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“HAIKUS COMPLETOS” | LUIS ALBERTO DE CUENCA. UNA LLAMADA A LA QUIETUD.

Por: José María Herranz Contreras


HAIKUS COMPLETOS (1972-2018), de Luis Alberto de Cuenca.
Los libros del Mississippi. Colección Libretos del Mississippi.
Madrid, 2019.
Prólogo de Ricardo Virtanen. Ilustraciones de Javier de la Rosa.
ISBN: 978-84-945796-8-4

Esta bella edición ilustrada de “Los libros del Mississippi”, en su colección “Libretos del Mississippi”, inaugura el primer número de la misma con una recopilación de todos los haikus publicados hasta la fecha por el poeta novísimo y culturalista Luis Alberto de Cuenca y Prado, cuya amplia obra en verso, prosa y ensayo cumple ya los 48 años de publicaciones, y cuya altura y calidad le han hecho merecedor de formar parte del canon literario español. Los “Libretos del Mississippi” en su forma y diseño rinden homenaje a aquellos libretos ligeros de la city, que Lawrence Ferlinghetti editara durante los años 50 y 60 en San Francisco, y que publicó a casi todos los autores de la generación beat, en su sello “City Light Books”. Historia de la literatura moderna que hoy reactualiza Luis Alberto de Cuenca con esta edición de sus haikus reunidos.

Resulta sorprendente constatar que hasta la fecha no habían sido reunidos en un único libro los haikus escritos por el autor. Doble mérito, por tanto, el de este libreto al acercar al gran público este género, que también servirá para tender puentes entre la cultura japonesa y el mundo occidental.

Si bien es cierto que el haiku se inició aproximadamente en el siglo XVI en Japón, muy ligado en su origen al Tao y posteriormente al zen, cuyos primeros haijines usaron fundamentalmente la impresión del instante, la pincelada del mundo natural como máxima expresión de la iluminación del momento, o satori, en siglos posteriores usaron temas más cotidianos y posteriormente urbanos para ampliar el horizonte de dicha forma poética. No es hasta finales del siglo XIX y principios del XX cuando algunos poetas importan el haiku o sus ecos en otras formas estróficas, como hicieran los modernistas Juan Ramón Jiménez o los hermanos Machado (Antonio y Manuel), así como Federico García Lorca (recordemos el Poema del cante jondo). Tal y como señala Ricardo Virtanen en su detallado y esclarecedor prólogo, Luis Alberto de Cuenca se configura como uno de los más destacados cultivadores occidentales de este género, junto con Leopoldo María Panero y Jesús Munárriz entre otros, reinterpretando de manera personalísima esta forma poética. Este erudito prologuista ilustra estupendamente en su prefacio un resumen de la historia de este género en Japón, así como las vicisitudes de su importación al mundo occidental y un pequeño análisis de las estrofas que tuvieron eco del mismo (como por ejemplo en el cante popular flamenco la soleá y la seguidilla),  así como muchos otros aspectos de la obra luisalbertiana al respecto.

Salvando la distancia entre ambas culturas, así como la forma expresiva (en el haiku japonés clásico no se puntúa la estrofa, y obedece a unas normas bastantes estrictas en recursos y contenido), el haiku en español conserva la secuencia estrófica (5-7-5) sin rima o asonantado, y en el caso de Cuenca mantiene bastante el espíritu original del mismo. El libreto se estructura en 7 partes que recogen los haikus escritos en 6 de sus libros de forma dispersa, en concreto, los publicados en Elsinore, Por fuertes y fronteras, Sin miedo ni esperanza, La vida en llamas, El reino blanco y Cuaderno de vacaciones, cerrando el ciclo un conjunto de Inéditos, y abarcando en total los años 1972 a 2018. Se agradece la labor compiladora del autor, junto al editor Antonio Benicio Huerga, amigo personal del mismo, en esta reunión y selección erudita de los textos de Alberto de Cuenca, aprovechando el formato tan bello de los “Libretos del Mississippi”, que en su momento y en los Estados Unidos también reunieron haikus de destacados poetas de la generación beat, como se ha señalado anteriormente, como los escritos por Jack Kerouac y Allen Ginsberg.

En De Cuenca, los haikus aquí reunidos pueden clasificarse, como indica Ricardo Virtanen en desenfadados (lo cotidiano y lo amoroso), misterioso-metafísicos, clásicos (que inciden en el repentino cambio de tono para conseguir ese asombro del instante), epigramático-jocosos, y míticos. Como no podía ser de otra manera, el poeta controla perfectamente el uso de los recursos necesarios para conseguir el efecto deseado, según las normas generales del género, aunque con su sello distintivo y personal, su propia voz poética, en suma. Vean estos ejemplos:

Talle de viento.
Un jazmín se desploma.
Llanto del agua.

(haiku clásico, elementos naturales, pincelada del instante, emoción asombrada)

En esta alcoba
ya nada puede hacerse
salvo morir.

(haiku metafísico, de tono misterioso, que evoca el paso del tiempo y el fin del amor juvenil)

Vivió. Murió.
Supo ser nadie y todos
al mismo tiempo.

(haiku clásico de tono intenso y filosófico, que refleja el destino de cualquier ser humano)

Qué hará esa nube.
¿Pasar? ¿Derramar lluvia
sobre mi hoguera?

(haiku que usa un recurso de la naturaleza para hablar del sufrimiento amoroso y pasional)

El libro se completa con unas bellas y estilizadas ilustraciones de Javier de la Rosa que ilustran algunos de sus poemas, y que recuerdan delicadamente a los dibujos de Federico García Lorca o Rafael Alberti.

En suma, este libreto es un deleite exquisito para que el lector pueda disfrutarlo en pequeñas dosis, meditando en silencio y con suficiente tiempo cada uno de los poemas, ya que el haiku requiere exactamente eso: dejarse llevar por las imágenes concisas que en su intensidad y polisemia nos hablan de lo que compartimos todos y todas, esto es, la fugacidad del tiempo, el sentido de la propia existencia, la belleza de la propia vida y sus sencillas cosas, el amor y el disfrute sensual, el cariño, la risa, el absurdo, y el misterio de la muerte al que todos nos dirigiremos algún día. En tiempos tan enloquecidos y desquiciados como los actuales, en nuestra cultura y civilización, no es poco: una llamada a la quietud, a la detención del tiempo, a la belleza del instante, a la iluminación. Larga vida a estos “Haikus completos” de Luis Alberto de Cuenca, y gracias a “Los libros del Mississippi” por haberlos editado.

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“ACASO EL ESPEJISMO”, DE ANA GARRIDO PADILLA. INTENTO DE REDENCIÓN POR EL LENGUAJE.

Por: José María Herranz Contreras


ACASO EL ESPEJISMO, de Ana Mª Garrido Padilla.
Premio “Flor de Jara” de poesía, 2017.
Colección Poesía de la Diputación de Cáceres.
Institución cultural “El Brocense”, 2017.
ISBN: 978-84-15823-41-4

Ana Garrido Padilla, escritora y poeta de Alcorcón, Madrid, preside la asociación “Verbo Azul” de dicha ciudad, una de las más activas también en el ambiente literario de Madrid y con una buena nómina de excelentes escritores entre sus miembros. Codirige junto a Juan José Alcolea una cuidada revista, “La hoja azul en blanco”, en la que divulga el trabajo literario de encomiables escritores, así como ensayos y reseñas críticas de diversas obras.

“Acaso el espejismo” fue premiado en el certamen “Flor de jara”, en Cáceres el pasado 2017. Este merecido premio se suma al ya largo número de premios de la autora, que mantiene un oficio muy depurado en su poesía, exigente y rigurosa. Nos encontramos con una autora y una obra impecable, que ha construido con el paso de los años un modo de escribir alejado de modas y tendencias, centrado en la propia esencialidad de la escritura, lo cual le honra, y mucho. La poesía es, entre otras muchas cosas, un oficio, y como tal requiere esfuerzo, dedicación, entrega, muchísimas lecturas de maestros y maestras, y la construcción de la propia voz (o por lo menos su búsqueda). La belleza y la perfección formal son las señas distintivas de esta autora, y “Acaso el espejismo” se levanta sobre el sólido edificio del lenguaje, a pesar del título y el tema del libro, tan frágil e inestable en una primera aproximación.

Porque “el espejismo”, la falsedad de lo aparente, es el tema doloroso de este poemario. Si bien nuestros sentidos resultan engañados por las apariencias siempre o casi siempre, los poemas de esta obra persiguen lo sólido, lo material, la permanencia, algo a lo que anclarse al mundo y al desastre emocional (¿quizá existencial, en cierta medida?) que supone la constatación de la radical falsedad de “lo real” que la poeta enuncia –y denuncia- en sus versos. Estructurada en tres significativas partes (Origen, Tránsito y Regreso), la primera y la última la forman sendos poemas a modo de proemio y epílogo, mientras que la segunda (a su vez estructurada en dos partes más, que hablan de la luz y sus máscaras, y de la nieve) desarrolla el asunto del libro. Todo él está escrito en impecables silvas blancas, sin rima alguna, que combinan libremente versos impares, fundamentalmente hepta y endecasílabos.

Estamos ante un hermosísimo poemario de tono metafísico, que intenta construir un edificio sólido, una casa de poesía, que nos redima y nos devuelva a la esencialidad de lo real, a una vida sin apariencias ni tampoco impostaciones, a través de la belleza del propio lenguaje. Todos los cultos, los antiguos ritos religiosos que otorgaban seguridad, la mitología que nos enlazaba a la tierra y también al mundo espiritual, han sido destruidos en este tiempo decadente en que vivimos; partimos pues de un escenario desolado, en la que la poeta dice:

El ruido de las sombras
en los templos vacíos, la promesa
de la piedra labrada,
el recinto sagrado para los sacrificios.

La escritura es el riesgo.

Tiempos oscuros de decadencia son estos, donde el propio lenguaje, el propio pensamiento que construye la realidad, están siendo destruidos. La poeta esgrime le escritura como único modo para intentar reconstruir el mundo y dotarlo de sentido.

En el apartado “De la luz y sus máscaras”, reflexiona acerca del engaño de la luz y lo aparentemente real a través de los sentidos, lo que percibimos y nubla nuestros sentidos. Este es un viejo tema de la filosofía, y Ana Garrido manifiesta en estos poemas –de forma dramáticamente contenida- la contradicción existente entre las imágenes mentales que construye el propio lenguaje y los propios significados, su literalidad. ¿Qué es primero, el signo o la idea? Sobre ello reflexiona y evoca la imagen platónica de la caverna como método de conocimiento –siempre falso, siempre imperfecto.

Cuando todo se desmorona –por su radical falsedad- la tarea del amanuense, del escritor, es intentar descifrar el sentido de las cosas a través de sus conceptos más esenciales, las palabras, el lenguaje. La consecución de la poesía –su persecución, su intento- navega a través de metáforas en torno al juego de apariencias que construye la luz, y como contrapunto, la poeta plasma imágenes de perennidad, un intenso deseo de permanencia ante tanto punto de fuga, en lo radicalmente material y denso:

Bajo un cielo de arcilla,
el vientre de los pozos,
las vasijas vidriadas de la serenidad.

Pareciera que la condensación de lo inasible (la materia que intenta describir la auténtica poesía) se tradujera al fin y al cabo en los objetos permanentes a través de los siglos, como pueda ser algo tan frágil pero tan duradero como la cerámica. Y pareciera que construir algo realmente “material” aportara sosiego y serenidad a quien busca a través de la palabra una explicación de la existencia. Este es el tema de la primera parte, a mi entender.

El segundo apartado (titulado “La piedad de la nieve”) aborda la inocencia perdida a través de imágenes de frío, nieve, lluvia, soledad e infancia. Son frecuentes también las alusiones a los ritos acabados, a la mitología destruida, a la finalización de las certezas que quizá en algún momento del pasado humano reconfortaron los corazones y las almas doloridas, con las promesas de un Olimpo, de un Edén. Sin embargo, ante tamaña desolación y conciencia dolorida, la poeta se esfuerza y afana en dotar al lenguaje de dignidad, en devolver a las palabras sus conceptos, para que construyan una realidad sólida para nuestros sentidos. También constata la desesperación de tan ardua tarea. Vean sino:

Como los exiliados de las mensajerías
nos movemos en círculos
en los desfiladeros del lenguaje.

El poema es el hueco, la renuncia,
el destello de un fósforo.

Noble tarea la del auténtico poeta, que no se doblega ante la frustración por no alcanzar la escurridiza Poesía. Esto me recuerda a una obra fundamental de la poesía inglesa, “La caza del Snark”, de Lewis Carroll, donde hablaba de un tema similar.

El libro se cierra en “Regreso” con la aceptación de las propias limitaciones y del intento de la belleza a través de la escritura de la poesía, de modo sereno, luminoso.

No puedo sino manifestar mi asombro ante la belleza de este intenso poemario que Ana Garrido ha construido con materiales tan etéreos como son la luz, la nieve, y las paradojas del propio lenguaje y sus conceptos, para manifestar algo tan humano como la sed de permanencia, que a lo largo de los siglos y milenios a tantas personas sensibles nos ha acongojado. Bienvenido sea “Acaso el espejismo” a la casa de la poesía, donde por derecho propio tendrá un lugar propio para la permanencia.

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“CUADERNO VERDE”, DE FERNANDO VALLEJO ÁGREDA | EL MUNDO NO ES COMO PRETENDEMOS.

Por: José María Herranz Contreras


CUADERNO VERDE, de Fernando Vallejo Ágreda.
Los libros del Mississippi. Poesía.
Madrid, 2019.
Prólogo de Fernando Aínsa. Ilustraciones de Antonio Azorín.
ISBN: 978-84-945796-7-7

Esta cuidada edición ilustrada de “Los libros del Mississippi”, corresponde al noveno libro publicado por Fernando Vallejo Ágreda, poeta zaragozano. Sacerdote católico y escritor, su lírica no es mística, más bien terrenal, amorosa y filosófica. La lectura de este texto me trae algunos ecos de la vanguardia aragonesa de los años 50 – 60 ligada a Miguel Labordeta y los escritores de la mítica “Oficina Poética Internacional” (Fernando Ferreró, Rosendo Tello, Emilio Gastón y otros). Aragón es tierra de notables artistas, tanto escritores como cineastas (Luis Buñuel), pintores y fotógrafos. Por generación, Fernando Vallejo es bastante más joven pero su influencia irreverente y rupturista es clara. ¿Un sacerdote escribiendo sobre sexo y sobre el caos existencial? Muy convencional no parece, desde luego.

Construido a modo de dietario, los poemas abarcan desde el 28 de diciembre de 2017 hasta el 10 de marzo de 2018, y suponen un recorrido íntimo y personal sobre sus vicisitudes amorosas y existenciales. La lectura del libro es hipnótica, potente. El verso es completamente libre, sin rima, y a veces recuerda el ritmo y la cadencia de los poemas en prosa. Son versos cortos, fogonazos de ideas y metáforas sorprendentes a veces, sin separación alguna en estrofas a lo largo del poema. El libro está hermosamente salpicado de ilustraciones (en verde) de Antonio Azorín, que plasman algunas imágenes de los poemas: el caracol, una especie de arlequín, ángeles y hermosos muchachos. El cuaderno verde alude, o entiendo que lo hace, al dietario de su propia vida, el libro que él mismo escribe con sus experiencias, en una suerte de exorcización o conjura al tiempo inexorable que le aleja definitivamente de la juventud. El poeta se lamenta del cansancio de vivir:

Todas las viejas películas
terminan parecido.
Necesito una respuesta.

Verdes años gastados
desde que soy niño.

La experiencia de la vejez, cierta frustración del pasado juvenil por sus amores no realizados o perdidos, o quizá evocación de aquel tiempo pleno, le hace plantearse el sentido de su propia vida, intentando arañar algún tipo de trascendencia que no encuentra, porque el amor en cierto modo sigue acompañándole en la imagen del amante que le espera cotidianamente en casa, pero ante el que se levanta un muro de incomunicación. ¿Es, pues, el amor una respuesta o solución a nuestra propia soledad? Nacemos solos en el mundo, y moriremos también solos. El amor nos redime y salva, suele decirse; no queda eso tan claro en estos versos en los que la poesía quebrada y caótica de las emociones y los sentimientos sexuales y amorosos parece buscar algo firme a lo que aferrarse sin encontrarlo.

De hecho, la vida es extremadamente caótica, y eso es lo que magistralmente refleja el poeta, desembocando en la pregunta que indaga por alguna clase de sentido:

El mundo no es
ni como tú dices
ni como yo querría que fuese.
No es un lamento.
No es un cuaderno limpio y verde.
Es una pregunta.

Si debemos renunciar a intentar ordenar, comprender y explicar las cosas según nuestras presuposiciones –que frecuentemente son prejuicios, más bien-, ¿qué nos queda? El poeta intenta aferrarse a lo cotidiano, a los hechos, a las cosas tal y como suceden, al disfrute del amor ocasionalmente encontrado o a la aceptación del fin de una relación, porque la vida debe ser vivida a pesar de todo.

En este navegar por las sensaciones y pensamientos caóticos del cuaderno verde existencial, no falta lugar para la socarronería y la burla de las ideas morales:

La vida no es un sueño.
Los segundos se pierden en cada mirada.
Recuerdo
la primera palabra.
El verbo se hizo carnaza.

No nos salva ni Calderón de la Barca, ni la biblia, ni un dios teórico bondadoso o castigador. La primera palabra fue la del amante, la del deseo, la de la maravilla del cuerpo juvenil que alguna vez tuvimos y compartimos. Eso sí que parece ser constante a lo largo de todo el libro: existe un mandato biológico, profundo, que impulsa al poeta a buscar y poseer la belleza a través del sexo, como una forma de trascender, pero el sexo en sí no está presente en esta obra sino como evocación de un esplendor pasado –y a veces frustrado. Más bien es la cotidianeidad de un amor tranquilo y compartido el que evoca en algunos poemas, pero que se quiebra en el caos del recuerdo y las sensaciones presentes, y que a veces levanta el verso como una imagen de incomunicación.

Pero la poesía es indagación continua. Por eso este cuaderno verde intenta mantener la frescura de lo juvenil, del pasado frondoso y fértil del poeta, en este presente de transición hacia la vejez. Podríamos decir pues que estos poemas tienen también una fuerte carga filosófica, aunque muy de andar por casa, como todo en la vida: sencillo y simple, pero auténtico.

Una imagen recurrente en bastantes poemas es la del tranvía, que evoca tanto al viaje a las periferias y su regreso, como al deseo sexual colmado en algún momento del pasado, y quizá en el presente, y también como el intento de huida hacia algún lugar en el que la vida sea más ordenada y comprensible. Todo ello sin abandonar la ironía propia de la tradición aragonesa que he mencionado anteriormente:

Se prohíbe correr – corriendo y por correrse.
El vértigo.
Menos mal que Dios
es el gran amigo de los pobres corredores.
Los tranvías mueren entre los cuerpos desaparecidos.

El sexo se utiliza intencionadamente en muchos de los versos de forma provocativa, junto a imágenes de desconcierto moral. La imagen del poeta, hecha mil pedazos en el espejo de su indagación, nos hace asumir lo absurdo de la existencia con aceptación y humor. De todos modos, las imágenes sexuales en este “Cuaderno verde” son muy sosegadas y medidas, eso sí, originales y sin tapujos, con una visión netamente masculina, entiendo que alejadas de las más abruptas y provocativas de sus libros anteriores, según indica Fernando Aínsa en el prólogo. En este libro, desde luego, el sexo aparece más o menos velado, más o menos explícito, y se reparte por igual entre imágenes de amantes desconocidos o imágenes del amor cotidiano y doméstico, siempre en la periferia de lo que no se nombra.

También hay lugar para la denuncia social (“se confabulan los escribas de los nuevos templos de papel moneda”, “Roma ha muerto”) y además el poemario cierra magistralmente con un poema circular donde retorna al inicio, a la fuente, aludiendo a la infancia y a la abstracción esférica y sin curvas del cambio permanente, al abandono del yo y su enfermiza obsesión por buscar explicaciones a las cosas.

Nos encontramos, pues, ante un poemario intenso, sin tapujos, en plena sintonía con la tradición de la vanguardia aragonesa, donde se nos recalca que lo importante es “beber la vida” y vivirla con plenitud, donde no debe rechazarse el sexo como fuente de aprendizaje y conocimiento, y donde el amor debe intentarse para construir algún tipo de equilibrio existencial, que por otro lado el tiempo aniquila y arrasa. Es la plena aceptación del tiempo en el decurso de la vida, y sus cambios inevitables y terribles a veces, lo que los humanos debemos intentar, y la búsqueda de un sentido o una explicación acerca del mundo y de nuestra propia existencia, debemos mantenerla: con esperanza y con cierta alegría e ironía, porque la trascendencia quizá no sea más que vivir las cosas simples con intensidad y no pretender nada más allá de eso.

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“ULISES 2016”, DE ÓSCAR BORGE. | TODO VIAJE ES INTERIOR.

Por: José María Herranz Contreras


ULISES 2016
Óscar Borge.
Casa de Poesía, editorial.
Costa Rica, 2016.
ISBN: 978-9968-675-88-8

 

Óscar Borge es un joven poeta nicaragüense, ligado al mundo de la abogacía y la política, que ha trabajado desde 2007 como diplomático de su país en Honduras y España. Viviendo a caballo entre los tres países, por su trabajo, actualmente está afincado en España, y colabora en la revista de poesía de Castellón, “Poetas sin sofá”, donde ha sido publicado en dos ocasiones. Su primer libro editado fue “Is there anybody out there?” (ediciones Paradiso, Honduras, 2011), inspirado en la película “The Wall”, de Pink Floyd, que como todos conocemos es una distopía que dibujó en los 80 una sociedad que engendraba ciudadanos fascistas como metáfora de la violencia intrínseca al sistema y al estado, y el paradigma de todo ello –su máxima expresión:  la locura de la guerra. En aquel primer libro, Óscar Borge ya apuntaba excelentes maneras poéticas, que ha desplegado y perfeccionado en este su segundo libro que hoy nos ocupa, “Ulises 2016”.

Me llena de esperanza –y es un soplo de aire fresco- comprobar que este joven poeta escapa del desértico panorama de la “joven poesía” actual, impulsada por muchas editoriales y premios de nuestro país. Pareciera que estos han perdido el norte y la razón, al impulsar la escritura –mala- de tantos y tantas diletantes (que más bien deberían acudir a talleres literarios para aprender y leer, sobre todo leer y formarse), en vez de publicarlos, porque aunque conecten con un público joven y vendan muchos ejemplares, la lectura de poesía es también un ejercicio de formación y creación de conciencia, y entre la lectura de pésimos textos o leer autores clásicos, modernos o de la vanguardia de la lírica española y latinoamericana –que los hay por cientos-, hay que procurar que el público joven lea a estos últimos. Nada va a aportar a los jóvenes leer los desahogos adolescentes o púberes sobre amores, desamores, sexo o drogas, cuando solamente son eso, desahogos emocionales, carentes de valor literario.

Escrito en verso libre y dedicado a Frida (entiendo que Kahlo), “Ulises 2016” comienza con 3 citas de Odysseas Elitis, René Char y Antonio Gamoneda (jóvenes: tomen nota de estos 3 maestros). Quizá las tres citas pudieran asociarse a cada una de las 3 partes en que el poemario está dividido, donde se supone que el poeta nos describe distintos aspectos de su particular odisea. La posible dedicatoria a Frida Kahlo nos recuerda, quizá, otra artista que a su modo fue también un Ulises fundamental de la historia del arte, con otro amplio recorrido interior en busca de su identidad, y con un rico legado que nos dejó.

En la primera parte, el moderno Ulises huye de la guerra –en lugar de ir a la misma para defender a su patria. En esta huida de la sinrazón occidental que destruye su país y su alma, escapa de la misma. Esto lo expresa con largos poemas en prosa de elevado lirismo, donde aborda con metáforas potentes y actuales la destrucción del humanismo y la perversión del lenguaje –el neolenguaje, como describía George Orwell en “1984”:

La libertad es la esclavitud;
reescribe:
T-R-A-B-A-J-O
D-E-S-E-O
H-E-D-O-N-I-S-M-O.

El poeta denuncia la nueva civilización globalizadora que se erige sobre la barbarie y la destrucción:

Erigimos la civilidad en la ceniza de las piedras, en el aullido filoso de la sangre y las costillas.

Tiberio sostendrá los orines y las entrañas que dibuja el rastro de los misiles.

En esta denuncia de la injusticia a pesar de su pago en sangre –primera cita de Odysseas Elitis- hay espacio para invocar el poder sanador y liberador de la palabra, frente a la barbarie del mundo en descomposición:

Palabra, has venido acá a ser liberada,
a ser la rueda que hace andar
el mundo de los sueños.

La segunda parte del poemario –quizá alusiva a la cita de René Char- orbita en torno a la idea del viaje interior, más que a la huida de la guerra. Todo viaje, fundamentalmente, es interior: el auténtico viajero adquiere dicho conocimiento. El punto de destino que todo viajero quiere alcanzar es el descubrimiento de la verdad, aprehender la naturaleza de lo auténtico, aquello que nos ha empujado a embarcarnos afrontando tormentas y adversidades:

Vi la energía que da forma a la piedra y al beso que abraza su mano.
Palpo mi sangre en el polvo de las constelaciones; mi cuerpo enciende la luz.

Y finalmente, la tercera parte, a modo de colofón sobre una idea de Gamoneda (tercera cita), conduce a la simplicidad de lo íntimo, a la soledad profunda del viajero cuya meta alcanzada ha enlazado con su origen, a la asunción del eterno periplo como ideal de vida. Lo importante no es llegar a Ítaca, sino el aprendizaje adquirido durante el trayecto.

La influencia de Gamoneda es manifiesta –su homenaje-, en estos versos:

Me niego a esta torpe frontera, a esta ausencia pueril de luz, porque detrás de la luz está la ceguera y más allá de la blancura el dolor y detrás del dolor, más dolor.

tuyo que con su propio nacimiento. De modo que el ciclo del viaje se cierra, es circular. Todo lo que debemos aprender y conocer en la vida debemos completarlo, por tanto, recorriendo el camino, nuestro propio camino.

A modo de adenda, el volumen se completa con un conjunto de poemas reducido de su primer libro, “Is there anybody out there?”, en un ejercicio de perfeccionamiento de los mismos. La patria del escritor es el lenguaje (Juan Gelman), por eso la poesía –la cumbre y abstracción del propio lenguaje- es la expresión más universal del sentir y pensar humanos, y en ella nos podemos reconocer. La riqueza verbal y metafórica de este joven poeta, Óscar Borge, lo aleja del común de la poesía simple y tópica de esa tan cacareada “poesía joven actual” que mencionaba anteriormente. Indudablemente, la poesía latinoamericana en muchos aspectos es más rica, barroca, sensual y compleja que la escrita en nuestra península. Me alegra que así sea, porque nuestra patria, como suelen decir los escritores, es la lengua, y la lengua es la casa de todos, la morada de la belleza.

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LA MUERTE EN MADRID” | DE RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN: SANGRE Y LIBERTAD EN EL DRAMA ESPAÑOL

Por: José María Herranz Contreras


LA MUERTE EN MADRID
de Raúl González Tuñón.
Ediciones A.U.P.A. Colección Poesía.

Colaboraciones en prólogo: María Soledad Argüelles García, Rosa Ana Artíguez Iglesias, Ricardo Artíguez Iglesias, Carmen Ausín Turnes, Rafael Flores, José Manuel Galisteo Rodríguez, Pilar Iglesias Nicolás, Carlos Ledesma Lara, Mercedes Millán Esteban, José María Otero, Juan Carlos Piovano, Victoria Rey Pajares.

Madrid, 2006.
ISBN: 84-6099630-1
Depósito legal: M-13406-2006

Con poemas dedicados expresamente por Rafael Alberti, Miguel Hernández y Germán Pardo García –con los que tuvo contacto directo- podemos suponer que Raúl González Tuñón no es un poeta desconocido. O no debería serlo. Por eso traigo este mes a colación a este argentino, vinculado profundamente con España e ignorado por la mayoría de nosotros y por muchos eruditos, que jugó un papel fundamental en la lírica de nuestro país, ya que generacionalmente pertenece a la del 27 (Lorca, Alberti, Aleixandre) e incluso a la del 36 (Miguel Hernández, José Hierro, Luis Rosales). “La muerte en Madrid (1939)” –libro que nos ocupa- es un poemario que recoge la tragedia de la defensa del Madrid republicano contra el fascismo franquista en la guerra civil española. Este desconocido libro junto con “La rosa blindada”, inspirado en la revolución de Asturias, conforman dos textos fundamentales sobre la guerra civil, junto con textos clásicos de Miguel Hernández, Rafael Alberti y César Vallejo.

Sin llegar al nivel lírico y formal de Miguel Hernández –cuya obra es cumbre en muchos aspectos para la literatura española-, los poemas que conforman “La muerte en Madrid” recuerdan bastante tanto al insigne oriolano como a César Vallejo, con su “España, aparta de mí este cáliz”. Precisamente, como Vallejo, Raúl González Tuñón vino al epicentro de la guerra civil durante esos aciagos años para apoyar la causa republicana y su defensa de las libertades frente al fascismo, e incluso participó también en la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, surgida en el congreso de escritores de Valencia en medio de los bombardeos franquistas. La imagen recurrente del toro español, de la sangre y de la tierra y la libertad de sus gentes nos traen a la memoria ecos de Hernández, Vallejo, García Lorca y Alberti, con quien mantuvo contacto personal y, por supuesto, influencias literarias.

El toro, al igual que para Miguel Hernández, en González Tuñón representa lo ctónico, lo profundo y ancestral de nuestra tierra mediterránea, que simboliza tanto la vida y el sexo, como la muerte. También simboliza al pueblo español:

Solo, Terrible Solo,
hizo frente a una lluvia de herrería enloquecida,
de súbitas panteras con un pájaro en la boca,
y pólvora de viento envenenado.

Asimismo, pueblan el libro homenajes a figuras importantes de la guerra como Buenaventura Durruti, Líster, el general Luckas, y el mismo Federico García Lorca, asesinado.

El libro se estructura en cuatro partes, que recogen aspectos del drama madrileño como bastión de defensa frente a la barbarie de la guerra: La muerte en Madrid, Historia de la sangre, La libertad, y finalmente la Muerte de Antonio Machado. Una adenda de Otros poemas y documentos recoge tanto un poema dedicado al ciclo de la guerra como un pequeño ensayo en defensa de la memoria histórica y contra la demagogia.

La muerte en Madrid recoge el paisaje del drama español y la solidaridad de las brigadas internacionales, los ataques bárbaros del fascismo, la cotidianeidad con que el pueblo afronta la muerte y la destrucción, en las imágenes de los niños muertos, el toro, los obuses, los aviones y bombardeos,  los escombros, los leones heridos del carro de Cibeles, en una vindicación de la vida y la obligación moral de defenderla frente a la sinrazón de la muerte personificada en el fascismo. Formalmente los poemas fluyen con una lírica honda y sentida, en verso libre a veces, en rima asonantada otras, pero con una belleza contenida en imágenes potentes, sencillas y cotidianas, que evocan mucho, como ya he comentado anteriormente, a Miguel Hernández, Rafael Alberti y César Vallejo.

La segunda parte, titulada Historia de la sangre, es quizá la más Hernandiana y ctónica, en su sentido religioso, profundo. El sacrificio español a manos de la barbarie liberticida recuerda a veces al del toro en la plaza –trágica herencia mediterránea, la terrible tauromaquia-, pero también evoca la generación de una vida nueva, ya que la sangre es el fluido vital por excelencia que nos recuerda que la vida nunca cesará por mucho que se la derrame injusta e inútilmente:

Qué extraño que la sangre no destiña
ni se solidifique ni se estanque,
oh, móvil y fecunda, oh roja viva,
oh, viva flor al filo de la tarde
que en alba acabará, recién nacida,
que todo lo que toque vuelva sangre.

La tercera parte, “La libertad” es un tríptico donde se dibuja este gran valor que se está defendiendo y por el que se está luchando, sin el cual es imposible vivir. Y también se compara religiosamente con un Jesucristo terrestre –de nuevo ecos de César Vallejo. Porque lo que se está defendiendo en estos poemas es algo más profundo que nos ata a la tierra, que promete una vida plena y la realización del ideal humano.

El poemario cierra con una sentida elegía a la muerte de Antonio Machado. Este insigne poeta, generacionalmente encuadrado en la del 98, anterior al escritor y también a los miembros de la del 27 y del 36, fue enseña y modelo no solo de estos escritores sino también de infinidad de españoles, en una época en la que los artistas y los intelectuales jugaban un papel fundamental en la construcción del estado y la sociedad, eran respetados, queridos y admirados como ejemplo de moral, ética y también como guías estéticos utilizando el idioma, la lengua, de forma precisa para construir belleza y moral. Valores sociales y patrióticos que aunaban la libertad y la construcción de una sociedad justa y humanista. Todo lo contrario a lo que ahora podemos constatar continuamente en esta época atroz, en la que tanto el pueblo como los mandatarios políticos desprecian profundamente la cultura y han aniquilado el pensamiento y los valores humanistas.

Sirva pues esta reseña como recuperación de la memoria histórica literaria de nuestro país, para un autor completamente desconocido para la mayoría, pero cuya calidad formal y temática lo encuadran de lleno tanto en la generación del 36 española como en la de los poetas sociales argentinos cuya influencia se extendió posteriormente hasta la llamada poesía urbana moderna. Y también sirva como reconocimiento a la labor que realizan los miembros de la Asociación Unión de Profesionales, Artistas y Otros por los niños del mundo, A.U.P.A., quien auspició la publicación de este libro y de muchos otros, y que tantos y fructíferos puentes ha tendido entre Argentina y España. Y especialmente a Carmen Ausín Turnes, gracias a la cual pude descubrir a este poeta imprescindible de nuestra historia reciente.

 

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“POEMAS DE LA MEDIANOCHE”, DE SILVIA RAMOS: AMOR Y LÍRICA COMO MÉTODO DE CONOCIMIENTO. “CUENTOS SIN CUENTO”, DE EDUARDO BRAVO: LA TRAGICÓMICA REALIDAD DE NUESTRAS VIDAS.

Por: José María Herranz Contreras


CUENTOS SIN CUENTO, de Eduardo Bravo.
Los libros del Mississippi editorial. Colección Narrativa.
Prólogo de Ángel Guinda.
Madrid, 2018.
ISBN: 978-84-945796-4-6

“Cuentos sin cuento”, de Eduardo Bravo, y “Poemas de la medianoche”, de Silvia Ramos, inauguran las colecciones de narrativa y poesía respectivamente de la nueva editorial “Los libros del Mississippi”, procedente de las cenizas de la antigua “Poeta de Cabra”. En un formato minimalista estas dos nuevas colecciones intentarán reunir las voces de la poesía y narrativa más jóvenes de España, en palabras de sus editores, así como mantener el espíritu original de su otra colección, los “Libretos del Mississippi”, que homenajean a los libretos originales de City Light Books, de Lawrence Ferlinghetti, que publicó a finales de los años 50 y durante la década de los 60 a las voces más interesantes de la generación beatnik. La colección Narrativa incluirá en sus portadas en negro –en un tono retro- secuencias de películas clásicas, mientras que la de poesía será mucho más sobria, en blanco, y siempre con un logo o dibujo original alusivo al poemario.

“Cuentos sin cuento” es un conjunto de relatos cortos, muy cortos en ocasiones, plenos de lírica minimalista, densa e intensa. Breves y reflexivos nos hacen ahondar en lo irónico de la existencia, lo sarcástico, pero también lo dramático e incluso trágico. Eduardo Bravo es un observador certero de aquello que normalmente pasa desapercibido para el común de la gente; lo rescata y lo dota de una lírica sencilla, honda, y a la vez divertida y reflexiva. La vida, realmente, es un cuento sin fin, un mal cuento a veces, del que de cuando en cuando salimos mal parados, pero siempre indemnes, como esos personajes de las películas del cine mudo de los años veinte, tras haber salido huyendo de una persecución absurda o disfrutado brevemente del amor, aunque hayamos recibido un varapalo o nos hayamos arruinado, y eso sí, siempre haciendo reír a los que conocieron nuestra desafortunada historia. “No me vengas con cuentos”, suele contestarse al pícaro que pretende embaucarnos para conseguir sus fines. Si la vida es una larga historia de supervivencia, a través de la cual pretendemos alcanzar la felicidad y el amor, la extrañeza de los acontecimientos y lo irreal de las situaciones que vivimos nos hacen recordar que todo es absurdo, y que siempre es bueno reírnos de nosotros mismos e intentar atrapar y disfrutar el momento, la breve felicidad que podamos encontrar en los demás y en las cosas más pequeñas y cotidianas.

Estos “Cuentos sin cuento” aluden, dentro de su carácter a veces absurdo, a una realidad rotunda, que nos sitúa frente a situaciones y caracteres que todos conocemos bien por haber vivido hechos similares o bien por referencias de terceros o aciagas noticias de los terribles medios de comunicación. Nos recuerdan que nadie está exento del dolor y el sufrimiento, y que todo es una locura, una cuerda locura, en la que vivimos atrapados, y que, como típica pesadilla, nos gustaría despertar de ella algún día, y que una vez despiertos nos hace reír por lo absurda y jocosa que resultó.

El libro se inicia con un breve y certero prólogo de Ángel Guinda, que señala a Víctor Hugo y Antonio Porchia como faros que guían al autor, y se cierra con un epílogo del propio autor en el que también apunta a Pío Baroja y su narrativa costumbrista. No sobra razón a ninguno de los dos: el costumbrismo es lo que certeramente está descrito en estas páginas de historias breves y deliciosamente amenas y divertidas, pero también amargas, y que nos invitan a la reflexión.

De Eduardo Bravo, destacar que además de buen narrador también es poeta, y que hasta la fecha ha publicado cuatro libros y ha sido ganador de dos premios literarios, uno del diario “El País” y otro del recomendador digital de libros “Librotea”.


POEMAS DE LA MEDIANOCHE, de Silvia Ramos.
Los libros del Mississippi editorial. Colección Poesía.
Prólogo de Rosa María Berlanga Benito.
Madrid, 2018.
ISBN: 978-84-945796-5-3

El segundo libro analizado en este artículo es “Poemas de la medianoche”, de la joven poeta Silvia Ramos, que inaugura, como ya hemos indicado más arriba, la colección de Poesía de “Los libros del Mississippi”. El formato de esta colección, muy bello, es mi preferido –en algo se deben notar mis fetiches poéticos: minimalista, como ya se ha dicho, la sobria portada en blanco hueso, con una pequeña ilustración de Carlos d’Ors. Silvia Ramos es una joven psicóloga que trabaja en el ámbito empresarial y que con este libro inicia una prometedora carrera poética, ya que le cabe inaugurar la colección. Se trata de poemas sencillos, de una sensibilidad nocturna, entendiendo por nocturno el espacio interno y meditativo en el que se mueve esta autora, en torno al amor como eje y motor de su obra. La lírica intimista da paso a versos transparentes, hondos y sentidos, en las que la figura del amado se configura como herramienta para comprenderse a sí misma. Digamos que el espejo en que nos miramos cuando estamos enamorados, y que atribuimos al amante, somos nosotros mismos, eso está claro desde que Freud plantó la semilla de la psicología allá por el siglo XIX y primeros del XX. El amor –y ocasionalmente el sexo- para Silvia Ramos son un método de conocimiento, mediante el cual la poeta intenta bucear por los vericuetos difusos y confusos de su alma, a veces de su propia corporalidad, intentando una lírica musical, llena de imágenes suaves y amables, que tratan de alcanzar nuestra proximidad emocional, y que también intentan formular algún tipo de autoconocimiento.  Lo lírico en estos poemas da paso a lo reflexivo con frecuencia, como si la poeta quisiera trasmitir la contención en la experiencia amorosa sin abandonar tampoco la corporalidad de la experiencia. Formalmente utiliza el verso libre, corto, recurriendo a la rima asonante, y estructurados los poemas en cinco partes: del Amor, del Ser y la existencia, Mistérico, Magma y la última dedicada a la propia Poesía como musa y motor. El libro se completa con un acertado prólogo de Rosa María Berlanga Benito.

Celebramos este bautizo poético que Silvia Ramos nos ofrece con su primer poemario, en esta editorial, “Los libros del Mississippi”, a la que deseamos una larga y próspera vida literaria.

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“ESTUDIO SOBRE NOVIEMBRE”, DE TULIA GUISADO. LA FEROZ IMPERMANENCIA.

Por: José María Herranz Contreras


El libro comienza con una cita de Pessoa que alude al desasosiego que produce el sabernos conocedores de nuestra propia muerte, de nuestra desaparición en un futuro más o menos lejano. La extinción de las cosas, la naturaleza feroz de la impermanencia que caracteriza la vida, marca el tono de este nuevo libro de Tulia Guisado. El tema central de toda la obra de Guisado –por lo menos la que conozco- es precisamente este, unido al drama lírico y existencial que supone la aceptación forzosa del cambio continuo consustancial a la naturaleza y a la vida. Esta idea y su tortura es la que orbita en torno a toda su poesía y su creación literaria, y realmente es algo que difícilmente asumimos las personas: la feroz impermanencia de las cosas.

A continuación se expone contundentemente, en un poema inicial titulado “Estudio sobre noviembre”, el tema de la obra sobre el que orbitará el conjunto del dietario posterior, donde habla del silencio, el ruido y la destrucción. Después se inicia el capítulo sobre “Noviembre”, que es en mi opinión el más importante de todo el libro. En este capítulo se desarrollan en verso y en prosa poética las ideas que posteriormente se irán particularizando con anécdotas, reflexiones, versos y aforismos en los capítulos correspondientes a los meses posteriores del año, hasta cerrar el libro finalmente en octubre, aludiendo al ciclo repetitivo de la propia vida.

¿Con qué fin puede escribir un diario un artista, y más concretamente un escritor? Una poeta como Tulia Guisado se enfrenta a esta compleja tarea de universalizar un conjunto de reflexiones y vivencias, que lejos de ser meras anécdotas –aunque muchas veces sean estas el detonante del escrito- se configuran como literatura. El diario suele usarse como herramienta de conocimiento, al situarnos fuera de las vivencias propias como observadores, sobre todo con el paso del tiempo, para examinar con la perspectiva que da el distanciamiento temporal y emocional las cosas sucedidas de otro modo; y también puede servir como conjuro al paso del tiempo, para que el recuerdo de lo vivido no se extinga con nosotros. Tulia Guisado parte de premisas más abstractas y líricas, a partir de la idea del silencio, como objetivo ineludible –e imposible- a alcanzar en su vida. A lo largo de un año completo, la poeta quiere atestiguar su paso por eso que llamamos “vivencias” o “experiencias” para desbrozar el dietario de lo accesorio y superfluo –las anécdotas, en suma- para desnudar lo auténtico, lo esencial. Entiendo –o así lo percibo- que este es uno de sus objetivos, usando –vuelvo a repetir- el silencio como motor que le impulsa por un lado a aislarse “del ruido del mundo” y de ella misma, de su interior también, de su continuo y desasosegante diálogo u honda herida.

Porque la poesía de Tulia Guisado –y este libro no deja de ser pura poesía, aunque bajo la forma de un dietario- nos hace compartir con ella un sufrimiento básico y su honda herida: la impermanencia, como ya he señalado. Todos los poetas sufrimos –y también gozamos. Los motivos suelen ser diversos, aunque casi siempre los mismos, los dolores y goces universales que compartimos como humanos –e incluso los que percibimos más allá de nuestra pobre condición. Pero en este libro late crudo y desnudo un mal universal: la impermanencia. Y eso es algo que no solamente tortura a la poeta, sino que a los lectores nos hace conscientes de ese dolor básico, de esa tragedia que supone estar vivos en un mundo imperfecto.

Para conjurar ese dolor básico producido por el “ruido” continuo de las cosas, el texto intenta construirse sobre el silencio, ya que ese lugar debería ser el punto donde algún tipo de permanencia pueda alcanzarse. Y en torno a esto que estoy describiendo, se articulan las anécdotas, el día a día con sus pequeñeces. Y también se construye sobre el amor –particularmente hacia los animales, los gatos, y hacia el ser amado, el compañero-, tomando como base dichas anécdotas, yendo magistralmente de lo particular a lo universal, como toda auténtica literatura.

También hay lugar para hondas y sencillas reflexiones que, como una piedra preciosa, emergen en medio de estos textos como lírica filosofía:

Pasa el tiempo y nosotros pasamos, a veces nos sujetamos unos a otros, como niños cogidos a la cuerda en una excursión hostil.

O hablando de sus hijos perdidos:

Mi corazón os acoge
cualquier día
mis pequeños
aprenderéis la inutilidad de la belleza
la imposibilidad de lo eterno.

En varias partes del texto aparece la imagen de la “detonación” como símbolo de la trágica fragilidad de las cosas, los acontecimientos. En cualquier momento, en efecto, se puede producir una explosión –íntima, desde nuestro interior- o circunstancial –desde el exterior- que desbarate las cosas y su orden, y de nuevo nos sumerja en la tragedia de lo mutable, lo impermanente, en suma, en el sufrimiento:

Detener el instante como un relámpago.
Y no arder.
Cómo hacerlo.

Ese exorcismo contra el desorden viene líricamente de la mano del silencio en el verso, y por ende en el pensamiento. De hecho, el primer poema del libro, como prefacio a los capítulos dedicados a cada mes, es una vindicación del silencio:

El silencio se construye y se lesiona.
Cuando todo calla todo sigue aquí. No puede durar siempre el ruido, la luz eléctrica,
la oscuridad.

Y más adelante:

Habláis demasiado. Escribís demasiado. Opináis demasiado.

O estos versos impresionantes:

Hablo. Pero en realidad renuncio a la palabra como método de comunicación.
El silencio.
Si quieres decir algo, cállate.

Aunque pudiera no parecerlo, en realidad la poesía de Guisado tiene mucho de espiritual y de mística, pero desde presupuestos ateos, más que agnósticos, ya que la asunción de la naturaleza y sus leyes es intentada como solución –una profunda conformidad con el dictado de la vida:

La naturaleza no. La naturaleza no es cruel. Ella no tiene tiempo.
Ella permanece.
No nos necesita.
Nosotros a ella sí.

Los místicos, sin embargo, aspiran a conseguir esa permanencia, esa “eternidad” en el más allá, o en una radical liberación en vida de la esclavitud de la existencia. Pero en lo que coinciden la lírica de esta autora y la de los poetas místicos es en el rechazo profundo del sufrimiento, dolor y caos que suponen este mundo imperfecto en el que hemos nacido. Y sin embargo, el hallazgo afortunado del instante lírico, de su eternidad mística:

Lo he visto en el mapa.
En algún lugar está Noruega.
De día.
Y somos rubios.
Y serenos.
Vivos, comiendo luz. Eternos.

Ahí tenemos la serenidad poética, su lección, la asunción del orden de las cosas en el satori, en la iluminación. Grandes lecciones nos brinda la auténtica poesía. Y gracias a Tulia Guisado y su “Estudio sobre noviembre” pueden servirnos de ayuda en este periplo por la vida, la belleza y el dolor.


ESTUDIO SOBRE NOVIEMBRE,
de Tulia Guisado.
Huerga y Fierro, editores. Colección Graffiti.
Madrid, 2018.
ISBN: 978-84-948230-1-5

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“LAS LUCIÉRNAGAS MUEREN EN EL FRÍO DEL MUNDO” | TRANSPARENCIA, CLARIDAD Y SILENCIO INTERIOR.

Por: José María Herranz Contreras


LAS LUCIÉRNAGAS MUEREN EN EL FRÍO DEL MUNDO
de Fernando Calvo García.
Libro de poemas y CD multimedia.
Prólogo de Ángel Guinda.
Diseño portada e ilustraciones de Federico García Zamarbide. Trabajo colectivo y multidisciplinar del CD multimedia con los miembros de la tertulia literaria “Cafetín Desván”, de Torrejón de Ardoz, y otros artistas gráficos y visuales. Coreografía y danza de Alberto Escobar. Filmación de Nacho Fábregas.
Autoedición, 2018.
ISBN: 978-84-697-9443-2.
Disponible en: fernandocalvogarcia45@gmail.com
Página oficial: https://fernandocalvogarcia.wordpress.com/

Fernando Calvo García nos regala con este su séptimo trabajo, un libro de poemas acompañado de un CD multimedia titulado “Las luciérnagas mueren en el frío del mundo”, donde ahonda en el decir claro y transparente de sus anteriores obras, inquiriendo al mundo acerca del dolor, la sed de justicia y la necesidad ineludible del amor para vencer a la muerte y la destrucción.

Creador de la tertulia literaria “Cafetín Desván” de Torrejón de Ardoz, en Madrid, coordinó durante ocho años la misma, y en su reconocimiento y con su nombre se convoca anualmente un premio de poesía nacional, patrocinado por dicha tertulia.

El libro se abre con un conciso y esclarecedor prólogo de Ángel Guinda donde remarca la tarea de prospección lírica que el autor se ha impuesto con esta obra, y destaca los conceptos de claridad, transparencia y decir sencillo y hondamente lírico de la voz poética, así como su compromiso social. Asimismo, el poemario se cierra con breves análisis críticos y comentarios de Juan Carlos Mestre, Javier Lostalé, Matías Escalera Cordero y Verónica Aranda.

El poemario se divide en once partes: Esquirlas, Palabras para explicar, Pinceladas de un amor, Él es la hoja caída, Haikus, Hagamos puentes al dolor, Pisemos tierra en la Tierra, Ayer y hoy, In memoriam, Coda y Versos sueltos. La sensación general tras la lectura del poemario y el visionado y atenta escucha del CD multimedia es la recuperación del sacro y lírico silencio frente al ruido exterior e interior que nos aliena. La recuperación de la bondad y la nobleza de la vida, que Federico García Lorca reclamaba en su “Oda a Walt Whitman” del libro “Poeta en Nueva York”, la recuperación del estadio arcádico humano que debemos reconquistar.

Con un estilo aforístico, claro y conciso, pero no exento de hondura, el autor se interroga y nos interroga en la búsqueda de un sentido a la vida y una explicación a los grandes problemas del mundo: el dolor, la injustica, la pobreza, la desigualdad. Abre el poemario con una poética que es elucidación de lo que vendrá después:

Di poco a muchos
que mucho a pocos.
 
Di mucho con poco,
que nada con mucho;
a pocos y a muchos.

“Esquirlas” inicia el poemario con versos-aforismos cuya inquisición filosófica y moral nos sitúa frente a nosotros mismos, y a nuestra responsabilidad para con el mundo y con los demás. El aforismo y el verso breve requieren por parte del lector lentitud, reflexión, asimilación, exactamente aquello que el autor pretende en este ejercicio de sujeción del “yo”. Precisamente nuestra egolatría –característica muy humana- es la que nos dispersa en el “ruido” en el que permanentemente estamos sumidos, tanto exterior como interiormente, especialmente en esta época horrible y tiránica, sin conciencia ni apenas libertad, en la  que el Poder nos sujeta y esclaviza “voluntariamente” a todos nosotros, sus súbditos. La tecnoesfera y la digitalización universal –así como la mercantilización neoliberal de todas las esferas de la vida- nos han llevado a la supresión de la conciencia crítica y la empatía hacia los demás seres humanos y hacia todo lo viviente. La gran tragedia de nuestra época es que vivimos sobresaturados de información que en su mayor volumen es precisamente eso, “ruido”, que nos desestabiliza emocional y espiritualmente. El “logos” y el “ethos” se diluyen en un maremágnum de “falso conocimiento”, ruido despreciable y propaganda del sistema, violentamente política y económica. Es bien sabido, pues, que la poesía es uno de los últimos lugares de resistencia del pensamiento. Como muestra:

Cuando voto no sé si soy libre.

o:

Dicen:
si te arrodillas y rezas irás al cielo;
pero en la tierra estar de rodillas es el infierno.

“Palabras para explicar” continúa con los aforismos, pero introduce algunos poemas más largos, de tono metapoético y gradualmente más líricos y sensoriales. Asimismo, aparece la denuncia social y el grito necesario contra la injustica y el crimen del Poder perpetrado en las guerras y especialmente en la migración forzosa, que es el gran holocausto actual que el poeta insiste especialmente en visualizar frente a la autoimpuesta ceguera colectiva. Qué triste la negación del “sympathos” que nuestra propia condición humana debería abrazar ineludiblemente. Tal es el triunfo de esta era perversa y dictatorial, la de la globalización plutocrática. Al mismo tiempo, el autor nos va introduciendo en el ejercicio del “ethos”, de la ética –hoy más vilipendiada y pisoteada que nunca-  que no debimos olvidar. Por ejemplo:

Escribiré en el sol de las lágrimas del mundo.
Mi corazón se aplaca escribiendo el dolor.

o:

Cuando me desmantele la muerte
seguiré siendo una ventana blanca
de amor en mis palabras.
Sílabas de sol.

En “Pinceladas de un amor” el poeta evoca el recuerdo amoroso y el sexo de la amada, desde la limpieza de lo carnal, bello y hermoso, y desde el espíritu.

“Él es la hoja caída” retorna al tema del otoño como símbolo de la madurez, el paso del tiempo y el enfrentamiento del olvido, pasos previos a la muerte. Aquí el verso largo se adueña del poema y la altura lírica desborda la intención de quien lo escribe, dejando de ser propio para ser universal.

Solo un destino:
la mar.
 
Un no en mis manos,
un cesar.
un llanto atravesando
                        las lágrimas.
en la belleza de la luz.
 
Un no definitivo
                        para ser ceniza.

“Haikus” agrupa una buena cantidad de poemas cortos escritos en esta forma japonesa. Para el autor, un haiku es sobre todo memoria visual, es decir, una pincelada del instante que nos conecta a nuestro ser, a nuestra emoción más profunda para recuperar un decir y un explicarnos que nos sumerja, de nuevo, en el silencio, para así iluminarnos. Aunque el haiku “occidental”, digamos, es más sincrético con lo urbano y lo natural, lo que no resta fuerza e intensidad al poema.

En una grieta
del asfalto hoy he visto
una flor amarilla.

En “Hagamos puentes al dolor” el autor se adentra claramente en la denuncia del sufrimiento de los oprimidos y en el señalamiento de los poderosos como responsables del crimen de la guerra y las injusticias que asolan el mundo y lo llenan de dolor. Reclama la participación activa del lector y su despertar consciente para ejercer resistencia en los ámbitos que le sea posible. La voz de la poesía, se confirma actualmente, como uno de los lugares de la resistencia del pensamiento y de la conciencia ética. El verso sigue siendo largo, e incluso construido en forma de poemas en prosa.

Callar es violencia.
Los lugares son de todos. Los sintierra son de la tierra.
Escuchemos su sangre, es roja, como la nuestra.
Grito por ellos.

“Pisemos tierra en la tierra” intenta devolver la voz a la naturaleza, a fin de que podamos escucharla, tan desconectados estamos de ella en nuestra egolatría y alienación ya señaladas anteriormente. Somos parte inseparable de la misma.

“Ayer y hoy” es un recorrido por su historia personal, sus recuerdos de infancia, su madre, desde lo particular hasta lo universal, pues la tarea de vivir es la construcción de la propia alma y la adquisición de un “ethos”, tarea consustancial a la propia poesía.

“In memoriam” retorna de nuevo al verso corto, aforístico, en un conjunto de poemas en los que rinde homenaje a personajes significativos para el autor.

“Coda” es un maravillo poema sobre el David de Miguel Ángel, que refleja al modo griego la sed de belleza y el amor que todos los seres humanos tenemos por asemejarnos a lo bello y nuestra elevación espiritual.

Yo calentaré tu frío.
 
Tu suspiro de hielo será mi voz
                        en un eco secreto.

Con “Versos sueltos” se cierra el libro, y el lirismo alcanza –quizá- sus cotas más depuradas y elevadas:

Las luciérnagas mueren
en el frío del mundo.

o:

Un verso es un pájaro que canta en el vuelo
                        del viento.

El CD multimedia de igual título al libro recoge 16 piezas líricas del mismo, complementando la lectura y finalizando con una maravillosa pieza de danza coreografiada y dirigida por el bailarín Alberto Escobar, con la impecable filmación de Nacho Fábregas. En esta pieza se recita el poema “El David de Miguel Ángel” resumiendo magistralmente esa sed de belleza que mencionábamos anteriormente, desde el simbólico despertar a la condición humana de la obra de arte, y su idealización final como canon de belleza no solo masculina –que también. Es de agradecer un colofón tan hermoso y rotundo en el complemento visual y multidisciplinar que es este CD, pues nos recuerda que nuestro destino es la consecución –la realización- de la belleza en nuestras vidas, en nosotros mismos y en los demás, pues el amor concreto y universal es lo que nos ennoblece como seres humanos.

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“LA ÚLTIMA VIRGEN JURADA”, DE LEONOR ANTÓN | EL TRÁNSITO POR LA IDENTIDAD, EL DESEO Y LAS EMOCIONES.

Por: José María Herranz Contreras


LA ÚLTIMA VIRGEN JURADA
Leonor Antón.
Autoedición digital, 2015. Disponible gratis.
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Leonor Antón es una joven artista creativa multidisciplinar, escritora, novelista y poeta. Nacida en Cartagena, ha vivido en Barcelona, Santiago de Chile y actualmente en Madrid. A fecha de hoy ha publicado 14 obras en diversos formatos, tanto impresos como digitales, y es muy activa en redes sociales, twiteer, instagram y facebook, disponiendo de canal propio en youtube. Ha realizado también numerosas performances, conciertos poéticos y participa con regularidad en slam y jam sessions de poesía. Estamos, pues, ante una artista polifacética integral, de carácter multidisciplinar.

«Leonor Antón ejemplifica el momento actual de crisis de los medios impresos editoriales…»

Leonor Antón ejemplifica el momento actual de crisis de los medios impresos editoriales y su transición hacia un nuevo modelo digital, siempre en pugna con los derechos económicos y retributivos de los autores en las nuevas plataformas, y visibilizando el problema del maltrato endémico nacional –sempiterno- hacia los artistas que intentan no ya vivir, sino sobrevivir, de su trabajo, en un país que desprecia y odia –sobre todo los sectores más conservadores y reaccionarios- la cultura, y por ende, a sus mejores artistas, que frecuentemente obtienen más reconocimiento fuera de España que aquí. Víctima de una estafa con una editorial que iba a publicar el poemario objeto de esta crítica, “La última virgen jurada”, decide autopublicar y difundir gratuitamente en la red gran parte de su obra escrita hasta ese momento en formato digital. Actitud rebelde, coherente, y muy encomiable, pues pone de manifiesto, repito, el maltrato sistemático del sistema cultural de este país que menosprecia, condena al ostracismo y a la pobreza, a sus mejores artistas y creadores. El propio estado debería subvencionar, mantener, fomentar y difundir la labor de tantísimos poetas, escritores, músicos y artistas en general, a fin de elevar el nivel cultural y de conciencia de su ciudadanía, pero esto que estoy diciendo es una completa utopía en el sistema seudodictatorial de los mercados “democráticos” que padecemos en el primer mundo, el desarrollado. El dinero –el privado, y sobre todo el público- debería también servir para eso. Lo único que aquí se paga y subvenciona por parte del estado y los medios son televisiones, radios y periódicos digitales o impresos sectarios, ultraconservadores, que lo único que forman son ciudadanos zombis, sumisos al orden establecido y con un nivel ínfimo de conciencia crítica y nula formación humanística. Es el sino de estos tiempos oscuros, una suerte de Medioevo Digital Plutocrático.

Y por si esto fuera poco, la radicalidad y coherencia de esta magnífica poeta va mucho más allá, porque las cuestiones de género e identidad son puestas de manifiesto por Leonor Antón en muchas de sus obras, especialmente en la que nos ocupa, “La última virgen jurada”. El libro está basado en una realidad que aún perdura –aunque ya se esté perdiendo- en una de las culturas más remotas del llamado primer mundo, Albania, y es el de las vírgenes juradas. En el mundo rural albanés, la muerte del varón de la familia –generalmente el padre- es un auténtico drama en una sociedad en la que mujer es menos que nada en cualquier aspecto de la vida y las costumbres ratifican. Tradicionalmente, ese problema lo suplieron convirtiendo a una mujer de la familia en “hombre”, para que a todos los efectos, se comportara como tal a partir del momento de su juramento como “virgen jurada”, burnesha, adquiriendo todos los privilegios de la condición masculina como cabeza de familia, incluyendo el uso de las armas y el derecho a la venganza, obligándose a realizar todas las tareas y obligaciones consideradas masculinas de cara a su núcleo familiar y social, y comprometiéndose a no tener relaciones sexuales ni hijos en adelante, ya que se transforma en un auténtico “hombre”. Esta realidad sirve a Leonor Antón para construir un sólido poemario que arrastra al lector por los territorios insólitos de una realidad que juega con el género como baza para mostrarnos que ser hombre o mujer es una cuestión casi aleatoria y no ligada en absoluto a la biología –el “género”, en efecto, no está ligado al sexo biológico, ya que es un constructo social y cultural-, y también jugando con el deseo de la figura protagonista del poemario –heterosexual a todas luces, pero transformando en homosexualidad reprimida su afecto íntimo y profundo por los hombres a partir de su juramento como burnesha.

«…arrastra al lector por los territorios insólitos de una realidad que juega con el género…»

El poemario se divide en dos partes que aunque bien diferenciadas –la segunda supone un nacimiento a su nueva condición de hombre, incluyendo la numeración de los poemas- mantienen el tono unitario, pero dramáticamente bien diferenciados ya que el personaje que habla en los versos ama inicialmente su condición y su identidad femeninas, describe íntimamente sus sentimientos biológicos, su rabia y su impotencia ante la opresión de las normas sociales hacia “lo femenino”, y luego cómo se ve impelida hacia una nueva condición masculina, por las circunstancias, y tras el juramento su proceso de adaptación a una nueva identidad, ciertamente nada fácil, pero que acaba abrazando y posteriormente aceptando. Todo ello trufado con una reflexión acerca del terrible sistema comunista que sumió al país en la pobreza y la paranoia de la guerra y la invasión permanente “frente al enemigo exterior” propias de toda dictadura. Ahí es nada. Pues bien, Leonor Antón resuelve este reto magistralmente, construyendo un poemario íntimo, auténtico, creíble y al mismo tiempo reflexivo y muy sugerente, puesto que nos hace pensar y sentir, a través de los ojos de una mujer que se transforma en hombre, y que transita por los claroscuros –nada es blanco ni negro en la vida- de la identidad, el deseo, las emociones, y sobre todo las ventajas y opresiones de los géneros llamados “masculino” y “femenino”. Tengo que decir que me ha cautivado completamente este poemario, es muy original y formalmente se agradece la escritura libre, sin encorsetamiento alguno hacia los metros habituales, sin signos de puntuación ni mayúsculas, con el uso de las cursivas en versos muy concretos y contundentes, y utilizando el lenguaje como la herramienta de construcción de pensamiento y realidad que debe ser, no exento de reflexión ni de análisis, sin abandonar la lírica propia de toda auténtica poesía. Como ejemplos:

si se llevan a los hombres
alguien
tendrá que ser
hombres

O bien:

para qué me enseñaron
a coser
a lavar
a planchar

para qué me enseñaron
a ser
mujer

para qué

para

d sap re er

O bien:

me he dejado crecer
los cuatro pelos repartidos
de mi barba

no fue tan fácil
aprender el golpe en la mesa

O bien:

adquirir ciertos privilegios
a veces
requiere de la propia renuncia
no percibo ya la pérdida

Estamos ante un libro excelente y una autora integral –poeta verdadera- a la que debemos seguir con atención en su ya dilatada carrera artística, puesto que con total seguridad nos seguirá brindando muchas buenas obras que deberían ser reconocidas por la crítica literaria y los medios. Larga vida a la poesía, a nuestra poesía, la de todas y todos, Leonor Antón, porque eres una auténtica poeta, y a tu través la poesía nos quitará las vendas de los ojos y nos iluminará.

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“DÍAS DE SILENCIO”, DE FERMÍN FERNÁNDEZ BELLOSO | LA DESOLACIÓN TRANSFORMADA EN CONOCIMIENTO.

Por: José María Herranz Contreras


El poeta Fermín Fernández Belloso (alcaceño de nacimiento y madrileño de adopción), tras su primer libro publicado en 2014, “El niño y la guerra”, nos regala una auténtica maravilla en forma de poemario, este recientemente editado “Días de silencio”. Quizá peque de imparcial, pero es un texto que conmociona y consigue la identificación absoluta del lector con algo tan desasosegante como es la soledad desnuda y el naufragio sentimental al que el común de nosotros, en alguna etapa de nuestras vidas, nos hemos visto abocados.

La vida es una absoluta locura, en eso estamos todos de acuerdo, siempre que se tenga un mínimo de sensibilidad o uno se haya intentado despojar de las máscaras y barnices sociales que esconden nuestro ser y con los que nos hemos revestido consciente o inconscientemente. La cuestión es: ¿cómo sobrevivir ante la falta de sentido?, ¿cómo recuperar el amor extinguido cuando la esencia de todo es su propia caducidad? Pues bien, el poeta en este libro lo intenta a través de un viaje iniciático por la casa, la noche y la soledad, sumergido en la vida.

En un ejercicio de maestría digno de todo auténtico poeta, “Días de silencio” se construye en un triple introito (tres poemas titulados precisamente “La casa”, “La noche” y “La soledad”) donde se define certeramente el paisaje emocional y metafórico del pasado y su ruina, una suerte de noche oscura del alma, y la inevitable confrontación con un yo deshabitado de sí que es él mismo. Tanto atrevimiento, y tan bien resuelto, en tres poemas breves y contundentes, desembocan en un río de la vida de ciento un poemas numerados en romano (el cero está ausente de forma intencionada, como bien señala su prologuista María Socorro Mármol Bris en su excelente texto introductorio) que conforman el grueso del poemario titulado “La vida” y que arrastran al lector sin tregua ni respiro a través de distintos escenarios líricos plenos de emoción, hasta la desembocadura del mar de la serenidad. Me parece magistral, repito, la construcción nada deliberada de esta arquitectura, que esconde muchas facetas y se presta a múltiples lecturas y perspectivas, como también apunta su prologuista, y que nos muestran en todo su esplendor a un auténtico escritor y poeta que además de desplegar los recursos y la belleza formal del artefacto llamado poesía muestra también un impecable oficio destilado en años de trabajo. Y todo ello pleno de emoción comedida, como si el terrible desgarro emocional que nos explica, no tuviera que ver con él mismo, lo cual inevitablemente nos hace identificarnos más con el texto. En el aspecto crítico, poco que objetar al libro, quizá algunos escasos versos que sobren en contados poemas, por señalar algo, pero mínimo, nada que rompa la extraordinaria unidad formal del poemario.

“Días de silencio” tiene múltiples lecturas y niveles, en efecto. Un primer nivel es puramente emocional. El tópico de la melancolía, el gastado desamor, etcétera, podría decir alguien con poca sensibilidad o puramente superficial. Pero no me interesan ese tipo de personas, las que solamente pertenecen a lo material y no trascienden ni se elevan sobre nada más allá de lo corpóreo o puramente físico.

El segundo nivel es el del periplo existencial, aquí todo cobra sentido. El común de nosotros puede identificarse con esta segunda lectura. En ella la desolación sentimental es la protagonista indiscutible, y los paisajes emocionales y metafóricos además de ser contundentes son bellísimos, con pinceladas de sucio realismo que hablan de whisky, carmín, mujeres de incierta profesión, amores arruinados, aventuras fugaces y desesperadas, y una exquisita sensibilidad masculina al desnudo, sin tapujos ni prejuicios:

La puerta está cerrada,
la boca enmudecida.
El pene exangüe.
El hielo del vapor, dormido.
Y los bares abiertos.

Qué tristeza la nuestra, siempre aferrándonos a cualquier cosa que nos haga olvidar y nos consuele ante lo inevitable que es vivir y su melancolía, la ruina del tiempo ante nuestro propio pasado, la búsqueda de algún sentido. Todos y todas nos podemos identificar, sin duda, con esta segunda lectura. También habla de la infancia y sus paisajes calmos, acabados, la extrañeza ante el paso del tiempo y aquello que nos dio sostén en la vida y que nunca volverá, el amor y el convencionalismo del matrimonio y los hijos, transformado en algo totalmente diferente al amor y que es consecuencia de la propia locura de la vida y su enloquecida carrera hacia ningún sitio, como comentaba al principio de este texto. Todo ello descrito de forma desasosegante e inasible, pero enormemente cautivadora.

Y el tercer nivel que estoy seguro que el autor ha conseguido, es el de la auténtica alquimia que toda obra artística supone, y que requiere no solamente oficio literario y recursos –que el poeta sobradamente posee-, sino también conocimiento. Aquí ya hablamos de algo más complicado, pero que se adivina a lo largo del río que es la vida (así titula al cuerpo principal del libro), porque la vida es un proceso, un río, una transformación, un viaje, un camino que debemos recorrer, en absoluta soledad y con dolor, para transformar el sufrimiento en algo que nos trascienda y que nos libere. Y de eso habla el poeta en este tercer nivel de lectura, desembocando magistralmente en el mar de la serenidad y la contemplación (¿quizá iluminativa?):

Estoy conforme
con estos arenales del presente,
con este nuevo trato
que no permite sueños.
Todo se ha dicho.
Todo pasó.

Creo que Fermín Fernández Belloso es un poeta auténtico cuya trayectoria debemos seguir con atención. La casa de la poesía le pertenece por derecho propio, y somos afortunados por tener en nuestras manos un libro como este.


DÍAS DE SILENCIO
Fermín Fernández Belloso.
Prólogo de María Socorro Mármol Bris.
Sial Pigmalión, poesía.
Madrid, 2017.
ISBN: 978-84-17043-14-8

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