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EL EXORCISTA: UN HITO EN LA HISTORIA DEL CINE

Por: Tomás Sánchez Rubio


El 2 de abril de 1974, en el Dorothy Chandler Pavilion de Los Ángeles, se celebró la XLVI edición en la entrega de los premios Óscar a las obras cinematográficas estrenadas durante el año anterior. La ceremonia fue presentada por Diana Ross, John Huston, Burt Reynolds y David Niven. La protagonista de aquella velada fue la cinta El golpe, dirigida por George Roy Hill y con un reparto encabezado por Paul Newman y Robert Redford, tándem que ya había conocido el éxito con Dos hombres y un destino (1969), bajo las órdenes del mismo realizador. De las diez candidaturas a las que fue nominada, ganó siete, entre ellas la de mejor película.

Sin embargo, esa misma noche también se presentaba un filme con el mismo número de nominaciones, si bien los galardones se quedaron finalmente en dos: mejor guion adaptado y mejor sonido. Se trataba de El exorcista, dirigida por William Friedkin, realizador de éxito cuyo labor de dirección había sido premiada dos años antes por The French Connection, cinta protagonizada por Gene Hackman y Fernando Rey. El exorcista contaba con un interesante y solvente plantel de actores tanto principales como secundarios, si bien ninguno de ellos podía ser considerado “una estrella”. Se repartían los papeles protagonistas: Ellen Burstyn, en el papel de Chris MacNeil, madre de Regan; Jason Miller, también escritor, como el melancólico y angustiado padre Karras -personaje que había rechazado Stacy Keach-; Linda Blair, de tan solo catorce años, como Regan Macneil; y el versátil y prolífico actor sueco Max von Sidow, encarnando al exorcista, el sacerdote Lankester Merrin.

El argumento del filme puede resumirse en pocas líneas: Regan es una niña de doce años víctima de fenómenos paranormales que conllevan inquietantes cambios en su persona y la manifestación de una fuerza sobrehumana. Su madre, aterrorizada, tras someter a su hija a múltiples análisis médicos que no ofrecen ningún resultado, acude a un joven sacerdote de la Universidad de Georgetown con estudios de psiquiatría. Este se halla convencido de que el mal puede no ser físico, sino espiritual, es decir, que la niña es víctima de una posesión diabólica. Por ello, tras el correspondiente permiso eclesiástico y  con la ayuda de otro sacerdote, de más edad y con experiencia en ese campo, se dispone a  practicar un exorcismo.

La película se había estrenado en EE.UU y Cánada en plenas navidades -26 de diciembre- de 1973. En España lo haría el 1 de septiembre de 1975. Podemos calificar su éxito como rotundo, considerándose una de las pocas películas del género de terror en lograr una excelente acogida tanto de crítica como de público, hasta el extremo de convertirse en un clásico de la historia del cine, así como en un fenómeno cultural que ha acabado marcando a varias generaciones de espectadores a nivel internacional. El impacto del filme fue tal, que durante las primeras proyecciones numerosos espectadores sufrieron desmayos, ataques de llanto, crisis nerviosas; algunos sencillamente no fueron capaces de esperar al final para abandonar la sala…

Aparte de recibir un notable número de premios -entre los que se cuentan cuatro Globos de Oro-, en una encuesta realizada en 2008 -entre más de seis mil personas- por la prestigiosa compañía cinematográfica y musical británica HMV, El exorcista fue elegida como la mejor producción de terror de la historia, situándose por delante, en aquel momento, de El resplandor, de Stanley Kubrick, Halloween, de John Carpenter, y Pesadilla en Elm Street, de Wes Craven.

En el año 2000 la Warner Bros. Pictures reestrenó la película en formato remasterizado, siguiendo la moda en la industria del cine de aquellos años de realizar nuevos montajes con escenas no incluidas en la versión original. En verdad, estas no aportaban cambios significativos al desarrollo del filme. Las nuevas escenas incluían las primeras visitas de la Regan al hospital, o bien la famosa imagen de la niña bajando las escaleras de su casa a cuatro patas, a modo de araña, con la espalda curvada. También aparece la conversación entre los sacerdotes Karras y Merrin en la escalera de la casa de la familia MacNeill, así como una especie de epílogo, que ofrecía un nuevo final, en el que el teniente de policía Kinderman conversa con el padre Dyer sobre la dualidad del bien y del mal.

En nuestro país, Radio Nacional de España realizó el 30 de junio de 2010 una adaptación radiofónica de El Exorcista protagonizada por Fernando Huesca como el padre Karras, Miguel Rellán como Merrin, Elena Rivera como Regan MacNeil y la veterana Lourdes Guerras en el papel de la madre de esta. Dicha dramatización fue grabada en directo cara al público desde el Centro Cultural La Casa Encendida de Madrid, y emitida en RNE el 4 de julio del mismo año.

Como premisas del éxito de la película se han señalado, aparte de una serie de efectos visuales, novedosos en aquellos momentos, la austeridad y el realismo de la historia. Efectivamente, los hechos acaecen en una familia monoparental, pero cuyos miembros llevan una vida que podemos denominar “normal”. La irrupción de lo sobrenatural en la cotidianidad de unas personas que trabajan, estudian o se relacionan como tantos pobladores del planeta, provocará en los espectadores, como poco, un cierto desasosiego. Por otra parte, existe un acentuado componente de transgresión por cuanto los ataques a formas y ritos sagrados de la religión católica -y precisamente en un ámbito eclesiástico como es el entorno de la venerable Universidad jesuita de Georgetown-, son visibles y explícitos. La cinta ponía de manifiesto, del mismo modo, la dicotomía entre ciencia y laicismo contemporáneo por un lado, y formas de creencia y religiosidad aparentemente “superadas” en el siglo XX. El director de la cinta llegó a afirmar que se trataba de toda una «parábola del cristianismo, de la eterna lucha entre el bien y el mal…»

Por otro lado, tenemos el sentimiento de culpa permanente que siente uno de los protagonistas, quien, siendo sacerdote, lo hace asemejarse a la figura de esos detectives atormentados que suelen protagonizar las películas de asesinatos en serie. A este respecto, podríamos señalar que tales sentimientos de culpa, basados en unos objetivos profesionales o vocacionales que le apartan de supuestos deberes familiares, pueden ser compartidos por muchas personas de toda condición… Otros ingredientes para el interés y sensación despertadas por El exorcista podrían ser el contraste entre la inocencia de la niña, Regan, frente a sevicia del espíritu maligno; o bien la aparición del elemento arqueológico y legendario, siempre atractivo para buena parte del público.

Debemos tener en cuenta que, antes del lanzamiento de la película, nada como “aquello” había aparecido en la pantalla: hasta ese momento, el terror se limitaba a monstruos “tradicionales” como Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo o bien casas embrujadas y malditas. La posesión demoníaca no había sido aún explorada, y el éxito del filme dará lugar a una serie de secuelas -le siguieron una segunda y tercera parte- e imitaciones de desiguales calidad, enfoque y fortuna.

Por lo dicho anteriormente, no es de extrañar que la polémica acompañara al estreno y a la existencia misma de El exorcista. La filmación sufrió una serie de incidentes que hicieron coincidir su primera proyección con las fiestas navideñas. Desde un primer momento, muchos la catalogaron como una película blasfema que aprovechara las fiestas religiosas para “propagar la palabra del Maligno”. A este respecto, debemos tener en cuenta que no había pasado demasiado tiempo de los terribles asesinatos de personas inocentes perpetrados en California por parte de la llamada “Familia Manson”. No obstante, algunos de los miembros más influyentes de las Iglesias católica y presbiteriana  aplaudieron el filme por su “contribución a la propagación de un mensaje religioso positivo”. Recordemos que, al fin y al cabo, la cinta termina “bien”…

En cuanto a la fuente del argumento debemos recordar que la película se basa en la novela homónima de William Peter Blatty, y cuya lectura recomiendo por diversas razones, entre las cuales destaca la profundidad psicológica en el tratamiento de los personajes. Precisamente fue el propio autor del libro quien adaptó el guion para la versión cinematográfica, ganando, como hemos señalado más arriba, el Óscar en tal categoría.

Blatty, había nacido en Nueva York, el 7 de enero de 1928, y fallecido ese mismo mes, pero de 2017, en Bethesda. Tuvo cuatro hermanos, y estudió con los jesuitas, a quienes admiraba. De periodista pasó a escribir guiones de películas de éxito como El nuevo caso del inspector Clouseau (1964), dirigida por Blake Edwards y protagonizada por Peter Sellers.  Afirmaba que comenzó a escribir El exorcista en la década de 1950, tras leer sobre un caso real de posesión satánica que aquejó a una joven de catorce años de Maryland a finales de los 40. Blatty quedó tan impresionado con el fenómeno paranormal que investigó todo lo relacionado sobre posesiones satánicas.

Publicó el libro en 1971 en Estados Unidos, llegando a vender cerca de trece millones de ejemplares. El éxito de ventas no fue inmediato, sino que se debió sobre todo a la aparición del escritor en un programa de entrevistas muy popular en Estados Unidos, The Dick Cavett Show, donde llamaron a Blatty para sustituir a un invitado que se había puesto enfermo. En España se edita por primera vez en 1975 en la prestigiosa editorial Plaza & Janés, como primer título de la colección Manantial, dedicada a autores contemporáneos. Le siguieron en dicha colección novelas como Odessa, de Frederick Forsyth; Avenida del parque, 79, de Harold Robbins, o Banco –continuación de la afamada Papillon– de Henri Charrière. La portada era de la ilustradora Roser Muntañola, y la traducción se debía a la lingüista y profesora argentina Raquel Albornoz.

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LOS AFORISMOS DE JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Por: Jose Luis Morante


Juan Ramón Jiménez (Moguer, 1881- Puerto Rico, 1958) es una figura clave de la literatura española contemporánea. Sobre este autor tutelar se han prodigado los estudios sistemáticos, casi siempre nucleados en torno a la poesía y, en ocasiones, sobre las complejas dimensiones biográficas que no acaban de alejar algunas sombras: el desafío permanente a la vida social desde un aislamiento casi huraño, la independencia estética, el incansable afán perfeccionista  y esa imagen de escritor aséptico, poco enlazado con el convulso paréntesis histórico que le tocó vivir. Pero lo concerniente a su producción aforística parece ocupar un segundo plano, aunque sea una pared básica del edificio alzado en el discurrir, a pesar del ejemplar rescate realizado por Antonio Sánchez Zamarreño. Tras veinte años de esfuerzo investigador, el hispanista solventó algunos obstáculos básicos como la dispersión, la multiplicidad de versiones o la temática heterogénea para dejarnos una versión canónica de la aforística  de Juan Ramón. El libro Ideolojía, volumen cuarto del corpus completo Metamórfosis, explora un territorio esencial y sirve de introducción a otras antologías como las preparadas por Andrés Trapiello, Juan Varo que alumbran visiones parciales, ya que el escritor estuvo activo durante más de medio siglo haciendo de sus aforismos un elemento de continuidad entrelazado con su obra poética.

Aforismos e ideas líricas selecciona entre el voluminoso despliegue lapidario –el mismo escritor cifraba en más de cincuenta mil sus textos breves- una muestra  fuerte, de más de ochocientos aforismos, una selección suficiente y capaz de recuperar una competente guía de argumentos repleta de inteligencia y sensibilidad creativa. Esa maduración coherente del trabajo aforístico se distribuye en seis tramos que aglutinan un fértil quehacer extendido en el tiempo entre 1897 y 1954. En él se perciben algunas influencias de base, desde los magisterios más tempranos de Kempis, Nietzsche, Marco Aurelio, Pascal o Chamfort hasta los derivados de su formación en la Institución o de contemporáneos como Antonio Machado y Miguel de Unamuno.

La exploración argumental es ecléctica. La perspectiva creadora evoluciona o rehabilita intereses, pero siempre se caracteriza por una relación intensa entre existencia y labor literaria. Concede a su enfoque una fuerte dimensión ética impregnada de pensamiento filosófico.

Para Juan Ramón Jiménez la perfección no es un concepto abstracto sino un camino que recorre con fervor interminable hacia la plenitud: “Pensemos más con las manos”, escribió en uno de sus aforismos, como si en él la provisionalidad no tuviese sosiego y necesitase estar sometida a la inquietud y a la perenne revisión. Hechizado por la perfección, buscaba el equilibrio total de la obra, el anhelo de lo completo.

Aforismos e ideas líricas
Juan Ramón Jiménez
Edición, selección y prólogo de José Luis Morante
Ediciones de la Isla de Siltolá
Sevilla, 2018

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SYLVIA PLATH | EL ARTE DEL PRECIPICIO

El Atelier

Por: Inma J. Ferrero


El camino se disolvía alumbrado por la luz del sol, devolviéndome a la ceguera de la ruidosa calle. A veces me pregunto si la soledad habita a la sombra del gentío, y si al apurar la última de sus gotas nuestro perfil se sumerge en la oscuridad que todos llevamos dentro.

Quizá el abandono de Ted Hughes, fue el último empujón para alguien que vivía surcando precipicios. La poeta Sylvia Plath se vio abandonada, vio cómo Assia Wevill le había robado a su gran amor, cómo se había quedado con su marido. Sus últimos días fueron un péndulo entre la depresión y la euforia, la consecuencia de pastillas para dormir y píldoras para poder despertarse. Meses en los que escribió sus mejores poemas medio enferma y sin apenas dinero.

Sylvia Plath, llamada Sivvy familiarmente, nació el 27 de octubre de 1932 en Boston, Massachusetts (Estados Unidos). Era hija de los maestros Otto Emil Plath, profesor universitario de alemán y biología en la Universidad de Boston, y Aurelia Schober, profesora de inglés y alemán. Ambos eran de ascendencia alemana. Sylvia tenía un hermano menor llamado Warren, nacido en 1935. Tras el nacimiento de Warren, la familia Plath se trasladó a Withdrop, localidad costera que provocó un vital contacto con el mar para la pequeña Sylvia.

Con pocos años comenzó a escribir poesía. Era una niña frágil, sensible, inteligente e insegura, inseguridad que fue amplificada cuando en 1940 falleció su padre a causa de la diabetes. Sufrió habituales depresiones y varios desórdenes mentales desde su adolescencia. Tras la muerte de Otto, la familia Plath se mudó a Wellesley.

En el instituto publicó su primer texto, un relato corto titulado “And Summer Will Not Come Again” que vio la luz en la revista “Seventeen”.

“Sunday At The Mintons”, publicada en 1952 durante su etapa universitaria en la revista “Mademoiselle”, fue su primera historia galardonada. Dos años antes, Sylvia había ingresado en el Smith College de Northhampton. En este centro permaneció entre 1950 y 1955, período en el que se intentó suicidar por primera vez. Más tarde, tras conseguir una beca Fulbright, viajó a Inglaterra para acudir a la Universidad de Cambridge.

En 1956, y en el Reino Unido, conoció y se casó con el británico Ted Hughes (nacido en 1930). Ambos tuvieron dos hijos, Frieda, nacida en 1960, y Nicholas, nacido en 1962. Su luna de miel la pasaron en España.

El primer título publicado por Sylvia Plath fue el poemario “El Coloso” (1960). Su principal libro es su novela “La Campana De Cristal” (1963), de carácter autobiográfico y firmada con el seudónimo de Victoria Lucas. Poco tiempo después de la aparición de este libro, Sylvia, poeta y novelista de gran sensibilidad y rica imaginería que se convertió en un icono feminista, se suicidó el 11 de febrero de 1963 en Londres. Está enterrada en el cementerio de la iglesia de Santo Tomás de la localidad británica de Heptonstall. Tenía 30 años de edad en el momento de su muerte, y su depresión crónica, su inestabilidad emocional y el affaire amoroso de Hughes con Assia Guttman, la esposa del poeta David Wevill, acrecentaron una vulnerabilidad que llevó a la muerte a la joven Sylvia. Assia también se suicidó, ella en el año 1969.

De manera póstuma aparecieron los libros de poemas “Ariel” (1965), uno de los títulos clave en su bibliografía, “Cruzando El Agua” (1971) y “Árboles Invernales” (1972). En 1977 se publicó una colección de cuentos, fragmentos de sus diarios y ensayos titulada “La Caja De Los Deseos” (1977), libro titulado en su versión original “Johnny Panic And The Bible Of Dreams”.

En el año 1981 se le otorgó el Premio Pulitzer por su obra poética recogida en “Poemas Completos” y un año después aparecieron sus “Diarios” (1982). También ha sido publicado un libro de relatos titulado “Johnny Panic y La Biblia De Sueños”.

POEMAS

 

El jardín solariego

Las fuentes resecas, las rosas terminan.
Incienso de muerte. Tu día se acerca.
Las peras engordan como Budas mínimos.
Una azul neblina, rémora del lago.

Y tú vas cruzando la hora de los peces,
los siglos altivos del cerdo:
dedo, testuz, pata
surgen de la sombra. La historia alimenta
esas derrotadas acanaladuras,
aquellas coronas de acanto,
y el cuervo apacigua su ropa.

Brezo hirsuto heredas, élitros de abeja,
dos suicidios, lobos penates,
horas negras. Estrellas duras
que amarilleando van ya cielo arriba.

La araña sobre su maroma
el lago cruza. Los gusanos<
dejan sus sólitas estancias.
Las pequeñas aves convergen, convergen
con sus dones hacia difíciles lindes.

 

Lorelei

No es noche ésta de ahogarse:
luna llena, reacio
río bajo luz suave,
acuosas nieblas bajan
tupidas como redes
cuyos dueños reposan,
traduciéndose en vidrio
lúcido mientras flotan
las torres del castillo
hacia mí hiriendo el rostro
del silencio. Ascienden
sus miembros poderosos
y álgidos, pelo grave
más que mármol, y cantan
de un mundo más amable
que ninguno. Estos cantos,
hermanas, sobrepasan
al oído gastado
que aquí, en el campo, escucha
bajo el orden impuesto.

La armonía caduca
el orden que vosotras
sitiáis con vuestras voces.

Vivís entre las rocas
de oníricas promesas
de refugio. De día
bajáis de la pereza,
de altas ventanas. Peor
que vuestro enloquecido
canto o mudez. La voz
de vuestro fondo llama:
embriaguez del abismo.

Oh río, veo tu larga
y honda línea argentina,
esas diosas de paz.

Piedra, piedra, me abismas.

 

Carta de amor

No es fácil expresar lo que has cambiado.
Si ahora estoy viva entonces muerta he estado,
aunque, como una piedra, sin saberlo,
quieta en mi sitio, mi hábito siguiendo.

No me moviste un ápice, tampoco
me dejaste hacia el cielo alzar los ojos
en paz, sin esperanza, por supuesto,
de asir los astros o el azul con ellos.

No fue eso. Dormí: una serpiente
como una roca entre las rocas hiende
el intervalo del invierno blanco,
cual mis vecinos, nunca disfrutando
del millón de mejillas cinceladas
que a cada instante para fundir se alzan
las mías de basalto. Como ángeles
que lloran por la gente tonta hacen
lágrimas que se congelan. Los muertos
tenían yelmos helados. No les creo.

Me dormí como un dedo curvo yace.
Lo primero que vi fue puro aire
y gotas que se alzaban de un rocío
límpidas como espíritus. y miro
densas y mudas piedras en tomo a mí,
sin comprender. Reluzco y me deshojo
como mica que a sí misma se escancie,
igual que un líquido entre patas de ave,
entre tallos de planta. Mas no pienses
que me engañaste, eras transparente.

Árbol y piedra nítidos, sin sombras.
Mi dedo, cual cristal de luz sonora.
Yo florecía como rama en marzo:
una pierna y un brazo y otro brazo.

De piedra a nube iba yo ascendiendo.
A una especie de dios ya me asemejo,
hiende el aire la veste de mi alma
cual pura hoja de hielo. Es una dádiva.

 

Espejo

Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.

Y cuanto veo trago sin tardanza
tal y como es, intacto de amor u odio.

No soy cruel, solamente veraz:
ojo cuadrangular de un diosecillo.

En la pared opuesta paso el tiempo
meditando: rosa, moteada. Tanto ha que la miro
que es parte de mi corazón. Pero se mueve.

Rostros y oscuridad nos separan
sin cesar. Ahora soy un lago. Ciérnese
sobre mí una mujer, busca mi alcance.

Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas
de la luna. Su espalda veo, fielmente
la reflejo. Ella me paga con lágrimas
y ademanes. Le importa. Ella va y viene.
Su rostro con la noche sustituye
las mañanas. Me ahogó niña y vieja

 

Una vida

Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.

He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
De un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.

Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.

A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.

Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.

Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.

Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.

Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.

Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.

Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.

 

Traducción de los textos Jesús Pardo

 

Bibliografía

 

Wikipedia

La red

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SENDERO DE SENTIMIENTOS | MARGARITA CAMPOS SÁNCHEZ

Aquel sillón de cuadros

Por: Inma J. Ferrero


Decía Almudena Grandes «Luego alcance a comprender, que el tiempo nunca se gana, y que nunca se pierde, que la vida se gasta, simplemente» Y es que, este es el tema central de este poemario que hoy presentamos el vivir en toda la dimensión de la palabra. En “SENDERO DE SENTIMIENTOS” de Margarita Campos Sánchez, la poeta nos habla en primera persona del saber vivir, de macharse el alma con cada sentimiento, a pesar de la herida que pueda causarnos. Por ello es este un sendero que debe recorrerse a pleno latido. Latido que nos lleva desde lo cotidiano a lo universal, y que da sentido al transcurso de los días a través de los momentos.

“Despierta,
que la vida te pertenece.
Solo tú debes vivirla.
No pienses en plegarte
cuál rama de olivo tierna.”

(Momentos, pág. 23)

“SENDERO DE SENTIMIENTOS” es una declaración poética sincera, pero también se trata de una poética dura e inflexible, donde los ángulos difusos que conforman la realidad son plenamente tangibles. Ya que, a través del verso, la poeta expresa sus dudas, miedos, anhelos e ilusiones, y como no, en este poemario la autora también nos habla de amor, pero no solo limitándose al amor hacia el amado, sino el amor más universal, mezclado sabiamente en su paleta vital ejemplo del vivir bien aprovechado.

“Si pintar se pudieran los besos y
las caricias pudiéramos plasmar.
Si diéramos color a la risa
y llenáramos de trazos al amor.”

(Pinceles, pág. 201)

La poesía de Margarita Campos Sánchez es intimista, fluyente, sincera, rítmica y ecléctica. Dónde el verso adquiere la personalidad pura de la voz sin subterfugios. Desnudos sus poemas del artificio de la retórica, adquieren una dimensión vital, dónde los sentimientos se muestran a flor de piel reclamando el derecho de alcanzar las más altas cimas. Este libro formado en su mayor parte por poemas cortos dará al lector la sensación de vértigo, la sensación insaciable de llegar al siguiente verso como único modo de alimento. Se advierte en este libro la transparencia en la expresión de percepciones y sentimientos abiertos de par en par; sin embargo, la poeta hace un uso magistral de la cadencia rítmica que otorga musicalidad y sublimación a las emociones, como en toda buena poesía debe suceder. Abunda el lirismo de la palabra buscando la sonoridad en la forma en cuanto a lo que se pretende transmitir. Destacan igualmente los paralelismos, las metáforas, y las personificaciones bien logradas de elementos percibidos por el sujeto poético que reflejan el estado anímico del mismo.

“Susurra este viento palabras dulzonas
como azúcar morena que derretida llega y
endulza sus hojas,
las palmeras la lamen golosas.”

(Palmeras, pág. 213)

Como ya he señalado, Margarita Campos Sánchez partiendo de los aspectos más cotidianos, nos va introduciendo y haciendo cómplices de sus más íntimos recovecos interiores: la soledad, la nostalgia, las heridas, pero siempre dejando la puerta abierta al amor, parte importante a lo largo de todo el poemario. Ya que es la conquista de este bálsamo el que endulza el alma y de donde surge la esperanza y la fuerza para continuar el camino. Otra parte esencial de este libro es la forma de concebir las sensaciones a través de la claridad expresiva sin ambages ni máscaras que permiten el acercamiento con el lector, quien recibe esa carga emotiva de forma directa como si de una música se tratara.

“Nuestros corazones laten
un poco más fuerte
ante este nuevo tiempo.
Solo faltas tú.
Dulce amor ausente.”

(Belleza, pág. 27)

De “SENDERO DE SENTIMIENTOS” de Margarita Campos Sánchez puedo decir como conclusión que es un poemario donde la emoción se convierte en voz poética que trasciende la estricta realidad que nos rodea y que se transforma de este modo en bella melódica que no deja indiferente.


“SENDERO DE SENTIMIENTOS”
Margarita Campos Sánchez
Editorial: Círculo Rojo
Colección: Poesía
ISBN: 978-84-9194-143-9
Formatos: Tapa blanda
Tamaños: 15×21
Páginas: 277

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“REGRESAR A CHILE”, DE JAVIER DÍAZ GIL | EL RETORNO A LA INFANCIA DE LA TIERRA.

Por: José María Herranz Contreras


Siempre se vuelve a los orígenes, suele decirse, a los ancestros. Tal es la necesidad de sentirnos partícipes de una comunidad, de la propia identidad. Participar de una “comunión” especial con el paisaje –las gentes y la propia naturaleza- es lo que subraya nuestra pertenencia a la comunidad humana, como bien subraya Aureliano Cañadas en el acertado prólogo de este nuevo trabajo, el más reciente, que nos entrega el poeta Javier Díaz Gil.

En este poemario el autor regresa simbólicamente a un lugar en el que nunca estuvo y que conformó el espacio mítico de su mundo artístico y moral, especialmente por la memoria de Pablo Neruda, el chileno universal que tanto cantó la naturaleza y el amor, y que tuvo la gran suerte de morir poco antes del golpe de estado del general Augusto Pinochet, el equivalente a nuestro Franco patrio. Gran suerte porque no conoció ni sufrió en persona las atrocidades del genocida contra sus gentes y que sumió al país en una terrible dictadura. El libro arranca con una cita, precisamente, de Pablo Neruda y otra de Ángel González. Preceden al texto dos prólogos, uno escrito por Aureliano Cañadas y el otro por María Eugenia López. Mientras el primero abunda en los aspectos interiores del viaje iniciático del poeta a esa tierra virgen e imaginaria –aprovechando el periplo físico, la anécdota del viaje, y remarcando una íntima comunión con la naturaleza- el segundo prólogo incide de forma más oscura y dramática, sólo sugiriéndolos, sobre la muerte, la tortura y la persecución política –el terror- que el dictador ejerció contra su pueblo.

Se vuelve, pues, decíamos, a los orígenes, aunque nunca se hubieran conocido, pero sí se hubiera formado parte de ellos en algún momento remoto del alma o quizá en otra vida. El libro se divide en un poema introductorio, “Iré a la infancia de la Tierra”, y en doce estadios, que marcan el itinerario del viaje simbólico y físico a lo largo de Chile. En ese lugar mítico la naturaleza es virginal y pura, pero también descomunal e inhumana. Intenta el poeta humanizarla –y lo consigue- comulgando con ella, haciéndola suya, entregándose al gran ser vivo y germinal que ella es. Ecos de la memoria de Neruda se suceden a lo largo del texto, evocación de la soledad, desolación que le producen los grandes desiertos y glaciares de Atacama y la Patagonia, compasión y recuerdo para las víctimas de la dictadura de Pinochet, sobrecogimiento sagrado ante la fuerza brutal de la naturaleza pura y viva que nos engendró.

El poeta es arrojado a la soledad personificada en el cielo inmenso, el océano, los desiertos, los glaciares, las descomunales cordilleras de los Andes, la dura luz y el viento despiadado, el silencio, en suma. Esa enajenación, ese disolverse en las fuerzas naturales, son descritas certeramente en los versos:

La palabra necesaria
alimento del dolor
y su remedio.

Saber que es posible
morirse
de silencio.

Todo viaje conlleva una experiencia drástica con la soledad. Pareciera que fuese necesario olvidarnos de nosotros mismos para encontrarnos, ya que al fin y al cabo nuestra identidad casi siempre es falsa:

En este final de travesía y niebla
permitidme levantar la vista,
reconoceros de nuevo,
reconocerme a mí mismo
en medio de esta noche
-la que me está alcanzando-.

José María Herranz y Javier Díaz Gil

El símbolo del ángel también orbita a lo largo del texto –metáfora muy querida por el autor en sus anteriores libros-, y sobre todo y finalmente la salvación por el amor, la recuperación del cuerpo amado, los ojos y la caricia de quien nos aguarda, aquello que realmente ancla al poeta a la tierra, a la vida concreta, tras esa comunión intensa con las fuerzas inmensas del sol, el viento y el mar. Completa también este tránsito por Chile, sin solución de continuidad, el paisaje humano de sus ciudades –lugar de acogimiento, contrapunto de los otros lugares descritos-, la memoria de las víctimas de la dictadura, y la compasión que siente por ellas, especialmente con un poema homenaje a Marcelo Eduardo Salinas Eytel.

Debo destacar también la cuidada edición de Lastura, especialmente la foto interior de la cubierta, y el índice tan original que detalla los lugares recorridos por el poemario. Con este libro, felizmente, se consolida la ya larga y destacada carrera literaria de Díaz Gil como poeta al que debemos seguir atentamente y al que debemos agradecer una poesía íntima, sincera y clara, que nos hace meditar y descubrir aquello que de, tan evidente, muchas veces lo tornamos oscuro.


REGRESAR A CHILE, de Javier Díaz Gil.
Prólogos de Aureliano Cañadas y María Eugenia López.
Lastura Ediciones. Colección Alcalima de poesía nº 98.
Toledo, 2017.
ISBN: 978-84-947779-5-0

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