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AMÁLIA RODRIGUES | EL ALMA DE PORTUGAL HECHA VOZ DE MUJER

Por: Lourdes Páez Morales


A poco más de veinte años de su desaparición, Amália Rodrigues sigue siendo la gran embajadora de Portugal y de sus esencias, y generando estudios y monografías, como los de Mattijs van de Port, Teresa Sancha Pereira, Manuel Fernando de Sousa, o Rui Manuel Martins Ferreira, que hacen que siga muy presente en el hoy del fado. Este año, la fundación que lleva su nombre le rendirá tributo con una serie de actos y espectáculos bajo el nombre de “Amar Amália. Vinte anos de saudade”.

Amalia del pueblo

Amália da Piedade Rebordão Rodrigues nace,según el registro civil, el 23 de julio de 1920, cuando sus padres se encuentran de visita en el humilde hogar −una chabola− de los abuelos maternos en la freguesía de Pena, en la calle Martim Vaz. Sin embargo, la fecha de su nacimiento no está clara, y es por ello por lo que Amália celebró su aniversario siempre el 1 de julio. Pertenece a una familia de escasos recursos, y mientras sus padres se marchan para buscar trabajo, dejan a la pequeña con sus abuelos que se mudan al barrio de Alcântara, donde, junto con su hermana Celeste vivirá una niñez efímera leyendo libros de cowboys, y comenzará pronto a trabajar vendiendo fruta por las calles. Trabajadora incansable, Amália ayuda al sustento familiar con labores de baja remuneración como costurera, bordadora y empleada de una fábrica de chocolates y caramelos. Nunca le pesó el esfuerzo: “Toda mi vida ha sido muy fácil”, declaraba la cantante en una entrevista al diario español El País en 1990. En otra entrevista concedida a la televisión portuguesa declara que su infancia, donde tuvo falta de vestidos, falta de zapatos, falta de pan, no tuvo, en cambio, tristeza. Cantaba. Solo cantaba.

Será en ese barrio donde cante con quince años un fado en la festividad de los santos populares, y será durante las audiciones como aspirante al premio “Reina del Fado” de 1938 cuando conozca al guitarrista Francisco da Cruz, que se convertiría dos años después en su primer esposo. En estos años actúa como “Amália Rebordão”.

En 1939, con casi 20 años hace su estreno profesional en Retiro da Severa en el barrio de Mouraria, un local de tradición fadista, que tuvo un curioso origen: era regentado por Ana Gertrudes, conocida como “a barbuda”, madre de la que es considerada primera cantante de fados de la historia, una prostituta de singular gracia llamada Maria Severa. Volviendo a Amália, un año después de su debut, en 1940, por mediación de José Melo empieza a cantar en el Café Luso, pagándosele un caché nunca antes alcanzado por ningún fadista. Sus interpretaciones calan tanto en el público, que Lisboa llena el local, y se congrega a sus puertas para oírla. Ella canta en esa época un fado popular que decía: “Deixe-me cantar para a rua, / que eu sinto-me bem assim. / Gente do povo sou tua, / porque também da rua vim”.

Amália, musa de la saudade.

Durante estos años de la dictadura de António de Oliveira Salazar, Amália ayuda a numerosos exiliados políticos. Paradójicamente, con la llegada de la libertad en los 70 y la famosa Revolución de los Claveles, el 25 de abril de 1974, el pueblo portugués olvidaría su tácito apoyo a la oposición del régimen, y la tacharía de salazarista, denostando el fado como un mal recuerdo de lo anterior y acallando en tierra lusa la voz de Amália, lo que la obliga a instalarse en París. En 1999, el premio nobel José Saramago, militante del partido comunista, reveló que Amália había ayudado económicamente a su causa durante la dictadura, y que debía desterrarse del nombre de la cantante la etiqueta de salazarista. Pero volvamos a su despegue como artista…

En 1943 canta por primera vez fuera de las fronteras lusas, concretamente en España, en la embajada de Portugal en Madrid, en honor al embajador, Pedro Teotónio Pereira. Desde entonces, se ve obligada a viajar en avión −a pesar de que no le gustaba demasiado volar− a lugares lejanos, como Brasil, Estados Unidos, la entonces Unión Soviética o Japón. Su renombre en este momento es ya internacional, y en Portugal se la denomina la “reina del fado”. Publica durante su vida una treintena de discos. Los primeros, grabados en
1945 en Brasil.

Amalia se  definió a sí misma siempre como una mujer dada al fatalismo, algo propio del género que dominaba como nadie y ligado, cómo no, al alma portuguesa, a la saudade, es decir, el anhelar aquello que no tienes, y, de conseguirlo, obstinarse en la tristeza porque al poseerlo ya no lo anhelas. Como diría el poeta Manuel de Melo: “bem que se padece e mal de que se gosta”.

La popularidad de Amália en estos años la hará aterrizar en el cine. Como  actriz hace papeles muy autobiográficos. Las fadistas a las que da vida en la gran pantalla se persignan como ella antes de cantar, y viven amores desdichados e imposibles como los llorados en sus fados. Se estrena en 1947 con la película Capas negras, que estuvo veintidós semanas consecutivas en cartel. Su mejor interpretación es la del personaje Amália, en Os amantes do Tejo, de 1955, donde entra en contacto con David Mourão Ferreira, compositor de uno de los poemas que irán ligados ya para siempre a su voz: Barco negro.

Sus participaciones en programas televisivos en los años centrales del siglo XX se cuentan por cientos. Siempre vestida de negro, recupera versos de los grandes poetas portugueses del XVI: Luis de Camões, su poeta preferido, o João Roiz de Castel-Branco, que en su voz viven un luminoso renacer.

Amalia, corazón independiente

Solo dos veces se casó Amália. Su primer matrimonio duró lo que dura la historia de un fado. El otro, desde 1961 hasta su muerte. Esta mujer de rasgos un tanto varoniles, de feminidad infinita, belleza racial y mirada cargada de anhelos, vivió su vida de manera intensa, protagonizando grandes romances, como si fueran un fiel reflejo de lo que cantaba en sus fados. Porfirio Rubirosa, considerado el primer playboy de la historia, el multimillonario Onassis o los actores Richard Widmark y Anthony Quinn fueron algunos de sus amantes.

También se difundieron rumores de su supuesta relación con el dictador Salazar, que nunca pudieron llegar a probarse. Eso sí, ella lo definió una vez como “un príncipe azul”. Otro de los nombres que se asocian a Amália es el de Umberto II, depuesto rey de Italia.

En su madurez le llegan los grandes reconocimientos a nivel nacional e internacional: la gran medalla de plata de la ciudad de París, las medallas de oro de las ciudades de Lisboa y Oporto, la Orden de Isabel la Católica y los grados de Comendador y Caballero de las Artes y las Letras de Francia, entre otros.

En 1979, la fadista sufre un revés de salud. El corazón le falla y se ve obligada a retirarse de los escenarios por un tiempo. El aluvión de cartas recibidas por sus fans hace que deje de fumar por ellos, como confiesa en una entrevista.

Amalia muere el 6 de octubre de 1999, a los 79 años de edad, y se decretan tres días de luto oficial en el país vecino. Sus ojos, esos que había cerrado siempre durante sus interpretaciones, para que el sentimiento solo saliese a través de su voz, se habían cerrado para siempre. Había muerto un símbolo nacional, pero su voz nunca se apagará para todos los que amamos el fado. Amália lo dotó de un sentido universal y es lo que hoy es gracias a ella.

 

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LENI RIEFENSTAHL, EL PELIGROSO DESCENSO DE LAS CUMBRES

Por: Lourdes Páez Morales


La de Leni Riefenstahl es la historia de una mujer que conquistó al ascendente Nazismo con el objetivo de su cámara y cuya carrera acabó pagando con creces aquella vieja gloria pasada.

Fue tras su nuevo éxito como protagonista y directora −junto a Béla Balázs, director de cine húngaro y judío− del film La luz azul (1932), cuando las vidas de Hitler y Leni confluyen. Él se había sentido ya fascinado por la belleza atlética −que encarna el ideal de la raza aria− de Riefenstahl, y ella empezaba a asistir a actos públicos del Führer donde este mostraba su enorme capacidad para seducir a las masas. Un acto en el Palacio de Deportes de Berlín es el lugar en que Leni lo ve por primera vez. Le escribe ilusionada una carta que sorprendentemente recibe respuesta y que será el principio de una gran amistad, como dijera Bogart en aquella inmensa película que en algo o en mucho tiene que ver con el asunto del que hoy tratamos.

Volvamos atrás para conocer un poco más a Leni. Helen Bertha Amelie Riefenstahl nace el 22 de agosto de 1902 en Berlín. En este momento la ciudad empieza a despuntar en Europa como un bullente centro del arte moderno y cuna, junto con Dresde, del Expresionismo, denostado a raíz de la irrupción del Nazismo, que lo llamará “arte degenerado”. Aquel mismo año de 1902 se inaugura en la cosmopolita capital berlinesa la primera línea de metro de Alemania, entre Warschauer Straße y Zoologischer Garten.

La madre de Leni, una sencilla costurera, influye notablemente en los gustos de su hija durante la niñez, y la matricula en clases de danza y ballet en la Escuela Grimm-Reiter sin el conocimiento de su padre, que tenía pensado para ella un papel muy diferente y menos arriesgado que el artístico: el de ser su sucesora al frente de la empresa de calefacción y ventilación de la que era dueño. Sin embargo, Leni se siente atraída por la danza, que va modelando su cuerpo con el paso de los años, como también lo hacen la gimnasia, la natación y una afición que le abriría las puertas de la interpretación: la escalada. Una lesión frustra su carrera como bailarina, y es curiosamente acudiendo a una de sus visitas al médico, cuando Leni, al ver el cartel de la película La montaña del destino (1924) en la estación de metro de Nollendorfplatz, empieza a soñar con el camino de la interpretación.

Hay que decir aquí que fue en Alemania donde surge, en esa década de 1920, el género de cine de alpinismo o bergfilms, y que Arnold Fanck, director de La montaña del destino, es su máximo exponente. Hitler admiraba este género fílmico ya que casaba bien con su ensalzamiento de la raza aria, al poner de relieve el afán de superación del hombre frente a cualquier adversidad que podía encontrar en su camino hacia la cumbre de una montaña. Las películas de este género decayeron en paralelo al declive nazi, puesto que fueron asociadas con su ideario y denostadas tras la II GM.

Habíamos dejado a Leni en la estación de Nollendorfplatz. La fascinación que siente ante aquel cartel la lleva a la sala de cine, olvidándose de la consulta pendiente. Siente tal emoción por aquel tipo de cine, por aquellas tomas de las nubes en movimiento, por el esfuerzo de aquel escalador de la pantalla, que hace lo posible por postularse como la coprotagonista del siguiente film de Fanck. Y lo consigue. Le envía fotos y cartas al director de cine para que cuente con ella, y este acaba visitándola a fin de conocerla en persona con un guion entre las manos escrito para ella, el de La montaña mágica (1926).

El mismo año en que Leni protagoniza este film, el partido nazi celebra la Conferencia de Bamberg con la intención de fortalecer el control de Hitler sobre el partido. Ese mismo año se crea la Liga de Estudiantes Alemanes Nacionalsocialistas, como una división del partido nazi para integrar los niveles universitarios al marco del Nacionalsocialismo. El ascenso del fascismo es imparable, y también en Italia, donde un chico de solo quince años, Anteo Zamboni, es linchado por atentar fallidamente contra Mussolini en la ciudad de Bolonia.

Es en esta década de 1920 cuando los estudios cinematográficos más importantes de Alemania, UFA (Universum Film AG), donde se montan también los bergfilms, están produciendo sus más gloriosas películas de cine experimental relacionadas con el movimiento artístico expresionista, de la mano de Fritz Lang o F. W. Murnau: Metrópolis (1927) del primero, o Nosferatu (1922), del segundo. Ambos directores acabarían exiliándose a Estados Unidos ante el ascenso nazi. Y es a finales de la década cuando empieza a despuntar una estrella nacida de la UFA: Marlene Dietrich, con la que nuestra protagonista tendrá una relación de manifiesta enemistad.

Aunque ambas comienzan su vida artística en paralelo en el Berlín de 1920, Marlene lo hace en ambientes muy alternativos: cabarets y cafés-cantantes en los que incluso “se atreve” a travestirse, algo que la hará ser objeto de rechazo −y de deseo, a partes iguales, en nuestra opinión− del nazismo. Ambas son bellas y deseadas, pero solo Leni, bella, atlética, pero sumisa, encaja bien en el ideal del sueño ario. Curiosamente Leni estuvo a las órdenes del director teatral Max Reinhardt, quien, sin embargo, rechazó el fichaje de Marlene. No obstante, mirando los hechos con perspectiva, en sus respectivas biografías, Riefenstahl deja en mal lugar a Marlene despreciándola, a su entender, como una mujer burda y como la chica sin éxito que gracias a ella −a su intercesión ante Sternberg− había conseguido el papel de Lola Lola en El ángel azul; mientras que Marlene no hace mención de Leni Riefenstahl ni una sola vez. Solo se han conservado varias fotografías donde aparecen ambas, en el llamado Pierre Ball, en 1928, junto a algunos asistentes, como la actriz china Anna Mae Wong. Sus actitudes en ellas son diferentes: Leni, comedida y discreta; Marlene, desinhibida y licenciosa. Estas fotos son la prueba de que ambas mujeres habían coincidido, al menos una vez más que la que Leni declara en sus memorias ante Steinberg para cederle el papel de Lola Lola en 1930. Nunca más volvieron a posar juntas. El resto de la historia de Marlene la conocemos.

En 1932 se conocen Hitler y Riefenstahl, y él le propone protagonizar el capítulo más importante y sonado de la vida de la cineasta, que tiene su inicio en la grabación del congreso del partido nazi de Núremberg, en 1933, que dio como fruto el documental titulado La victoria de la fe (Der Sieg des Glaubens), que Leni va a intentar desvincular de su carrera a lo largo de toda su vida. Un año más tarde llegará la gran obra cinematográfica de Leni: El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens), estrenada en 1935, que sigue manteniendo el reconocimiento de los historiadores del cine por sus impresionantes tomas aéreas de multitudes asombrosamente bien formadas, de gran belleza −a pesar del inquietante trasfondo−, y por sus importantes avances técnicos de cámaras en movimiento.

En 1936 volverá a trabajar Leni al servicio de la causa nazi para realizar un largometraje más, sobre las olimpiadas de Berlín de ese año: Olympia (1938), que pretendía lanzar al mundo el mensaje edulcorado del paralelismo entre los antiguos griegos y la raza aria. La cineasta hace un canto al cuerpo humano con tomas a contrapicado y contraluces magistrales que exaltan a los aspirantes al Olimpo deportivo. La historia de aquellos juegos, conseguidos para Alemania a golpe de talonario, a pesar de la oposición de ciertos países como Estados Unidos, Inglaterra o Francia, fue muy diferente a la que había soñado Hitler. El rendimiento de muchos participantes alemanes en aquellas olimpiadas fue inferior al esperado, y, para colmo, la figura de Jessi Owens, un corredor negro de Alabama, con sus cuatro medallas de oro en 100 m, 200m, salto de longitud y relevo, darán al traste con la artificial superioridad de la raza aria ante el mundo. La película viene a ser, de nuevo, una obra excelente, pero incide aún más en la vinculación de Leni en el ensalzamiento del nazismo ante los ojos del mundo.

Al finalizar la guerra, Leni es señalada como sospechosa, pero nadie puede demostrar su vinculación al partido nazi, al que nunca llega a afiliarse, y sale absuelta de todas las causas. El resto de su producción cinematográfica es más que discreta y no la traeremos, por tanto, a colación.

La segunda mitad de la década de 1940, con su fortuna mermada a causa de haberles sido confiscadas la mayor parte de sus propiedades durante los procesos en que la enjuiciaron, Leni pasa a desarrollar una nueva faceta: la de fotógrafa. Su obra más famosa en este campo, motivo, como toda su obra, de controversia, fue The last of the Nuba, donde recoge la belleza de este grupo étnico de Sudán: los nuba. El libro de fotografías levanta cierta suspicacia entre las voces más críticas con Riefenstahl. Uno de los juicios que más ferozmente arremete contra esta edición de Leni y, de paso, contra su trayectoria cinematográfica, lo hace la mordaz escritora norteamericana Susan Sontag. Sin pelos en la lengua, Sontag consigue desmontar la elaborada ingenuidad de Rienfenstahl, y la intención de este libro de evocaciones africanas de edulcorar la figura de la que fuera artífice de la imagen del nazismo ante el mundo. La creadora de la iconografía del III Reich expone su fascinación por la perfección corporal de la raza nuba, dejando entrever de nuevo su otrora devoción por la exaltación de la raza aria. Los argumentos parece que la delatan… ¿La esencia de las fotografías traiciona, o realmente no?

Si retornamos a 1936, Hitler y su Ministerio de Propaganda, dirigido por Goebbles, tienen el claro propósito de mostrar ante el mundo la superioridad racial aria… Pero aparece Jesse Owens, y sus victorias olímpicas y superioridad probada ocupa las primeras páginas de todos los periódicos a nivel internacional. Leni Riefenstahl no duda en ensalzarlo en Olympia, con planos heroicos y hasta simpáticos que no dejan lugar a dudas del carácter afable y encantador del atleta negro. ¿Fue Leni la que planta cara al régimen y da cabida a Owens en su film, como refleja Stephen Hopkins en su película biográfica sobre el corredor afroamericano El héroe de Berlín (2016)? ¿O fue el propio partido el que prefiere contar la verdad para mostrar una engañosa benevolencia y aperturismo a los ojos del mundo? Nunca lo sabremos. Leni se pasó la vida desmarcándose del Nazismo, desentrañando sus auténticas relaciones con el Führer o con otros miembros del partido nazi, en entrevistas, documentales, o en su propia autobiografía. Sin embargo, su figura continuará siempre creando controversia entre los que se acerquen a su figura y a su incontestablemente estética obra.

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PALABRAS CON HISTORIA | POESÍA

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


No parece que sea la poesía el género preferido de los lectores. A veces, da la sensación de que existen más poetas que lectores de poesía. Vivimos en un mundo aparentemente racionalista, que sin embargo se inclina hacia un pensamiento fácil, en el que los receptores de los mensajes están acostumbrados a ser sujetos pasivos que contemplan lo que otros les preparan para consumir sin esfuerzo. Para ese grupo de lectores, la poesía resulta un artificio incomprensible de piruetas lingüísticas difícil de entender y casi molesto.

No se ama lo que no se conoce, y no se conoce lo que no se explica. La poesía no es fácil de definir; cualquier definición se queda corta o sólo atiende los aspectos superficiales y formales. Incluso aquellos que la aman tienen dificultades para dar una explicación clara.

En el principio, la poesía lo era todo. La literatura no era otra cosa que poesía. Es más, era el medio utilizado para transmitir el conocimiento, antes incluso de que la escritura existiera. Antes de la escritura, la transmisión de ideas y conocimientos se realizaba de forma oral y, para ello, había que memorizar el mensaje. La poesía, con su construcción a base de versos, de estrofas con sílabas medidas, de rima y de ritmo, se convirtió en el instrumento ideal para la transmisión de la cultura, el saber y la historia.

Cuando evolucionó, había tres formas fundamentales de recitar: acompañado de una lira para cantar los poemas, dedicados al amor, los sentimientos y las emociones, que dio lugar al nacimiento de la Lírica; escenificando mediante actores situaciones atribuidas a personajes, que dio lugar al nacimiento de la Dramática; y por último recitando hechos e historias del pasado, que dio lugar al nacimiento de la Épica.

Cuando se difundió la escritura y, sobre todo, una gran mayoría aprendió a leer, la poesía perdió su valor como instrumento de memorización y se generalizó el uso de la prosa. La poesía entonces quedó relegada a un espacio propio en el que mantuvo sus aspectos formales de construcción en versos, estrofas, poemas, con especial cuidado de la acentuación, rima y ritmo. En la actualidad, estos condicionamientos estético-formales pensados para facilitar la memoria, se han superado para dar paso a una forma propia de expresión, libre ya de dichos cánones.

Cabe preguntarse entonces qué entendemos hoy por poesía.

Comencemos por decir que el lenguaje no está concebido para expresar lo que la poesía es capaz de transmitir con el lenguaje. La poesía lleva al lenguaje más allá de sus propios límites, hasta construir nuevos y sorprendentes significados que no habríamos sido capaces siquiera de sospechar.

Debemos tener en cuenta que las palabras están construidas para transmitir el mensaje en términos racionales, y su orden en el contexto de cada frase busca esta comunicación racional. Pero no debemos olvidar que la mente del ser humano no es sólo razón consciente, sino que en nosotros existe también el inconsciente y el subconsciente. Además, no sólo estamos definidos por nuestra razón, sino por ser capaces de sentimientos y emociones, y más allá de los mismos por ser capaces de sueños, contradicciones, fantasías y pensamientos irracionales.

Pues bien, sólo existe una forma de comunicar dirigiéndose a la persona como un todo integral utilizando la palabra, y esa forma de comunicar es el lenguaje poético.

Naturalmente conseguir semejante objetivo, obteniendo de las palabras toda la belleza que se les pueda arrancar, combinándolas de forma que produzcan nuevos significados para los que ni siquiera están pensadas, produciendo sensaciones, sentimientos y emociones nuevas en quienes las leen, constituye un verdadero arte dirigido a sugerir, fascinar, evocar, inspirar, intuir la esencia misma de las cosas, facilitando la percepción de todo ello, como una experiencia íntima de lo que somos, porque de otro modo, aspectos esenciales de cuanto nos rodea quedarían ocultos e ignorados para siempre, ya que la observación y el lenguaje racional no puede captarlos ni expresarlos.

Si no se tiene esto en cuenta, la poesía aparecerá como un ejercicio incomprensible e inútil, una pérdida de tiempo carente de valor, un ejercicio amanerado de quienes sólo pretenden retorcer el lenguaje. Si se sabe reconocer el valor de la poesía, se dispondrá de un instrumento casi mágico para percibir, sentir, comprender, evocar, intuir y observar aspectos del mundo y de nosotros mismos que trascienden a la mera observación objetiva y que de otra forma escaparían a nuestro conocimiento.

En un principio, la poesía lo era todo. Hoy está relegada a una posición residual, y se nota, porque el ser humano podría ser mejor y no lo es.

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LOS TEBEOS FEMENINOS COMO CONSTRUCTORES DE IDENTIDAD

Por: Lourdes Páez Morales


Hoy no hablaremos como en las anteriores entregas de una mujer concreta con nombre y apellidos, sino de una generación de mujeres españolas que hoy rondan los setenta años y que fueron el objetivo de un producto editorial de consumo masivo: los llamados tebeos de chicas. Este curioso fenómeno contribuyó a moldear en ellas la idea clara del rol que estaban destinadas a desempeñar. 

La Teoría de la Identidad Social, dentro del campo de la Psicología Social, debe su formulación a los trabajos de Henry Tajfel en la década de los 50. Dentro de sus conceptos más importantes se encuentra el estereotipaje de género, esto es, las creencias de género que asocian a cada uno de ellos unas cualidades inherentes y, derivadas de ellas, unas actividades adecuadas a los mismos. Así, la mujer sería dócil, dependiente, afectiva y empática con los demás, correspondiéndole el cuidado de la casa y de los hijos; mientras al hombre correspondería el rol de fuerte, autosuficiente, agresivo o competitivo, ocupándose de ganar el sustento de la familia. No hay que decir que, con estos mimbres, la sociedad haya valorado de un modo desigual al hombre y a la mujer, correspondiendo a esta un papel menos preponderante y de peor consideración.

Volviendo al tema central del artículo, hay que reseñar que ciertos fenómenos de masas han contribuido desde el siglo XX a ahondar en esos estereotipos, como es el caso del tebeo de entretenimiento para chicas que surgió en la España de la posguerra. Por traer un ejemplo actual paralelo, el reggaetón, por desgracia, pese a sus desacertadas letras, tiene mucho predicamento entre los adolescentes.

Hace unos años, curioseando entre los puestos especializados en tebeos de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Sevilla, me topé con unas revistas de las que había oído hablar a mi madre: los tebeos femeninos que recreaban canciones pop de la época en viñetas, la mayoría de ellas “románticas”. Para que rememorara viejos tiempos adquirí para ella varios ejemplares. Pues bien, tras mi participación en el último congreso de Investigación y Género organizado por la Universidad de Sevilla, empecé a darle vueltas a este artículo, que no pretende ser académico, sino más bien ilustrativo de una realidad que vivieron nuestras madres y abuelas: la de “su construcción”, desde las páginas de estos tebeos aparentemente intrascendentes, como amas de casa sumisas y obedientes.

Para ver las enseñanzas que daban a las niñas de 17 años (como figura en la portada de los ejemplares), y de otras chicas curiosas de menor edad, vamos a rescatar una serie de ideas extraídas de la lectura de quince revistas de la serie “Rosas Blancas”, publicadas por la desaparecida editorial Toray entre los años 1958 y 1965, en pleno boom de este tipo de tebeos. Hay que decir que esta editorial ya había lanzado algún “tebeo de hadas” como se les denomina, la colección “Azucena”, pero fue su serie “Rosas Blancas”, de enorme éxito −llegó a 378 números de tirada semanal− la que da el pistoletazo de salida a nuevos cuadernillos de temática exclusivamente sentimental para chicas adolescentes. “Susana”, “Guendalina” (sic), o “Serenata” −los que compraba mi madre− le siguieron con rotundo éxito. Estas ediciones lanzaron al estrellato a la ilustradora María Pascual, también muy conocida por sus recortables con la misma editorial.

Contextualizando un poco, “Rosas blancas” iba dirigido a chicas menores de edad −en este momento la mayoría de edad en la mujer está en 23 años, pasando a ser los 18 años en 1978, justo antes de las votaciones del referéndum constitucional−, y de clases medias acomodadas −cada ejemplar costaba 1,50 de las antiguas pesetas, el mismo precio que tu padre pagaba por llevarse a casa el ABC o La Vanguardia en 1958, costando un kilo de patatas más o menos 2,20 pesetas−.

España vivía en 1958 −año del lanzamiento de la serie “Rosas Blancas”− los últimos coletazos de la conocida como primera etapa franquista, asistiendo a conflictos sociales como las huelgas de la minería asturiana, e iniciando un cierto aperturismo. Es el año de Las chicas de la Cruz Roja, del nacimiento de Chupa Chups y de la primera edición de Mortadelo y Filemón. Internacionalmente, toma el papado Juan XXIII, il Papa buono, gana el óscar a la mejor película El puente sobre el Río Kwai, y muere exiliado en Puerto Rico el poeta Juan Ramón Jiménez.

Pasemos a ver qué puntos en común tienen los quince títulos elegidos al azar:

  • La protagonista es siempre una chica joven pero adulta con la que poder identificarse. 
  • Los personajes se mueven casi siempre en ambientes de clase social elevada, superior al de la consumidora del tebeo, menos uno de los ejemplares estudiados (Aquel piso con goteras). 
  • La historia subyacente es siempre una historia de amor; y no importa que ella no sea feliz, lo realmente importante es que el protagonista masculino lo sea. 
  • El protagonista suele poseer un parecido físico con algún famoso actor de Hollywood del momento (En La ingenua, Miguel se parece a Rock Hudson; en Dos en el desierto, Clark se parece a Cary Grant, incluidas las gafas que el actor usó en Me siento rejuvenecer). 
  • Al hilo de lo anterior, las tramas guardan similitudes con películas americanas. Se está importando el “American way of life”. En muchas historias, los nombres son anglosajones. 
  • En muchos casos subyace la idea del desafortunado dicho “amores reñidos son los más queridos”, con lo que de sumisión de la mujer lleva aparejado. 

Todas las historias son cuentos de hadas llevados a lo cotidiano: un amor que surge en una pista de patinaje, en un encuentro fortuito en la calle, o de una cita concertada por intereses económicos del padre de la chica.

La protagonista suele adaptarse a su rol de género: Mari, en Amor en remojo, es poco inteligente, metepatas y complaciente; Berta, en>Berta se equivoca, ve como única salida a una situación de estrechez económica casarse. También se refleja a veces el lado oscuro de la estirpe de Eva: la mujer insatisfecha y ambiciosa, como vemos en Lolita, en Aquel piso con goterasan>, diciéndole a su prometido: “Si hemos de esperar a que asciendas, nos saldrán canas”; o puede dejar a su hombre por ser pacifista y no demostrar su hombría (En un país de fábula). El ideal de mujer nos lo resume Fermín en Nubes viajeras: “Usted es una de esas muchachas que lo reúnen todo: bonita, dulce, piadosa”.

Los hombres, protagonistas o no, suelen dejarnos frases sin desperdicio como el ripio que suelta un secundario ante una protagonista nada convencional, que es conductora de coches de carreras: “Bueno, una corredora que sabe cocinar así, se puede tolerar”; o Herbert, que deja claro lo importante para un hombre: “A nuestra edad, un hombre debe preocuparse, ante todo, de la anchura de sus hombros y de su resistencia”. Por último, el personaje masculino suele intentar zanjar los pleitos con “hombría”: “…si descubro quién es, le voy a romper las narices”.

El narrador a veces nos regala algunas perlas, como en el lapidario final de La ingenua: “Se casaron y fueron felices. Mucho, porque Bea fue una mujercita de su casa, como suele suceder siempre que una mujer se lo propone. FIN”.

En todas las historias la mujer siempre da su brazo a torcer: la protagonista puede trasladarse a Suecia con el hombre de tus sueños y siete personas a su cargo, si él se lo propone (en el Código Civil de 1958 se mantiene la facultad exclusiva del marido para fijar la residencia del matrimonio) y, por supuesto, en la mayoría, el amor −ese amor romántico mal entendido− implica sufrimiento: “No puedo vivir sin ti, Fernando” (Hoy como ayer).

Detrás de algunas de las historias podemos hacer una lectura de la posición social de la mujer española del momento: el trabajo de Lolita debe ser tan precario que no cuentan con él para comprarse el piso (Aquel piso con goteras), y hay que tener en cuenta que la mujer perdía su trabajo si se casaba (hasta 1961 no se elimina la obligatoriedad de la excedencia forzosa); una hija podía ser parte del negocio de su padre, que la casaba con el inversor, incluso sin su conocimiento (Amanecer en París); la mujer era quien hacía las tareas del hogar en exclusiva frente a los hermanos varones (Luis se ríe de su hermana Fina a quien Berta le baja los humos mandándola a fregar los platos, en Berta se equivoca).

Estas quince historietas para chicas de finales de los 50 e inicios de los 60 darían para escribir un libro. Como conclusión, podemos decir que estos atractivos ejemplares de “Rosas Blancas” ahondaban en los roles promovidos por el nacional-catolicismo: lo importante era casarse y formar una familia, aunque el hombre se permitía ciertas licencias.

Volviendo, para finalizar, a la historia de mi madre, hay que decir que es curioso que mi abuelo tirase al pozo los tebeos que mi madre escondía entre los libros leyendo a hurtadillas, por considerarlos subversivos. Ignoraba él que, desde aquellas páginas que nunca leyó, estaban dándole las mismas pautas que el padre de familia fomentaba: ser obediente con sus mayores y formar una familia como Dios mandaba.

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GLOBALIZACION

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Pocas ideas resultan más sugerentes y tienen más sentido, en su planteamiento teórico, que la globalización como verdadero motor de desarrollo mundial.

La apertura de mercados, el libre comercio y libre cambio no puede sino incrementar la prosperidad, de quienes participan, con el consiguiente crecimiento económico y de beneficios.

Que el comercio incrementa la riqueza, es un hecho sobradamente conocido, como también se sabe que esa riqueza justamente repartida se convierte en elemento fundamental del desarrollo humano.
Para que la globalización sirva precisamente a ese fin, convendría que, junto a la libertad de comercio, se globalizara la libertad y la democracia.

Bien, puesto que vivimos en un mundo en que la globalización se ha convertido en la idea que inspira el desarrollo del comercio internacional, cabría preguntarse si también se ha convertido en un factor de desarrollo humano.

Sorprendentemente, lo primero que observamos es que, en ningún momento, se ha intentado que la globalización, además de la economía, globalice la democracia, los derechos humanos, los derechos sindicales o la libertad.

El argumento de que el desarrollo económico llevaría aparejado el desarrollo social, político y de libertades, no ha podido quedar más en evidencia en poco tiempo.

China se ha convertido en la segunda economía del mundo fabricando productos a precios irrisorios con trabajadores a los que se les puede hacer trabajar durante jornadas extenuantes a cambio de salarios ridículos y sin ninguna garantía o derecho.

A nadie ha parecido importar que la democracia o las libertades no hayan avanzado un milímetro allí. Tampoco ha merecido consideración el hecho de que quien importa un producto fabricado con hambre y miseria, no solo importa el producto, sino que importa el hambre y la miseria con que está fabricado.

Si se importan zapatillas de deporte fabricadas en lamentables condiciones para los trabajadores, su bajo coste hará que las fabricadas en el país receptor no puedan competir. A medio plazo, la fábrica tendrá que cerrar dejando en paro a los trabajadores, con lo que el sufrimiento importado con las zapatillas acaba estando entre nosotros.

A la vez, se va generando la conciencia entre los propios trabajadores de que con nuestros salarios no podemos competir con los productos importados y que, si queremos mantener nuestros puestos de trabajo, más nos vale ir pensando en renunciar a posibles aumentos y a más de un derecho de los que veníamos disfrutando. No hay que ser un agudo observador para percatarse de que de esta forma queda importada la falta de derechos y los salarios ridículos con los que las zapatillas de deporte se fabricaron en origen.

La globalización exclusivamente económica, en la que se excluya la globalización de la democracia, la libertad, los derechos sindicales y la justicia, se convierte en un instrumento de las élites mundiales para transformar la sociedad de forma que, la imposibilidad de competir con productos fabricados con trabajo prácticamente esclavo, haga que nuestras fábricas cierren, crezca el paro y los trabajadores estén dispuestos a trabajar en cualquier condición y por cualquier salario, fomentándose así la desigualdad, cono instrumento para perpetuarse en la continua acumulación de riqueza sin redistribución posible.

Quizá convendría meditar si una globalización exclusivamente económica no está globalizando el deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores, cuando no directamente la miseria, y si no deberíamos apoyar una globalización que además de económica fuese de derechos humanos, de libertades, de derechos sociales, de democracia, de libertad y de justicia, como instrumento del mayor desarrollo humano que pudiéramos conocer en la Historia.

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AMANTINA Y OLIMPIA COBOS | LA FUERZA DE LA PLUMA

Por: Lourdes Páez Morales


A Pilar Alcalá, Presidenta de Noches del Baratillo

“Mis ideas son mías” −declaraba Amantina Cobos Losúa, llevándose el dedo índice a la frente, a un periodista de la revista Estampa el 25 de febrero de 1930. La entrevista se hacía eco de la inminente materialización del Ateneo Femenino de Sevilla, una institución de efímera existencia que sería capitaneada por esta poeta sevillana.

Patrocinio Amancia Cobos −nombre real de Amantina, que figura en el primer escalafón del Magisterio nacional primario, publicado en 1933 por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes− había nacido en León, pero residió la mayor parte de su vida en la ciudad de Sevilla: en 1909 en el número 3 de la Plaza de Alfonso XIII y a partir de 1910 en el número 9 de la Calle Santa Clara, como afirma Carmen Ramírez Gómez en su obra Mujeres escritoras en la prensa andaluza del siglo XX (1900-1950). Era, como muchas mujeres intelectuales de su tiempo, maestra de primera enseñanza, porque durante más de un siglo las mujeres que querían continuar formándose más allá del bachiller, vieron en la Escuela Normal de Magisterio la casi única vía de escape a sus aspiraciones educativas.

Era maestra también, como ella, su hermana, Olimpia Cobos, que además era licenciada en Filosofía y Letras, y una eminente ensayista en defensa del feminismo. Suyas son estas palabras, recogidas dos años después de su prematuro fallecimiento en 1919, y que no dejan lugar a dudas de su altura de miras y la fuerza de su pluma:

¿Retrato de Olimpia Cobos? Por Manuel Villalobos Díaz. Hacia 1921. Foto: Museo de Bellas Artes de Sevilla. Pepe Morón.

Es el feminismo la aspiración que debe tener toda mujer a conseguir una personalidad definida, y sin dejar de ser mujer, o sea dentro de la feminidad propia de su sexo, demostrar que al constituir la mitad de la humana sociedad tiene derecho a tomar una parte activa en todo aquello que al mejoramiento social se refiere, dejando de representar ese ridículo papel de figura decorativa que le está asignado y que los atavismos, las costumbres, la indolencia y la abulia le impiden cambiar por otro más digno, más útil y más humano, que redunde en beneficio para sí, para la familia y para la patria. Mas para esto necesita estar capacitada física, moral e intelectualmente, puesto que de no ser así su intervención conduciría al fracaso.

Fue en 1920 cuando Amantina recopila todas las obras literarias de su hermana Olimpia, fallecida en el Colegio de Santa Victoria de Córdoba, ciudad donde ejercía su labor como maestra en la Escuela Superior de Magisterio. Bajo el título Reino de ensueño, sale a la luz el volumen de su obra, como recoge el Diario de Córdoba, periódico del que había sido colaboradora hasta su repentino fallecimiento, con una portada alegórica y modernista, diseñada por su cuñado, esposo de Amantina, el pintor sevillano Manuel Villalobos Díaz. Es un conjunto de fragmentarias piezas literarias que van desde artículos a conferencias sobre sociología o arte, pasando por cuentos y otras narraciones sobre sus excursiones que dan a conocer el universo erudito de Olimpia Cobos. La participación en esta obra de las firmas de Alejandro Guichot, Fernando de los Ríos o la poeta sevillana María Tixe de Isern, nos dan una idea de la relevancia de su figura en la sociedad del momento. No en vano pertenecía a diversas corporaciones científicas cordobesas, como la Sociedad de Arqueología y Excursiones, o la Asociación a Monumentos y Lugares Históricos.

Sabemos de sus firmes convicciones religiosas por algunas noticias, como la recaudación de donativos para las obras de la Basílica de Alba de Tormes (Salamanca) donde reposan los restos de Santa Teresa de Jesús, o por las reflexiones vertidas en sus artículos del Diario de Córdoba, una de las cuales, sobre las bibliotecas populares y las bibliotecas al aire libre, publicada el lunes 20 de mayo de 1918, donde manifiesta además su profundo amor por la cultura, y de la que pasamos a transcribir el fragmento final:

Anaquel de la Glorieta de Cervantes. Parque de María Luisa, Sevilla

Existe en Sevilla un lugar de ensueño que se llama la Plaza de América; en este sitio han surgido, en medio de jardines encantados, palacios maravillosos, semejantes a los descritos en los cuentos orientales, debidos al genio de un hombre tan sabio como modesto, el famoso arquitecto Aníbal González, cuyo talento y mérito extraordinario le dan puesto preeminente entre los hijos más ilustres de Sevilla.

En este encantador recinto hay un jardincito, en cuyos bancos, formados de azulejos, se ven los principales pasajes de las aventuras del famoso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Ese jardín es el de Cervantes, cuyo busto en cerámica y una estatua ecuestre de don Quijote, caballero en Rocinante, decoran el lugar; pero no es esto lo que llama la atención del paseante, sino una especie de hornacinas con estantes, hechas de cerámica sevillana, y que contienen las obras del Manco de Lepanto. Y, la tarde de un domingo primaveral cuando los jardines estaban cuajados de flores y el ambiente saturado de azahar, quedé agradablemente sorprendida al ver el Jardín de Cervantes lleno de gentes; obreros de manos limpias y honradamente curtidas por el trabajo, estudiantes, caballeros, casi todos tenían en la mano un libro, ya era el Quijote, ya las novelas ejemplares, quien Persiles y Sigismunda, quien La Galatea. 

Todos leían con interés; los estantes estaban vacíos, y era de suponer que los que no tenían libro esperaban poder conseguirlo.

Y al contemplar el cuadro simpático y atrayente que formaban los lectores cervantinos, su corrección y comedimiento, pensé que después que la religión no hay lazo que más una y hermane a los hombres que la cultura.

El surgimiento de mujeres articulistas en la prensa, como Olimpia o Amantina, intenta superar ese veto que habían sufrido las generaciones anteriores a ellas, viéndose restringidas a publicar en los periódicos solo poemas, que a veces eran mordazmente criticados y ridiculizados por sus compañeros de profesión. Ambas hermanas, fundamentalmente Olimpia, escribieron en prensa sobre los más diversos temas, haciéndose eco de la actualidad social arrojando sus opiniones personales en torno, por ejemplo, a una crisis en el sector de la minería ocasionada por una huelga obrera en las Minas de Riotinto.

Noticia de la Revista Estampa. 25/02/1930

Amantina, aunque enormemente polifacética, focalizó su actividad en la investigación histórica, publicando, por ejemplo, el ensayo titulado Apuntes históricos de San Juan de Aznalfarache, de 1927. Su afán recopilatorio de espíritu historiador le lleva, como hemos visto, a reunir, como homenaje por su fallecimiento, todas las publicaciones realizadas por su hermana, y también a recuperar la memoria de mujeres pioneras de la cultura, en el aplaudido libro Mujeres célebres sevillanas, de 1917, prologado por Luis Montoto, en que aportaba nuevos datos, entre otras, a la biografía de Mercedes de Velilla. Incansable defensora de la educación femenina, la vemos participando en 1919 en un mitin procultura, o, como también hemos visto, fundando el infortunado Ateneo Femenino de Sevilla. No le faltaron reconocimientos del mundo académico, siendo nombrada miembro de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias y Artes de Cádiz, así como del literario, recibiendo el homenaje en 1955 de la Institución literaria decana de Sevilla Noches del Baratillo.

Para terminar, es necesario apuntar que ambas mujeres, Amantina y Olimpia, fueron pintadas por Manuel Villalobos, y sus retratos quedaron un día guardados en los peines de los almacenes del Museo de Bellas Artes de Sevilla. La falta de documentación aportada por quien los donó a la institución en 1961 hace que hoy no podamos discernir cuál es Amantina y cuál el retrato de Olimpia que Villalobos presentó a la Exposición de Bellas Artes de Sevilla en 1921. De nuestra labor investigadora depende volver a ponerle rostro cierto −fundamentalmente a Olimpia, de la que no conocemos la existencia de fotografías en prensa, como sí las hay de una madura Amantina− a estas dos mujeres letraheridas de cuyo nombre, parafraseando a Cervantes, pocos se acuerdan ya.


FUENTES:

http://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es

http://prensahistorica.mcu.es

Lourdes Páez Morales. De mujeres, museos y redes sociales. Porque museo viene de musa. Actas del VII Congreso Internacional Investigación y Género. Universidad de Sevilla. 2018.

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LA PRINCESA INSATISFECHA

Manuel Valero Yañez


Dicen que en un castillo lejano, en un lugar desconocido, había una Princesa que en tiempos lució manifiestas hermosuras, de las que solo disfrutó su soberano Señor.

Pero las bellezas sin par que poseía la bonita Princesa contenían un mar de ardores y deseos ocultos, regado por ríos inagotables de amor y pasión.

Aunque los calendarios volaron de su vida no por ello lograron ajar su beldad, de modo que juvenil y atractiva permanecía, con un enjambre de mariposas en su interior, que se alborotaban en cualquier ocasión de cruzarse con pajes apuestos por la mansión, o a la vista de varonil visitante hospedado en el castillo de su Soberano Señor.

Encadenada por lazos afectivos a su en otro tiempo tan amado Principe, aquel amor, de tanta usanza, con el tiempo deshojado se quedó, pues las íntimas fantasias desbordadas de la Princesa, en verdad, con su soberano Señor plenamente nunca satisfació.

Por eso, en su interior bullía un volcán de lava caudalosa de sueños ardientes de amor, con erupciones secretas que su mente reservaba para un guapo Principe, digno de su inédito ardor.

En sus momentos solitarios, recluída en oscura estancia, clandestina oteaba, desde su ventana entornada, recios caballeros que por el campo pasaban, a los que dedicaba arcoiris de goces, disfrutados en la penumbra de su aburrida y monótona habitación.

Hubo veces que, siendo irresistible su tentación, a algún visitante sus discretos tejos tiraba; escarceos realizados de quiero y no puedo que a la Princesa dejaban en peor situación de deseos, sólo calmados en el secreto de las cuatro paredes de su silenciosa habitación.

La Princesa apenada, golpeada por los días, en sus reconcomios se dolía de cómo desplegar sus alas plegadas, y volar y volar en un inmenso cielo de fogosos y locos amores, e inmolarse en una pira ardiente hasta convertirse en cenizas de amor con su Príncipe tantas veces imaginado.

Así volaron sus días habiendo ignorado el sabio dicho de que » la ocasión la pintan calva», refrán que anima a vivir proclive y diligente a los caprichos de lo inesperado, más se dice que debió hacerse adepta a la vulgar expresión de «a falta de pan, buenas son tortas», porque se sabe que un día aquella Princesa insatisfecha mostraba gran felicidad cuando el tosco caballerizo de su soberano Señor la enjaezaba su corcel y la acompañaba en sus dilatadas cabalgaduras por los espesos bosques de la región, aunque de sobra es sabido que de los cuentos de Princesas y Principes nunca se puede afirmar lo que es realidad o ficción…

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DORSAL 261

Por: Lourdes Páez Morales


261. Ese fue el número de dorsal que le fue asignado a Katherine Virginia Switzer en aquella maratón de Boston de 1967 en la que, a pesar de la prohibición expresa de la participación femenina, decidió inscribirse. En la lista de corredores de aquel año aparecía su nombre como “K. V. Switzer”, en representación del club atlético Syracuse Harriers, lo que permitió que nadie sospechase nada.

La Maratón de Boston, considerada la carrera con la distancia propia de una maratón más antigua del mundo, es la más importante de Estados Unidos y figura entre las seis Worl Marathon Majors (Tokyo, el propio Boston, Londres, Berlín, Chicago y Nueva York). En su dilatada historia, que arranca en 1897, ha habido capítulos muy diversos, como la falsa victoria de la corredora Rosie Ruiz, que se incorporó a poca distancia de la meta; la prohibición de participar, en 1951, a los corredores coreanos, coincidiendo con la Guerra de Corea; o los desgraciados atentados de 2013, en que resultaron muertos tres espectadores.

La carrera ha ido ganando notoriedad, abriendo cada edición las noticias deportivas, pero sin duda uno de los episodios más famosos ocurridos en ella fue el que sucedió aquel 19 de abril de 1967, cuando una mujer decidió contravenir las normas, visibilizando, sin pretenderlo a priori, la discriminación que sufrían las mujeres en el deporte por no ser consideradas capaces de correr una maratón.

Katherine V. Switzer

Por aquella época Katherine V. Switzer cursaba estudios de Periodismo en la Universidad de Siracusa. Arnie Briggs, cartero y director del equipo de cross de la universidad, decidió aceptarla en el grupo por el entusiasmo que Switzer mostraba por esta modalidad deportiva, y a pesar de que en ese momento se pensaba que una mujer solo podía alcanzar 2,4 km de distancia, Kathy superó esa distancia y mucho más, llegando a hacer en los primeros entrenamientos 15 kilómetros al día.

Briggs fue también el culpable de que se inscribiera en la maratón de Boston. Había participado en quince ediciones, y juntos soñaron que era posible cambiar la historia. Katherine había leído que otra mujer, Roberta Gibb, había logrado completar la prueba el año anterior, saliendo de entre los arbustos y confundida entre la multitud de la línea de inicio de la carrera.

Y es que la primera mujer de la historia en correr la maratón de Boston completa no fue Switzer, sino Gibb, que en 1966, sin dorsal, había recorrido las calles de la ciudad con un bañador y unas bermudas de su hermano, ante la mirada atónita del público, que la veía más como una anécdota que como una realidad. Los jueces, conscientes de su presencia, hacían la vista gorda a los espontáneos —también a ella— dado que no participaban oficialmente, ni influían en la clasificación final. Así que la dejaron correr. Las noticias del Sports Illustrated se hicieron eco de su hazaña, que no se vio entonces como una amenaza.

19 Apr 1966 — Roberta Bingay — Image by © Bettmann/CORBIS

Roberta Gibb, a la que llamaban Bobbi, había asistido años antes con sus padres a la maratón y se había impuesto a sí misma desde aquel día el reto de conseguir correrla. No tenía entrenador, pero sí muchas ganas y una gran resistencia física, y, aunque se preparó para la de 1965, dos esguinces en los tobillos le impidieron participar en ella. Fue en 1966 cuando escribió a la Boston Athletic Association para inscribirse oficialmente en la carrera, pero la respuesta fue demoledora: las mujeres no estaban preparadas para correr 42 kilómetros, y además apelaban al cumplimiento de las normas impuestas por la Amateurs Athletic Union, que prohibía a las mujeres correr carreras superiores a la milla y media (2,4 km).

La negativa no le importó. Pasó cuatro días en autobús hasta llegar a la ciudad, y se calzó por primera vez las Adidas de niño de la talla 38 que se había comprado días antes. Se escondió tras la capucha de una sudadera, y se confundió entre los otros corredores. El calor asfixiante de aquella jornada le hizo desprenderse de la sudadera, y su melena rubia quedó al descubierto. Las radios que retransmitían la carrera comenzaron a hablar de aquella joven corredora, y la expectación por verla fue máxima. Cruzó la meta en el puesto 124 de los 450 que culminaron los 42,195 km, y el gobernador de la ciudad le estrechó la mano. Ella declaró a los medios que no veía razón para que hombres y mujeres no corrieran juntos.

La hazaña de Gibb quedó ensombrecida al año siguiente, 1967, por unas imágenes que dieron la vuelta al mundo. En ellas, uno de los responsables de la carrera, Jock Semple, se abalanza sobre Katherine Switzer, que lleva en el pecho su dorsal 261. En la secuencia de fotografías se ve cómo la corredora es defendida por su novio, Tom Miller, que logra retirar a Semple de la trayectoria de Katherine, y su entrenador, Arnie Briggs, que le animó a seguir corriendo. Switzer pudo completar la prueba, pero fue descalificada por cuatro motivos: competir en una prueba masculina, completar una distancia prohibida a una mujer, haber hecho una inscripción ilegal y no ir acompañada. A pesar de ello, Switzer se convertía en la primera mujer en terminar oficialmente una maratón. Aquel año Bobbi Gibb entró sin incidentes en la meta una hora antes que Switzer, pero sin dorsal.

Curiosamente Jock Semple y Switzer volvieron a encontrarse en algunas ocasiones más, incluso Katherine fue al entierro de aquel hombre que había pretendido impedir su sueño en 1967 gritándole: «Fuera de mi carrera, y devuélveme esos dorsales».

El caso es que más allá del icónico dorsal 261 de Switzer, los de Gibb, primera mujer en completar la prueba, y algunos otros nombres que se barajan como antecesoras de ambas, como el de Violet Percy, que terminó la maratón de Londres en 1926, o la francesa Marie-Louise Ledru, que corrió el Tour du Paris Marathon en 1918, deben escribirse en la memoria de todos por su lucha por la igualdad.

Las mujeres fueron admitidas en la Maratón de Boston en 1972. Hasta 1996 la organización no reconoció oficialmente como ganadoras a aquellas corredoras no oficiales que habían participado desde 1966 a 1971.

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ROMANTICISMO EN LA ERA DEL ALGORITMO

Por: Sergio García Moñibas


Me asomo a la vertiginosa treintena con un espíritu avejentado. Vivo, como tú, que me lees ahora, en pleno 2019 y, como quizá os pase a muchos, soy de los que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor. La nueva matraca: el abuelo cebolleta en la era del teléfono inteligente. En ocasiones nos pasamos, sí. Somos unos románticos, mostramos una sentimentalidad excesiva hacia lo que vivimos, hacia la manera en que crecimos. Nosotros maduramos a base de pelarnos las rodillas en las canchas y de beber a morro de esas fuentes oxidadas de los parques. Imposible olvidar el sabor del cobre.

Desprecintamos la mejor época del rap –perdonad, los que no os guste este estilo–, esa de la ropa ancha, las voces desnudas, los bombos y la defensa de unos principios de solidaridad y de clase. Hoy, todo esto ha sido insonorizado por el Autotune y las repetitivas odas a la fama, al dinero y a las drogas. Aquí me reafirmo: cualquier pasado fue mejor; aunque una vez escuché que, en cuanto a estética musical, los cánones que nos atraen los marcan nuestros primeros 20-25 años. Yo ya me he estrellado contra esa barrera, así que viviré cabreado de aquí a que pida la cuenta.

Todavía recuerdo mis primeros cedés de rap, esa poesía enfadada que tantas mentes liberó. Era un mundo que olía a nuevo, nos sentíamos colonizadores de un estilo musical yermo. Y ahí estábamos: sentados en el sofá, escuchado en la minicadena lo que leíamos en el libreto. Esos tiempos, también, fueron un acercamiento a la poesía. Canciones de cinco o seis minutos. Ahora, a los artistas se les pide un máximo de unos 180 segundos. Comprobad vuestras listas de reproducción.

Y si el primer acercamiento a la poesía fue con el rap, los cómics nos llevaron en volandas a la literatura. En casa no sobraba mucho el dinero, así que los días que alguien entraba con un cómic nuevo eran fiesta nacional en nuestra pequeña patria. Lo celebrábamos escudriñando la portada en busca de todos los detalles y bebiéndonos el olor a tinta. Cuando llegábamos a la última página una sensación grisácea nos imbuía, una especie de soledad. Era como si los personajes nos hubiesen abandonado a nuestra suerte, en plena pubertad. Una traición. A saber cuándo sería la próxima vez que mamá o papá traían un cómic a casa. A saber cuándo volvíamos a descorchar champán.

Con los años, y siempre gracias al búnker familiar, cambiamos los cómics por los periódicos. El olor a lo que años más tarde iba a estudiar bañaba la casa a primera hora. Me relajaba escuchando las hojas y doblando en perfecta armonía las páginas para que no quedasen alborotadas. Manías, me dicen aún; qué sabrán ellos. Esa obra merecía un respeto y una ceremonia que aún mantenemos los románticos, los que preferimos leer en un papel antes que en cualquier pantalla. Que no despreciamos los píxeles, es inútil oponerse e iniciar la rebelión contra las pantallas; simplemente, gustamos de quejarnos.

Lo mismo ocurre con las series de televisión. Hace trece o catorce años esperábamos un día de la semana en concreto para ver el último capítulo, con la jodienda de tener que aguantar los anuncios, eso sí. Hoy tenemos Netflix y nos atiborramos a series sin hacer la digestión. Acabas de ver un capítulo y en cinco segundos ya tienes el siguiente. ¿Cómo voy a decir que no, yo, que he tenido que esperar una semana entera para ver algún desenlace? Y cuando terminas esa serie, Netflix te recomienda otra. Y luego, otra; y, más tarde, una película, porque Netflix sabe que te gustará. Y me jode reconocerlo, pero acierta. Los algoritmos me conocen mejor que yo, pero es una actividad tan frenética que ya no disfrutamos del gusto de repasar el capítulo al día siguiente con los amigos. Tenemos más horas de entretenimiento que nunca y podemos acceder a ellas en cualquier momento y desde cualquier dispositivo. Pero ¿no será demasiada cantidad? ¿No estaremos perdiendo el gusto por la calidad y simplemente buscamos saciar la tenia que muchos llevamos dentro?

En definitiva, me gustaría no sonar como un octogenario peleado con las nuevas tecnologías, un conspiranoico con sombrero de papel de plata. El progreso es maravilloso y, nos guste o no, es imposible permanecer al margen. Pero sí que siento cierta nostalgia por aquellos momentos de felicidad íntima y sin algoritmos capaces de reproducir una canción según nuestro estado de ánimo.

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TRE POESIE DI NICOLA FOTI

Di Nicola Foti


MATTINA SENZA FRETTA

Mattina senza fretta
Restiamo
Nell’immota lentezza
Soppesiamo il silenzio
Fuori, la corsa vana
Dentro, il nostro
Minuscolo universo
Che si scioglie in piacere
Di corpi che si uniscono
E s’impastano
Di umori densi
Fuori, sprazzi d’azzurro
Dentro, scie di dolcezza
Che sgorgano da orgasmi
Improvvisati
Se in questo v’è bellezza
È lo stupore di panni
Gettati alla rinfusa
Ai nostri piedi
Quando il tempo è fuggito
E la vita di fuori
Ti risucchia
Ma gli attimi d’eterno
Sono linfa preziosa
Dopo di noi, l’eclissi
Ritorneremo
Figure in movimento
Di un incomprensibile dovere
Ora giacciamo
Anime nude
Liquida gioia
Chiazze d’estasi

QUANDO RITORNERÒ

Quando ritornerò
Ad essere pensiero
Esile stato d’animo
Un soffio impercettibile
Sarò con te
Forse lo avvertirai
Come un batter di ciglia
Un poco più di nulla
Dove si curva il mare
E il cielo rosso annega
La quiete delle onde
Cela correnti aspre
L’eterno incontro e scontro
Sotto il pelo dell’acqua
Nasconderà energia
Che fu in me
Quando l’onda si scaglia
E sonora si frange
Tra gli spruzzi iridei
Sarà forza ed orgasmo
E frizzerà la schiuma
E si ritirerà
Ritrascinandosi indietro
Bagnati sentimenti
Come piccoli ciottoli
Come sottil dolore
In fondo a gioia pura
Perché niente rimane
Se non questo pensiero
E il brivido improvviso
Che ti sveltisce il battito
Sarà la mia presenza
Polvere mia dispersa
Tra cielo e il blu profondo
Ritornerò elemento
Particella di mondo
Il verso
La parola
Il tepore
Un caldo raggio
D’infinito amore
Per te

SE I TUOI OCCHI PARLASSERO

Se i tuoi occhi parlassero
Basterebbe un tuo sguardo
A parlarmi d’amore
Ad uccidermi di silenzi
Se le tue mani vedessero
Felici perderebbero la luce
Cieche, strette
Nei nostri abbracci
Se la tua bocca ascoltasse
S’inebrierebbe della musica
Languida, sferzante melodia
Dei nostri insaziabili baci
Ma se il mio cuore toccasse il tuo cuore
E in lui entrasse
Sarebbe esplosione di vita
Tempesta d’amore urente
Quando la pelle si fa sottile
E brucia di desiderio
Sogno o realtà è lo stesso
Ti aspetto
Come dura pietra
Da tormenti corrosa
Nutrimento e rifugio darà
Al fiore più bello e superbo


Biografia dell’autore: 

Nicola Foti, nato e vissuto a Roma, compie studi classici al liceo Orazio, si laurea in Medicina in Radiodiagnostica e Scienza delle Immagini all’Università Cattolica. Da oltre ventisette anni lavora in ospetale al posto di dirigente medico radiologo, gran parte dei quali all’ospetale di Orvieto.

Spirito libero, eclettico, attratto da qualsiasi attività ed espressione artistica, viaggiatore appassionato… ed altro ancora.

Con Intermedia Edizioni ha già pubblicato nel corrente anno 2018, la silloge poetica “Vivere di Sbieco” e “La Penombra dell’anima”

A partire dal 2018 comincia ad essere una presenza assidua all’incontro poetico del caffè Gijón di Madrid.

Nel 2018 ha partecipato ad alcuni recitals, i principali dei  quali a Roma e a Madrid. Nell’anno corrente, a Roma, a Madrid e a Firenze.

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