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EL MÉDIUM Y LA VELOCIDAD

 Por: Manuel de la Fuente Vidal


“Mi animal preferido eres tú” de José Gabarre, ed. Los Libros del Mississippi. Prólogo, Miguel Carcasona. Epílogo, Luisa Miñana. 102 páginas.

Hay poetas apasionados por el teatro kabuki japonés, por la lírica popular austro-húngara del siglo XVIII, o por la relación entre la física cuántica y la idiosincrasia de los paramecios. El que nos ocupa no es de esos, aunque que se sepa es un apasionado de la Historia (desde las civilizaciones remotas de Oriente hasta los órganos katiuska de Stalin, pasando por la trova del amor cortés y la Guerra de los Cien Años) y el motociclismo, esa alta, altísima velocidad, que un día le hizo proclamar al campeón Kevin Schwanzt “cuando veo a Dios sé que es el momento de frenar”. Pasiones que le llevan a trazar las curvas de la memoria y la poesía de una manera vertiginosa.

Hablamos del poeta José Gabarre, que acaba de presentar su nuevo poemario, “Mi animal preferido eres tú” que nos hace viajar a muchos mundos, casi derrapando, que podríamos imaginar pero que sin sus versos no podríamos ver.

El poeta, además de músico y editor, también es profesor, y en sus amenas clases aprendemos por ejemplo esta bella declaración de amor: “En cada centímetro cúbico de tu epidermis se encontraban las mismas leyes que llevaron a la extinción de los dinosaurios o que precipitaron la formación de las moléculas de agua”.

José Gabarre puede recordar  a uno de sus mitos, Jim Morrison, “reptil de pelo dórico empalado en la lengua de Rimbaud” y poco después a pasadas relaciones sentimentales “como si a uno le estuvieran tatuando el brazo con exnovias que se acuestan con el jazz de los gatos”, y cambiar de tercio tres páginas después para reflexionar sobre los avatares de su propio destino y existencia: “El pan que parto como género humano desemboca en las lenguas y hago del peso de la lluvia el símbolo de mi crucifixión”.

Gabarre recrea momentos cercanos de la vida cotidiana como los devenires por una discoteca (“entonces puede decirte: ¿podrás abrazarme esta noche en el centro

de la pista de baile?”), con la ternura un tanto entristecida de una mirada renovada (“y dibujáramos cuerpecitos de niñas de calcio con tarjetas de crédito, los huérfanos que se duchan con nuestros besos”), y quizá por eso, por esa tristeza de los días se deja prender por la libertad de la noche (¿también libertinaje?) y entra “a los bares para alquilar la piel de otros cuerpos”. Probablemente en esas barras de los garitos de madrugada es donde descubre “ese instante en el que las matemáticas quedan envueltas entre las sábanas”.

Al poeta no le importa ponerse cara a cara frente al más poderoso (“dejar a Dios sudar en la bañera, mirar al hijo del hombre”) ni cambiarle la pila al reloj del Universo (“los astros se desangran tallados por la indecisión del cronómetro”), antes de lanzarse sin dejar de manipular la manilla del acelerador al temido “sacacorchos” del circuito estadounidense de Laguna Seca, que aquí toma el nombre en forma de descomunal poema de “Ezra Pound reconoce como su señor natural a Alfonso II de Aragón”, que es una auténtica epopeya lírico-épica que arranca en el Tiro de Amílcar Barca y concluye ante las prusianas botas del Kaiser, pasando antes por la “espalda de alguna camarera -cuando todo es soledad y barbitúricos-“, el martirio de los herejes cátaros en Beziers y Montségur, los heroicos arqueros ingleses de la batalla de Azincourt comandados por el héroe shakesperiano Enrique V, y los trovadores aquitanos. Un curso intensivo de historia que muestra y demuestra que la poesía también puede y debe abrir otros y muchos caminos que van más allá de la conquista del corazón de la amada, que puede y debe conseguir que los actores del pasado se metan tranquilamente en papeles contemporáneos.

Gabarre también nos convoca a viajar a la Baja California (¿el desierto de Los Monegros?) y de paso recuerda con herramientas de hoy, Google Earth y Google Maps, mientras ella “seguía conduciendo”, que “una caja de anticonceptivos no era un lugar en el mundo” y que “una puesta de sol no era simplemente un fósil que pudiéramos datar”. Y al fin y a la postre el libro va concluyendo con la desolación que el poeta ve y todo lo impregna (“como cuando una niña comienza a desvestir a sus muñecas, lo cual supone un terror añadido a la vida”) pero también con la esperanza y el convencimiento de que siempre queda algo fieramente humano a lo que agarrarse, como el erotismo que es ver “cómo plagia la luz tus nalgas en el espejo mientras haces café”. 

Este libro de José Gabarre conmueve hasta lo más profundo y de eso trata la poesía. De irnos removiendo pedacitos del corazón y del alma, de que las palabras reconstruyan para los demás mortales, a través de la voz del médium que es el poeta, mundos que no sabemos a ciencia cierta dónde están o qué significan. En “Mi animal preferido eres tú” reconocemos historias venidas de un territorio ajeno a éste, imaginamos paraísos que nos colman, o infiernos que nos desgarran, recorremos un mapa que el poeta traza para que encontremos los muchos tesoros que son sus versos. Gabarre, ni siquiera frena cuando ve a Dios.   

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JOSE MARIA HERRANZ | “ARTE DE LA DANZA”

Por: Manuel de la Fuente Vidal


“Arte de la danza”
José María Herranz
Prólogo: José Luis Moreno-Ruiz
Ed. Los Libros del Mississippi

ES AMOR, QUIEN LO PROBÓ LO SABE

En aquellas noches tenebrosas y terribles del Neolítico, nuestra especie, el Hombre, junto al fuego, aterrorizada, miraba al firmamento creyendo que sus horas estaban contadas. Pero entonces, el chamán contemplando las estrellas sintió apresurado el ritmo de su corazón y armado con una rama se puso a seguirlo golpeando sobre la rama de un gigantesco roble. Y sus apesadumbrados hermanos sintieron que la luz y la alegría volvían a su sangre y a su cuerpo, y sus extremidades y su alma se reconfortaban con el ritmo, con el arte de la danza. Éste, Arte de la Danza, es el sugerente título de un libro no menos sugerente firmado por José María Herranz, que ancla sus palabras en aquellas ya casi remotas noches de la Movida madrileña en los años 80, donde corrían la vida y la libertad en lugares como el Ras, Voltereta, Rock-Ola, donde hervía la juventud después de tantos años de tinieblas. Quizá, como dijo Neruda, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, o quizá sí, pero aquellos días permanecen en nuestra memoria como lo hacen en los versos de Herranz, autor ya de un buen puñado de libros. Joy Division, Depeche Mode, Nitzer Ebb… le brindan la sintonía para poner en marcha la discoteca, “su iglesia” en la que “adoraos a vosotros, adorad el universo”, “tremola la cósmica bandera en el templo de la danza” y “arde inextinguible el hidrógeno de dios para todas las criaturas”. En estos tiempos de versitos de corazoncitos de adolescentes rotos, que no valen ni para ilustrar una carpeta colegial, el libro de Herranz nos hace viajar a ese territorio de ensueño donde la poesía es iluminación, como servida por los dioses a través de sus palabras, que no otra cosa es el gran poeta, un médium entre las alturas celestiales y los terrestres seres humanos: “Por eso, hermanos, dancemos, es nuestro lugar y nuestro tiempo. Celebremos nuestro cuerpo y el del otro con deleite, disfrutemos la vida que radiante y pletórica nos es brindada”. La danza se nos presenta aquí, en estas páginas, como un acto de liberación sexual, incluso política, como un templo de celebración y un lugar de abrazos y ternura, la puerta de un camino iniciático hacia la plenitud sensorial y emotiva, un refugio contra el miedo y la soledad. Como tan hermosamente dice el poeta, “no debemos bailar sin habernos bautizado”. Aquellas noches se vivía a quemarropa, en el límite del bien y el límite del mal, que cantaba La Frontera, sobrepasando las barreras de la prudencia siempre y cuando el guión de la rebeldía lo exigiese, sembrando de caricias y besos las calles y las pistas de las discotecas bajo luces de neón, que parpadeaban como nuestras entrañas: “Se reconocen así los filósofos adolescentes en los altares de las discotecas entre laberintos de cocaína, y yo contigo tengo que vivir, quiero ser feliz”. No eran aquellos, tiempos de renuncia, sino de pasión y duermevela, de mañanas de domingo y resaca en La Bobia del Rastro, de anocheceres moderadamente contraculturales y punkies en Chueca, Malasaña y Prosperidad, de efervescencia en cada página de nuestra vida y la del poeta apurando cada sorbo de cada segundo, ensimismado en unos ojos, en un cuerpo amigo: “Tú resplandeciendo, sagrado, en el templo de la danza”, esas noches de fuego para “el acto de amor inexperto y delicado que dibujan los adolescentes bailando Depeche Mode”. Poesía cosida a nuestra piel, a las hechuras de nuestros sueños y sentimientos, poesía valiente y con arrojo, poesía osada, bella y fieramente humana, poesía de un lugar y de un tiempo exactos, pero poesía eterna, para el hombre de entonces y de ahora, poesía justa y necesaria como el pan de cada día, poesía como el arte de la danza que nos liberó del terror cuando los dinosaurios ya no poblaban la Tierra. Como escribió Lope de Vega, “esto es amor, quien lo probó, lo sabe”.

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