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PALABRAS CON HISTORIA | POESÍA

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


No parece que sea la poesía el género preferido de los lectores. A veces, da la sensación de que existen más poetas que lectores de poesía. Vivimos en un mundo aparentemente racionalista, que sin embargo se inclina hacia un pensamiento fácil, en el que los receptores de los mensajes están acostumbrados a ser sujetos pasivos que contemplan lo que otros les preparan para consumir sin esfuerzo. Para ese grupo de lectores, la poesía resulta un artificio incomprensible de piruetas lingüísticas difícil de entender y casi molesto.

No se ama lo que no se conoce, y no se conoce lo que no se explica. La poesía no es fácil de definir; cualquier definición se queda corta o sólo atiende los aspectos superficiales y formales. Incluso aquellos que la aman tienen dificultades para dar una explicación clara.

En el principio, la poesía lo era todo. La literatura no era otra cosa que poesía. Es más, era el medio utilizado para transmitir el conocimiento, antes incluso de que la escritura existiera. Antes de la escritura, la transmisión de ideas y conocimientos se realizaba de forma oral y, para ello, había que memorizar el mensaje. La poesía, con su construcción a base de versos, de estrofas con sílabas medidas, de rima y de ritmo, se convirtió en el instrumento ideal para la transmisión de la cultura, el saber y la historia.

Cuando evolucionó, había tres formas fundamentales de recitar: acompañado de una lira para cantar los poemas, dedicados al amor, los sentimientos y las emociones, que dio lugar al nacimiento de la Lírica; escenificando mediante actores situaciones atribuidas a personajes, que dio lugar al nacimiento de la Dramática; y por último recitando hechos e historias del pasado, que dio lugar al nacimiento de la Épica.

Cuando se difundió la escritura y, sobre todo, una gran mayoría aprendió a leer, la poesía perdió su valor como instrumento de memorización y se generalizó el uso de la prosa. La poesía entonces quedó relegada a un espacio propio en el que mantuvo sus aspectos formales de construcción en versos, estrofas, poemas, con especial cuidado de la acentuación, rima y ritmo. En la actualidad, estos condicionamientos estético-formales pensados para facilitar la memoria, se han superado para dar paso a una forma propia de expresión, libre ya de dichos cánones.

Cabe preguntarse entonces qué entendemos hoy por poesía.

Comencemos por decir que el lenguaje no está concebido para expresar lo que la poesía es capaz de transmitir con el lenguaje. La poesía lleva al lenguaje más allá de sus propios límites, hasta construir nuevos y sorprendentes significados que no habríamos sido capaces siquiera de sospechar.

Debemos tener en cuenta que las palabras están construidas para transmitir el mensaje en términos racionales, y su orden en el contexto de cada frase busca esta comunicación racional. Pero no debemos olvidar que la mente del ser humano no es sólo razón consciente, sino que en nosotros existe también el inconsciente y el subconsciente. Además, no sólo estamos definidos por nuestra razón, sino por ser capaces de sentimientos y emociones, y más allá de los mismos por ser capaces de sueños, contradicciones, fantasías y pensamientos irracionales.

Pues bien, sólo existe una forma de comunicar dirigiéndose a la persona como un todo integral utilizando la palabra, y esa forma de comunicar es el lenguaje poético.

Naturalmente conseguir semejante objetivo, obteniendo de las palabras toda la belleza que se les pueda arrancar, combinándolas de forma que produzcan nuevos significados para los que ni siquiera están pensadas, produciendo sensaciones, sentimientos y emociones nuevas en quienes las leen, constituye un verdadero arte dirigido a sugerir, fascinar, evocar, inspirar, intuir la esencia misma de las cosas, facilitando la percepción de todo ello, como una experiencia íntima de lo que somos, porque de otro modo, aspectos esenciales de cuanto nos rodea quedarían ocultos e ignorados para siempre, ya que la observación y el lenguaje racional no puede captarlos ni expresarlos.

Si no se tiene esto en cuenta, la poesía aparecerá como un ejercicio incomprensible e inútil, una pérdida de tiempo carente de valor, un ejercicio amanerado de quienes sólo pretenden retorcer el lenguaje. Si se sabe reconocer el valor de la poesía, se dispondrá de un instrumento casi mágico para percibir, sentir, comprender, evocar, intuir y observar aspectos del mundo y de nosotros mismos que trascienden a la mera observación objetiva y que de otra forma escaparían a nuestro conocimiento.

En un principio, la poesía lo era todo. Hoy está relegada a una posición residual, y se nota, porque el ser humano podría ser mejor y no lo es.

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PALABRAS CON HISTORIA | BISIESTO

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Se llama bisiesto al año que tiene 366 días, en lugar de 365, cosa que suele ocurrir cada cuatro años.

Corría el año 49 a.C., cuando Cayo Julio César llegó a Egipto, donde pudo comprobar lo avanzados que estaban los egipcios en astronomía. Por entonces, el calendario romano estaba hecho un desastre, pues sus años eran de 355 días, correspondientes a 12 meses lunares, a los que el Sumo Pontífice añadía cada dos años un mes intercalar de unos 20 días, para recuperar el retraso sobre el año solar, pero durante las guerras civiles este ajuste no se hacía con lo que el retraso acumulado resultaba más que notable en relación con las estaciones.

César encargó a Sosígenes de Alejandría, filósofo, matemático y astrónomo, la elaboración de un calendario que solucionase el problema y que valiese para el futuro. Y, entre el 48 y el 46 a.C., el astrónomo entregó un calendario basado en el egipcio, pero adaptado a los meses romanos. En él los años tenían una duración de 365 días, y cada cuatro años se añadía un día más.

El nuevo calendario se aplicó por primera vez en el año 46 a.C. que fue conocido como “el año de la confusión” porque duró nada menos que 445 días, para hacer que volviera a coincidir con las estaciones naturales.
Todo esto nos explica qué es un año bisiesto, pero no nos dice por qué se llama así.

Para llegar a ello tenemos primero que conocer cómo era el calendario de los antiguos romanos y cómo contaban los días, cosa nada fácil de aclarar porque lo hacían de una forma que nada tiene que ver con la nuestra.

Para los romanos, en cada mes había tres hitos: las Calendas, Nonas e Idus hacia los que los días transcurrían. Para simplificar tomemos como ejemplo el mes de marzo: el día 1 eran las Calendas, el día 7 eran las Nonas, y el 15 eran los Idus.

Nosotros contamos los días del mes consecutivamente y en orden ascendente: el 1, el 2, el 3, etc. Sin embargo, los romanos contaban hacia atrás: Para identificar un día, lo que se contaban eran los días que faltaban para llegar al hito siguiente, contando el día en que se estaba y el día del hito. Así el día 3 de marzo era el quinto día ante Nonas de marzo, y el 26 de febrero era el cuarto día ante Calendas de marzo.

Pues bien, en los años bisiestos, tal y como se hace hoy, se incluía un día más en el mes de febrero, pero en lugar de situarse al final del mes, se incluía un segundo día 24 de febrero. Había por tanto un primer día 24 de febrero y un segundo día 24 de febrero, que tal y como ya hemos explicado la forma en que contaban los romanos, el primer día 24 era el sexto día ante Calendas de marzo, y el segundo era el “bisexto” día ante Calendas de marzo.

Con el tiempo resultó que ese “bisexto” día dio nombre al año que lo contenía. Y desde entonces a estos años se les llama bisiestos.

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GLOBALIZACION

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Pocas ideas resultan más sugerentes y tienen más sentido, en su planteamiento teórico, que la globalización como verdadero motor de desarrollo mundial.

La apertura de mercados, el libre comercio y libre cambio no puede sino incrementar la prosperidad, de quienes participan, con el consiguiente crecimiento económico y de beneficios.

Que el comercio incrementa la riqueza, es un hecho sobradamente conocido, como también se sabe que esa riqueza justamente repartida se convierte en elemento fundamental del desarrollo humano.
Para que la globalización sirva precisamente a ese fin, convendría que, junto a la libertad de comercio, se globalizara la libertad y la democracia.

Bien, puesto que vivimos en un mundo en que la globalización se ha convertido en la idea que inspira el desarrollo del comercio internacional, cabría preguntarse si también se ha convertido en un factor de desarrollo humano.

Sorprendentemente, lo primero que observamos es que, en ningún momento, se ha intentado que la globalización, además de la economía, globalice la democracia, los derechos humanos, los derechos sindicales o la libertad.

El argumento de que el desarrollo económico llevaría aparejado el desarrollo social, político y de libertades, no ha podido quedar más en evidencia en poco tiempo.

China se ha convertido en la segunda economía del mundo fabricando productos a precios irrisorios con trabajadores a los que se les puede hacer trabajar durante jornadas extenuantes a cambio de salarios ridículos y sin ninguna garantía o derecho.

A nadie ha parecido importar que la democracia o las libertades no hayan avanzado un milímetro allí. Tampoco ha merecido consideración el hecho de que quien importa un producto fabricado con hambre y miseria, no solo importa el producto, sino que importa el hambre y la miseria con que está fabricado.

Si se importan zapatillas de deporte fabricadas en lamentables condiciones para los trabajadores, su bajo coste hará que las fabricadas en el país receptor no puedan competir. A medio plazo, la fábrica tendrá que cerrar dejando en paro a los trabajadores, con lo que el sufrimiento importado con las zapatillas acaba estando entre nosotros.

A la vez, se va generando la conciencia entre los propios trabajadores de que con nuestros salarios no podemos competir con los productos importados y que, si queremos mantener nuestros puestos de trabajo, más nos vale ir pensando en renunciar a posibles aumentos y a más de un derecho de los que veníamos disfrutando. No hay que ser un agudo observador para percatarse de que de esta forma queda importada la falta de derechos y los salarios ridículos con los que las zapatillas de deporte se fabricaron en origen.

La globalización exclusivamente económica, en la que se excluya la globalización de la democracia, la libertad, los derechos sindicales y la justicia, se convierte en un instrumento de las élites mundiales para transformar la sociedad de forma que, la imposibilidad de competir con productos fabricados con trabajo prácticamente esclavo, haga que nuestras fábricas cierren, crezca el paro y los trabajadores estén dispuestos a trabajar en cualquier condición y por cualquier salario, fomentándose así la desigualdad, cono instrumento para perpetuarse en la continua acumulación de riqueza sin redistribución posible.

Quizá convendría meditar si una globalización exclusivamente económica no está globalizando el deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores, cuando no directamente la miseria, y si no deberíamos apoyar una globalización que además de económica fuese de derechos humanos, de libertades, de derechos sociales, de democracia, de libertad y de justicia, como instrumento del mayor desarrollo humano que pudiéramos conocer en la Historia.

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CAPITAL

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Valor en dinero del conjunto de bienes que componen el patrimonio o la fortuna de alguien/ Cantidad de dinero que se presta/ Bienes que producen interés o frutos/ Dinero o conjunto de cosas convertibles en él/ Dinero que se invierte en una empresa o que produce una renta en cualquier forma/ Factor económico constituido por el dinero/ Población principal y cabeza de un estado o provincia/ Muy grave o muy importante.

Al encontrarnos con usos tan dispares como ser sinónimo de riqueza, servir para calificar a la principal ciudad de un país o provincia (cuando nos referimos por ejemplo a la capital de la nación), servir para calificar algo de importante (cuando hablamos de importancia capital o de pena capital) o grave (al referirnos a un pecado capital), podemos hacernos esta pregunta: ¿es posible que todos esos usos tengan un origen común?

Lo que sí podemos observar es que, en la mayor parte de las acepciones económicas de la palabra capital, el dinero, como unidad de medida del valor de las cosas, forma parte de cualquier definición. Sin embargo, esta palabra encuentra sus raíces y su sentido justamente en épocas muy anteriores a la aparición del dinero.

Para encontrar el origen de la palabra capital, hay que remontarse a tiempos en los que el dinero aún no existía y el trueque era el único medio de intercambio de bienes, productos y servicios. El trueque era un sistema extremadamente complicado y confuso ante la heterogeneidad de los bienes susceptibles de ser intercambiados y la enorme subjetividad que tenía valorar unos bienes en relación con otros. Y así resultó siempre para las cosas pequeñas. Sin embargo, para las transacciones de importancia acabó por encontrarse un patrón de referencia que fue aceptado por todos, al mantener un valor homogéneo entre una unidad y otra, ser fácil de transportar, y fácilmente intercambiable por otros bienes.

Sin una unidad de cuenta generalmente aceptada como esa, la evaluación de la riqueza de un hombre resultaba un tanto dificultosa, ya que, si se medía por la extensión de sus tierras, estas podían ser de secano o de regadío, mejores o peores, más o menos fértiles o productivas. Medir a través de la cosecha, también era complicado por la diversidad de frutos cultivados y su distinto valor.

Es cierto que el conjunto de todo ello daba una idea poco equívoca de la riqueza de un hombre, pero no daba una medida en términos comparables y aproximadamente homogéneos.

En tiempos remotos, en tiempos bíblicos, había un signo que indefectiblemente acompañaba a quien disponía de riqueza y que reunía todos los requisitos para convertirse en patrón de referencia e instrumento de medida; este signo no era otro el ganado del que se era dueño. Si lo pensamos detenidamente, el ganado es apreciado por todos, sus unidades mantienen una relativa homogeneidad unas con otras, tienen valor por sí mismas, son fácilmente intercambiables por otros bienes y su transporte es tan sencillo como que pueden moverse sobre sus propias patas.

Digamos, por último, que el ganado, desde siempre, se ha contado por cabezas. Así que, tener más o menos cabezas de ganado daba una idea bastante aproximada del grado de riqueza poseído; incluso indirectamente podía dar idea de las tierras que pudiera tener el dueño de las reses ya que, a más cabezas de ganado, más pastos serían necesarios para su alimentación.

Pues bien, en latín cabeza es caput-capitis

Y es de caput, cabeza, de donde deriva la acepción de capital. Así que, siendo la cabeza lo más importante y lo primero, también lo utilizamos refiriéndonos a conceptos como capital de la nación, de la provincia, pena capital, o pecado capital, entre otras.

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NACIONALISMO (II)

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Partimos de que una Nación es aquel pueblo que se organiza en una comunidad uniforme, unida por su tradición, costumbres, historia, lengua, religión, origen étnico o por su territorio, con capacidad para decidir su destino con independencia, y que es condición previa y necesaria para la constitución de un Estado moderno.

El concepto de Nación se inicia con la Revolución francesa. Antes, los súbditos de un rey pertenecían a una región, estado, reino, comarca o país; cada cual, con su dialecto, sus costumbres y tradiciones, y se sentían vinculados sólo a sus paisanos y a su soberano, como señor natural, pero no sentían ningún vínculo con los súbditos de otras regiones, o territorios, aunque pertenecieran al mismo rey.

Con la Revolución, el soberano es sustituido por la Nación como depositaria de la soberanía nacional. A partir de entonces, se busca que todos sus integrantes formen parte de un todo en el que cada región pone en común lo que tiene, pasando a ser de todos, convirtiéndose el conjunto en solidario con aquellos que lo necesitan, pertenezcan al territorio que pertenezcan. Se establece un idioma nacional para facilitar el entendimiento y la comunicación, un sistema económico, una unidad de mercado, se suprimen las fronteras y aduanas interiores, se unifica la moneda, se estandarizan los sistemas de pesos y medidas, se construyen vías de comunicación que unen las regiones, y se crea una cultura común, con símbolos de identidad compartidos.

Aparece entonces un nacionalismo integrador en el que todos unidos resultan más fuertes, están mejor defendidos y generan una prosperidad jamás conocida, con un desarrollo espectacular de la economía, el comercio, la riqueza, la cultura, la tecnología, las ciencias, las artes y las letras, que ha sido el instrumento para construir la civilización más avanzada que se conoce en la historia de la humanidad.

En España, sólo desde el concepto de Nación se entiende que, en consideración a los intereses generales, se destinen recursos e inversiones a aquella región que tenga más posibilidades de prosperar, en bien del interés común y en beneficio de todos. Así, resulta razonable que a esa región se aporten recursos financieros, humanos, materiales, inversiones en infraestructuras, subvenciones, beneficios fiscales, y apoyo político. Tiene sentido que, para desarrollar su industria, se proteja el mercado interior para favorecer la venta de sus productos y que, durante décadas, se siga una política de aranceles que favorezca ese fin, aunque esos productos resulten más caros. Esa región, naturalmente, tendrá un desarrollo económico superior y dispondrá de una mayor riqueza que el resto y, por tanto, podrá contribuir con una mayor cantidad de tributos al sostenimiento de las cargas comunes, permitiendo a sus habitantes ser solidarios con los que tienen menos o necesitan más. Pero si alcanzado un determinado nivel de riqueza, no sólo en base al propio esfuerzo, sino con el esfuerzo y sacrificio de todos, esa región pretende no querer saber nada de las necesidades generales, pretende que toda la riqueza que produce quede en su propio y exclusivo provecho, a la vez que pretende seguir beneficiándose de los servicios comunes que otros se ocupan de pagar, seguir recibiendo fondos para infraestructuras, continuar recibiendo subvenciones y todo tipo de beneficios, seguir manteniendo el mercado nacional cautivo para la venta de sus productos, quedándose incluso con el IVA que se genera con la venta de los mismos en cualquier punto del territorio nacional, mientras cierra su propio mercado al resto mediante trabas como la del idioma. Y pretende, además, tener voz y decisión en el nombramiento de órganos claves del estado, interviniendo incluso con capacidad de veto en la política exterior, condicionando la legislación del estado central, a la vez que ese estado central no puede intervenir en decisión o política alguna de la región en cuestión, lo que nos encontraremos es que la región se ha convertido técnica y efectivamente en potencia colonial y España en su colonia. Lo que era razonable considerando dentro de la nación, se convierte ahora en mera explotación protagonizada por una de sus partes, del resto de territorios; mediante una voraz transferencia de rentas, a través de un mercado cautivo, o de préstamos institucionales financiados con deuda pública que jamás serán devueltos. Pues bien, resulta que el nacionalismo independentista y excluyente es el bueno y el nacionalismo integrador y solidario es “facha”.

Y, encima, los que son explotadores, pretenden pasar por víctimas.

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NACIONALISMO (I)

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Sentimiento político e ideológico de exaltación de las cualidades propias de una nación, que se pone de manifiesto mediante una intensa devoción por el propio país, al exaltar su grandeza y defender su independencia en todos los órdenes.

Dicho en pocas palabras, el nacionalismo es una manifestación de amor a la nación, por lo que no está de más que definamos qué es la Nación.

La Nación puede definirse como aquel grupo humano, suficientemente amplio, que se identifica a sí mismo como una comunidad uniforme, unida por su tradición, costumbres, historia, lengua, religión, origen étnico o por su territorio, con capacidad real o potencial para decidir su destino con independencia, y cuyos componentes desarrollan un sentido de identidad y pertenencia al grupo, percibiendo a sus miembros como iguales, en tanto que comparten solidariamente intereses, sentimientos y ambiciones comunes, y se sienten diferentes de quienes forman parte de otros grupos. La Nación es la condición previa y necesaria para la constitución de un Estado moderno.

El origen del concepto de Nación lo encontramos a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Es a partir de 1789, con la Revolución francesa, cuando comienza a adquirir su actual significado, al identificarse con el conjunto ciudadanos que han dejado de ser súbditos. Hasta este momento, el rey era el depositario de la soberanía y su reino estaba formado por territorios heterogéneos, que podían pertenecer a la corona de forma permanente o circunstancial y cuyos habitantes no tenían por qué sentirse unidos como parte de un todo. A partir de entonces, la nación sustituye al rey como depositaria de la soberanía, y da homogeneidad a la comunidad que la forma.

En nuestro caso, el concepto de nación surge a partir de la Guerra de la Independencia de 1808 y se consagra en la Constitución de Cádiz de 1812, pero por una curiosa paradoja, España, que, entre 1808 y 1814, había dado prueba de una unidad y de un vigor nacional excepcionales, verá como, a finales del s. XIX, regiones como Cataluña o el País vasco, únicas regiones que presentan un desarrollo industrial de modelo europeo, manifiestan un sentimiento nacionalista propio y quieren transformarse en “estados”.

El resto de España presentaba un perfil de país agrícola y subdesarrollado, a causa fundamentalmente del fracaso de la revolución liberal que puso al país en manos de las clases aristocráticas financieras y terratenientes, situación que vino a agravarse con la desaparición de mercados que supuso la pérdida de las últimas colonias de ultramar, con el desastre del 98.

Los industriales catalanes no perdonaron entonces a la España central y meridional, agrícola y pobre, la debilidad de su poder adquisitivo, reprochándole su situación como derivada de su indolencia y holgazanería, considerando un justo castigo su pobreza, decadencia y ruina.

La burguesía industrial catalana consideraba que los dirigentes de Madrid, aristócratas, banqueros, generales o políticos liberales representaban a las clases no industriales, incapaces de entender el lenguaje del nacionalismo económico. Es entonces cuando los dirigentes catalanes empiezan añorar un pasado bien lejano, al considerar que el mercado español es más restringido que el que la corona de Aragón fue capaz de conquistar en la época de su autonomía y que la convirtió en una potencia mediterránea.

Resulta llamativo que sea una cuestión de mercados y de capacidad de consumo del resto de España lo que subyace en el origen del problema, además de un sentimiento de superioridad de la burguesía, sobre todo catalana, que para legitimar su riqueza apoyaron la cultura, las artes y las ciencias, en contraste con una élite madrileña a la que consideran reaccionaria, dogmática y antigua.

Lo que asombra es que, en poco más de cien años, lo que era un conflicto entre capitalistas y élites locales, haya sido asumido por el pueblo llano, en su propio perjuicio, pues un pueblo dividido y enfrentado nunca es más fuerte, y queda indefenso ante esas mismas élites que están en la raíz del problema.

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JUSTICIA (I)

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Organización de la que dispone el Estado para reprimir o castigar los delitos y dirimir las diferencias entre los ciudadanos, de acuerdo con la ley y el derecho.

Pretender en tan corto espacio abordar el contenido de una palabra tan compleja y que tiene tal cantidad de significados, puede resultar una osadía que raye en la petulancia, pero tal vez pueda perdonarse el intento, si al menos da motivos para la reflexión.

Otros significados de la palabra justicia son: Virtud que inclina a dar a cada uno lo que le pertenece; derecho, razón equidad; lo que debe hacerse según derecho y razón; pena o castigo público, y otros muchos.

Vamos a centrarnos en la primera acepción dada como capacidad y acción del Estado.   Como todo lo que es fundamental en nuestra estructura social, los orígenes de la justicia son tan antiguos como el hombre, y los primeros indicios del hecho de impartir justicia como actividad organizada, los encontramos en tiempos remotos.

Cuando hoy nos referimos al principio de “ojo por ojo y diente por diente”, todos nos sentimos turbados ante la crueldad que aparentemente encierra. A todos nos remite a una idea de venganza que se encuentra muy lejos de nuestra actual idea de justicia.

Pero veamos si esto es realmente así. El principio de “ojo por ojo y diente por diente” se encuentra recogido en el código de Hammurabi, cuyo conjunto de leyes regulaba la sociedad babilónica hacia el año 1700 a. C. Este principio, que hoy en día es sinónimo de cruel venganza, en aquel tiempo resultó un avance revolucionario en las relaciones humanas, viniendo a instaurar una idea de equidad y proporcionalidad en la respuesta ante un daño sufrido, pues la venganza, en las sociedades primitivas, solía cursar provocando un daño desmesurado que estaba muy alejado de cualquier proporción con el daño recibido. La venganza era el instrumento de los particulares para restituir lo dañado o infligir un daño a los que lo causaron. Pero el particular ofendido no es precisamente el más imparcial, ni tiene la objetividad necesaria para devolver un daño de la misma medida que el recibido, porque la respuesta por la vía de la venganza está cargada de pasiones y ninguna reflexión, y resulta siempre desmesurada por orden lógico de las cosas.

La aplicación del principio recogido en el código de Hammurabi, exige, por otra parte, que, para determinar qué es justo, intervenga alguien distinto de las partes, independiente de ellas, imparcial en su juicio, autónomo en su voluntad en tanto que ha de estar libre de influencias ajenas, y dotado de suficiente autoridad como para que su decisión sea aceptada e impuesta a las partes.

Así que, repito: “ojo por ojo y diente por diente” lo que hace es asentar un principio de justicia, de equivalencia y de equidad.

Casi cuatro mil años han pasado desde aquel momento, y desde entonces, el concepto de justicia ha evolucionado hasta alcanzar nuestra actual concepción.

Hoy, podemos decir, de forma breve y resumida, que la justicia moderna, occidental y democrática se caracteriza por ser: Independiente, autónoma, imparcial, y libre.

En ella ha de regir un principio fundamental de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Y de este principio se deriva el también básico de que nadie será juzgado por lo que es sino por sus actos.

Se trata de una justicia sometida al Estado de Derecho, dentro de un sistema de división de poderes.

En el ámbito penal, debe regir el principio de que nadie…, nadie debe ser investigado si no existen previamente indicios de una conducta delictiva.

En la Edad Media, cuando el poderoso quería perjudicar a alguien, se investigaba a éste hasta ver si se podía encontrar algo con lo que imputarlo. A esa forma de proceder se le llama se llama “abrir causa general”, y es lo que caracterizó a la justicia inquisitorial.

Resulta sorprendente que en la actualidad ciertas formaciones políticas manifiesten sin empacho estas inclinaciones inquisitoriales; aunque mejor, dejamos este asunto para tratarlo en otra ocasión.

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CIUDADANÍA

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Calidad propia del que es ciudadano. Conjunto de derechos y deberes propios de la condición de ser ciudadano.

En los últimos años se ha extendido el uso de la palabra ciudadanía para referirse al conjunto de los ciudadanos, como si ciudadanos y ciudadanía fuesen términos sinónimos. Este uso ha nacido desde determinados ámbitos políticos y, poco a poco, de forma imperceptible pero eficaz, se ha ido generalizado, sin que parezca que personas con diferente concepción de las cosas tengan reserva alguna en usarlo habitualmente.

Deberíamos preguntarnos si el término es tan aséptico e inocente como para que nadie repare en su verdadero contenido y en el mensaje subliminal que contiene.

Desde siempre, la palabra ciudadanía ha hecho referencia a la cualidad de quien ostenta derechos como ciudadano, en su condición de miembro de una comunidad política organizada.

De modo que, repito, la ciudadanía se ha entendido como una cualidad del ciudadano y no como una palabra que designe al ciudadano mismo o a los ciudadanos en su conjunto.

Conviene, llegados a este punto, que nos refiramos al concepto de ciudadano.

La palabra ciudadano tiene su origen en los albores de nuestra cultura greco-romana. En Roma, designaba al habitante de la ciudad, civitas, en latín, o en la poli, dicho en griego. Se refería al sujeto político, dotado de derechos y obligaciones para ejercer como miembro activo en los asuntos de la ciudad. En resumen: era ciudadano quien tenía derechos políticos.

Pero es a la Revolución Francesa a la que debemos la utilización del término ciudadano en su acepción contemporánea. Antes de la Revolución, las personas que pertenecían a una comunidad política eran súbditos. La sociedad estaba formada por tres órdenes: la aristocracia, el clero y el pueblo. El rey era monarca absoluto, y el puesto que cada cual ocupaba en la sociedad venía marcado por el nacimiento. El Estado era controlado por el rey, la aristocracia y el clero, y una naciente burguesía no encontraba acomodo en ese reparto de poder, en el que el pueblo, formado por la inmensa mayoría, no tenía participación alguna.

La Revolución concibe al individuo como el sujeto básico de la acción política, y la piedra angular del sistema. Lo concibe libre en contraste con la anterior consideración de súbdito. Defiende, además, que todos los hombres son iguales, sin que el hecho del nacimiento pueda predeterminar la superioridad de nadie. El conjunto de ciudadanos libres e iguales forma el pueblo, que es la comunidad con la que el ciudadano establece lazos de identidad y pertenencia, compartiendo idioma, cultura, historia, valores, sentimientos, objetivos, fines y solidaridad, que permite a todos identificarse como nación. Cuando esta comunidad tiene capacidad de actuar con voluntad propia e independiente frente a otras naciones, se dice que es sujeto de soberanía. La comunidad nacional se dota entonces de un Estado con el que gestionar y salvaguardar sus intereses.

Nótese que, cuando se habla de los ciudadanos, nos estamos refiriendo a un conjunto de hombres libres e iguales considerados uno a uno individualmente, y sin exclusión.

En consecuencia, quien base su concepción de la sociedad y de la política en la libertad individual como piedra angular del sistema, debería referirse al conjunto de sujetos políticos usando la palabra: “ciudadanos”.

Sin embargo, el uso de la palabra ciudadanía para sustituir a la de ciudadanos, está cargado de ideología y de intención. En primer lugar, es un término en el que prima el concepto colectivo y colectivista sobre la consideración del individuo. El protagonista es el grupo, no la persona. Además, está cargado de ideología de género, porque ciudadanos es masculino y para el gusto de algunos habría que decir ciudadanos y ciudadanas. Por último, en la práctica, basta fijarse un poco para darse cuenta de que ciudadanía se utiliza para designar a una parte de los ciudadanos, a esos que son activos, reivindicativos, comprometidos, solidarios y progres, o sea, a aquellos que merecen la pena.

Lo que sorprende es que quienes creen en el individuo, y en la libertad individual como base del sistema democrático, hayan adoptado mansamente el uso de la palabra ciudadanía para referirse a los ciudadanos, palabra ésta en el que sí queda incluido cada ciudadano considerado uno a uno, y sin excepción.

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FICCIÓN

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


La ficción se define como cosa inventada producto de la imaginación; aquello que no es real, sino fingido, aparente o simulado, y que, en ocasiones, puede identificarse con lo falso.

Tal parece, que cualquier diccionario nos definirá el término ficción como contrapuesto a la realidad o a la verdad. Y, en principio, quien así lo considere no debe estar mal encaminado, porque cuando en literatura se utiliza el término ficción es para hablar de hechos inventados, relatos de vidas de personajes que jamás existieron, o dramas que sólo han existido en la imaginación del escritor.

Cuando se escribe sobre hechos reales, se está escribiendo historia o periodismo, si un escritor escribe sobre los hechos y personas que ha conocido a lo largo de su vida, escribe un libro de memorias y, si lo que cuenta es su propia vida, resulta que escribe su biografía, si se trata de un análisis sobre aquello que conoce, escribe un ensayo, y si son sus reflexiones sobre asuntos esenciales que afectan al hombre como tal, estará escribiendo filosofía. Así que no puede haber confusión alguna: todo lo que tenga que ver con la verdad, la realidad o la vida misma, no es ficción y sí lo es todo lo que se imagina, inventa o crea con fantasía sin que haya existido en realidad.

Pero veamos si se puede cuestionar lo que parece indiscutible. Parece que un escritor, cuando escribe ficción, cuenta cosas imaginadas, inventadas y que nada tienen que ver con la realidad. ¿Es eso cierto? Evidentemente no, porque lo que hace el escritor es utilizar la ficción como instrumento para narrarnos la realidad tal y como la percibe, o tal y como será en un futuro, a través de la ciencia ficción, o tal y como sería en unas circunstancias inverosímiles, con una obra de fantasía.

Vemos, por tanto, que el escritor de ficción en lo que se basa es en la realidad y lo que utiliza es el argumento, los personajes, los diálogos, la trama, el narrador, la voz, el estilo y cuantos instrumentos configuran el oficio de escribir, para transmitir al lector su visión de las cosas. Démonos cuenta que una obra de ficción es buena cuando lo que cuenta resulta verosímil y no suena a inventado, imaginado, irreal, fingido, o falso.

La verdad aparece como contrapuesta a la ficción. La verdad es lo auténtico, lo que existe, el hecho objetivo, aquel suceso que ocurre en la realidad. Bien, volvamos a preguntarnos: ¿Esto es así? Porque resulta que la visión de la realidad es siempre subjetiva, cosa que podemos comprobar cuando existen varios testigos de un mismo hecho. Vemos entonces cómo se dan tantas versiones como testigos lo narren, sin que podamos decir que mienten. De esa narración subjetiva de la realidad a la ficción no hay más que un pequeño paso: el de la imaginación y el talento del narrador.

Ficción y realidad no son por tanto términos contrapuestos, y menos cuando nos referimos a la naturaleza humana. El ser humano se distingue del resto de las criaturas por su capacidad de conocer el mundo que le rodea; se diferencia por ser capaz de tener un conocimiento consciente de la realidad. Pero, por paradójico que parezca, para conocer la realidad, el hombre necesita interpretarla y narrársela a sí mismo; es decir, necesita hacerse un relato de la realidad que percibe; y si nos paramos a pensarlo, justamente esa es la esencia de la ficción. El mismo mecanismo que lleva al conocimiento de la realidad, y a distinguir lo verdadero de lo falso, es el que nos lleva a construir la ficción y el relato. Por tanto, la ficción es tan esencial en el hombre como el propio conocimiento.

Quienes conocen perfectamente estos mecanismos son los políticos que con razón dan una importancia fundamental a controlar el relato de los hechos, aunque haya otros que cometen la estupidez de renunciar a construir su propio relato, en perjuicio de sus seguidores, dejando tal tarea a sus adversarios. Al final, lo que hacen, quienes renuncian, es dejar que se imponga la verdad de otros como la verdad de todos.

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