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SIDDHARTHA EL CONOCIMIENTO DEL “YO” A TRAVÉS DE LA EXALTACIÓN DE LA VIDA

Aquel sillón de cuadros

Por: Inma J. Ferrero


Siddhartha fue publicado en el año 1922 por Hermann Hesse. Esta En esta corta novela inspirada en la vida de Siddhartha Gautama, Hesse no pretende reproducir fielmente la historia ni los mitos asociados al fundador del budismo. De hecho en la narración de la novela de Hesse se incluyen episodios inexistentes en la narración original. Estamos ante una de las obras más representativas del pasado siglo y que ha ejercido una gran influencia en la cultura occidental.

Esta novela fue concebida por el autor como una suerte de  ejercicio espiritual orientado al conocimiento del yo y a la exaltación de la vida, ya que es necesario saber quién eres para apreciar el valor real de las cosas. En una carta a Stefan Zweig, Hesse reconoce muy a su pesar: “¡uno se conoce tan poco”.  En su viaje a Italia en 1903, el escritor profundiza en su convicción de que la literatura debe estar en un segundo plano con respecto a la vida. Ya que no quiere convertirse en un erudito escondido tras las hojas de un libro, más bien quiere ser un paseante, un vagabundo. Vivir sin preocuparse por nada, formar parte del latido de la vida y no ser un mero espectador de las horas que pasan.

«Y en ese mismo instante en que el mundo que lo rodeaba pareció desvanecerse y él se quedó solo como una estrella en el firmamento, en aquel momento de frialdad y de desánimo, se irguió un Siddhartha más sólido y fuerte, más consciente que nunca de su propio Yo.«

En el año 1911 viaja a Ceilán e Indonesia, tratando de buscar una renovación espiritual, ya que no comulga ni con dogmas ni ortodoxias. Hesse entiende que el corazón del “hombre” siente un profundo anhelo de transcendencia. Pero defiende que la búsqueda de lo divino no debe privarnos de la vida, no podemos renunciar a ella durante el camino de búsqueda. Pero no debemos confundirnos, la materia no es deleznable, el paraíso se encuentra entre nosotros, en la tierra, Dios se halla en la naturaleza y por ende debemos escuchar nuestra voz interior.

“Cuando alguien busca, fácilmente puede ocurrir que su ojo sólo se fije en lo que busca; pero como no lo halla, tampoco deja entrar en su ser otra cosa; no puede absorber ninguna otra cosa, pues se concentra en lo que busca.”

El libro está dividido en tres partes, haciendo tal vez una clara referencia a los tres actos aristotélicos o a la trinidad. Esta división corresponde a la juventud, madurez y vejez del personaje. Siddhartha aúna en su viaje hacia la sabiduría: humanidad, desdicha, juventud y vejez, paz y angustia, codicia y ascetismo, riqueza y no pobreza… nos introduce en su mundo, su cultura y sus pensamientos, vemos como va evolucionando, cambiando para llegar a la plena sabiduría y como no, a la gran y tan esperada “verdad”.

Cada parte se divide en cuatro capítulos que forman escalones ascendentes, en total 12 espacios como los doce meses o los doce apóstoles. El libro termina con una explicación en términos cristianos de todas las conclusiones a las que llega el personaje, esto hace al libro más accesible al lector de la época.

En sus páginas, el autor ofrece todas las opciones espirituales del hombre. Herman Hesse buceó en el alma de Oriente a fin de aportar sus aspectos positivos a nuestra sociedad, ya que sostenía que «La verdadera profesión del hombre es encontrar el camino hacia sí mismo.»

Siddharthadeja su vida acomodada para buscar la sabiduría y encontrar las respuestas a muchas dudas sobre el «yo», el destino y otras preguntas que se plantea el ser humano. Al dejar atrás su vida como hijo de un brahman, busca su propio camino, en este, nos va descubriendo cronológicamente  sus pensamientos y emociones con ellos nos suscitará infinitas reflexiones. En su búsqueda le acompañará su amigo Govinda. Ambos pasarán por distintas fases y estilos de vida, con nuevos renaceres.

«Esto es lo que me las hace tan entrañables y dignas de respeto: son mis semejantes. Por eso puedo amarlas. Y he aquí una doctrina de la que vas a reírte: el amor, Govinda, me parece la cosa más importante que existe.»

Por lo que este libro no solo habla sobre la vida del personaje de un modo aséptico, también habla sobre la amistad y el amor entretejiendo los principios budistas. Siddhartha es la encarnación del ideal budista sin ser el Buda (la palabra Buda se puede traducir como «el despierto», «el iluminado»). Este encuentra la sabiduría después de una vida plena en todos sentidos. Dicha vida se parece a la de cualquier hombre y en algunos momentos, los menos, es excepcional. En el libro Siddharta lucha en su búsqueda de la sabiduría y la felicidad, queriendo vencer el dolor, habla con el Buda, este le muestra su conocimiento de la doctrina y expresa el error que ha encontrado en ella. El maestro lo escucha, lo felicita, le desea lo mejor y al final le hace notar que también hay un error en su análisis, en sus palabras. Es decir, Hesse se da tiempo de jugar al abogado del diablo y ejercer la autocrítica.

“El saber es comunicable, pero la sabiduría no. No se la puede hallar, pero se la puede vivir, nos sostiene, hace milagros: pero nunca se la puede explicar ni enseñar.”

Nos encontramos, pues, ante una gran obra, corta, pero intensa y difícil de reseñar debido a su aspecto intimista y su carácter introspectivo. Tiene párrafos para leer y releer, para reflexionar, por lo que cada lector sacará diferentes sensaciones al leer esta obra, y también dependiendo del momento vital en el que la lea, se sentirá identificado con Siddhartha. 

Esta novela de Hesse, es una joya que todos deberíamos leer al menos una vez. Una novela que habla del yo y del ser humano, de distintos modos de ver y vivir la vida. Un libro para aprender y reflexionar. En definitiva un libro brillante.


Siddhartha

Autor: Hermann Hesse

Editorial : DEBOLSILLO

Tapa blanda : 216 páginas

ISBN-10 : 8499899854

ISBN-13 : 978-8499899855

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POESÍA Y MÚSICA ESA RELACIÓN ¿AMOROSA?

El Atelier

Por: Inma J. Ferrero


Pese a que el ser de la música y el ser de la poesía son distintos, tanto por su origen, sus métodos y procedimientos, hay instantes de revelación o de creación en los que la música desemboca en la formación de un universo poético, y momentos en que la poesía propicia y da forma a un contenido o universo musical. Y es que la música y la poesía siempre han estado íntimamente unidas. La música obra en el sonido y el silencio, la poesía obra en la palabra. Sin embargo, las palabras también conllevan sonido y silencio. La música también conlleva significado por sí misma, igual que las palabras, y es aquí donde encontramos la estrecha relación que las enlaza y funde.

A través de la historia de la cultura y remontándonos a la antigua Grecia, nos encontramos tres tipos diferentes de poesía: lírica, dramática (teatral) y épica (narrativa). En este punto es importante subrayar que la poesía lírica se acompañaba de la música de la lira, y que los rapsodas cantaban los versos. Por lo que es importante subrayar que muchas de las obras maestras de la música han partido de un texto o un contexto literario, y muchas otras obras literarias, también grandiosas, han partido de un punto únicamente musical. Así podemos poner como ejemplo la audición de dos obras muy conocidas, la Sexta Sinfonía de Beethoven llamada “Pastoral”, cuya expresividad es la poetización de lo que acontece en el campo. De forma contraria, podemos poner la Octava Sinfonía, del mismo autor, donde la música es creada desde sí misma y no expresa absolutamente nada literario o visual y es considerada como ejemplo de “música pura”.

Son muchos los autores que han escrito sus poemas para la música, tal es el caso de Rosalía de Castro, que escribió sus versos “Cantares Gallegos” a tal fin.

  “As de cantar
Meniña gaiteira,
As de cantar
Que me morro de pena

Canta meniña
Na veira da fonte,
Canta dareiche
Boliños do pote.

Canta meniña
Con brando compas,
Dareich' unha proya
Da pedra do lar…”

Por lo que podemos sostener que una sola palabra es capaz de desencadenar todo un contexto musical; asimismo, una nota musical, un motivo o un timbre de cualquier instrumento, contextualizándolo de determinada manera, puede desencadenar una serie de pensamientos poéticos, filosóficos, sociales, retóricos, etc., y también expondrían un sin fin de posibles relaciones entre palabra y música.

La palabra desde el ámbito de la poesía adquiere una musicalidad propia, creando así la eficaz comunicación del ser aún más abstraído, tal es el caso del llamado “Cancionero” donde los poemas se agrupaban en canciones y decires: las canciones eran escritas para ser cantadas, e incluso existieron Cancioneros musicales; y los decires que se escribían básicamente para ser leídos o recitados. La poesía pues, tiene ese elemento, en determinados estilos, común e indispensable con la música, y esto es la abstracción, cosa que no logran otras formas de escritura como la prosa.

Cualquier cosa escrita o dicha, nos sugiere un ritmo o nos refiere cierta entonación. Cualquier melodía, nos hace pensar e imaginar tantos universos como sean posibles. Según Humberto Eco, las obras literarias nos invitan a la libertad de la interpretación, porque nos proponen un discurso con muchos niveles de lectura y nos ponen ante las ambigüedades del lenguaje y de la vida.

El ritmo es a la música lo que la palabra a la idea y el paralelismo que esto conlleva hace un todo más completo y complejo, decía Vicente Aleixandre: “La música es la poesía que ha transcendido porque no necesita de la palabra”. Y es que la idea de música siempre ha ido insertada de alguna manera en la poesía, ya sea explícita o implícitamente, deduciendo esa “musicalidad” (ritmo) que nos resuena mentalmente mientras leemos o escuchamos algún verso rimado.

La primera impresión: Cuando usamos un texto para la música, nos viene a la mente algún tipo de melodía que exprese la idea textual, cuando hay recitador y el texto no se canta; de todas formas, inconscientemente, buscamos la forma de que la música exprese lo dicho. Un buen ejemplo al respecto es “As froliñas dos toxos” poema de Antón Noriega Varela, fueron musicadas por el compositor catalán Eduard Toldrá en 1951, el cual también puso música al hermoso poema “Madre unos ojuelos vi” del poeta Lope de Vega.

  “Madre, unos ojuelos vi.
verdes, alegres y bellos.
¡Ay, que me muero por ellos,
y ellos se burlan de mí!
 
Las dos niñas de sus cielos
han hecho tanta mudanza,
que la calor de esperanza
se me ha convertido en celos.
Yo pienso, madre, que vi
mi vida y mi muerte en ellos
¡Ay, que me muero por ellos,
y ellos se burlan de mí!
 
¡Quién pensara que el color
de tal suerte me engañara!
pero ¿quién no lo pensara,
como no tuviera amor?
Madre, en ellos me perdí,
y es fuerza buscarme en ellos.
¡Ay, que me muero por ellos,
Y ellos se burlan de mí! "

Sin querer sobreponer la palabra a la música ni darle mayor relevancia sobre las artes como algo necesario, diremos que sin las palabras, sin el texto o sin la partitura, la ejecución y la audición poco o nada podría expresarse.  Ya que ambas manifestaciones son necesarias para la comunicación. Llegamos pues a la idea del “contexto” de la creación artística que se desarrolla en un mundo que comprende paralelismos, convergencias y divergencias entre el arte y la música con respecto a la palabra. Llegados a este punto, para mí es importante señalar que en ningún momento quiero decir, ni insinuar que la música esté a merced del texto o que el texto explique lo que suena, ya que no siempre sucede así.

La música creada en relación con algunas formas poéticas, es otro recurso recurrente en la composición. Ya que la relación música-poesía o poesía-canto no es nada nuevo, pues a través de la historia contamos con muchos ejemplos a este tenor. Conviene señalar que no son sólo los poetas desde el siglo XVII al XXI, los que han escrito poesía para la música o poesía que más tarde ha sido musicada, sin que haya tenido nada que ver en ello el deseo del autor. El interés de la música, más concretamente de los compositores, hacia la poesía también recae en la poesía medieval, renacentista, romancista, etc. Como es el caso de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Lope de Vega, incluso Jorge Manrique, del cual han sido musicadas sus “Coplas” por el vihuelista y compositor Alonso Mudarra, gran exponente del Renacimiento español, que publicó en Sevilla en 1546, sus “Tres libros de música en cifra para vihuela”

Este también es el caso de “Rimas y Leyendas”, la obra más célebre de Gustavo Adolfo Bécquer. Muchos de los poemas de este libro fueron utilizados por el compositor Isaac Albéniz, para componer música destinada al acompañamiento del canto o la recitación, lo que supuso una de las primeras obras para voz y piano del genial pianista y compositor. Como ejemplo, la rima VII.

 "Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.
 
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
 
¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: «¡Levántate y anda! "

En el caso de León Felipe muchos de sus poemas fueron recogidos en un álbum que lleva por título “Versos y canciones de caminante” y que fue nominado y finalista como “mejor álbum de música clásica” en los premios nacionales de la música independiente (MIN). En el caso de Miguel Hernández, Antonio Machado y Rafael Alberti, son muchos los cantautores que han llevado sus poemas a la música, como es el caso de Joan Manuel Serrat, Amancio Prada, entre otros.

Llegados a este punto y para finalizar, solo me resta señalar que el reencuentro de lo musical con lo poético se produce en ese horizonte en el que ambas artes trascienden sus limitaciones, y que ambas están destinadas a permanecer enlazadas entre sí a lo largo del tiempo, puesto que el objeto poético no es exclusivo de la poesía o la palabra, como el objeto musical no se limita única y exclusivamente a la especialización del oficio de músico. No cabe la menor duda: A la sensibilidad interna e incluso externa, que al momento de enfrentar la poesía a la música, ambos elementos estarán presentes uno en otro, y seremos capaces, según nuestra competencia sensible, de notar los paralelismos entre una y otra y de generar convergencias, o de acertar en los puntos en que se unen y separan poesía y música.

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INMACULADA NOGUERAS: «LA PALABRA ES EL VEHÍCULO FINAL QUE ENLAZA LOS IMPULSOS SUBLIMINALES, EL ANÁLISIS INTERIOR.»

Por: Isabel Rezmo


La poesía es una línea continua en el espacio y tiempo. Todo proceso creativo conlleva un acto primero de introspección, luego de convicción y finalmente de expresión y comunicación. El poeta se pone frente al mundo: ve, observa, contempla y escribe. Un diálogo interno, donde habitualmente hablamos con nuestro yo personal y con el mundo.

La poesía es exigente. Nos impone un sacrificio, un ideal asentado en nosotros donde confluye la emoción y el sentido. La imagen de un mundo y la trascripción de ese mundo en la palabra. Así se hace el poeta, y se entiende como el precursor de la palabra, de hacerse poema, de convertirlo en su única verdad.

En Proverso queremos hablar hoy con la poeta Inmaculada Nogueras Montiel. Una mujer, poeta, amiga, que entiende la palabra. Entenderla es difícil, no se convierte en un medio para expresar solo la emoción.

Inmaculada Nogueras (Granada). Es historiadora, poeta, prosista, prologuista y organizadora de multitud de eventos en Granada: (Homenaje Pablo García Baena, Homenaje Walt Whitman, Homenaje Gustavo Adolfo Bécquer, Encanto ibérico, Feria del libro Hispanoárabe de Granada, Grito de mujer, cenas poéticas, etc.).
Ha participado en diversos recitales, Varias ediciones del premio Ciudad de Cabra, Ciudad de Úbeda, Poetas Andaluces de Ahora y múltiples Antologías en España, Argentina y Paraguay, entre las que se encuentra «Mujeres y sus plumas» declarada de interés cultural.
Superó el Mooc sobre Federico García Lorca en la UGR. Miembro del Centro Artístico Literario y Científico de Granada, Asociación Literaria y Artística Aliar, Taller Literario Jorge Milone. Ha realizado Entrevistas o colaboraciones regulares de las revistas Estrechando, Azahar, Repoelas, Aschel Ediciones y varias radios de España y Sudamérica.

Cuenta con dos cursos de relato y poesía en la Escuela de Escritores y la Escuela de Creatividad y Desarrollo. Es embajadora de la Palabra para España por la Fundación César Egido Serrano de Madrid.
Coautora de «Aires de Andalucía» y Autora de Kilómetro cero. Finalista en el XX Certamen literario «Experiencia y vida».

Inmaculada Nogueras

RP: Buenas tardes Inma, ¿qué es para ti la palabra?
IN: La palabra tiene un poder impresionante; ya en la Biblia se dice que el verbo se hizo carne. Para mí la palabra es el vehículo final que enlaza los impulsos subliminales, el análisis interior, la percepción del entorno para, una vez conseguida la convicción, permitirnos la expresión consciente con uno mismo y, por extensión, la comunicación con los demás.
RP: ¿Cuándo nace en ti el amor por la palabra?
IN: La palabra nace y convive con nosotros. Desde que recuerdo amo la poesía. Creo que la descubrí cuando, con doce años, me encontré con Platero y me enamoré de él.
RP: ¿Crees que el poema solo supone expresar una emoción, o implica algo más?
IN: La emoción es quizá la chispa. Un poema conlleva algo más que expresar la exaltación momentánea, es como un chorro de agua fresca resultante de un trabajo y una lucha a veces exhaustiva. El poema comprime a la vez que libera y surge de la cohesión entre el yo interno y el exterior dando lugar a la convicción. Pero también es la expresión de las dudas, certezas y preguntas fundamentales del ser humano. Tras este proceso, pasamos a trasladar y compartir lo más profundo de nosotros mismos.
RP Si tuvieras que explicar qué supone para ti la poesía? ¿Cómo lo explicarías?
IN: Diría que la poesía es sinónimo de volar, es abrazarse a uno mismo y darse a los demás a la vez. Es gozar las pequeñas cosas, percibir lo que nos rodea con ojos diferentes y sobre todo, una peculiar y exigente forma de autoanálisis que lleva a desnudarse para relacionarse con el mundo
RP: ¿Qué verso utilizarías para poder definirte?
IN: Es difícil definirse uno mismo porque somos un compendio prieto que incluye multitud de contradicciones, pero lo haría con el siguiente: Y quise ser racimo, espiga, flor /de aquella humanidad que subyace perdida.
RP: Eres una gran lectora, ¿Qué autores te han cautivado más?
IN: La lista podría ser enorme y depende de cada época de mi vida, citaré algunos. Ya he dicho que Platero me fascinó, por lo tanto Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Cervantes, Dostoievski, Knut Hamsun, Aleixandre, García Lorca, Teresa de Cepeda y Ahumada, S. Juan de la Cruz, Kafka, Ibsem, Torrente Ballester, James Joyce, García Márquez, Daniel Defoe, Pérez Galdós, Manuel Altolaguirre, Ángel González, Elena Martín Vivaldi, Doina Rusti, Oliverio Girondo… y un sin fin más.
RP: Con todas las plataformas, librerías, tablets…. Aplicaciones que fomentan el conocimiento y la lectura, ¿Por qué seguimos siendo de los países que menos se lee y que más autores escriben?
IN: Solo puedo lanzar una teoría basada en el carácter español. Aquí se soluciona la vida, la política, la sanidad, la cultura, en la barra de un bar. Con una seguridad apabullante somos capaces de opinar sentando cátedra sobre cualquier materia, aunque no tengamos ni idea … Lo demás es deducible: Exceso de confianza en nuestras aptitudes sazonado con su pizca de incultura.

Inmaculada Nogueras, firma de libros

RP: ¿Se ha perdido la pureza y la calidad en la poesía?
IN: Creo que la calidad y la pureza en la poesía no se perderán mientras quede aunque sea un solo buen poeta, eso sí, en la actualidad esas cualidades van por barrios. No tengo duda de que esta generación tendrá, como todas, magníficos poetas y, al contrario que en otras, un exceso de poesía mala o mediocre.
RP: Después de la edición de Kilómetro Cero en 2019, ¿tienes pensado nuevos proyectos? ¿Qué supuso para ti escribir este libro?
IN: Tengo preparado un libro de sonetos y otro de relatos. Actualmente trabajo en una novela, sin embargo, las circunstancias actuales no propician la publicación a corto plazo.
En cuanto a Kilómetro cero he de decir que me ilusionó mucho recopilar poemas de distintos momentos de mi vida, y publicarlos fue una etapa necesaria y muy satisfactoria, aunque no he podido promocionarlo debidamente a causa del parón que sufrimos.
RP: La mujer se sigue cuestionada en un mundo literario que a pesar de los avances y de la gran cantidad de mujeres que escriben , sigue dominado por los hombres. ¿Cuál es tu percepción?
IN: En esta cuestión no puedo dejar de sentir un regusto amargo. La historia está plagada de mujeres excepcionales cuyo trabajo fue aprovechado por un padre o un marido, hubo otras muchas que fueron profesionales del arte, sobre todo de la pintura, pero años y años de predominio masculino las ha relegado al olvido. Recomiendo un libro de Ángeles Caso: «Las olvidadas» que toca este tema de lleno. Las mujeres siempre han estado ahí, como pintoras, escritoras, filósofas, matemáticas y en todas las artes o disciplinas y sí, opino que en la actualidad se cuestiona su trabajo literario en muchas ocasiones.
RP: Muchísimas gracias por tu tiempo.
IN:
Gracias a vosotras por vuestro excelente trabajo y por la deferencia que habéis tenido conmigo.

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LA VIDA MENTIROSA DE LOS ADULTOS, DE ELENA FERRANTE

El Anaquel

Los libros liberan más que nutren y quiero ser testigo de esta liberación.

Por: Matteo Barbato


La vida mentirosa de los adultos es el viaje iniciático de Giovanna, una adolescente napolitana que emprende el camino hacia la vida adulta. Su relato es un puño en el estómago, un éxodo interior, una voz, cruda y visceral, que, desde la inocencia, descubre cómo se desmorona el mundo conocido. La protagonista oye decir a su padre algo banal, pero demoledor («Dos años antes de irse de casa, mi padre le dijo a mi madre que yo era muy fea») y que empieza a parecerse a su tía, una tal Vittoria, que ella ni conoce. Presa del pánico, comienza a investigar sobre ella, descubre que encarna la envidia y la maldad y no comprende cómo puede ser tan parecida a esa desconocida.

Fea es la palabra que marca el final de su infancia, máxime cuando esa palabra es pronunciada por su padre, personaje idealizado hasta el momento. Giovanna vive un auténtico desbordamiento, un terremoto emocional tan grande como una traición, descubre una vida de mentiras tan dolorosas como el ingreso de su inocencia en la vida adulta. Giovanna averigua nuevos indicios y matices de una vida familiar anteriormente idílica y ahora despreciable; conoce los barrios mugrientos y desconocidos de una ciudad de contrastes, abraza las distancias inalcanzables de la clase burguesa y de los barrios pobres de la Nápoles de los ’90, descubre las calles degradadas del Pascone, asimila la ambigüedad y la dualidad del ser humano, se mueve entre  fealdad-belleza, verdad-mentira, simpleza-complejidad… descubre un mundo de ambigüedades, locuras, falsedades.

Mentir es avanzar hacia la edad adulta, es buscar alternativas en el mal, en lo prohibido. Giovanna conoce a Vittoria, odiada y ninguneada por sus padres, y con ella una realidad fuerte, visceral, descarnada, feroz y llena de matices, la de unos adultos hipócritas y llenos de apariencias (todos ocultan sus infiernos). Su respuesta se mueve entre el rechazo al mundo conocido y la aceptación de este mundo al que es difícil amoldarse. El dolor es inevitable.

A partir de entonces, Giovanna, bautizada “Giannì” como por arte de magia, deberá redibujarse a sí misma, encontrar su centro, tantear el lugar que el mundo le ha reservado para ella. El amor, tan idealizado anteriormente, es ahora oscuro como los vidrios de los baños públicos.  

(…) queste righe che vogliono darmi una storia mentre in effetti non sono niente, niente di mio, niente che sia davvero cominciato o sia davvero arrivato a compimento: solo un garbuglio che nessuno, nemmeno chi in questo momento sta scrivendo, sa se contiene il filo giusto di un racconto o è soltanto un dolore arruffato, senza redenzione.

Elena Ferrante, una autora anónima conocida en todo el mundo… una mujer oculta (casi seguro se trata de una mujer) que en su literatura se desnuda.

Su capacidad de evocación y la fluidez de su estilo nos regalan una narrativa fuerte, potente, nunca banal. Sus personajes son retratos psicológicos construidos de forma exquisita y la sencillez de su estilo tiene el don de conquistar el gran público.

Recomendable, como cualquier libro suyo.

«No me arrepiento de mi anonimato. Descubrir la personalidad de quien escribe a través de las historias que propone, de sus personajes, de los objetos y paisajes que describe, del tono de su escritura, no es ni más ni menos que un buen modo de leer», comentaba Elena Ferrante a Paolo di Stefano en una entrevista vía mail para Il Corriere della Sera.


La vida mentirosa de los adultos

Elena Ferrante

EDITORIAL: Lumen

PRECIO: 19.90€

Tapa blanda

TRADUCCIÓN: Celia Filipetto Isicato

368 páginas

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DE LA NATURALEZA DEL AMOR Y LA LENGUA DE EROS

Por: Antonio Tello


I

El amor es un sentimiento que nace de la pulsión reproductiva y dota al instinto de supervivencia de categoría emocional que eleva al homínido por encima de la animalidad y lo dispone para el proceso civilizador. Puede inferirse que el momento en que se dio este paso crucial en la historia de la humanidad fue cuando, por algún motivo, durante la cópula posterior, la hembra se giró, el macho la penetró y, mientras se consumaba esta nueva forma coital, ambos pudieron abrazarse, acariciarse y gruñir de placer mirándose mutuamente. Ver y oír al otro [y ser mirado y oído por él] en el momento de la cópula generó en el cerebro de estos homínidos un placer mayor que el que habían experimentado hasta entonces; un placer que un día descubrieron que se prolongaba más allá del abrazo provocándoles una sensación que era como un eco indefinible de la sensación física.

Esta sensación nueva, más constante y perturbadora que la física, se extendió a medida que los individuos entregados a la cópula reproductiva empezaron a reconocerse entre sí y a necesitarse para sentirse uno siendo dos. En este estadio de la mecánica reproductiva, el amor surgió como una fuerza poderosa de atracción que no sólo favorecía la continuidad de la especie, sino que también aseguraba y organizaba la alimentación de la pareja, la prole, la familia, el clan, la tribu, etc. Es decir que, de un modo casi espontáneo, el amor permitió a la supervivencia del grupo dar un salto cualitativo 1 . Sin embargo, esta cualidad del sentimiento amoroso fue menospreciada por el homo erectus que blandió como arma la quijada de una osamenta. No fue hasta el siglo I, cuando Jesús enunció por primera vez la noción de amor al prójimo, que el valor del amor como factor de cohesión armónica de la comunidad fue reivindicado.

Pero para entonces el golpe asestado por el hombre primitivo para asegurar su poder ya había abierto un profundo tajo en el amor original. Y fue por esta herida que los poderes político y religioso filtraron sus sistemas de valores ideológicos y morales y contaminaron el concepto de amor con propiedades ajenas a su genuina naturaleza haciéndolas aparecer como cualidades intrínsecas. Entre estas, quizás las más dañinas para la plena realización amorosa son el dominio y la propiedad. A través de estos dos
agentes, el amor fue sacado de la intimidad y expuesto a la mirada social, la cual lo acotó al ámbito institucional –matrimonio, civil o religioso, u otras formas de emparejamiento reconocidas por las leyes- y lo supeditó a las jerarquizaciones culturales rompiendo el equilibrio íntimo del abrazo y favoreciendo el dominio de uno sobre otro. Cuando esto sucede, es decir, cuando uno de los miembros fagocita al otro, el amor desaparece porque se destruye la unidad de dos que constituye la piedra angular de su existir. El «placer de convertirse en dúo indivisible, invisible, indisoluble, es una de las características más hermosas del amor».

La idea de esta unidad de dos hay que buscarla en el mito del andrógino. Según se lee en El banquete de Platón, los andróginos eran seres dobles, tan fuertes e inteligentes que los dioses, sintiéndose amenazados, los dividieron. Desde entonces, esos seres demediados se buscan. Del mismo modo que los andróginos divididos, los humanos son seres incompletos, para quienes el deseo amoroso es acaso una necesidad perpetua de compleción. Una compleción que quizás se produjo por primera vez cuando el macho y la hembra homínidos se miraron a los ojos durante el placentero instante de la cópula dejándoles una huella indeleble. Quizás ese fue el instante en que Psique y Eros se reconocieron, en que el alma y el cuerpo establecieron un pacto para prolongar el gozo de la unidad más allá del placer orgánico. El fruto de este pacto es lo que se ha dado en llamar amor. Ahora bien, el amor es un sentimiento complejo en el que concurren varios agentes activos, de los que son fundamentales el deseo y el placer.

¿Puede definirse el deseo? Ya en su misma morfología la palabra expresa su tendencia a la disolución. Como afirma Jean-Didier Vincent, el deseo «designa un estado interior, una tendencia vivida por el sujeto sin pasar necesariamente a la acción». El deseo manifiesta una necesidad que surge de la experiencia del goce y que se manifiesta como una voluntad de obtener una recompensa, la cual está representada por el placer. Antes que el amor, el hombre primitivo descubrió el goce físico que le proporcionaba la cópula y, merced a la necesidad –el deseo-, de repetir este goce, superó el cíclico impulso sexual de fines reproductivos. Este individuo fue quien, movido por ese deseo, empezó a domesticar el instinto y a utilizarlo para el acto voluntario de consecución del placer.

Lo que suele hacer imperioso y hasta insoportable el deseo es su vínculo con el instinto, por lo cual no es una manifestación enteramente espiritual sino un estado subyacente de la pasión, entendida esta como un resabio de la animalidad en la conducta humana apenas disimulada por el pensamiento, el lenguaje y los hábitos culturales. No obstante, la pasión no debe interpretarse como un factor negativo sino como una fuerza natural que permite al hombre crear el mundo al aunar «como una sinfonía coral, las pasiones de los seres que lo habitan y los concierta para vivir unidos, conservando sus distinciones», según Carlos Gurméndez.
Objeto y consumación del deseo es el placer. Este, que puede ser medido como una magnitud biológica, es a un tiempo «estado y acto» 7 que confiere dicha y luminosidad al cuerpo. La caricia lo provoca y lo llama a manifestarse en la superficie de la carne y, cuando lo consigue, lo induce a una implosión que se extiende por todo el cuerpo como una singular corriente de alegría y felicidad que da sentido a la cópula y, al perdurar como un oscuro latido interior, instala a los amantes en el punto de partida, extenuados y sedientos de una nueva compleción.

Epicuro: Sobre el placer y la naturaleza

A causa del placer, el sentimiento amoroso se identifica con la armonía y la belleza y, en su proyección social, con la bondad, la paz, la solidaridad y el bien de la comunidad.
El amor excluye por naturaleza, la fealdad, el mal y el dolor, porque, como en el siglo III anotó Diógenes Laercio en el libro dedicado a Epicuro, el placer «es conforme a la naturaleza» y el dolor «le es extraño». De aquí que podamos «distinguir entre las cosas que hay que elegir y las cosas que hay que evitar». En este sentido, Octavio Paz 8 afirma que «el amor nace a la vista de la persona hermosa [que el amante ve hermosa]» . Así pues, aunque el deseo es universal y aguijonea a todos, cada uno desea algo distinto; unos desean esto y otros aquello. El amor es una de las formas en que se manifiesta el deseo universal y consiste en la atracción por la belleza humana [física y espiritual].

La noción del amor platónico, prefigurada en el mito del andrógino, surge como una reivindicación humana frente al poder de los dioses. Los amantes son quienes trazan su destino –realización y consumación del amor- apelando a la autonomía humana en el mundo, la libertad de seres conscientes de existir merced al pacto entre Psique y Eros [alma y cuerpo en la tradición judeocristiana] que los eleva por encima de la animalidad y al mismo tiempo les exige responsabilidad en sus actos. La idea de un yo consciente de su propia existencia, responsable de sus actos y dueño [libre] para realizar su destino en complicidad con otro yo semejante, plantea la existencia del amor desde la razón y no como un don inspirado por un ser superior y condicionado por su voluntad a través de su religión. Esta concepción platónica del amor, que aún subyace en el imaginario de Occidente, se opone a la concepción de la tradición judeocristiana, que la entiende y la impone a la sociedad como parte de su sistema religioso y, por tanto, del código moral que lo rige.

La expulsión de Adán y Eva del Paraíso, en la CApilla Sixtina del Vaticano. / Miguel Ángel.

Si bien en el Génesis (Gn. 2, 21-23) la creación de la mujer a partir de la costilla del hombre parece un vestigio del mito del andrógino, Adán y Eva no se conocen hasta que ella prueba el fruto del árbol de la ciencia, del Bien y de la Mal instada por la serpiente, que puede tomarse como un trasunto de Eros. Es así como Eva vio que el fruto de ese árbol era «bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr la sabiduría» (Gn. 3, 6), y lo comió. Al hacerlo, ella y Adán se vieron en su desnudez, es decir, en su naturaleza humana hasta entonces vedada por la divinidad. A diferencia de la pareja homínida que superó el estadio de la animalidad al verse entre sí durante la cópula, la pareja adánica fue expulsada del Paraíso cuando perdió la inocencia edénica y el conocimiento les descubrió sus cuerpos.
Desde ese momento, ambas parejas tomaron conciencia de su autonomía y aprontaron sus vidas para la habitación del mundo. Sin embargo, mientras que para la pareja platónica la unión de los cuerpos y de los espíritus fue motivo de dicha, exaltación del placer y acto de emancipación frente al poder de los dioses, para la pareja adánica la cópula trajo consigo el recuerdo de la caída, el sentido del pecado que contaminaba el abrazo con el sentimiento de culpa y desencadenaba el dolor.

«Cantar de los cantares IV» (1958), de Marc Chagall

Esta concepción antinatural de un tipo de amor que reniega del placer carnal y tiene a la cópula como una inevitable necesidad acotada a su función reproductiva ha sido fuente permanente de violencia. Salvo en esa isla de amor luminoso que constituye el Cantar de los cantares, la letra del Antiguo Testamento, prohijada por el fundamentalismo yahvista, inficiona el amor humano de una moral sobre la que se sustenta una cultura intolerante que alimenta desde el repudio, cuando no el asesinato, de los amantes extrañados por la ley divina hasta las guerras santas y cruzadas contra pueblos de otras creencias o de distintas sectas.
Esta violencia, fruto de la represión a la que es sometida la carne, también se manifiesta contra el individuo, el cual busca salida a esta negación a través de la flagelación, la tortura o la automutilación, que ejemplifican la autocastración de Orígenes de Alejandría, cuando el deseo se le hizo insoportable, y el cegamiento de Lucía de Siracusa, para negar su belleza. El intento de Jesús de paliar los efectos de esta disfunción introduciendo la noción del amor al prójimo ha evitado que se perdiera definitivamente el contacto con la naturaleza, pero no ha conseguido liberar al ser humano occidental del sentimiento de culpa que se hace presente en la consumación carnal del amor.

En la naturaleza del verdadero amor están presentes el cuerpo y el alma, ambos, en tanto unidad que busca la unidad, persiguen el placer, la dicha, la belleza y, en definitiva, la justicia. El amor es ajeno al dolor, a la apropiación y al dominio del uno por el otro y, en consecuencia, a la violencia. Su consumación excluye cualquier código moral porque en sí mismo el amor constituye el bien, la felicidad y la libertad. Un sentimiento que permite medir el grado de humanidad que separa al hombre del animal.

II

La realidad amorosa es la fuente de un poderoso lenguaje que comunica los cuerpos, pero que desaparece en cuanto trasciende la intimidad y se socializa. Lo que llamamos lenguaje erótico es en realidad un artificio lingüístico que en cierto modo traiciona el lenguaje amoroso original. Este lenguaje, que excita el cuerpo de los amantes, es expresión de una realidad acotada en el abrazo. Se trata de un lenguaje hecho de sonidos ininteligibles, fonemas inarticulados y palabras -quizás reconocibles, domésticas, ordinarias y procaces en el mundo exterior-, que en ese momento y lugar tienen la virtud de transformar la mecánica del acto sexual en una metáfora de los sentidos y disolver la carne en algo genuino y luminoso.

Por esta razón, cuando los amantes entran en el territorio de la intimidad dejan en la frontera social el lenguaje instrumental con el que se comunican con los demás y emplean uno propio, original e intransferible, que, apartándolos de todo aquello que los enajena de su propio mundo, los adentra en un universo donde el placer es representación sentida de la eternidad. Un universo donde las palabras sociales se revelan inútiles para definir y expresar esa realidad hecha de pálpito e intensidad. Si, por ejemplo, decimos «caricia» es tan amplio el campo semántico social de esta palabra que es imposible que transmita todo lo que el gesto que representa lleva consigo. La palabra no puede transmitir lo que produce el roce en la piel, el temblor interior del sexo, la temperatura de los labios, el recorrido por las curvas, volúmenes y anfractuosidades del cuerpo. La lengua social no puede penetrar al fondo de la caverna de Eros y, detenida en su boca por la convención, busca la complicidad de los labios para someter el símbolo e igualmente fracasa. Más, en la insistencia y en la repetición de ese fracaso, la lengua de los amantes encuentra el ritual que expresa el sentido de la carne viva y, en esta liturgia, ellos se descubren hablando un lenguaje que no responde al orden lingüístico, sino al exclusivo orden del placer sexual, que es indefinible e innombrable. Sagrado.
De esta cualidad del placer se infiere que en su jurisdicción, el significante precede al lenguaje y el significado es extra verbal. No puede, por tanto, hacerse inteligible sino en ese instante y en ese lugar, y en correspondencia a la sinceridad de los cuerpos de los amantes. Hecho este que pone de manifiesto que la carne necesita de la expresión del espíritu que la aviva para elevarse por encima de su materialidad.

Pascal Quignard en Vida Secreta afirma que «los hombres y las mujeres sólo pueden entretejer relaciones profundas cuando empiezan por hacerse cargo de los hilos verbales y emotivos más espontáneos que preceden a la lengua adquirida, por remontar uno a uno los telares de los rituales más antiguos que constituyeron las sociedades animales…» Hablamos entonces del instinto como sustrato de este lenguaje cuyas partículas significantes son desprendimientos espontáneos de los sentidos –olfato, tacto, visión, sabor, audición-, manifestaciones de la mecánica aeróbica – respirar, jadear, acezar- y fonemas primarios –aullidos, gemidos-, que a veces se articulan en voces propias del cuerpo sosteniendo el significado único del placer. Esto explica que, mientras la caricia guía incansable el acto sexual, el lenguaje erótico se fragmenta según el ritmo respiratorio de cada lengua.

François Gérard-Eros-y-Psique-1798

Si el instinto es el fundamento de la lengua de Eros, entonces cabría preguntarse dónde está el amor. Dada su potencialidad creativa, este sentimiento es uno de los que más ha sufrido la manipulación cultural, religiosa, política y económica, cuyo desarrollo y explicación excede este apunte. Pero convengamos con Octavio Paz cuando afirma en La llama doble, que «el erotismo y el amor son formas derivadas del instinto sexual: cristalizaciones, sublimaciones, perversiones y condensaciones que transforman a la sexualidad y la vuelven, muchas veces incognoscible.» El amor es el sentimiento que espiritualiza el instinto confiriendo al acto sexual un significado trascendente. El amor, en lo que se refiere a este particular lenguaje, es esa pulsión natural que identifica a los amantes, humaniza la cópula y convierte los gestos y los sonidos guturales en secreto código de comunicación. El amor, entendido como expresión de entrega espiritual, legítima y da sentido a la entrega de los cuerpos y contribuye a la veracidad del lenguaje en el que se expresan. Esta es la razón por la que pueden considerarse sinónimos los adjetivos «erótico» y «amoroso». Por esto también cabría consignar que la lengua de Eros queda limitada o desaparece cuando los amantes arrastran a la intimidad la falsedad, los prejuicios y los tabúes del exterior.

El amor, aunque con su poderosa fuerza identificadora no logra borrar la cicatriz que deja la individuación en el abrazo de los amantes –pensemos en la escultura El beso, de Brancusi-, sí consigue hacer más íntima la cópula, más intenso y genuino el lenguaje que amalgama -como la argamasa los ladrillos de las paredes de la habitación donde se hallan-, las partículas elementales del placer. De aquí que con el orgasmo, momento culminante del placer en el que la carne comprimida se abre, los cuerpos se disuelven y la felicidad poluciona el cosmos acotado del abrazo, el lenguaje de los amantes estalla en risa gozosa, a veces reconocible como tal y otras como un hondo suspiro o un bramido interior, vestigio sonoro de un tiempo y un encuentro que se pierden como un rumor del alma tragado por el silencio.

Entonces, si la lengua de Eros es asocial y secreta, cabe deducir que aquello que llamamos lenguaje erótico es un artificio lingüístico de la sociedad. Una sombra fónica de la intimidad traducida a la lengua social para uso y disfrute común. El lenguaje erótico social está inficionado por el eufemismo obligado por la represión cultural que instrumentan los poderes político y religioso, o por un léxico procaz que, con la pretensión de auténtico, animaliza y degrada todo vínculo erótico. La literatura no sólo cae en la trampa del artificio del lenguaje erótico social, sino que pone en patética evidencia los límites de la lengua para nombrar lo innombrable. Quizás el lenguaje poético es el que más se aproxima al lenguaje erótico porque ambos son movidos por la imaginación. Ambos son potencialmente capaces de construir la metáfora que, como tal, designa aquello que está más allá de la evidencia. El lenguaje erótico metaforiza el acto sexual convirtiéndolo en rito de los amantes y el lenguaje poético metaforiza la exploración y, al hacerlo, erotiza la cópula de los sonidos que seduce a los lectores. Sin embargo, la vulnerabilidad del lenguaje poético a la socialización y a la excesiva exposición al tópico, limita sus posibilidades de una aproximación mayor al lenguaje erótico. En cualquier caso, el lenguaje poético siempre habrá de recurrir a la perífrasis para expresar lo que el lenguaje erótico puede decir con un gesto que es la vez una caricia, un adiós o el vuelo de un ave.

1 Fischer, Helen E., El contrato sexual, la evolución de la conducta humana, Argos Vergara, Barcelona,1984.

2 Quignard, Pascal, Vida secreta, Espasa-Calpe, Madrid, 2004.

3 Platón, El banquete, Folio, Barcelona, 2006.

4 Paz, Octavio, La llama doble. Amor y erotismo. Círculo de Lectores, Barcelona, 1993.

5 Vincent, Jean-Didier, Biología de las pasiones, Editorial Anagrama, Barcelona, 1987.

6 Gurméndez, Carlos, Ontología de la pasión, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1996.

7 Vincent, Jean-Didier, Obra op. cit.

8 Paz, Octavio, Obra op. cit.

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“¡HALLELUJAH!”, DE MANUEL DE LA FUENTE VIDAL. LOS SALMOS DE LA REVUELTA CRISTIANA.

Por: José María Herranz Contreras


Debo confesar que esta es la primera obra de Manuel de la Fuente Vidal a la que me enfrento (estamos ante un poeta de raza, con una larga obra escrita, entre cuyos poemarios destaca “Las naciones del llanto”, editada por Huerga y Fierro), y diré que me ha impresionado y conmovido. Parece cierto lo que de él dijo en una ocasión Luis Alberto de Cuenca, que De la Fuente Vidal era el único poeta beat y whitmaniano de España. Aunque hay otros ejemplos, tengo que decir que en honor a la verdad este juicio se aproxima bastante a la realidad.

Madrileño y castizo de pro, nacido en el Madrid de los Austrias, su poesía bebe del siglo de oro, del gran poeta de los estados americanos Walt Whitman –glosador de la pansexualidad y precursor de lo LGTB, la libertad y la fraternidad de todos los pueblos-, de los grandes cantautores de los 60, del rock & roll y por supuesto de la literatura beatnik –precursora del prodigioso movimiento contracultural hippie. De él como persona puedo decir que es cálido y encantador; lo conocí a partir de las primeras sesiones de “Poesía sin mordazas” organizadas por el editor Antonio Benicio Huerga, y desde entonces compartimos hermandad amistosa y poética.

“¡Hallelujah!” se configura como un libro de poemas en prosa que bien podría compararse en espíritu con el Libro de los Salmos bíblico, por momentos con Los Evangelios y el Génesis, y salvando las distancias con algunos fragmentos del Apocalipsis de San Juan. Todo ello trufado con un hondo recorrido visionario por los hechos tristes y luctuosos de nuestra historia más reciente –y un acertado señalamiento de nuestra decadencia como civilización planetaria-, que a pesar de todo nos incardinan en el Amor con mayúsculas, y nos hacen aferrarnos a él como ancla y sentido de nuestra triste y dolorosa existencia. No faltan tampoco los guiños y cameos –si me permiten el símil cinematográfico- con importantes pasajes de nuestros orígenes mediterráneos –como la cultura griega- y también latinoamericanos.

Dijo el propio autor en la presentación de su libro en Madrid que “Aleluya” es la palabra más repetida de la Biblia, y que por tal motivo escogió dicho título. A grandes rasgos podemos afirmar que nos encontramos ante un libro de poesía que es una auténtica llamada a la revuelta cristiana –en el sentido más puro y religioso del término- a través del Amor con mayúsculas, y también de la Revolución, ya que la Justicia y la Verdad nunca han sido establecidas en este mundo doliente para los pobres, los oprimidos y los desheredados.

El libro se estructura en dos grandes bloques, titulados respectivamente “Amor” y “Odio”, ya que son los dos sentimientos opuestos y complementarios que dirigen la vida humana. Las citas –algo muy importante para los poetas- son de la propia Biblia, de Charles Baudelaire, de Goebels y de Iosef Stalin (dos terribles dictadores nazi y comunista), entre otros. El libro está dedicado a su abuelo Félix Vidal, asesinado por los franquistas en el golpe de estado contra la República que desencadenó la guerra civil española.

Que Manuel de la Fuente Vidal es un poeta con reaños me consta, bravo por él. Defender abiertamente sus orígenes culturales cristianos hoy en día, a pesar de ser tildado de fascista por algunos ignorantes en las redes sociales, le honra. Vivimos en un mundo horriblemente totalitario –bajo formas democráticas en occidente-, y con una ultraderecha ascendente en todo el orbe violenta y cerril, muchos de cuyos miembros creen vivir la religión de una forma pura y auténtica –cristianismo, judaísmo, islam- cuando lo único que viven es una espiral fanática de odio contra todo lo que ellos consideran impuro, diferente o perverso; sorprende, repito, encontrar a un poeta que hace bandera del cristianismo en la acepción más pura del término. Tengo que decir que coincido con él completamente, ya que yo mismo, por mis orígenes, me considero también cristiano en dicho aspecto, sin por ello ser limitativo, ya que también considero que la esencia mística del judaísmo, el islam, el hinduismo y el budismo comparten igual espíritu. Otra cosa diferente son las religiones organizadas, que como cualquier persona medianamente culta e informada habrá constatado que en general han sido y son un horror a lo largo de la historia humana, y que flaco favor hacen por la felicidad de las personas, promoviendo más bien el odio, en general. Pero este es otro tema, concluyo aquí la digresión.

Vuelvo al asunto. La primera parte, “Amor”, se centra en un sentido y hondo recorrido visionario a través de diferentes personajes, en los cuales abunda la identificación con el propio Jesús, y con su amante tierna, la esposa fiel, María de Magdala, que se muestra metamorfoseada en otras mujeres y otras amantes –todas son la misma- que hacen de su unión mística y carnal el emblema y la bandera por la que merece la pena vivir en un mundo lleno de caos, horror, violencia, guerra y atentados. Desfilan hechos luctuosos a lo largo de los poemas: el 11-S, la guerra de Irak, los atentados terroristas más recientes, también el levantamiento fascista contra la República Española, la segunda guerra mundial, y hechos catastróficos naturales que arrasan los pueblos… Todo ello con una honda compasión hacia los pobres y los desheredados, los mansos de corazón, el pueblo llano en suma. El Amor es la tabla de salvación que permite al poeta seguir vivo arrostrando las dificultades de la locura del mundo, y nos muestra que es el único camino posible.

Como muestra, un botón, algunos versos muy significativos:

“Yo me alimentaba entonces del canto de los pájaros, de sílabas y brisas, y sobre la tierra, con mis manos, escribía una nueva canción de arcángeles y promesas, de utopías y banderas desplegadas, donde las niñas bordaron sobre el morado la palabra libertad.”

“Pero he de seguir, amada mía, he de seguir hasta la Tierra de Promisión que siempre serán tus ojos, el río de gladiolos donde me refrescaré y donde renacerá el galope de mi grupa.”

La segunda parte, “Odio”, se centra en ese sentimiento opuesto, tan humano. Luz y oscuridad forman parte de todos nosotros, y desafortunadamente conjugarlos adecuadamente en cada momento, según las necesidades o la conveniencia, es tarea harto complicada. Una serie de bellos poemas revolucionarios y guerrilleros desfilan por las páginas, donde de nuevo y expresamente es la revuelta cristiana la bandera que empuñan los personajes para alcanzar la liberación, la justicia y la libertad, aplastando la tiranía que bajo mil formas se manifiesta. En “La virgen de las barricadas” por ejemplo, la imagen de la Libertad de Delacroix, mujer bella y valiente, encabeza la revuelta del pueblo español contra los fascistas en la guerra civil. También hay sitio y lugar en otro poema para denunciar la matanza civil perpetrada por las autoridades mexicanas en octubre del 68. El Apocalipsis de San Juan está también muy presente en esta sección del libro, en numerosos fragmentos:

“Viene con su dedo exterminador y su sed de justicia y de venganza, viene con sus uñas tan afiladas como los abismos de la noche, con la garganta ávida de sangre y las alas planeando sobre la desesperanzada tierra de los hombres.”

“Sueño con que el final del mundo está cerca y con que llegará el triunfo de

los afligidos y los justos, sueño con que los desposeídos y los desheredados por fin harán sus cuentas, mientras se vienen abajo las hamburgueserías y los centros comerciales, las sucursales bancarias y las refinerías de petróleo, las bolsas y las fábricas de armamento.”

“He visto catedrales e Iglesias derruidas, he visto a las aficiones de los estadios derruidas por las epidemias, he visto a los rosales pidiendo clemencia y a las golondrinas desconsoladas por el viento del exilio, he visto a los muertos volver de entre los muertos y a los vivos renegar de los vivos, y a la plebe fratricida en las plazas renegando ante Dios por un pedazo de pan y un plato de lentejas, he visto a los escasos cerebros de mi generación sumergidos en miasmas y alcohol, he visto a los gorriones pidiendo clemencia en la plaza pública.”

Y de nuevo el Amor que nos redime también aparece con frecuencia en esta segunda parte:

“Sólo creo en ti, en las banderas victoriosas de tu pelo, en las esquinas ensimismadas de tus muslos, en la melodía interminable de tus labios.”

En fin, claro está que no aprendemos nunca –ni aprenderemos, desafortunadamente. La liberación individual quizá sea posible, pero la colectiva parece que siempre nos resulta muy complicada, como especie. Por cierto, aunque este libro fue escrito antes de la pandemia del COVID19 ya menciona en los versos de arriba a “las aficiones de los estadios derruidas por las epidemias”. Un simple virus derrumba las economías, parece que los dueños de la economía del mundo no entienden algo tan sencillo, que no puede funcionar todo tal y como estaba funcionando, tan insensatamente, y que nunca, nunca funcionará de nuevo igual que antes.

El libro concluye con un poema de igual título al del libro, en el que hace un guiño al famoso poema y canción “Aleluya” de Leonard Cohen, que es un auténtico himno a la esperanza.

Larga vida a este fantástico libro, “¡Hallelujah!”, de Manuel de la Fuente Vidal. Por favor, no dejen de leerlo, cómprenlo. Les conmoverá el corazón, como a mí me conmovió, e incitará su reflexión.


¡HALLELUJAH!, de Manuel de la Fuente Vidal.

Los libros del Mississippi. Colección Poesía, nº 14.

Madrid, 2020.

ISBN: 978-84-120741-7-8

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LOS BÉCQUER EN SORIA Y EL MONCAYO

Por: Pilar Alcalá García


“Soria es una ciudad para poetas, porque allí la lengua de Castilla, la lengua imperial de todas las Españas, parece tener su propio y más limpio manantial. Gustavo Adolfo Bécquer, aquel poeta sin retórica, aquel puro lírico, debió amarla tanto como a su natal Sevilla, acaso más que a su admirada Toledo”.

(Antonio Machado)

Gustavo amaba los paisajes castellanos atemporales donde la Edad Media estaba presente, donde aún no existía la contaminación por el progreso y la industrialización.

La relación de Bécquer con Soria es muy estrecha y afecta a su vida personal y a su literatura. Es normal pensar que la vinculación con la ciudad castellana le viene por su matrimonio con Casta Esteban, y así es, pero esta relación empezó antes. Sabemos que Gustavo y Valeriano se hospedaron en casa de su tío Curro en Soria y de ello queda constancia en la ciudad. Parece ser que antes de 1859 Gustavo ya había estado en Soria. ¿Por qué? Pues porque amaba el arte y amaba el arte románico y Soria ofrecía un banquete para nuestro poeta. La Soria que conoció Gustavo era una ciudad pequeña, recoleta, íntima, con 1200 habitantes. “Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas”, escribe Bécquer en “El rayo de luna”.

En Soria había una tertulia que se congregaba en la redacción del Avisador Numantino y queda constancia de que Gustavo la frecuentaba y de que cada uno de los contertulios se encargó de que Gustavo tuviera un conocimiento más claro y exacto de Soria. Ya desde entonces quiso comprar las ruinas de san Juan de Duero para restaurarlas y transformarlas en Museo, cosa que nunca consiguió.

Este amor por Soria se enraizó más cuando en mayo de 1861 se casó con Casta Esteban, soriana de Torrubia de Soria, lo que le haría pasar temporadas en Noviercas en la casa de sus suegros que recientemente ha sido comprada por el ayuntamiento de dicha localidad y ha sido, además, restaurada. Incluso pasaba algún tiempo en Pozalmuro, donde su suegro tenía una casa con huerto y a la que Gustavo se retiraba a escribir, de hecho la llaman el huerto de Bécquer. En Noviercas, el 9 mayo de 1862, nació su primer hijo, Gregorio Gustavo Adolfo, y Bécquer figura en la partida de nacimiento como “de profesión escritor periodístico”. La última estancia en Soria sería en 1868, cuando los Bécquer se marcharon a casa del tío Curro, al desatarse la tragedia en Noviercas por la infidelidad de Casta. El 15 de diciembre, nace en Noviercas el tercer hijo, Emilio Eusebio, hijo de Casta pero parece ser que no de Gustavo, aunque él lo aceptó como suyo. Emilio murió de difteria en Ágreda, pueblo de Soria, a los 5 años.

En Torrubia de Soria se encuentra la Casa Museo de la Mujer de Bécquer. Casta Esteban Navarro nació en esta localidad el día 10 de septiembre de 1841, el mismo año en que murió el padre de Gustavo. Era la hija del médico Francisco Esteban y doña Antonia Navarro. Suele decirse que Casta conoció a Gustavo Adolfo en la consulta de su padre, en Madrid, a la que acudió Gustavo pero hay otras teorías. Se casaron en 1861 en Madrid, en la iglesia de San Sebastián y tuvieron tres hijos, los dos mencionados y el segundo, Jorge, que nació en Madrid el 15 de septiembre de 1865. Según cuenta Julia Bécquer, hija de Valeriano, en sus memorias, “Casta era guapa pero antipática; tenía en la cara algo de trágico y desagradable”. Con el nacimiento del último de sus hijos se desencadenó una profunda crisis en la pareja y su separación. Se reconciliaron poco antes de la muerte de Gustavo Adolfo en 1870.

Como hemos visto, Gustavo vivió algunos años en Soria, en la capital y en varios pueblos de la provincia, dejando numerosos escritos de una estimulante Soria, fantástica y llena de leyendas. Casi siempre estuvo acompañado de su hermano Valeriano que viajaba por Soria tomando apuntes para sus cuadros El baile, El leñador o La hilandera, auténticos tesoros como documentos etnográficos. La influencia que ejercieron Soria y el Moncayo en los Bécquer, queda patente en algunas de sus leyendas, localizadas precisamente en estas tierras y por supuesto en las “Cartas desde mi celda” escritas en el desamortizado monasterio de Veruela donde los Bécquer pasaron largas temporadas. La estancia en Veruela tenía para Gustavo motivaciones terapéuticas. Si Gustavo escribió las Cartas, Valeriano recogió en dos álbumes todos los dibujos de la estancia en Veruela y sus alrededores: “Expedición de Veruela” que se conserva en la Universidad de Columbia, Nueva York, y “Spanish Sketches” que se conserva en la Biblioteca Nacional de España. Algunos de estos dibujos se publicaron en El Museo Universal y en ellos parece que Valeriano sintoniza con el movimiento impresionista que estaba naciendo en Francia.

En cuanto a las “Cartas desde mi celda” se trata de nueve cartas enviadas desde Veruela a Madrid, a sus colegas de El Contemporáneo. Gustavo actúa como un corresponsal que envía crónicas, pero también introduce reflexiones y confesiones personales. Las “Cartas desde mi celda” rompen la división tradicional en géneros literarios. Son una mezcla de reportaje periodístico, libro de viajes, relatos costumbristas y diario personal. Quizá la III sea la más íntima por cuanto Gustavo, al encontrarse con el cementerio del pequeño pueblo de Trasmoz, hace una especie de reflexión sobre la muerte y deja expresado su deseo de reposar para la eternidad a orillas del Betis, es decir, en su ciudad natal.

Son seis leyendas sorianas y aragonesas: “La promesa”, “El gnomo”, “La corza blanca”, “Los ojos verdes”, “El rayo de luna” y “El monte de las ánimas”, quizá la leyenda más famosa de Gustavo. Tanto Soria como el Moncayo tienen su trozo de cielo poético en algunas de sus leyendas, las localizadas precisamente en estas tierras: Beratón, Gómara, Almenar, y la propia Soria son algunos de los puntos inspiradores. Vamos a detenernos en estas leyendas:

– “La Promesa” es un relato fantástico ubicado en la villa de Gómara en Soria y en Sevilla durante la Edad Media, de la que encierra hermosas evocaciones. Es una de las menos originales de Bécquer, sigue los modelos de Zorrilla. Es la única leyenda en que la mujer no es malvada y manipuladora sino víctima de los engaños masculinos.

– “El gnomo” ambientada en Aragón, pretende recoger el folklore de esta tierra y trata del tema de las dos hermanas, una buena y una mala.

– “La Corza Blanca”, se desarrolla en Beratón, pueblo soriano en las faldas del Moncayo. Es el pueblo más alto de la provincia de Soria (1.395 m), llaman la atención sus pintorescos parajes: montes de encina que fueron lugares sagrados para los celtíberos y guarida de salteadores de camino. Tierra de leyendas de amor, robos y venganzas. Sobre ella han escrito autores de diferentes épocas: Marcial (Epigrama), Marqués de Santillana (Serranillas), Gustavo Adolfo Bécquer que recrea el mito de Acteón. Es una de las mejores leyendas de Bécquer, la que mejor explica la compleja actitud de Bécquer hacia la mujer. Garcés, el protagonista masculino, no se deja arrastrar por la mujer como suele ocurrir en la mayoría de leyendas.

– “Los Ojos Verdes”, está ambientada en las inmediaciones de Almenar de Soria. Se dice que se inspiró en el Pozo Román, en el río Araviana. En Almenar destaca el castillo que Bécquer convirtió en fortaleza en sus relatos; por otro lado, en Almenar nació Leonor Izquierdo, esposa de Antonio Machado. En esta leyenda encontramos un tema muy común en el folklore europeo, el de las damas del lago que seducen y destruyen a los hombres.

– En “El rayo de luna” Bécquer hace una descripción bellísima de los espesos bosquecillos y frondosas huertas de San Polo y de lo que queda del monasterio cuya construcción tradicionalmente se atribuye a la Orden del Temple que constituye junto con los hospitalarios de San Juan de Duero las dos órdenes militares que defendían el acceso principal a la ciudad. Las paredes de la Ermita del Monasterio de San Polo están cubiertas de vegetación, lo que presta al conjunto un incuestionable sabor de romanticismo. Por doquier encontramos restos románicos. Manrique, el protagonista, es el alter ego de Bécquer, ya que esta leyenda ilustra el tema de la mujer ideal tan frecuente en las Rimas.

– “El Monte de las Ánimas”, relato que transcurre en el monte de las Ánimas situado a las afueras de Soria y a orillas del río Duero. Cuenta que los templarios de Soria, poseyendo como dueños un monte no distante del convento, lo acotaron para la caza; pero como los caballeros sorianos se empeñaran en cazar sin su licencia, los templarios se propusieron impedirlo con las armas, entablándose una sangrienta refriega, en la cual murieron gran número de unos y otros. Desde entonces las almas de los muertos aparecían todos los años en la noche de los difuntos, razón por la que el monte se llamó en adelante de las Ánimas. Se trata de uno de los mejores relatos de terror de la literatura universal en la que la mujer altiva es castigada cruelmente, muere de terror, pero no un terror ocasionado por un ser monstruoso sino de un terror basado en leves sonidos.

Resulta llamativo el hecho de que casi todos los personajes masculinos salen mal parados en las leyendas de Bécquer. Y el final trágico les llega de sus amadas. Bécquer quiere sólo demostrar de lo que es capaz el amor. Esto también afecta a otras leyendas inspiradas en Toledo.

También escribió Gustavo textos comentando los dibujos de Valeriano, así como un artículo titulado “Los doce linajes de Soria” y el texto “Un lance pesado” en el que Bécquer cuenta un accidentado viaje desde Soria hasta Veruela. Sabemos que se trata de algo autobiográfico ya se ha podido comprobar que la venta que describe Bécquer cerca de Ágreda existió de verdad y se llamaba “La venta del sevillano”.

En la actualidad Soria se ha convertido en un homenaje vivo y continuo al poeta sevillano. Si paseamos por sus calles encontramos a Bécquer por doquier: el Centro Cívico que lleva su nombre, El rincón de Bécquer, La casa de los poetas, el monumento a orillas del Duero. Y el homenaje más significativo es el que tiene lugar todos los años la noche de ánimas, cuando se congregan miles de personas, se hace un pasacalle, y se procede a la lectura de la leyenda “El monte de las ánimas”. El pasacalle se inicia en el Rincón de Bécquer con una batalla. Esqueletos, monjes templarios y títeres se reúnen para recordar la leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer y su “Monte de las Ánimas” en la Noche de Difuntos. Este homenaje a Gustavo Adolfo Bécquer continúa con un paseo nocturno en el que los visitantes recorrerán las calles más antiguas, las ruinas y los monumentos de la ciudad de Soria hasta las inmediaciones del río Duero, guiados por candiles y antorchas y acompañados de esqueletos, estandartes medievales, títeres gigantes, monjes templarios y otros espectros de la noche. Música en directo y pirotécnica acompaña este tétrico pasacalle y recrea el ambiente lúgubre, frío y misterioso típico de esta Noche de Difuntos. Tras llegar la comitiva al río, se prepara musicalmente la lectura de la leyenda del Monte de las Ánimas. El personaje que representa a Bécquer introduce el paso a la leyenda y, posteriormente, un cortejo de canto gregoriano compuesto por ocho monjes acompaña al lector a lo alto del montículo para proceder a la lectura. A los pies del Monte de las Ánimas, junto a una gran hoguera y mientras esta se consume y con la única luz de la noche y de las antorchas, se realiza la lectura de la leyenda más famosa de Gustavo Adolfo Bécquer.

Y al igual que Sevilla, Soria ha declarado 2020 “Año Bécquer” para conmemorar el 150 aniversario de la muerte de los hermanos Valeriano y Gustavo Adolfo.

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LOS PÁJAROS, DE DAPHNE DU MAURIER

Por: Tomás Sánchez Rubio


En 1938 la situación política de Europa era realmente inquietante: la guerra parecía inevitable. El gobierno británico, reconociendo la debilidad de su fuerza militar frente a la maquinaria armamentística alemana, sabía que el ataque directo e incluso una invasión desde el continente eran más que posibles. En aquel momento se comenzó a dar forma a la idea de proteger a la población civil, sobre todo a los niños, de un cercano conflicto bélico. De este modo surgiría la llamada Operación Pied Piper, denominación que hacía referencia al célebre cuento de los hermanos Grimm, El flautista de Hamelin. Aquel mismo año nacería el llamado Comité Anderson bajo la dirección de Sir John Anderson, primer vizconde de Waverley. El objetivo de la comisión creada por él era, efectivamente, planear la evacuación a las zonas rurales desde las áreas urbanas o militares. La Operación comenzaría el 1 de septiembre de 1939, coincidiendo con el comienzo de la guerra en Polonia. Hubo sucesivas oleadas de traslados masivos hasta 1944; no obstante, el regreso a Londres no se autorizaría hasta junio de 1945. El caso es que cuando comenzó la denominada Batalla de Inglaterra en septiembre de 1940 -la caída de Francia se había producido en junio- los traslados llevaban un año en marcha. El 15 de agosto se contabilizaron dos mil cien acciones de la Luftwaffe con el fin, nunca logrado por otra parte, de abrir el camino a la invasión naval y terrestre de Gran Bretaña. El máximo de evacuaciones de la Operación Pied Piper se alcanzaría más tarde, en febrero de 1941.

A esa época aciaga de la Historia del Reino Unido hará referencia, por ejemplo, el primer libro de la heptalogía The Chronicles of Narnia, de título The Lion, the Witch and the Wardrobe, escrita por el novelista y profesor en Oxford Clive Staples Lewis entre 1950 y 1956. El argumento cuenta las aventuras de cuatro hermanos: Lucy, Edmund, Susan y Peter, quienes acceden al mundo de Narnia a través de un armario mágico mientras juegan al escondite en la casa de campo de un viejo profesor. La obra fue llevada al cine en 2005. Se trata del mismo marco histórico de la película Return to Never Land (2002), secuela de la cinta Peter Pan de 1953, basada a su vez en la obra de teatro Peter Pan y Wendy de James Matthew Barrie (1904): los niños protagonistas viven en una Inglaterra arrasada por las bombas alemanas. Dicha situación hará que se vean obligados a crecer demasiado rápido, truncando así los sueños de la infancia…

Menos de una década después del fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1952, ve la luz el relato The Birds (Los pájaros)formando parte del libro The Apple Tree: A short novel and several long stories (El manzano: una novela corta y varios relatos cortos), publicado en Reino Unido por Victor Gollancz Ltd. La autora era Daphne du Maurier, escritora que ya había conocido el éxito editorial con varios de sus libros.

El argumento del relato Los pájaros es, en apariencia, bastante simple: Nat, el protagonista, es un veterano herido de guerra que trabaja de vez en cuando en la granja de su vecino. El resto del tiempo lo pasa observando el agreste paisaje de la costa. Un día ve cómo las aves marinas, con un comportamiento inusual, se agrupan en grandes bandadas. El viento cambia durante la noche de un 3 de diciembre y los pájaros atacan en masa y sin motivo aparente a los  habitantes de la zona, a quienes lo inesperado de la situación coge totalmente desprevenidos. Al desconcierto se une el aislamiento en que se ven inmersos, ya que las emisiones radiofónicas desde Londres se ven repentinamente interrumpidas. Para Nat el objetivo prioritario es proteger a su familia y sobrevivir. Su hogar se reduce a una cocina tapiada…

Aunque Daphne du Maurier no especifica en qué lugar de Gran Bretaña se desarrolla la acción, el paisaje abrupto y escarpado de la costa de Cornualles no es difícil de reconocer. El condado de Cornwall, al suroeste de Inglaterra, fue su hogar y allí ambientaría varias de sus historias, como, por ejemplo, la novela Jamaica Inn (1937) o Rebecca (1938), adaptadas a la gran pantalla por Alfred Hitchcock, en 1939 y 1940, respectivamente. El director de Leynstone, rendido admirador de la escritora, también llevaría al cine el cuento de terror Los pájaros en 1963.  En 1944 Mitchell Leysen había dirigido la versión cinematográfica de Frenchman’s Creek —con el nombre de El pirata y la dama en España—. Mucho más recientemente (2017), el ganador de un Premio BAFTA Roger Michell haría lo propio con My cousin Rachel. Por otro lado, si bien ambientada mayormente en Venecia, en 1973 Nicolas Roeg estrenará Don’t Look Now con el nombre Amenaza en la sombra en nuestro país, a partir del inquietante relato del mismo nombre de Du Maurier.

Recordemos que en aquellos agrestes parajes transcurriría, asimismo, la acción de la descarnada novela The Siege of Trencher’s Farm (1969), de Gordon M. Williams, llevada al cine por Sam Peckimpah, como Straw Dogs (Perros de paja) en 1971, y magistralmente protagonizada por Dustin Hoffman y Susan George.

Volviendo a la trama de Los pájaros, la causa del comportamiento de las aves es un tema debatido. Aparte de poder considerarse como una obra metafórica en relación con el sinsentido de las guerras y la indefensión del ser humano ante las mismas, observamos que se sugiere en algún momento del relato que pueden ser los vientos árticos, que anuncian un invierno inusualmente frío —de “hielo negro”—, los responsables de la agresividad de los animales. Sea como sea, la ofensiva de los pájaros nos acaba recordando una plaga bíblica en toda su dimensión, dirigida contra la soberbia humana…

En esos años de Guerra Fría, el delirio megalomaníaco de los dos bloques  enfrentados social, política y militarmente, dibujaban la realidad de un mundo en imparable tensión.  En la literatura y el cine se ve reflejada la desconfianza y el miedo generales ante los notorios avances tecnológicos en el campo armamentístico. Ya lo dicen los vecinos de Nat en el relato: “Es cosa de los rusos. Que los rusos han envenenado a los pájaros…” Las novelas se llenan de espías, científicos huidos y oscuras investigaciones en laboratorios secretos. Los efectos de la radiación nuclear, de letales gases contaminantes, de virus inducidos, se une a la amenaza “exterior” —incluso a nivel interestelar—. Es el momento de los ataques de las hormigas gigantes de Them (La humanidad en peligro, en España), dirigida por Gordon Douglas en 1954; de las monstruosas vainas de Invasion of the Body Snatchers (La invasión de los ladrones de cuerpos) de Don Siegel, de 1956. Una inquietante y enigmática nube envuelve al protagonista del filme The Incredible Shrink Man, conocido en España como El increíble hombre menguante (1957), llevado al cine por el director Jack Arnold a partir de una historia del gran Richard Matheson. Las mutaciones genéticas poblarán las salas de cine de los 60, tal como harán los zombies en los 70. Todo en nombre de una ciencia al servicio de la guerra.

El relato Los pájaros se popularizó a través de la versión cinematográfica de Hitchcock de 1963. En un principio, la adaptación del cuento original de Daphne du Maurier estaba prevista para el programa de TV de la década de 1950, Alfred Hitchcock Presents, pero el guion era tan bueno que Hitchcock decidió convertirlo en un largometraje. Se dice que el interés del realizador hacia el proyecto del filme se intensificó a partir de un hecho real ocurrido en agosto de 1961. Un periódico local de la localidad costera californiana de Monterrey —cerca de la cual poseía un rancho el director—, publicó una noticia en que se informaba de que, durante la madrugada del día 28, una lluvia de gaviotas se había precipitado sobre los tejados de las casas desatando el terror de la población. De todas maneras, como hemos comentado más arriba, el director ya había adaptado anteriormente para la gran pantalla, con notable éxito, las novelas de Du Maurier Rebecca y Jamaica Inn. En este caso, según parece, la escritora no vio con buenos ojos algunos detalles de la versión cinematográfica, que, en primer lugar, cambiaba su escenario: Hitchcock sitúa su película en Bodega Bay, un pequeño pueblo cerca de Santa Rosa, en la costa de California, donde, lejos de los escarpados acantilados o el mar bravío del relato original, encontramos una pacífica bahía con embarcaderos. Por otra parte, la sustitución del personaje principal fue bastante radical: el sobrio granjero y veterano de guerra Nat, se convierte en Melanie, una joven algo consentida de Los Ángeles. Sea como fuere, el maestro Hitchcock, como en otras ocasiones, construye toda una obra maestra del suspense, rica en matices y con una acción minuciosamente calculada. En mi opinión el personaje mejor conseguido es el de la madre de Mitch Brenner, desconfiada y de personalidad dominante, encarnada por la veterana Jessica Tandy.

La escritora Daphne du Maurier nació en Londres el 13 de mayo de 1907, falleciendo el 19 de abril de 1989, a la edad de ochenta y un años, en su casa de Cornualles, que había sido escenario de tantos de sus libros. Fue incinerada y sus cenizas se esparcieron por los acantilados de Fowey, Kilmarth. Era la mediana de las tres hijas del prominente actor y productor Sir Gerald du Maurier y de la actriz Muriel Beaumont. Su hermana mayor, Angela, también se convirtió en escritora; su hermana menor, Jeanne, era pintora.

Publicó algunos de sus primeros trabajos en la revista Bystander. Cuando contaba poco más de veinte años salió a la luz su primera novela, The Loving Spirit. Su libro más famoso llegaría en 1938, Rebecca, que en los Estados Unidos ganó el Premio Nacional del Libro de ese año.  De todos es sabido que fue un éxito inmediato, vendiendo casi tres millones de ejemplares entre 1938 y 1965. Se había casado en 1932 con el comandante Frederick Arthur Montague Browning, que llegó a ser héroe de guerra y que falleció en 1965. El hogar de Du Maurier hasta finales de los 60 fue la mansión de Menabilly, situada en Fowey, en la costa de Cornwall, donde tuvo tres hijos.

Si bien considerada por parte de la crítica como una novelista romántica, la entrada en sus obras del elemento sobrenatural, así como la falta, la mayor parte de las veces, de un convencional final feliz la alejan de tal consideración. De una vastísima producción literaria, en sus relatos cortos se encuentra, para muchos, lo mejor de su obra. En el género de no ficción escribió diversas biografías, incluyendo la de su padre, titulada Gerald: A Portrait. Su última novela fue Rule Britannia (1972)

En cuanto a ediciones en español de Los pájaros, contamos con la original edición de Gallo Nero (2018), con ilustraciones del pintor coruñés Pablo Gallo.

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«VIVE» DE SANDRA ESCUDERO GARCÍA

Aquel sillón de cuadros

Por: Inma J. Ferrero


Acabo de releer el poemario “Vive” de la poeta Sandra Escudero García, la conclusión a la que he llegado es que esta poeta pisa fuerte y con personalidad en la escena poética contemporánea.  Su voz y su estilo tienen una huella propia que nos hace ir más allá de los versos en los que nos sumergimos al leer el libro.

“Vive” es un libro estructurado en 58 poemas, de extensión breve en su mayoría, a través de los cuales la poeta trata de darnos un solo mensaje “Carpe Diem”, aprovecha el momento porque el futuro es ahora y no espera para ser pasado. “El tiempo es el contexto donde todo ocurre, / es la cuna, la cama y el abrigo de una tumba.” “es la elegía futura de tu inexistencia. / Vive…”

Así pues, nos encontramos ante un paisaje humano, en el que cada verso cumple la misión de comunicarse con el lector a través de unos caminos trazados y ordenados bajo la visión poética de Escudero “¡pero qué le está pasando al mundo! / Parece que se nos hubiera vaciado el alma…” y es que deberíamos preguntarnos más a menudo ¿Somos individuos sin alma, cuando actuamos como parte de la “masa”, como parte de la sociedad que nos oprime y nos hace seguir unos cánones a menudo desnaturalizados?. Este poemario es un canto, un homenaje a la vida vivida desde el alma, con total honestidad, saboreando cada segundo, un poemario que habla de amor de ahí su dedicatoria, “A mi padre, / que ha desafiado al tiempo /  y ya es infinito. / Porque sin él yo no hubiese sido, / ni sería, / ni soy” es un libro original por el uso de las metáforas con las que Sandra Escudero trata de llegar al lector haciéndole partícipe de sus vivencias, de su dolor, dudas, inquietudes. Vivencias estas comunes a todos los que surcamos este oleaje caótico que es la vida, pudiendo decir, que cada uno de estos poemas es un canto a la universalidad de la palabra hecha voz poética.

El libro fluye a través de una arquitectura de palabras bien distribuidas y organizadas en las que surge la creación del verso, primero, y luego el poema como fin conseguido. La autora se confiesa en uno de sus poemas “No puedo vivir sin escribir / ni escribir si no estoy viviendo / respiro a través de mis dedos”, este punto de vista sobre la creación hace que su poesía sea una necesaria comunicación con el otro. Será posible esta comunicación a través de sus versos, a través de los distintos prismas de la vida (amor, amistad, contemplación, reflexión, muerte…) será el cauce o puente para llegar al otro. En esta búsqueda de hallazgos continuos, de emociones, surgirá la palabra, el verso, el poema. “Me niego y reniego del hoy porque me falta tu cariño…”

La poeta trata de plasmar sus reflexiones a base de experiencias propias “…la vida se me escapa / entre las manos de la perfección social que me juzga / y empuja.”, y nos va deslumbrando con flases que forman parte de la vida cotidiana. “Qué equivocado está el que todo cree saberlo” nos dice, y nos ilumina con poema a poema con la necesidad de ser persona, comunicadora, compañera de viaje. “Me engancho a la vida si me abrazas…”

Sandra Escudero García, “Vive”,  a través de breves pensamientos o reflexiones, nos ofrece unas pinceladas frescas sobre: el tiempo, la vida, la muerte, el amor, lo cotidiano. Porque este poemario es en sí un extenso homenaje a las personas, así se dirige con su voz, sus versos, su poesía a todo aquel que se sumerge en sus palabras y las hace suyas… suyas porque este vivir lo construimos entre todos.


Vive
Sandra Escudero García
Edición Punto Didot
Edición 1ª ed. (24/02/2020)
Páginas 96
ISBN 8418290072
ISBN-13 9788418290077

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ANTONIA POZZI: “CADA QUIEN LA PROPIA TRISTEZA”

El Atelier

Por: Inma J. Ferrero


Cada quien la propia tristeza / se la compra donde quiere / también en una tienda negra / austera / entre libros polvorientos / que se liquidan a precios rebajados.

Puede que sea aquí dónde la literatura abre el gran abismo hacía la tristeza, hacia lo más profundo de la melancolía, hacia esa sombra que nos cubre y nos proyecta como un alargado ciprés que señala el ocaso y su desdibujado margen entre el día y lo que ya será para siempre noche. La tristeza de Antonia Pozzi es un páramo de recuerdos que desemboca en un manantial oscuro: Oh, dejad que yo me pierda / sombra en la sombra. Parece que así, la poeta italiana entra en la amarga negrura que precede a la nada, pero no al olvido. Detrás de ella un caudaloso río de versos permanece, como agua en el agua. La misma tal vez que abrazó a Virginia Wolf, en su camino hacia el silencio, o la misma agua marina en la que se adentró para siempre Alfonsina Storni, después de dejar su famoso poema de despedida: Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame / […] si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido… Sylvia Plath se durmió para siempre mecida entre el perfume del gas de horno y Anne Sexto entre el denso humo de su coche. Alejandra Pizarnik, dejó escritos sus últimos tres versos, antes de consumir hasta cincuenta cápsulas de barbitúricos: No quiero ir / nada más / que hasta el fondo.  Y una jovencísima Antonia Pozzi, de tan solo veintiséis años, dejó escapar la vida con la misma sustancia con la que lo hiciera Pizarnik.

¿Cuál fue el desencadenante de este temprano adiós? García Márquez decía que el poder más poderoso de todos era el amor. ¿Acaso sea este sentimiento, “el amor” el que libere y condene nuestras almas? Para Antonia Pozzi, el amor se transformó en una condena que tuvo que sufrir hasta el día en el que renunció a él para siempre, y con esta renuncia renunció también a la vida, al transcurrir de los días que curan cada una de las heridas que abrimos en nuestros corazones. En su poema Niño moribundo podemos leer: En una noche has vivido / los años de la vida entera: / y el lento amanecer te corona / como de espinas. Miras / con los ojos sabios las sombras. La noche se convierte en consejera en ella la visión es más clara, más sabia, y es en el amanecer el que trae el fin. Candilito, / quizá tú estabas / dentro de un sepulcro de niño, reza.

Tal vez fue el rechazo por parte de su familia ante su relación amorosa con su profesor de latín y griego, Antonio María Cervi, o el posible aborto al que se vio obligada, lo que haría que su poesía se impregnase de este denominado “Pathos de la imposibilidad”.  Antonia Pozzi se graduó con una tesis sobre Gustave Flaubert en 1935,  y tres años más tarde saboreó las hieles del trágico destino de Madama Bovary. En su poema Entierro sin tristeza podemos intuir como un presagio cuál será el punto final de este su trágico trayecto vital: Esto no es estar muertos, / esto es volver— / a la patria, a la cuna. Y es que para esta poeta la muerte es la verdadera patria, a donde uno realmente pertenece. Este deseo constante de la muerte, es un tema recurrente a lo largo de toda su obra poética y nos da a entender que para ella la muerte es más que un deseo es una liberación.  Esta postura ante la muerte fue adoptada por muchas grandes figuras del pensamiento, que van desde la antigüedad a nuestros días. Este es el caso de Emil Cioran cuando señala en un escrito “Me gustaría ser libre, inimaginablemente libre. Libre como un abortado” Este fuerte deseo de la llegada de la muerte, relaciona a la poeta italiana con algunos de los pensadores más célebres de la antigüedad. Ya en la mitología griega aparecen personajes cuyo fatal desenlace no se contempla como un mal sino, al igual que en la poesía de Pozzi, como un regalo y una liberación. Esta postura ante la muerte ha recorrido un largo camino desde la antigua Grecia hasta poetas como Pozzi, en cuyo caso este ferviente deseo desembocó en la muerte.

La idea del suicidio es en la poesía de Pozzi la primera y gran pregunta, lanzada entre sus versos como un susurro desgarrador o en un grito delicado, en mitad de una multitudinaria “humanidad” o “naturaleza” a la que le somos del todo indiferentes. Pero la vida es una selva inmensa / con árboles y senderos / infinitos, escribe la poeta en unos versos que reviven a Dante, cuando al inicio de La Divina Comedia, inaugurando El infierno, escribe: «A mitad del camino de la vida me encontré en una selva oscura, por haberme apartado de la recta vía».

Fue en 1938 cuando la pluma de Antonia Pozzi no volvería a recorrer con su tinta negra  la faz blanca de su cuaderno. Con su final nos hizo un regalo eterno, una voz poética única e irrepetible, que lamentablemente has sido condenada muy a menudo a transitar los márgenes del mapa geográfico de la poesía italiana del pasado siglo XX. La brevedad de su vida no fue impedimento para dejarnos una obra que, recuperada años después, sigue llegando hoy a nuevos lectores para impregnarles la visión poco común, una mirada desprovista de red, con un lenguaje rico y lleno particularidades que hacen esta poeta haya pasado a formar parte de la eternidad poética.

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