteras” y “Sillas”.

«Mis poemas (…) independientemente de que guste o no lo que escribo para mí son como hijos…»

Ha participado en el II Encuentro de “Escritores Nómadas” de la editorial Playa de Akaba, y en el II y III Encuentro Nacional de Fotografía de Arte recitando sus poemas en el Palacio Ducal de Medinaceli (Soria).

Ha sido monitora del taller de Literatura Creativa para Mayores del Ayuntamiento de Torrejón de Ardoz, organizando los actos: “Arte Lite Mayores” y “El Árbol de las Palabras”.

En la actualidad es profesora de extraescolares en dos colegios públicos de Torrejón de Ardoz.

R.P: ¿Cómo llegaste a la literatura?

C.G.G: Llegue a la literatura desde muy niña, desde que aprendí a leer, mi padre era un gran lector y siempre dispuse de una buena biblioteca en casa, recuerdo que con mi hermano jugábamos a buscar palabras difíciles y hacer frases con ellas, y no es porque fuesemos unos cerebritos, no creas, solo es porque nos gustaba. Siempre digo que me ha enseñado más la literatura sobre las personas que la vida real, el escritor es un gran observador y el poeta un gran fingidor como decía Pessoa.Respecto a cuestiones académicas, soy de letras, estudie Historia en la Universidad de Alcalá y he participado en talleres de escritura y a la vez los he dado yo misma, pero mi necesidad de escribir viene desde mi infancia.

R.P: ¿Qué es escribir para ti?

C.G.G: Pues una necesidad vital, muy simple, sólo en una época de mi vida dejé de leer y escribir, tenía 39 años estaba embarazada y creía que no cumplía los 40 ni que iba a conocer a mi hija, esos meses no cogí un bolígrafo ni abrí un libro.Fue una época oscura, cuándo pasó.

Retomé mis poemas con más fuerzas y mis escritos, independiente mente de que guste o no lo que escribo para mí son como hijos, nunca tiro nada de lo que escribo aunque sea malísimo jaja!!!!


EL SUR

A lo lejos escuchó el ruido de un tren.

Ella se iba y él no podía hacer nada para evitarlo, más que mirar embobado la taza de café con leche que tenía delante.

Se lo dijo aquella misma mañana mientras desayunaban, cuando la mente aún se hallaba aletargada, y los músculos del cuerpo, adormecidos, parecían no pesar.

Tenía el turno de noche. Los compañeros se le antojaron tan sólo sombras que pasaban a su lado. Alguien le dio unas palmaditas en la espalda, un ¿qué tal? como dejado caer al suelo, el gesto adusto de algunos, la charla incoherente de otros…

Ella se iba sin más, porque se había cansado de él, porque no estaba dispuesta a sufrir cada vez que se vestía el uniforme, cada vez que cogía su pistola, porque añoraba el sur, el sol, el calor, el pasear por la calle y no temer quiénes son los que están a tu lado en la barra de un bar. Ella se iba porque no aguantaba la lluvia, y menos vivir en una casa cuartel. «Es como vivir en un ghetto» decía muchas veces.

Ella se iba y él se hartó de explicarle que se habían quedado otro año porque se ganaba más y ¡qué narices! ellos necesitaban ese dinero: «Espera un año, tan sólo uno más y volveremos a tomar el vuelo de las golondrinas».

Nada de eso se cumplió. Tres años ya que llegaron a la ciudad ennegrecida, donde las chimeneas de las fábricas no cesaban nunca de expulsar su inmenso chorro de humo hacia el cielo. Tres años donde el único refugio había sido ella, el único refugio después de sentirse extranjero en su propio país, después del choque entre distintos modos de vida, después del miedo, la tensión, de imaginar que cualquier día una bomba o una ráfaga de metralleta podían, en un segundo, ser el final de muchas ilusiones; su único refugio…

Ella se iba, cogería un tren aquella misma noche.

Siguió mirando el café con leche, ya frío, que un compañero le había acercado a la puerta. Debía verla por última vez, quizás aún podría decirle que la necesitaba; que lamentaba su cambio después de tres años; qué si no quería quedarse, por lo menos que le esperara en aquel pueblo luminoso donde ambos habían nacido… Sí, quizás aún tenía tiempo.

¡Ojalá llegase! ¡Ojalá el tren no hubiese salido! ¡Ojalá la encontrase entre la muchedumbre con maletas, entre aquellas caras que miraban siempre con recelo su uniforme!

Empujó a una vieja sin hacer caso de sus comentarios, porque ¡por fin! descubrió el rostro de ella tras los cristales; tenía los ojos bajos, como perdidos.

Sólo dos cosas percibía su mente: el ruido de la máquina cuando comenzaba su lenta marcha sobre los raíles abandonando el viejo andén, y el rostro de ella inclinado sobre unas páginas multicolores…

Dos detonaciones paralizaron el corazón del vagón metálico. Los gritos chocaron contra los cristales de las ventanillas. La gente miró horrorizada; primero, al hombre que sostenía en una mano la pistola caliente, después, a la mujer caída hacia atrás, chorreando sangre como un surtidor, con los ojos abiertos y un rictus inexplicable en los labios.

El hombre no escuchó los gritos, ni las palabras, ni el ataque de histerismo de algunos; el hombre sólo recordó los ojos de ella, que había levantado la cabeza, que había estrellado su mirada en sus pupilas, que le había dicho en silencio: «No volveré jamás… pero tampoco te esperaré en la otra cara de la luna».

A lo lejos se escuchaba el ruido de un tren.

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