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EL SISTEMA PERIÓDICO DE PRIMO LEVI

Por: Pilar Alcalá García


La Asamblea General de las Naciones Unidas, a propuesta de la UNESCO, ha proclamado el año 2019 como “International Year of the Periodic Table of Chemical Elements”. Ello se debe a que en este año se cumple el 150 aniversario de la propuesta que realizó Dimitri Mendeleiev en 1869 sobre la ordenación periódica de los elementos químicos que hoy conocemos como Tabla Periódica, el alfabeto del universo. La Tabla Periódica es un pilar de la Ciencia en general y de la Química en particular. Como el 2019 está cercano a su fin no quiero dejar escapar la ocasión de hablar de esta cuestión que, aunque no lo parezca, tiene sus relaciones con la literatura y la poesía. Numerosos son los químicos que se han dedicado a la escritura: Juan Gelman, Elías Canetti, el premio Nobel de Química Roald Hoffmann, pero si un autor merece el puesto de honor ese es el italiano Primo Levi que en 1975, tres décadas después de abandonar un campo de concentración, escribió un libro de prosa poética titulado “Il sistema periodico”, cuya traducción al español hizo Carmen Martín Gaite.

El 19 de octubre de 2006 la Royal Institution del Reino Unido eligió esta obra como el mejor libro de ciencia jamás escrito. Se da además la circunstancia de que este año se ha cumplido un siglo del nacimiento de Levi, fue el 31 de julio de 1919 en Torino, en el seno de una familia liberal judía en una casa del Corso Re Umberto. Levi consiguió los premios más prestigiosos de Italia: Strega, Bagutta, Campiello (dos veces), Viareggio, Prato y Sirmione-Catullo.

Primo Levi, de origen hebreo, será un superviviente de Auschwitz gracias a la química. En el instituto durante algunos meses tiene como profesor a Cesare Pavese. En 1941 se licencia y se doctora en química, aunque las leyes raciales prohibían estudiar a los hebreos, se les concedía a los ya inscritos. En 1942 se marcha a Milano y se inscribe en el Partito d’Azione Clandestino, pero los nazis ya han invadido Italia y en 1943 se refugia en las montañas, cerca de Aosta, donde luchará como partisano, aunque enseguida es capturado por los nazis; en el interrogatorio se declara hebreo, de haberse declarado partisano habría sido fusilado de inmediato. Un año más tarde será internado en el campo de concentración de Fossoli y después es deportado a Auschwitz donde llegó el 22 de febrero de 1944, allí fue marcado con el número 174517. Es liberado el 27 de enero de 1945 con la llegada de los rusos al campo de Buna-Monowitz, pero no volverá a Italia hasta octubre. De los 650 hebreos que llegaron a Auschwitz con Levi solamente veinte sobrevivieron. Esta horrible experiencia la contará en su libro “Se questo è un uomo”, libro publicado en 1947, año en el que se casó con Lucia Morpurgo.

Si en 1947 publicó “Se questo è un uomo”, para narrar la experiencia en el campo de concentración y, donde como apunta el propio Levi, nada de lo escrito es una invención, en 1963 publica “La tregua”, por el que recibió el Premio Campiello, crónica del regreso a casa después de la liberación, atravesando Europa. El capítulo X de “Se questo è un uomo” se titula “Examen de química”, después de pasar esta prueba con el profesor Pannwitz, Primo Levi es admitido en el laboratorio y esto significó una garantía para poder sobrevivir en el lager. Se habla de la química como salvación. Y así fue, porque su trabajo en el laboratorio dedicado a producir goma Buma le permitió evitar los trabajos forzados y el frío escalofriante de Polonia. Además, le permitió robar cuarenta cilindros de cerio, de los que se podían sacar tres piedras de mechero acabadas. “Una piedrecita de mechero se cotizaba lo mismo que una ración de pan, es decir valía tanto como un día de vida. En total, ciento veinte piedrecitas, dos meses de vida para mí y dos para Alberto. Y en dos meses los rusos habrían llegado y nos liberarían. O sea, que nos habría liberado el cerio, elemento acerca del cual no sabía nada”.

En 1975, treinta años después de abandonar el campo de concentración, Levi publica “Il sistema periódico”, libro en prosa poética compuesto por veintiún capítulos dedicados a otros tantos elementos de la tabla periódica y por el que se le concedió el “Premio Prato per la Resistenza”. En él Levi establece similitudes entre los elementos químicos y personas decisivas en su vida. El argón, un gas noble, cuyo nombre significa “inactivo”, le sirve para describir a sus antepasados, capaces de soportar presiones extremas. El potasio lo pone en guardia contra el efecto nocivo que las cosas nimias pueden tener sobre otras sustancias y por tanto, sobre las personas. El hidrógeno, sin embargo, es el amigo cómplice, la ligereza que enriquece a alguien taciturno como era Levi. El plomo, material cansado, estimula búsquedas insaciables que se transmiten de generación en generación y representa el peso de la herencia. El níquel, escondido en el fondo de una mina, nos hace comprender que la riqueza es un bien recóndito y que su tenue brillo puede resplandecer incluso entre la basura. El inerte mercurio parece que no tiene utilidad por sí solo, debe unirse para encontrar su personalidad. ¿Y el carbono? Se encuentra en toda las cosas, organiza el universo y “une estas líneas a la mano que las escribe”. Con el carbono hace que nuestra fantasía vuele literalmente. El cerio, que pertenece a las tierras raras, parece una “mercancía secreta”. Y esto lo dice porque gracias a este elemento, como ya dijimos, Primo Levi sobrevivió en el campo de exterminio haciendo contrabando a cambio de comida. También le ayudó su rudimentario conocimiento del alemán. El campo de Buna-Monowitz estaba cerca de Buna Werke que era uno de los establecimientos químicos más grandes de Europa, el campo había sido construido allí para utilizar a los presos como mano de obra. Siendo Levi químico, obtiene un puesto como especialista de laboratorio y esto le permite tener condiciones de vida menos penosas. La prisión duró un año aproximadamente, hasta enero de 1945, cuando los rusos llegaron al campo de concentración; antes, cuando su llegada era inminente, los alemanes decidieron evacuar el campo y obligaron a los detenidos a empezar la “marcha de la muerte” en la que muchos prisioneros perdieron la vida. En ese momento Primo Levi estaba ingresado en la enfermería porque tenía la escarlatina y así se libró de la trágica marcha.

En una entrevista Levi contó a Tullio Regge que sin la química no habría existido el escritor; la química le dio las palabras y el estilo y sobre todo un surtido de metáforas y términos. Dice Levi que para él palabras como “claro”, “pesado”, “ligero”, “azul”, tienen una gama de significados muy amplia; para él el azul no es sólo el del cielo, tiene cinco o seis azules que puede utilizar. En “Il sistema periódico” nos ofrece una imagen poética de la química, lo que la ha convertido en algo muy cercano a los lectores, especialmente a los estudiantes de las facultades de ciencias.

Levi confesó que estaba dispuesto a perdonar a sus verdugos y que no sentía rencor. Lo que le importaba era dejar un testimonio directo para que tanto horror no volviera a repetirse. Muere el 11 de abril de 1987, todo apunta al suicidio pero hay quienes no lo aceptan. “Estaba cansado de la vida”, declararía a la prensa ese mismo día la viuda de Primo Levi. No dejó ninguna nota, pero se sabe que llevaba un tiempo medicándose contra la depresión. No era el primer episodio de estas características. El juez dictaminó que esa caída de tres pisos por el hueco de la escalera fue suicidio. Algunos de sus íntimos lo niegan. Minutos antes, había hablado cordialmente con la portera, que le entregó la correspondencia como cada mañana. Para sus biógrafos, es otro episodio oscuro en la vida de Levi. Hay quienes argumentan que el método elegido para quitarse la vida quizá no fuera el más adecuado para alguien que posee conocimientos de química. Todavía se desconoce si fue realmente un suicidio. Lo que importa es la verdad de sus palabras:

Hidrógeno (H)

“… para mí la química representaba una nube indefinida de posibilidades futuras, que nimbaba mi porvenir de negras volutas heridas por resplandores de fuego. Esperaba, como Moisés, que de aquella nube descendiera mi ley y el orden en torno mío, dentro de mí y para el mundo”.

Zinc (Zn)

“Para que la rueda dé vueltas, para que la vida sea vivida, hacen falta las impurezas, y las impurezas de las impurezas; y pasa igual con el terreno, como es bien sabido, si se quiere que sea fértil. Hace falta la disensión, la diversidad, el grano de sal y de mostaza. El fascismo no quiere estas cosas, las prohíbe, y por eso no eres fascista tú; quiere que todo el mundo sea igual, y tú no eres igual”.

Hierro (Fe)

“Que la nobleza del Hombre, adquirida tras cien siglos de tentativas y errores, consistía en hacerse dueño de la materia, y que yo me había matriculado en Química porque me quería mantener fiel a esta nobleza. Que dominar la materia es comprenderla, y comprender la materia es preciso para conocer el Universo y conocernos a nosotros mismos, y que, por lo tanto, el Sistema Periódico de Mendeleiev, que precisamente por aquellas semanas estábamos aprendiendo a desentrañar, era un poema, más elevado y solemne que todos los poemas que nos hacían tragar en clase; pensándolo bien hasta rima tenía”.

Nitrógeno (N)

“El nitrógeno es el nitrógeno, pasa divinamente del aire a las plantas, de éstas a los animales y de los animales a nosotros; cuando su función en nuestro cuerpo se agota, lo eliminamos, pero sigue siendo nitrógeno, aséptico e inocente”.

Sólo quien es capaz de ver y encontrar en el sistema periódico de Mendeleiev una poesía más elevada y solemne que todas las poesías, puede expresarse con una pasión tan lúcida y puede transmitir con tanta sensibilidad el amor por la materia, por la naturaleza, por el Hombre. Años más tarde, en 1984, Levi publicó un poemario donde recogía toda su obra poética “Ad ora incerta”. La poesía de Primo Levi está, como el resto de su obra, marcada por las experiencias del campo de concentración y de sus años posteriores. El compositor español Luis de Pablo admiró la «terrible» belleza de la obra poética de Levi y utilizando textos de la misma, compuso la obra “Passio” en 2006.

Me gustaría dar las gracias, por su asesoramiento, a Agustín Galindo del Pozo, mi marido y catedrático de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla, a quien dedico este texto, porque química y poesía son compatibles, ya lo demostró G. A. Bécquer en su Rima X cuando dijo: “Los invisibles átomos de aire en derredor palpitan y se inflaman…”. Acabemos con palabras de Levi, del capítulo 21 de “Il sistema periodico”, dedicado al carbono, a los átomos de carbono: “El número de los átomos es tan grande que siempre se podría encontrar uno cuya historia coincidiese con una historia cualquiera inventada al azar.

Podría contar historias y no acabar nunca, de átomos de carbono que se convierten en color y perfume de las flores; de otros que, desde algas minúsculas a pequeños crustáceos y a peces cada vez más gordos, devuelven anhídrido carbónico al agua del mar, en un perpetuo y espantoso carrusel de vida y de muerte, en el cual cada devorador resulta inmediatamente devorado; de otros que alcanzan en cambio una decente semieternidad en las páginas amarillentas de algún documento de archivo, o en el lienzo de un pintor famoso; de aquellos a los cuales les tocó el privilegio de entrar a formar parte de un grano de polen y dejaron su impronta fósil en las rocas para despertar nuestra curiosidad; de otros, en fin, que bajaron a integrarse entre los misteriosos mensajeros que dan consistencia al semen humano y participaron en el sutil proceso de escisión, duplicidad y fusión del que cada uno de nosotros ha nacido”.

 

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LA FIRENZE DE VASCO PRATOLINI

Por: Pilar Alcalá García


Cuando viajamos nos gusta llegar a nuestro destino con cierta información, hoy día es inevitable porque la tenemos al alcance de la mano. Si vamos a Firenze podemos ir cargados de datos, de listas de museos, iglesias, plazas, trattorie, pero si queremos tener una información del alma de Firenze, nada como leer los libros de Vasco Pratolini, mejor aún es leerlos mientras se está en la ciudad del Arno.

Vasco Pratolini nació en Via de’ Magazzini el 19 de octubre de 1913, a pocos metros del Palazzo Vecchio y de la Piazza della Signoria. (En la primavera de ese mismo año los restos de los hermanos Bécquer llegaron desde Madrid a Sevilla para ser enterrados en la cripta de la Anunciación). La calle en que nació se quedará en la memoria del futuro escritor y dará título a una novela de 1942. Con tan sólo cinco años se queda huérfano de madre y el padre está en la guerra por lo que irá a vivir con los abuelos en una calle cercana, Via del Corno, que será el escenario de una de sus mejores novelas, “Cronache di poveri amanti”. En 1929 se va a vivir con el padre que se había casado en segundas nupcias. Vivía en Via Toscanella, en Oltrarno, frente al estudio del pintor Ottone Rosai donde se relaciona con intelectuales y se acerca cada vez más a las posiciones comunistas. Vasco sabía leer y escribir cuando con cinco años fue inscrito en las Escuelas Pías, pero un incidente interrumpió su asistencia a los escolapios: “No sé por qué indisciplina, el maestro me obligó a poner las manos sobre el pupitre y me pegó con la regla, entonces yo le lancé el tintero y me echaron de los Escolapios. Hice los exámenes de segunda elemental y llegué hasta quinto”.

Fue autodidacta y empezó a trabajar siendo un adolescente en los más variados empleos, lo que le sirvió más tarde para describir a los personajes obreros de sus novelas. Decide dedicarse a tiempo pleno a estudiar y asiste a cursos en la Universidad, por lo que pasa los días en la biblioteca y las noches con Rosai y sus amigos en el café Alhambra de Piazza Beccaria.

En 1935 enfermó de tuberculosis y estuvo internado en diversos sanatorios de Trento hasta que se curó y regresó a Firenze en 1937. Fue entonces cuando nació una estrecha amistad con Elio Vittorini lo que significó leer a Svevo y Proust entre otros, y sobre todo, replantearse su adhesión al fascismo, con el acicate del estallido de la guerra civil española en la que quiso participar del lado de la república, pero una recaída se lo impidió. Empezó entonces a frecuentar el café Giubbe Rosse, donde se reunían los intelectuales, y allí conoció a Eugenio Montale, futuro premio Nobel en 1975, y a Alfonso Gatto con quien trabajará en la revista “Campo di Marte”, cerrada más tarde por el gobierno. Al encontrarse sin trabajo acepta, a finales de 1939, un empleo en la Direzione generale delle belle arti del ministerio de Educación y se marcha a Roma. Muerta su abuela ya nada lo retenía en su Firenze natal. En Roma se hace partisano; dos años más tarde se casa con la actriz napolitana Cecilia Punzo. En octubre de 1942 acepta un empleo como profesor de historia del arte y poesía moderna en el Conservatorio de música de Torino, que durará poco puesto que al año siguiente se marcha a Parma y después a Fermo antes del regreso a Roma donde participa en la resistencia bajo el nombre de Rodolfo Casati como responsable político del PCI. Nace su hija y se traslada a Milano y después en 1945 a Napoli, donde enseña en el Istituto Statale di Arte, aquí permanecerá hasta 1951, año del regreso definitivo a Roma, donde vivirá hasta su muerte en 1991. Está enterrado en Firenze, en el cementerio de Porte Sante, junto a San Miniato.

Además de escritor Pratolini fue periodista y colaboró en numerosos periódicos y revistas. Como dato curioso señalar que fue comentarista de partidos de fútbol y del Giro di Italia. Fue también un gran guionista y trabajó con importantes cineastas de la época como Visconti o Rossellini. Suyos son los textos de famosas películas como Paisá, Rocco y sus hermanos, o Crónicas de pobres amantes y Crónica familiar (inspiradas en su propios libros y ganadora, la primera del Prix International en Cannes en 1954, y la segunda del León de Oro en Venecia en 1962). Su vida fue frenética entre viajes a París, Berlín, EE. UU. y la escritura de novelas, guiones y poesía, pero Vasco siempre estaba insatisfecho con lo que hacía, él mismo se reconocía deprimido. Ni siquiera los premios recibidos aliviaron su angustia vital: en 1983 es nombrado doctor honoris causa por la universidad de Firenze, en 1985 se le concedió el Fiorno d’oro, en 1988 el premio literario Ori di Taranto y el Pirandello de narrativa, entre otros.

Pratolini es, junto a Cesare Pavese, Italo Calvino, Alberto Moravia y Elio Vittorini, el creador del neorrealismo, si bien su estilo es diferente. Su novela de mayor éxito, la que mejor acogida tuvo del público fue “Metello”, de 1955, que ganó el Premio Viareggio. Escribió 26 novelas pero sólo nos ocuparemos de las que tienen como escenario su ciudad natal. En ellas las calles y las plazas de Firenze no son un simple lugar, sino que son, con sus habitantes, protagonistas de escenas donde son muy importantes las luces y las sombras, los rayos de sol, los colores y los olores, el sonido de las ventanas que se abren, del coche de caballos que se aleja, los juegos de los niños, los gritos de los vendedores…

Sus primeros relatos, reunidos bajo el título de “Diario sentimentale”, 1956, están inspirados en los recuerdos de su adolescencia. Después publicó una serie de novelas. En todas estas obras será Firenze la razón de ser de cada página:

Il Quartiere, 1944: ambientada en Santa Croce, uno de los barrios más populares de Firenze en los años 30, aparece un grupo de jóvenes que están en esa edad en que se pasa de la adolescencia a la juventud. Podemos decir que se trata de una novela coral porque ninguno de los personajes destaca sobre los otros. El recuerdo y el tono lírico e intimista pasan a un segundo plano para que la narración adquiera una dimensión más amplia. De hecho esta obra es considerada una de las mejores del autor. “Estábamos contentos con nuestro barrio”, así empieza la novela.

Cronaca familiare, 1945: novela escrita del tirón a raíz de la enfermedad de su hermano Ferruccio, se trata de una crónica íntima en memoria del hermano muerto. Es en realidad un diálogo en tres partes: infancia, juventud y enfermedad; un libro con material autobiográfico que Vasco consigue encerrar en una estructura narrativa por encima del sentimentalismo. Y siempre con hermosas descripciones de Firenze, Vasco narra sus visitas al hermano, el camino subiendo la colina para encontrarlo, por Costa Scarpuccia, Costa dei Magnoli y cómo al alcanzar la cima él quería detenerse a contemplar a San Jorge y el dragón esculpidos sobre una puerta. Habla de los olivos de via San Leonardo donde todas las cancelas estaban cerradas y él andaba pisando con fuerza con los tacones para que el eco fuera lo más fuerte posible.

Cronache di poveri amanti, 1947: llevó el neorrealismo a cada una de sus páginas y así hizo de la Firenze de los años veinte el icono inolvidable de un mundo dolido pero vivo donde la esperanza seguía encendida. Ambientada en Via del Corno donde había vivido de pequeño, de la que Vasco decía que era su Arcadia popular. Una calle de 50 metros, sin aceras pero llena de personas auténticas. Una calle donde se encontraba lo mejor y lo peor del mundo, corazones y cerebros enfermos de obsesiones y deseos, pero sobre todo Via del Corno era el hogar de la autenticidad de sus vecinos, los asuntos, las rivalidades, los amores de sus habitantes traspasan las paredes.

Le ragazze di Sanfrediano, 1952: protagonista es un barrio popular en la Firenze de después de la guerra, animado por la presencia tierna y alegre de seis muchachas: Mafalda, Tosca, Gina, Silvana, Bice e Loretta. Son las chicas de Sanfrediano, la pequeña república de las trabajadoras a domicilio; son los personajes más logrados de Pratolini. Tienen manos blancas y ojos como luces abiertas de par en par sobre el corazón. Con 16 años son capaces de llevar agua a los partisanos, descaradas y sinceras, siempre dispuestas a decir con orgullo: “Soy una muchacha de Sanfrediano, no lo olvides nunca”. Estas seis chicas estaban enamoradas del mismo hombre, un tal Bob que se parecía a Robert Taylor y, como él, era fascinante y seductor y quería para él a todas las chicas del barrio. Lo que no había tenido en cuenta Bob es el orgullo de las mujeres de Sanfrediano, barrio obrero y lleno de artesanos. Las chicas, orgullosas, capitaneadas por Tosca, darán a Bob una feroz lección de la que saldrá malparado no sólo físicamente. El seductor volverá a ser simplemente Aldo y se casará con una de sus víctimas. Metello, 1955: el gran éxito de Pratolini, novela de trabajo y cárcel, primer volumen de una trilogía, evoca los años 1875-1902 cuando la clase obrera, a la luz de las nuevas doctrinas socialistas, se unía a las reivindicaciones de toda Europa. Metello, nacido en el barrio de San Niccolò, huérfano educado por campesinos, es un personaje que cala hondo. En esta obra Pratolini ofrece un amplio cuadro de vida colectiva, social y sentimental, aparecen las huelgas, la represión, los encuentros en calles y plazas, las discusiones en las tabernas, el tiovivo de Porta Romana y los fuegos artificiales vistos desde el puente de la Carraia.

Espero que quienes conozcan Firenze hayan reconocido los lugares y deseo que vuelvan para buscar la huella de la Firenze más auténtica, sobre todo de noche, cuando los turistas ya no llenan las calles. Sentarse en un banco de Piazza Santa Croce a esperar a Metello y sus compañeros y fumarte con ellos un “mezzo toscano” porque el bajo sueldo no daba para uno entero. Recorrer Via del Corno y escuchar los cuchicheos de sus habitantes, los golpes del herrero. Ir a Sanfrediano, para encontrar allí, en sus talleres de artesanos, el corazón obrero de la ciudad, más allá del Arno, para escuchar las risas, el llanto y las confidencias de sus chicas.

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CARLO COLLODI Y PINOCCHIO

Por: Pilar Alcalá García


El mismo año en el que se usó por primera vez el alumbrado público por gas en España, en la Lonja de Barcelona, y tuvo lugar el último auto de fe en Valencia, nació en la Via Taddea de Firenze el periodista y escritor Carlo Lorenzo Filippo Giovanni Lorenzini; fue el 24 de noviembre de 1826. Su padre, Domenico Lorenzini, era el cocinero de los condes Ginori, y su madre, Maria Angela Orzali, a pesar de ser maestra, trabajaba en la finca de los condes Garzoni. Carlo fue el mayor de diez hermanos y de esta finca siempre guardó buenos recuerdos. La madrina del pequeño Carlo fue la duquesa Mariana Ginori y el bautizo tuvo lugar en la basílica de San Lorenzo, obra de Michelangelo Buonarroti.

Carlo pasó parte de su infancia en Collodi, con la familia materna. De esta pedanía de Pescia, en provincia de Pistoia, adoptó su nombre artístico. Fue un niño inquieto y con tendencia a la insubordinación, por ello fue enviado a estudiar teología al seminario de Colle di Val d’Elsa, donde estuvo desde los 12 a los 16 años, y luego a los escolapios de Firenze, donde asistió al curso de retórica y filosofía. En Colle, provincia de Siena, hay una placa colocada en lo que fue el seminario, donde se recuerda y homenajea a tan ilustre alumno. La verdad es que paseando por las calles de Colle puedes imaginarlo como el perfecto escenario de las aventuras de Pinocchio. Es más, los habitantes del pueblo dicen, con orgullo, que muchos personajes del libro están inspirados en vecinos de Colle di Val d’Elsa.

Su carrera literaria empezó cuando tenía alrededor de 20 años y realizaba los catálogos comentados de la prestigiosa librería florentina Piatti. Entonces empieza a acudir a los círculos mazzinianos, (seguidores de Giuseppe Mazzini cuyo ideario era el de la creación de un estado italiano unitario republicano), y es colaborador de La Rivista di Firenze hasta 1847, año en que apareció su primera publicación en el periódico L’Italia Musicale, uno de los periódicos especializados más importante de la época. Al año siguiente se enrola como voluntario y va al campo de batalla en la Primera Guerra de Independencia italiana. Cuando regresa a Firenze obtiene un cargo de mensajero del senado toscano y funda Il lampione, periódico político-satírico que enseguida será suspendido por el gobierno. Empieza colaboraciones con otros periódicos e intenta resucitar Il lampione. En 1853 dirige el periódico teatral La scaramuccia pero sus intentos teatrales son fallidos y decide dedicarse a la prosa; publica I misteri di Firenze en 1857; lo que llama la atención de esta obra es la habilidad, la soltura y sobre todo la ironía con las que consigue encadenar y encajar, uno dentro de otro, toda una serie de relatos que son casi bocetos pero que terminan formando un verdadero tejido novelesco. Publica también Un romanzo in vapore. Da Firenze a Livorno, donde cuenta la extraordinaria novedad del tren, describiendo a los primeros viajeros y las diferentes percepciones del espacio y el tiempo; leyendo esta novela se tiene la sensación de un mundo que cambia a la velocidad de una máquina de vapor. Además, el lector podrá hacer un pequeño viaje en el siglo XIX toscano, en un mundo suspendido entre la tradición campesina y el progreso que avanza. Ambas son obras de poco valor pero interesantes porque en ellas Collodi vuelca su vena polémica y humorista, propia de las gacetas. También será colaborador, entre 1853 y 1860, de La Nazione, el primer diario distribuido en toda Italia que a día de hoy se sigue publicando en Firenze.

En 1859 repite experiencia como soldado en la Segunda Guerra de Independencia italiana contra el imperio austríaco. Tras un breve paso por Milano, donde trabaja en la editorial Sonzogno, regresa a Firenze para trabajar como empleado en la comisión de censura teatral.

Y a medida que escribo estas palabras me doy cuenta de las grandes similitudes que existen entre Collodi y Bécquer. Fueron contemporáneos, tuvieron una infancia complicada, cambiaron sus apellidos y ambos se dedicaron a la escritura, con algún escarceo teatral, y al periodismo, bien como fundadores de periódicos, bien como colaboradores y redactores. También ambos tuvieron que ver con las tareas de censura y estuvieron vinculados a sus respectivos gobiernos. Y lo que más me llama la atención es que ambos describieran un viaje en tren, Collodi en una novela, como acabamos de comentar, en 1856, y Bécquer en su magnífico artículo “Caso de ablativo” de 1864. Estamos en pleno Realismo y la presencia del Impresionismo y el Simbolismo ya son un hecho patente.

Volvamos con Collodi. Los tiempos han cambiado, así que decide resucitar Il lampione. Es entonces cuando el gobierno provisional de Toscana le encarga que responda a Eugenio Albéri, quien había incitado a los toscanos a oponerse a anexionarse al Piemonte. Su respuesta será el panfleto titulado “Il signor Albéri ha ragione!”, opúsculo satírico que firmará como Carlo Collodi; a partir de este momento ese será su nombre de pluma.

A partir de aquí, la vida hasta entonces tan agitada de Collodi, parece cambiar y serenarse. Los años trascurrirán entre empleos gubernativos y la labor creativa centrada en una continua actividad como periodista y escritor. Empujado por el editor Felice Paggi, traducirá la obra de Perrault y de otros autores infantiles tras lo cual inicia la creación del “Giannettino”, una serie de libros educativos. Al mismo tiempo, aprovechando la fama de la que empezaba a disfrutar gracias a sus escritos infantiles, recoge en un volumen una serie de artículos. En 1868, invitado por el Ministero della Pubblica Istruzione, formó parte de la redacción de un diccionario de lengua hablada, el “Novo vocabolario della lingua italiana secondo l’uso di Firenze”.

Sin embargo, tras esta apariencia de bondad y persona seria, empleado del gobierno, se esconde una vida dedicada al juego y llena de deudas. Y será precisamente por esto, por la urgencia de conseguir dinero, por lo que Collodi se dedique a la escritura, entre otras obras, de Le avventure di Pinocchio, una obra de madurez; publicada al principio de manera irregular y por capítulos entre 1881 y 1883 en el periódico Il Giornale per i bambini –del que Collodi será director en 1883-, y después en un volumen en 1883, por el editor Paggi de Firenze. Vendrán otras publicaciones y el 26 de octubre de 1890 se suicida porque no consiguió pagar una deuda de juego, aunque suele decirse que murió de un infarto. Fue enterrado en la capilla Lorenzini, en el cementerio de Le Porte Sante de la Basílica de San Miniato al Monte de Firenze.

Todo este material de ideas mazzinianas, y esa mirada ingeniosa con la que describió la realidad de la Toscana, a través de fulminantes invenciones lingüísticas, y el hecho de que Collodi era masón (aunque no se puede encontrar en ningún registro oficial, hoy nadie duda de ello), harían posible el nacimiento del intemporal Pinocchio, el personaje infantil italiano conocido en todo el mundo y que tantas obras ha inspirado: canciones y películas. Un personaje universal y complejo que no se agota en un periodo histórico. Aunque Pinocchio se publica al mismo tiempo que las obras de Edmondo De Amicis y Emilio Salgari, Collodi es considerado el fundador de la literatura infantil en Italia. Tal vez porque Collodi se despega de la literatura pedagógica (pedante) de la época a favor de la invención creativa, estimulante. El éxito del libro fue tal que se ha publicado en Italia sin interrupción, excepto 1914, en distintas ediciones, y ha sido traducido a 240 lenguas.

Pero la obra maestra de Collodi, ese intelectual del Risorgimento que trabajó y luchó por la unidad de Italia, no fue bien acogida por todos, hubo quien desaconsejó su lectura e incluso quien pidió su prohibición. No obstante el libro se convirtió en un best seller a nivel internacional. En 1937 Benedetto Croce revaloriza el libro al definirlo como el más hermoso de la literatura infantil italiana.

No podemos terminar estas palabras sin hablar de algo curioso. Ya comentamos que el libro se publicó, inicialmente, por capítulos en Il Giornale per i bambini, pues bien, el final era bien distinto del que conocemos hoy día. Pinocchio no termina su historia convertido en un niño de carne y hueso, sino que muere ahorcado en un roble y los autores del crimen son el Gatto y la Volpe. Los lectores del periódico, que eran en su mayoría niños y jóvenes, se quedaron estupefactos ante el macabro final de la historia de Pinocchio. Lo que sucedió después es realmente entrañable ya que escribieron en forma masiva a la redacción del periódico pidiendo que Collodi cambiara la historia; los niños querían a su marioneta viva y no colgada de un árbol. Collodi en un primer momento fue bastante reacio pero al fin aceptó y el 10 de noviembre de 1881 en “La Posta dei bambini” el director anunció que: “El señor Collodi me escribe que su amigo Pinocchio sigue vivo y que sobre su historia os podrá contar todavía muchas cosas simpáticas. Era normal: una marioneta, un trozo de madera como Pinocchio, tiene los huesos duros y no es fácil mandarlo al otro mundo. Por eso nuestros lectores quedan avisados: Muy pronto empezará la segunda parte de la “Storia di un burattino” que se llamará Le avventure di Pinocchio”. Fue así como Collodi cambió el final e hizo que Pinocchio se convirtiera en un niño de verdad, un niño bueno que incluso salva a Geppetto, su padre, y a la Fata Turchina.

Las lecturas e interpretaciones que se han hecho a lo largo de los años sobre el personaje y la historia de Pinocchio son variadísimas e incalculables, pero sobre esto, sobre el significado del nombre de la marioneta más famosa de la literatura y sobre otros personajes del libro, hablaremos en otra ocasión.

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