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PALABRAS CON HISTORIA | LIBERTAD

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Define el diccionario la libertad como la facultad natural que tiene el hombre de elegir cómo obrar y ser responsable de sus actos. La define también como la condición de no ser esclavo o de no estar preso.

Poder actuar con arreglo a la propia voluntad forma parte de lo más esencial que distingue al ser humano. El hombre es el único ser vivo capaz de conocer las cosas del mundo que le rodea, y de ser consciente de ello. Ese conocimiento le lleva a tener criterio y a reflexionar sobre lo que es bueno o malo, lo que le conviene o no, y sobre lo que quiere o rechaza.

El hombre tiene, por tanto, capacidad de elegir cómo obrar en la búsqueda de su felicidad y en la defensa de sus intereses.

A la vez, el ser humano se distingue por su necesidad de vivir en grupo, de cooperar con otros seres humanos, formando con ellos comunidades en las que desarrolla sus sentimientos de identidad y pertenencia.

Estos otros hombres que forman parte de la comunidad también tienen los mismos anhelos de libertad, por lo que la actuación de cada cual, según propia voluntad, deberá realizarse respetando el derecho a ser libre de todos y cada uno. Por tanto, la libertad individual no puede ser ilimitada y debe llegar hasta donde legítimamente llega la libertad de los demás.

Las comunidades, por orden lógico de las cosas, tienden a organizarse políticamente para gestionar los asuntos que a todos interesan como son el orden, la convivencia, la administración de justicia, la economía, la defensa y todo aquello que es de interés público.

Una comunidad organizada políticamente se dota de un gobierno en el que recae el ejercicio de la autoridad y la posibilidad del uso de la fuerza en defensa del bien común.

Si, a lo largo de la historia, alguna civilización o cultura ha destacado por su deseo de vivir en libertad, ésta ha sido la occidental. Muchos siglos antes de Cristo, los griegos idearon un sistema con el que la “polis” se regía por la libre voluntad de sus ciudadanos expresada en asamblea. Este rarísimo sistema en un mundo primitivo regido por imperios teocráticos, en los que el líder era prácticamente un dios y todos se sometían a su voluntad, dio tal fuerza a sus seguidores que le permitió sobrevivir, aun con el sacrificio de la vida de sus mejores hombres, a los imperios orientales que pretendían acabar con ellos. La Batalla de las Termópilas, salvó al pequeño territorio griego de perecer y ser asimilado a Oriente, y con ello se salvó lo que luego sería Occidente y su cultura.

Son precisamente los valores morales, religiosos, políticos, éticos y de todo orden que compartimos como miembros de la cultura occidental, construida a lo largo de los últimos dos mil quinientos años y que ha dado los mejores frutos al mundo, los que definen aquello que somos. Y, si existe un valor, después del de la vida, que merece la pena defender, éste es el de la libertad. La libertad entendida en su verdadera acepción.

Sorprende que hoy en día, cuando la hegemonía la ha tenido el liberalismo, en los últimos dos siglos, sea precisamente la libertad un principio sometido a su peor crisis.

Se ha pretendido hacer creer a la mayoría que ser libre consiste en poder hacer lo que se quiera en cada momento, fomentando con ello una sociedad hedonista en la que prima la satisfacción inmediata de todo capricho, de las necesidades más básicas o de los placeres más burdos, sin reparar en que justamente ese es el camino más corto hacia la esclavitud moral.

Existen muchas definiciones de la libertad; personalmente yo prefiero la que en su momento nos dejó Montesquieu que dijo:

“Ser libre es poder hacer aquello que debemos hacer”.

Porque efectivamente, ser libre no consiste en hacer lo que se quiera, sino en querer lo que se hace.

La libertad consiste en la capacidad de poder elegir lo que es mejor y eso requiere conocimiento y voluntad; requiere conocer y querer.

La experiencia histórica nos demuestra que la libertad ha de conquistarse y que cuesta ingentes sacrificios tanto alcanzarla como conservarla.

El poder político, por su propia naturaleza, tiende a la tiranía, si no encuentra contrapesos adecuados dentro del mismo sistema.

Si el que obtiene el poder no encuentra límite alguno a su ejercicio, tenderá a ejercerlo despótica, dictatorial y cruelmente, porque tratará de hacerlo a su conveniencia, intentará perpetuarse en su ejercicio y terminará apropiándose, en su propio provecho, de las riquezas que a todos deberían beneficiar. Impondrá sobre el pueblo su voluntad por la fuerza, y la libertad personal de los ciudadanos pasará a ser una quimera.

Convendría que quienes vivimos en países que gozan de libertad, aprendiéramos a valorarla, a defenderla, y a tener un concepto claro de lo que verdaderamente significa.

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PALABRAS CON HISTORIA | DERECHOS HUMANOS

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


En el año 1550, ocurrió algo que jamás había sucedido en la Historia y que nunca en el futuro volvería a repetirse y es que el emperador Carlos V, el hombre más poderoso del mundo, estando en la cumbre de su poder, tomó la decisión de suspender las conquistas en América hasta tener la certidumbre de que obraba en justicia.

Nunca una potencia imperial se había planteado la colonización y la conquista como un imperativo de orden moral.

Para analizar el asunto se reunió una junta en Valladolid, y las discusiones adquirieron la mayor importancia, porque de la polémica teológica y jurídica surgirá una idea nueva por completo e inédita, hasta ese momento, que fue la concepción moderna de los derechos humanos. Aquellos debates intelectuales fueron conocidos como la Controversia de Valladolid.

Lo que se planteaba era si España tenía derecho a conquistar las Indias. No era un debate nuevo, pues desde el Descubrimiento hubo un cuestionamiento permanente sobre la justicia de la Conquista de América.

Carece por completo de sentido que analicemos el asunto con criterios del siglo XXI. Resulta imprescindible que tratemos de situarnos en la mentalidad de los hombres del siglo XVI y estudiemos la cuestión en base a los criterios comúnmente aceptados en la época, si pretendemos tener un enfoque mínimamente riguroso.

Conviene tener presente que, a nadie hasta entonces, se le había pasado por la cabeza que un pueblo conquistado pudiera tener derecho alguno, y mucho menos que los individuos pertenecientes a pueblos no cristianos, considerados salvajes y, por tanto, inferiores, pudiesen ser considerados como seres humanos o que fuesen acreedores a ningún respeto.

A comienzos del siglo XVI, el derecho de conquista se basaba en tres fuentes generalmente aceptadas y que nadie discutía: El Derecho Romano, para el que el descubrimiento y ocupación de un territorio, usucapión, era título suficiente para ejercer un pleno dominio con legitimidad; el Derecho Medieval, para el que los no cristianos carecían de personalidad jurídica y, por tanto, no podían ser sujetos de derecho; y el Derecho Pontificio, basado en considerar al Papa como la principal autoridad para los cristianos y suprema jurisdicción en el ámbito internacional, toda vez que la Santa Sede podía otorgar derecho de conquista a un rey. Cuando España llega a América, lo hace con todos esos títulos, por lo que no cabe sino concluir que la Conquista era estrictamente legal.

El Papa había prescrito que los españoles debían evangelizar y convertir a los infieles, conversión que los transformaba en sujetos de derecho. Además, la reina Isabel, en vida, obligó, y en su testamento dejó escrito que los indios deberían ser bien tratados, mandato que se fue incorporando a toda normativa posterior como fue el caso de las Leyes de Indias. Se produjo entonces una contradicción entre el imperativo de evangelización y la práctica que se llevaba a cabo según los viejos principios de ocupación y dominio.

En 1511, en La Española, el fraile dominico, Antón de Montesinos dirigió un sermón sin concesiones, ante las máximas autoridades y personas más influyentes de la isla, en el que denunció las crueldades de la conquista. La repercusión fue de tal grado que dio lugar a la redacción de las Leyes de Burgos de 1512 que elevaron la protección de los indios. La polémica no cesó durante años y se incrementó cuando el dominico Bartolomé de las Casas alzó la voz en su defensa, que fue apoyada por el obispo de México, Juan de Zumárraga, que puso en cuestión tanto la conversión de los indígenas como la propia presencia española en América. Pero también se alzaron voces en sentido contrario. El gran humanista Juan Ginés de Sepúlveda, dominico también y consejero de Carlos I, basándose en la opinión de Aristóteles, defendió que los pueblos de civilización superior tienen derecho a dominar y tutelar a los de civilización inferior, siendo justo que los españoles dominen a los indios para sacarlos de la idolatría y la antropofagia, mediante su evangelización, como medio de liberarlos y elevar su forma de vida. Al emperador preocupó mucho esta cuestión y se tomó tan en serio el problema que, de no resolverse, estaba por abandonar las Indias. Es entonces cuando somete la cuestión a uno de los sabios más reputados de Europa: Francisco de Vitoria.

Vitoria es una de las grandes figuras, uno de los más grandes pensadores de nuestra historia, y el intelectual más influyente de su tiempo. Tras cursar estudios de artes y teología en la Universidad de París, obtuvo la cátedra de teología en la Universidad de Salamanca, que por entonces era la cumbre de la cultura europea en el Renacimiento. Introdujo en Salamanca la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino, que desde allí se proyectó a toda Europa. En torno a él se creó la llamada Escuela de Salamanca, que generó una reflexión moral completamente nueva sobre la economía. Se convirtió en el fundador del Derecho Internacional moderno al concebir el mundo como una comunidad de pueblos organizada políticamente y basada en el derecho natural. Es él quien asienta la idea del derecho de gentes como antecedente del concepto moderno de los derechos humanos. Esta reflexión nace precisamente del examen que realiza sobre la conquista americana y los derechos de los indios a requerimiento del emperador.

En respuesta a su señor, Francisco de Vitoria sostuvo que el orden natural se basa en la circulación libre de personas, siendo justo que los españoles hayan cruzado el mar. Ahora bien, los indios, lejos de ser seres inferiores, poseen los mismos derechos que los demás hombres y son dueños de sus vidas y de sus tierras. Los españoles tienen el derecho y el deber de evangelizarlos porque su conversión a la fe es derecho de los indios, a los que se debe garantizar el conocimiento del Evangelio y su salvación.

Téngase en cuenta que este planteamiento no resulta una obviedad, pues, en aquel tiempo, la forma de actuar consistía en realizar un requerimiento por parte del conquistador, que, si no era atendido, daba lugar a la guerra, si los indios se negaban a la conversión.

Vitoria sostiene que estos tienen derecho a entender lo que se les plantea y debe respetarse lo que él llama “derecho de comunicación”, sin el cual no se puede invocar la evangelización.

Sobre esta base, Vitoria informa a Carlos I de que los españoles pueden actuar en las Indias, pero solo conforme a siete justos títulos. Primer título: los mares son libres y los recursos naturales sin dueño son comunes, pueden ser tomados y solo si los indios vetaran este derecho sería justo hacerles la guerra. Segundo título: todos los cristianos tienen derecho a propagar el Evangelio en los términos que el Papa establezca. Tercer título: Si los jefes de los indios convertidos al cristianismo les obligan a volver a la idolatría, entonces es justo hacerles la guerra. Cuarto título: si los indios se han convertido y sus jefes siguen siendo infieles, es lícito poner en su lugar a un jefe cristiano. Quinto título: los españoles pueden acudir en defensa de las víctimas de gobiernos tiránicos y crueles. Sexto título: los indios tienen que ser libres de aceptar la soberanía de España, y si lo hacen, el dominio español es legítimo. Séptimo título: los españoles pueden ayudar y socorrer a sus amigos y aliados indios en sus guerras contra otros indios enemigos. Si la presencia española en América se planteara como una guerra de ocupación o una guerra de religión, entonces, sería injusta.

La conquista se moverá dentro de ese marco filosófico y moral, de modo que influirá inmediatamente en las Leyes Nuevas de Barcelona de 1542, pero su aplicación resultará muy difícil, por lo que Carlos I decide someter esta cuestión a una gran asamblea de sabios. Tan en serio se tomó este asunto que el Consejo de Indias, el 3 de julio de 1549, ordenó detener la conquista.

En agosto de 1550, se reúnen en Valladolid teólogos y juristas que son los mejores espíritus del reino, tal y como quiso el emperador. Allí estaban Domingo de Soto, teólogo en el concilio de Trento, Bartolomé de Carranza, Melchor Cano, todos dominicos, también Pedro de la Gasca, el primer pacificador del Perú, junto a los jurisconsultos del Consejo de Indias, Bartolomé de las Casas, y Juan Ginés de Sepúlveda. Participaron también Francisco Suarez y Luis Molina. Francisco de Vitoria había muerto, pero muchos de sus argumentos estuvieron presentes.

Dos posiciones se manifestaron claramente desde el principio: la de las Casas, favorable a los indios y la de Sepúlveda que defendía el derecho imperial. De Las Casas dejaba ya entrever su fanatismo y exageración de los hechos, lo que distorsionaba la realidad.  Sepúlveda, era tenido por una de las más aceradas mentes y lenguas de su generación, consejero de príncipes y papas, era un típico humanista de su tiempo, un intelectual de primer nivel, no tan fanático como Las Casas, y estaba sinceramente convencido de que la conquista era justa.

Las reuniones duraron hasta 1551, dejando las cosas en lo que podemos calificar como un empate, porque los teólogos se inclinaron hacia la postura de Las Casas y los juristas apoyaron la postura de Sepúlveda. El tribunal empató en la votación, así que no hubo una sentencia oficial, pero sí se emitieron varios informes que influyeron decisivamente.

Para empezar, España no abandonó las Indias. Una vez más se siguió la guía de Francisco de Vitoria que había dicho que una vez que se habían convertido un gran número de indígenas al cristianismo, no era ni conveniente ni lícito abandonar la administración de aquellas provincias.

Se mantuvo el dominio español tal y como proponía Sepúlveda, pero se reconoció que los indios eran personas con derechos propios y se suspendió la penetración en el continente hasta 1556, y se hizo siguiendo instrucciones precisas de evitar daño a los indios, y ya no se habló de conquista, sino de pacificación.

La trascendencia de la Controversia de Valladolid se encuentra en el hecho de que por primera vez en la historia de la humanidad, reyes, teólogos y juristas se plantearon la cuestión de los derechos fundamentales de los hombres, existentes por sí mismos antes y con independencia de que estuvieran recogidos, o no, por la ley positiva. Con ello, había nacido el concepto de derechos humanos.

Sorprende la libertad de expresión con la que pudieron manifestarse, a mediados del siglo XVI, cuantos actuaron en Valladolid, cuando una libertad semejante no fue admitida en Gran Bretaña, hasta bien entrado el siglo XIX, y tardó más en la Alemania gobernada por Bismarck.

La grandeza moral de todo el planteamiento y el grado de civilización que deja entrever el solo hecho de someterlo a debate es difícil de medir. Otras naciones genocidas, crueles y codiciosas han tenido la desfachatez de acusarnos a nosotros de semejantes perversiones que, en la práctica, tanto cultivaron y de las que con tanto éxito nos acusaron, pero lo cierto es que, por lo que se refiere a los españoles, nuestro comportamiento en general, considerado en todos sus aspectos, no puede decirse que fuera el propio de seres crueles y codiciosos, guiados solo por un ciego ánimo de dominación sin escrúpulos y sin otro fin que saquear la riqueza ajena. La Controversia de Valladolid es un ejemplo claro y prueba de ello.

Merece la pena recordar que, en el ámbito del protestantismo, en ningún momento se sintió interés, ni religioso, ni cultural por los indios. El concepto calvinista de predestinación, por el que solo se salva un número de justos previamente elegidos por Dios, impidió que siquiera se pensara en una incorporación en masa de los indios al cristianismo, y un racismo radical evitó cualquier mezcla de sangre.

Se hacen críticas normalmente infundadas a España, pero lo cierto es que nadie encontrará en la legislación británica o en las actas de su parlamento que se interese ni una sola vez sobre el trato debido a los indígenas en los territorios que iban conquistando en Norteamérica.

España fue la primera nación moderna, capaz de desarrollar sobre sí misma una autocrítica que es precisamente el rasgo más genuino de la modernidad, protagonizando un avance revolucionario en el desarrollo de la conciencia de la humanidad, basándose en principios morales y éticos que serían recogidos por otros y acabarían iluminando el pensamiento de toda Europa.

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PALABRAS CON HISTORIA | CRISIS

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Momento difícil de cambios significativos que ponen en peligro cualquier proceso, originando inestabilidad e incertidumbre sobre su desarrollo posterior.

Toda crisis se caracteriza por la existencia de elementos fundamentales que se excluyen mutuamente y que no pueden darse a la vez sin enfrentarse o destruirse entre sí, pero que se dan simultáneamente en un determinado momento.

Cada vez que hablamos, no del orden mundial, sino de un nuevo orden mundial, nos estamos refiriendo al orden resultante de una crisis recién superada o en curso.

Puesto que hablamos continuamente del nuevo orden mundial, cabe preguntarse si estamos viviendo una crisis. Y la respuesta ha de ser afirmativa. Es más, hay quien la califica como de crisis sin precedentes, aunque, si miramos con atención la Historia, es seguro que encontraremos alguna situación análoga. Veamos.

Roma llega a su cima a finales del s. II. El siglo III es el de la anarquía militar, con continuas guerras civiles, crisis económica, peste, devastación, hundimiento del comercio e inflación. Diocleciano, Constantino y la dinastía Valentiniana, hasta Teodosio, consiguieron poner orden en este caos, pero, a partir del año 376, las continuas invasiones bárbaras provocarán la definitiva caída el Imperio Romano de Occidente.

Los romanos que vivían a finales del siglo IV pensaban que Roma se proyectaban hacia el futuro sin límite, cuando en realidad no le quedaba más de setenta años de existencia. Eran incapaces de captar la dimensión de los cambios radicales producidos en su estructura, y las críticas contradicciones que desencadenarían su caída.

El triunfo del cristianismo supuso un avance en la moral individual, pero creó un fuerte conflicto dentro de las estructuras de poder del Imperio. Las guerras civiles del siglo III y la ampliación del ejército obligaron a contar con tropas bárbaras mercenarias que luego se instalaron con sus familias. La caída de población por las guerras y la peste favoreció el asentamiento de contingentes numerosos de bárbaros como agricultores. La desigualdad en la distribución la riqueza aumentó de tal modo que la élite lo poseía todo y el resto nada.

En el año 376, huyendo de los hunos, los visigodos solicitaron amparo, permiso para cruzar la frontera y tierras para labrar, a cambio de servir en el ejército imperial. Así, más de doscientos mil visigodos cruzaron el Danubio. Pronto, sin embargo, se rebelaron y derrotaron a Roma en la Batalla de Adrianópolis. A partir de entonces, fue imposible acabar con ellos. En el 410 Alarico saqueó Roma. En el año 406 el Rin se congeló y suevos, vándalos y alanos llegaron a instalarse en la Galia, Hispania y el norte de África. Desde allí, Genserico volvió a saquear Roma en el año 455, y en el 476, Odoacro depuso al último emperador romano, y Roma dejó de existir.

Cabe preguntarse si existe algún paralelismo con nuestra época, y quizá se pueda dar respuesta.

Europa dominaba el mundo a finales del siglo XIX y estaba en el cenit, como la Roma del siglo II bajo Marco Aurelio. Entre 1870, con la Guerra Franco-prusiana, y el final de la Segunda Guerra Mundial, Europa queda arrasada hasta los cimientos, como el Imperio romano en el siglo III. Tras 1945 se da un periodo de recuperación que es el que nosotros hemos vivido, en el que nos sentimos seguros y desde el que proyectamos nuestro futuro hacia la eternidad, tal y como hacían los romanos del siglo IV.  El laicismo y el pensamiento radical de izquierda se está imponiendo, transformando los fundamentos de nuestra cultura tradicional, tal y como ocurrió con el cristianismo en Roma. Los problemas demográficos los hemos solucionado con una inmigración que no se integra, tal y como ocurrió con la política de inmigración romana en el siglo III y IV. Y para que no falte de nada, nos queda sólo que autorizar a los bárbaros a cruzar el Danubio e instalarse dentro de nuestras fronteras. ¿Me puedes decir si no es eso precisamente lo pretende Ángela Merkel al conceder la residencia sin visado a los turcos, o legalizando la situación de cientos de miles de los inmigrantes llegados sin papeles, en otros países?

Medítenlo, creo que merece la pena, puede que nos vaya en ello nuestra supervivencia como miembros de lo que hasta hoy se ha conocido como cultura occidental, tal y como la Historia quiere enseñarnos y nosotros no queremos aprender.

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LA SOCIEDAD YA ESTABA ENFERMA

Por: Alberto Morate


Estamos viviendo unos tiempos difíciles, distintos, nunca experimentados hasta ahora. Nos hablan de contagios, de pandemia, de que no salgamos para no transmitir ni que nos traspasen un virus infecto que, encima, lleva puesta una corona, como si de un gran monarca tirano se tratase que nos persigue por no obedecerlo.

Pero, no nos estamos dando cuenta de que la sociedad, nuestra sociedad, ya estaba enferma de antes. Sí, con sus egoísmos, su egocentrismo, su poco cuidado por la naturaleza, sus intereses económicos del que se benefician solo unos cuantos, sus guerras veladas o reales, sus fronteras, la huida de los individuos de sus naciones a otras donde no les dejan entrar, la explotación de niños, el maltrato a las mujeres, el abuso de poder de políticos, empresarios e, incluso, cabezas de familia. Y en la sociedad, esa sociedad enferma y putrefacta, también están los que gobiernan. No nos engañemos. No me vengan ahora con dimisiones y que si hay errores, y que no están llevando bien la gestión de esta lucha porque, estuviera quien estuviera, lo harían mal. Véase sino, el signo de los diferentes países. Da igual. Y da igual, porque la sociedad ya estaba enferma y esos gobernantes forman parte de ella.

Es verdad que dentro de esa SOCIEDAD con mayúsculas hay individuos no contaminados. Esos sanitarios que se están dejando la vida, esos son los anticuerpos que necesitamos. Pero hay más. Obreros de toda condición que, en su día a día, a pesar de su precariedad laboral echan horas y horas y solo protestan en la intimidad, en familia. Esos profesores que cada lunes, cada semana, tienen que intentar inculcar conocimientos, cultura, educación a un alumnado que solo les llama la atención la fama y el dinero o, simplemente, pasan. Esas señoras, por lo general, abuelas, madres, que cuidan de su gente sin esperar nada a cambio, lo hacen porque les sale de dentro, porque no estaban de antes enfermas. O esos artistas de toda condición, escritores, poetas, intérpretes,… sí, a los que esta sociedad enferma les considera privilegiados porque hacen lo que les gusta cuando, realmente, muchos de ellos tienen que subsistir en medio de esa sociedad que no ve bien que te dediques a lo que mejor sabes hacer porque
consideran que no es productivo.

A todos esos, la sociedad enferma les impide respirar, los ahoga, los aprieta.

Lo que está enfermo es el conjunto, la mal llamada humanidad, que ya estaba contaminada desde que la historia es vieja.

No sé el remedio. No lo conozco. No tengo la fórmula del antivirus. Ojalá lo supiera.

Últimamente vengo leyendo que esto nos servirá para enmendar. Pero creo que dará igual si no cambiamos nuestra forma de ser. Si no hacemos que, realmente, la sociedad sane, en su conjunto, que ganemos la pelea, no a nivel individual y particular, sino como un solo cuerpo donde cada célula, nosotros, veamos la vida de otra manera.

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PALABRAS CON HISTORIA | ANIMALISMO

Palabras con Historia

Por: Marcos López Herrador


Quien busque una definición de este término en el diccionario, verá que es difícil de encontrar. En el diccionario de María Moliner encontramos la palabra “animalista”, que se define como defensor de los animales. Así que, por analogía, podríamos definir el animalismo como corriente de ideas que tienen como fin la defensa de los animales.

Nos encontramos pues ante un neologismo; una nueva palabra referida a las ideas sobre la relación del hombre con los animales.

En esencia, el animalismo es una tendencia ideológica de tipo igualitario que pretende colocar en posiciones de igualdad al hombre y al animal.

Se trata de un movimiento global formado por activistas, académicos, artistas y grupos organizados, que se oponen al uso de los animales para investigación, alimento, entretenimiento o aprovechamiento industrial de la lana, el cuero, pieles, etc. El objetivo general del movimiento no es otro que erradicar el antropocentrismo, como doctrina que sitúa al ser humano en el centro de la creación, que considera al hombre como medida de todas las cosas, y que lo sitúa en un orden jerárquico superior al resto de las especies.

Los animalistas son contrarios a la idea de que la naturaleza humana, su condición y su bienestar sean los únicos principios o elementos de juicio a tener en cuenta a la hora de evaluar la posición del resto de seres vivos y cuanto existe en el mundo. Hasta ahora, todo lo que existe se ha visto subordinado a los intereses y conveniencia de los seres humanos. Los animalistas quieren acabar con esta situación al considerarla injusta.

Son muy nobles los sentimientos de quienes se preocupan por el bienestar de los animales. El ser humano, por lo general, ama la naturaleza, a la vez que se sirve de ella. Esto es así desde el origen, y cada vez se produce de forma más civilizada.

Sorprende, sin embargo, que un asunto, que nuestra cultura tiene resuelto a través del compromiso de portarse con los animales como ha de hacerlo todo ser bien nacido, resurja ahora como si fuese necesario construir una doctrina nueva desde cero, y como si nunca hubiese existido una conciencia moral sobre ello.

Es una vez más, otra imposición de los que sostienen la cultura de lo políticamente correcto que, como siempre, expresan un propósito manifiesto acompañado de una intención oculta, que es la que realmente les interesa imponer.

En nuestra escala de valores, el hombre tiene un valor moral superior, el hombre y sus necesidades están por encima de las de los animales y estos están por encima de las plantas y las piedras. Esto se refleja en la naturaleza misma: Los vegetales se nutren de los minerales del suelo, algunos animales se alimentan de plantas, los animales carnívoros se alimentan de los animales herbívoros y el hombre se alimenta de animales y plantas.

Sólo la persona puede ser sujeto de derechos y deberes, los animales no.

Lo que los vendedores de patrañas llaman derechos del animal no es otra cosa que obligaciones del ser humano para con los animales. Obligación, al fin y al cabo, de conservar la vida y la naturaleza.

Poner al mismo nivel la consideración moral del hombre y los animales no es otra cosa que una aberración malintencionada destinada a banalizar y disminuir el valor del ser humano como tal. Además, ¿a qué se refieren? ¿a los animales vertebrados, a los peces, a los insectos, o a los virus de la gripe? Y, puestos en todo: ¿qué hacemos, convertimos a los leones en vegetarianos, o es que no tienen derechos las gacelas?

Todo orden moral establece una jerarquía de valores. Si se altera esa jerarquía, se altera el orden moral.

Así que el propósito manifiesto de los animalistas es la práctica del buenismo con los animales, pero la intención oculta no es otra que destruir el orden moral tal y como se ha construido en Occidente en los últimos dos mil quinientos años. Y, de paso, restringir la libertad en un nuevo flanco, intentando someter al discrepante con un nuevo reproche, como una muestra más de fundamentalismo moral.

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LA POESÍA EN LOS TIEMPOS DE LA PANDEMIA

Il Giaciglio Pensante

Por: Nicola Foti

¿Cómo vive, cómo cobra vida la poesía en el momento de la pandemia, de la reclusión de personas en sus hogares, en sus lugares de trabajo, sin el impulso de caricias, abrazos, relaciones íntimas? La poesía está, y siempre estará desactualizada, siempre sorprenderá por su carácter que escapa a cualquier noticia, cualquier contingencia. Sobre todo, nunca será un negocio o una profesión. Nunca tendrá como objetivo alcanzar una meta materialista, lograr un propósito vano, cosechar el éxito superfluo. El verdadero poeta no vive de la poesía, no come con la poesía, sino que vive para servir a la poesía, humilde, dócil por ser su adepto, vive para nutrirla, para ser su fiel servidor, Y ella, la poesía, es su tormento y su cura, su enfermedad y su remedio. La ficción, incluso los artículos periodísticos más imaginativos, no ficticios, tienen otras tareas, que la poesía no tiene, no busca, no quiere: la poesía es, y siempre será música, un aliento vital y un fuego del alma. No debe entenderse en un sentido lógico, no necesita comprensión en un sentido semántico, pero, como la miel que se envuelve e insinúa en los pliegues del alma, que se desliza ahora densa, ahora etérea, debe ser simbólica, debe ser metáfora, surrealista. Metafísicamente debe ir más allá, de lo contrario es manifiesto, es proclama, panfleto, es crónica.

La poesía no está hecha de materia, sino que hace que los sueños importen. Y así, para siempre, ella va más allá de los límites infinitos de la mente.

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LA POESIA AI TEMPI DELLA PANDEMIA

Il Giaciglio Pensante

Di: Nicola Foti


Come vive, come prende vita la poesia al tempo della pandemia, della clausura delle persone nelle loro case, nei propri luoghi di lavoro, senza lo slancio delle carezze, degli abbracci, dei rapporti intimi? La poesia è, e sarà sempre inattuale, sorprenderà sempre quel suo carattere che sfugge ad ogni cronaca, ad ogni contingenza. Soprattutto, non sarà mai mestiere, o professione. Non sarà mai finalizzata ad ottenere uno scopo, a raggiungere un obiettivo, a mietere successo. Il poeta vero non vive di poesia, non mangia con la poesia, ma vive per servire la poesia, umile, docile suo adepto, vive per nutrirla, servo suo fedele, suo tormento e sua cura, sua malattia e suo rimedio. La narrativa, anche quella più fantasiosa, la saggistica, i reportages giornalistici hanno altri compiti, che la poesia non ha, non cerca, non vuole: la poesia è, e sarà sempre musica, soffio vitale e fuoco dell’anima. Non va capita in senso logico, non ha bisogno di comprensione in senso semantico, ma, come miele che avvolge e s’insinua nelle pieghe dell’anima, che scivola ora denso, ora etereo, deve essere simbolico, dev’essere metafora, surrealtà, metafisicamente oltre, altrimenti è manifesto, è proclama, è cronaca.

La poesia non è fatta di materia, ma fa della materia sogno. E così, per sempre, oltre i confini infiniti della mente.

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“CREMATORIO”, UNA NOVELA DE RAFAEL CHIRVES

Por: Evaristo Cadenas Redondo


A modo de biografía.

Dijo Edgar Allan Poe que a una persona, por un solo gesto, por un insignificante detalle, se le podría conocer mucho mejor que si se supiera su biografía.

No se puede entender el fondo de la obra de un escritor si no se conoce, al menos lo más destacado, de sus detalles, de sus gestos y si se dispone de su historia personal bien detallada muchísimo mejor. Nos parece de sumo interés unos mínimos apuntes biográficos sobre nuestro autor preferido de hoy:

Rafael Chirves nació el 27  de junio de 1949 en Tabernes de la Valldigna (Valencia), localidad marítima de 18.000 habitantes. Su padre, ferroviario, falleció cuando Rafael tenía cuatro años. Desde los ocho estudió en internados de huérfanos de ferroviarios, dirigidos por los Salesianos, en Avila, León, y Salamanca. Cuando tenía 16 años vino a Madrid, donde estudió Historia Moderna y Contemporánea. En 1969 se trasladó a París residiendo allí durante un año. También vivió en Marruecos (donde fue profesor de español), y en Barcelona, La Coruña y Extremadura. En el año 2000 regresó a Alicante (Dénia y Beniarbeig). Se dedicó a la crítica literaria durante algún tiempo y posteriormente a otras actividades periodísticas, como las reseñas gastronómicas (en la revista Sobremesa y Vino Selección; también  sobre este género para El País) y los relatos de viajes.

Rafael Chirves falleció a causa de un cáncer de pulmón el 15 de agosto de 2015 a la edad de 66 años.

Obra literaria de Rafael Chirves.

Novelas:

La primera novela que publicó Rafael Chirves fue “Mimoun” en el año 1988, fue Finalista del Premio Herralde. En 1991 publicó en Anagrama “En la lucha final“. También en Anagrama. “La buena letra” en 1992. Le siguen “Los disparos del cazador” en 1994, “La larga marcha” en 1996, “La caída de Madrid” en el año 2000, “Los viejos amigos” en 2003, “Crematorio” en 2007. Premio de la Crítica de narrativa castellana. “En la orilla” en 2013. Premio de la Crítica de narrativa castellana y Premio Nacional de Narrativa. En 20016, póstumamente, “París-Austelitz». Siempre publicó en la editorial Anagrama dirigida por Jorge Herralde.

Ensayos:

“Mediterráneos” en 1997, “El novelista perplejo” en 2002, “El viajero sedentario” en 2004 y “Por cuenta propia» Siempre en Anagrama, como ya dijimos.

Premios literarios:

Por sus primeras obras:

1988: Finalista del Premio Herralde por su primera novela, Mimoun.

1999: Premio alemán SWR-Bestenliste por La larga marcha.

2003: Premio Cálamo al libro del año por Los viejos amigos.

Por Crematorio:

2007: Premio de la Crítica de narrativa castellana (1º).

2007: Premio Cálamo al libro del año.

2008: Premio Dulce Chacón.

Por En la orilla:

2014: Premio de la Crítica de narrativa castellana (2º)

2014: Premio Nacional de Narrativa.

2014: Mejor libro en lengua española de 2013 según el diario El País7‌

2014: Premio Francisco Umbral al Libro del Año

2014: Finalista del Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa

CREMATORIO

Rafael Chirbes, desde sus primeras novelas, fue conocido como escritor al que se le tenía en cuenta en los círculos literarios, avalado por prestigiosos premios recibidos. Recomendada la lectura de sus novelas por críticos, profesores de Literatura y en las Escuelas de Escritores. Su nombre, y su obra, saltaron, de forma explosiva, a la fama nacional e internacional cuando apareció publicada, en 2007, la novela Crematorio de la que vamos a hablar hoy.

Según Jorge Herralde, su editor, Chirbes era más conocido y gozaba de más prestigio en Alemania, por ejemplo, que en España. En Francia e Italia también le tienen como a uno de los grandes escritores españoles. Por supuesto fue traducido a casi todos los idiomas.

Crematorio, según palabras de su autor, aparentemente es una novela sobre la corrupción, la especulación inmobiliaria, la llamada cultura del pelotazo, el dinero negro, la droga, el sexo, el tráfico de capitales, ect., pero, dice Chirbes, es mucho más que eso, es una crítica de la España de nuestro tiempo actual, de la llamada, transición, y las otras décadas anteriores que llegan, retrocediendo, hasta todo el franquismo y su represión, impregnado con la rémora de la pos guerra. y la propia Guerra Civil. Es el reflejo real de lo que fue nuestra vida y de lo que es ahora. Y todo junto, en realidad se refiere a la soledad, al amor, a la familia, a la muerte, y en definitiva a la vida con su realidad tan real y dura, y a la vez, tan maravillosa. Esto de maravillosa se me ocurre a mi. Para Rafael Chirbes, en Crematorio, esa palabra no existe, porque todo es terrible.

El escritor Rafael Chirbes creó su propio territorio literario al igual que lo hicieron Gabriel García Márquez con Macondo, Juan Rulfo con Comala, Juan Benet con Región, Willian Faulkner con el suyo, etc. El universo literario de Chirbes está ambientado en el pueblo llamado Misent. Por sus paisajes, la costa, la playa, los rascacielos, los chiringuitos y marjales que describe con verdadera maestría de paisajista, podríamos pensar que se trata de Denia, Cullera e incluso Benidorm.

Crematorio es una novela dura, desagradable incluso, se puede decir que es una novela tan realista, y cruda, que produce sufrimiento. Las descripciones son tan detalladas que crean en el lector un efecto sinéstesico que, con frecuencia, está uno tentado de tirar la novela por la ventana o a la lumbre. Su dureza es casi insoportable, ya dije. Pero tiene la gran ventaja de que se trata de Literatura. Prosa bien escrita, sin posibilidad de poesía, de lírica, de dulzura. Se trata de realismo sucio, sórdido, trágico, realismo de Zola, de Balzac, de Dostoiewski, del primer Camilo José Cela de La familia de Pascual Duarte, o de San Camilo 1936. Para colmar el vaso de la desesperación, el autor no da tregua, escribe todo seguido, como si fuera a borbotones, a diluvios, automáticamente, ni un solo punto y aparte. Menos mal que para cada personaje, que son muchos, se detiene un poco y hace una parada para pasar a otro capitulo. Puedo asegurar que sentí repulsión. Pero, como se sabe, si uno quiere llegar a lo alto, donde está el castillo, no queda más remedio que subir la cuesta. Y merece la pena el sacrificio. Nunca se ha dicho que el Arte tuviera que ser fácil. Un buen libro, muchas veces, acarrea dificultad. Nuestro éxito consiste en superar esa dificultad para poder alcanzar la maestría del artista. Sin duda alguna Rafael Chirves fue un gran artesano de la mejor Literatura.

Decía Chirbes, en sus entrevistas, en conferencias y cosas así, que había empezado a leer con tres años y que cuando estaba estudiando, en internados, fuera de casa, su salvación fue la lectura, la música y el cine. Pues bien, en Crematorio nos encontramos con permanentes alusiones culturales. Habla de Montaigme y sus Ensayos, de gastronomía, de productos gourmet, de vinos, de champagnes, de cócteles, etc. Su experiencia bien documentada como crítico en la revista “Sobremesa”, sale a relucir a la mínima ocasión.

Sus personajes hablan sobre Arquitectura, Música Clásica, Opera, ectc. Menciona a Serrat, a Jaume Sisa, y su célebre canción que dice algo así: “Oh, benvinguts, passen, passen a la casa meva és casa nostra…”, Escúchenla, please. Deep Purple, Rolling Stones, David Bowie y la Velvet Underground, Los Beatles, por supuesto, y muchos más. Una curiosa alusión a la escritora austriaca Elfriede Selinek, ganadora del Nobel de Literatura en 2004. Dice el personaje: “Siniestras como esa tía tan rara que ganó el Nobel, la austriaca esa ¿Has visto que rara es? Gore. Los reyes de Suecia dándole la mano a esa tía tan rara con cara de novia de Drácula”. (novelista, poeta, dramaturga, ensayista, guionista, traductora y activista feminista. Autora de “La pianista“. Sabe tocar, órgano, piano, flauta dulce, guitarra y violín). La película “La pianista“, 2001. Guión basado en la novela de Elfriede Selineck protagonizada por Isabelle Huppert y dirigida por Michel Haneke. Hablando de escritores el propio Rafael Chirbes decía que era admirador del austriaco Thomas Bernhard, del que, oh! casualidad!, vamos a hablar en marzo.

Hay muchas semejanzas, coincidencias, con Bernardo Atxaga, por ejemplo: Chirbes también alude al cuento sobre el criado que huye de la muerte en Bagdad y la encuentra en Basora. (Procede de Las mil y una noches). También, como Atxaga, cita en cursiva y en francés.

Crematorio, está considerada como una de las mejores novelas de lo que va del siglo XXI. Es dura, fuerte, y recomendable como obra de imprescindible lectura, aunque solo sea para que nos enteremos de lo que es bueno en el sentido mejor de la expresión

En el año 2010 se hizo una serie de Televisión llamada Crematorio, que tuvo mucho éxito, protagonizada por Pepe Sancho, aunque no tenía nada que ver con el libro. Aquí queda la recomendación: Suban al castillo. Las vistas son maravillosas..

Postdata: También leí (antes había leído tres de las primeras) esta vez “En la orilla” la novela que sigue a Crematorio. Otra obra maestra de Chirves considerada la mejor novela de aquel año (2014) por El País. Hoy hace sol en la calle. Tenemos que seguir. E. C. R. 

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CINE Y POESÍA

Por: Evaristo Cadenas Redondo


El cine transformó, para bien, mi personalidad. Contaré algo sobre mi experiencia como espectador. Debo decir que es imposible meter el agua del mar en una taza de café. El cine es el mar, la taza de café, las tres páginas de que dispongo para este precipitado artículo.

Empecé a ver cine mucho antes de aprender a hablar. En mis recuerdos permanecen imágenes múltiples que atestiguan mis principios en el cine de mi pueblo. Tendría ocho o nueve años cuando regresaba a casa con mi padre, noche oscura de invierno, de ver una película y se me ocurrió decirle que quería vivir en Madrid influido por las imágenes del Nodo o de una película con Pepe Isbert o Tony Leblanc. Mi padre no hizo caso. Llevo viviendo en Madrid desde los 23 años.

Cuando niño me parecía que el cine era el Arte más importante, porque juntaba imagen, música y palabra. Arte que transmitía emociones diversas y la vivencia visual producía tal emotividad que era frecuente la sublimación de sentimientos que provocaban el llanto. Llorar en el cine era, y sigue siendo, frecuente. Una vez llegué a casa desconsolado porque aquella noche habían matado a Gary Cooper. No te preocupes hombre, dijo mi padre, el cine es mentira, los actores no mueren de verdad. Al domingo siguiente volvieron a proyectar otra del Oeste y el protagonista era Gary Cooper demostrando que no había muerto. Menos mal que la realidad de las películas no tiene nada que ver con la realidad de la vida o quizá, inconscientemente, prefería la realidad de la vida de cine que la vida real. Por eso me gustaba tanto. Lloré desconsoladamente y quise ser misionero evangelizador de exóticas tribus lejanas, o de leproserías, como el Padre Damián al ver Molokai, la isla maldita (1959), dirigida por Luis Lucia e interpretada magistralmente por Javier Escrivá.

Me identificaba con King Kong y me parecía una injusticia lo que hacían con el pobre animal. Temprano me gustaba ponerme del lado del más débil. La fascinación por el cine era tan grande que quise descubrir más detalles y me hice amigo del hijo del dueño de la Sala para que me dejara ayudarle a montar la película cada domingo en las bobinas para que fueran proyectadas en sus enormes proyectores, valga la redundancia. Descubrí el celuloide, Olvidados” la acetona y el papel de fumar que mi amigo utilizaba para pegar un rollo con otro. Me daba trozos de fotogramas de película que sobraban y que luego, en mi casa en soledad, observaba al trasluz una y otra vez.

Cuando empecé a estudiar en una ciudad, lejos de casa, todos los domingos, en sesión infantil, ponían dos películas. Nunca falté. Poco después, influido por el cine, (la película fue “Anna” con Silvana Mangano, dirigida por Alberto Lattuada en 1951), (“Ahí viene el negro zumbón bailando alegre bayón…“) descubrí la belleza, el erotismo y eso. Explosión salvaje de adolescencia e interés agrandado por ver todas las películas del mundo. 

Un día me encontré con un amigo que me preguntó por la película que acababa de ver. Yo apenas si sabía el titulo. Tienes que aprender a ver cine.: ¿Quién la dirige? ¿Quién es el productor? ¿Quiénes la protagonizan? ¿Quién compuso la banda sonora? ¿En qué lugar está localizada? ¿Quién es el montador? ¿Quién es el guionista? ¿Diseño de vestuario? etc. Aquél amigo me abrió los ojos y me enseñó a analizar el cine de forma más profunda por decirlo así. La primera película que vi con ese criterio, fue “Améríca, América“, (1963) dirigida, producida y escrita por Elia Kazan. Luego vinieron “La caza”, (1966) de Carlos Saura, “Los olvidados”, (1950) de Luis Buñuel y todas las demás de una infinita lista imposible de enumerar.

Así fue el principio, y al poco tiempo las revistas sobre cine, principalmente Nuevo Fotogramas que durante muchos años coleccioné. Y Nickel Odeón, dirigida por Juan Cobos y editada por José Luis Garci, al que tanto debemos los que amamos el cine. En su programa “Qué grande es el cine”, descubrimos el cine de Kurosava, Kusturica, “El intendente Sansho” de Kenzi Mizoguchi  y querer, incondicionalmente, a Kim Novack en Vértigo de Hitchcock.

¿Y la poesía? La poesía está implícita en el cine como lo está en la pura esencia de la vida. Poesía es lo que queda en el corazón al salir de la Sala de Cine después de haber visto una obra de Arte. Poesía es el nudo en la garganta al contemplar cómo se besan los protagonistas, poco antes de The End, porque siempre triunfa el amor. Poesía es la soledad de la Sala del cine a oscuras y los ojos brillantes al contemplar la pantalla iluminada de belleza. “La Gran Belleza“, 2013 de Paolo Sorrentino.

El espacio de que dispongo, tan limitado, solo da para mencionar películas emblemáticas que se significaron por su profundidad poética, y algún aspecto de especial  sensibilidad.

El lado oscuro del corazón. Escrita y dirigida por Eliseo Subiela en 1992. Producción argentina. Intérpretes: Darío Grandinetti, Sandra Ballesteros y Nacha Guevara. Poemas de Mario Benedetti, Juan Gelman y Oliverio Girondo. Cameo de Mario Bendetti recitando en alemán.

El lado oscuro del corazón II. Escrita y dirigida por Eliseo Subiela en 2001. Producción española y argentina. Intérpretes: Darío Grandinetti, Ariadna Gil y Nacha Guevara. Poemas de Antonio Porchia, Oliverio Girondo, Mario Benedetti, Patricia Díaz Bialet, Cátulo Castillo, Dylan Thomas, Eliseo Diego, Homero Expósito, Alejandra Pizarnik, Vicente Huidobro, Octavio Paz, José Hierro y Antonio Machado.

El poeta y director de cine soviético, Andrei Tarkovski, (El espejo, Solaris), dijo: “La pureza del cine y su fuerza intransferible se muestran no en la agudeza simbólica de las imágenes por muy audaces que estas sean, sino en el hecho de que las imágenes expresan la concreción y la irrepetibilidad de un momento concreto”. Andrei Tarkovski. “Esculpir en el tiempo”.

“El club de los poetas muertos“, dirigida por Peter Weir (1982) Intérpretes: Robin Williams y Ethan Hawke. (Costó 16.400.000 dólares. Recaudó 236.000.000) Óscar al mejor guión original. (Poema de Walt Whitman dedicado a Abraham Lincoln: “Oh capitán, mi capitán“.

 Juan Eduardo Cirlot, poeta, critico de arte y músico (Barcelona, 1916- 1973) quedó tan impresionado por la belleza de la actriz Rosemary Forsyt interpretando el personaje de Bronwy en la película “El Señor de la Guerra” (1965), que la acogió como motivo de inspiración de una gran obra poética titulada precisamente Bronwy.

Memorias de África, dirigida por Sydney Pollack (1987), Intérpretes: Robet Redford, Meryl Streep y Klaus María Brandauer. Música de John Barry. Basada en la novela de Karen Blisen (Isak Dinesen). “Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong” La memorable y poética banda sonora de John Barry potencia infinitamente el despertar de la fibra sensible del espectador.

Muerte en Venecia, dirigida por Luchino Visconti (1971), Intérpretes: Dick Bogarde y Silvana Magano. Basada en una novela corta de Thomas Mann. Nobel de literatura de 1929.

Leolo, (1992) dirigida por Jean Claude Lauzon. El protagonista, preadolescente, le canta a su enamorada: “Bianca, mi dulce amor. Mi único amor.” y también “La soledad es mi palacio”. Leolo es un película cargada de PURA POESÏA.

Ojos negros, (1987) dirigida por Nikita Miljalkov. Marcelo Mastroianni música de Francis Lai. Película de singular tristeza y alegría que resulta, finalmente, poesía pura.

Y… hay que mencionar las Salas de Arte y Ensayo y las películas en Versión Original, con subtítulos, y por lo tanto de Bergman, Dreyer, Truffaut, Renoir, Godard, Passolini, Eisenstein, Fellini, Manuel Oliveira. De los españoles, para que no se diga, Berlanga, Almodovar, Amenábar, Isabel Coixet, Martín Patino y de Luis Eduardo Aute. Aquí me detengo. Comprenderán que el mar es inmenso y la taza de café muy pequeña.

Aute, poeta, director de cine, pintor, dibujante, músico y cantante, cantó maravillosamente:

Cine, cine, cine,
más cine por favor,
que todo en la vida es cine,
y los sueños,
cine son.

Muchas gracias. Les dejo que tengo que ir al cine a ver una coreana. La película es “Parásitos” del director de Corea del Sur, Bon Joon-ho, ganadora del último Festival de Cine de Cannes de 2019.

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FRANCISCA GALLARDA, LA ILUSTRADORA QUE SE DESPIDIÓ SIN FLORES

Por: Lourdes Páez Morales


Francisca Gallarda Garós no tiene una página en Wikipedia. Tampoco arroja apenas resultados en las consultas que se hacen en las principales hemerotecas del país: Biblioteca Nacional, Prensa Histórica del Ministerio de Cultura de España, La Vanguardia, o ABC. Parece como si se la hubiera tragado la tierra. Internet no parece conocerla. Solo un par de mujeres –siempre somos las mujeres las que recuperamos la memoria de otras mujeres–, Nuria Simón y Marga Lozano, le hacen su particular homenaje a la figura de esta ilustradora. La primera en la revista Toyland Magazine (accesible en ISSUU), y la segunda en YouTube y su blog personal. Por el contrario, el gran dibujante de su tiempo, Ferrándiz, catalán como Gallarda, y que innegablemente debe ser reconocido como el gran iniciador del boom ilustrador con sus personajes amables de postales navideñas, recibe homenajes como el que recientemente tuvo lugar en la Biblioteca Pública Municipal de Rincón de la Victoria, en Málaga, en diciembre del pasado 2019; o bien es objeto de estudio de historiadores como María Fidalgo Casares, que ha escrito sobradamente acerca de él en revistas de tema antropológico e histórico.

Francisca Gallarda, aunque es incuestionablemente continuadora de Ferrándiz, logra crear un sello propio, diferenciable claramente del estilo del ilustrador (algo que no ocurre con otros dibujantes del momento, como es el caso de Constanza Armengol, cuyo apego estilístico a sus formas hace difícil distinguir sus propios personajes de los de aquel). Hasta donde nuestra memoria alcanza, los niños españoles nacidos en las décadas de los 60 y 70 –e incluso me atrevería a decir que también los de los 80–, hemos crecido viendo las ilustraciones de Gallarda; y no solo me refiero a las niñas, sino también a los niños, puesto que muchas de sus estampas de comunión fueron ilustradas por ella; como también lo eran muchas de las postales navideñas que se recibían y enviaban en esas décadas, del mismo modo que las postales-souvenir –aún a la venta– que representaban los trajes regionales de cada una de nuestras ciudades y regiones (hoy comunidades autónomas), y cuya gran particularidad es que estaban revestidas de telas, cosidas a la propia postal, dando relieve a la folklorista estampa, y que, aunque destinadas principalmente a los extranjeros de viaje por España, eran igualmente de consumo nacional. Su proliferación fue tal que toda tienda de recuerdos de los centros históricos del país por aquellos años las mostraba en los expositores giratorios de tarjetas que aún se siguen ubicando como reclamo para turistas. Hace unos meses, una chica de nacionalidad china coleccionista de muñecas a quien sigo en Instagram, para mi sorpresa, había viajado a Sevilla y había comprado unas postales de la ilustradora catalana. Yo, pretendiendo honrar su memoria, aproveché para comentarle que eran de una famosa dibujante de los 60, cuyo nombre, en esos instantes, para mi propia frustración, fui incapaz de recordar. ¡Cuán frágil es la memoria del ser humano! ¡Y cuán traidora…!

Pues bien, decidida a enmendar mi error, hoy traigo aquí al recuerdo a esta ilustradora que forma parte de nuestra cultura visual y que, como tantas otras mujeres, ha sufrido el olvido más absurdo por el simple hecho de ser eso… una mujer.

En una primera aproximación a su figura en internet, utilizando las herramientas de búsqueda de imágenes similares, no es difícil dar con la portada de un libro editado en Nueva York, que representa una versión “bastante fiel” –por decirlo eufemísticamente– de una de sus mejores ilustraciones: un busto de niña con un cuaderno y un lápiz. Obviamente, en el libro no hay mención a nuestra ilustradora como inspiradora de la citada portada, desgraciado hecho este, propiciado por el escaso conocimiento y reivindicación de la artista. Nadie les va a reclamar los derechos, dado que, al parecer, como deducimos de la esquela de Francisca Gallarda aparecida el 11 de septiembre de 1971 en el entonces diario La Vanguardia española –hoy La Vanguardia a secas–, murió sin descendencia al parecer a una edad temprana, llorada principalmente por sus padres, hermana –Montserrat Gallarda, ilustradora como ella– y sobrinos. Como curiosidad, en esa misma esquela, la familia hacía una petición expresa: “No se admiten flores”. Es la única mención de la ilustradora que encontramos en el periódico catalán, al que desde aquí animamos a solucionar problemas en sus búsquedas, que no logran siquiera distinguir las aes de las oes; y en este caso, lo masculino de lo femenino, arrojando cientos de resultados, en una búsqueda entrecomillada de “Francisca Gallarda”, de un tal Francisco Gallardo, que no tengo el placer de conocer, pero que, relacionado con el deporte, se ve que durante años mereció mayor relevancia que la señora que nos educó el gusto estético a los antes mencionados niños del tardofranquismo y la recién instaurada democracia.

El resto de la biografía de Francisca Gallarda parece no haber interesado a nadie. Ni entrevistas, ni semblanzas encontramos en los periódicos nacionales; solamente los citados homenajes de Simón y Lozano, y alguna mención en un blog de marcado sello antiespañol, que la monopoliza como si la obra de esta catalana no tuviera vocación –como lo creo y argumentaré– universal. Así que nos tenemos que restringir a su faceta laboral como ilustradora en las más potentes editoriales españolas del momento, como Bruguera, Roma (activa hasta 1985), Eurocromo, Edicromo o Werticrom. En la década de los sesenta se publican prácticamente todas sus obras. Sus personajes de apariencia amable, con una fisionomía inconfundible: cabeza prominente, grandes ojos por lo general de color claro, y nariz chata, pueblan obras del consumo de niños y mayores, como son multitud de cuentos, recortables (que durante un tiempo fueron obsequiados por los chicles Fiesta), postales navideñas, postales de recuerdo y estampas de comunión, como ya hemos mencionado. Podemos citar los cuentos de la colección Heidi, de 1962, o los innumerables recortables de la Editorial Roma, coleccionables y distribuidos en series, como “Recortes Ensueño”, las series “Azul” o “Rosa”, los “Recortes Astro” y “Cometa”, “Peque”, “Chic”, y un larguísimo etcétera. Es interesante reseñar que una serie de postales de indumentarias regionales realizadas por Gallarda se encuentra en las colecciones del Centro de Investigación del Patrimonio Etnológico del Museo del Traje, accesibles a través del portal de catalogación de los museos estatales “Ceres”.

Desgraciadamente poco más podemos añadir de ella, porque su interés y proyección quedaron silenciados a raíz de su temprana muerte y su condición femenina. Gallarda fue una ilustradora que, como hemos apuntado antes, obtuvo el favor mayoritario del público consumidor de productos de enorme tirada como los recortables, de público mayoritariamente femenino, o las postales navideñas. La estética de sus personajes parece guardar relación con los gustos americanos de su tiempo: por aquellos años 60 del siglo XX estaban aún en vigor los postulados de la pintora Magaret Keane, viva aún, que hizo protagonistas de su obra a niños de ojos grandes (la película de 2014, de Tim Burton, Big Eyes, recoge su biografía). Aunque hoy denostada –no entiendo por qué hay pintores naïf cuyo predicamento sigue vigente y los de esta artista no, cuando abre un camino que actualmente pisa el manga japonés de incuestionable universalidad–, su obra originó toda una revolución estética que se extrapoló a los fabricantes de muñecas: la casa Hasbro saca a la venta en 1965 a Little Miss No Name, en Hong Kong se fabrica la Susie Sad Eyes, y en 1972, un año después de morir Gallarda, sale a la venta, solo aquel año, pues fue un rotundo fracaso comercial, la muñeca Blythe. Pues bien, hoy estas últimas se han convertido en objeto de coleccionismo, y, retomando al motivo de mi artículo de hoy, una de esas coleccionistas de Blythes, de origen chino, con miles de seguidores, y a la que me he referido al principio, se lleva como recuerdo de Sevilla dos postales de Gallarda, tan vigentes como si no hubieran pasado los sesenta años que de ellas nos separan.

¿Por qué alguien que se ha acercado a un prototipo estético universal, de enorme éxito en la España del momento y que hoy día es recogido en una portada de un libro neoyorkino de 2005, duerme el sueño de los justos? ¿Por qué a sus ilustraciones, que todos los de una edad reconocemos, no sabemos asignarle autor? ¿Por qué no recibe homenajes esta ilustradora? No creo necesario formular más preguntas para entender por qué. Sobran las explicaciones y faltan estudios sobre ella… Si algún día encontrase su tumba en el cementerio del Sudoeste, no le llevaría flores, pero me sentiría feliz de hablarle de todo lo que nos dio. Menos mal que la historia también podemos escribirla –y cada vez con voz más alta y clara– las mujeres.

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