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PALABRAS CON HISTORIA | DERECHOS HUMANOS

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


En el año 1550, ocurrió algo que jamás había sucedido en la Historia y que nunca en el futuro volvería a repetirse y es que el emperador Carlos V, el hombre más poderoso del mundo, estando en la cumbre de su poder, tomó la decisión de suspender las conquistas en América hasta tener la certidumbre de que obraba en justicia.

Nunca una potencia imperial se había planteado la colonización y la conquista como un imperativo de orden moral.

Para analizar el asunto se reunió una junta en Valladolid, y las discusiones adquirieron la mayor importancia, porque de la polémica teológica y jurídica surgirá una idea nueva por completo e inédita, hasta ese momento, que fue la concepción moderna de los derechos humanos. Aquellos debates intelectuales fueron conocidos como la Controversia de Valladolid.

Lo que se planteaba era si España tenía derecho a conquistar las Indias. No era un debate nuevo, pues desde el Descubrimiento hubo un cuestionamiento permanente sobre la justicia de la Conquista de América.

Carece por completo de sentido que analicemos el asunto con criterios del siglo XXI. Resulta imprescindible que tratemos de situarnos en la mentalidad de los hombres del siglo XVI y estudiemos la cuestión en base a los criterios comúnmente aceptados en la época, si pretendemos tener un enfoque mínimamente riguroso.

Conviene tener presente que, a nadie hasta entonces, se le había pasado por la cabeza que un pueblo conquistado pudiera tener derecho alguno, y mucho menos que los individuos pertenecientes a pueblos no cristianos, considerados salvajes y, por tanto, inferiores, pudiesen ser considerados como seres humanos o que fuesen acreedores a ningún respeto.

A comienzos del siglo XVI, el derecho de conquista se basaba en tres fuentes generalmente aceptadas y que nadie discutía: El Derecho Romano, para el que el descubrimiento y ocupación de un territorio, usucapión, era título suficiente para ejercer un pleno dominio con legitimidad; el Derecho Medieval, para el que los no cristianos carecían de personalidad jurídica y, por tanto, no podían ser sujetos de derecho; y el Derecho Pontificio, basado en considerar al Papa como la principal autoridad para los cristianos y suprema jurisdicción en el ámbito internacional, toda vez que la Santa Sede podía otorgar derecho de conquista a un rey. Cuando España llega a América, lo hace con todos esos títulos, por lo que no cabe sino concluir que la Conquista era estrictamente legal.

El Papa había prescrito que los españoles debían evangelizar y convertir a los infieles, conversión que los transformaba en sujetos de derecho. Además, la reina Isabel, en vida, obligó, y en su testamento dejó escrito que los indios deberían ser bien tratados, mandato que se fue incorporando a toda normativa posterior como fue el caso de las Leyes de Indias. Se produjo entonces una contradicción entre el imperativo de evangelización y la práctica que se llevaba a cabo según los viejos principios de ocupación y dominio.

En 1511, en La Española, el fraile dominico, Antón de Montesinos dirigió un sermón sin concesiones, ante las máximas autoridades y personas más influyentes de la isla, en el que denunció las crueldades de la conquista. La repercusión fue de tal grado que dio lugar a la redacción de las Leyes de Burgos de 1512 que elevaron la protección de los indios. La polémica no cesó durante años y se incrementó cuando el dominico Bartolomé de las Casas alzó la voz en su defensa, que fue apoyada por el obispo de México, Juan de Zumárraga, que puso en cuestión tanto la conversión de los indígenas como la propia presencia española en América. Pero también se alzaron voces en sentido contrario. El gran humanista Juan Ginés de Sepúlveda, dominico también y consejero de Carlos I, basándose en la opinión de Aristóteles, defendió que los pueblos de civilización superior tienen derecho a dominar y tutelar a los de civilización inferior, siendo justo que los españoles dominen a los indios para sacarlos de la idolatría y la antropofagia, mediante su evangelización, como medio de liberarlos y elevar su forma de vida. Al emperador preocupó mucho esta cuestión y se tomó tan en serio el problema que, de no resolverse, estaba por abandonar las Indias. Es entonces cuando somete la cuestión a uno de los sabios más reputados de Europa: Francisco de Vitoria.

Vitoria es una de las grandes figuras, uno de los más grandes pensadores de nuestra historia, y el intelectual más influyente de su tiempo. Tras cursar estudios de artes y teología en la Universidad de París, obtuvo la cátedra de teología en la Universidad de Salamanca, que por entonces era la cumbre de la cultura europea en el Renacimiento. Introdujo en Salamanca la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino, que desde allí se proyectó a toda Europa. En torno a él se creó la llamada Escuela de Salamanca, que generó una reflexión moral completamente nueva sobre la economía. Se convirtió en el fundador del Derecho Internacional moderno al concebir el mundo como una comunidad de pueblos organizada políticamente y basada en el derecho natural. Es él quien asienta la idea del derecho de gentes como antecedente del concepto moderno de los derechos humanos. Esta reflexión nace precisamente del examen que realiza sobre la conquista americana y los derechos de los indios a requerimiento del emperador.

En respuesta a su señor, Francisco de Vitoria sostuvo que el orden natural se basa en la circulación libre de personas, siendo justo que los españoles hayan cruzado el mar. Ahora bien, los indios, lejos de ser seres inferiores, poseen los mismos derechos que los demás hombres y son dueños de sus vidas y de sus tierras. Los españoles tienen el derecho y el deber de evangelizarlos porque su conversión a la fe es derecho de los indios, a los que se debe garantizar el conocimiento del Evangelio y su salvación.

Téngase en cuenta que este planteamiento no resulta una obviedad, pues, en aquel tiempo, la forma de actuar consistía en realizar un requerimiento por parte del conquistador, que, si no era atendido, daba lugar a la guerra, si los indios se negaban a la conversión.

Vitoria sostiene que estos tienen derecho a entender lo que se les plantea y debe respetarse lo que él llama “derecho de comunicación”, sin el cual no se puede invocar la evangelización.

Sobre esta base, Vitoria informa a Carlos I de que los españoles pueden actuar en las Indias, pero solo conforme a siete justos títulos. Primer título: los mares son libres y los recursos naturales sin dueño son comunes, pueden ser tomados y solo si los indios vetaran este derecho sería justo hacerles la guerra. Segundo título: todos los cristianos tienen derecho a propagar el Evangelio en los términos que el Papa establezca. Tercer título: Si los jefes de los indios convertidos al cristianismo les obligan a volver a la idolatría, entonces es justo hacerles la guerra. Cuarto título: si los indios se han convertido y sus jefes siguen siendo infieles, es lícito poner en su lugar a un jefe cristiano. Quinto título: los españoles pueden acudir en defensa de las víctimas de gobiernos tiránicos y crueles. Sexto título: los indios tienen que ser libres de aceptar la soberanía de España, y si lo hacen, el dominio español es legítimo. Séptimo título: los españoles pueden ayudar y socorrer a sus amigos y aliados indios en sus guerras contra otros indios enemigos. Si la presencia española en América se planteara como una guerra de ocupación o una guerra de religión, entonces, sería injusta.

La conquista se moverá dentro de ese marco filosófico y moral, de modo que influirá inmediatamente en las Leyes Nuevas de Barcelona de 1542, pero su aplicación resultará muy difícil, por lo que Carlos I decide someter esta cuestión a una gran asamblea de sabios. Tan en serio se tomó este asunto que el Consejo de Indias, el 3 de julio de 1549, ordenó detener la conquista.

En agosto de 1550, se reúnen en Valladolid teólogos y juristas que son los mejores espíritus del reino, tal y como quiso el emperador. Allí estaban Domingo de Soto, teólogo en el concilio de Trento, Bartolomé de Carranza, Melchor Cano, todos dominicos, también Pedro de la Gasca, el primer pacificador del Perú, junto a los jurisconsultos del Consejo de Indias, Bartolomé de las Casas, y Juan Ginés de Sepúlveda. Participaron también Francisco Suarez y Luis Molina. Francisco de Vitoria había muerto, pero muchos de sus argumentos estuvieron presentes.

Dos posiciones se manifestaron claramente desde el principio: la de las Casas, favorable a los indios y la de Sepúlveda que defendía el derecho imperial. De Las Casas dejaba ya entrever su fanatismo y exageración de los hechos, lo que distorsionaba la realidad.  Sepúlveda, era tenido por una de las más aceradas mentes y lenguas de su generación, consejero de príncipes y papas, era un típico humanista de su tiempo, un intelectual de primer nivel, no tan fanático como Las Casas, y estaba sinceramente convencido de que la conquista era justa.

Las reuniones duraron hasta 1551, dejando las cosas en lo que podemos calificar como un empate, porque los teólogos se inclinaron hacia la postura de Las Casas y los juristas apoyaron la postura de Sepúlveda. El tribunal empató en la votación, así que no hubo una sentencia oficial, pero sí se emitieron varios informes que influyeron decisivamente.

Para empezar, España no abandonó las Indias. Una vez más se siguió la guía de Francisco de Vitoria que había dicho que una vez que se habían convertido un gran número de indígenas al cristianismo, no era ni conveniente ni lícito abandonar la administración de aquellas provincias.

Se mantuvo el dominio español tal y como proponía Sepúlveda, pero se reconoció que los indios eran personas con derechos propios y se suspendió la penetración en el continente hasta 1556, y se hizo siguiendo instrucciones precisas de evitar daño a los indios, y ya no se habló de conquista, sino de pacificación.

La trascendencia de la Controversia de Valladolid se encuentra en el hecho de que por primera vez en la historia de la humanidad, reyes, teólogos y juristas se plantearon la cuestión de los derechos fundamentales de los hombres, existentes por sí mismos antes y con independencia de que estuvieran recogidos, o no, por la ley positiva. Con ello, había nacido el concepto de derechos humanos.

Sorprende la libertad de expresión con la que pudieron manifestarse, a mediados del siglo XVI, cuantos actuaron en Valladolid, cuando una libertad semejante no fue admitida en Gran Bretaña, hasta bien entrado el siglo XIX, y tardó más en la Alemania gobernada por Bismarck.

La grandeza moral de todo el planteamiento y el grado de civilización que deja entrever el solo hecho de someterlo a debate es difícil de medir. Otras naciones genocidas, crueles y codiciosas han tenido la desfachatez de acusarnos a nosotros de semejantes perversiones que, en la práctica, tanto cultivaron y de las que con tanto éxito nos acusaron, pero lo cierto es que, por lo que se refiere a los españoles, nuestro comportamiento en general, considerado en todos sus aspectos, no puede decirse que fuera el propio de seres crueles y codiciosos, guiados solo por un ciego ánimo de dominación sin escrúpulos y sin otro fin que saquear la riqueza ajena. La Controversia de Valladolid es un ejemplo claro y prueba de ello.

Merece la pena recordar que, en el ámbito del protestantismo, en ningún momento se sintió interés, ni religioso, ni cultural por los indios. El concepto calvinista de predestinación, por el que solo se salva un número de justos previamente elegidos por Dios, impidió que siquiera se pensara en una incorporación en masa de los indios al cristianismo, y un racismo radical evitó cualquier mezcla de sangre.

Se hacen críticas normalmente infundadas a España, pero lo cierto es que nadie encontrará en la legislación británica o en las actas de su parlamento que se interese ni una sola vez sobre el trato debido a los indígenas en los territorios que iban conquistando en Norteamérica.

España fue la primera nación moderna, capaz de desarrollar sobre sí misma una autocrítica que es precisamente el rasgo más genuino de la modernidad, protagonizando un avance revolucionario en el desarrollo de la conciencia de la humanidad, basándose en principios morales y éticos que serían recogidos por otros y acabarían iluminando el pensamiento de toda Europa.

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PALABRAS CON HISTORIA | CRISIS

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Momento difícil de cambios significativos que ponen en peligro cualquier proceso, originando inestabilidad e incertidumbre sobre su desarrollo posterior.

Toda crisis se caracteriza por la existencia de elementos fundamentales que se excluyen mutuamente y que no pueden darse a la vez sin enfrentarse o destruirse entre sí, pero que se dan simultáneamente en un determinado momento.

Cada vez que hablamos, no del orden mundial, sino de un nuevo orden mundial, nos estamos refiriendo al orden resultante de una crisis recién superada o en curso.

Puesto que hablamos continuamente del nuevo orden mundial, cabe preguntarse si estamos viviendo una crisis. Y la respuesta ha de ser afirmativa. Es más, hay quien la califica como de crisis sin precedentes, aunque, si miramos con atención la Historia, es seguro que encontraremos alguna situación análoga. Veamos.

Roma llega a su cima a finales del s. II. El siglo III es el de la anarquía militar, con continuas guerras civiles, crisis económica, peste, devastación, hundimiento del comercio e inflación. Diocleciano, Constantino y la dinastía Valentiniana, hasta Teodosio, consiguieron poner orden en este caos, pero, a partir del año 376, las continuas invasiones bárbaras provocarán la definitiva caída el Imperio Romano de Occidente.

Los romanos que vivían a finales del siglo IV pensaban que Roma se proyectaban hacia el futuro sin límite, cuando en realidad no le quedaba más de setenta años de existencia. Eran incapaces de captar la dimensión de los cambios radicales producidos en su estructura, y las críticas contradicciones que desencadenarían su caída.

El triunfo del cristianismo supuso un avance en la moral individual, pero creó un fuerte conflicto dentro de las estructuras de poder del Imperio. Las guerras civiles del siglo III y la ampliación del ejército obligaron a contar con tropas bárbaras mercenarias que luego se instalaron con sus familias. La caída de población por las guerras y la peste favoreció el asentamiento de contingentes numerosos de bárbaros como agricultores. La desigualdad en la distribución la riqueza aumentó de tal modo que la élite lo poseía todo y el resto nada.

En el año 376, huyendo de los hunos, los visigodos solicitaron amparo, permiso para cruzar la frontera y tierras para labrar, a cambio de servir en el ejército imperial. Así, más de doscientos mil visigodos cruzaron el Danubio. Pronto, sin embargo, se rebelaron y derrotaron a Roma en la Batalla de Adrianópolis. A partir de entonces, fue imposible acabar con ellos. En el 410 Alarico saqueó Roma. En el año 406 el Rin se congeló y suevos, vándalos y alanos llegaron a instalarse en la Galia, Hispania y el norte de África. Desde allí, Genserico volvió a saquear Roma en el año 455, y en el 476, Odoacro depuso al último emperador romano, y Roma dejó de existir.

Cabe preguntarse si existe algún paralelismo con nuestra época, y quizá se pueda dar respuesta.

Europa dominaba el mundo a finales del siglo XIX y estaba en el cenit, como la Roma del siglo II bajo Marco Aurelio. Entre 1870, con la Guerra Franco-prusiana, y el final de la Segunda Guerra Mundial, Europa queda arrasada hasta los cimientos, como el Imperio romano en el siglo III. Tras 1945 se da un periodo de recuperación que es el que nosotros hemos vivido, en el que nos sentimos seguros y desde el que proyectamos nuestro futuro hacia la eternidad, tal y como hacían los romanos del siglo IV.  El laicismo y el pensamiento radical de izquierda se está imponiendo, transformando los fundamentos de nuestra cultura tradicional, tal y como ocurrió con el cristianismo en Roma. Los problemas demográficos los hemos solucionado con una inmigración que no se integra, tal y como ocurrió con la política de inmigración romana en el siglo III y IV. Y para que no falte de nada, nos queda sólo que autorizar a los bárbaros a cruzar el Danubio e instalarse dentro de nuestras fronteras. ¿Me puedes decir si no es eso precisamente lo pretende Ángela Merkel al conceder la residencia sin visado a los turcos, o legalizando la situación de cientos de miles de los inmigrantes llegados sin papeles, en otros países?

Medítenlo, creo que merece la pena, puede que nos vaya en ello nuestra supervivencia como miembros de lo que hasta hoy se ha conocido como cultura occidental, tal y como la Historia quiere enseñarnos y nosotros no queremos aprender.

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PALABRAS CON HISTORIA | ANIMALISMO

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Quien busque una definición de este término en el diccionario, verá que es difícil de encontrar. En el diccionario de María Moliner encontramos la palabra “animalista”, que se define como defensor de los animales. Así que, por analogía, podríamos definir el animalismo como corriente de ideas que tienen como fin la defensa de los animales.

Nos encontramos pues ante un neologismo; una nueva palabra referida a las ideas sobre la relación del hombre con los animales.

En esencia, el animalismo es una tendencia ideológica de tipo igualitario que pretende colocar en posiciones de igualdad al hombre y al animal.

Se trata de un movimiento global formado por activistas, académicos, artistas y grupos organizados, que se oponen al uso de los animales para investigación, alimento, entretenimiento o aprovechamiento industrial de la lana, el cuero, pieles, etc. El objetivo general del movimiento no es otro que erradicar el antropocentrismo, como doctrina que sitúa al ser humano en el centro de la creación, que considera al hombre como medida de todas las cosas, y que lo sitúa en un orden jerárquico superior al resto de las especies.

Los animalistas son contrarios a la idea de que la naturaleza humana, su condición y su bienestar sean los únicos principios o elementos de juicio a tener en cuenta a la hora de evaluar la posición del resto de seres vivos y cuanto existe en el mundo. Hasta ahora, todo lo que existe se ha visto subordinado a los intereses y conveniencia de los seres humanos. Los animalistas quieren acabar con esta situación al considerarla injusta.

Son muy nobles los sentimientos de quienes se preocupan por el bienestar de los animales. El ser humano, por lo general, ama la naturaleza, a la vez que se sirve de ella. Esto es así desde el origen, y cada vez se produce de forma más civilizada.

Sorprende, sin embargo, que un asunto, que nuestra cultura tiene resuelto a través del compromiso de portarse con los animales como ha de hacerlo todo ser bien nacido, resurja ahora como si fuese necesario construir una doctrina nueva desde cero, y como si nunca hubiese existido una conciencia moral sobre ello.

Es una vez más, otra imposición de los que sostienen la cultura de lo políticamente correcto que, como siempre, expresan un propósito manifiesto acompañado de una intención oculta, que es la que realmente les interesa imponer.

En nuestra escala de valores, el hombre tiene un valor moral superior, el hombre y sus necesidades están por encima de las de los animales y estos están por encima de las plantas y las piedras. Esto se refleja en la naturaleza misma: Los vegetales se nutren de los minerales del suelo, algunos animales se alimentan de plantas, los animales carnívoros se alimentan de los animales herbívoros y el hombre se alimenta de animales y plantas.

Sólo la persona puede ser sujeto de derechos y deberes, los animales no.

Lo que los vendedores de patrañas llaman derechos del animal no es otra cosa que obligaciones del ser humano para con los animales. Obligación, al fin y al cabo, de conservar la vida y la naturaleza.

Poner al mismo nivel la consideración moral del hombre y los animales no es otra cosa que una aberración malintencionada destinada a banalizar y disminuir el valor del ser humano como tal. Además, ¿a qué se refieren? ¿a los animales vertebrados, a los peces, a los insectos, o a los virus de la gripe? Y, puestos en todo: ¿qué hacemos, convertimos a los leones en vegetarianos, o es que no tienen derechos las gacelas?

Todo orden moral establece una jerarquía de valores. Si se altera esa jerarquía, se altera el orden moral.

Así que el propósito manifiesto de los animalistas es la práctica del buenismo con los animales, pero la intención oculta no es otra que destruir el orden moral tal y como se ha construido en Occidente en los últimos dos mil quinientos años. Y, de paso, restringir la libertad en un nuevo flanco, intentando someter al discrepante con un nuevo reproche, como una muestra más de fundamentalismo moral.

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PALABRAS CON HISTORIA | POESÍA

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


No parece que sea la poesía el género preferido de los lectores. A veces, da la sensación de que existen más poetas que lectores de poesía. Vivimos en un mundo aparentemente racionalista, que sin embargo se inclina hacia un pensamiento fácil, en el que los receptores de los mensajes están acostumbrados a ser sujetos pasivos que contemplan lo que otros les preparan para consumir sin esfuerzo. Para ese grupo de lectores, la poesía resulta un artificio incomprensible de piruetas lingüísticas difícil de entender y casi molesto.

No se ama lo que no se conoce, y no se conoce lo que no se explica. La poesía no es fácil de definir; cualquier definición se queda corta o sólo atiende los aspectos superficiales y formales. Incluso aquellos que la aman tienen dificultades para dar una explicación clara.

En el principio, la poesía lo era todo. La literatura no era otra cosa que poesía. Es más, era el medio utilizado para transmitir el conocimiento, antes incluso de que la escritura existiera. Antes de la escritura, la transmisión de ideas y conocimientos se realizaba de forma oral y, para ello, había que memorizar el mensaje. La poesía, con su construcción a base de versos, de estrofas con sílabas medidas, de rima y de ritmo, se convirtió en el instrumento ideal para la transmisión de la cultura, el saber y la historia.

Cuando evolucionó, había tres formas fundamentales de recitar: acompañado de una lira para cantar los poemas, dedicados al amor, los sentimientos y las emociones, que dio lugar al nacimiento de la Lírica; escenificando mediante actores situaciones atribuidas a personajes, que dio lugar al nacimiento de la Dramática; y por último recitando hechos e historias del pasado, que dio lugar al nacimiento de la Épica.

Cuando se difundió la escritura y, sobre todo, una gran mayoría aprendió a leer, la poesía perdió su valor como instrumento de memorización y se generalizó el uso de la prosa. La poesía entonces quedó relegada a un espacio propio en el que mantuvo sus aspectos formales de construcción en versos, estrofas, poemas, con especial cuidado de la acentuación, rima y ritmo. En la actualidad, estos condicionamientos estético-formales pensados para facilitar la memoria, se han superado para dar paso a una forma propia de expresión, libre ya de dichos cánones.

Cabe preguntarse entonces qué entendemos hoy por poesía.

Comencemos por decir que el lenguaje no está concebido para expresar lo que la poesía es capaz de transmitir con el lenguaje. La poesía lleva al lenguaje más allá de sus propios límites, hasta construir nuevos y sorprendentes significados que no habríamos sido capaces siquiera de sospechar.

Debemos tener en cuenta que las palabras están construidas para transmitir el mensaje en términos racionales, y su orden en el contexto de cada frase busca esta comunicación racional. Pero no debemos olvidar que la mente del ser humano no es sólo razón consciente, sino que en nosotros existe también el inconsciente y el subconsciente. Además, no sólo estamos definidos por nuestra razón, sino por ser capaces de sentimientos y emociones, y más allá de los mismos por ser capaces de sueños, contradicciones, fantasías y pensamientos irracionales.

Pues bien, sólo existe una forma de comunicar dirigiéndose a la persona como un todo integral utilizando la palabra, y esa forma de comunicar es el lenguaje poético.

Naturalmente conseguir semejante objetivo, obteniendo de las palabras toda la belleza que se les pueda arrancar, combinándolas de forma que produzcan nuevos significados para los que ni siquiera están pensadas, produciendo sensaciones, sentimientos y emociones nuevas en quienes las leen, constituye un verdadero arte dirigido a sugerir, fascinar, evocar, inspirar, intuir la esencia misma de las cosas, facilitando la percepción de todo ello, como una experiencia íntima de lo que somos, porque de otro modo, aspectos esenciales de cuanto nos rodea quedarían ocultos e ignorados para siempre, ya que la observación y el lenguaje racional no puede captarlos ni expresarlos.

Si no se tiene esto en cuenta, la poesía aparecerá como un ejercicio incomprensible e inútil, una pérdida de tiempo carente de valor, un ejercicio amanerado de quienes sólo pretenden retorcer el lenguaje. Si se sabe reconocer el valor de la poesía, se dispondrá de un instrumento casi mágico para percibir, sentir, comprender, evocar, intuir y observar aspectos del mundo y de nosotros mismos que trascienden a la mera observación objetiva y que de otra forma escaparían a nuestro conocimiento.

En un principio, la poesía lo era todo. Hoy está relegada a una posición residual, y se nota, porque el ser humano podría ser mejor y no lo es.

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PALABRAS CON HISTORIA | BISIESTO

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Se llama bisiesto al año que tiene 366 días, en lugar de 365, cosa que suele ocurrir cada cuatro años.

Corría el año 49 a.C., cuando Cayo Julio César llegó a Egipto, donde pudo comprobar lo avanzados que estaban los egipcios en astronomía. Por entonces, el calendario romano estaba hecho un desastre, pues sus años eran de 355 días, correspondientes a 12 meses lunares, a los que el Sumo Pontífice añadía cada dos años un mes intercalar de unos 20 días, para recuperar el retraso sobre el año solar, pero durante las guerras civiles este ajuste no se hacía con lo que el retraso acumulado resultaba más que notable en relación con las estaciones.

César encargó a Sosígenes de Alejandría, filósofo, matemático y astrónomo, la elaboración de un calendario que solucionase el problema y que valiese para el futuro. Y, entre el 48 y el 46 a.C., el astrónomo entregó un calendario basado en el egipcio, pero adaptado a los meses romanos. En él los años tenían una duración de 365 días, y cada cuatro años se añadía un día más.

El nuevo calendario se aplicó por primera vez en el año 46 a.C. que fue conocido como “el año de la confusión” porque duró nada menos que 445 días, para hacer que volviera a coincidir con las estaciones naturales.
Todo esto nos explica qué es un año bisiesto, pero no nos dice por qué se llama así.

Para llegar a ello tenemos primero que conocer cómo era el calendario de los antiguos romanos y cómo contaban los días, cosa nada fácil de aclarar porque lo hacían de una forma que nada tiene que ver con la nuestra.

Para los romanos, en cada mes había tres hitos: las Calendas, Nonas e Idus hacia los que los días transcurrían. Para simplificar tomemos como ejemplo el mes de marzo: el día 1 eran las Calendas, el día 7 eran las Nonas, y el 15 eran los Idus.

Nosotros contamos los días del mes consecutivamente y en orden ascendente: el 1, el 2, el 3, etc. Sin embargo, los romanos contaban hacia atrás: Para identificar un día, lo que se contaban eran los días que faltaban para llegar al hito siguiente, contando el día en que se estaba y el día del hito. Así el día 3 de marzo era el quinto día ante Nonas de marzo, y el 26 de febrero era el cuarto día ante Calendas de marzo.

Pues bien, en los años bisiestos, tal y como se hace hoy, se incluía un día más en el mes de febrero, pero en lugar de situarse al final del mes, se incluía un segundo día 24 de febrero. Había por tanto un primer día 24 de febrero y un segundo día 24 de febrero, que tal y como ya hemos explicado la forma en que contaban los romanos, el primer día 24 era el sexto día ante Calendas de marzo, y el segundo era el “bisexto” día ante Calendas de marzo.

Con el tiempo resultó que ese “bisexto” día dio nombre al año que lo contenía. Y desde entonces a estos años se les llama bisiestos.

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GLOBALIZACION

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Pocas ideas resultan más sugerentes y tienen más sentido, en su planteamiento teórico, que la globalización como verdadero motor de desarrollo mundial.

La apertura de mercados, el libre comercio y libre cambio no puede sino incrementar la prosperidad, de quienes participan, con el consiguiente crecimiento económico y de beneficios.

Que el comercio incrementa la riqueza, es un hecho sobradamente conocido, como también se sabe que esa riqueza justamente repartida se convierte en elemento fundamental del desarrollo humano.
Para que la globalización sirva precisamente a ese fin, convendría que, junto a la libertad de comercio, se globalizara la libertad y la democracia.

Bien, puesto que vivimos en un mundo en que la globalización se ha convertido en la idea que inspira el desarrollo del comercio internacional, cabría preguntarse si también se ha convertido en un factor de desarrollo humano.

Sorprendentemente, lo primero que observamos es que, en ningún momento, se ha intentado que la globalización, además de la economía, globalice la democracia, los derechos humanos, los derechos sindicales o la libertad.

El argumento de que el desarrollo económico llevaría aparejado el desarrollo social, político y de libertades, no ha podido quedar más en evidencia en poco tiempo.

China se ha convertido en la segunda economía del mundo fabricando productos a precios irrisorios con trabajadores a los que se les puede hacer trabajar durante jornadas extenuantes a cambio de salarios ridículos y sin ninguna garantía o derecho.

A nadie ha parecido importar que la democracia o las libertades no hayan avanzado un milímetro allí. Tampoco ha merecido consideración el hecho de que quien importa un producto fabricado con hambre y miseria, no solo importa el producto, sino que importa el hambre y la miseria con que está fabricado.

Si se importan zapatillas de deporte fabricadas en lamentables condiciones para los trabajadores, su bajo coste hará que las fabricadas en el país receptor no puedan competir. A medio plazo, la fábrica tendrá que cerrar dejando en paro a los trabajadores, con lo que el sufrimiento importado con las zapatillas acaba estando entre nosotros.

A la vez, se va generando la conciencia entre los propios trabajadores de que con nuestros salarios no podemos competir con los productos importados y que, si queremos mantener nuestros puestos de trabajo, más nos vale ir pensando en renunciar a posibles aumentos y a más de un derecho de los que veníamos disfrutando. No hay que ser un agudo observador para percatarse de que de esta forma queda importada la falta de derechos y los salarios ridículos con los que las zapatillas de deporte se fabricaron en origen.

La globalización exclusivamente económica, en la que se excluya la globalización de la democracia, la libertad, los derechos sindicales y la justicia, se convierte en un instrumento de las élites mundiales para transformar la sociedad de forma que, la imposibilidad de competir con productos fabricados con trabajo prácticamente esclavo, haga que nuestras fábricas cierren, crezca el paro y los trabajadores estén dispuestos a trabajar en cualquier condición y por cualquier salario, fomentándose así la desigualdad, cono instrumento para perpetuarse en la continua acumulación de riqueza sin redistribución posible.

Quizá convendría meditar si una globalización exclusivamente económica no está globalizando el deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores, cuando no directamente la miseria, y si no deberíamos apoyar una globalización que además de económica fuese de derechos humanos, de libertades, de derechos sociales, de democracia, de libertad y de justicia, como instrumento del mayor desarrollo humano que pudiéramos conocer en la Historia.

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CAPITAL

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Valor en dinero del conjunto de bienes que componen el patrimonio o la fortuna de alguien/ Cantidad de dinero que se presta/ Bienes que producen interés o frutos/ Dinero o conjunto de cosas convertibles en él/ Dinero que se invierte en una empresa o que produce una renta en cualquier forma/ Factor económico constituido por el dinero/ Población principal y cabeza de un estado o provincia/ Muy grave o muy importante.

Al encontrarnos con usos tan dispares como ser sinónimo de riqueza, servir para calificar a la principal ciudad de un país o provincia (cuando nos referimos por ejemplo a la capital de la nación), servir para calificar algo de importante (cuando hablamos de importancia capital o de pena capital) o grave (al referirnos a un pecado capital), podemos hacernos esta pregunta: ¿es posible que todos esos usos tengan un origen común?

Lo que sí podemos observar es que, en la mayor parte de las acepciones económicas de la palabra capital, el dinero, como unidad de medida del valor de las cosas, forma parte de cualquier definición. Sin embargo, esta palabra encuentra sus raíces y su sentido justamente en épocas muy anteriores a la aparición del dinero.

Para encontrar el origen de la palabra capital, hay que remontarse a tiempos en los que el dinero aún no existía y el trueque era el único medio de intercambio de bienes, productos y servicios. El trueque era un sistema extremadamente complicado y confuso ante la heterogeneidad de los bienes susceptibles de ser intercambiados y la enorme subjetividad que tenía valorar unos bienes en relación con otros. Y así resultó siempre para las cosas pequeñas. Sin embargo, para las transacciones de importancia acabó por encontrarse un patrón de referencia que fue aceptado por todos, al mantener un valor homogéneo entre una unidad y otra, ser fácil de transportar, y fácilmente intercambiable por otros bienes.

Sin una unidad de cuenta generalmente aceptada como esa, la evaluación de la riqueza de un hombre resultaba un tanto dificultosa, ya que, si se medía por la extensión de sus tierras, estas podían ser de secano o de regadío, mejores o peores, más o menos fértiles o productivas. Medir a través de la cosecha, también era complicado por la diversidad de frutos cultivados y su distinto valor.

Es cierto que el conjunto de todo ello daba una idea poco equívoca de la riqueza de un hombre, pero no daba una medida en términos comparables y aproximadamente homogéneos.

En tiempos remotos, en tiempos bíblicos, había un signo que indefectiblemente acompañaba a quien disponía de riqueza y que reunía todos los requisitos para convertirse en patrón de referencia e instrumento de medida; este signo no era otro el ganado del que se era dueño. Si lo pensamos detenidamente, el ganado es apreciado por todos, sus unidades mantienen una relativa homogeneidad unas con otras, tienen valor por sí mismas, son fácilmente intercambiables por otros bienes y su transporte es tan sencillo como que pueden moverse sobre sus propias patas.

Digamos, por último, que el ganado, desde siempre, se ha contado por cabezas. Así que, tener más o menos cabezas de ganado daba una idea bastante aproximada del grado de riqueza poseído; incluso indirectamente podía dar idea de las tierras que pudiera tener el dueño de las reses ya que, a más cabezas de ganado, más pastos serían necesarios para su alimentación.

Pues bien, en latín cabeza es caput-capitis

Y es de caput, cabeza, de donde deriva la acepción de capital. Así que, siendo la cabeza lo más importante y lo primero, también lo utilizamos refiriéndonos a conceptos como capital de la nación, de la provincia, pena capital, o pecado capital, entre otras.

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NACIONALISMO (II)

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Partimos de que una Nación es aquel pueblo que se organiza en una comunidad uniforme, unida por su tradición, costumbres, historia, lengua, religión, origen étnico o por su territorio, con capacidad para decidir su destino con independencia, y que es condición previa y necesaria para la constitución de un Estado moderno.

El concepto de Nación se inicia con la Revolución francesa. Antes, los súbditos de un rey pertenecían a una región, estado, reino, comarca o país; cada cual, con su dialecto, sus costumbres y tradiciones, y se sentían vinculados sólo a sus paisanos y a su soberano, como señor natural, pero no sentían ningún vínculo con los súbditos de otras regiones, o territorios, aunque pertenecieran al mismo rey.

Con la Revolución, el soberano es sustituido por la Nación como depositaria de la soberanía nacional. A partir de entonces, se busca que todos sus integrantes formen parte de un todo en el que cada región pone en común lo que tiene, pasando a ser de todos, convirtiéndose el conjunto en solidario con aquellos que lo necesitan, pertenezcan al territorio que pertenezcan. Se establece un idioma nacional para facilitar el entendimiento y la comunicación, un sistema económico, una unidad de mercado, se suprimen las fronteras y aduanas interiores, se unifica la moneda, se estandarizan los sistemas de pesos y medidas, se construyen vías de comunicación que unen las regiones, y se crea una cultura común, con símbolos de identidad compartidos.

Aparece entonces un nacionalismo integrador en el que todos unidos resultan más fuertes, están mejor defendidos y generan una prosperidad jamás conocida, con un desarrollo espectacular de la economía, el comercio, la riqueza, la cultura, la tecnología, las ciencias, las artes y las letras, que ha sido el instrumento para construir la civilización más avanzada que se conoce en la historia de la humanidad.

En España, sólo desde el concepto de Nación se entiende que, en consideración a los intereses generales, se destinen recursos e inversiones a aquella región que tenga más posibilidades de prosperar, en bien del interés común y en beneficio de todos. Así, resulta razonable que a esa región se aporten recursos financieros, humanos, materiales, inversiones en infraestructuras, subvenciones, beneficios fiscales, y apoyo político. Tiene sentido que, para desarrollar su industria, se proteja el mercado interior para favorecer la venta de sus productos y que, durante décadas, se siga una política de aranceles que favorezca ese fin, aunque esos productos resulten más caros. Esa región, naturalmente, tendrá un desarrollo económico superior y dispondrá de una mayor riqueza que el resto y, por tanto, podrá contribuir con una mayor cantidad de tributos al sostenimiento de las cargas comunes, permitiendo a sus habitantes ser solidarios con los que tienen menos o necesitan más. Pero si alcanzado un determinado nivel de riqueza, no sólo en base al propio esfuerzo, sino con el esfuerzo y sacrificio de todos, esa región pretende no querer saber nada de las necesidades generales, pretende que toda la riqueza que produce quede en su propio y exclusivo provecho, a la vez que pretende seguir beneficiándose de los servicios comunes que otros se ocupan de pagar, seguir recibiendo fondos para infraestructuras, continuar recibiendo subvenciones y todo tipo de beneficios, seguir manteniendo el mercado nacional cautivo para la venta de sus productos, quedándose incluso con el IVA que se genera con la venta de los mismos en cualquier punto del territorio nacional, mientras cierra su propio mercado al resto mediante trabas como la del idioma. Y pretende, además, tener voz y decisión en el nombramiento de órganos claves del estado, interviniendo incluso con capacidad de veto en la política exterior, condicionando la legislación del estado central, a la vez que ese estado central no puede intervenir en decisión o política alguna de la región en cuestión, lo que nos encontraremos es que la región se ha convertido técnica y efectivamente en potencia colonial y España en su colonia. Lo que era razonable considerando dentro de la nación, se convierte ahora en mera explotación protagonizada por una de sus partes, del resto de territorios; mediante una voraz transferencia de rentas, a través de un mercado cautivo, o de préstamos institucionales financiados con deuda pública que jamás serán devueltos. Pues bien, resulta que el nacionalismo independentista y excluyente es el bueno y el nacionalismo integrador y solidario es “facha”.

Y, encima, los que son explotadores, pretenden pasar por víctimas.

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NACIONALISMO (I)

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Sentimiento político e ideológico de exaltación de las cualidades propias de una nación, que se pone de manifiesto mediante una intensa devoción por el propio país, al exaltar su grandeza y defender su independencia en todos los órdenes.

Dicho en pocas palabras, el nacionalismo es una manifestación de amor a la nación, por lo que no está de más que definamos qué es la Nación.

La Nación puede definirse como aquel grupo humano, suficientemente amplio, que se identifica a sí mismo como una comunidad uniforme, unida por su tradición, costumbres, historia, lengua, religión, origen étnico o por su territorio, con capacidad real o potencial para decidir su destino con independencia, y cuyos componentes desarrollan un sentido de identidad y pertenencia al grupo, percibiendo a sus miembros como iguales, en tanto que comparten solidariamente intereses, sentimientos y ambiciones comunes, y se sienten diferentes de quienes forman parte de otros grupos. La Nación es la condición previa y necesaria para la constitución de un Estado moderno.

El origen del concepto de Nación lo encontramos a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Es a partir de 1789, con la Revolución francesa, cuando comienza a adquirir su actual significado, al identificarse con el conjunto ciudadanos que han dejado de ser súbditos. Hasta este momento, el rey era el depositario de la soberanía y su reino estaba formado por territorios heterogéneos, que podían pertenecer a la corona de forma permanente o circunstancial y cuyos habitantes no tenían por qué sentirse unidos como parte de un todo. A partir de entonces, la nación sustituye al rey como depositaria de la soberanía, y da homogeneidad a la comunidad que la forma.

En nuestro caso, el concepto de nación surge a partir de la Guerra de la Independencia de 1808 y se consagra en la Constitución de Cádiz de 1812, pero por una curiosa paradoja, España, que, entre 1808 y 1814, había dado prueba de una unidad y de un vigor nacional excepcionales, verá como, a finales del s. XIX, regiones como Cataluña o el País vasco, únicas regiones que presentan un desarrollo industrial de modelo europeo, manifiestan un sentimiento nacionalista propio y quieren transformarse en “estados”.

El resto de España presentaba un perfil de país agrícola y subdesarrollado, a causa fundamentalmente del fracaso de la revolución liberal que puso al país en manos de las clases aristocráticas financieras y terratenientes, situación que vino a agravarse con la desaparición de mercados que supuso la pérdida de las últimas colonias de ultramar, con el desastre del 98.

Los industriales catalanes no perdonaron entonces a la España central y meridional, agrícola y pobre, la debilidad de su poder adquisitivo, reprochándole su situación como derivada de su indolencia y holgazanería, considerando un justo castigo su pobreza, decadencia y ruina.

La burguesía industrial catalana consideraba que los dirigentes de Madrid, aristócratas, banqueros, generales o políticos liberales representaban a las clases no industriales, incapaces de entender el lenguaje del nacionalismo económico. Es entonces cuando los dirigentes catalanes empiezan añorar un pasado bien lejano, al considerar que el mercado español es más restringido que el que la corona de Aragón fue capaz de conquistar en la época de su autonomía y que la convirtió en una potencia mediterránea.

Resulta llamativo que sea una cuestión de mercados y de capacidad de consumo del resto de España lo que subyace en el origen del problema, además de un sentimiento de superioridad de la burguesía, sobre todo catalana, que para legitimar su riqueza apoyaron la cultura, las artes y las ciencias, en contraste con una élite madrileña a la que consideran reaccionaria, dogmática y antigua.

Lo que asombra es que, en poco más de cien años, lo que era un conflicto entre capitalistas y élites locales, haya sido asumido por el pueblo llano, en su propio perjuicio, pues un pueblo dividido y enfrentado nunca es más fuerte, y queda indefenso ante esas mismas élites que están en la raíz del problema.

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JUSTICIA (I)

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Organización de la que dispone el Estado para reprimir o castigar los delitos y dirimir las diferencias entre los ciudadanos, de acuerdo con la ley y el derecho.

Pretender en tan corto espacio abordar el contenido de una palabra tan compleja y que tiene tal cantidad de significados, puede resultar una osadía que raye en la petulancia, pero tal vez pueda perdonarse el intento, si al menos da motivos para la reflexión.

Otros significados de la palabra justicia son: Virtud que inclina a dar a cada uno lo que le pertenece; derecho, razón equidad; lo que debe hacerse según derecho y razón; pena o castigo público, y otros muchos.

Vamos a centrarnos en la primera acepción dada como capacidad y acción del Estado.   Como todo lo que es fundamental en nuestra estructura social, los orígenes de la justicia son tan antiguos como el hombre, y los primeros indicios del hecho de impartir justicia como actividad organizada, los encontramos en tiempos remotos.

Cuando hoy nos referimos al principio de “ojo por ojo y diente por diente”, todos nos sentimos turbados ante la crueldad que aparentemente encierra. A todos nos remite a una idea de venganza que se encuentra muy lejos de nuestra actual idea de justicia.

Pero veamos si esto es realmente así. El principio de “ojo por ojo y diente por diente” se encuentra recogido en el código de Hammurabi, cuyo conjunto de leyes regulaba la sociedad babilónica hacia el año 1700 a. C. Este principio, que hoy en día es sinónimo de cruel venganza, en aquel tiempo resultó un avance revolucionario en las relaciones humanas, viniendo a instaurar una idea de equidad y proporcionalidad en la respuesta ante un daño sufrido, pues la venganza, en las sociedades primitivas, solía cursar provocando un daño desmesurado que estaba muy alejado de cualquier proporción con el daño recibido. La venganza era el instrumento de los particulares para restituir lo dañado o infligir un daño a los que lo causaron. Pero el particular ofendido no es precisamente el más imparcial, ni tiene la objetividad necesaria para devolver un daño de la misma medida que el recibido, porque la respuesta por la vía de la venganza está cargada de pasiones y ninguna reflexión, y resulta siempre desmesurada por orden lógico de las cosas.

La aplicación del principio recogido en el código de Hammurabi, exige, por otra parte, que, para determinar qué es justo, intervenga alguien distinto de las partes, independiente de ellas, imparcial en su juicio, autónomo en su voluntad en tanto que ha de estar libre de influencias ajenas, y dotado de suficiente autoridad como para que su decisión sea aceptada e impuesta a las partes.

Así que, repito: “ojo por ojo y diente por diente” lo que hace es asentar un principio de justicia, de equivalencia y de equidad.

Casi cuatro mil años han pasado desde aquel momento, y desde entonces, el concepto de justicia ha evolucionado hasta alcanzar nuestra actual concepción.

Hoy, podemos decir, de forma breve y resumida, que la justicia moderna, occidental y democrática se caracteriza por ser: Independiente, autónoma, imparcial, y libre.

En ella ha de regir un principio fundamental de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Y de este principio se deriva el también básico de que nadie será juzgado por lo que es sino por sus actos.

Se trata de una justicia sometida al Estado de Derecho, dentro de un sistema de división de poderes.

En el ámbito penal, debe regir el principio de que nadie…, nadie debe ser investigado si no existen previamente indicios de una conducta delictiva.

En la Edad Media, cuando el poderoso quería perjudicar a alguien, se investigaba a éste hasta ver si se podía encontrar algo con lo que imputarlo. A esa forma de proceder se le llama se llama “abrir causa general”, y es lo que caracterizó a la justicia inquisitorial.

Resulta sorprendente que en la actualidad ciertas formaciones políticas manifiesten sin empacho estas inclinaciones inquisitoriales; aunque mejor, dejamos este asunto para tratarlo en otra ocasión.

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