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POESÍA ERES TÚ

Por: Pilar Alcalá García


Marzo es el mes de la Poesía. La UNESCO adoptó por primera vez el 21 de marzo como Día Mundial de la Poesía durante su 30ª Conferencia General en París en 1999, con el objetivo de apoyar la diversidad lingüística a través de la expresión poética y fomentar la visibilización de aquellas lenguas que se encuentran en peligro. El Día Mundial de la Poesía es una ocasión para honrar a los poetas, revivir tradiciones orales de recitales de poesía, promover la lectura, la escritura y la enseñanza de la poesía, fomentar la convergencia entre la poesía y otras artes como el teatro, la danza, la música y la pintura, y aumentar la visibilidad de poesía en los medios.

Audry Azoulay, directora general de la UNESCO en su mensaje con motivo del Día Mundial de la Poesía 2019 dijo: «Cada forma de poesía es única, pero cada una refleja la universalidad de la experiencia humana, el anhelo de creatividad que trasciende todos los límites y fronteras, tanto del tiempo como del espacio, en la afirmación constante de que la humanidad forma una única y sola familia. ¡Este es el poder de la poesía!».

Cada poeta tiene su voz, su manera de decir y su manera de ser entendido, pero este año hay un poeta cuya voz se eleva sobre las demás, me refiero a Gustavo Adolfo Bécquer del que se conmemoran 150 años de su muerte. Es por ello que intentaremos dar algunas claves de la poética de Bécquer. Hemos titulado este artículo “Poesía eres tú” porque son palabras de las que todos reconocen la autoría. “Poesía eres tú” tres palabras sencillas, una paráfrasis que constituye el axioma en el que se sustenta la poética de Bécquer. Una identificación de la mujer con la Poesía que puede parecer un simple piropo pero es mucho más que eso, es la Poética de Bécquer. Es la mujer como alegoría de la Poesía. Es la famosa rima XXI que consigue sintetizar y hacer popular y accesible esa constante interrelación entre el ámbito erótico y el metapoético que las Rimas van construyendo:

¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul,
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

y pensemos también en los versos finales de la rima IV :

mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!

La rima XXI está perfectamente glosada en la I de las Cartas literarias a una mujer:

En una ocasión me preguntaste: ¿Qué es la poesía?

¿Te acuerdas? No sé a qué propósito había yo hablado algunos momentos antes de mi pasión por ella.

¿Qué es la poesía? me dijiste; y yo, que no soy muy fuerte en esto de las definiciones, te respondí titubeando: la poesía es… es… y sin concluir la frase buscaba inútilmente en mi memoria un término de comparación, que no acertaba a encontrar.

Mis ojos que, a efecto sin duda de la turbación que experimentaba, habían errado un instante sin fijarse en ningún sitio, se volvieron entonces instintivamente hacia los tuyos, y exclamé al fin: ¡la poesía… la poesía eres tú!”.

La verdad es que hay muchas similitudes entre las Cartas literarias a una mujer y algunas rimas, pero no podemos detenernos en ellas. Las Cartas literarias a una mujer son la Poética de Bécquer. Queremos recordar que, como señala el profesor López Estrada, en Bécquer todas las mujeres están confundidas en la mujer. Y por ello la destinataria de las Cartas literarias a una mujer no es ninguna concreta, aunque es posible que Bécquer esté pensando en alguien en particular o en varias mujeres. Sabemos que están escritas durante el noviazgo con Casta Esteban y que después de casarse no publicó más cartas, a pesar de ese “continuará” que aparecía al final de la IV. Aquí queremos señalar algo importante, las Cartas iban dirigidas a las lectoras de El Contemporáneo, periódico en el que trabajaba Bécquer, lectoras que lo abrían por las páginas de Variedades.

Arturo Berenguer señaló la novedad de Bécquer en su Poética. Las Cartas literarias a una mujer representan una reflexión que el poeta establece sobre qué es la Poesía más allá del hecho mismo de la obra literaria. Volviendo a la rima XXI, Bécquer sitúa a la mujer como el primer motivo de la poesía. La mujer es la encarnación de la poesía, es el verbo poético hecho carne. Pero la crítica lleva más de un siglo intentando averiguar quién es ese tú.

La mujer imposible de alcanzar, y por ello más deseable, recorre toda la obra becqueriana, tanto en prosa como en verso. Esta mujer inalcanzable es la Poesía. Piénsese en la leyenda El rayo de luna: “En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca que flotó un momento y desapareció en la oscuridad”, que parece resonar en el verso 11 de la rima LXXIV:

La vi como la imagen
que en leve ensueño pasa,
como rayo de luz tenue y difuso
que entre tinieblas nada.

La idea de la mujer imposible y siempre soñada campa por las rimas y la prosa de Bécquer. Y he aquí la clave. Cuando Bécquer habla de mujeres inalcanzables está hablando de la Poesía inalcanzable. Bécquer huye de la estrofa lujosa y sonora, su poesía es sobria y ceñida. Como dice José Luis Cano, “prefiere ceñirse desnudamente, como la piel al hueso, al sentimiento expresado”.

Bécquer en este sentido fue el precursor del concepto de Poesía Pura de Paul Valéry que adoptarían más tarde Juan Ramón Jiménez y los poetas del 27. Escribir poesía para Bécquer es entregarse a un ideal, es luchar por lograr la forma perfecta, esa mujer/poesía inalcanzable.

En Bécquer la identificación de mujer y poesía se basa en la analogía entre deseo erótico y creación poética. En su obra, sutil entramado de ideales unidos a reflexión y experiencia, encontramos las dos caras del «eros». Su mujer ideal, la que el poeta busca sin encontrar jamás, mezcla de «eros» carnal y celestial, nos la describe así en la Leyenda «El rayo de luna»: ojos azules, «azules y húmedos como el cielo de la noche»; azules y rasgados; una cabellera suelta, flotante y oscura; alta y esbelta, «como esos ángeles de las portadas de nuestras basílicas»; la voz suave, como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso, como las cadencias de la música; una mujer hermosa, como los más hermosos sueños de la adolescencia.

Incluso era posible para Bécquer entregar el alma a una mujer nunca vista. Pensemos en lo que escribe en la narración toledana “Tres fechas”: “¡cuánto no soñaría yo con aquella ventana y aquella mujer! Yo la conocía; yo sabía cómo se llamaba y hasta cuál era el color de sus ojos”. También para Bécquer la mujer ideal e inalcanzable puede ser una mujer de piedra como vemos en la leyenda “El beso” en la que el protagonista se enamora de la estatua de una mujer:

“Una mujer blanca, hermosa y fría, como esa mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura, que parece que oscila al compás de la llama, y me provoca entreabriendo sus labios y ofreciéndome un tesoro de amor… ¡Oh!… sí… un beso… sólo un beso tuyo podrá calmar el ardor que me consume”.

O en el texto inacabado “La mujer de piedra”, donde podemos leer:

“Inmóvil, absorto en una contemplación muda permanecía yo aún con los ojos fijos en la figura de aquella mujer cuya especial belleza había herido mi imaginación de un modo tan extraordinario”.

Y al tema del amor, tratado en muy diversos aspectos, dedica once de sus leyendas. En algunas (La ajorca de oro, El beso, La cueva de la mora, El monte de las ánimas, La corza banca), el amor pasional de los protagonistas los arrastra a situaciones aberrantes por parte de sus amadas. Es decir, el poeta es capaz de cualquier cosa con tal de alcanzar esa poesía pura. Los protagonistas de las leyendas son trasuntos de Bécquer, son el poeta.

Vayamos a la Rima XI, resumen del ideal erótico de Gustavo, concebida en forma de diálogo. Cada una de las mujeres habla en presente y en primera persona. El poeta rechaza a la morena y a la rubia y elige a la que es un fantasma de niebla y luz, incorpórea, intangible. La que no puede amarle, la de proyección espiritual, en definitiva… la Poesía imposible de alcanzar. En Bécquer es una constante la persecución obsesiva de la mujer/poesía inalcanzable.

Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión,
de ansia de goces mi alma está llena.
¿A mí me buscas?
No es a ti, no.
Mi frente es pálida, mis trenzas de oro:
puedo brindarte dichas sin fin,
yo de ternuras guardo un tesoro.
¿A mí me llamas?
No, no es a ti.
Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte.
¡Oh ven, ven tú!

Es verdad que hubo fantasía en los versos de Bécquer, pero las mujeres, musas, de carne y hueso también existieron en su vida: Lenona, Julia Cabrera, Josefina y Julia Espín, Casta Esteban, Alejandra…

Como dijo Montesinos: “Para todo biógrafo de Bécquer es muy difícil poner en orden el corazón del poeta”. Lo que importa es el nombre de mujer que perdura en la vida de un poeta y Bécquer no lo tuvo. Desde la joven de la calle Santa Clara de Sevilla hasta la toledana Alejandra no hay un nombre de mujer que le acompañe. Sí, amores, enamoramientos, un matrimonio fallido y sueños.

Quiero acabar con unas palabras de Gustavo pertenecientes a la Introducción Sinfónica, que a lo mejor lo aclaran todo o tienen el efecto contrario:

Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los de días y mujeres que no han existido sino en mi mente”.

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LOS HERMANOS BÉCQUER. 150 AÑOS DE SU MUERTE

Por:Pilar Alcalá García


En 2020 se cumplen 150 años de la muerte, en Madrid, de los sevillanos Valeriano y Gustavo Adolfo Bécquer. Tras sus muertes, sus obras quedaron dispersas en periódicos e incluso inéditas y se publicaron gracias a sus amigos con el fin de ayudar a las viudas y a los hijos.

Merece la pena detenerse a contar qué supuso la unión de ambos hermanos desde pequeños, tanto en su vida como en su obra. Sus padres fueron José Domínguez Bécquer y Joaquina Bastida Vargas y se casaron en la iglesia de San Lorenzo el 25 de febrero de 1927. Valeriano y Gustavo nacieron en el sevillano barrio de San Lorenzo, Gustavo en la Calle Ancha de San Lorenzo, actual calle Conde de Barajas, según dijo su hermano Estanislao. Valeriano nació el 15 de diciembre de 1833 y Gustavo Adolfo el 17 de febrero de 1836. Los dos, como el resto de sus hermanos, (Estanislao, Eduardo, Ricardo, Alfredo, Jorge) llevan nombres de reyes de aquella época, porque su padre, José Bécquer, así lo quiso, excepto el último que nació después de morir él y se llamó José.

Valeriano y Gustavo se quedaron huérfanos siendo muy pequeños, ya que el padre murió en 1841 y la madre en 1847. Los ocho hermanos fueron repartidos entre distintos familiares y Valeriano y Gustavo siempre estuvieron juntos desde entonces –con algún periodo corto en el que se separaron- hasta las muertes de ambos que tuvieron lugar con tres meses de diferencia, ya que Valeriano murió el 23 de septiembre de 1870 y Gustavo el 22 de diciembre del mismo año.

Sabemos que siendo niños les gustaba quedarse a leer y a dibujar por la noche en la cama. A veces les apagaban la vela, pero ellos, en las noches de luna llena dibujaban con su luz. Lo hacían en el Libro de cuentas de su padre. Es uno de los más interesantes documentos becquerianos, no sólo porque en él están recogidos los datos económicos de la actividad de su padre, José Bécquer, que fue un reconocido pintor costumbrista y que pudo dar a su familia un buen nivel de vida, sino porque en este Libro de cuentas tenemos autógrafos de Valeriano y de Gustavo, dibujos y poemas y un interesante diario juvenil de Gustavo, que dura pocos días de febrero de 1852, en el que nos cuenta que asistió a la inauguración del puente de Isabel II, puente de Triana, el 23 de febrero de ese año.

Juntos estudiaron pintura, primero en el taller de Antonio Cabral Bejarano, que estaba en el Museo de Pinturas, actual Museo de Bellas Artes, allí se familiarizaron con la pintura sevillana del Siglo de Oro, en cuya copia -Murillo sobre todo- se especializó Valeriano, y después en el taller de su tío Joaquín Domínguez Bécquer que se encontraba en el Alcázar ya que este era director de las obras de restauración de los Reales Alcázares de Sevilla, lo que le sirvió para que cinco años más tarde fuese nombrado pintor de cámara de la reina Isabel II.

En sus últimos años juntos en Sevilla se aficionaron mucho a la ópera que estaba muy de moda en la ciudad y gozaba de gran prestigio. Gustavo decía que la música era la más sublime de las artes y aun sin haber estudiado música era capaz de tocar el piano y Valeriano tocaba la guitarra. Los músicos preferidos de Gustavo eran los italianos: Rossini, Bellini, Verdi y sobre todo Donizzetti. Estando en Madrid hizo un álbum con dibujos sobre la ópera “Lucia di Lammermour” de Gaetano Donizetti. En el mes de julio de 1854 inician los dos hermanos un álbum satírico donde se burlan del movimiento revolucionario estallado el 18 de julio, lo titulan “Los Contrastes o Álbum de la Revolución de julio de 1854, por un Patriota”.

El último domicilio en el que vivieron juntos en Sevilla estaba en la calle Mendoza Ríos. En esa época Gustavo tenía una novia, Julia Cabrera que vivía en la calle Triperas, la actual Velázquez. Ella le esperó soltera toda la vida y murió en 1918, es decir presenció el regreso de los hermanos Bécquer a Sevilla para ser enterrados en la cripta de la Anunciación, eso ocurrió el 10 de abril de 1913. Juntos reposaron en la capilla de las Siete Palabras la noche del 10 al 11 de abril de 1913 porque llovía y no se pudo hacer el traslado el día 10. Juntos reposan en el Panteón de Sevillanos Ilustres. Y en su tumba siempre hay flores, secas y frescas, y siempre hay notas, muchas notas.

De la casa de Mendoza Ríos partiría Gustavo en el otoño de 1854 para marcharse a Madrid en un viaje que duró doce días. Es la primera vez que los hermanos se separan pero esto durará poco porque en 1855 Valeriano va por primera vez a Madrid y permanece hasta 1856 para regresar otra vez en mayo de 1858. Son, para Valeriano, años de idas y venidas de Madrid a Sevilla. Nacen en Sevilla los hijos de Valeriano, Alfredo en 1857 y Julia en 1860 en la calle Boticas, actual Palacios Malaver. Gustavo será el padrino de la niña, por poderes, y es él quien elige el nombre, ¿pensando en Julia Espín o en Julia Cabrera? En febrero de 1861 Valeriano se casa en Sevilla con Winifred Coghan y Gustavo, en Madrid en mayo, con Casta Esteban, un año después nace en Noviercas (Soria) su primer hijo, Gregorio Gustavo Adolfo. En diciembre de 1863 Valeriano, separado de su mujer, se reúne con Gustavo y con la familia de este se marchan al monasterio de Veruela. Desde allí hacen excursiones al País Vasco. De las sucesivas estancias en Veruela nacerá parte de la mejor obra de ambos hermanos, las “Cartas desde mi celda” de Gustavo y los álbumes de dibujos de Valeriano, como el de “Expedición a Veruela”.

El año 1865 es bueno para los hermanos Bécquer por cuanto Gustavo es nombrado censor de novelas y a Valeriano le conceden una pensión anual de 10.000 reales para que pinte cuadros de costumbres, de manera que debe entregar dos al año. En este año los hermanos colaboran frecuentemente en El Museo Universal, los dibujos de Valeriano van glosados en un texto de Gustavo Adolfo. Las Navidades de ese año las pasarán juntos en Ávila. De ellas nos habla Julia Bécquer en sus memorias. Al año siguiente continuarán las colaboraciones en El Museo Universal, dibujos de Valeriano glosados por Gustavo, se trata de interesantes artículos como “Las gallinejas”, “La vuelta del campo”, “Veruela”, “El mercado de Bilbao”, “El alcalde”. Además, nace en Madrid, el segundo hijo de Gustavo, Jorge Luis Isidoro.

El año 1868 es extremadamente duro para los hermanos Bécquer. En verano Gustavo rompe con Casta en Noviercas por un episodio de celos. Los hermanos Bécquer y sus cuatro hijos se van a Soria con su tío Curro. El 18 de septiembre estalla la revolución, llamada “La Gloriosa” y el gobierno de Isabel II es derrocado. Gustavo había entregado el manuscrito de sus Rimas a Luis González Bravo, ministro de la Unión Liberal de O’Donnell, porque apreciaba tanto a Gustavo que pensaba prologarlas y publicarlas. Durante los acontecimientos de la revolución la casa de González Bravo es saqueada y el manuscrito de Gustavo Adolfo se pierde. Bécquer presenta su dimisión como censor de novelas y Sagasta la acepta. Valeriano pierde su pensión, es decir, se quedan sin trabajo y además tienen que exiliarse. En otoño se marchan con sus hijos a Toledo, la ciudad más amada por Gustavo junto a su Sevilla natal. Allí vivirán en la calle San Ildefonso en una casa con un patio en el que dicen que Gustavo plantó el laurel que todavía hoy se puede ver. Y fue en esa casa toledana donde Gustavo reescribió de memoria las rimas que se habían perdido en casa de González Bravo, es lo que hoy conocemos como “Libro de los gorriones”. Sabemos que la vida que llevaron en Toledo era tranquila, hacían excursiones al campo y pasaban tiempo en el jardín de casa. Lo sabemos por las memorias de Julia Bécquer y por los trabajos de Valeriano que dibujó, además, el pozo del patio y la puerta que hoy aún puede verse en el número 8 de la calle de San Ildefonso.

Continúan las colaboraciones en El Museo Universal: “Los dos compadres”, “La Semana Santa en Toledo”, “La feria de Sevilla”, siempre un texto de Gustavo y un dibujo de Valeriano. Para las Navidades de 1869 ya han regresado a Madrid, están en un hotelito del barrio de la Concepción. Han vuelto del exilio y vuelven a tener trabajo en La Ilustración de Madrid, recién creada y de la que Gustavo será director artístico. No podían imaginar que serían sus últimas navidades. Todo parecía ir bien pero en agosto Valeriano enferma y muere el domingo 23 de septiembre de 1870.

Gustavo Adolfo se quedó destrozado y, con sus hijos y sobrinos, dejó entonces la “Quinta del Espíritu Santo” y se trasladó a un piso de la calle Claudio Coello (hoy número 25), que sus amigos le habían buscado en el recién creado barrio de Salamanca. Casta regresa con el pequeño de sus hijos, Emilio, del que se sospecha que Gustavo no es el padre. Mucho se ha escrito y se escribirá sobre la muerte de Gustavo: se habla de sífilis, de tuberculosis, del frío que cogió en el tranvía ese día del invierno más frío, hasta entonces, de la historia. Estaba enfermo, sí, pero la pena por la muerte de su hermano aceleró la suya. Gustavo murió el jueves 22 de diciembre de 1870 y fue enterrado al día siguiente en la sacramental de San Lorenzo, donde también estaba Valeriano. Se cerraba el círculo desde la bella plaza de San Lorenzo de Sevilla hasta los nichos de la sacramental del mismo nombre. Al poco de morir Gustavo en Madrid, en su Sevilla natal se produjo un eclipse total de sol. Dice Rafael Montesinos –de quien este año se cumple un siglo de su nacimiento- que este fue el primer homenaje que se le hizo a Gustavo.

Se les atribuye también un libro satírico, inédito hasta 1990, titulado “Los Borbones en pelota”, pero los estudios más recientes hacen pensar que no es obra de ellos, no al menos al completo ya que después de muertos Valeriano y Gustavo siguió apareciendo la firma SEM, que es la que se utiliza en dicha obra.

Nada más morir Gustavo se empezó a crear su mito. Los estudiosos se han preguntado cómo en pocos años Gustavo pasó de ser un desconocido –salvo en el círculo de amigos y compañeros de trabajo- a convertirse en el renovador de la poesía española. Gustavo tuvo la suerte de que en pocos meses se hiciera una recopilación cuidada, aunque incompleta de sus Obras y sin embargo, la obra de Valeriano que estaba reunida en carpetas, se dispersó y sus dibujos se vendieron en lotes. Pero lo que importa es que 150 años después, en Soria, ciudad muy vinculada a Gustavo porque su mujer era soriana y ciudad que tan hermosas leyendas le inspiró, ha declarado el 2020 como “Año Bécquer” y lo mismo ha sucedido en su Sevilla natal. Este año se sucederán los actos en homenaje a los hermanos Bécquer. El 17 de febrero, día del nacimiento de Gustavo, se inaugura el “Año Bécquer” en la Glorieta del parque de María Luisa y el 22 de diciembre se clausurará en el Panteón de Sevillanos Ilustres, ante la tumba de los hermanos Bécquer.          Se suele decir que Valeriano vivió y sigue a la sombra de Gustavo y, aunque pueda parecer así, no podemos olvidar que Valeriano fue el mejor compañero y el mejor amigo para Gustavo, tal vez sin él Gustavo no habría dado todo lo hermoso que nos ha dejado. Gustavo y Valeriano, Valeriano y Gustavo, imposible pensar en ellos sin saberlos imprescindibles y complementarios el uno para el otro.

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BEFANA, LA BRUJA BUENA DE ITALIA

Por:Pilar Alcalá García


Acabamos de vivir las últimas navidades, quizá muchos todavía no han guardado las figuritas del belén en su caja ya un poco deteriorada pero que es la mejor para que reposen pastores, reyes magos, un niño y unas ovejas. Quizá quede un poco de “espíritu navideño” en las casas y en las calles, quizá llevamos aún pegado en la suela de los zapatos un trocito de caramelo de la cabalgata del día cinco. Es por ello que me gustaría hablar de la Befana, un personaje italiano que visita a los niños italianos la noche del cinco al seis de enero, sí, la misma que los Reyes Magos, pero no pasa nada, hay niños para todos y no se hacen la competencia, al contrario, se ayudan y complementan. Y con la fiesta de la Befana se acaba todo, hay un refrán italiano que dice: “Viva l’Epifania che tutte le feste si porta via”, (Viva la Epifanía porque con ella se acaban todas las fiestas).

La Befana es otro más de los numerosos personajes que en Navidad llevan regalos a los niños (los Reyes Magos, Papá Noel, Santa Claus, el Olentzero) y es curiosamente el único personaje femenino. El origen de la palabra befana está en el griego ἐπιφάνεια (epifáneia), y además, en ἐπιφαίνω que significa mostrarse, aparecer. Del latín epiphanĭa, se trataría de una deformación del término latino que con el paso del tiempo, a través de un proceso de “corrupción léxica”, se modificó en bifanìa, befanìa (latín vulgar), befana. En italiano existen algunas palabras derivadas de befana: befanaccia, una mujer muy fea; befanina, para referirse en broma a una niña traviesa; befanata, canción de la befana que pandillas de muchachos cantan en Toscana la noche del cinco de enero acompañados de instrumentos musicales y van llamando de puerta en puerta pidiendo regalos. Esto recuerda la costumbre española, sobre todo en los pueblos, de cantar villancicos para pedir el aguinaldo o aguilando. Y también la palabra befana se utilizaba para denominar a un muñeco de trapo que se hacía en los días previos a la Epifanía y el día de la fiesta se colgaba de las ventanas.

La Befana, es un personaje fantástico que tiene su origen en el folklore popular, derivado probablemente de antiguos ritos paganos propiciatorios vinculados a la agricultura y a los ciclos estacionales. Se trata de una mujer anciana, no precisamente guapa, una especie de brujita buena que, volando sobre su escoba mágica, en la noche que precede a la Epifanía, lleva regalos a los niños, más bien dulces y golosinas que juguetes. Baja por la chimenea y deja en los zapatos o, mucho mejor, en los calcetines, sus regalos. Si en España es costumbre dejar dulces y licores o leche para los Reyes Magos y agua para los camellos, en Italia los niños dejan una mandarina en la mesita de noche para la Befana. Y algo que hay que resaltar es que hasta mediados del siglo XX era ella, la Befana, quien traía los regalos a los niños italianos, Babbo Natale no visitaba Italia.

En la actualidad y después de un periodo en el que estuvo relegada por Papá Noel, la historia de la Befana se ha recuperado desde un pueblo de la región de Marche, Urbania. De nuevo la Befana se viste con sus ropas un poco estropeadas y sale a entregar regalos y pequeñas regañinas a los niños caprichosos. Es como si la simpática anciana estuviera viviendo una segunda juventud gracias al redescubrimiento y a la valorización de las antiguas raíces de la auténtica identidad cultural. Se piensa que la Befana es sucesora de la diosa Sabina conocida como Strenia, diosa que representa la buena salud y suerte, por lo que las golosinas que deja la bruja buena serían una especie de sortilegio. ¡No olvidemos lo supersticiosos que son los italianos! De Strenia deriva la palabra “stenna”, regalo. Según la enciclopedia “Treccani”, en esos días de fiesta los romanos se hacían regalos como manera de desear lo mejor para el nuevo año, regalos con carácter simbólico o de significado religioso que enseguida se transformaron en regalos en dinero incluso para el emperador. El origen de la Befana está en los ritos paganos entre los siglos X y VI a.C. muy vinculados a las estaciones del año y sobre todo a la agricultura, estas ceremonias fueron adquiridas por los antiquísimos romanos vinculándolas a su calendario. Lo cierto es que a partir del siglo IV la iglesia empezó a castigar todos los cultos y creencias paganas, y poco a poco el catolicismo fue adoptando la vieja figura pagana femenina. La Befana recuerda la cultura religiosa de santa Lucía que daba regalos a los niños, al igual que San Nicolás antes de Papá Noel.

Y nos gustaría detenernos en la figura de santa Lucía que, siendo siciliana, es muy celebrada en el norte de Italia. Su nombre significa la que porta luz. En las regiones del Trentino, Friuli, Emilia, Lombardia y Veneto, el 13 de diciembre, que es la noche más larga del año, se recibe una visita muy especial: una santa que viaja en burro, y solo de madrugada, pasa para dejar regalos a los más pequeños. Sin embargo, para que santa Lucía pueda hacer bien su trabajo es necesario que no sea vista, en caso contrario, se enfadará y tirará a los ojos un puñado de ceniza al valiente que la espere despierto. Para aumentar la expectativa de los niños, en las calles suenan campanas avisando a los más pequeños que deben ir a la cama, para evitar que la santa les vuelva ciegos, arrojando cenizas a sus ojos. Con el fin de agradecer a la santa los regalos que les traerá, es costumbre dejar alimentos para ella y para su burro en las ventanas de todos los hogares; por lo general naranjas, galletas, café, medio vaso de vino tinto, heno o harina de maíz y sal para el burro. En la mañana del 13 de diciembre, los niños encontrarán caramelos y monedas de chocolate. La costumbre de celebrar Santa Lucia en el Véneto empezó alrededor del siglo XIII d.C., y quizás la ciudad donde esta tradición es más fuerte sea Verona donde para celebrar Santa Lucía desde hace un siglo hay una tradicional feria que dura tres días en Piazza Bra, que se llena de mostradores con juegos, dulces y bombones de cada tipo. Entre los dulces típicos de esta fiesta están las “pastefrolle de Santa Lucia”, de formas variadas: estrella, caballito, corazón. Algo muy especial de la fiesta es que se puede admirar la estrella de Navidad que desde el interior de la Arena de Verona aterriza luminosa en Piazza Bra.

Pero volvamos a nuestra protagonista. La imagen de la Befana se personifica con una bruja, pero en realidad se trata de una anciana cariñosa que se sube sobre una escoba y viaja por los aires, y su presencia representa la limpieza espiritual de las viviendas, así como de las almas, para preparar la llegada de una nueva estación del año. La Befana va vestida con una falda larga oscura y ancha, un delantal con bolsillos, un chal, y en la cabeza un pañuelo y un sombrero, todas las prendas con remiendos de colores vivos. Los niños italianos cantan con entusiasmo esta cancioncilla: “La befana vien di notte con le scarpe tutte rotte il vestito alla romana viva viva la Befana”, que literalmente se traduce así: ¡La befana viene de noche con los zapatos rotos y el vestido a la romana, viva viva la Befana! Se puede relacionar el símbolo de la anciana simpática con lo viejo, específicamente con el año que apenas ha terminado. La escoba que usa se puede relacionar con la limpieza de lo malo y lo antiguo y la entrega de regalos puede tener un valor positivo para iniciar un venturoso año nuevo. La costumbre es que los niños dejen una naranja o una mandarina y un vaso lleno de vino para que la Befana recupere sus energías, ella en agradecimiento barre la casa para purificarla. La Befana, como vimos, lleva puestos unos zapatos rotos, por lo que muchos niños dejan cerca de la chimenea o la cama los suyos, para que los coja si los necesita, a cambio les deja más cantidad de golosinas y obsequios.

En Italia el cinco de enero las calles se llenan de cientos de símbolos representando a la Befana colgados de los campanarios. Los romanos tienen la creencia de que en la medianoche del seis de enero se puede ver a la Befana por una ventana de la Piazza Navona y van allí para ver si aparece, aunque en realidad se trata de una excusa para comprar dulces y juguetes en el mercadillo de la plaza. Y algo muy simpático es que la Befana cuenta con un espacio muy singular, la “Casa della Befana”. Esta casa se encuentra en un pueblo de la provincia de Pesaro llamado Urbania, en ella se puede ver la cama y la gran olla en la que cocina sus pociones, también se puede ver el garaje donde aparca su escoba voladora. Además en Urbania está la oficina de correos, “La Posta della Befana”, y allí están los asistentes de la Befana que te ayudan a escribir la carta.

Y ahora que casi lo sabemos todo de la Befana vamos a saber qué cuenta su leyenda. Se dice que cuando los Reyes Magos iban hacia Belén para visitar al Niño Jesús no sabían el camino que debían seguir porque perdieron de vista a la estrella que les guiaba porque unas nubes negras la ocultaron. Empezaban a preocuparse y preguntaban a todas las personas que se encontraban, pero nadie sabía decirles nada y ya estaban un poco desesperados, cansados y tristes porque pensaban que nunca encontrarían al Niño Jesús cuando se encontraron a una anciana de cabellos largos y blancos y vestida de oscuro; fue muy cariñosa con ellos y les invitó a entrar en su casa para que descansaran y comieran y pasaran allí la noche. Los Magos, agradecidos, le pidieron que les acompañara a visitar al Niño Jesús pero ella se negó. Los Reyes Magos se dieron cuenta de que los niños del lugar no querían a la anciana y le gritaban “bruja Befana” y se fueron de allí algo sorprendidos. Continuaron su camino y mientras tanto la anciana se sintió arrepentida de no haber aceptado la invitación de los Reyes Magos, así que decidió salir de casa para ir con ellos, pero ya era tarde, estarían lejos. Decidió llenar un canasto con dulces y salió de casa pero, tal y como imaginaba, no pudo encontrarlos. La Befana llamaba a la puerta de todas las casas que encontraba y cuando había niños le regalaba dulces de su canasto, ¿por qué hacía eso? porque tenía la esperanza de que alguno de aquellos niños fuera el Niño Jesús. Y así, desde entonces iba por todos sitios regalando golosinas a los niños, para hacerse perdonar por no haber acompañado a los Reyes Magos. Por eso en Italia, aunque por supuesto existen los Reyes Magos y se celebran cabalgatas, como la de Firenze, inspirada en el precioso fresco que pintó Benozzo Gozzoli en la Cappella dei Magi del Palazzo Medici-Riccardi, la auténtica protagonista de la noche mágica del cinco de enero es ella, la Befana.

Por tratarse de una bruja buena, tal vez a alguno de mis lectores le apetezca recibir su visita el próximo año. Si así fuera, ya sabe lo que tiene que hacer…

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FLORBELA ESPANCA, LA DAMA DEL ALENTEJO

Por: Pilar Alcalá García


¡Ser poeta es ser más alto, es ser mayor
de lo que son los hombres! ¡Morder como quien besa!

Los poetas, como los amigos, (a veces son los mismos), llegan a tu vida por caminos muy diversos y Florbela Espanca llegó a la mía por vericuetos extraños, tuvimos encuentros inesperados y otros buscados y se quedó en mi vida, y algo me dice que será para siempre.

Conocida como “la poetisa del amor”, como nuestro Bécquer, “el poeta del amor y de la muerte”, hoy es leída en Portugal como en España leemos a Bécquer. Flor Bela de Alma da Conceição, hija de madre soltera, marcada por una fecha, el 8 de diciembre, que también nos une. En vida sólo se publicaron dos de sus libros: las antologías, “Livro de Mágoas” en 1919 y “Livro de Sóror Saudade” en 1923. Forma parte de la lista de poetas suicidas junto a Storni, Plath, Pozzi, Sexton, Wolf, Tsvetaeva y Pizarnik entre otras. Durante los últimos años de su vida luchó ardientemente

por ver publicado su libro “Charneca em Flor”, “Sou a charneca rude a abrir em flor!”. Según Antero de Figueiredo, «el libro Charneca em Flor será uno de los testimonios literarios más bellos del corazón portugués de ayer, hoy, de todos los tiempos». Florbela se suicida en Matosinhos el 8 de diciembre de 1930, día de su 36 cumpleaños, con una sobredosis de barbitúricos. Cinco días antes de su muerte había escrito la última línea: “Y que no haya gestos nuevos ni palabras nuevas”.

Resulta complicado situarla en un movimiento literario pero es cierto que está más próxima al neo romanticismo y a algunos poetas finiseculares que a los modernistas. Florbela nunca se resignó a acatar ese papel que se le suponía a una mujer de principios del siglo XX, como consecuencia, su vida independiente, su poesía cargada de erotismo y sus tres divorcios fueron motivo de escándalo.

Nació el 8 de diciembre de 1894 en Vila Viçosa, hija de João Maria Espanca, pionero de la cinematografía portuguesa, y Antonia, una sirvienta de este. João al no poder tener hijos con su esposa decide tenerlos con Antonia, lo que hoy llamaríamos vientre de alquiler. Tras la muerte de Antonia en 1908, Florbela es criada por la esposa del padre, Mariana do Carmo, que es además su madrina. Por cuestiones legales, Florbela es acogida como una “hija de la vida”, es decir, que legalmente se desconoce quiénes son sus padres. Lo mismo sucederá con el hermano menor de Florbela, Apeles, fruto también de la unión de su padre con Antonia Lobo, que nacerá tres años después. La madre de Florbela también fue “hija de la vida” y su vida estuvo llena de dolor y penalidades. Forbela lo expresa en versos: “mi pobre madre, tan blanca y fría/ con su leche me dio a beber la Angustia”.

Desde su infancia sus pasiones son los libros y las flores, estudió pintura y música, fue una gran lectora, con 8 años escribió su primer soneto, que sería su estrofa preferida, y con 12 escribió su primer cuento. En 1903 escribió el primer poema que conocemos “A Vida e a Morte”. Su vida estuvo llena de tragedias: se casó y se separó varias veces, sufrió dos abortos involuntarios y su hermano, al que adoraba, murió en un accidente de aviación. Tantos acontecimientos traumáticos le crearán graves desequilibrios mentales.

“Tuve siempre esa sensibilidad enfermiza, esta profunda y dolorosa sensibilidad a la que cualquier nadería martiriza”. Así se veía Florbela, una mujer que, según ella misma confiesa, tuvo los mejores profesores tanto en Évora como en Lisboa. Terminó un curso de Letras en 1917, y después se matricula en Derecho, será la primera mujer en hacerlo en la Universidad de Lisboa. Precursora del movimiento feminista portugués, su vida fue muy inquieta, fumaba, bebía y trasnochaba; y todos sus sufrimientos los transformó en poesía, una poesía cargada, a veces, de erotismo, una poesía nacida de lo más íntimo.

Se casó tres veces, la primera el 8 de diciembre de 1913, con Alberto de Jesus Silva Moutinho, compañero de estudios, de quien se separó en 1921, año en el que se casó con Antonio Guimarães, oficial de artillería, del que se separó en 1925 para casarse con el médico Mário Lage del que se separó en 1930. Podemos decir que encadenó los matrimonios. En 1919 sufrió un aborto involuntario y ahí empezaron sus desequilibrios mentales; lo terrible es que en 1923 se repite el triste suceso. Y como la vida de Florbela estuvo llena de adversidades, en 1927 pierde a su hermano en un accidente de avión el 6 de junio. Este suceso le afectará muy gravemente y

como homenaje escribe “As máscaras do destino”, una serie de cuentos que se publicaron póstumamente, al igual que “Charneca em Flor” (1931), su obra maestra, “Juvenília” (1931) y “Reliquiae” (1934). Su obra poética fue reunida por Guido Battelli, profesor italiano visitante en el universidad de Coimbra, en “Sonetos Completos” y publicada por primera vez en 1934. Las primeras publicaciones, hechas en revistas, fueron recopiladas por Mária Lúcia Dal Farra, quien en 1994 editó “Trocando Olhares”. Los sonetos de Florbela sorprenden por su perfección formal, por su elegancia a pesar de estar llenos de tristeza y melancolía, son sonetos muy cercanos al simbolismo.

“Las almas de las poetisas están hechas de luz, como la de los astros: no ofuscan, iluminan…”.

Los críticos la miraron siempre con desprecio, todo en ella les parecía exagerado, su espontaneidad, su forma de ser apasionada, su feminidad. Era un espíritu libre e indomable y eso no lo soportaban. Florbela no encajaba en su país ni en su tiempo ni en el papel que entonces se reservaba a la mujer. Hay un poema que la retrata como ningún otro, es Versos de Orgullo, editado póstumamente en el libro “Charneca em Flor”, libro que es un monumento de sublime belleza, en él reúne los poemas escritos durante los últimos años de vida, sus poemas de madurez estética y vivencial:

VERSOS DE ORGULLO

¡El mundo me quiere mal porque nadie
tiene alas como yo las tengo! Porque Dios
me hizo nacer Princesa entre plebeyos
¡en una torre de orgullo y de desdén!
¡Porque mi Reino queda más Allá!
Porque traigo en mi mirada el vasto cielo,
¡y porque oros y resplandores son todos míos!
¡porque Yo soy Yo y porque Yo soy Alguien!
¡El mundo! ¡¿Qué es el mundo, oh amor mío?!
El jardín de mis versos todo en flor,
la mies de tus besos, pan bendito,
mis éxtasis, mis sueños, mis cansancios…
Son tus brazos dentro de mis brazos:
¡Vía Láctea cerrando el infinito!…

La lírica de Florbela es primordialmente amorosa. Su autoridad poética se manifiesta en la originalidad de sus imágenes y metáforas que aportan tanto talento a la literatura. Como dice el poeta Ángel Crespo, “escribió una larga serie de sonetos repartidos en varios libros pero que forman una coherente unidad, algunos de los cuales se cuentan entre los más bellos de la lengua portuguesa”. César Antonio Molina la considera “continuadora moderna de Rosalía de Castro, poeta a la que son seguridad tuvo que leer”.

Su discípula Aurelia Borges dice que su personalidad como mujer era compleja, su carácter y su mirada de un magnetismo que imponía respeto porque traslucía una grandeza de alma poco común. Allá por donde iba era una “leona entre ovejas” o mejor, “cisne entre patos” que provocó celos, envidia e incluso odios profundos. Su libertad interior era admirada, temida y criticada.

El cansancio emocional de sus fracasos amorosos, dolores de estómago que le acompañaron sus últimos diez años de vida, y sobre todo, la muerte de su hermano menor, Apeles, a quien consideraba su alma gemela, hizo que, ya demasiado cansada, agotada, decidiera poner fin a su vida. Y fue su último deseo que cubriesen su sepulcro de flores, con las que en su divino panteísmo se identificaba. Nunca tuvo miedo a la muerte, y el suicidio no fue algo imprevisto, sino algo largamente meditado. Es admirable, no que se suicidara, sino cómo, la valentía con que siempre miró cara a cara, los “vertiginosos ojos de la muerte”. Intentó suicidarse dos veces. Una en

octubre y otra en noviembre de 1930, en vísperas de la publicación de su obra maestra, “Charneca em Flor”, cuya primera edición consta de cincuenta y seis sonetos, mientras que la segunda, del mismo año, contiene veintiocho piezas más. Es este un libro de recuerdos en el que quería inmortalizar sus mejores momentos. En él se enfrenta a su totalidad humana, condensando sus vivencias y fabricando poesía con ellas. Sin duda es su trabajo más sincero, donde retrata su fase más difícil y personal como poeta y donde presta una atención especial a su tierra natal, el Alentejo.

Tras el diagnóstico de un edema pulmonar, se suicida el día de su 36 cumpleaños con dos botellas de veronal, el 8 de diciembre de 1930.

A LA MUERTE

Muerte, mi Señora y Dueña Muerte,
tu abrazo, ¡debe ser tan bueno!
Lánguido y dulce como un dulce lazo
y como una raíz, sereno y fuerte.
No hay mal que no sane o no conforte
tu mano que nos guía paso a paso,
en ti, dentro de ti, en tu regazo
no hay triste destino ni mala suerte.
Doña Muerte de los ojos de terciopelo,
¡cierra mis ojos que ya todo lo vieron!
¡Sujeta mis alas que ya volaron tanto!
Vine de la Moirama, soy hija de rey,
mal hada me encantó y aquí quedé
a tu espera… ¡quiebra el encantamiento!

Hoy es la poeta más amada en Portugal, más amada por la gente que por las Academias. Ha alcanzado la categoría de Musa y es llamada la Dama del Alentejo. El pueblo ha convertido sus versos en fados. Y en 2012 su vida fue llevada al cine por el director Vicente Alvés do Ó. Fue la película más vista en Portugal ese año.

¡Minh’alma, de sonhar-te, anda perdida
meus olhos andam cegos de te ver!
¡Não és sequer a razão do meu viver,
pois que tu és já toda a minha vida !
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EL SISTEMA PERIÓDICO DE PRIMO LEVI

Por: Pilar Alcalá García


La Asamblea General de las Naciones Unidas, a propuesta de la UNESCO, ha proclamado el año 2019 como “International Year of the Periodic Table of Chemical Elements”. Ello se debe a que en este año se cumple el 150 aniversario de la propuesta que realizó Dimitri Mendeleiev en 1869 sobre la ordenación periódica de los elementos químicos que hoy conocemos como Tabla Periódica, el alfabeto del universo. La Tabla Periódica es un pilar de la Ciencia en general y de la Química en particular. Como el 2019 está cercano a su fin no quiero dejar escapar la ocasión de hablar de esta cuestión que, aunque no lo parezca, tiene sus relaciones con la literatura y la poesía. Numerosos son los químicos que se han dedicado a la escritura: Juan Gelman, Elías Canetti, el premio Nobel de Química Roald Hoffmann, pero si un autor merece el puesto de honor ese es el italiano Primo Levi que en 1975, tres décadas después de abandonar un campo de concentración, escribió un libro de prosa poética titulado “Il sistema periodico”, cuya traducción al español hizo Carmen Martín Gaite.

El 19 de octubre de 2006 la Royal Institution del Reino Unido eligió esta obra como el mejor libro de ciencia jamás escrito. Se da además la circunstancia de que este año se ha cumplido un siglo del nacimiento de Levi, fue el 31 de julio de 1919 en Torino, en el seno de una familia liberal judía en una casa del Corso Re Umberto. Levi consiguió los premios más prestigiosos de Italia: Strega, Bagutta, Campiello (dos veces), Viareggio, Prato y Sirmione-Catullo.

Primo Levi, de origen hebreo, será un superviviente de Auschwitz gracias a la química. En el instituto durante algunos meses tiene como profesor a Cesare Pavese. En 1941 se licencia y se doctora en química, aunque las leyes raciales prohibían estudiar a los hebreos, se les concedía a los ya inscritos. En 1942 se marcha a Milano y se inscribe en el Partito d’Azione Clandestino, pero los nazis ya han invadido Italia y en 1943 se refugia en las montañas, cerca de Aosta, donde luchará como partisano, aunque enseguida es capturado por los nazis; en el interrogatorio se declara hebreo, de haberse declarado partisano habría sido fusilado de inmediato. Un año más tarde será internado en el campo de concentración de Fossoli y después es deportado a Auschwitz donde llegó el 22 de febrero de 1944, allí fue marcado con el número 174517. Es liberado el 27 de enero de 1945 con la llegada de los rusos al campo de Buna-Monowitz, pero no volverá a Italia hasta octubre. De los 650 hebreos que llegaron a Auschwitz con Levi solamente veinte sobrevivieron. Esta horrible experiencia la contará en su libro “Se questo è un uomo”, libro publicado en 1947, año en el que se casó con Lucia Morpurgo.

Si en 1947 publicó “Se questo è un uomo”, para narrar la experiencia en el campo de concentración y, donde como apunta el propio Levi, nada de lo escrito es una invención, en 1963 publica “La tregua”, por el que recibió el Premio Campiello, crónica del regreso a casa después de la liberación, atravesando Europa. El capítulo X de “Se questo è un uomo” se titula “Examen de química”, después de pasar esta prueba con el profesor Pannwitz, Primo Levi es admitido en el laboratorio y esto significó una garantía para poder sobrevivir en el lager. Se habla de la química como salvación. Y así fue, porque su trabajo en el laboratorio dedicado a producir goma Buma le permitió evitar los trabajos forzados y el frío escalofriante de Polonia. Además, le permitió robar cuarenta cilindros de cerio, de los que se podían sacar tres piedras de mechero acabadas. “Una piedrecita de mechero se cotizaba lo mismo que una ración de pan, es decir valía tanto como un día de vida. En total, ciento veinte piedrecitas, dos meses de vida para mí y dos para Alberto. Y en dos meses los rusos habrían llegado y nos liberarían. O sea, que nos habría liberado el cerio, elemento acerca del cual no sabía nada”.

En 1975, treinta años después de abandonar el campo de concentración, Levi publica “Il sistema periódico”, libro en prosa poética compuesto por veintiún capítulos dedicados a otros tantos elementos de la tabla periódica y por el que se le concedió el “Premio Prato per la Resistenza”. En él Levi establece similitudes entre los elementos químicos y personas decisivas en su vida. El argón, un gas noble, cuyo nombre significa “inactivo”, le sirve para describir a sus antepasados, capaces de soportar presiones extremas. El potasio lo pone en guardia contra el efecto nocivo que las cosas nimias pueden tener sobre otras sustancias y por tanto, sobre las personas. El hidrógeno, sin embargo, es el amigo cómplice, la ligereza que enriquece a alguien taciturno como era Levi. El plomo, material cansado, estimula búsquedas insaciables que se transmiten de generación en generación y representa el peso de la herencia. El níquel, escondido en el fondo de una mina, nos hace comprender que la riqueza es un bien recóndito y que su tenue brillo puede resplandecer incluso entre la basura. El inerte mercurio parece que no tiene utilidad por sí solo, debe unirse para encontrar su personalidad. ¿Y el carbono? Se encuentra en toda las cosas, organiza el universo y “une estas líneas a la mano que las escribe”. Con el carbono hace que nuestra fantasía vuele literalmente. El cerio, que pertenece a las tierras raras, parece una “mercancía secreta”. Y esto lo dice porque gracias a este elemento, como ya dijimos, Primo Levi sobrevivió en el campo de exterminio haciendo contrabando a cambio de comida. También le ayudó su rudimentario conocimiento del alemán. El campo de Buna-Monowitz estaba cerca de Buna Werke que era uno de los establecimientos químicos más grandes de Europa, el campo había sido construido allí para utilizar a los presos como mano de obra. Siendo Levi químico, obtiene un puesto como especialista de laboratorio y esto le permite tener condiciones de vida menos penosas. La prisión duró un año aproximadamente, hasta enero de 1945, cuando los rusos llegaron al campo de concentración; antes, cuando su llegada era inminente, los alemanes decidieron evacuar el campo y obligaron a los detenidos a empezar la “marcha de la muerte” en la que muchos prisioneros perdieron la vida. En ese momento Primo Levi estaba ingresado en la enfermería porque tenía la escarlatina y así se libró de la trágica marcha.

En una entrevista Levi contó a Tullio Regge que sin la química no habría existido el escritor; la química le dio las palabras y el estilo y sobre todo un surtido de metáforas y términos. Dice Levi que para él palabras como “claro”, “pesado”, “ligero”, “azul”, tienen una gama de significados muy amplia; para él el azul no es sólo el del cielo, tiene cinco o seis azules que puede utilizar. En “Il sistema periódico” nos ofrece una imagen poética de la química, lo que la ha convertido en algo muy cercano a los lectores, especialmente a los estudiantes de las facultades de ciencias.

Levi confesó que estaba dispuesto a perdonar a sus verdugos y que no sentía rencor. Lo que le importaba era dejar un testimonio directo para que tanto horror no volviera a repetirse. Muere el 11 de abril de 1987, todo apunta al suicidio pero hay quienes no lo aceptan. “Estaba cansado de la vida”, declararía a la prensa ese mismo día la viuda de Primo Levi. No dejó ninguna nota, pero se sabe que llevaba un tiempo medicándose contra la depresión. No era el primer episodio de estas características. El juez dictaminó que esa caída de tres pisos por el hueco de la escalera fue suicidio. Algunos de sus íntimos lo niegan. Minutos antes, había hablado cordialmente con la portera, que le entregó la correspondencia como cada mañana. Para sus biógrafos, es otro episodio oscuro en la vida de Levi. Hay quienes argumentan que el método elegido para quitarse la vida quizá no fuera el más adecuado para alguien que posee conocimientos de química. Todavía se desconoce si fue realmente un suicidio. Lo que importa es la verdad de sus palabras:

Hidrógeno (H)

“… para mí la química representaba una nube indefinida de posibilidades futuras, que nimbaba mi porvenir de negras volutas heridas por resplandores de fuego. Esperaba, como Moisés, que de aquella nube descendiera mi ley y el orden en torno mío, dentro de mí y para el mundo”.

Zinc (Zn)

“Para que la rueda dé vueltas, para que la vida sea vivida, hacen falta las impurezas, y las impurezas de las impurezas; y pasa igual con el terreno, como es bien sabido, si se quiere que sea fértil. Hace falta la disensión, la diversidad, el grano de sal y de mostaza. El fascismo no quiere estas cosas, las prohíbe, y por eso no eres fascista tú; quiere que todo el mundo sea igual, y tú no eres igual”.

Hierro (Fe)

“Que la nobleza del Hombre, adquirida tras cien siglos de tentativas y errores, consistía en hacerse dueño de la materia, y que yo me había matriculado en Química porque me quería mantener fiel a esta nobleza. Que dominar la materia es comprenderla, y comprender la materia es preciso para conocer el Universo y conocernos a nosotros mismos, y que, por lo tanto, el Sistema Periódico de Mendeleiev, que precisamente por aquellas semanas estábamos aprendiendo a desentrañar, era un poema, más elevado y solemne que todos los poemas que nos hacían tragar en clase; pensándolo bien hasta rima tenía”.

Nitrógeno (N)

“El nitrógeno es el nitrógeno, pasa divinamente del aire a las plantas, de éstas a los animales y de los animales a nosotros; cuando su función en nuestro cuerpo se agota, lo eliminamos, pero sigue siendo nitrógeno, aséptico e inocente”.

Sólo quien es capaz de ver y encontrar en el sistema periódico de Mendeleiev una poesía más elevada y solemne que todas las poesías, puede expresarse con una pasión tan lúcida y puede transmitir con tanta sensibilidad el amor por la materia, por la naturaleza, por el Hombre. Años más tarde, en 1984, Levi publicó un poemario donde recogía toda su obra poética “Ad ora incerta”. La poesía de Primo Levi está, como el resto de su obra, marcada por las experiencias del campo de concentración y de sus años posteriores. El compositor español Luis de Pablo admiró la «terrible» belleza de la obra poética de Levi y utilizando textos de la misma, compuso la obra “Passio” en 2006.

Me gustaría dar las gracias, por su asesoramiento, a Agustín Galindo del Pozo, mi marido y catedrático de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla, a quien dedico este texto, porque química y poesía son compatibles, ya lo demostró G. A. Bécquer en su Rima X cuando dijo: “Los invisibles átomos de aire en derredor palpitan y se inflaman…”. Acabemos con palabras de Levi, del capítulo 21 de “Il sistema periodico”, dedicado al carbono, a los átomos de carbono: “El número de los átomos es tan grande que siempre se podría encontrar uno cuya historia coincidiese con una historia cualquiera inventada al azar.

Podría contar historias y no acabar nunca, de átomos de carbono que se convierten en color y perfume de las flores; de otros que, desde algas minúsculas a pequeños crustáceos y a peces cada vez más gordos, devuelven anhídrido carbónico al agua del mar, en un perpetuo y espantoso carrusel de vida y de muerte, en el cual cada devorador resulta inmediatamente devorado; de otros que alcanzan en cambio una decente semieternidad en las páginas amarillentas de algún documento de archivo, o en el lienzo de un pintor famoso; de aquellos a los cuales les tocó el privilegio de entrar a formar parte de un grano de polen y dejaron su impronta fósil en las rocas para despertar nuestra curiosidad; de otros, en fin, que bajaron a integrarse entre los misteriosos mensajeros que dan consistencia al semen humano y participaron en el sutil proceso de escisión, duplicidad y fusión del que cada uno de nosotros ha nacido”.

 

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LA FIRENZE DE VASCO PRATOLINI

Por: Pilar Alcalá García


Cuando viajamos nos gusta llegar a nuestro destino con cierta información, hoy día es inevitable porque la tenemos al alcance de la mano. Si vamos a Firenze podemos ir cargados de datos, de listas de museos, iglesias, plazas, trattorie, pero si queremos tener una información del alma de Firenze, nada como leer los libros de Vasco Pratolini, mejor aún es leerlos mientras se está en la ciudad del Arno.

Vasco Pratolini nació en Via de’ Magazzini el 19 de octubre de 1913, a pocos metros del Palazzo Vecchio y de la Piazza della Signoria. (En la primavera de ese mismo año los restos de los hermanos Bécquer llegaron desde Madrid a Sevilla para ser enterrados en la cripta de la Anunciación). La calle en que nació se quedará en la memoria del futuro escritor y dará título a una novela de 1942. Con tan sólo cinco años se queda huérfano de madre y el padre está en la guerra por lo que irá a vivir con los abuelos en una calle cercana, Via del Corno, que será el escenario de una de sus mejores novelas, “Cronache di poveri amanti”. En 1929 se va a vivir con el padre que se había casado en segundas nupcias. Vivía en Via Toscanella, en Oltrarno, frente al estudio del pintor Ottone Rosai donde se relaciona con intelectuales y se acerca cada vez más a las posiciones comunistas. Vasco sabía leer y escribir cuando con cinco años fue inscrito en las Escuelas Pías, pero un incidente interrumpió su asistencia a los escolapios: “No sé por qué indisciplina, el maestro me obligó a poner las manos sobre el pupitre y me pegó con la regla, entonces yo le lancé el tintero y me echaron de los Escolapios. Hice los exámenes de segunda elemental y llegué hasta quinto”.

Fue autodidacta y empezó a trabajar siendo un adolescente en los más variados empleos, lo que le sirvió más tarde para describir a los personajes obreros de sus novelas. Decide dedicarse a tiempo pleno a estudiar y asiste a cursos en la Universidad, por lo que pasa los días en la biblioteca y las noches con Rosai y sus amigos en el café Alhambra de Piazza Beccaria.

En 1935 enfermó de tuberculosis y estuvo internado en diversos sanatorios de Trento hasta que se curó y regresó a Firenze en 1937. Fue entonces cuando nació una estrecha amistad con Elio Vittorini lo que significó leer a Svevo y Proust entre otros, y sobre todo, replantearse su adhesión al fascismo, con el acicate del estallido de la guerra civil española en la que quiso participar del lado de la república, pero una recaída se lo impidió. Empezó entonces a frecuentar el café Giubbe Rosse, donde se reunían los intelectuales, y allí conoció a Eugenio Montale, futuro premio Nobel en 1975, y a Alfonso Gatto con quien trabajará en la revista “Campo di Marte”, cerrada más tarde por el gobierno. Al encontrarse sin trabajo acepta, a finales de 1939, un empleo en la Direzione generale delle belle arti del ministerio de Educación y se marcha a Roma. Muerta su abuela ya nada lo retenía en su Firenze natal. En Roma se hace partisano; dos años más tarde se casa con la actriz napolitana Cecilia Punzo. En octubre de 1942 acepta un empleo como profesor de historia del arte y poesía moderna en el Conservatorio de música de Torino, que durará poco puesto que al año siguiente se marcha a Parma y después a Fermo antes del regreso a Roma donde participa en la resistencia bajo el nombre de Rodolfo Casati como responsable político del PCI. Nace su hija y se traslada a Milano y después en 1945 a Napoli, donde enseña en el Istituto Statale di Arte, aquí permanecerá hasta 1951, año del regreso definitivo a Roma, donde vivirá hasta su muerte en 1991. Está enterrado en Firenze, en el cementerio de Porte Sante, junto a San Miniato.

Además de escritor Pratolini fue periodista y colaboró en numerosos periódicos y revistas. Como dato curioso señalar que fue comentarista de partidos de fútbol y del Giro di Italia. Fue también un gran guionista y trabajó con importantes cineastas de la época como Visconti o Rossellini. Suyos son los textos de famosas películas como Paisá, Rocco y sus hermanos, o Crónicas de pobres amantes y Crónica familiar (inspiradas en su propios libros y ganadora, la primera del Prix International en Cannes en 1954, y la segunda del León de Oro en Venecia en 1962). Su vida fue frenética entre viajes a París, Berlín, EE. UU. y la escritura de novelas, guiones y poesía, pero Vasco siempre estaba insatisfecho con lo que hacía, él mismo se reconocía deprimido. Ni siquiera los premios recibidos aliviaron su angustia vital: en 1983 es nombrado doctor honoris causa por la universidad de Firenze, en 1985 se le concedió el Fiorno d’oro, en 1988 el premio literario Ori di Taranto y el Pirandello de narrativa, entre otros.

Pratolini es, junto a Cesare Pavese, Italo Calvino, Alberto Moravia y Elio Vittorini, el creador del neorrealismo, si bien su estilo es diferente. Su novela de mayor éxito, la que mejor acogida tuvo del público fue “Metello”, de 1955, que ganó el Premio Viareggio. Escribió 26 novelas pero sólo nos ocuparemos de las que tienen como escenario su ciudad natal. En ellas las calles y las plazas de Firenze no son un simple lugar, sino que son, con sus habitantes, protagonistas de escenas donde son muy importantes las luces y las sombras, los rayos de sol, los colores y los olores, el sonido de las ventanas que se abren, del coche de caballos que se aleja, los juegos de los niños, los gritos de los vendedores…

Sus primeros relatos, reunidos bajo el título de “Diario sentimentale”, 1956, están inspirados en los recuerdos de su adolescencia. Después publicó una serie de novelas. En todas estas obras será Firenze la razón de ser de cada página:

Il Quartiere, 1944: ambientada en Santa Croce, uno de los barrios más populares de Firenze en los años 30, aparece un grupo de jóvenes que están en esa edad en que se pasa de la adolescencia a la juventud. Podemos decir que se trata de una novela coral porque ninguno de los personajes destaca sobre los otros. El recuerdo y el tono lírico e intimista pasan a un segundo plano para que la narración adquiera una dimensión más amplia. De hecho esta obra es considerada una de las mejores del autor. “Estábamos contentos con nuestro barrio”, así empieza la novela.

Cronaca familiare, 1945: novela escrita del tirón a raíz de la enfermedad de su hermano Ferruccio, se trata de una crónica íntima en memoria del hermano muerto. Es en realidad un diálogo en tres partes: infancia, juventud y enfermedad; un libro con material autobiográfico que Vasco consigue encerrar en una estructura narrativa por encima del sentimentalismo. Y siempre con hermosas descripciones de Firenze, Vasco narra sus visitas al hermano, el camino subiendo la colina para encontrarlo, por Costa Scarpuccia, Costa dei Magnoli y cómo al alcanzar la cima él quería detenerse a contemplar a San Jorge y el dragón esculpidos sobre una puerta. Habla de los olivos de via San Leonardo donde todas las cancelas estaban cerradas y él andaba pisando con fuerza con los tacones para que el eco fuera lo más fuerte posible.

Cronache di poveri amanti, 1947: llevó el neorrealismo a cada una de sus páginas y así hizo de la Firenze de los años veinte el icono inolvidable de un mundo dolido pero vivo donde la esperanza seguía encendida. Ambientada en Via del Corno donde había vivido de pequeño, de la que Vasco decía que era su Arcadia popular. Una calle de 50 metros, sin aceras pero llena de personas auténticas. Una calle donde se encontraba lo mejor y lo peor del mundo, corazones y cerebros enfermos de obsesiones y deseos, pero sobre todo Via del Corno era el hogar de la autenticidad de sus vecinos, los asuntos, las rivalidades, los amores de sus habitantes traspasan las paredes.

Le ragazze di Sanfrediano, 1952: protagonista es un barrio popular en la Firenze de después de la guerra, animado por la presencia tierna y alegre de seis muchachas: Mafalda, Tosca, Gina, Silvana, Bice e Loretta. Son las chicas de Sanfrediano, la pequeña república de las trabajadoras a domicilio; son los personajes más logrados de Pratolini. Tienen manos blancas y ojos como luces abiertas de par en par sobre el corazón. Con 16 años son capaces de llevar agua a los partisanos, descaradas y sinceras, siempre dispuestas a decir con orgullo: “Soy una muchacha de Sanfrediano, no lo olvides nunca”. Estas seis chicas estaban enamoradas del mismo hombre, un tal Bob que se parecía a Robert Taylor y, como él, era fascinante y seductor y quería para él a todas las chicas del barrio. Lo que no había tenido en cuenta Bob es el orgullo de las mujeres de Sanfrediano, barrio obrero y lleno de artesanos. Las chicas, orgullosas, capitaneadas por Tosca, darán a Bob una feroz lección de la que saldrá malparado no sólo físicamente. El seductor volverá a ser simplemente Aldo y se casará con una de sus víctimas. Metello, 1955: el gran éxito de Pratolini, novela de trabajo y cárcel, primer volumen de una trilogía, evoca los años 1875-1902 cuando la clase obrera, a la luz de las nuevas doctrinas socialistas, se unía a las reivindicaciones de toda Europa. Metello, nacido en el barrio de San Niccolò, huérfano educado por campesinos, es un personaje que cala hondo. En esta obra Pratolini ofrece un amplio cuadro de vida colectiva, social y sentimental, aparecen las huelgas, la represión, los encuentros en calles y plazas, las discusiones en las tabernas, el tiovivo de Porta Romana y los fuegos artificiales vistos desde el puente de la Carraia.

Espero que quienes conozcan Firenze hayan reconocido los lugares y deseo que vuelvan para buscar la huella de la Firenze más auténtica, sobre todo de noche, cuando los turistas ya no llenan las calles. Sentarse en un banco de Piazza Santa Croce a esperar a Metello y sus compañeros y fumarte con ellos un “mezzo toscano” porque el bajo sueldo no daba para uno entero. Recorrer Via del Corno y escuchar los cuchicheos de sus habitantes, los golpes del herrero. Ir a Sanfrediano, para encontrar allí, en sus talleres de artesanos, el corazón obrero de la ciudad, más allá del Arno, para escuchar las risas, el llanto y las confidencias de sus chicas.

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CARLO COLLODI Y PINOCCHIO

Por: Pilar Alcalá García


El mismo año en el que se usó por primera vez el alumbrado público por gas en España, en la Lonja de Barcelona, y tuvo lugar el último auto de fe en Valencia, nació en la Via Taddea de Firenze el periodista y escritor Carlo Lorenzo Filippo Giovanni Lorenzini; fue el 24 de noviembre de 1826. Su padre, Domenico Lorenzini, era el cocinero de los condes Ginori, y su madre, Maria Angela Orzali, a pesar de ser maestra, trabajaba en la finca de los condes Garzoni. Carlo fue el mayor de diez hermanos y de esta finca siempre guardó buenos recuerdos. La madrina del pequeño Carlo fue la duquesa Mariana Ginori y el bautizo tuvo lugar en la basílica de San Lorenzo, obra de Michelangelo Buonarroti.

Carlo pasó parte de su infancia en Collodi, con la familia materna. De esta pedanía de Pescia, en provincia de Pistoia, adoptó su nombre artístico. Fue un niño inquieto y con tendencia a la insubordinación, por ello fue enviado a estudiar teología al seminario de Colle di Val d’Elsa, donde estuvo desde los 12 a los 16 años, y luego a los escolapios de Firenze, donde asistió al curso de retórica y filosofía. En Colle, provincia de Siena, hay una placa colocada en lo que fue el seminario, donde se recuerda y homenajea a tan ilustre alumno. La verdad es que paseando por las calles de Colle puedes imaginarlo como el perfecto escenario de las aventuras de Pinocchio. Es más, los habitantes del pueblo dicen, con orgullo, que muchos personajes del libro están inspirados en vecinos de Colle di Val d’Elsa.

Su carrera literaria empezó cuando tenía alrededor de 20 años y realizaba los catálogos comentados de la prestigiosa librería florentina Piatti. Entonces empieza a acudir a los círculos mazzinianos, (seguidores de Giuseppe Mazzini cuyo ideario era el de la creación de un estado italiano unitario republicano), y es colaborador de La Rivista di Firenze hasta 1847, año en que apareció su primera publicación en el periódico L’Italia Musicale, uno de los periódicos especializados más importante de la época. Al año siguiente se enrola como voluntario y va al campo de batalla en la Primera Guerra de Independencia italiana. Cuando regresa a Firenze obtiene un cargo de mensajero del senado toscano y funda Il lampione, periódico político-satírico que enseguida será suspendido por el gobierno. Empieza colaboraciones con otros periódicos e intenta resucitar Il lampione. En 1853 dirige el periódico teatral La scaramuccia pero sus intentos teatrales son fallidos y decide dedicarse a la prosa; publica I misteri di Firenze en 1857; lo que llama la atención de esta obra es la habilidad, la soltura y sobre todo la ironía con las que consigue encadenar y encajar, uno dentro de otro, toda una serie de relatos que son casi bocetos pero que terminan formando un verdadero tejido novelesco. Publica también Un romanzo in vapore. Da Firenze a Livorno, donde cuenta la extraordinaria novedad del tren, describiendo a los primeros viajeros y las diferentes percepciones del espacio y el tiempo; leyendo esta novela se tiene la sensación de un mundo que cambia a la velocidad de una máquina de vapor. Además, el lector podrá hacer un pequeño viaje en el siglo XIX toscano, en un mundo suspendido entre la tradición campesina y el progreso que avanza. Ambas son obras de poco valor pero interesantes porque en ellas Collodi vuelca su vena polémica y humorista, propia de las gacetas. También será colaborador, entre 1853 y 1860, de La Nazione, el primer diario distribuido en toda Italia que a día de hoy se sigue publicando en Firenze.

En 1859 repite experiencia como soldado en la Segunda Guerra de Independencia italiana contra el imperio austríaco. Tras un breve paso por Milano, donde trabaja en la editorial Sonzogno, regresa a Firenze para trabajar como empleado en la comisión de censura teatral.

Y a medida que escribo estas palabras me doy cuenta de las grandes similitudes que existen entre Collodi y Bécquer. Fueron contemporáneos, tuvieron una infancia complicada, cambiaron sus apellidos y ambos se dedicaron a la escritura, con algún escarceo teatral, y al periodismo, bien como fundadores de periódicos, bien como colaboradores y redactores. También ambos tuvieron que ver con las tareas de censura y estuvieron vinculados a sus respectivos gobiernos. Y lo que más me llama la atención es que ambos describieran un viaje en tren, Collodi en una novela, como acabamos de comentar, en 1856, y Bécquer en su magnífico artículo “Caso de ablativo” de 1864. Estamos en pleno Realismo y la presencia del Impresionismo y el Simbolismo ya son un hecho patente.

Volvamos con Collodi. Los tiempos han cambiado, así que decide resucitar Il lampione. Es entonces cuando el gobierno provisional de Toscana le encarga que responda a Eugenio Albéri, quien había incitado a los toscanos a oponerse a anexionarse al Piemonte. Su respuesta será el panfleto titulado “Il signor Albéri ha ragione!”, opúsculo satírico que firmará como Carlo Collodi; a partir de este momento ese será su nombre de pluma.

A partir de aquí, la vida hasta entonces tan agitada de Collodi, parece cambiar y serenarse. Los años trascurrirán entre empleos gubernativos y la labor creativa centrada en una continua actividad como periodista y escritor. Empujado por el editor Felice Paggi, traducirá la obra de Perrault y de otros autores infantiles tras lo cual inicia la creación del “Giannettino”, una serie de libros educativos. Al mismo tiempo, aprovechando la fama de la que empezaba a disfrutar gracias a sus escritos infantiles, recoge en un volumen una serie de artículos. En 1868, invitado por el Ministero della Pubblica Istruzione, formó parte de la redacción de un diccionario de lengua hablada, el “Novo vocabolario della lingua italiana secondo l’uso di Firenze”.

Sin embargo, tras esta apariencia de bondad y persona seria, empleado del gobierno, se esconde una vida dedicada al juego y llena de deudas. Y será precisamente por esto, por la urgencia de conseguir dinero, por lo que Collodi se dedique a la escritura, entre otras obras, de Le avventure di Pinocchio, una obra de madurez; publicada al principio de manera irregular y por capítulos entre 1881 y 1883 en el periódico Il Giornale per i bambini –del que Collodi será director en 1883-, y después en un volumen en 1883, por el editor Paggi de Firenze. Vendrán otras publicaciones y el 26 de octubre de 1890 se suicida porque no consiguió pagar una deuda de juego, aunque suele decirse que murió de un infarto. Fue enterrado en la capilla Lorenzini, en el cementerio de Le Porte Sante de la Basílica de San Miniato al Monte de Firenze.

Todo este material de ideas mazzinianas, y esa mirada ingeniosa con la que describió la realidad de la Toscana, a través de fulminantes invenciones lingüísticas, y el hecho de que Collodi era masón (aunque no se puede encontrar en ningún registro oficial, hoy nadie duda de ello), harían posible el nacimiento del intemporal Pinocchio, el personaje infantil italiano conocido en todo el mundo y que tantas obras ha inspirado: canciones y películas. Un personaje universal y complejo que no se agota en un periodo histórico. Aunque Pinocchio se publica al mismo tiempo que las obras de Edmondo De Amicis y Emilio Salgari, Collodi es considerado el fundador de la literatura infantil en Italia. Tal vez porque Collodi se despega de la literatura pedagógica (pedante) de la época a favor de la invención creativa, estimulante. El éxito del libro fue tal que se ha publicado en Italia sin interrupción, excepto 1914, en distintas ediciones, y ha sido traducido a 240 lenguas.

Pero la obra maestra de Collodi, ese intelectual del Risorgimento que trabajó y luchó por la unidad de Italia, no fue bien acogida por todos, hubo quien desaconsejó su lectura e incluso quien pidió su prohibición. No obstante el libro se convirtió en un best seller a nivel internacional. En 1937 Benedetto Croce revaloriza el libro al definirlo como el más hermoso de la literatura infantil italiana.

No podemos terminar estas palabras sin hablar de algo curioso. Ya comentamos que el libro se publicó, inicialmente, por capítulos en Il Giornale per i bambini, pues bien, el final era bien distinto del que conocemos hoy día. Pinocchio no termina su historia convertido en un niño de carne y hueso, sino que muere ahorcado en un roble y los autores del crimen son el Gatto y la Volpe. Los lectores del periódico, que eran en su mayoría niños y jóvenes, se quedaron estupefactos ante el macabro final de la historia de Pinocchio. Lo que sucedió después es realmente entrañable ya que escribieron en forma masiva a la redacción del periódico pidiendo que Collodi cambiara la historia; los niños querían a su marioneta viva y no colgada de un árbol. Collodi en un primer momento fue bastante reacio pero al fin aceptó y el 10 de noviembre de 1881 en “La Posta dei bambini” el director anunció que: “El señor Collodi me escribe que su amigo Pinocchio sigue vivo y que sobre su historia os podrá contar todavía muchas cosas simpáticas. Era normal: una marioneta, un trozo de madera como Pinocchio, tiene los huesos duros y no es fácil mandarlo al otro mundo. Por eso nuestros lectores quedan avisados: Muy pronto empezará la segunda parte de la “Storia di un burattino” que se llamará Le avventure di Pinocchio”. Fue así como Collodi cambió el final e hizo que Pinocchio se convirtiera en un niño de verdad, un niño bueno que incluso salva a Geppetto, su padre, y a la Fata Turchina.

Las lecturas e interpretaciones que se han hecho a lo largo de los años sobre el personaje y la historia de Pinocchio son variadísimas e incalculables, pero sobre esto, sobre el significado del nombre de la marioneta más famosa de la literatura y sobre otros personajes del libro, hablaremos en otra ocasión.

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