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ELOGIO DEL HAIKU

Por: José Luis: Morante


Debo mis primeras lecturas de haikus al desaparecido poeta lucentino Manuel Lara Cantizani, cuya labor de difusión ha sido extraordinaria en campos complementarios como la creación, el aula y la gestión editorial. Con su cercanía aprendí a caminar por esta forma poética de aparente sencillez y severa pauta métrica, cuyo origen se remonta hacia el siglo XVI, aunque es previsible que existieran precedentes en el cauce oral de la literatura japonesa. Con Fernando Rodríguez Izquierdo, el estudioso más perseverante, fue sondeando la contingencia temporal de la estrofa y su evolución en las voces mayores del haiku, Matsuo Bashô, Yosa Busson e Issa Kobayhashi. Otro poeta que admiro Josep M. Rodríguez me escribió una afectuosa misiva para pedirme algunos haikus de mi autoría para una antología de contemporáneos; no puede corresponder a su empeño por falta de material de calidad en aquel momento y la antología Alfileres (Cuatro Estaciones, 2004) dejó en las estanterías un amplio listado de nombres que cultivaban la estrofa y emprendían proyectos literarios bajo su horizonte verbal. Aquella petición del profesor, poeta y ensayista Josep M. Rodríguez soliviantó mi taller de escritura y un par de años después, el editor Francisco Peralto en su imprenta malagueña, me dejó en las manos Nubes, una completa compilación de haikus que integraba como epílogo esta reflexión personal: “Un título tan escueto, Nubes, es prueba evidente de la voluntad de comunicación. El propósito parece contradecir la naturaleza de la estrofa japonesa en la que “lo no dicho tiene tanta importancia como lo dicho”. Espero, sin embargo, que el destinatario de este conjunto de poemas justifique mi elección en la existencia de una realidad convulsa; el poeta toma la palabra para tirar de un hilo argumental que reclama una sensibilidad despierta y la solidaridad de los sentimientos. El estudioso Vicente Haya ha escrito que “el haiku es el entrenamiento de la percepción”; Mario Benedetti reconoce que somos portavoces de sensaciones, nostalgias, reflejos y estados de ánimo que no son exclusivamente nuestros; ambas opiniones me parecen asumibles por su lucidez. La elección vital de los que se convierten en pasajeros hacia un destino ineludible requiere varias perspectivas, varios modos de situarse. Seamos compañeros de viaje que soportan el frío, la angustia y el miedo; los que creen en los sueños; el testigo de paso de una experiencia ajena con la que no tiene más afinidades que el estar. Percibamos la tensión interna entre el desarraigo y la contemplación. Y que esta conciencia de la poesía, oscuridad y olvido, quede retenida en tres versos… El fondo del haiku reivindica una bibliografía copiosa que inicié, como es prescriptivo, con un libro canónico sobre el género en nuestro país, el tan citado El haiku japonés, de Fernando Rodríguez Izquierdo; después, una parada obligatoria en Mashuo Bashô, cuyos poemas amanecen en cada traducción. Los textos de Issa conciben el mundo como un transitar epifánico en el que cada paso nos aporta el descubrimiento de lo nimio. El poemario Nubes es fruto de un lustro de escritura. Años en los que la estrofa convivió conmigo y condicionó mi percepción del entorno, que cada vez se hizo más despojada y esencial. En su economía narrativa está la sombra de una experiencia, el rastro de una emoción.

El cuaderno Pateras,escrito con intención seriada sobre quienes perciben al otro lado del mar una esperanza, anticipó más de una veintena de haikus. Se imprimió el 29 de septiembre de 2005, con una ilustración de cubierta del pintor Emilio González Sáinz, en los pliegos de Ultramar. Ahora se integra en Nubes gracias a la invitación editorial de Francisco Peralto, a quien traslado mi gratitud y mi afecto.

Hace unos años, mi amigo el poeta Antonio del Camino tituló, con acierto elegíaco y sensibilidad temporal, su libro Paso a paso, la vida y esa es la escueta definición que precisa el desplegado transitar de mis aforismos de Nubes representados en esta breve selección personal, que lleva como pórtico una cita que diluye las líneas entre imaginación y realidad: Intento despertar, pero no duermo.

Brillan hogueras
en el aire nocturno.
Fulgor de plata.

Atardecer.
Impacientes suburbios,
y despedidas.

Manso rompiente.
Las palabras del agua
velan silencio.

Noche. Planicie.
Tan igual a sí misma
como el desierto.

El miedo ignora
los caminos del agua.
El viento, brújula

Tierra de nadie.
Dormita la semilla.
Surco baldío.

Pájaros negros
al borde de la ruta.
Espectadores.

Entre la sombra,
a todo lo soñado
cedes su nombre.

El cielo frío
en la mejilla deja
soplos de mar.

Guarda desvelo
para la travesía;
estamos solos.

Entreabría,
con dedos ateridos,
dunas deformes.

Una tras otra;
cada gota un instante.
Reloj exacto.

Precario tránsito;
angustia de llegar
al otro lado.

El blog “Puentes de papel”, activo desde diciembre de 2010, ha reanimado mi práctica del esquema versal, a la vez que ido acumulando lecturas clásicas y de contemporáneos, estudios ensayísticos y antologías, pues de todos es conocida la copiosa colección de haikus que han producido las últimas hornadas.

Mi inclinación afectiva hacia esta forma lírica se cimenta en su brevedad que asegura una intensidad gozosa, en su pupila abierta para cobijar argumentos, mucho más allá de la supuesta condición de lírica estacional, por su carencia de artificio retórico y por la condición de chispazo inmediato.

Así que es previsible que estas líneas para la revista digital Proverso que elogian la estrofa no sean más que un síntoma temprano de la floración del haiku. Esperemos.

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MODULACIONES Y REGRESOS

Por: Jose Luis Morante


(Intimismo, culturalidad y pensamiento en  la poesía de Jesús María Gómez y Flores)

 Tanteando ese punto del espacio que contiene todos los puntos   el infinito todo.

“EL ALEPH” (Borges en Ginebra)

Jesús María Gómez y Flores

Doctor en Derecho y Magistrado en ejercicio, coordinador desde su fundación del Aula de la Palabra y director de la revista cultural Norbania, Jesús María Gómez y Flores (Cáceres, 1964) es esforzado transeúnte de un fecundo camino que comenzó  en 1988 con el libro de amanecida Autoconfesiones. Aquel andén abría un periodo de tanteo y aprendizaje, complementado con bifurcaciones que se recuperarán en las secuencias de Líneas de tiempo.

Tras un intervalo de silencio llega en 2004 El tacto de lo efímero, en la Colección Alcazaba de la Diputación de Badajoz, que coincide en el tiempo con la plaquette Lunas de Hospital. Este punto cero de regreso al poema se reedita en 2016 en el catálogo de Baños del Carmen de Vitruvio. En esta editorial madrileña, que dirige Pablo Méndez, sumará otras entregas, como  Escenarios y la ya citada Líneas de tiempo.

La salida deja explícito en el acertado epígrafe El tacto de lo efímero el papel esencial del estar transitorio. El discurrir se hace quemadura y testimonio, modulación y regreso; despliega la sinrazón de lo mudable. Los poemas airean una sensibilidad proclive al recuerdo, cuya mirada muestra vivencias autobiográficas. Enriquecido  por el tacto de la imaginación, la vuelta al pretérito proyecta la dimensión luminosa del asombro. También las razones del lenguaje constituye un afán; es preciso resolver el teorema de los vocablos y dialogar con un poblado universo de signos. Las palabras entrelazan hilos de la experiencia e intrahistoria del  figurante verbal; desembarcan incertidumbres y miedos. Al cabo, lo que importa en este caminar por el movimiento pendular del ocaso es construir un lenguaje propio, un patrimonio interior en el que se define lo esencial, aquello que es compañía y perdura en los resortes de la cotidianidad.

Entre la luz que invade los espejos nace al día una nueva presencia. Es el oscuro intruso que da forma al sujeto verbal de El otro yo, entrega de 2005. Allí marca pasos la tangente orilla de otra identidad; pero la escritura no se pierde en un pensar ensimismado sino que abre ventanas a otros espacios de inspiración. El poemario se abre con un verso de Gabriel Ferrater, poeta de la Escuela de Barcelona, promoción integrada después en la Generación del 50. Se me permitirá recordar aquella idea de Ferrater que sugería que el lenguaje poético fuese directo, lúcido y racional con la verdad desnuda de una carta comercial. Y mucho de exposición de la intemperie nocturnal y de la desnudez de los instintos hay en los poemas de El otro yo que es, sobre cualquier otro viraje argumental, un trayecto exploratorio de la propia extrañeza y de la fuerza germinal de los instintos.  Por eso, el sujeto se presenta a sí mismo como un furtivo habitante de habitaciones alquiladas por el albedrío. El ser se siente vencido por los desatinos del goce y los reclamos al conocimiento de pieles anónimas. Ni siquiera los sentimientos son capaces de borrar la culpa y el cansancio, esas máculas que requieren la transparencia urgente de la lluvia para que sean legibles los signos de lo diáfano. Otra vez Eva se hace tentación en la voz seductora que rumorea erotismo y espanta la cordura para hacer del mañana una senda de oscuridad y abandono.

Como si el poeta buscase la pluralidad del entorno cercano, en Escenarios se llenan los registros del lenguaje con lugares habitables. El protagonista textual se aleja del primer plano para convertirse en aplicado observador en el anfiteatro de lo real. En los tablados de la memoria está París, siempre arquetipo  con entidad cultural.  Sus enclaves ramifican tramas de sombras chinescas, que preservan, en el deambular del tiempo, una representación colectiva. Otro marco argumental es Berlín; allí reaparece el rostro en blanco y negro de la historia, completando un paisaje de miedos, cicatrices y gestos, nunca sosegados por el olvido.

Entre ecos y sombras, Londres presta su callejero para alzar un tercer escenario. Los reclamos cívicos  entroncan con un presente multiétnico, un tumultuoso enjambre de secuencias vivas.

Los caminos explorados trazan una cartografía vivencial; queda el sujeto poético a pie de superficie, buscando mapas de vestigios visibles. En su visual un horizonte que despliega coordenadas sensoriales y estrategias de puntos de fuga, esos improvisados exilios que acomodan las paredes de la rutina.

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LOS AFORISMOS DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Por: Jose Luis Morante


Juan Ramón Jiménez (Moguer, 1881- Puerto Rico, 1958) es una figura clave de la literatura española contemporánea. Sobre este autor tutelar se han prodigado los estudios sistemáticos, casi siempre nucleados en torno a la poesía y, en ocasiones, sobre las complejas dimensiones biográficas que no acaban de alejar algunas sombras: el desafío permanente a la vida social desde un aislamiento casi huraño, la independencia estética, el incansable afán perfeccionista  y esa imagen de escritor aséptico, poco enlazado con el convulso paréntesis histórico que le tocó vivir. Pero lo concerniente a su producción aforística parece ocupar un segundo plano, aunque sea una pared básica del edificio alzado en el discurrir, a pesar del ejemplar rescate realizado por Antonio Sánchez Zamarreño. Tras veinte años de esfuerzo investigador, el hispanista solventó algunos obstáculos básicos como la dispersión, la multiplicidad de versiones o la temática heterogénea para dejarnos una versión canónica de la aforística  de Juan Ramón. El libro Ideolojía, volumen cuarto del corpus completo Metamórfosis, explora un territorio esencial y sirve de introducción a otras antologías como las preparadas por Andrés Trapiello, Juan Varo que alumbran visiones parciales, ya que el escritor estuvo activo durante más de medio siglo haciendo de sus aforismos un elemento de continuidad entrelazado con su obra poética.

Aforismos e ideas líricas selecciona entre el voluminoso despliegue lapidario –el mismo escritor cifraba en más de cincuenta mil sus textos breves- una muestra  fuerte, de más de ochocientos aforismos, una selección suficiente y capaz de recuperar una competente guía de argumentos repleta de inteligencia y sensibilidad creativa. Esa maduración coherente del trabajo aforístico se distribuye en seis tramos que aglutinan un fértil quehacer extendido en el tiempo entre 1897 y 1954. En él se perciben algunas influencias de base, desde los magisterios más tempranos de Kempis, Nietzsche, Marco Aurelio, Pascal o Chamfort hasta los derivados de su formación en la Institución o de contemporáneos como Antonio Machado y Miguel de Unamuno.

La exploración argumental es ecléctica. La perspectiva creadora evoluciona o rehabilita intereses, pero siempre se caracteriza por una relación intensa entre existencia y labor literaria. Concede a su enfoque una fuerte dimensión ética impregnada de pensamiento filosófico.

Para Juan Ramón Jiménez la perfección no es un concepto abstracto sino un camino que recorre con fervor interminable hacia la plenitud: “Pensemos más con las manos”, escribió en uno de sus aforismos, como si en él la provisionalidad no tuviese sosiego y necesitase estar sometida a la inquietud y a la perenne revisión. Hechizado por la perfección, buscaba el equilibrio total de la obra, el anhelo de lo completo.

Aforismos e ideas líricas
Juan Ramón Jiménez
Edición, selección y prólogo de José Luis Morante
Ediciones de la Isla de Siltolá
Sevilla, 2018