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PALABRAS CON HISTORIA|DEMOCRACIA

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Sistema político en el que el pueblo ejerce la soberanía, designando y controlando a sus gobernantes a quienes elige libremente para periodos de tiempo determinados.

No cabe duda que esta es una buena definición.  No obstante, se suele simplificar diciendo que la Democracia es el gobierno del pueblo.

Cuando nos referimos a la Democracia ocurre como con tantos conceptos básicos: que todo el mundo parece convencido de saber lo que significa, pero que a la hora de la verdad pocos saben explicar, y resulta que cada cual tiene su propia idea, como si el significado pudiera ser a gusto del que opina, cosa ésta muy propia del relativismo intelectual en el que nos desenvolvemos habitualmente.

Convendría advertir sobre el uso de la definición más simple de que la Democracia es el gobierno del pueblo, porque, con frecuencia, suele utilizarse para manipular su verdadero sentido, ya que, dicho de ese modo, lo mismo nos podemos estar refiriendo al anarquismo como forma de democracia directa o al comunismo como una forma de democracia asamblearia de soviet. No olvidemos con qué frecuencia las repúblicas comunistas han sido y son llamadas repúblicas democráticas.

Quienes dominan el arte de la manipulación de masas suelen apelar a que la expresión más pura de democracia es aquella que se manifiesta cuando el pueblo directamente decide votando, pero esto, que es verdad, no es toda la verdad. Quienes pretenden que este sea el mecanismo habitual de toma de decisiones políticas, lo llaman democracia directa o democracia asamblearia, y se cuidan muy mucho de decir que, en realidad, de lo que son partidarios es de los soviets o de los círculos anarquistas.

La democracia occidental es la que conocemos. Es el sistema político basado en la democracia representativa, en la que el pueblo, libremente informado, elige a sus representantes para que gobiernen durante un periodo limitado, sometidos al control del parlamento y al imperio de la ley y la justicia, como poder independiente del Estado. Es esta forma de democracia, y no otra, la que se cree comúnmente que ha proporcionado a quienes la disfrutan los más altos niveles de libertad, seguridad, participación, solidaridad, protección de los derechos humanos, prosperidad, convivencia y justicia que la humanidad ha conocido en toda su historia. Se nos ha convencido de que, como toda obra humana no será perfecta y su materialización práctica merecerá todas las críticas que se nos puedan ocurrir, pero, repito, en nosotros se ha implantado la idea de que no ha existido un sistema político que produzca mayores beneficios para los ciudadanos que tienen la fortuna de disfrutarlo.

Pues bien, toda esta construcción se fundamenta en el principio de representatividad, sin el que el gobierno del pueblo, en la práctica, se convierte en imposible. Gobernar es gestionar los asuntos públicos, ejercer las funciones y desarrollar las competencias establecidas para cada órgano de gobierno y para cada cargo. Se trata de una labor compleja que requiere de una dedicación constante por parte de personas preparadas con una cualificación adecuada y experiencia suficiente, que asumen la responsabilidad de sus actos de gobierno. Quienes gobiernan deciden con continuidad y manteniendo criterios básicos de interés general basados, a veces, en información reservada que pocos deben conocer, y suelen tomar decisiones al margen de estados de ánimo o pasiones irracionales. Es evidente que el pueblo como tal es incapaz de desplegar esta actividad y por eso delega en aquellos que cree competentes para llevarla a cabo y responder ante él de su gestión.

Cabe decir a continuación que, si la Democracia se fundamenta en la representatividad, ésta se fundamenta a su vez en el principio de responsabilidad. El representante ha de ser responsable ante quien le ha elegido, porque este hecho forja la calidad de sus decisiones y de sus actos, obligándole a actuar con rigor y al servicio de los intereses generales.

Nuevamente, hay que decir que las decisiones del pueblo no están sometidas al principio de responsabilidad, porque el pueblo es soberano y no responde ante nadie, por lo que, si se apelara continuamente a su decisión directa sin que se tratara de asuntos absolutamente excepcionales o fundamentales, más que decisiones, lo que se acabarían recogiendo sólo serían estados de ánimo coyunturales.

A la decisión directa del pueblo sólo debe apelarse en los casos y para los asuntos estrictamente contemplados por la ley.

Quienes apelan a la democracia directa, a que voten las bases al margen de lo que está previsto en la norma, porque no puede haber mayor manifestación de democracia que votar, son enemigos de la democracia representativa y por tanto de la Democracia.

La clave es que el pueblo, que es soberano, también está sometido a la ley, a su propia ley, que tiene que respetar y cumplir. El derecho a decidir, si no está en la ley, no existe. El pueblo no puede votar sobre lo que la ley prohíbe o no tenga previsto que vote, salvo que se modifique previamente la propia ley.

Es imprescindible tener claro que la voluntad popular democráticamente expresada es superior a la ley y, por tanto, puede promulgarla, modificarla o derogarla, pero no está por encima de la ley, porque pudiendo hacer todo eso, lo que no puede hacer es incumplir la ley vigente.

No es democrático votar sobre cualquier cosa, por muy democrático que sea el método utilizado y la votación, si la ley no lo ampara y faculta.

La ley es tan esencial a la Democracia, que sin ella no llega siquiera a existir. A estos efectos, muchos parecen confundir su naturaleza con la de los derechos humanos. Estos existen por sí mismos, con independencia de que la ley de cada país los reconozca o no, pero la Democracia no puede existir sin una ley que la sostenga y regule. Sin una constitución que la proclame, no existe. Por eso es tan fundamental que todo proceso democrático respete la ley vigente.

Lamentablemente para aquellos que creen en el funcionamiento de este sistema político, en los últimos tiempos, y en todo el mundo, podemos constatar cómo estos principios tan sencillos y tan básicos se conculcan habitualmente, convirtiendo la Democracia en mera apariencia, que solo sirve para encubrir las totalitarias ambiciones de las élites mundialistas, en el pretendido uso ilimitado de su poder.

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PALABRAS CON HISTORIA | HISPANIDAD

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


El concepto de hispanidad no se limita a definir el ámbito geográfico de aquellos países que en su día fueron colonizados por España, y formaron parte de su imperio. La hispanidad es un concepto complejo, que abarca al inmenso grupo formado por más de quinientos millones de seres humanos, que se identifican como pertenecientes a una cultura común, y que no sólo comparten la lengua, sino valores y tradiciones, que les hacen sentirse como una comunidad diferenciada en el mundo.

No parece que hoy en día los españoles seamos conscientes de la inmensidad y de la grandeza del concepto de hispanidad. Nos hemos acostumbrado a él de tal forma que no damos relevancia alguna a lo que significa.

Da la sensación de que no sabemos valorar hasta qué punto los españoles hemos construido y dado forma al mundo, a la realidad humana, tal y como hoy la conocemos. Si lo pensáramos con detenimiento, caeríamos en la cuenta de que se trata de una obra colosal, nunca vista y tan excepcional que, aun conociéndola, resulta increíble.

Los españoles sufrimos la patología de ser nuestros peores enemigos, y más severos jueces. O, mejor dicho, más que jueces injustos, en lo que a veces nos convertimos es en verdugos de nosotros mismos, cuando lo que deberíamos es de estar orgullosos de lo que hemos sido, y de lo que somos. Algo incomprensible en nuestra forma de ser nos lleva a tirar por tierra cuanto de grande hemos hecho a lo largo de nuestra historia. Una parte considerable de nosotros encuentra un placer morboso y enfermizo en repudiar cuantas virtudes o hechos heroicos han marcado nuestra presencia en el mundo. Cualquier otro pueblo, de haber logrado lo que nosotros, estaría orgulloso de sí mismo y sería consciente de que es difícil alcanzar mayor gloria.

Para llegar a comprender el alcance de lo que la hispanidad significa sería preciso hacer algunas consideraciones. Podría parecer que la hispanidad es el resultado lógico de haber tenido un imperio colonial, como tantos otros países han tenido. Nada más lejos de la realidad. Una visión superficial de la Historia haría parecer que, a partir del siglo XV, las potencias europeas se lanzan sobre el mundo y construyen imperios coloniales. Dentro de esta concepción, el Imperio español sería uno más entre otros y, por consiguiente, no habría que darle mayor relevancia a que una potencia europea se constituyera en imperio.

Pues bien, esto no es así, porque, desde antiguo, en el mundo se ha podido distinguir claramente entre la cultura occidental y la oriental. La cultura occidental es el resultado de la evolución de la cultura greco-romana junto al cristianismo, que ha sido capaz de alumbrar una sociedad basada en el respeto a los derechos individuales, culto al trabajo, al progreso, al pensamiento científico, al desarrollo tecnológico, y a la democracia, y que ha alcanzado las más altas cuotas de prosperidad, seguridad, libertad, solidaridad y convivencia que la humanidad ha conocido jamás.

Preguntémonos ahora qué es Occidente hoy en día. Es, dicho a “grosso modo”, Europa, América, Australia, Nueva Zelanda y Filipinas, llegando los valores occidentales y su forma de vida a Japón y Corea del Sur.

A finales del siglo XV, Occidente, era Europa. Es entonces cuando España, que acaba de forjarse como nación occidental, tras ochocientos años de encarnizada lucha contra la cultura oriental islámica, descubre para la humanidad un nuevo continente: América. Muchas naciones europeas se lanzan a construir sus imperios, pero sólo dos transforman los suyos en lo que hoy es Occidente. Esas naciones son España y Gran Bretaña. Haciendo la salvedad de Portugal con Brasil y Francia con la provincia canadiense de Quebec, el resto de las naciones no ha conseguido nada parecido. Ni Francia, con su imperio africano, ni Alemania con su imperio frustrado, ni Holanda con su imperio comercial, o Italia con su mero intento imperial, pueden decir que hayan contribuido a que los territorios que han dominado sean parte de Occidente.

España ha contribuido a integrar en Occidente a gran parte de América del norte, Méjico, América central, América del Sur y Filipinas. Y esto ha ocurrido de una forma única que no se ha dado en el mundo británico, porque mientras estos han ocupado los territorios conquistados, desalojando a sus habitantes indígenas, España ha producido una cultura de mestizaje en la que los pueblos indígenas han sobrevivido, integrándose en la cultura greco-romana, cristiana y occidental, para el mundo.

Es ese el mundo que hoy conocemos como Hispanidad, idea de la que tan orgullosos deberíamos sentirnos los españoles.

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V DE VICTORIA

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


En esta ocasión, más que de una palabra, voy a hablar de una letra. Me refiero concretamente a la letra V.

Entiendo que se dude sobre si se puede decir mucho de una letra, y en concreto el lector se pregunte qué puede decirse de la letra V. que tenga algún interés. Pues nada, intentémoslo al menos.

En realidad, más que tratar de la letra V, voy a referirme al gesto tan conocido y tan utilizado que se realiza con la mano levantando los dedos índice y medio separados, mientras que los demás dedos permanecen cerrados, y que tiene un montón de significados dependiendo del lugar, el momento o el contexto cultural.

Es V de victoria, o el signo de la paz, si se realiza con la palma de la mano hacia afuera, porque si el gesto se lleva a cabo con la palma de la mano hacia dentro, en la cultura anglosajona no deja de ser un gesto ofensivo que no está exento de cierta carga de obscenidad.

Existe otro significado que por evidente casi no merece la pena mencionarlo. Me estoy refiriendo a la representación del número dos.

En realidad, el significado más extendido y conocido por todos es el de V de victoria.

Parece que aquí la explicación no puede ser más corta: Es el signo V de victoria, porque victoria se escribe comenzando por la letra V. Si algo puede resultar evidente, parece que nada lo será más que esta explicación.

Pues, amigos, resulta que no, que la explicación sobre donde podemos encontrar el origen de este gesto no tiene que ver con que la palabra victoria se escriba y comience por V.

Así que, con mucho gusto les cuento cual es el verdadero origen del signo:

Corría el año 1415, cuando se produjo la Batalla de Agincourt, en la que se enfrentaron ingleses y franceses, durante el transcurso de lo que conocemos como la Guerra de los Cien Años. La guerra que había comenzado en 1337 duraba ya setenta y ocho años, y no terminaría hasta 1453, es decir, treinta y ocho años después.

Agincourt fue un hito clave de ese larguísimo conflicto, que dio inicio a una nueva fase del mismo, en la que los ingleses se apoderaron de media Francia.

El enfrentamiento se produjo, como ya hemos dicho, entre el ejército inglés, comandado por su rey Enrique V de Inglaterra, y el ejército francés, al mando del Condestable Carlos d’Albret, experto y decidido guerrero, que se vio obligado a comandar el ejército, al fallar todos los candidatos en la línea sucesoria a rey de Francia.

Los ingleses comenzaron la batalla en clara inferioridad numérica, toda vez que los franceses los sextuplicaban en número.

Estaban en considerable inferioridad numérica, efectivamente, pero entre sus filas formaban los temibles arqueros de arco largo, que tan graves daños eran capaces de provocar en el enemigo, y de quienes, por cierto, viene la tradición de que los soldados lleven el pelo muy corto, precisamente para que no se les enredara con el arma al utilizarla.

Los franceses tenían verdadera inquina a estos arqueros a los que se la tenían jurada.

Ocurrió que, antes de la batalla, los franceses amenazaron con que les cortarían a todos los arqueros ingleses los dos dedos que utilizaban para disparar, es decir, el dedo índice y el medio, con los que sostenían la parte trasera de la flecha, a la vez que tensaban la cuerda del arco, cuando fuesen derrotados. Pero, para sorpresa de todos, los ingleses salieron victoriosos y mostraron sus dedos intactos, en señal de que los seguían teniendo porque no habían sido derrotados. Y desde entonces paso a ser el signo de la victoria. ¿Quién no recuerda a Winston Churchill realizando ese gesto en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial?

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PALABRAS CON HISTORIA | SOBERANÍA

Por: Marcos López Herrador

Palabras con Historia


Ejercicio y posesión de la autoridad suprema e independiente.

El concepto de soberanía es utilizado generalmente en el ámbito del Derecho Internacional para señalar la cualidad, que corresponde a los estados, por la que pueden actuar de forma libre e independiente en sus relaciones con otros estados.

Si bien es cierto que la soberanía es ejercida por el Estado, su titularidad corresponde al pueblo al que este sirve.

Así, el pueblo soberano que forma la Nación, se dota de un Estado para la gestión y administración de sus asuntos internos, y para manifestar su voluntad al relacionarse con otros estados en el ámbito internacional.

La voluntad general sólo puede ser una, aunque existan entre los ciudadanos opiniones diversas e incluso discrepantes, por la sencilla razón de que es imposible sostener a la vez una posición y la contraria.

De igual manera, la soberanía es indivisible, pues al sustentarse en el ejercicio de la autoridad suprema e independiente, no cabe más de una soberanía en una misma nación porque, por lógica, una de ellas no sería suprema, o no sería independiente.

Estos principios, que son bien sencillos, tal parece, sin embargo, que no están ni remotamente asumidos en nuestro día a día. Alguien pensará que tiene poca importancia tenerlos asumidos o no, que son meramente teóricos, bastante bizantinos, y que a nadie interesan. Pues bien, quien así piense se equivoca por completo, porque no tener claro estos conceptos, no sólo produce confusión, sino que acaba por condicionar nuestra vida cotidiana en todo lo que es importante, ya que una sociedad sin principios acaba sometida a quienes actúan con menos escrúpulos, y termina perdiendo su libertad.

Debemos tener muy claro que un estado moderno se organiza sobre la base de la división de poderes entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial; y que es el Legislativo el que representa la soberanía nacional.

En España, sólo las Cortes Generales representan a la soberanía nacional.

Es importante conocer esto, porque el parlamento de Castilla la Mancha, no representa la soberanía de los castellano- manchegos, como no representa la soberanía de los catalanes el parlamento catalán, porque la voluntad de uno y otro ni es suprema, ni es independiente, ni esos ciudadanos son la totalidad del pueblo español, único soberano en España.

Dicho esto, conviene mencionar que el parlamento nacional no es soberano. Soberano es solo el pueblo español. El parlamento es depositario de la representación del pueblo español, y por tanto representa, no ostenta, su soberanía.

Si tenemos esto claro, podemos comprender que uno de los ejercicios esenciales de la soberanía consiste en que el pueblo que goza de ella pueda decidir libremente sobre sí mismo, sobre lo que es, y sobre lo que quiere ser.

Como es lógico esa decisión tendrá que ser adoptada por todo el pueblo. Es todo el pueblo soberano el que tiene derecho a decidir sobre sí mismo.         

Por tanto, cuando los catalanes independentistas, defienden su derecho a decidir, porque quieren separarse de España, quieren para sí el derecho a decidir lo que va a ser España si Cataluña se independiza. Que España sería diferente, si tal cosa ocurriera, es algo que nadie puede negar. Pero claro, que España sea diferente es algo que debe decidir todo el pueblo español, y no una parte minoritaria, que imponga su decisión a la mayoría. Nótese que el que una minoría imponga su voluntad a la mayoría conculca el principio fundamental de toda democracia, creando una paradoja insalvable con los que defienden que el derecho a decidir es democrático porque votar lo es. En realidad, quienes defienden como democrático el derecho a decidir de los catalanes, lo sostienen sobre la poco democrática actitud de negarnos a los españoles el derecho a decidir qué queremos ser.

Existe además una gran trampa en quienes plantean que una consulta sobre la autodeterminación es un mero ejercicio de expresión de la voluntad de los catalanes. Si lo meditamos con detenimiento, veremos que la independencia no sería la consecuencia del resultado de la consulta, sino que sería previa a la consulta, al estar implícita en el ejercicio del voto, que sería, ya de por sí, soberano e independiente de la voluntad del resto de los españoles, al margen del resultado final.

Quiero decir, que el mero hecho de conceder que pueden votar sobre su independencia es de por sí un reconocimiento de que lo son, y de que son soberanos, pues pueden decidir sobre ello.

Sería muy conveniente para nuestra convivencia que todos tomásemos conciencia de hasta qué punto no tener las ideas claras puede comprometer la paz.

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PALABRAS CON HISTORIA | LIBERTAD

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Define el diccionario la libertad como la facultad natural que tiene el hombre de elegir cómo obrar y ser responsable de sus actos. La define también como la condición de no ser esclavo o de no estar preso.

Poder actuar con arreglo a la propia voluntad forma parte de lo más esencial que distingue al ser humano. El hombre es el único ser vivo capaz de conocer las cosas del mundo que le rodea, y de ser consciente de ello. Ese conocimiento le lleva a tener criterio y a reflexionar sobre lo que es bueno o malo, lo que le conviene o no, y sobre lo que quiere o rechaza.

El hombre tiene, por tanto, capacidad de elegir cómo obrar en la búsqueda de su felicidad y en la defensa de sus intereses.

A la vez, el ser humano se distingue por su necesidad de vivir en grupo, de cooperar con otros seres humanos, formando con ellos comunidades en las que desarrolla sus sentimientos de identidad y pertenencia.

Estos otros hombres que forman parte de la comunidad también tienen los mismos anhelos de libertad, por lo que la actuación de cada cual, según propia voluntad, deberá realizarse respetando el derecho a ser libre de todos y cada uno. Por tanto, la libertad individual no puede ser ilimitada y debe llegar hasta donde legítimamente llega la libertad de los demás.

Las comunidades, por orden lógico de las cosas, tienden a organizarse políticamente para gestionar los asuntos que a todos interesan como son el orden, la convivencia, la administración de justicia, la economía, la defensa y todo aquello que es de interés público.

Una comunidad organizada políticamente se dota de un gobierno en el que recae el ejercicio de la autoridad y la posibilidad del uso de la fuerza en defensa del bien común.

Si, a lo largo de la historia, alguna civilización o cultura ha destacado por su deseo de vivir en libertad, ésta ha sido la occidental. Muchos siglos antes de Cristo, los griegos idearon un sistema con el que la “polis” se regía por la libre voluntad de sus ciudadanos expresada en asamblea. Este rarísimo sistema en un mundo primitivo regido por imperios teocráticos, en los que el líder era prácticamente un dios y todos se sometían a su voluntad, dio tal fuerza a sus seguidores que le permitió sobrevivir, aun con el sacrificio de la vida de sus mejores hombres, a los imperios orientales que pretendían acabar con ellos. La Batalla de las Termópilas, salvó al pequeño territorio griego de perecer y ser asimilado a Oriente, y con ello se salvó lo que luego sería Occidente y su cultura.

Son precisamente los valores morales, religiosos, políticos, éticos y de todo orden que compartimos como miembros de la cultura occidental, construida a lo largo de los últimos dos mil quinientos años y que ha dado los mejores frutos al mundo, los que definen aquello que somos. Y, si existe un valor, después del de la vida, que merece la pena defender, éste es el de la libertad. La libertad entendida en su verdadera acepción.

Sorprende que hoy en día, cuando la hegemonía la ha tenido el liberalismo, en los últimos dos siglos, sea precisamente la libertad un principio sometido a su peor crisis.

Se ha pretendido hacer creer a la mayoría que ser libre consiste en poder hacer lo que se quiera en cada momento, fomentando con ello una sociedad hedonista en la que prima la satisfacción inmediata de todo capricho, de las necesidades más básicas o de los placeres más burdos, sin reparar en que justamente ese es el camino más corto hacia la esclavitud moral.

Existen muchas definiciones de la libertad; personalmente yo prefiero la que en su momento nos dejó Montesquieu que dijo:

“Ser libre es poder hacer aquello que debemos hacer”.

Porque efectivamente, ser libre no consiste en hacer lo que se quiera, sino en querer lo que se hace.

La libertad consiste en la capacidad de poder elegir lo que es mejor y eso requiere conocimiento y voluntad; requiere conocer y querer.

La experiencia histórica nos demuestra que la libertad ha de conquistarse y que cuesta ingentes sacrificios tanto alcanzarla como conservarla.

El poder político, por su propia naturaleza, tiende a la tiranía, si no encuentra contrapesos adecuados dentro del mismo sistema.

Si el que obtiene el poder no encuentra límite alguno a su ejercicio, tenderá a ejercerlo despótica, dictatorial y cruelmente, porque tratará de hacerlo a su conveniencia, intentará perpetuarse en su ejercicio y terminará apropiándose, en su propio provecho, de las riquezas que a todos deberían beneficiar. Impondrá sobre el pueblo su voluntad por la fuerza, y la libertad personal de los ciudadanos pasará a ser una quimera.

Convendría que quienes vivimos en países que gozan de libertad, aprendiéramos a valorarla, a defenderla, y a tener un concepto claro de lo que verdaderamente significa.

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PALABRAS CON HISTORIA | DERECHOS HUMANOS

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


En el año 1550, ocurrió algo que jamás había sucedido en la Historia y que nunca en el futuro volvería a repetirse y es que el emperador Carlos V, el hombre más poderoso del mundo, estando en la cumbre de su poder, tomó la decisión de suspender las conquistas en América hasta tener la certidumbre de que obraba en justicia.

Nunca una potencia imperial se había planteado la colonización y la conquista como un imperativo de orden moral.

Para analizar el asunto se reunió una junta en Valladolid, y las discusiones adquirieron la mayor importancia, porque de la polémica teológica y jurídica surgirá una idea nueva por completo e inédita, hasta ese momento, que fue la concepción moderna de los derechos humanos. Aquellos debates intelectuales fueron conocidos como la Controversia de Valladolid.

Lo que se planteaba era si España tenía derecho a conquistar las Indias. No era un debate nuevo, pues desde el Descubrimiento hubo un cuestionamiento permanente sobre la justicia de la Conquista de América.

Carece por completo de sentido que analicemos el asunto con criterios del siglo XXI. Resulta imprescindible que tratemos de situarnos en la mentalidad de los hombres del siglo XVI y estudiemos la cuestión en base a los criterios comúnmente aceptados en la época, si pretendemos tener un enfoque mínimamente riguroso.

Conviene tener presente que, a nadie hasta entonces, se le había pasado por la cabeza que un pueblo conquistado pudiera tener derecho alguno, y mucho menos que los individuos pertenecientes a pueblos no cristianos, considerados salvajes y, por tanto, inferiores, pudiesen ser considerados como seres humanos o que fuesen acreedores a ningún respeto.

A comienzos del siglo XVI, el derecho de conquista se basaba en tres fuentes generalmente aceptadas y que nadie discutía: El Derecho Romano, para el que el descubrimiento y ocupación de un territorio, usucapión, era título suficiente para ejercer un pleno dominio con legitimidad; el Derecho Medieval, para el que los no cristianos carecían de personalidad jurídica y, por tanto, no podían ser sujetos de derecho; y el Derecho Pontificio, basado en considerar al Papa como la principal autoridad para los cristianos y suprema jurisdicción en el ámbito internacional, toda vez que la Santa Sede podía otorgar derecho de conquista a un rey. Cuando España llega a América, lo hace con todos esos títulos, por lo que no cabe sino concluir que la Conquista era estrictamente legal.

El Papa había prescrito que los españoles debían evangelizar y convertir a los infieles, conversión que los transformaba en sujetos de derecho. Además, la reina Isabel, en vida, obligó, y en su testamento dejó escrito que los indios deberían ser bien tratados, mandato que se fue incorporando a toda normativa posterior como fue el caso de las Leyes de Indias. Se produjo entonces una contradicción entre el imperativo de evangelización y la práctica que se llevaba a cabo según los viejos principios de ocupación y dominio.

En 1511, en La Española, el fraile dominico, Antón de Montesinos dirigió un sermón sin concesiones, ante las máximas autoridades y personas más influyentes de la isla, en el que denunció las crueldades de la conquista. La repercusión fue de tal grado que dio lugar a la redacción de las Leyes de Burgos de 1512 que elevaron la protección de los indios. La polémica no cesó durante años y se incrementó cuando el dominico Bartolomé de las Casas alzó la voz en su defensa, que fue apoyada por el obispo de México, Juan de Zumárraga, que puso en cuestión tanto la conversión de los indígenas como la propia presencia española en América. Pero también se alzaron voces en sentido contrario. El gran humanista Juan Ginés de Sepúlveda, dominico también y consejero de Carlos I, basándose en la opinión de Aristóteles, defendió que los pueblos de civilización superior tienen derecho a dominar y tutelar a los de civilización inferior, siendo justo que los españoles dominen a los indios para sacarlos de la idolatría y la antropofagia, mediante su evangelización, como medio de liberarlos y elevar su forma de vida. Al emperador preocupó mucho esta cuestión y se tomó tan en serio el problema que, de no resolverse, estaba por abandonar las Indias. Es entonces cuando somete la cuestión a uno de los sabios más reputados de Europa: Francisco de Vitoria.

Vitoria es una de las grandes figuras, uno de los más grandes pensadores de nuestra historia, y el intelectual más influyente de su tiempo. Tras cursar estudios de artes y teología en la Universidad de París, obtuvo la cátedra de teología en la Universidad de Salamanca, que por entonces era la cumbre de la cultura europea en el Renacimiento. Introdujo en Salamanca la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino, que desde allí se proyectó a toda Europa. En torno a él se creó la llamada Escuela de Salamanca, que generó una reflexión moral completamente nueva sobre la economía. Se convirtió en el fundador del Derecho Internacional moderno al concebir el mundo como una comunidad de pueblos organizada políticamente y basada en el derecho natural. Es él quien asienta la idea del derecho de gentes como antecedente del concepto moderno de los derechos humanos. Esta reflexión nace precisamente del examen que realiza sobre la conquista americana y los derechos de los indios a requerimiento del emperador.

En respuesta a su señor, Francisco de Vitoria sostuvo que el orden natural se basa en la circulación libre de personas, siendo justo que los españoles hayan cruzado el mar. Ahora bien, los indios, lejos de ser seres inferiores, poseen los mismos derechos que los demás hombres y son dueños de sus vidas y de sus tierras. Los españoles tienen el derecho y el deber de evangelizarlos porque su conversión a la fe es derecho de los indios, a los que se debe garantizar el conocimiento del Evangelio y su salvación.

Téngase en cuenta que este planteamiento no resulta una obviedad, pues, en aquel tiempo, la forma de actuar consistía en realizar un requerimiento por parte del conquistador, que, si no era atendido, daba lugar a la guerra, si los indios se negaban a la conversión.

Vitoria sostiene que estos tienen derecho a entender lo que se les plantea y debe respetarse lo que él llama “derecho de comunicación”, sin el cual no se puede invocar la evangelización.

Sobre esta base, Vitoria informa a Carlos I de que los españoles pueden actuar en las Indias, pero solo conforme a siete justos títulos. Primer título: los mares son libres y los recursos naturales sin dueño son comunes, pueden ser tomados y solo si los indios vetaran este derecho sería justo hacerles la guerra. Segundo título: todos los cristianos tienen derecho a propagar el Evangelio en los términos que el Papa establezca. Tercer título: Si los jefes de los indios convertidos al cristianismo les obligan a volver a la idolatría, entonces es justo hacerles la guerra. Cuarto título: si los indios se han convertido y sus jefes siguen siendo infieles, es lícito poner en su lugar a un jefe cristiano. Quinto título: los españoles pueden acudir en defensa de las víctimas de gobiernos tiránicos y crueles. Sexto título: los indios tienen que ser libres de aceptar la soberanía de España, y si lo hacen, el dominio español es legítimo. Séptimo título: los españoles pueden ayudar y socorrer a sus amigos y aliados indios en sus guerras contra otros indios enemigos. Si la presencia española en América se planteara como una guerra de ocupación o una guerra de religión, entonces, sería injusta.

La conquista se moverá dentro de ese marco filosófico y moral, de modo que influirá inmediatamente en las Leyes Nuevas de Barcelona de 1542, pero su aplicación resultará muy difícil, por lo que Carlos I decide someter esta cuestión a una gran asamblea de sabios. Tan en serio se tomó este asunto que el Consejo de Indias, el 3 de julio de 1549, ordenó detener la conquista.

En agosto de 1550, se reúnen en Valladolid teólogos y juristas que son los mejores espíritus del reino, tal y como quiso el emperador. Allí estaban Domingo de Soto, teólogo en el concilio de Trento, Bartolomé de Carranza, Melchor Cano, todos dominicos, también Pedro de la Gasca, el primer pacificador del Perú, junto a los jurisconsultos del Consejo de Indias, Bartolomé de las Casas, y Juan Ginés de Sepúlveda. Participaron también Francisco Suarez y Luis Molina. Francisco de Vitoria había muerto, pero muchos de sus argumentos estuvieron presentes.

Dos posiciones se manifestaron claramente desde el principio: la de las Casas, favorable a los indios y la de Sepúlveda que defendía el derecho imperial. De Las Casas dejaba ya entrever su fanatismo y exageración de los hechos, lo que distorsionaba la realidad.  Sepúlveda, era tenido por una de las más aceradas mentes y lenguas de su generación, consejero de príncipes y papas, era un típico humanista de su tiempo, un intelectual de primer nivel, no tan fanático como Las Casas, y estaba sinceramente convencido de que la conquista era justa.

Las reuniones duraron hasta 1551, dejando las cosas en lo que podemos calificar como un empate, porque los teólogos se inclinaron hacia la postura de Las Casas y los juristas apoyaron la postura de Sepúlveda. El tribunal empató en la votación, así que no hubo una sentencia oficial, pero sí se emitieron varios informes que influyeron decisivamente.

Para empezar, España no abandonó las Indias. Una vez más se siguió la guía de Francisco de Vitoria que había dicho que una vez que se habían convertido un gran número de indígenas al cristianismo, no era ni conveniente ni lícito abandonar la administración de aquellas provincias.

Se mantuvo el dominio español tal y como proponía Sepúlveda, pero se reconoció que los indios eran personas con derechos propios y se suspendió la penetración en el continente hasta 1556, y se hizo siguiendo instrucciones precisas de evitar daño a los indios, y ya no se habló de conquista, sino de pacificación.

La trascendencia de la Controversia de Valladolid se encuentra en el hecho de que por primera vez en la historia de la humanidad, reyes, teólogos y juristas se plantearon la cuestión de los derechos fundamentales de los hombres, existentes por sí mismos antes y con independencia de que estuvieran recogidos, o no, por la ley positiva. Con ello, había nacido el concepto de derechos humanos.

Sorprende la libertad de expresión con la que pudieron manifestarse, a mediados del siglo XVI, cuantos actuaron en Valladolid, cuando una libertad semejante no fue admitida en Gran Bretaña, hasta bien entrado el siglo XIX, y tardó más en la Alemania gobernada por Bismarck.

La grandeza moral de todo el planteamiento y el grado de civilización que deja entrever el solo hecho de someterlo a debate es difícil de medir. Otras naciones genocidas, crueles y codiciosas han tenido la desfachatez de acusarnos a nosotros de semejantes perversiones que, en la práctica, tanto cultivaron y de las que con tanto éxito nos acusaron, pero lo cierto es que, por lo que se refiere a los españoles, nuestro comportamiento en general, considerado en todos sus aspectos, no puede decirse que fuera el propio de seres crueles y codiciosos, guiados solo por un ciego ánimo de dominación sin escrúpulos y sin otro fin que saquear la riqueza ajena. La Controversia de Valladolid es un ejemplo claro y prueba de ello.

Merece la pena recordar que, en el ámbito del protestantismo, en ningún momento se sintió interés, ni religioso, ni cultural por los indios. El concepto calvinista de predestinación, por el que solo se salva un número de justos previamente elegidos por Dios, impidió que siquiera se pensara en una incorporación en masa de los indios al cristianismo, y un racismo radical evitó cualquier mezcla de sangre.

Se hacen críticas normalmente infundadas a España, pero lo cierto es que nadie encontrará en la legislación británica o en las actas de su parlamento que se interese ni una sola vez sobre el trato debido a los indígenas en los territorios que iban conquistando en Norteamérica.

España fue la primera nación moderna, capaz de desarrollar sobre sí misma una autocrítica que es precisamente el rasgo más genuino de la modernidad, protagonizando un avance revolucionario en el desarrollo de la conciencia de la humanidad, basándose en principios morales y éticos que serían recogidos por otros y acabarían iluminando el pensamiento de toda Europa.

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PALABRAS CON HISTORIA | CRISIS

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Momento difícil de cambios significativos que ponen en peligro cualquier proceso, originando inestabilidad e incertidumbre sobre su desarrollo posterior.

Toda crisis se caracteriza por la existencia de elementos fundamentales que se excluyen mutuamente y que no pueden darse a la vez sin enfrentarse o destruirse entre sí, pero que se dan simultáneamente en un determinado momento.

Cada vez que hablamos, no del orden mundial, sino de un nuevo orden mundial, nos estamos refiriendo al orden resultante de una crisis recién superada o en curso.

Puesto que hablamos continuamente del nuevo orden mundial, cabe preguntarse si estamos viviendo una crisis. Y la respuesta ha de ser afirmativa. Es más, hay quien la califica como de crisis sin precedentes, aunque, si miramos con atención la Historia, es seguro que encontraremos alguna situación análoga. Veamos.

Roma llega a su cima a finales del s. II. El siglo III es el de la anarquía militar, con continuas guerras civiles, crisis económica, peste, devastación, hundimiento del comercio e inflación. Diocleciano, Constantino y la dinastía Valentiniana, hasta Teodosio, consiguieron poner orden en este caos, pero, a partir del año 376, las continuas invasiones bárbaras provocarán la definitiva caída el Imperio Romano de Occidente.

Los romanos que vivían a finales del siglo IV pensaban que Roma se proyectaban hacia el futuro sin límite, cuando en realidad no le quedaba más de setenta años de existencia. Eran incapaces de captar la dimensión de los cambios radicales producidos en su estructura, y las críticas contradicciones que desencadenarían su caída.

El triunfo del cristianismo supuso un avance en la moral individual, pero creó un fuerte conflicto dentro de las estructuras de poder del Imperio. Las guerras civiles del siglo III y la ampliación del ejército obligaron a contar con tropas bárbaras mercenarias que luego se instalaron con sus familias. La caída de población por las guerras y la peste favoreció el asentamiento de contingentes numerosos de bárbaros como agricultores. La desigualdad en la distribución la riqueza aumentó de tal modo que la élite lo poseía todo y el resto nada.

En el año 376, huyendo de los hunos, los visigodos solicitaron amparo, permiso para cruzar la frontera y tierras para labrar, a cambio de servir en el ejército imperial. Así, más de doscientos mil visigodos cruzaron el Danubio. Pronto, sin embargo, se rebelaron y derrotaron a Roma en la Batalla de Adrianópolis. A partir de entonces, fue imposible acabar con ellos. En el 410 Alarico saqueó Roma. En el año 406 el Rin se congeló y suevos, vándalos y alanos llegaron a instalarse en la Galia, Hispania y el norte de África. Desde allí, Genserico volvió a saquear Roma en el año 455, y en el 476, Odoacro depuso al último emperador romano, y Roma dejó de existir.

Cabe preguntarse si existe algún paralelismo con nuestra época, y quizá se pueda dar respuesta.

Europa dominaba el mundo a finales del siglo XIX y estaba en el cenit, como la Roma del siglo II bajo Marco Aurelio. Entre 1870, con la Guerra Franco-prusiana, y el final de la Segunda Guerra Mundial, Europa queda arrasada hasta los cimientos, como el Imperio romano en el siglo III. Tras 1945 se da un periodo de recuperación que es el que nosotros hemos vivido, en el que nos sentimos seguros y desde el que proyectamos nuestro futuro hacia la eternidad, tal y como hacían los romanos del siglo IV.  El laicismo y el pensamiento radical de izquierda se está imponiendo, transformando los fundamentos de nuestra cultura tradicional, tal y como ocurrió con el cristianismo en Roma. Los problemas demográficos los hemos solucionado con una inmigración que no se integra, tal y como ocurrió con la política de inmigración romana en el siglo III y IV. Y para que no falte de nada, nos queda sólo que autorizar a los bárbaros a cruzar el Danubio e instalarse dentro de nuestras fronteras. ¿Me puedes decir si no es eso precisamente lo pretende Ángela Merkel al conceder la residencia sin visado a los turcos, o legalizando la situación de cientos de miles de los inmigrantes llegados sin papeles, en otros países?

Medítenlo, creo que merece la pena, puede que nos vaya en ello nuestra supervivencia como miembros de lo que hasta hoy se ha conocido como cultura occidental, tal y como la Historia quiere enseñarnos y nosotros no queremos aprender.

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LA SOCIEDAD YA ESTABA ENFERMA

Por: Alberto Morate


Estamos viviendo unos tiempos difíciles, distintos, nunca experimentados hasta ahora. Nos hablan de contagios, de pandemia, de que no salgamos para no transmitir ni que nos traspasen un virus infecto que, encima, lleva puesta una corona, como si de un gran monarca tirano se tratase que nos persigue por no obedecerlo.

Pero, no nos estamos dando cuenta de que la sociedad, nuestra sociedad, ya estaba enferma de antes. Sí, con sus egoísmos, su egocentrismo, su poco cuidado por la naturaleza, sus intereses económicos del que se benefician solo unos cuantos, sus guerras veladas o reales, sus fronteras, la huida de los individuos de sus naciones a otras donde no les dejan entrar, la explotación de niños, el maltrato a las mujeres, el abuso de poder de políticos, empresarios e, incluso, cabezas de familia. Y en la sociedad, esa sociedad enferma y putrefacta, también están los que gobiernan. No nos engañemos. No me vengan ahora con dimisiones y que si hay errores, y que no están llevando bien la gestión de esta lucha porque, estuviera quien estuviera, lo harían mal. Véase sino, el signo de los diferentes países. Da igual. Y da igual, porque la sociedad ya estaba enferma y esos gobernantes forman parte de ella.

Es verdad que dentro de esa SOCIEDAD con mayúsculas hay individuos no contaminados. Esos sanitarios que se están dejando la vida, esos son los anticuerpos que necesitamos. Pero hay más. Obreros de toda condición que, en su día a día, a pesar de su precariedad laboral echan horas y horas y solo protestan en la intimidad, en familia. Esos profesores que cada lunes, cada semana, tienen que intentar inculcar conocimientos, cultura, educación a un alumnado que solo les llama la atención la fama y el dinero o, simplemente, pasan. Esas señoras, por lo general, abuelas, madres, que cuidan de su gente sin esperar nada a cambio, lo hacen porque les sale de dentro, porque no estaban de antes enfermas. O esos artistas de toda condición, escritores, poetas, intérpretes,… sí, a los que esta sociedad enferma les considera privilegiados porque hacen lo que les gusta cuando, realmente, muchos de ellos tienen que subsistir en medio de esa sociedad que no ve bien que te dediques a lo que mejor sabes hacer porque
consideran que no es productivo.

A todos esos, la sociedad enferma les impide respirar, los ahoga, los aprieta.

Lo que está enfermo es el conjunto, la mal llamada humanidad, que ya estaba contaminada desde que la historia es vieja.

No sé el remedio. No lo conozco. No tengo la fórmula del antivirus. Ojalá lo supiera.

Últimamente vengo leyendo que esto nos servirá para enmendar. Pero creo que dará igual si no cambiamos nuestra forma de ser. Si no hacemos que, realmente, la sociedad sane, en su conjunto, que ganemos la pelea, no a nivel individual y particular, sino como un solo cuerpo donde cada célula, nosotros, veamos la vida de otra manera.

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PALABRAS CON HISTORIA | ANIMALISMO

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Quien busque una definición de este término en el diccionario, verá que es difícil de encontrar. En el diccionario de María Moliner encontramos la palabra “animalista”, que se define como defensor de los animales. Así que, por analogía, podríamos definir el animalismo como corriente de ideas que tienen como fin la defensa de los animales.

Nos encontramos pues ante un neologismo; una nueva palabra referida a las ideas sobre la relación del hombre con los animales.

En esencia, el animalismo es una tendencia ideológica de tipo igualitario que pretende colocar en posiciones de igualdad al hombre y al animal.

Se trata de un movimiento global formado por activistas, académicos, artistas y grupos organizados, que se oponen al uso de los animales para investigación, alimento, entretenimiento o aprovechamiento industrial de la lana, el cuero, pieles, etc. El objetivo general del movimiento no es otro que erradicar el antropocentrismo, como doctrina que sitúa al ser humano en el centro de la creación, que considera al hombre como medida de todas las cosas, y que lo sitúa en un orden jerárquico superior al resto de las especies.

Los animalistas son contrarios a la idea de que la naturaleza humana, su condición y su bienestar sean los únicos principios o elementos de juicio a tener en cuenta a la hora de evaluar la posición del resto de seres vivos y cuanto existe en el mundo. Hasta ahora, todo lo que existe se ha visto subordinado a los intereses y conveniencia de los seres humanos. Los animalistas quieren acabar con esta situación al considerarla injusta.

Son muy nobles los sentimientos de quienes se preocupan por el bienestar de los animales. El ser humano, por lo general, ama la naturaleza, a la vez que se sirve de ella. Esto es así desde el origen, y cada vez se produce de forma más civilizada.

Sorprende, sin embargo, que un asunto, que nuestra cultura tiene resuelto a través del compromiso de portarse con los animales como ha de hacerlo todo ser bien nacido, resurja ahora como si fuese necesario construir una doctrina nueva desde cero, y como si nunca hubiese existido una conciencia moral sobre ello.

Es una vez más, otra imposición de los que sostienen la cultura de lo políticamente correcto que, como siempre, expresan un propósito manifiesto acompañado de una intención oculta, que es la que realmente les interesa imponer.

En nuestra escala de valores, el hombre tiene un valor moral superior, el hombre y sus necesidades están por encima de las de los animales y estos están por encima de las plantas y las piedras. Esto se refleja en la naturaleza misma: Los vegetales se nutren de los minerales del suelo, algunos animales se alimentan de plantas, los animales carnívoros se alimentan de los animales herbívoros y el hombre se alimenta de animales y plantas.

Sólo la persona puede ser sujeto de derechos y deberes, los animales no.

Lo que los vendedores de patrañas llaman derechos del animal no es otra cosa que obligaciones del ser humano para con los animales. Obligación, al fin y al cabo, de conservar la vida y la naturaleza.

Poner al mismo nivel la consideración moral del hombre y los animales no es otra cosa que una aberración malintencionada destinada a banalizar y disminuir el valor del ser humano como tal. Además, ¿a qué se refieren? ¿a los animales vertebrados, a los peces, a los insectos, o a los virus de la gripe? Y, puestos en todo: ¿qué hacemos, convertimos a los leones en vegetarianos, o es que no tienen derechos las gacelas?

Todo orden moral establece una jerarquía de valores. Si se altera esa jerarquía, se altera el orden moral.

Así que el propósito manifiesto de los animalistas es la práctica del buenismo con los animales, pero la intención oculta no es otra que destruir el orden moral tal y como se ha construido en Occidente en los últimos dos mil quinientos años. Y, de paso, restringir la libertad en un nuevo flanco, intentando someter al discrepante con un nuevo reproche, como una muestra más de fundamentalismo moral.

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LA POESÍA EN LOS TIEMPOS DE LA PANDEMIA

Il Giaciglio Pensante

Por: Nicola Foti

¿Cómo vive, cómo cobra vida la poesía en el momento de la pandemia, de la reclusión de personas en sus hogares, en sus lugares de trabajo, sin el impulso de caricias, abrazos, relaciones íntimas? La poesía está, y siempre estará desactualizada, siempre sorprenderá por su carácter que escapa a cualquier noticia, cualquier contingencia. Sobre todo, nunca será un negocio o una profesión. Nunca tendrá como objetivo alcanzar una meta materialista, lograr un propósito vano, cosechar el éxito superfluo. El verdadero poeta no vive de la poesía, no come con la poesía, sino que vive para servir a la poesía, humilde, dócil por ser su adepto, vive para nutrirla, para ser su fiel servidor, Y ella, la poesía, es su tormento y su cura, su enfermedad y su remedio. La ficción, incluso los artículos periodísticos más imaginativos, no ficticios, tienen otras tareas, que la poesía no tiene, no busca, no quiere: la poesía es, y siempre será música, un aliento vital y un fuego del alma. No debe entenderse en un sentido lógico, no necesita comprensión en un sentido semántico, pero, como la miel que se envuelve e insinúa en los pliegues del alma, que se desliza ahora densa, ahora etérea, debe ser simbólica, debe ser metáfora, surrealista. Metafísicamente debe ir más allá, de lo contrario es manifiesto, es proclama, panfleto, es crónica.

La poesía no está hecha de materia, sino que hace que los sueños importen. Y así, para siempre, ella va más allá de los límites infinitos de la mente.

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