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HACIA EL CENTRO EN EL 17

Por: Mohamed El Morabet


Cojo el autobús número 17 para ir al centro. Me deja al lado de la Plaza Mayor y luego camino un rato hasta llegar a mi cafetería habitual donde apresuro los minutos con un café y el periódico antes de acudir a lo que verdaderamente me convoca al centro. Que no es más que la necesidad de estar en el centro. Como si el centro fuera la única explicación razonable de mi existencia. Siempre he sospechado que esta necesidad de ir al centro nació conmigo por haber nacido en la periferia. Pero visto con cierto detenimiento, quién no ha nacido alguna vez en la periferia. Esto se me antoja tan relativo que a veces me convenzo de que yo también he nacido en el centro. Entonces, en esos días que a menudo superan la semana, los paso en mi barrio tan a gusto convencido de que quienes nacimos en nuestro barrio éramos, y seguimos siendo, el centro del mundo, de ahí que nos vengan a visitar turistas chinos y senegaleses para fotografiarnos, igual que hacen los reporteros del National Geografic con los leones y las cebras de la sabana, por ejemplo. Lo raro es que este sentimiento no dura mucho, entonces vuelvo a sospechar que de centro nada, periferia total, y reemprendo mi rutina y me monto en el 17 de nuevo para ir al centro. En el autobús ausculto mi alrededor y siento que los viajeros con quienes comparto el trayecto sufren la misma abducción. Van al centro precisamente porque es el centro. ¿Y qué es el centro? Pues la primera o la última parada del 17 según me pille el día y el humor. Es decir, en términos aritméticos, el 1 o el 7 del 17 que, mira por donde, son todos números primos, con lo que puede llegar a significar eso. «La libertad es un número primo», escribió hace tiempo un escritor casi desconocido. Y acertó. El 17 me conduce siempre a una libertad fingida, de esas con sabor delicioso a bollería industrial rellenas de chocolate o crema, “a elegir” suele anunciar el escaparate. Y todo a un precio nunca redondo. El coma 99 de los engaños masivos habita por igual en la periferia que en el centro. Es inmune y ajeno al trayecto unido por el 17. Entonces, bajo del 17 y mientras camino pienso en no encender un cigarro hasta que alcance la farmacia, donde la farmacéutica me sonríe y pregunta: «¿Lo mismo?». A lo que contesto: «Lo mismo», pero en realidad siempre sopeso responder algo diferente, tipo: «No, hoy solo una crema dulce para las manos o un champú amargo contra la calvicie». Mis medicamentos y yo nos trasladamos de vuelta en el 17 con la esperanza de que nos disolvamos pronto en la espesura química de la periferia, para dejar de una vez por todas el centro en paz.

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ATASCADO EN UNA LÍNEA

Por: Mohamed El Morabet


Incluso él me lo decía. Me lo repetía siempre que podía. Eres un negado, hijo, me soltaba sin venir a cuento. Yo le miraba con cara de asco y felicidad y luego encendía un cigarro. Ya estás otra vez ignorándome como siempre, replicaba. Mucho tiempo habíamos pasado juntos y se las sabía todas. Encender un cigarro siempre lo interpretaba como mi único refugio y mi forma sutil con que le daba la razón. Pero aunque lo sabía, no se conformaba. Él era así, le encantaba lo evidente. Recalcar lo evidente, usando sus propias palabras. Dímelo, me dijo esa noche, a que lo eres, a que eres un negado. Luego añadió con demasiado sorna u honor, que casi vienen a ser lo mismo, dilo en voz alta, deletreando las letras. De una en una. Sintiendo sus fonéticas. N E G A D O. Las pronunciaba con un ritmo asesino, como si fueran en mayúsculas aquellas seis letras y luego me miraba con una carita de complacencia para que yo me atreviera a repetirlas. Vamos, empieza, decía con una sonrisa oscura. Una de esas que no se ven a menos que enciendas la luz. La luz de la eternidad, imaginaba mientras me resistía a entrar de lleno en su absurdo juego. Después de apagar la colilla pensé en contraatacar, y luego pensé que no me merecía la pena. Y si lo hago sólo para molestarle, sin venir a cuento, como hace él conmigo, sopesé entre los últimos hilillos de humo que dejó el cigarro tras su desvanecimiento. ¡Joder! Al final, entro en su juego, pensé a regañadientes y le miré estudiando su cara para imaginar su reacción hasta que se lo solté. Vomité el regustillo del cigarrillo en forma de frase sentenciadora. Él me miró, me siguió la corriente, a que vas a decir algo ahora, me dijo de repente. Ya lo sabía, su intención era cortarme el rollo. Me reí hacia mis adentros de satisfacción por adelantarme a sus pasos. Siempre me he sentido un gran estratega en solitario. Y le miré con piedad, luego se lo dije con calma, una calma parecida con la que le hablaba Jekyll a Hyde. Déjame leer, le dije con muchas ganas para que no me respondiera. ¿Qué lees?, me preguntó mecánicamente como si fuese mi mente la que formulaba la pregunta. Una palabra tuya, respondí para zanjar el tema. Pero al cabrón se le escapó una carcajada que me desconcertó del todo y me dijo: si ya te lo dije. Una palabra mía, negado, que eres un negado. No, idiota, le respondí perdiendo los nervios. Una palabra tuya, de Elvira Lindo. Pero qué vas a saber tú, admití al final que ya estaba fuera de mí y que él había conseguido su propósito: Perder el hilo de mi lectura. Siempre lo hacía, eran muchos años juntos. Entonces, me di cuenta que no me quedaba otra que deshacerme de él a la vieja usanza. Así que aparté el cenicero, apagué la lámpara y cerré los ojos para dormir. Soñé que los dos éramos la misma palabra. Una palabra nuestra.

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UNA SEGUNDA MANO DE PINTURA

Por: Mohamed El Morabet


«Creo que es como una pared que exige a gritos una segunda mano de pintura. ¿Y qué pared no la merece? El blanco a menudo deja estragos que no se reconstruyen hasta que quedan escondidos bajo varias capas de pintura, y si la pintura es de un color diferente, mejor. A veces a la pared menos sospechosa e inútil de la casa no le queda otra salvación que el que aparezca alguien para taponar todos sus agujeros, lijándola por completo. Aunque existen serias discrepancias entre pintores en este asunto. Cuando era joven, mi novia de aquel entonces y yo alquilamos un pequeño apartamento y la casera, una señora mayor que aparentaba ser muy maja, nos lo pintó todo de blanco. El gesto nos gustó mucho y cuando nos entregó las llaves dijo que prefería que no colgáramos ningún cuadro porque le disgustaban los agujeros que dejaban los clavos en las paredes. Su sugerencia nos pilló desprevenidos, además se acercaba bastante a lo que podíamos considerar una orden tajante más que una simple sugerencia. Creo que, tanto mi novia de aquel entonces como yo, aceptamos las llaves asegurándole a la casera que no teníamos cuadros que colgar y que siempre habíamos soñado con estar rodeados de unas paredes limpias y blanquísimas. Cuando nos mudamos a ese apartamento teníamos unos veintitrés cuadros y, como era de esperar, los colgamos todos. Tuvimos la suerte de que la casera muriese antes de que abandonáramos el apartamento y también gozamos de la inmensa suerte de que su hija, que también aparentaba ser muy maja, no heredara la manía de su madre, además del apartamento. El pintor que viene ahora a casa a hacernos chapuzas desde hace diez años siempre tiene ganas de tirar abajo las paredes. “Nada sienta mejor que levantar una pared nueva”, dice. Siempre he especulado con que su verdadera pasión es contemplar cómo destruye todo para después construirlo nuevamente y pintarlo. Es como si la idea de pintar algo que él no hubiese estropeado previamente le causara una infelicidad absoluta. Visto con detenimiento, y mira si he reflexionado sobre esto, es la manifestación perversa de una perfección casi diabólica. Su lógica es intachable: destruir, luego construir. El pintor lleva dedicando casi toda su vida adulta a hacer chapuzas, sin embargo, a lo que siempre ha aspirado es a formar parte de todas las etapas del proceso de creación de una pared. Si dependiera de él, nuestra casa habría sufrido varias reformas drásticas a lo largo de estos diez años. Y no solo unas paredes, sino la casa entera. La habría echado abajo a golpe de martillazo, para levantarla ladrillo a ladrillo y quedarse luego satisfecho. Como él dice: “una nueva capa de pintura ayuda mucho, da frescura a la casa y te hace sentir útil por momentos, pero una pared nueva, eso es pura felicidad”. Sinceramente, a veces quisiera darle la razón y rendirme a sus deseos pero mi pereza es poderosa y siempre acaba marginando a los deseos ajenos. Yo soy de la idea de que la pereza tiene la virtud de camuflarse en los pequeños detalles, en los agujeros que dejan los clavos de los cuadros descolgados. Desde luego, habita cómodamente nuestra rutina como un ácaro y succiona nuestra sangre con la misma fuerza que un niño hambriento amamanta la leche de su madre. Y eso que nadie prefiere ser un niño eternamente, ¿verdad?», dijo mi amigo tras echarle una primera lectura a mi cuento. «Pero, ahora en serio, ¿qué te parece?», volví a preguntar. «Pues eso», añadió.

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RUMBO AL HORIZONTE

Por: Mohamed El Morabet


Una noche soñé que navegaba en una canoa rumbo al horizonte. «Quiero morder el horizonte. Clavar mi figura en su línea. Atravesar su capacidad metafórica con mi sed de venganza. Quiero dominar el horizonte», me dije. Luego, me detuve en una isla para descansar. Una vendetta digna de ser llevada a cabo requería mucha energía. Me encontré con una persona muy parecida a mí. Sí, idéntica. Llevaba gafas de pasta, ojos cansados, jersey color crema y un pantalón vaquero. Ah, su lunar en el borde de la mejilla izquierda me saludó como si me reconociera. Nos miramos sorprendidos, aunque, rápidamente, nos sonreímos como si fuese una íntima confesión. Le hablé y le hablé. Le conté mi viaje, mi obsesión por el horizonte, el mar, el sueño, pero en ningún momento me contestó. Eso sí, me escuchaba, atento, como si me observara por la mirilla de un microscopio delicado. Al cabo de nada, me di cuenta de que no me entendía. Hablábamos lenguas diferentes. Sonidos dispares unían nuestra igualdad. Entonces le imaginé navegando en una canoa rumbo al horizonte. «Quiero que el horizonte me saboree. Que su horizontalidad me devore. Que me permita derretirme en su infinitud. Deseo que el horizonte me subyugue», se dijo. Luego, se detuvo en una isla para descansar. Los deseos a menudo consumen más de la cuenta. Se encontró conmigo. Sí, él y yo. Llevaba gafas de pasta, ojos rebeldes, jersey beige y un pantalón jeans. Ah, su lunar en el borde de la mejilla derecha me ignoró como si estuviera harto de mi compañía. Nos miramos sorprendidos, aunque, rápidamente, nos sonreímos como si fuese una íntima repetición. Me habló y me habló. Me contó su cotidianidad, su reflejo en la lectura, su deseo de morir despierto, pero en ningún momento le contesté. Eso sí, le escuchaba, atento, como si le observara por la mirilla de un texto ya escrito. Al cabo de nada, se dio cuenta de que no le entendía. Hablábamos la misma lengua. «Sólo hay mundo donde hay lenguaje», dijimos con la misma voz ahogada la mañana siguiente recordando a un tal Heidegger y después desayunamos con la seguridad de que la isla ya era plenamente nuestra.

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RAY CHARLES ANTES DE DORMIR

Por: Mohamed El Morabet


El humo de las hierbas amarillas de mi taza se entremezcla con el humo del cigarro consumiéndose en el cenicero mientras escribo esta frase. Escucho Here We Go Again interpretada por Norah Jones y Ray Charles. Me apresuro a fumar más que el cenicero. Sostengo el cigarrillo con los dedos índice y mayor de mi mano izquierda a la vez que tecleo esta misma frase. Ahora el humo ocupa la pantalla de mi ordenador y el timbre de voz de Ray Charles lo envuelve de vida. Se acaba la canción y la lista continúa.

Releo lo escrito y decido seguir. La canción que suena no me gusta y paso la lista. Ahora el dúo lo forman Ray Charles y Diana Krall. Me acabo de acordar que una vez vi a Diana Krall en un concierto cuando empecé a coquetear con el jazz. Creo que sigo coqueteando con él. Siento que nuestra relación todavía no se ha afianzado del todo. Me invaden imágenes de aquel concierto, aunque no me acuerdo con quién estaba. Fue en el Café Central de la Plaza del Ángel de Madrid, y seguramente estaba con alguna chica. ¿Quién era? Lo pienso y miro cómo se llama la canción y me topo con este título: You Don’t Know Me.

Quiero seguir escribiendo a pesar de la fuerza de la ideas que me sobresaltan. Una idea me sugiere que siga canción por canción hasta agotar el álbum y dedicar un párrafo para cada una. Otra idea me advierte de la ligereza de las ideas comunes y me insta a que la idea anterior era una de ellas. Otra idea, creo que la más natural, me fuerza a seguir escribiendo sin cortapisas. Es demasiada presión y enciendo otro cigarro. Pienso que ni siquiera han pasado diez minutos desde el último cigarro, pero esta idea es la más poderosa de todas y mientras la escribo ya tengo en el cenicero el cigarro encendido.

Suena la inconfundible voz de Elton John. Y dejo de escribir. He escuchado la canción entera y mientras lo hacía y releído dos veces lo que hasta aquí he escrito. Sorry seems to be the hardest word. Lo siento, parece ser la palabra más difícil, dice la canción y no puedo estar más de acuerdo. Siento el sabor fuerte del segundo cigarrillo en mi boca y recuerdo mis hierbas amarillas. Doy un sorbo a la taza y la infusión esta templada, tirando a fría. Me alivia inmediatamente el regustillo del tabaco y la lista prosigue su camino. Suena una canción que no me dice nada. El vacío quiere buscar su hueco en este texto y yo no se lo quiero otorgar. Escribo a contracorriente de la vacuidad de la canción que suena. Quiero que se acabe ya y sé que lo hará si me concentro en la escritura y creo que lo hago, porque estoy tecleando cosas que no entiendo mucho pero cumplen con la función que les he encomendado desde que empecé, más o menos, este medio párrafo.

Ahora suena un medio blues que me agrada. No quiero dejar de escribir. Así que no sé quién es el cantante que forma dúo con Ray Charles esta vez. Mi pareja, B. A., me ha interrumpido requiriendo mi atención y le supliqué que me esperara un minuto. Cuando atendí a su llamada me dijo que ya no se acordaba de lo que me quería decir y que había tardado mucho. Y ya que hablábamos aprovechó la oportunidad para recordarme que me quería. El amor sustituye lo olvidado. Seguro que fue más de un simple minuto.

El álbum sigue su curso natural. Son las 22:24 y estoy tumbado en el sofá con el ordenador encima, escribiendo sin mover ni un musculo más de lo necesario para teclear, fumar y beber. En breve voy a dormir. ¿Soñaré con Ray Charles esta noche? ¿O con la desconocida chica que me acompañó a ese concierto de Diana Krall? No lo sé, ni siquiera sé si soñaré. De hecho, llevo mucho tiempo sin hacerlo.

Acabo de ponerle título a este texto y me salió Antes de dormir. Creo que ha sido condicionado por el anterior párrafo. Y en este párrafo quería apostillar que quizás escribo porque ya no sueño. Me refiero a que ya no sueño de noche, con los ojos cerrados y la luz apagada. ¿Será que escribo porque quiero soñar de esta forma? Escribir es soñar, esto seguro que ya lo habrá escrito alguien antes. Incluso habrá quien haya teorizado sobre el asunto. Aun así, me asusta esta última reflexión. Parece una frase sencilla y llana. Escribir es soñar. Sin embargo, presiento que encierra a miles de monstruos despiertos que ni sueñan ni escriben. Monstruos azucarados y con ansias de vivir las pesadillas que habrían de hacerme vibrar. De ahí mi miedo. Y sé que si una reflexión me asusta es porque necesito reflexionarla más tiempo y puede que llegue a crear algo con ella. Un texto, quizá, sobre el sueño y el tiempo que lo precede.

Creo que ya tengo un propósito para ir a dormir. Soñar sobre si escribir es soñar. Y si mañana, al despertarme, me acuerdo de algo lo escribiré. Y si no es el caso, Ray Charles habrá cumplido probablemente con su misión apaciguadora.

Enciendo mi último cigarro y mi infusión de hierbas amarillas está imbebible. Ya me pican los ojos y la lista llega a su fin al igual que el día de hoy. Un domingo remolcado por una lista de canciones hacia un lunes cualquiera.

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AQUEL QUE ESCRIBIÓ EL LIBRO QUE ROBÉ

Por: Mohamed El Morabet


Te conocí en un libro sin portada.
Te leí a escondidas debajo de las sábanas,
iluminándote con una linterna.
Tenía trece años y estaba excitado.

Tu libro fue lo único que robé en mi vida.
Se lo hurté a mi hermano mayor.
Se lo pedí de buenas, pero consideró
que no tenía edad suficiente para conocerte.

Te conocí y te olvidé al cabo de nada.

Me reencontré contigo mediante otra lengua.
A través de otro viaje.
Te releí y te saboreé como el niño que fui bajo esas sábanas.
Te llamabas Mohamed igual que yo,
aunque todo el mundo te conocía por tu apellido.

Algunos se inventaban historias sobre ti,
como si no les bastara las que tú escribiste
y ellos jamás leyeron.
Un amigo que también te conoció de niño,
de mayor le disgustaba que te compararan con Bukowski.
Yo le daba la razón para calmarle.

Fuiste atrevido y te tacharon de pornográfico.

Te reinventé en un texto y puse en tu boca diálogos
que te eran ajenos.
Perdóname la osadía,
pero es que llevas tanto tiempo conmigo
que no lo pude evitar.

Es lo único que me queda.
Llenar tu ausencia con diálogos inventados
y citas apócrifas.
—Llevo toda la vida intentando irme
y nunca lo he conseguido —dijo Chukri.
Entonces yo me callé.

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ACABA DE EMPEZAR A LLORAR

Por: Mohamed El Morabet


Acaba de empezar. Miro el reloj y son las cinco y treinta y siete minutos de la tarde. Casi lo borda. Ayer empezó a las seis y dos minutos. Lleva todo el mes llorando más o menos a la misma hora.

¿Quién es? ¿Cómo es? ¿Dónde vive? ¿Cuál es su nombre? ¿Qué edad tiene? Y tantas otras preguntas quedarán sin respuesta en esta historia. Lo único que sé con seguridad es que empieza a llorar a la misma hora con el mismo tono todos los días. Arranca con unas súplicas llorosas y luego, poco a poco, su voz va adquiriendo más fuerza hasta que su llanto desenfrenado se cuela en mi despacho. Entonces abro la ventana de mi estudio que da al patio, abandono mi tarea y me dedico a escucharle con atención unos minutos mientras fumo.

Seguir con esta historia sin respuestas es lo más parecido al llanto del niño. Cuando le presté atención por primera vez estaba pensando en una granada. Ni la americana ni la española. En una granada universal. Esa fruta redonda con piel amarillenta tirando a rojiza que cuando te adentras en su interior se abre ante ti un mundo matemático de posibilidades y laberintos separando a los habitantes rojos que la componen con una especie de cortinas finas amarillas. No sé en qué libro, Hipócrates recomienda su jugo como tonificante contra la fiebre. Tampoco sé en qué libro, se afirma que fueron los bereberes quienes la llevaron a Europa. Se dice también, según la mitología griega, que el primer granado fue plantado por Afrodita y que el poderoso Hades, dios del Inframundo, ofreció el fruto a la bella Perséfone para seducirla. Shakespeare oculta bajo el follaje del árbol a su famoso Romeo para cantarle una serenata a Julieta. Y tampoco sé quién dijo que en China se tiene la costumbre de ofrecer una granada a los recién casados como auspicio de una vida plena de descendencia. También tengo dudas de si la granada aparece en el Corán como uno de los muchísimos frutos que brinda el paraíso musulmán. Se asocia con la fertilidad desde hace mucho tiempo, parece, aunque yo sólo sé con certeza que cuando la pelaba de pequeño me dejaba las manos teñidas de un amarillo que daba repelús, y por más que lavaba mis manos con jabón, las manchas seguían ahí durante bastantes días. Recuerdo que entre los niños de mi infancia se había extendido el rumor de que la única solución para que las manos volvieran a recuperar su color natural era frotándolas con piedra Pómez. Fantaseaba con que mi madre tuviera una piedra de esas, pero desgraciadamente el jabón ya se había instalado en casa para siempre. Aquella tarde no estaba pensando en una granada, por algún misterioso mecanismo de la memoria, cuando él empezó a llorar, simplemente porque ese mismo mediodía había comido una. Me costó más tiempo del que dedico normalmente al postre. La pelé con ímpetu como si estuviera peleando con mi propio destino. Lo curioso, y esto es lo más importante, era que no me había dejado ninguna mancha asquerosa en las manos. Seguramente las granadas de hoy están tratadas genéticamente, pensé. Y no solamente las granadas, los tomates se llevan el palmarés. Desde que me enteré, no sé dónde ni cuándo ni por qué, de que a los tomates les inoculan un gen anticongelante que le extraen a un pez que vive en las aguas heladas de Siberia empecé a consumirlas más a menudo y con interés. Las incorporé a mi dieta diaria más de lo que ya estaban. Pan con tomate para desayunar, a la ensalada nunca le faltan un par de ellos, en mis guisos es primordial y, para merendar, zumos de tomate caseros con ajos y pimienta, y de cena vuelvo a untar tomate triturado a los montados que me zampo como si no hubiera un mañana. Y si es verano, súmale el gazpacho y el salmorejo y algún que otro Bloody Mary refrescante. Creo que el efecto de tanto tomate con gen anticongelante no tardó en aparecer. Ahora ya no me congelo ante las situaciones drásticas que se entrometen en mi camino cotidiano y menos ante el llanto de un niño, cuyas preguntas esenciales todavía flotan en el aire.

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LOS CLÁSICOS EN VERANO

Por: Mohamed El Morabet


—Yo dedico el verano a los clásicos.
—¿De fútbol?
—No, hombre, no. A leer los clásicos, ya sabes.

Con la caña de cerveza a medio terminar, me dediqué a espiar a gusto la conversación. La terraza no estaba muy llena todavía a esa hora y mi cita llegaba tarde.

—Yo una vez me llevé uno de Bécquer a la playa y lo mojó mi sobrino. Ese es un clásico, ¿no?
—Claro, aunque a ese no le leí nada. Recuerdo que nos cayó en Selectividad.
—Yo aprobé en septiembre.
—Tú y casi todo el mundo.
—¿Tomas otra?
—Venga.
—Dos botellines, porfa.
Encendí un cigarrillo y me coloqué bien en la incómoda silla de resina.
—¿Y con quién estás ahora?
—Si ya te lo conté. Desde que lo dejé en mayo con Lucía no quiero más líos.
—Los clásicos, digo.
—Ah, sí, pues empecé a leer Metamorfosis de un tal Olvidio, pero enseguida me rayó.
—¿Pero ese no era de un judío?
—No sé, creo que en esa época no había judíos todavía.
—Que sí, hombre, que sí, ese, ¿cómo se llama, joder?, lo dimos en tercero de BUP o en COU.

Al traerles el camarero los dos botellines, aproveché su presencia para pedir una caña doble.

—Es igual. ¿Entonces te rayó y lo dejaste sin más?

—Lucía dejó libros en casa y los llevo hojeando todo el verano, encontré también uno de San Agustín. Confesiones, se llama.

—¿Y de qué va?
—Todavía no lo he empezado.
—¿Me pasas el otro? A lo mejor me mola.

—Pásate un día por casa y te lo llevas. O por qué no vienes a comer la semana que viene, por si quieres echarles un ojo a los otros y llevártelos también.

—¿Por qué no los vendes?
—Son suyos.
—Si los dejó será que no le importan mucho.
—Ya.
—¿Con quién sale ahora?

—Con el gilipollas ese de su compañero de Departamento. Estuvo en mi cumpleaños, ¿lo recuerdas?

—Cómo lo voy a olvidar. Me pilló por banda en la cocina y me soltó una sarta de tonterías sobre Pompeya y Cartago. Pensé que me estaba tirando los tejos.

—Ese es, el cabrón se las da de leído para ligar, como si eso aún se estilara. No se habrá enterado de que existe el Tinder.

—¿Te viene bien el miércoles? A comer no podré, pero me paso a eso de las seis a tomar una.
—Me mandas un WhatsApp y listo. Y si llevas unas litronas, de puta madre.
—Hecho. ¿Sabes que este año la Liga empieza pronto?
—Lo estoy deseando, tío. A ver si empieza ya.
—A ver a quién ficha el Barça. Con la millonada de Neymar andan sobrados.
—Mientras exista Cristiano, lo llevan crudo.
—Y que lo digas. Este año, a matar.
—O como digo yo y un filósofo inglés: Ser o no ser.

A punto estuve de pedir otra caña doble cuando vi a Lucía saludándome inquieta desde la esquina de la calle. Me mandó de inmediato un WhatsApp: «Te espero aquí. Luego te cuento». Pagué la cuenta y me fui. Jamás me contó nada.

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MI LITERATURA

Por: Mohamed El Morabet


Podría haber ocurrido cualquier otro día, pero no. Era miércoles, día del espectador. Mi pareja y yo estábamos comiendo sentados frente a frente y con la televisión informándonos de lo que ocurría en el mundo. Disimulábamos hablar de nuestras respectivas mañanas en el trabajo. Dosificábamos la información, sólo recalcábamos lo ya conocido. Y, como siempre, la conversación acabó siendo sobre la comida. Lentejas muy ricas, boquerones y salmonetes fritos y algo de lechuga y tomate. Todo sucedía según lo establecido, es decir, haciendo honor al día del espectador. Como era habitual, terminé de comer antes que ella. Entonces empecé a pelar una naranja mientras ella ultimaba las lentejas rebanando su plato. Verla rebañar aquel plato con pan era como estar delante de una persona moribunda aferrándose a la vida antes de su último suspiro. El meteorólogo de la tele anunciaba un anticiclón pasajero y en ese momento se me escapó un eructo, exactamente justo cuando metí el tercer gajo de naranja en la boca. Y con la boca atascada, sólo acerté a reaccionar instintivamente:
―Perdón, perdón. Se me escapó sin querer.
―No te preocupes. Es tu cultura ―dijo ella con una calma divina y le quitó la espina al último salmonete de la mesa.

Esa tarde fuimos al cine. Al salir discutimos sobre la película en cuestión. Diferíamos en todo, aunque nos gustó mucho a los dos. Volvimos callados a casa. El silencio nos ayudó a reconciliarnos. Se lo agradecimos.

Era miércoles del año siguiente. Estaba leyendo una de las autobiografías de Elias Canetti y me detuve ante un episodio anecdótico que cuenta de su estancia en Zúrich, en la villa Yalta. Al parecer una de las señoritas de las que él siempre conservó unos gratos recuerdos se le escapó en una comida un eructo muy sonoro que desconcertó a todos los comensales de la mesa de aquella pensión. Según Canetti, todo el mundo ahí sentado se enmudeció. Seguramente era su cultura. Por eso, creo, nadie dijo nada. Y enseguida este episodio me conectó con otra escena vivida por Kafka y apuntada en uno de sus diarios. Creo que fue en un picnic a las afueras de Praga con sus amigos cuando a su querido Max Brod le pasó lo mismo. A diferencia de la escena de Canetti, en la de Kafka todos se echaron a reír después del eructo. Seguramente también era su cultura. Entonces dejé de prestarle atención a lo que leía y empecé a especular sobre los puntos de convergencia que había entre Canetti y Kafka. Mucho rato estuve ido sentado en la butaca roja con el libro de Canetti abierto. Después de varios cigarros, caí en la cuenta de que los dos eran escritores. Observación un tanto evidente, sin embargo, todo se aclaró en mi mente. Indiscutiblemente, era la cultura de ambos. Pero qué tenía yo que ver con ellos dos. Que yo sepa escritor no soy, al menos nunca nadie mencionó nada al respecto. Será por la literatura ingrávida, llegué a sospechar.

En la cena de ese otro día del espectador, mi pareja y yo planeábamos un viaje corto a un pueblo semivacío de Teruel. Tres días de escapada como mucho. Nos apetecía fantasear con la ilusión de montar en bicicleta las tres mañanas de la escapada, comer sano y hacer un paréntesis en la cotidianidad. En aquella cena disfrutábamos de un estofado de pavo con habas y leche de coco y con la televisión manteniéndonos al corriente de las noticias del mundo exterior. Y entre bocado y bocado a ella se le escapó un tímido eructo. Cuando alcé la mirada de mi plato, dijo con la boca llena:
―Perdón, perdón. Se me escapó sin querer.
―No te preocupes. Es mi literatura, que pone en boca de mis personajes todo tipo de palabras y a veces hasta eructos culturales ―dije mientras el meteorólogo auguraba lluvia para los días de nuestro viaje.

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POR UN CATÁLOGO DEL SILENCIO

Por: Mohamed El Morabet


Tus ánimos asaltan la fortaleza del silencio. Dentro del vagón del metro, los silencios a menudo se confunden con el ruido eléctrico de los motores y te dan miedo. En la estación de autobuses, los silencios viven cómodamente instalados en los baños y en los hospitales, huelen a ácido y desinfectante. Tú los vigilas. Los catalogas, más bien. Dices que hay silencios de diferentes estilos y formas, dispares casi todos. Silencios descriptivos, silencios reflexivos y silencios silencios. Estos últimos aseguras que admiten ser interrogativos, exclamativos o meramente absurdos, pero silencios de igual modo. Otros, los menos perceptibles, suelen ocupar el salón de tu casa. A veces se ejecutan en un movimiento espontáneo. Es el silencio de estar sentado en la silla del escritorio esbozando líneas y, en un vago momento, cambiar la silla por el sofá para seguir leyendo líneas ajenas. Ese cambio anida el auténtico sentido del silencio imperceptible.

La luz de Madrid desdeña a conciencia tu clasificación y no sabes por qué. Luz y silencio, eterna contienda. La primera por invisible y perentoria, por acogedora de entes espaciales, la velocidad de la luz, el siglo de las luces, por fin vio la luz, y se hizo la luz (indeterminado tiempo y tal vez al cuarto día), con pocas luces, el pobre, a todas luces, tener luz verde, «…luz de mi vida, fuego de mis entrañas,…» de Nabokov y demás. Y el segundo por invisible e impreciso, por facilitador de un amplio registro de interpretaciones, el silencio administrativo, el silencio de los corderos, biografía del silencio, el silencio de oro, «Toma esta copa y bebamos escuchando sin inquietud el gran silencio del universo.» de Omar Jayam, minutos previos a abrir los ojos cada mañana, instantes antes del borboteo de la cafetera sobre el fuego, el famoso minuto de silencio en un estadio de fútbol que nunca sobrepasa los veintisiete segundos o se hace infinitamente pesado, «Cuando pronuncio la palabra Silencio, / lo destruyo.» de la sagaz Szymborska, y el mismísimo Big Bang, ya que te cuesta imaginar una tremenda explosión sin que genere un profundo silencio ulterior. Aun contemplando las posibilidades que te ofrecen los silencios imperceptibles, te parecen los menos importantes. Probablemente porque corresponden a un lugar común o porque son compartidos por todo el mundo.

Los silencios descriptivos se centran en cómo saborear la primera cerveza el viernes por la noche en un bar, por ejemplo. Te quedas callado después de beberte el primer trago, con la mano sujetando la copa y con la mirada perdida. Y si tienes compañía —más vale que así sea—, la sorprendes mirándote inconscientemente, en uno de estos silencios, cuando te dice con los ojos: «No sé yo si tú…, pero a mí me sabe a rutina». Tu compañía mira su copa de cerveza y te vuelve a hablar en un silencio desdibujado: «El viernes es la antesala del fin del mundo. Te proporciona placer al mismo tiempo que te atormenta con la inminente llegada del lunes. Pero da igual, esta cerveza sabe a goma». La sigues mirando y preguntándote de qué te está hablando. «La goma de borrar palabras, de las que usábamos de niños», te dice con voz insonora. La ternura de tu interlocutora te desconcierta. Su aspecto trasciende tu campo visual. El bar no te satisface. La luz y el silencio exponen la categoría de tu profesión como un dúo musical. «Catalogador», te susurran complacientes para que nada cambie. Tu compañía saborea su copa llena de cerveza como si contestara a la pregunta de un curioso reportero que quiere saber por qué pestañea al hablar. Pero tu compañía no habla. Con o sin la copa en la mano, sentada o no enfrente de ti, continúa con los ojos parpadeando como si catalogara la luz. Su mirada deja entrever que se enorgullece de ser una persona que nunca se emborracha los viernes. La rutina le agrada aunque despotrique en su contra. La imaginas dueña de una librería atendiendo a un cliente que busca un catálogo de ruidos. Al rebuscar en los estantes, la librera le dice: «Aquí hay uno de estrellas, bombillas y tubos fluorescentes, casi lo mismo». Y el cliente lo paga y se marcha tan contento con su inútil compra. Tu compañía tarda mucho en terminar su cerveza. Tú aguantas y sigues a lo tuyo con los silencios descriptivos. Después de una pequeña espera vuelves a hacer aparecer al curioso reportero, esta vez algo exasperado, para preguntar de nuevo a tu compañía qué problema le plantea la existencia de la Nada. Tu compañía, con la cerveza casi por terminar, le contesta: «Un problema de ausencia de luz. De oscuridad. Como cuando de repente el ordenador se queda en negro y tú no has guardado los archivos, sin tener siquiera una copia. El mismo problema».

Respecto a los silencios reflexivos no puedes descifrarlos. Te exigen mucha introspección y el hecho de que sean precisamente reflexivos te anulan, como si intentaras pensar en lo pensado antes incluso de ser pensado. Te agotan. En fin, los silencios reflexivos se te resisten y dejas de tratar de averiguarlos. Son insondables ante tus percepciones.

Los silencios silencios son los tuyos, los que tu edad te otorga en medio de ese bar. Se hacen interrogativos a veces mientras te preguntas, mirando a tu compañía, por qué todo el mundo te abandona en la primera cita sin darte explicaciones. Ni siquiera una falsa excusa. Es concertar una cita para saber que después de la primera cerveza estarás otra vez solo. Estos mismos silencios se tornan exclamativos cuando tu tripa te da señales ruidosas de tener mucha hambre y mientras la tripa habla a su manera, los silencios exclamativos desaparecen enfadados.

Los silencios absurdos, sin embargo, son los que te escoltan, protegido, hacia la fortaleza de la primera frase cuando te dispones a pensar en la totalidad incierta de estos silencios mientras destellan escenas reales que la realidad no quiere asumir. Y, con diferencia, son los mejores. Los únicos que te permiten luego escribirlos bajo la intermitente luz de la imaginación.

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