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LA PRINCESA INSATISFECHA

Manuel Valero Yañez


Dicen que en un castillo lejano, en un lugar desconocido, había una Princesa que en tiempos lució manifiestas hermosuras, de las que solo disfrutó su soberano Señor.

Pero las bellezas sin par que poseía la bonita Princesa contenían un mar de ardores y deseos ocultos, regado por ríos inagotables de amor y pasión.

Aunque los calendarios volaron de su vida no por ello lograron ajar su beldad, de modo que juvenil y atractiva permanecía, con un enjambre de mariposas en su interior, que se alborotaban en cualquier ocasión de cruzarse con pajes apuestos por la mansión, o a la vista de varonil visitante hospedado en el castillo de su Soberano Señor.

Encadenada por lazos afectivos a su en otro tiempo tan amado Principe, aquel amor, de tanta usanza, con el tiempo deshojado se quedó, pues las íntimas fantasias desbordadas de la Princesa, en verdad, con su soberano Señor plenamente nunca satisfació.

Por eso, en su interior bullía un volcán de lava caudalosa de sueños ardientes de amor, con erupciones secretas que su mente reservaba para un guapo Principe, digno de su inédito ardor.

En sus momentos solitarios, recluída en oscura estancia, clandestina oteaba, desde su ventana entornada, recios caballeros que por el campo pasaban, a los que dedicaba arcoiris de goces, disfrutados en la penumbra de su aburrida y monótona habitación.

Hubo veces que, siendo irresistible su tentación, a algún visitante sus discretos tejos tiraba; escarceos realizados de quiero y no puedo que a la Princesa dejaban en peor situación de deseos, sólo calmados en el secreto de las cuatro paredes de su silenciosa habitación.

La Princesa apenada, golpeada por los días, en sus reconcomios se dolía de cómo desplegar sus alas plegadas, y volar y volar en un inmenso cielo de fogosos y locos amores, e inmolarse en una pira ardiente hasta convertirse en cenizas de amor con su Príncipe tantas veces imaginado.

Así volaron sus días habiendo ignorado el sabio dicho de que ” la ocasión la pintan calva”, refrán que anima a vivir proclive y diligente a los caprichos de lo inesperado, más se dice que debió hacerse adepta a la vulgar expresión de “a falta de pan, buenas son tortas”, porque se sabe que un día aquella Princesa insatisfecha mostraba gran felicidad cuando el tosco caballerizo de su soberano Señor la enjaezaba su corcel y la acompañaba en sus dilatadas cabalgaduras por los espesos bosques de la región, aunque de sobra es sabido que de los cuentos de Princesas y Principes nunca se puede afirmar lo que es realidad o ficción…

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LA PRINCESA DESCONOCIDA

Manuel Valero Yañez


Erase una vez una Princesa que moraba en un pequeño castillo de una región remota.

Cuentan que cada vez que la Princesa se miraba a un espejo se veía fea y llena de defectos, hasta el extremo que odiaba el físico que poseía.

No así la veían sus súbditos que decían que su carita era preciosa y no menos su cuerpo, aunque de estatura menuda y rellenito, por lo que la gente del pueblo no entendía muy bien el desapego que su Princesa tenía por su físico.

Nadie sabía que la Princesa, en su intimidad, era un volcán de deseos amorosos con ardientes apetencias eróticas, de modo que soñaba con un guapo y recio Principe, como la tierra sembrada codicia el agua en el mes de mayo.

Quizás por esas calenturas de las maripositas alborotadas de sus entrañas, cada vez que fantaseaba con su aristocrático varón imaginado, concibió la idea de ordenar reproduciones del retrato de otra princesa de belleza deslumbrante, antepasada de su familia, copias que mandó etiquetar con el nombre de La Princesa Desconocida.

Reunió a más de una veintena de heraldos a los que entregó los retratos, encargándoles que recorrieran la región divulgando el pregón de que esa princesa buscaba un galán que la escribiera una carta romántica, acompañada de un dibujo a pastel del postulante, su nombre y pueblo donde vivía, con la promesa de que la Princesa eligiría al más guapo y mejor escritor.

Al tiempo recibió cientos de misivas líricas de ardientes enamorados, aunque solo uno de ellos robó su corazón, un varón que no solo la cautivó por su beldad, sino por sus tiernas, dulces y apasionadas letras, de forma que decidió escribirse con él, y así lo hizo durante largo tiempo con cartas amorosas que mutuamente se superaban día a día unas a las otras.

Llegó el momento en el que no pudo resistir la distancia que le separaba de su amante y, venciendo su resquemor a la ficción que había tejido, decidió citarle en su modesto palacio, maquinando recibirle en su habitacion, con las ventanas cerradas, en perfecta penumbra, para evitar que reconociera el engaño.

Sucedió el encuentro y guardando la distancia con su visitante, hablaron y hablaron, largo y tendido, de todos los pormenores de sus vidas, de sus gustos, apetencias, deseos, sueños y fantasías, pero ocurrió lo imprevisto: las hojas de una ventana, azotadas por un golpe de impetuoso viento, se abrieron, y la luz del día deshizo el hechizo.

La Princesa, muerta de verguenza y atemorizada, con un debíl hilillo de voz, no supo decir otra cosa que: “No soy yo la Princesa Desconocida, mi amor”, ocultando rápidamente su cara entre las manos y dando la espalda a su visitante, temiendo que indignado abandonara la estancia.

Sin embargo, su amado se acercó a ella y la abrazó hasta conseguir que le mirase, quitándole las manos con las que tapaba su rostro, y tiernamente la dijo admirado:

-Cariño, aunque mi primera carta fue inspirada en el retrato de esa Princesa Desconocida que mostró el mensajero, cuando recibí la tuya ya supe que tus maravillosas letras nada tenían que ver con el retrato de ella. Entonces, con nuestra correspondencia, me empecé a imaginar cómo eras y así eres, tal como te tuve en mi pensamiento; la preciosa Princesa que tus lindas palabras dibujaron mi corazon enamorado.

En las crónicas del lugar está escrito que fueron inmensamente felices y comieron muchas perdices, por lo que, colorin colorado, este cuento se ha acabado.

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INSONNE

Di Nicola Foti


Insonne, interminabile la notte.

Tempo soffuso, immerso in questo letto sfatto, gli oggetti in un muto, immobile dialogo senza risposta. Tenui acufeni monocordi.

Caduto nel torpore quasi all’alba.

Draghi volanti, teschi che roteano nell’incubo all’aurora; e volo mollemente, e il fischio acuto, insinuante di un sonno senza ristoro.

Già la realtà dolente del mattino, nel malato risveglio del dovere, che cancella il sogno, e lo ricaccia nella trappola del desiderio.

Ora.

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PALABRAS AMASADAS | A VUELTAS CON UN PARTICULAR CORRALÓN DE CUERDOS

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros


Estaba por animarme al paseo y me he hecho a una imagen de exceso de hadas y poco cuento. Bebo infusiones del Mercadona y leo, a veces abro libros al azar, avanzo dos, diez páginas. Recuerdo los Santos cuando ello requería una visita al cementerio. Recuerdo a la Upe y a mi abuela rezando un rosario cuyas cuencas eran garbanzos. He apagado la luz y cerrado puertas y ventanas por temor a que los niños llamen al timbre. Hace mucho tiempo que no como un caramelo. En mi cuento… a veces pienso que mi cuento está por aparecer en un momento dado y no me importa demasiado si al ser besado se convierte en un sapo o en un principito. Muy buenas noches que, a pesar del soniquete de estas notas, buenas son.

Mi esquizofrenia hoy consiste en saberme poseído por todo aquello que tiro a la papelera. En mi recuerdo un confesor acaricia mi pelo con la mano sudada y temblorosa. Ese idilio no llevó a nada. Existen en mi desorden mental muchas maneras de nadar y también de darse al rezo. Veo en la mañana un discurso. Mi esquizofrenia consiste en procurarle realidad y proceder a vaciar, de nuevo, esa papelera a rebosar de chismes a la que he aludido.

Quisiera hablar de otra persona, por mucho que hablando de mí ya lo haga. El centro confluye con sus confines en cuanto al vértigo. Es en el vértigo donde uno se relaciona en otro. Donde se pierde para confabular en su contra al mismo tiempo que amarlo. Parecen dos amantes que se pellizcan, que comienzan a jugar a subir una apuesta donde uno sale vivo y otro no. Diría que lo que he procurado es, más que dar algo de mí, devolver lo que pertenece al mundo (que es el propio mundo). El hecho de no recordar el nacimiento me contraría. Mi esfuerzo sólo se ve recompensado narrando cómo vi el de mis menores (pero también el de mis mayores). En el tiempo de su muerte, otra y, claro, propia (la única posible).

El desierto una vez más estaba repleto de andenes, en las pantallas no se distinguía uno mismo de eso que llaman gente. Una vez entrado en el metro la multitud y yo pertenecíamos a la misma novela. Eramos el trayecto fraterno donde me descubrí mirando a esas personas. A veces una mirada chocaba con la mía y volvía, junto con la otra, a darse a la fuga. El extracto consecuente, el foco donde quise construir una historia más fueron dos adolescentes besándose. El universo reducido a dos bocas y, de nuevo, el otro, alguien leyendo y alguien pidiendo una limosna. Acto seguido, ya habiendo llegado a mi destino, el punto final era incapaz de ser transcrito. Allí las bocas eran las mismas, también otras. Allí el atardecer era una franja de luz cayendo sobre el color de la cerveza.

Quise ser él. No sabía cómo llamarle y le llamé “mi amigo”. Aspiraba a ser joven envuelto en una especie de halo que procedía más bien a asimilarse mortaja. Yo seguía sus movimientos. Con esto quiero decir: Cuando él se iba mi mirada se iba también, desaparecía a echar a correr junto con los pasos de un viejo que ya no lo era tanto. Mi amigo me dejó a la suerte de ver por donde él andaba a cambio de no reflejarme de modo alguno en ningún espejo. A veces visito uno. La imagen que procedo entonces al ver mi reflejo es solamente una huella, pero, ésta sí, es mía. No, no es la de ese niño que no sabía cómo llamar y bauticé, siempre con sorna, “mi amigo”.

Me recuerdo llorando para ella. Aquello era como interceder en una conversación entre dos faunos acosados por la posibilidad del trastorno. Hoy junto planes que no llevo a cabo sobre una mesa en donde residen dos ausencias. Desearía, en parte, salir más. Descubrir de nuevo Madrid tras una siesta de un mínimo de dos horas. El sol ha salido y hoy bailar es sobre huesos. No vengan a mí esas imágenes repetidas en fotografías a las que alumbra la vaga luz de una vela en el sótano. Doy inicio hoy a un camino que casi siempre remite a la lectura. Si trabajase me daría por una serie a las tantas y no ayudarme al sueño mediante inductores que arrancan parte de mi consciencia tras la toma para luego sumergirme en una noción toda blanca de la vida. Me recuerdo llorando para ella y sigo sin saber qué contestar a su pregunta. Huyo de una respuesta que sugiera a los faunos enfadarse el uno con el otro. Y espero a la vez que veo un horizonte que, quizá, también ven esos pobres charlatanes que, en ella, tampoco adivinan el momento de continuar una charla que ha sido silenciada por la alegría. Y esto me lleva a pensar en una palabra que nunca he sabido qué define y recurro a nombrar no sin vergüenza. Me refiero a “libertad”, y libertad sigue siendo escribir en la habitación. Desaparecer de la idea de morir por pensar.

He recibido un nuevo mensaje de mi ex a través de un Whatsapp de una amiga (suya). La disciplina sugerida (y se sabe -ella muy bien- que no me hago colega fácilmente de las disciplinas -tampoco de protocolo alguno-) era seguir manteniendo “contacto 0”. Más abajo aparecía un enlace (una lectura que me ha tenido a la pantalla durante, al menos, hora y media) “Ella considera importante que lo leas”. El contenido son unas bases que indican diagnóstico y trato del Trastorno Límite de Personalidad que, a su manera de ver, he de consultar a un experto (en nuestra mente mi psicoanalista). La lectura me ha dado impresiones a la hora de mirarme a mí mismo bajo el prisma del recuerdo que ella asocia a nuestra relación. La indicación de abajo, firmada por su compañera “y amiga” señala que “es conveniente no responda al Whatsapp”. Me lo he saltado a la torera. Tampoco nada muy significante, poco más escueto que hacer ver que “He hecho los deberes”. He cerrado mi aportación con un abrazo a ambas. Una hora después he recibido una respuesta aún más escueta: Igualmente. Es este un breve, pero concreto en cuanto a vidas mental y emocional, resumen de mi pasado lunes.

PD: He mostrado interés de mostrarle el texto a mi madre (de veras, pensé ¿A quién mejor recurrir?). La respuesta cosechada ha sido bastante cáustica: ¿Cómo no vas a tener Trastorno Límite de la Personalidad si no te haces la cama y dejas la ropa en cualquier sitio?

PD2: Fabricar cosas que van de A a Z siguiendo el orden estipulado del vocabulario requiere de ser un ingeniero perfecto. En cuanto a la “cosa escrita” aquellas fabulaciones que obedecen al sentido aludido me crean un desconcierto apabullante. Me confío más a lo que huye y regresa, a lo que vuelve sobre sí. Unas veces lo relatado comienza en la casa que da fin a la historia, en un mismo tiempo u otro, tras un largo paseo por los pasos de cebra de una ciudad y sus contornos rodeados de distintos tipos de árboles y plantas. No, las narraciones duras, del estilo A, B, C… Z agonizan de plano y cansancio. Sugieren, permítanme la imagen, por qué no descabellada, un naufragio en alta mar donde nadie muere. Son manos limpias que ocultan demasiadas cosas. Se parecen a la vida. E, igualmente, tienen una duración.

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UNA FIESTA EN MONGOLIA | PALABRAS AMASADAS

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros


Mongolia es un no-país que cambia de sitio porque una persona decente medio manchega guarda todo eso en una maleta que embarca y que luego saca cuando ya ha llegado a un país normal como Ucrania o Eslovenia.

En Ucrania o Eslovenia se respira aire mongol, igual que en España y Portugal.

Mientras, un niño de 13 años -que quiere ser astronauta de mayor- de 5 de marzo de 2009 abre un paraguas en el número 16 de la calle Antonio Leyva porque está chispeando. Está vestido con un coso lleno de bolsillos y, en cada uno, tiene un trozo de Mongolia: hectáreas con asquerosos kazajos vomitando, casas hechas con restos de vías de transmongoliano y templos basados en escritos de Marco Polo donde aparece nombrada la enfermedad Gengis Kan, que es un mal del que se mueren muchos tusos de la calle.

El niño de 13 años cierra el paraguas. Es que ha parado de chispear.

En Mongolia nadie hace nada excepto poner las cosas perdidas hasta que, de la mierda que hay, no se puede entrar en los sitios, cuevas o lo que sea.

Incluso tuvo que ir Bush para que se civilizaran un poco.

Porque en Mongolia hasta hace, como quien dice, dos días, la gente sólo hacer amor para asegurar la alimento y ni siquiera esperaban a que saliese el niño, sino a los cuatro o cinco meses, en cuanto eso se viera un poco gordo, primero el padre y después la madre o los dos al mismo tiempo y sin tenedor ni nada.

Así iba mal Mongolia. Aunque está mejorando.

Imagine, señor/a, a una china y un ruso vestidos con un par de hojas de parra en medio del desierto de Gobi pasándose una pelota de esas de Nivea para la playa de los chicos. Pues esa pelota de Nivea es la historia de Mongolia y ya, y, por supuesto, resume, por ej y sin excepción, muchas cosas asociadas sin querer a París, Londres y Munich.

Eso hoy, que ni siquiera es día cinco sino otro.

Un niño de 13 años que quiere ser de mayor astronauta de 5 de marzo de 2009 está con un paraguas en el número 16 de la calle Antonio Leyva. Está feliz porque va a reunirse con amigos. Juntos recordarán, por ejemplo, aquellos años en Mongolia, cuando lo del Apolo.

Y tomarán unos chatos. Por supuestos. (para cuándo otra? -prometo quitarme los aparejos de lo de la gravedad-).

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ATASCADO EN UNA LÍNEA

Por: Mohamed El Morabet


Incluso él me lo decía. Me lo repetía siempre que podía. Eres un negado, hijo, me soltaba sin venir a cuento. Yo le miraba con cara de asco y felicidad y luego encendía un cigarro. Ya estás otra vez ignorándome como siempre, replicaba. Mucho tiempo habíamos pasado juntos y se las sabía todas. Encender un cigarro siempre lo interpretaba como mi único refugio y mi forma sutil con que le daba la razón. Pero aunque lo sabía, no se conformaba. Él era así, le encantaba lo evidente. Recalcar lo evidente, usando sus propias palabras. Dímelo, me dijo esa noche, a que lo eres, a que eres un negado. Luego añadió con demasiado sorna u honor, que casi vienen a ser lo mismo, dilo en voz alta, deletreando las letras. De una en una. Sintiendo sus fonéticas. N E G A D O. Las pronunciaba con un ritmo asesino, como si fueran en mayúsculas aquellas seis letras y luego me miraba con una carita de complacencia para que yo me atreviera a repetirlas. Vamos, empieza, decía con una sonrisa oscura. Una de esas que no se ven a menos que enciendas la luz. La luz de la eternidad, imaginaba mientras me resistía a entrar de lleno en su absurdo juego. Después de apagar la colilla pensé en contraatacar, y luego pensé que no me merecía la pena. Y si lo hago sólo para molestarle, sin venir a cuento, como hace él conmigo, sopesé entre los últimos hilillos de humo que dejó el cigarro tras su desvanecimiento. ¡Joder! Al final, entro en su juego, pensé a regañadientes y le miré estudiando su cara para imaginar su reacción hasta que se lo solté. Vomité el regustillo del cigarrillo en forma de frase sentenciadora. Él me miró, me siguió la corriente, a que vas a decir algo ahora, me dijo de repente. Ya lo sabía, su intención era cortarme el rollo. Me reí hacia mis adentros de satisfacción por adelantarme a sus pasos. Siempre me he sentido un gran estratega en solitario. Y le miré con piedad, luego se lo dije con calma, una calma parecida con la que le hablaba Jekyll a Hyde. Déjame leer, le dije con muchas ganas para que no me respondiera. ¿Qué lees?, me preguntó mecánicamente como si fuese mi mente la que formulaba la pregunta. Una palabra tuya, respondí para zanjar el tema. Pero al cabrón se le escapó una carcajada que me desconcertó del todo y me dijo: si ya te lo dije. Una palabra mía, negado, que eres un negado. No, idiota, le respondí perdiendo los nervios. Una palabra tuya, de Elvira Lindo. Pero qué vas a saber tú, admití al final que ya estaba fuera de mí y que él había conseguido su propósito: Perder el hilo de mi lectura. Siempre lo hacía, eran muchos años juntos. Entonces, me di cuenta que no me quedaba otra que deshacerme de él a la vieja usanza. Así que aparté el cenicero, apagué la lámpara y cerré los ojos para dormir. Soñé que los dos éramos la misma palabra. Una palabra nuestra.

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LA PIEDRA

Por: Maite Cuesta


Un mini relato como ensayo de P.N.L

 

Había una vez, una niña de pelo castaño, a la que, según la luz, de vez en cuando, el sol la regalaba unas hebras doradas. Sus ojos eran curiosos y observadores y tenía un alma creativa y sentimental.

Creció la niña del pelo castaño, y ya mujer, la vida le puso, como a todo el mundo, dos caminos para elegir. Uno más estrecho, bordeado de árboles que sombreaban y daban un tono de atardecida, el suelo era irregular y tenía muchas piedrecillas salteadas entre la tierra. El otro, era un camino ancho, flanqueado por hermosos árboles que permitían que la luz llegase hasta el suelo, y así la limpia arena lisa y dorada, resplandecía.

La niña, escogió el camino ancho y luminoso, y caminó por él.

Con el tiempo, a la niña, que nunca dejó de serlo, el pelo se le puso blanco, y siguió caminando.

Ya con los años, había tenido que cruzar regatos, subir empinadas cuestas, y tomar fuertes y pronunciadas curvas que a veces impedían ver lo que había tras ellas, pero un día, la niña del pelo blanco, encontró en medio del camino, una enorme piedra que la impedía totalmente el paso.

La niña del pelo blanco gateó por ella, intentando sortearla, pero fue imposible, la piedra estaba recubierta de líquenes y musgos y resbalaba sin permitir sujetarse a ninguna de sus aristas.

La niña del pelo blanco, cogió una piedra pequeña y muy dura, y un palo grueso, y pensando que la inmensa piedra oscura tendría quizás un corazón arenoso y suave, comenzó a golpear, intentando picarla para poder ir retirando trozos y poder agarrarse o romperla pero no fue posible, la piedra era dura e inamovible.

La niña se sentó, ya agotada, debajo de una higuera, y protegida por su sombra y su aroma, descansó el cuerpo y repuso su espíritu.

Pensando que quizás su camino había llegado al final, se quedó silenciosa y pensativa, y creyó que esta piedra era el anuncio de que su tiempo vital había terminado . Pero de pronto pensó, que si se salía del camino, contraviniendo las normas, y podía bordear la piedra, aunque en ello tuviese que gastar mucho de su tiempo, quizás aún le quedase el suficiente para ello.

Efectivamente, salió del camino, y con los abrojos del exterior, siempre implacables, se hirió las piernas y los brazos, y todo su cuerpo quedó dolorido, pero al fin se encontró al otro lado de la piedra y otra vez vio el largo camino luminoso que le ofreció un hermoso horizonte con inesperados y desconocidos colores.

La niña del pelo blanco, siguió caminando, ya completamente repuesta del esfuerzo y esperanzada en el futuro. Feliz y acompañada de sí misma, y de su silencio interior, descubrió la sabiduría ancestral que mantenía encerrada sin ella saberlo, y aprendió que la soledad es la gran amiga de la creatividad y el conocimiento, y que aún le quedaba mucho camino en el que seguiría aprendiendo de la madre tierra, sin importarle ya, si quizás se equivocó al no escoger aquel camino más estrecho que la vida le ofreció, cuando su pelo era aún castaño con hilos dorados.

También en este ancho y luminoso camino había conocido la gran piedra negra, que la había enseñado el dolor, y la había ayudado a encontrarse, y saber disfrutar la soledad de los caminos, esos, que tanto sombríos como luminosos, son los que llevan mucho más allá de las estrellas, a poder fundirse con el cosmos del que siempre hemos formado parte.

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RAY CHARLES ANTES DE DORMIR

Por: Mohamed El Morabet


El humo de las hierbas amarillas de mi taza se entremezcla con el humo del cigarro consumiéndose en el cenicero mientras escribo esta frase. Escucho Here We Go Again interpretada por Norah Jones y Ray Charles. Me apresuro a fumar más que el cenicero. Sostengo el cigarrillo con los dedos índice y mayor de mi mano izquierda a la vez que tecleo esta misma frase. Ahora el humo ocupa la pantalla de mi ordenador y el timbre de voz de Ray Charles lo envuelve de vida. Se acaba la canción y la lista continúa.

Releo lo escrito y decido seguir. La canción que suena no me gusta y paso la lista. Ahora el dúo lo forman Ray Charles y Diana Krall. Me acabo de acordar que una vez vi a Diana Krall en un concierto cuando empecé a coquetear con el jazz. Creo que sigo coqueteando con él. Siento que nuestra relación todavía no se ha afianzado del todo. Me invaden imágenes de aquel concierto, aunque no me acuerdo con quién estaba. Fue en el Café Central de la Plaza del Ángel de Madrid, y seguramente estaba con alguna chica. ¿Quién era? Lo pienso y miro cómo se llama la canción y me topo con este título: You Don’t Know Me.

Quiero seguir escribiendo a pesar de la fuerza de la ideas que me sobresaltan. Una idea me sugiere que siga canción por canción hasta agotar el álbum y dedicar un párrafo para cada una. Otra idea me advierte de la ligereza de las ideas comunes y me insta a que la idea anterior era una de ellas. Otra idea, creo que la más natural, me fuerza a seguir escribiendo sin cortapisas. Es demasiada presión y enciendo otro cigarro. Pienso que ni siquiera han pasado diez minutos desde el último cigarro, pero esta idea es la más poderosa de todas y mientras la escribo ya tengo en el cenicero el cigarro encendido.

Suena la inconfundible voz de Elton John. Y dejo de escribir. He escuchado la canción entera y mientras lo hacía y releído dos veces lo que hasta aquí he escrito. Sorry seems to be the hardest word. Lo siento, parece ser la palabra más difícil, dice la canción y no puedo estar más de acuerdo. Siento el sabor fuerte del segundo cigarrillo en mi boca y recuerdo mis hierbas amarillas. Doy un sorbo a la taza y la infusión esta templada, tirando a fría. Me alivia inmediatamente el regustillo del tabaco y la lista prosigue su camino. Suena una canción que no me dice nada. El vacío quiere buscar su hueco en este texto y yo no se lo quiero otorgar. Escribo a contracorriente de la vacuidad de la canción que suena. Quiero que se acabe ya y sé que lo hará si me concentro en la escritura y creo que lo hago, porque estoy tecleando cosas que no entiendo mucho pero cumplen con la función que les he encomendado desde que empecé, más o menos, este medio párrafo.

Ahora suena un medio blues que me agrada. No quiero dejar de escribir. Así que no sé quién es el cantante que forma dúo con Ray Charles esta vez. Mi pareja, B. A., me ha interrumpido requiriendo mi atención y le supliqué que me esperara un minuto. Cuando atendí a su llamada me dijo que ya no se acordaba de lo que me quería decir y que había tardado mucho. Y ya que hablábamos aprovechó la oportunidad para recordarme que me quería. El amor sustituye lo olvidado. Seguro que fue más de un simple minuto.

El álbum sigue su curso natural. Son las 22:24 y estoy tumbado en el sofá con el ordenador encima, escribiendo sin mover ni un musculo más de lo necesario para teclear, fumar y beber. En breve voy a dormir. ¿Soñaré con Ray Charles esta noche? ¿O con la desconocida chica que me acompañó a ese concierto de Diana Krall? No lo sé, ni siquiera sé si soñaré. De hecho, llevo mucho tiempo sin hacerlo.

Acabo de ponerle título a este texto y me salió Antes de dormir. Creo que ha sido condicionado por el anterior párrafo. Y en este párrafo quería apostillar que quizás escribo porque ya no sueño. Me refiero a que ya no sueño de noche, con los ojos cerrados y la luz apagada. ¿Será que escribo porque quiero soñar de esta forma? Escribir es soñar, esto seguro que ya lo habrá escrito alguien antes. Incluso habrá quien haya teorizado sobre el asunto. Aun así, me asusta esta última reflexión. Parece una frase sencilla y llana. Escribir es soñar. Sin embargo, presiento que encierra a miles de monstruos despiertos que ni sueñan ni escriben. Monstruos azucarados y con ansias de vivir las pesadillas que habrían de hacerme vibrar. De ahí mi miedo. Y sé que si una reflexión me asusta es porque necesito reflexionarla más tiempo y puede que llegue a crear algo con ella. Un texto, quizá, sobre el sueño y el tiempo que lo precede.

Creo que ya tengo un propósito para ir a dormir. Soñar sobre si escribir es soñar. Y si mañana, al despertarme, me acuerdo de algo lo escribiré. Y si no es el caso, Ray Charles habrá cumplido probablemente con su misión apaciguadora.

Enciendo mi último cigarro y mi infusión de hierbas amarillas está imbebible. Ya me pican los ojos y la lista llega a su fin al igual que el día de hoy. Un domingo remolcado por una lista de canciones hacia un lunes cualquiera.

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LISTA (no exenta de brevísima reseña -en Francia popular bajo el apelativo “Toque Masa”-) DE LIBROS LEÍDOS DURANTE INGRESOS HOSPITALARIOS

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros


– Pulp (Bukowski): Acababa de salir (en aquella colección mítica Contraseñas de Anagrama, hoy desaparecida). Yo estaba demasiado medicado, por primera vez, con neurolépticos (a mansalva). Cuando me fui recuperando, ya en casa, volví a cogerlo descubriendo, para mi sorpresa, que en él había subrayado las veces en que aparecía la palabra “coño”, por lo que, en un ejercicio de vacua utilidad, me sirvió para lucirme en una tertulia señalando su número para sorpresa de quienes, muy justamente, aplaudieron mentalmente mi boutade pensando que, efectivamente, yo era un obseso. Lo único acerca de la historia que alcanzo a reseñar es que, como el título indica, se trataba de una novela Pulp (la primera de este tipo que leí), bien como introductora hacia este género. Esto es, mala, y Bukowski, no obstante.

– La forja de un ladrón (Umbral): Me gustó. Un Umbral, como siempre, dado a lo autobiográfico, a la memoria histórica, en este caso, de la posguerra. A pesar de este dato, sirve (hay otras del autor -pocas- que también lo hacen) para señalar a aquel que lo niega (con impunidad y en ocasiones alevosamente) que Umbral-he-venido-aquí-a-hablar-de-mi-libro, aparte de prosista castellano puro (donde brilla como solista y a menudo es considerado, también en parte por su exagerada producción, el mejor) el hecho de que el madrileño SÍ sabía hacer novelas en el sentido más purista del género.

– El aliento (Bernhard): Es la tercera entrega (por orden de producción) de la famosa pentalogía y nos habla, precisamente, de hospitales (lo que la hace ideal o su contrario para optar por leerla en un hospital). El austriaco siempre ha ido por modas en cuanto a cuál de sus obras es la mayormente maestra (más en España que, debido a otras cosas, en su país de origen) y El aliento tuvo también su época entre las favoritas según algunos especialistas. Sí, es muy buena, pero ni más ni menos que el resto de las que componen esta autobiografía única en cuanto a historia literaria del siglo pasado. Bien, pipa lo pasé esa tarde, como, si bien es verdad que no siempre, casi siempre con las obras de este hombre. Esta breve reseña es, si posible, más vaga aún que las anteriores (no he dicho nada que no se sepa, ni de mí, ni de la novela, ni del autor). Bien, debido a esto que acabo de señalar entre paréntesis añadiré: Pobesito, como los anteriores, está muerto. Qué pena eh. Suponemos que lo de la muerte no se dio mientras estaba escribiendo esta fabulosa, ya lo he dicho, pentalogía. Ay, qué tristeza de chistes que hago. No me peguen, que ya lo hago yo todos los días un mínimo de cuatro veces. Muy buena; su abuelo, a quien el autor quiso mucho, se muere debido a una cosa respiratoria en ella y nuestro amadísimo Bernhard, que era mucho más español que centroeuropeo, nos lo cuenta a su manera, esto es: haciendo malabarismos que parecen no tener final. Al principio coge una pera y la lanza al aire, luego otra, hasta cinco, pero las va soltando y metiendo nuevas peras (que a veces son hasta manzanas) en ese arte suyo malabar, hasta que pasa lo que pasa, que se acaba el libro y cada pera se queda en su frutero. Uno lo cierra y se dice: Bien, otro Bernhard. Guay.

– Big Sur (Henry Miller): Animado por haber regresado a su trilogía (de la que sólo terminé Sexus que, en general, me dejó frío) descubrí una de sus mayores prosas desde Trópico de cáncer. La historia (es un tocho) es, básicamente, descripción y, a través de ella, buenrollismo. Hay que ver cómo le molaba Big Sur a Henry Miller, hasta de sus vecinos habla bien, de todo. Hay que ver… con la mala hostia que se gastaba siempre y, sí, esos cielos, esos paisajes… joder, Henry Miller, cómo le molaba ese rollo del Big Sur, esa vida tan contraria a la que hubo llevado donde se pregunta ¿Dónde estabas, hogar mío? Nada, un tostón, pero qué pluma, joder.

– Un mundo feliz (Huxley): Al igual que durante la lectura de Pulp yo estaba empapado de vida neuroléptica (vegetal). Con este me di cuenta mientras avanzaba las primeras páginas. No lograba asimilar lo que proponía por mucho que hubiera oído hablar de ello. Me he planteado, muy ligeramente, regresar a esta utopía, pero me lo niego. Me trae recuerdos de una época que no voy a olvidar y que, en el fondo, no era tan mala. Quizá ya me han entendido, me traen recuerdos de no haber sido capaz. Me traen recuerdos de ser un tonto del capirote, por mucho que, en la ocasión referida, estuviera justificado por la ya nombrada “vida medicacional”.

– Aviso a los civilizados (Leopoldo Mª Panero): Llegué a este libro (prácticamente desaparecido) de puro casual y me enamoré de él. Luego me di cuenta de que sólo me había llamado la atención por “las perolas”. ¿Un libro de ensayos de Leopoldito? Curiosamente también lo leí bajo efectos antipsicóticos, aunque más permisivos que los referentes a la época en que leí el de Huxley o el del viejo Buk. Si lo recojo de la estantería encuentro cosas anotadas que llegan a serme de interés (escaso). Leopoldo, en su primera época, era un ensayista genial (lo demuestran sus prólogos hasta, aproximadamente, su obra Orfebre -intento quedarme corto, sé que se nota-). Nada, ya digo, decepcionante. Muy bueno para enseñarlo a una visita que ¡oh! lo desconocía y dárselas de algo, pero sólo para eso. Se lo presté a un amigo gay que residía unas cuantas habitaciones más cercanas al comedor que yo. Un tipo inteligente, aunque algo desfasado, que se enamoró de ciertas notas. Ay, el amor. Qué diáfano resulta un centro de salud mental para tal tema entre temas. Na, no voy a volver a este libro. Lo primero que me vino a la mente fue justificar la situación del autor, precisamente, con ciertas medicaciones, pongamos, de tipo revolucionario.

– Santa María de las flores (Genet): Buah, un 10 y medio. No me enrollo más. Inauguró mi fiebre totalmente pasional por el autor.

– Diario de un ladrón (Genet): Aquí el hombre de mundo por antonomasia redefine lo denominado literatura beat en una revisión de sí mismo. Lo que lo coloca como el único autor beat del siglo XX, dejando a los amigos de Burroughs como lo que eran: Unos yupis algo inquietos dados a la curiosidad contemplativa.

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La tristeza de los días siguientes | Palabras Amasadas

Palabras amasadas

Por: Alberto Masa, el de los libros

Imagen: Dominique Swain


La chica -joven aún, no lo bastante, no se vayan a pensar de uno- me besó impregnando mis labios de saliva y no evité morder, lo tiernamente que sé, su labio inferior. Sucedió en el sofá de mi destartalada casa. Mi erección era importante y comprobé, llevando con cuidado mi mano hacia sus piernas, que había un ápice no menos importante de interés en ella. Lástima que, lamidas sus breves tetas, uno, al empezar a desnudarla, denotase que principiaba a llorar desconsolada -de manera parecida a como lo hiciera un bebé-. Aquello hizo abandonar el asunto y trasladó mi roll al de un padre preocupado por su niñita ¿Acaso te sientes sucia? No es eso, se justificó. No te tocaré si no me lo pides, insinué. Visité la cocina y calenté un par de tés en el micro. Ella llevaba mi bata, pues decía tener frío. Aceptó el té -sabor canela- y me dijo, sin imaginar yo que algo así saldría de su boca- que yo era un hombre guapo metido en un cuerpo de niño. Le dije que el niño quería regresar a besarla y dijo que no podía. Me permití la provocación de no evitar repetir la pregunta ¿Te sientes sucia? Ella me habló de sus nueve amantes. Decía estar cansada y ser mi salón y yo propicios para darse a una explicación. He lamido pollas de dos en dos, me dijo. Volvió otra vez a llorar y no me resistí a darle un abrazo. ¿Qué tiene eso de malo? Le dije. Le advertí que mi veintena no se dio a los placeres del sexo en absoluto, que andaba encerrado en una especie de habitación llena de libros. Entonces ella dijo que le gustaba mucho que se lo comiesen. A lo que yo no dudé en responder que se trataba mi lengua de una experta en engrandecer los clítoris y hacer venirse a las damas. No quiero eso de ti, dijo. Me sorprendió al pedirme que quería dibujarme desnudo. Bien. La proveí de un bolígrafo y un folio y me quité la ropa ante ella. Al principio tenía dudas. Me decía no saber por dónde empezar, a lo que yo le aconsejé que empezara por mi sexo advirtiéndole de que no quería que quedase diminuto. Te regalaré el retrato después, si te gusta. Seguro que me gusta. Dibujó a un niño necesitado de alimento. Respecto a mi sexo, antes en pleno vigor, no se distinguía de mi huevada. Cierto énfasis en la expresión de pobre. Con ello concluí la certeza de que definitivamente no era padre suyo. Me preguntó si me gustaba y le pregunté que ¿Por qué? Porque es tu alma, dijo. DE inmediato, tiré el folio a la papelera y le pregunté que si quería quedarse para dormir en mi cama me parecía bien, y que si decidía marcharse tampoco me surgiría problema alguno. Lloró de nuevo y me preguntó por qué era tan cruel con ella. Será que simplemente diste con alguien cruel, respondí. Yo sé que tú no eres como los demás. A lo que respondí que no me cabía duda alguna. Intenté besarla de nuevo y, para mi sorpresa, se dejó. Me pidió, por un dios al que ella era devota, si podía quedarse a dormir abrazada a mí sin hacer nada. Hice que lo pensé duramente, pero finalicé aceptándolo. El despertar del siguiente día casi fue amoroso. Me dijo que era el mejor novio que había tenido tras un ligero bico. Le dije que tenía cosas que hacer. Nos vestimos tras un vaso de leche caliente. En el ascensor apenas cruzamos miradas. Al salir del portal ella marchó en una dirección y yo en otra. Jamás supe más de ella. En ocasiones la figuro con mi bata puesta sobre el sofá y me permito intercambiar incongruencias con ella. Sé que no está en el momento en el que el micro suena y sé que voy a disponerme a beber un té caliente -sabor canela- que, definitivamente, me debo antes de ponerme con las labores que tienen que ver con mi prudente vida económica.

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