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EL EXORCISTA: UN HITO EN LA HISTORIA DEL CINE

Por: Tomás Sánchez Rubio


El 2 de abril de 1974, en el Dorothy Chandler Pavilion de Los Ángeles, se celebró la XLVI edición en la entrega de los premios Óscar a las obras cinematográficas estrenadas durante el año anterior. La ceremonia fue presentada por Diana Ross, John Huston, Burt Reynolds y David Niven. La protagonista de aquella velada fue la cinta El golpe, dirigida por George Roy Hill y con un reparto encabezado por Paul Newman y Robert Redford, tándem que ya había conocido el éxito con Dos hombres y un destino (1969), bajo las órdenes del mismo realizador. De las diez candidaturas a las que fue nominada, ganó siete, entre ellas la de mejor película.

Sin embargo, esa misma noche también se presentaba un filme con el mismo número de nominaciones, si bien los galardones se quedaron finalmente en dos: mejor guion adaptado y mejor sonido. Se trataba de El exorcista, dirigida por William Friedkin, realizador de éxito cuyo labor de dirección había sido premiada dos años antes por The French Connection, cinta protagonizada por Gene Hackman y Fernando Rey. El exorcista contaba con un interesante y solvente plantel de actores tanto principales como secundarios, si bien ninguno de ellos podía ser considerado “una estrella”. Se repartían los papeles protagonistas: Ellen Burstyn, en el papel de Chris MacNeil, madre de Regan; Jason Miller, también escritor, como el melancólico y angustiado padre Karras -personaje que había rechazado Stacy Keach-; Linda Blair, de tan solo catorce años, como Regan Macneil; y el versátil y prolífico actor sueco Max von Sidow, encarnando al exorcista, el sacerdote Lankester Merrin.

El argumento del filme puede resumirse en pocas líneas: Regan es una niña de doce años víctima de fenómenos paranormales que conllevan inquietantes cambios en su persona y la manifestación de una fuerza sobrehumana. Su madre, aterrorizada, tras someter a su hija a múltiples análisis médicos que no ofrecen ningún resultado, acude a un joven sacerdote de la Universidad de Georgetown con estudios de psiquiatría. Este se halla convencido de que el mal puede no ser físico, sino espiritual, es decir, que la niña es víctima de una posesión diabólica. Por ello, tras el correspondiente permiso eclesiástico y  con la ayuda de otro sacerdote, de más edad y con experiencia en ese campo, se dispone a  practicar un exorcismo.

La película se había estrenado en EE.UU y Cánada en plenas navidades -26 de diciembre- de 1973. En España lo haría el 1 de septiembre de 1975. Podemos calificar su éxito como rotundo, considerándose una de las pocas películas del género de terror en lograr una excelente acogida tanto de crítica como de público, hasta el extremo de convertirse en un clásico de la historia del cine, así como en un fenómeno cultural que ha acabado marcando a varias generaciones de espectadores a nivel internacional. El impacto del filme fue tal, que durante las primeras proyecciones numerosos espectadores sufrieron desmayos, ataques de llanto, crisis nerviosas; algunos sencillamente no fueron capaces de esperar al final para abandonar la sala…

Aparte de recibir un notable número de premios -entre los que se cuentan cuatro Globos de Oro-, en una encuesta realizada en 2008 -entre más de seis mil personas- por la prestigiosa compañía cinematográfica y musical británica HMV, El exorcista fue elegida como la mejor producción de terror de la historia, situándose por delante, en aquel momento, de El resplandor, de Stanley Kubrick, Halloween, de John Carpenter, y Pesadilla en Elm Street, de Wes Craven.

En el año 2000 la Warner Bros. Pictures reestrenó la película en formato remasterizado, siguiendo la moda en la industria del cine de aquellos años de realizar nuevos montajes con escenas no incluidas en la versión original. En verdad, estas no aportaban cambios significativos al desarrollo del filme. Las nuevas escenas incluían las primeras visitas de la Regan al hospital, o bien la famosa imagen de la niña bajando las escaleras de su casa a cuatro patas, a modo de araña, con la espalda curvada. También aparece la conversación entre los sacerdotes Karras y Merrin en la escalera de la casa de la familia MacNeill, así como una especie de epílogo, que ofrecía un nuevo final, en el que el teniente de policía Kinderman conversa con el padre Dyer sobre la dualidad del bien y del mal.

En nuestro país, Radio Nacional de España realizó el 30 de junio de 2010 una adaptación radiofónica de El Exorcista protagonizada por Fernando Huesca como el padre Karras, Miguel Rellán como Merrin, Elena Rivera como Regan MacNeil y la veterana Lourdes Guerras en el papel de la madre de esta. Dicha dramatización fue grabada en directo cara al público desde el Centro Cultural La Casa Encendida de Madrid, y emitida en RNE el 4 de julio del mismo año.

Como premisas del éxito de la película se han señalado, aparte de una serie de efectos visuales, novedosos en aquellos momentos, la austeridad y el realismo de la historia. Efectivamente, los hechos acaecen en una familia monoparental, pero cuyos miembros llevan una vida que podemos denominar “normal”. La irrupción de lo sobrenatural en la cotidianidad de unas personas que trabajan, estudian o se relacionan como tantos pobladores del planeta, provocará en los espectadores, como poco, un cierto desasosiego. Por otra parte, existe un acentuado componente de transgresión por cuanto los ataques a formas y ritos sagrados de la religión católica -y precisamente en un ámbito eclesiástico como es el entorno de la venerable Universidad jesuita de Georgetown-, son visibles y explícitos. La cinta ponía de manifiesto, del mismo modo, la dicotomía entre ciencia y laicismo contemporáneo por un lado, y formas de creencia y religiosidad aparentemente “superadas” en el siglo XX. El director de la cinta llegó a afirmar que se trataba de toda una «parábola del cristianismo, de la eterna lucha entre el bien y el mal…»

Por otro lado, tenemos el sentimiento de culpa permanente que siente uno de los protagonistas, quien, siendo sacerdote, lo hace asemejarse a la figura de esos detectives atormentados que suelen protagonizar las películas de asesinatos en serie. A este respecto, podríamos señalar que tales sentimientos de culpa, basados en unos objetivos profesionales o vocacionales que le apartan de supuestos deberes familiares, pueden ser compartidos por muchas personas de toda condición… Otros ingredientes para el interés y sensación despertadas por El exorcista podrían ser el contraste entre la inocencia de la niña, Regan, frente a sevicia del espíritu maligno; o bien la aparición del elemento arqueológico y legendario, siempre atractivo para buena parte del público.

Debemos tener en cuenta que, antes del lanzamiento de la película, nada como “aquello” había aparecido en la pantalla: hasta ese momento, el terror se limitaba a monstruos “tradicionales” como Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo o bien casas embrujadas y malditas. La posesión demoníaca no había sido aún explorada, y el éxito del filme dará lugar a una serie de secuelas -le siguieron una segunda y tercera parte- e imitaciones de desiguales calidad, enfoque y fortuna.

Por lo dicho anteriormente, no es de extrañar que la polémica acompañara al estreno y a la existencia misma de El exorcista. La filmación sufrió una serie de incidentes que hicieron coincidir su primera proyección con las fiestas navideñas. Desde un primer momento, muchos la catalogaron como una película blasfema que aprovechara las fiestas religiosas para “propagar la palabra del Maligno”. A este respecto, debemos tener en cuenta que no había pasado demasiado tiempo de los terribles asesinatos de personas inocentes perpetrados en California por parte de la llamada “Familia Manson”. No obstante, algunos de los miembros más influyentes de las Iglesias católica y presbiteriana  aplaudieron el filme por su “contribución a la propagación de un mensaje religioso positivo”. Recordemos que, al fin y al cabo, la cinta termina “bien”…

En cuanto a la fuente del argumento debemos recordar que la película se basa en la novela homónima de William Peter Blatty, y cuya lectura recomiendo por diversas razones, entre las cuales destaca la profundidad psicológica en el tratamiento de los personajes. Precisamente fue el propio autor del libro quien adaptó el guion para la versión cinematográfica, ganando, como hemos señalado más arriba, el Óscar en tal categoría.

Blatty, había nacido en Nueva York, el 7 de enero de 1928, y fallecido ese mismo mes, pero de 2017, en Bethesda. Tuvo cuatro hermanos, y estudió con los jesuitas, a quienes admiraba. De periodista pasó a escribir guiones de películas de éxito como El nuevo caso del inspector Clouseau (1964), dirigida por Blake Edwards y protagonizada por Peter Sellers.  Afirmaba que comenzó a escribir El exorcista en la década de 1950, tras leer sobre un caso real de posesión satánica que aquejó a una joven de catorce años de Maryland a finales de los 40. Blatty quedó tan impresionado con el fenómeno paranormal que investigó todo lo relacionado sobre posesiones satánicas.

Publicó el libro en 1971 en Estados Unidos, llegando a vender cerca de trece millones de ejemplares. El éxito de ventas no fue inmediato, sino que se debió sobre todo a la aparición del escritor en un programa de entrevistas muy popular en Estados Unidos, The Dick Cavett Show, donde llamaron a Blatty para sustituir a un invitado que se había puesto enfermo. En España se edita por primera vez en 1975 en la prestigiosa editorial Plaza & Janés, como primer título de la colección Manantial, dedicada a autores contemporáneos. Le siguieron en dicha colección novelas como Odessa, de Frederick Forsyth; Avenida del parque, 79, de Harold Robbins, o Banco –continuación de la afamada Papillon– de Henri Charrière. La portada era de la ilustradora Roser Muntañola, y la traducción se debía a la lingüista y profesora argentina Raquel Albornoz.

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DE LITERATURA Y DE CINE: HENRYK SIENKIEWICZ

Por: Tomás Sánchez Rubio


Como todos sabemos, el Premio Nobel es un galardón de carácter internacional que se otorga cada año en reconocimiento a personas o instituciones que hayan llevado a cabo investigaciones, descubrimientos o contribuciones meritorias y notables en provecho de la Humanidad, bien durante el año anterior a la concesión, bien en el transcurso de sus carreras. Dicho premio se instituyó en 1895, en sus diversas modalidades, como última voluntad testamentaria del industrial sueco Alfred Bernhard Nobel (1833-1896), propietario de la empresa metalúrgica Bofors especializada en armamento. La Fundación que lleva el apellido del ingeniero se creó en junio de 1900, cuatro años después de su muerte, y los premios empezaron a concederse en 1901. Las categorías en principio galardonadas fueron Física, Química, Fisiología o Medicina, Literatura y Paz.

Me gustaría aprovechar para hacer mención, como antecedentes de la figura del escritor en cuyo estudio deseo detenerme, de los nombres de aquellos primeros premiados con el Nobel de Literatura. Así pues, en 1901 se le otorga a René François Armand “Sully” Prudhomme, poeta y ensayista francés. En 1902 lo recibe el filólogo e historiador alemán Christian Matthias Theodor Mommsem. El concedido en 1903 va a parar al noruego Bjørnstjerne Bjørnson, célebre por componer la letra del himno nacional de su país.  Frédéric Mistral, escritor en lengua occitana, y nuestro dramaturgo José Echegaray comparten el galardón en 1904.

Será en el año 1905 cuando el Nobel recaiga en Henryk Adam Aleksander Pius Sienkiewicz, escritor polaco, más conocido por Henryk Sienkiewicz. Había nacido el 5 de mayo de 1846 en Wola Okrzejska, una aldea en el este de Polonia, el mismo día que veía la luz en Madrid el conocido compositor de zarzuelas Pío Estanislao Federico Chueca y Robres. Sienkiewicz fallecería en Vevey, Suiza, el año 1916. Hijo de una familia perteneciente a la nobleza campesina, se formó en un ambiente rural donde se mantenían vivas las tradiciones de su patria. Estudió en Varsovia, donde se matriculó en la Facultad de Medicina y luego en Filología. No obstante, dejaría sus estudios en 1869, colaborando desde 1873 en la publicación Gazeta Polska. Cuando, en 1876, se mudó a Estados Unidos durante dos años, continuó trabajando para el periódico enviando artículos en forma epistolar que luego se recopilarían en el libro Cartas del viaje. Desde California viajaría a Francia e Italia; posteriormente visitaría España, Grecia y Turquía, volviendo más tarde a América. En 1882 se hizo cargo de la dirección del periódico conservador Slowo (La Palabra). En las páginas de este comenzó la publicación en serie de la novela A sangre y a fuego, primera entrega de su célebre trilogía completada por El diluvio y El señor Wołodyjowski (1888), donde recrea la resistencia polaca frente a las invasiones del siglo XVII.

Haciendo uso de su prestigio en defensa de la causa de Polonia, dirigió una carta abierta al káiser del Imperio alemán y último rey de Prusia, Guillermo II, en la que se oponía a la germanización de la Posnania y con la que atrajo la atención mundial sobre la suerte de su país.

Se casó en tres ocasiones: con Maria Szetkiewicz —quien murió de tuberculosis exactamente cuatro años después del matrimonio—, María Wolodkowicz —que lo abandonó a tan solo dos semanas de la boda— y María Babska, su sobrina. 

A comienzos de la Primera Guerra Mundial se hallaba en Suiza, donde formó, con Ignacy Jan Paderewsky, ex Primer ministro de su país, un comité para las víctimas de la guerra en Polonia. Nunca volvería a ver su tierra natal. En 1924, sus restos fueron trasladados a la catedral de San Juan en Varsovia.

Su producción literaria, versátil, bien documentada históricamente y con un fuerte componente social, hace de Henryk Sienkiewicz el representante más autorizado de la renovación de la literatura polaca. Sus obras, traducidas a más de cuarenta idiomas, lo convirtieron en uno de los autores más leídos del siglo XX.

Autor prolífico, como narrador se le recuerda sobre todo por sus novelas inspiradas en la historia de Polonia, como la trilogía mencionada anteriormente, o la impresionante Sin dogma, de 1891. Maestro consumado del más recio realismo, son también célebres sus relatos (Nadie es profeta en su tierra, 1872; Bocetos al carbón, 1880), así como sus novelas cortas (Bartek el vencedor, 1882; El torrero, 1880).

Será, sin embargo, la novela histórica ambientada en tiempos del emperador romano Nerón (37-68 d.C.) Quo vadis?, publicada en 1896, su obra más celebrada y popular a nivel internacional. El argumento principal de la novela, que mezcla personajes reales y ficticios, se centra en la historia de amor entre Marco Vinicio y Ligia, dos personas que pertenecen a mundos completamente diferentes: Vinicio es un militar, noble romano, mientras que Ligia, hija de un rey bárbaro que gobernaba un pueblo lejano emparentado con los suevos, es una esclava de Roma adoptada y educada por Aulio Plaucio y su mujer Pomponia Grecina, ambos convertidos a la religión cristiana. Gracias a Ligia, el joven patricio sufre una decisiva transformación y abraza el cristianismo, tras lo cual Ligia accede a casarse con él. 

En la obra llama la atención un personaje trágico y a la vez cómico: el griego Chilón Chilonides, hombre sin escrúpulos morales que está dispuesto a todo, incluso a incriminar al inocente. No obstante, su papel experimenta un cambio radical, ya que, al final, acaba muriendo crucificado en defensa de aquellos a quienes delató falsamente, los cristianos.

Otra figura clave del libro es Petronio, patricio y consejero de confianza de Nerón que, históricamente, en Roma constituiría un ejemplo de gusto y elegancia refinados. Petronio simboliza la cultura clásica del pasado, grandiosa en comparación con la que predomina durante el gobierno del emperador, velada por unos principios en constante decadencia. A lo largo de una lucha continua entre la vida y la muerte, Petronio critica las ideas de Nerón y pierde. Desde un principio su actitud es un suicidio y así precisamente acaba el noble intelectual: suicidándose entre los brazos de su amada, la esclava Eunice.

En la obra, junto a Petronio aparecerán también el temible prefecto del pretorio Tigelino, Séneca, Lucano o los apóstoles Pedro y Pablo. Con un argumento ágil y perfectamente trabado, se mezclan en la novela la intriga y la acción con emotivas escenas llenas de dramatismo. 

Diversos autores afirman que Quo vadis? es una epopeya del cristianismo. El dato parece innegable, si bien la obra es compleja y engloba aspectos puntuales de la historia polaca. Se retrataría la represión centralizadora que tuvo lugar en Polonia cuando esta desapareció del mapa de Europa en el año 1795. Los territorios polacos quedaron divididos entre Prusia, el Imperio ruso y el Imperio austrohúngaro y el país no volvió a aparecer como tal hasta 1918, tras el final de la Primera Guerra Mundial. Siendo así, Sienkiewicz asemejaría el sufrimiento que padecieron los cristianos a aquel que sufrieron los polacos durante ese continuo estado de dominación y dependencia por parte de otras potencias.

Lo cierto es que la obra rápidamente empieza a ser traducida a otros idiomas. En España, entre otras ediciones, tendremos la clásica de Editorial Valdemar, traducida por Mauro Armiño. Del mismo modo, Quo vadis? comienza pronto a conocer versiones cinematográficas, las dos primeras italianas y mudas: una, dirigida por Enrico Guazzoni, de 1912; y la otra, de 1924, realizada por Gabriello D´Annunzio y Georg Jacoby.

A las recreaciones antes mencionadas les siguieron al menos tres más; si bien, la más conocida es la dirigida por Mervyn LeRoy en 1951, que contó con un elenco de actores memorable -Peter Ustinov, memorable en su interpretación de Nerón, Robert Taylor y Deborah Kerr-, así como con unos medios que hacían de ella una auténtica superproducción de casi tres horas de metraje. Se estrenó en los Estados Unidos el 25 de diciembre de 1951. Sin embargo, en España no llegó a los cines hasta el 11 de febrero de 1954. A partir de entonces, en nuestro país se convirtió en un clásico cada mes de marzo o abril, coincidiendo con la Semana Santa, primero en las salas y luego en televisión; del mismo modo que otras películas de la misma década y que compartían parecida temática, como es el caso de La túnica sagrada (1954), de Henry Koster; o Ben-Hur (1958), de William Wyler, cinta basada en la novela del mismo título de Lewis Wallace.

Cabe decir que la película Quo vadis fue candidata a ocho premios Óscar, no obteniendo finalmente ninguno. Es justo afirmar que ese año, efectivamente, competían con la cinta una serie de películas varias de las cuales han acabado alcanzando el rango de obras maestras dentro de la Historia del Cine. Tal es el caso de Un americano en París, de Vincente Minnelli; Un lugar en el sol, de George Stevens; Un tranvía llamado Deseo, de Elia Kazan, o bien Muerte de un viajante, de László Benedek.

Respecto al director de Quo Vadis, Mervyn LeRoy (1900-1987) había conocido anteriormente el reconocimiento general con trabajos como Senda prohibida, de 1942, protagonizada por el mismo Robert Taylor; o Mujercitas, de  1949, basada en la novela homónima de Louisa May Alcott, y que contaba con una jovencísima Elizabeth Taylor entre su magnífico elenco de actores.

Precisamente, entre la inicial Liz Taylor y la definitiva Deborah Kerr para el papel de Ligia en Quo vadis, se barajaron dos nombres más: Lana Turner y una desconocida actriz inglesa recomendada por Alec Guinness a LeRoy a instancias del actor Felix Aylmer que era su profesor de dicción. La chica se llamaba Audrey Hepburn y fue rechazada porque la Metro deseaba para el papel un nombre “conocido”.

Junto a Patricia Laffan, en el papel de Poppea Sabina, y Leo John Glenn como Petronio, resulta reseñable, por curiosa, la breve intervención del más tarde popular actor Bud Spencer como guardia romano.

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FRITZ LANG: UN GENIO ENTRE DOS MUNDOS

Por: Tomás Sánchez Rubio


James Harold Wallis nació en enero de 1885 en Dubuque, Iowa; también un mes de enero, pero de 1958, fallecería en Scarsdale, Nueva York. Sus restos reposan desde entonces en el cementerio aconfesional de Ferncliff, de Hartsdale.

J.H. Wallis fue el autor, entre 1931 y 1943, de diez novelas de crímenes y misterio publicadas por el prestigioso sello editorial EP Dutton. El protagonista de las seis primeras era el inspector Wilton Jacks. Formado en la Universidad de Yale, Wallis, aparte de narrativa policíaca, en 1916 había escrito el libro de versos The testament of William Windune, and other poems, y en 1935 dio a luz un curioso libro sobre la figura del político profesional llamado The politician: his habits, outcries and protective coloring.

Su novela más conocida, sin duda, fue Once off guard, publicada en 1942. Dos años más tarde, pasaría al cine de la mano del director Fritz Lang. El viernes 3 de noviembre de 1944 se estrenó en Estados Unidos bajo el título The woman in the window –conocida más tarde en nuestro país como La mujer del cuadro-. El martes siguiente, día 7 de noviembre, tendrían lugar las elecciones presidenciales de las que saldría reelegido para un cuarto mandato el demócrata Franklin D. Roosevelt, venciendo por escaso margen al candidato republicano Thomas E. Dewey.

Cabe resaltar el hecho que supone que ese mismo año de 1944, embarcado como se encontraba el país aún en plena Segunda Guerra Mundial, la industria del cine estadounidense diera a luz producciones de tan notable calidad como Laura de Otto Preminger; Double Indemnity, de Billy Wilder; To Have and Have Not, de Howard Hawks, o Gaslight, de George Cukor. Esta última, conocida en España como Luz que agoniza, y basada en el drama del mismo nombre de Patrick Hamilton, supuso el debut cinematográfico, con dieciocho años, de la futura estrella de la televisión Ángela Lansbury. La acompañaba entonces un magnífico elenco de intérpretes consagrados como Charles Boyer, Ingrid Bergman o Joseph Cotten.

Volviendo a  The woman in the window, diremos que se trata de una cinta de corte policíaco, si bien rompiendo en cierta manera, como era propio en un genio de la talla de Fritz Lang, con algunos de los moldes clásicos del género. También había aligerado el ambiente tenso y claustrofóbico del libro de Wallis, otorgándole un final totalmente diferente y ciertamente inesperado para el espectador. La película, producida por Nunnally Johnson, estaba protagonizada por un trío de actores que ya contaba con una consolidada carrera en el cine. Tenemos en primer lugar al conocido Edward G. Robinson (1893-1973), que acababa de protagonizar otro drama psicológico, Double Indemnity –Perdición en España, ya mencionado. Junto a él, Joan Bennett (1910-1990), de seductora personalidad, en el papel de “femme fatale”, tan característico en el cine negro de la época, y que había afianzado su posición interpretativa gracias a El capitán Drummond, de F. Richard Jones (1929), o Mujercitas de George Cukor (1933). Acompañaba a los dos anteriores Dan Duryea (1907-1968), especializado en encarnar el papel del canalla sin escrúpulos, del villano violento, pero sin embargo atractivo, tan  frecuente en las películas del género policíaco de los cuarenta .

Tan sugestiva resultó la combinación de estos tres intérpretes, que Fritz Lang contó con ellos para el rodaje, al año siguiente, de Scarlet Street (1945), conocida en España como Perversidad. Drama intenso, descarnado y con tintes de humor negro, particularmente la considero una de mis cintas norteamericanas preferidas de la década de los 40. Si en La mujer del cuadro, predomina la intriga del mejor cine policíaco, creando una atmósfera tensa y en ocasiones asfixiante, en Perversidad el espectador se mueve entre emociones contrapuestas. El poder del destino, la culpa, el sexo, la ambición o sencillamente el instinto de supervivencia se dan cita en este episodio de la existencia de Christopher Cross, un simple cajero infelizmente casado, pero con un raro talento para la pintura, y que sucumbe a los “encantos” de una aventurera mujer -personaje mucho más interesante de lo que parecerá a primera vista-. La trágica -e irónica- espiral de los acontecimientos acabará con la perdición física o moral de los principales implicados en la trama.

La obra, basada en la novela La Chienne (1930) de Georges de la Fouchardière, había conocido ya una adaptación francesa en 1931, titulada igual que el libro, bajo la dirección del mejor Jean Renoir. Los protagonistas con los que contaba eran el versátil Michel Simon -padre del también actor François Simon-, Georges Flamant y Janie Marèse, actriz que falleció prematuramente a los veintitrés años.

Fritz Lang, director austríaco de inacabable filmografía, desarrolló su carrera artística en Alemania y en Estados Unidos. Antes de hacer obras como las mencionadas hasta ahora, en Europa había realizado auténticas obras maestras que marcaron el camino a varias generaciones de cineastas. Su trabajo evolucionó según corrientes y tendencias artísticas, pero sus producciones gozaron de un sello que las convierten en auténticos clásicos.

Friedrich Christian Anton Lang nació en Viena, Imperio autrohúngaro, el 5 de diciembre de 1890, y murió en Los Ángeles, el 2 de agosto de 1976. Sus restos descansan desde entonces en el cementerio Forest Lawn Mamorial Park de Hollywood, junto a otras celebridades del mundo del espectáculo como Lucille Ball, Stan Laurel o Bette Davis.

Fritz Lang empezó en 1908 los estudios de arquitectura en la Universidad Técnica de Viena por deseo de su padre, Anton Lang, también arquitecto; sin embargo, su pasión era la pintura, de modo que acabó matriculándose en la Escuela de Artes Gráficas de su ciudad natal. Admiraba el simbolismo de Gustav Klimt y, sobre todo, el expresionismo de Egon Schiele, discípulo del anterior. No obstante, poco después cambia el hogar paterno y los estudios por lo que puede considerarse “ una vida bohemia”, e inicia un periplo a través de diversos países, acabando por establecerse en París hasta el año 1914. Comenzada la Primera Guerra Mundial, se traslada a Viena de nuevo y se alista como voluntario en el ejército austrohúngaro. Herido en 1916, durante su convalecencia empezó a escribir guiones de cine. En el hospital militar conoce al director y productor de cine Joe May -exiliado del nazismo posteriormente como él-, a quien le mostró su trabajo, y que lo contrataría como guionista.

A partir de ese momento, encauzada su carrera cinematográfica, sobre todo tras acabar la contienda, Fritz Lang dirigirá sus propias películas. Era un momento de eclosión del cine en Alemania. Si bien dentro de la estética de la llamada escuela expresionista alemana, predominante en la época y de la que es considerado uno de sus maestros, junto a Friedrich Wilhelm Murnau (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922), o el precursor Robert Wiene (Das Kabinett des Dr. Caligari, 1920), pronto desarrolla unos rasgos que le son reconocidos como propios: en Die Spinner, de 1919, la película más antigua consevada de Lang, ya distinguimos su gran talento dramático, la cuidada composición de las imágenes o un notable sentido espacial…  Tras Der müde Tod, de 1921 -donde Luis Buñuel reconocerá el germen de su vocación cinematográfica-, Dr. Mabuse (1922) o las dos partes de Die Nibelungen (1924), vendrá  en 1927 la considerada su obra “definitiva”: Metrópolis, cinta de ciencia-ficción que, a partir del juego con los espacios, volúmenes y claroscuros representará el apogeo del expresionismo arquitectónico, así como El gabinete del doctor Caligari lo había hecho en el pictórico. Seguirán la curiosa cinta futurista Frau in Mond (1928) y, ya en el ámbito sonoro, “M” (1931), película inspirada en la figura real del asesino en serie Peter Kürten, y que el realizador, particularmente, siempre consideró su mejor trabajo del periodo alemán.

En 1933, en la cinta Das Testament des Dr. Mabuse, que continuaba las aventuras siniestras de este criminal, aparecerá de nuevo su característico inquietante mundo de  sótanos, galerías y cuevas subterráneas, espejos deformantes y visiones ilusorias o distorsionadas, de acuerdo con la mente delirante del protagonista. La película será prohibida por el régimen político existente en Alemania. Será la última colaboración con su esposa y guionista Thea von Harbou… Muy poco después, Fritz Lang marchará a Francia. En París rodó Liliom, protagonizada por Charles Boyer (1934), con escaso éxito; no obstante, el siguiente paso fue Hollywood ese mismo año, contratado por la Metro-Goldwyn Mayer. Sin embargo, ya en Estados Unidos sus primeros proyectos fueron rechazados y tardó dos años en hacer Fury (1936), protagonizada por Sylvia Sidney y Spencer Tracy, y que resultó candidata al Óscar al mejor guion original. A pesar de tenerse que acomodar a las normas de género impuestas por productores y público, sus películas, sobre todo dentro del cine negro y policíaco, presentan -como dijimos al principio- un sello particular: Solo se vive una vez (1937), Secreto tras la puerta (1947), Los sobornados (1953), Más allá de la duda (1956), Mientras Nueva York duerme (1956)… Junto a las mencionadas, más alejadas del género, pero de una fuerza increíble, tenemos Deseos humanos (1954), Los contrabandistas de Moonfleet (1955) o Encubridora (1952).

En varias ocasiones, era manifiesta la crítica social, revelándose con frecuencia sus dudas sobre la justicia, así como una seria reflexión sobre el papel del individuo en la sociedad contemporánea y su desamparo. A finales de los años cincuenta, en parte por el clima creado por las investigaciones del Comité sobre Actividades Antiamericanas; en parte por su rechazo a criterios puramente comerciales, y sumándose la oferta de un productor europeo, viajó a la entonces República Federal Alemana para rodar El tigre de Esnapur (1958), La tumba india (1959) y  -una vez más- Los crímenes del Dr. Mabuse (1960), su última película. No rodó ninguna cinta más hasta su muerte en 1976.

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JULIO VERNE: UNA VIDA AL LÍMITE, UNA OBRA SIN LÍMITES

Por: Tomás Sánchez Rubio


En no pocas ocasiones a lo largo de mi vida, he llegado a la obra escrita de un autor a través del cine. Me ocurrió con la célebre saga protagonizada por Hannibal Lecter, y creada por Thomas Harris. Impresionado en su momento por la adaptación al cine de El silencio de los corderos (1991) -dirigida por Jonathan Demme-, leí con placer no solo la obra homónima, sino el resto de la serie; gracias a esto, descubrí una novela que no dudaría en calificar como obra maestra del terror psicológico: El dragón rojo, primero de dicha serie. Del mismo modo, me aproximé a la narrativa de Stieg Larsson y su Trilogía Millennium -protagonizada por el inquietante personaje de Lisbeth Salander- por medio de la versión cinematográfica sueca de Los hombres que no aman a las mujeres, del director Niels Arden Oplev (2009). Por otra parte, El diablo viste de Prada (2006), de David Frankel, me llevó a su fuente literaria, el libro de la periodista Lauren Weisberger. Creo que casi nunca me ha defraudado la obra escrita, la verdad. En alguna ocasión, la película me ha resultado de mejor calidad que el libro, si bien esto no es -ni debiera ser- lo natural.

En relación con este tema de la versión cinematográfica de las obras literarias, recuerdo con especial cariño aquellas cintas emitidas en el espacio “Primera Sesión” -posteriormente “Sesión de tarde”- de la primera cadena de la aún entonces TVE tras el almuerzo de los sábados: todo un clásico de mi infancia, allá en los 70. En inigualable compañía, me sentaba tras el almuerzo con mi padre y mis hermanas a compartir pipas de girasol, regaliz y otras chucherías de sobremesa, frente a aquel televisor Aspes en blanco y negro. Cuántas aventuras cabían en aquella pequeña salita de estar, acogedora, de mueble bar y de postigos abiertos, con persianas como pestañas postizas, plena de atentos espectadores que compartían emociones y alguna que otra siesta involuntaria sobre el hombro del compañero de asiento… Casi todos los títulos emitidos eran de factura estadounidense y de las décadas de 1950 y 1960. En dicho espacio vespertino se dieron cita -y no pocas veces en más de una ocasión a lo largo del tiempo- Las cuatro plumas, Capitanes intrépidos, El prisionero de Zenda, David Copperfield… Grandes actores como Alan Ladd, Spencer Tracy, Victor Mature o John Wayne llegaron a ser viejos conocidos para mí. De entre las actrices, me vienen a la memoria las excepcionales Eleanor Parker, Rhonda Fleming, Bette Davis o Katharine Hepburn, entre otras.

De entre los intérpretes habituales de esta cita semanal, ocupaba un lugar de honor Kirk Douglas. Actor polifacético y prolífico, Issur Danielovitch Demsky, hacía las delicias de niños y adultos con películas como el Ulises, de Mario Camerini y Mario Bava (1954); El último de la lista, de John Houston (1963); Los vikingos (1958, de Richard Fleischer); o bien el magistral Espartaco, de Stanley Kubrick (1960). En las dos últimas películas acompañaban al mencionado protagonista un versátil y eternamente joven Tony Curtis.

Entre la inacabable filmografía de Douglas que, tarde o temprano acababa llegando a la pequeña pantalla, recuerdo con especial cariño Veinte mil leguas de viaje submarino. Se trataba esta de una película de 1954, si bien estrenada en los cines españoles el 24 de octubre de 1955. Su director era Richard O. Fleischer, al que esperarían otros notables éxitos como El estrangulador de Boston o Tora! Tora! Tora!, y que era hijo del animador Max Fleischer, el creador de Betty Boop.
Veinte mil leguas de viaje submarino contaba con un elenco insuperable: Kirk Douglas como el arponero canadiense Ned Land; James Mason como el capitán Nemo, o Peter Lorre interpretando a Conseil, mayordomo del biólogo Aronnax.

Debemos recordar que este clásico contó con numerosas adaptaciones cinematógraficas, que, con mayor o menor fortuna, llevaron a la gran pantalla un argumento especialmente atractivo, así como un mensaje intemporal. Mencionaremos, a título de ejemplo, la película de 1916 (USA), de Stuart Paton, protagonizada por Allen Helubar. Posteriormente, destacaría la curiosa versión inglesa de 1969 -el mismo año en que Círculo de Lectores editaba una cuidada edición de la novela-, protagonizada por Robert Ryan y Chuck Connors, conocido este último en España por la serie televisiva El hombre del rifle. Entre las últimas adaptaciones, mencionaremos la dirigida por el actor y realizador Gabriel Bologna, protagonizada por Lorenzo Lamas y Natalia Stone.

En aquellos momentos, en que, como he mencionado antes, vi en televisión la película de Fleischer y Douglas, no era yo un niño, para qué decir lo contrario, que me deleitara con los libros de Verne, autor muy conocido en nuestro país, por otra parte, gracias a la editorial Bruguera, cuyo primer número de su colección ilustrada Historias Infantil fue precisamente la odisea del capitán Nemo. Dicha colección, que lucía en el lomo los retratos a todo color de los protagonistas de cada novela, era muy popular en aquella época. En ella aparecerían Un capitán de quince años, Un viaje a la Luna, La vuelta al mundo en ochenta días, de Verne; pero también escritos de otros narradores: Robinson Crusoe, Tom Sawyer, Las aventuras de Juanito y Juanín, o bien la antología de los cuentos para niños de mi admirado Oscar Wilde, con títulos inolvidables como “El gigante egoísta” o “El príncipe feliz”.

Sea como fuere, el caso es que fue Veinte mil leguas de viaje submarino la primera obra que, llevado por la versión cinematográfica, leí de este autor. Ni que decir tiene la profunda impresión que me causó la figura del Capitán Nemo, su amargura, pero también su espíritu indomable y cautivador. De ella pasé a otras novelas del escritor, y pronto llegué a la conclusión de que lo que escribía no eran simples novelas de aventuras, sino que reflejaban la naturaleza humana, en toda su grandeza o toda su miseria, con un estilo inigualable, producto de una mente sagaz y prodigiosa. Empecé pronto a interesarme por la figura del creador, que, hasta cierto punto, identificaba con la de algunos de los protagonistas de sus obras. Percibí pronto que se trataba de una existencia de todo menos aburrida, la verdad… Por algo este gran admirador de Charles Dickens y H.G. Wells era, tras Agatha Christie, el segundo escritor de ficción más traducido de todos los tiempos. No obstante, su vida también ofrecerá zonas de sombra, como, por otra parte, es algo propio de las grandes figuras de la literatura y del arte de todas las épocas.

Jules Gabriel Verne nació en Nantes, el 8 de febrero de 1828, muriendo en Amiens el 24 de marzo de 1905. Considerado el padre de la ciencia ficción, era un apasionado lector de la literatura científica. Su visión de futuro ha sido resaltada y admirada por generaciones. A través de sus libros calculó, describió y vislumbró inventos y descubrimientos que revolucionarían el mundo muchos años después de su muerte. Entre los hechos y elementos anticipados por él, se encuentran las armas de destrucción masiva, el helicóptero, las naves espaciales, los grandes trasatlánticos, internet, el submarino, el ascensor, los autómatas parlantes, el motor eléctrico, los gobiernos totalitarios, o bien la conquista de los polos norte y sur.

A los once años se escapó de su casa para convertirse en grumete de un barco mercante, el Coralie, que iba a la India; con el dinero obtenido pensaba comprarle un collar de perlas a su prima Caroline, de la cual estaba enamorado… Su padre lo alcanzó a tiempo e impidió que llevara a término esta su primera aventura.

En su época de universitario, Julio Verne pasó mucha hambre y pobreza. Su padre, que quería que Julio fuera abogado, dejó de financiarlo, ya que el joven no quería estudiar esa carrera. Los pocos ahorros que Julio Verne tenía se los gastaba en libros, pasando largas horas en la biblioteca. Por problemas económicos tuvo que dedicarse a ser corredor de bolsa por un tiempo. Asimismo, fue reclutado como soldado guardacostas durante la guerra franco-prusiana. Por culpa del hambre que pasaba llegó a padecer diversos problemas nerviosos, parálisis facial y calambres intestinales.

Aunque se llevaba muy mal con su padre, consiguió que este le diera 50.000 francos cuando se casó. Al mismo tiempo, al contraer matrimonio, provocó el disgusto de su misógino grupo de amigos. Efectivamente, Julio Verne pertenecía a un grupo de escritores que se autodenominaba Los once sin mujer. Por supuesto, fue expulsado del mismo al casarse con Honorine Deviane Morel. Parece que el escritor pensó en que iba a encontrar estabilidad emocional tras la boda, pero más bien sucedió todo lo contrario: se desesperaba, discutía y se mostraba airado con frecuencia; asimismo, escapaba de sus deberes conyugales siempre que podía.

En 1861 nace su único hijo, Michel Verne, que fue todo un rebelde. El propio Julio Verne lo hizo confinar primero en un correccional, y luego en un sanatorio mental; por ello, Michel desarrolló un gran odio hacia su padre.

No era el único miembro de su familia con quien tenía problemas. En 1886, mientras Verne regresaba a su casa, su sobrino Gastón, de veinticinco años, le disparó dos veces con un revólver sin razones claras. La primera bala falló, pero la segunda le hirió en la pierna izquierda, provocándole una cojera de la que no se recuperaría nunca. Por esta razón, Gastón pasó el resto de su vida en un manicomio.
Julio Verne fue concejal de Amiens, en Francia. En 1889 mandó a construir el circo municipal.

Como curiosidad diremos que, a pesar de la visión optimista sobre la ciencia y el progreso que mostró durante casi toda su vida, en 1863 escribió París en el Siglo XX, una versión pesimista y trágica del futuro que nunca llegó a sacar a la luz. Fue en 1989 cuando un bisnieto la descubrió en una caja fuerte y la hizo publicar en 1994. En la novela habla, con tono desesperanzador, de una ciudad con rascacielos de cristal, calculadoras, automóviles y trenes de alta velocidad…

Julio Verne y H.G. Wells, tienen sus nombres en una de las montañas de la cara oculta de la luna. A partir del 9 de marzo de 2008, la Agencia Espacial Europea puso en órbita el llamado vehículo espacial Julio Verne.

Muere Verne en 1905, y en 1910 su esposa Honorine. Ambos descansan en el Cimetière de La Madeleine de Amiens, al NE de París. El impresionante monumento funerario, que representa a Verne alzándose de la tumba con el brazo extendido al cielo, se debe al escultor Albert-Dominique Roze (1861-1952). El mausoleo, restaurado por Sabine Charki y Christine Bazireau, fue reinaugurado el 19 de febrero de 2014 en presencia de Jean-Jules Verne, tataranieto del escritor.

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TONI MORRISON Y LA NIÑA QUE QUERÍA TENER LOS OJOS AZULES.

Por: Tomás Sánchez Rubio


Pecola Breedlove piensa que es una niña fea. Tiene unos once años y es afroamericana en una sociedad que asocia la belleza con un prototipo de mujer muy diferente a ella. Es una niña pobre y solitaria, de carácter aparentemente tranquilo y resignado y no muy estimada por quienes la rodean. Quiere ser como Shirley Temple y tener unos ojos azules -los más azules que pueda…- Para ello recurrirá incluso a una especie de curandero que le hará creer que sus ojos se han tornado de ese color.

Pecola vive en Lorain, Ohio, estado situado en la región Medio Oeste de Estados Unidos. Ha sido temporalmente adoptada por los MacTeer. Con ella viven las hermanas Claudia, de nueve años, y Frieda, de diez, hijas del matrimonio; también se aloja allí un inquilino llamado Mr. Henry. Los padres biológicos de Pecola son Cholly y Pauline. Cholly, alcohólico, violento e inestable ha acabado incendiando su propia casa; con anterioridad, ha sometido a abusos a su propia hija. Ella se queda embarazada.

Claudia y Frieda son las dos únicas personas en la comunidad que esperan que el hijo de Pecola sobreviva en los próximos meses. En consecuencia, renuncian al dinero que habían estado ahorrando para comprar una bicicleta; en su lugar deciden plantar semillas de caléndula bajo la creencia supersticiosa de que, si estas florecen, el bebé  sobrevivirá. Las caléndulas no llegan nunca a florecer, y el hijo de Pecola, que nace prematuramente, muere.

Pecola Breedlove es la protagonista de The Bluest Eye, primera novela escrita por Toni Morrison, publicada por Holt, Rinehart y Winston en 1970.  La acción transcurre en 1941. En España, el libro se conocerá bajo el título Ojos azules.

La niña Claudia MacTeer narra la mayor parte de la novela y también es una joven negra. No solo es la hermana adoptiva de Pecola, sino que se considera su amiga. Se trata de una niña de nueve años, independiente, despierta, madura y apasionada en un mundo especialmente conflictivo socialmente. Ella es uno de los pocos personajes, si es que existe alguno más, que siente simpatía por Pecola. No obstante, Claudia aparece como el polo opuesto: en el primer capítulo, ella destruye sus muñecas blancas por un odio interiorizado hacia las personas con ese color de piel. Por el contrario, Pecola actúa constantemente con el deseo de alcanzar los estándares de belleza blanca. Es de señalar que Claudia se crio en un hogar estable y estructurado, aspecto que se revela en la seguridad en sí misma frente a los que le rodean, así como en su alto grado de autoestima. En un momento del libro, Pecola le pregunta: “¿Cómo lo haces? Quiero decir, ¿cómo consigues que alguien te quiera?”

Toni Morrison nace en Lorain (Ohio) -como Pecola-, el 18 de febrero de 1931.  Muere en Nueva York el 5 de agosto de 2019. Si bien comenzó a publicar más bien tarde, consiguió el Premio Pulitzer de ficción en 1988 y el Nobel en 1993, siendo la primera mujer de su raza en conseguir este galardón. Autora de otras obras de éxito como Beloved (1987) y Jazz (1992), Chloe Anthony Wofford tomará como seudónimo literario el apodo familiar y el apellido de su esposo, el arquitecto Harold Morrison.

Toni vio la luz en el seno de una familia negra de clase trabajadora. Cursó estudios secundarios y en 1949 ingresó en la Howard University de Washington, una institución para personas negras, donde, después de graduarse en filología inglesa, comenzó a ejercer como profesora. Allí conoció a Morrison, con quien tuvo dos hijos.

En 1964, tras separarse de su marido, dejó la enseñanza para trabajar en Nueva York, primero como editora de libros de texto y después como asesora literaria en la prestigiosa Random House. En 1973 apareció su segunda obra: Sula, y en 1977 la tercera, Song of Salomon, galardonada con el Premio Nacional de la Crítica norteamericana en 1978, y cuyo éxito, comercial y de crítica, le permitió dejar su trabajo en la editorial para dedicarse de lleno a la literatura.         En 1981 publicó Tar baby, en la que, a diferencia de las anteriores, protagonizadas enteramente por negros, figuran también personajes blancos. En 1987 llegó Beloved, una novela de gran fuerza, donde se narra la historia de una esclava fugitiva que, ante su inminente captura, mata a su hija para evitar que viva en la esclavitud.

Volviendo a la novela The Bluest Eye, su argumento es duro, crudo, terrible en su planteamiento; sin embargo, también es real, muy real. Se ha escrito mucho sobre el segregacionismo en Estados Unidos, sobre la marginación y el aislamiento social que ha padecido -y sigue sufriendo en determinados órdenes- el colectivo afroamericano en ese país. Esa realidad indiscutible ha sido reflejada repetidamente, con mayor o menor fortuna, en la literatura y el cine. Tales obras hacen referencia no solo a la crónica periodística de determinados hechos acaecidos, sino también a la intrahistoria de los ámbitos tanto rural como de los barrios de las grandes ciudades estadounidenses. Si nos atenemos al marco estrictamente legal, la segregación racial fue practicada hasta mediados del siglo XX; sin embargo, como resultado de la lucha por el Movimiento por los derechos civiles y del apoyo del Presidente John F. Kennedy y de Lyndon B. Johnson, se firma la Ley de Derechos Civiles en 1964, donde se prohíbe la aplicación desigual de los requisitos del registro de votantes y la separación racial en las escuelas, en el lugar de trabajo y en instalaciones que sirviesen al público en general («lugares públicos»). En 1965 entra en vigor la Ley de derecho al voto. No obstante, en relación a la convivencia, la marginación económica y social, la situación es compleja.

En relación a lo dicho, me ha venido a la cabeza repetidamente a partir de la lectura de la novela de Morrison, salvando las distancias y el tratamiento del tema, la reconocida película Precious (2009), adaptación cinematográfica de Push (1996), primera novela de Ramona Lofton escrita bajo el pseudónimo “Sapphire”, donde se narra la vida de Claireece «Precious» Jones, una adolescente obesa y analfabeta, víctima de abusos por parte de su padre.  La mayor diferencia es que, en comparación la historia de Pecola, el final de Precious (Push) resulta ciertamente esperanzador…

Debido a sus temas controvertidos de racismo, incesto y abuso de menores, surgieron numerosos intentos de prohibición, así como el rechazo de la novela en las escuelas y bibliotecas: desde Oregon a Maryland, pasando por New Hampshire, no fueron pocas las comunidades donde las asociaciones de padres vetaron su lectura…

Hay dos aspectos de The Bluest Eye que me han impresionado especialmente: por una parte, la descripción de las actitudes racistas, a veces “de baja intensidad”, de quienes rodean a esta niña “insignificante”; una aversión silenciosa, un cruel vacío que, a pesar de su edad, no le pasan desapercibidos. Tal es el caso de Yacobowsky, inmigrante blanco, dueño de una pequeña tienda de golosinas en la calle Garden, donde precisamente la niña compra sus dulces Mary Jane, cuya etiqueta representa también a una niña rubia y feliz… Por otro lado, es llamativo el uso, en la novela, de la analepsis -flashback en inglés- donde se exploran los años más jóvenes de los padres de Pecola, Cholly y Pauline, y su lucha como afroamericanos en una comunidad protestante anglosajona en gran parte blanca. La marginación, el desamparo y el aislamiento entre ellos mismos marca unas pautas de comportamiento que les hace huir desesperadamente de la realidad a cualquier precio.

 

Fue en enero de 1988, un grupo de intelectuales negros publicó una carta abierta en el New York Times Book Review en la que protestaban porque Toni Morrison no hubiera sido propuesta hasta entonces para ninguno de los premios literarios de prestigio. Cuatro meses más tarde recibía el Premio Pulitzer lo que supuso su consagración entre el gran público.

En 1992, Morrison publicó su sexta novela, Jazz, así como un ensayo en el que defendía a Anita Hill, la joven negra que denunció por acoso sexual al juez Clarence Thomas. El 7 de octubre de 1993 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura, dotado con 6,7 millones de coronas suecas. La Academia sueca destacó la «fuerza visionaria» y el «peso poético» de su obra.

La escritora siguió escribiendo libros después del Nobel, también junto a su hijo Slade Morrison, con el que se adentró en la literatura infantil. Exploró otros géneros, como las letras de Four Songs para el compositor André Previn, o el libreto de ópera Margaret Garner para Richard Danielpour.

Además de las novelas citadas, Toni Morrison fue autora de un drama teatral y varios libros de ensayo. La construcción de los personajes, negros y especialmente mujeres, así como el lenguaje, son lo principal para ella por encima del argumento, del que ha dicho que es como «el armario donde vas colocando vestidos y vestidos que son los personajes, quienes de verdad me interesan».

Admiraba al presidente Bill Clinton, de quien alababa una «negritud» procedente, según Morrison, de un «hogar monoparental, de un origen humilde y de su afición a tocar el saxo». En 1996, fue honrada con la Medalla de Contribución Distinguida de la Fundación Nacional del Libro a las Letras Estadounidenses. En 2012, el presidente Barack Obama le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad y en 2016 recibió el Premio PEN/Saul Bellow por su contribución al género de ficción en Estados Unidos.

Su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1993 empezó de este modo: «Érase una vez una anciana. Ciega. Sabia. La mujer es hija de esclavos, de raza negra, norteamericana, y vive sola en una casita a las afueras del pueblo…»

Así, de nuevo, Toni Morrison aludía a una mirada, a una raza… Como cuando Pecola marcó el inicio de su tardía carrera literaria -a los cuarenta años-, deseando tener, siendo una niña negra y pobre, el color de ojos de las muñecas blancas.

 

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FORTUNATO RAMOS | LA PROFUNDA VOZ DE LOS ANDES

Por: Tomás Sánchez Rubio


Antigua tierra de los indios omaguacas, la Quebrada de Humahuaca (Argentina) fue declarada Patrimonio de la Humanidad en el año 2003. Se extiende a lo largo de 170 kilómetros en una pronunciada pendiente norte-sur a ambos lados de la cuenca del Río Grande. Vínculo geográfico entre los Valles y la Puna, se encuentra rodeada por empinados cerros. Allá encontramos pueblos de calles estrechas, casas de barro y capillas blancas; veranos frescos y cálidos inviernos; ancestrales creencias, bulliciosas y coloridas fiestas y arte milenario. La Quebrada, impresionante y mágica, se extiende a través del conocido como Camino del Inca, que sigue el curso del Río Grande y su espectacular valle, desde su nacimiento en el altiplano desértico y frío de los Altos Andes hasta su confluencia con el Río León, unos 150 kilómetros al sur.

La Quebrada de Humahuaca forma parte, junto con los Valles, las Yungas y la Puna, a la provincia de Jujuy, uno de los veintitrés estados federados de Argentina. Situada al NO del país, limita al Sur con la provincia de Salta, y al norte y al oeste con Bolivia y Chile respectivamente. Su capital es San Salvador de Jujuy. En una tierra de llamas -la única bestia de carga domesticada que hallaron los españoles al llegar a esta zona del imperio incaico-, guanacos y aligustres, el 16 de octubre de 1947, con pocos días de diferencia respecto a otro conocido cantautor argentino, Raúl Carnota, nació en Coraya -a casi 1.500 kilómetros de Buenos Aires- Fortunato Ramos, interesantísima figura dentro de la poesía y la música popular de aquel territorio.

Se dice de Fortunato Ramos que es músico, poeta, recitador, escritor, maestro rural y labrador. En su búsqueda de la difusión y afirmación de la ancestral cultura de la Quebrada de Humahuaca, es una presencia constante en el Tantanakuy, festival anual que tiene lugar en aquellas tierras y que se celebra desde 1974 por iniciativa del músico charanguista Jaime Torres, precisamente descubridor y mentor de Ramos, así como del poeta Jaime Dávalos. El Tantanakuy, cuyo nombre, proveniente del quechua puede traducirse por “encuentro”, reivindica las manifestaciones artísticas de la región, a la vez que promueve el intercambio entre músicos, pero también estudiosos de la cultura popular, que llegan de otras tierras de fuera y dentro de Argentina. Allí se cantan las coplas aprendidas de generación a generación, se baila el carnavalito -alegre danza prehispánica conocida también en Colombia, Chile o Perú-; y se tocan instrumentos de origen inmemorial como el siku, el erke o la quena. A partir de 1982 se celebra, asimismo, el Tantanakuy infantil, donde los más jóvenes festejan con orgullo su identidad cultural, repitiéndose todos los meses de octubre en diferentes localidades de la Quebrada y la Puna.
En 1983, Miguel Pereyra y Federico Urioste realizaron el cortometraje Ecos sobre los Andes, un viaje a la cultura incaica de la mano de Fortunato Ramos, que acabaría convirtiéndose en documental sobre la figura y el alma de este noble humahuaqueño, sobre su música, su poesía y su fascinante historia viva…

Ramos, por otro lado, ha llevado su voz y su son a diferentes países de Europa junto al grupo jujeño Huayra Muyoj, así como al continente asiático y Oceanía acompañando al maestro Jaime Torres. Su acordeón y su erke han quedado inmortalizados en grabaciones con el propio Torres o el grupo Los hijos de Humahuaca y los Cacharpaya; también con la banda de rock Divididos, y al lado de artistas como Tomás Lipán o Mónica Pantoja.
Su obra escrita publicada consta de cinco libros: Poemas costumbristas de un maestro rural, Los runas y changos del alto, Costumbres, poemas y regionalismos, Collas de la Quebrada de Humahuaca -traducido al francés, alemán e inglés-, y Personajes de la Quebrada de Humahuaca.

En las letras y versos de este peculiar y entrañable autor argentino merece especial atención la presencia de la ancestral Pachamama, así como la del milenario pueblo colla.

La Pachamama o Mama Pacha es la gran y venerada Madre Tierra, una diosa totémica de los incas, a la que se ofrecían presentes en las ceremonias agrícolas y ganaderas. Es el núcleo del sistema de creencias de los pueblos indígenas de los Andes Centrales de América del sur: la diosa femenina de la tierra y la fertilidad, una divinidad agrícola benigna concebida como la madre que nutre, protege y sustenta a los seres humanos. En la tradición incaica es la deidad de la agricultura comunal, fundamento de toda civilización y el Estado Andino, la más popular de las creencias mitológicas del ámbito incaico que aún sobrevive con fuerza en las provincias del noroeste argentino.

La Pachamama, junto con las deidades Mallku y Amaru, conforman la trilogía de la percepción aimara del binomio naturaleza-sociedad, y sus cultos son las formas más antiguas de celebración que realiza este pueblo. Con la invasión de los españoles y la persecución de las religiones nativas, tal deidad, como producto del sincretismo, comenzó a identificarse frecuentemente con la Virgen María. En Perú concretamente, se la identifica con la Virgen de la Candelaria.

Las principales ceremonias en honor a esta divinidad telúrica se realizan al inicio de la siembra y cosecha, y en las marcadas y señaladas de la hacienda, pero el homenaje principal se lleva a cabo durante todo el mes de agosto, especialmente el primer día del mes. El 1 de agosto es cuando se alimenta a la Pachamama, para lo cual se entierra una olla de barro con comida cocida, junto a hojas de coca, alcohol, vino, cigarros y chicha, entre otras cosas. También es costumbre que los festejantes usen cordones blancos y negros –atados en los tobillos, muñecas y cuello- confeccionados con lana de llama hilada.

En cuanto al otro gran protagonista de la poesía de Fortunato Ramos, el pueblo colla, coya o kolla, diremos que con tal nombre se denomina al conjunto culturalmente sincrético y homogéneo de pueblos indígenas andinos de las provincias del noroeste de Argentina, principalmente Jujuy, Salta y Catamarca. Actualmente, por causa de la emigración se encuentran kollas viviendo en todas las provincias de Argentina, así como en la región de Atacama, en Chile.

La cultura kolla no es estrictamente indígena, sino mestiza -chola-, pero a pesar de la transculturación sufrida por la acción colonizadora y la imposición del cristianismo, aún practican sincréticamente algunos de sus rituales primitivos, como los relacionados con la Madre Tierra, y mantienen otras formas culturales como la minga -antigua forma de cooperación y trabajo solidario- o el sirviñaku -matrimonio a prueba-.

El idioma español es la lengua de los kollas actuales, pero se conserva el conocimiento y uso del idioma quechua en los departamentos de Santa Catalina y Yavi, junto a la frontera boliviana, en áreas que se integraron a Argentina a comienzos del siglo XX.

Relacionado con los kollas, debemos mencionar el emotivo encuentro entre el niño jujeño Eyen Federico Quispe y la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ante quien este, vestido con el traje típico de su pueblo, recitó el poema de Fortunato Ramos No te rías de un colla. Fue durante la apertura de la edición de 2013 de Tecnópolis, gran muestra de ciencia, tecnología, industria y arte, que se celebra anualmente en Argentina. El vídeo del acontecimiento podéis encontrarlo fácilmente en las redes.

Aquí os ofrezco el poema. Vale realmente leerlo y saborearlo.
No te rías de un colla que bajó del cerro,
que dejó sus cabras, sus ovejas tiernas, sus habales yertos;
no te rías de un colla, si lo ves callado,
si lo ves zopenco, si lo ves dormido.

No te rías de un colla, si al cruzar la calle
lo ves correteando igual que una llama, igual que un guanaco,
asustao el runa como asno bien chúcaro,
poncho con sombrero, debajo del brazo.

No sobres al colla, si un día de sol
lo ves abrigado con ropa de lana, transpirando entero;
ten presente, amigo, que él vino del cerro, donde hay mucho frío,
donde el viento helado rajeteó sus manos y partió su callo.

No te rías de un colla, si lo ves comiendo
su mote cocido, su carne de avío,
allá, en una plaza, sobre una vereda, o cerca del río;
menos si lo ves coquiando por su Pachamama.

Él bajó del cerro a vender sus cueros,
a vender su lana, a comprar azúcar, a llevar su harina;
y es tan precavido, que trajo su plata,
y hasta su comida, y no te pide nada.

No te rías de un colla que está en la frontera
pa’l lao de La Quiaca o allá en las alturas del Abra del Zenta;
ten presente, amigo, que él será el primero en parar las patas
cuando alguien se atreva a violar la Patria.

No te burles de un colla, que si vas pa’l cerro,
te abrirá las puertas de su triste casa,
tomarás su chicha, te dará su poncho, y junto a sus guaguas,
comerás un tulpo y a cambio de nada.

No te rías de un colla que busca el silencio,
que en medio de lajas cultiva sus habas
y allá, en las alturas, en donde no hay nada,
¡así sobrevive con su Pachamama!

Fortunato Ramos
Costumbres, poemas y regionalismos (2003)

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RAYMOND RADIGUET Y LA FRANCIA DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

Por: Tomás Sánchez Rubio


El 12 de septiembre de 1947, se estrena en París la películaLe diable au corps(El diablo en el cuerpo), cinta de ciento diez minutos dirigida por el controvertido Claude Autant-Lara (1901-2000), con guion de Jean Aurenche y Pierre Bost, y basada en la novela homónima de Raymond Radiguet. Se encargó de dar vida al protagonista, un joven llamado François Jaubert, el actor Gérard Philippe, uno de los más famosos intérpretes de cine y teatro de su época, que moriría en el cénit de su carrera en 1959 con treinta y seis años. Le acompañaba en esta ocasión un magnífico elenco de actores encabezado por Micheline Presle, actriz versátil que triunfaría no solo en Francia, sino también en Estados Unidos.

A pesar del éxito y reconocimiento internacional -el Círculo de críticos de Nueva York la nomina en 1949 para el Premio a mejor película extranjera-, el filme tuvo problemas con la censura en varios países.

Tal como hemos señalado anteriormente, la novela Le diable au corps, de la que, casi cuarenta años más tarde que Autant-Lara, el director italiano Marco Bellocchio hizo otra adaptación cinematográfica -si bien ambientada en los ochenta-, fue escrita por el precoz escritor Raymond Radiguet, muerto en 1923 a los veinte años. Su trama, que se desarrolla durante la Primera Guerra Mundial, narra la relación amorosa entre un adolescente, indolente y mentiroso, y una joven cuyo marido está en el frente, tan solo dos años mayor que él y de nombre claramente literario -Emma-. Cuando la dama queda encinta, nuestro protagonista se siente desbordado por una pasión que le agobia, puesto que para él la relación no ha sido más que el descubrimiento de la sexualidad con una mujer, considerándolo como algo fortuito y pasajero. Finalmente, cuando Emma muere, nuestro adolescente se siente liberado. El argumento de este romance trágico se hallaba inspirado en un episodio real de la vida del protagonista, que, en 1918, con apenas quince años y al final de la Gran Guerra, mantendría una relación amorosa con una muchacha de nombre Marthe, también dos años mayor que él y prometida con un soldado.

 

Sería en 1921, en Grand Piquey, península de Cap Ferret, lejos de su amado París, cuando terminaría la obra, si bien esta no vería la luz hasta el año de su muerte, en 1923. Su publicación vino acompañada del escándalo: al escabroso tema del adulterio se añadía la consideración de la guerra como una condición para la felicidad de dos amantes; por otro lado, la idea del heroísmo bélico es tratada de forma “cínica” según algunos… Pese a ello, la obra, considerada más tarde por algunos comentaristas como un antecedente del neorrealismo que surgiría en Italia en los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial, recibiría excelentes críticas por parte de escritores de renombre como Max Jacob o Paul Valéry.

A su muerte, aparte de El diablo en el cuerpo, Raymond Radiguet deja escrito un libro de versos publicado en 1920 bajo el título de Les joues en feu(Mejillas en llamas), que será alabado por autores de la talla de Pierre Reverdy y François Bernouard; así como otra novela, El baile del conde Orgel (Le Bal du Comte d’Orgel), que vio la luz en 1924, un año después de su fallecimiento. Podríamos enunciar el tema de esta última e interesante obra como la debilidad fruto de la pasión, si bien ese amor nunca será consumado, manteniéndose en un plano psicológico, espiritual. La habilidad del autor para plasmar el progresivo y sutil enamoramiento entre el protagonista, François de Séryeuse y Mahaut de Orgel, esposa del conde, es tan sublime como hermosa: mientras que François, joven e impetuoso, cae de forma inmediata bajo los encantos de Mahaut de Orgel -que para él no sólo representa la belleza, sino la elegancia, la nobleza e incluso la virtud-, ella, sintiéndose atraída poco a poco, tratará de cortar la relación antes de que la tentación les precipite a una situación sin remedio…

Escritor de vida breve pero intensa, Raymond Radiguet había nacido el 18 de junio de 1903 en Saint-Mur-des-Fossés, en el extrarradio sudeste de París, muriendo de tifus el 12 de diciembre de 1923 en la capital gala. Se cuenta que, tras una crisis de la enfermedad, comentó a sus amigos: «Dentro de tres días seré fusilado por los soldados de Dios…” Era exactamente el 9 de diciembre.

Hijo del dibujante y caricaturista Jules Maurice Radiguet -también conocido como “Rad”-, Raymond obtuvo una beca que le permitió estudiar en el Liceo Carlomagno de París. No obstante, pronto iba abandonar sus estudios académicos con el fin de dedicarse al periodismo y a la literatura. Leía con placer a los escritores del XVII y del XVIII, mostrando especial interés por La Princesse de Clèves, de Madame de La Fayette, las obras de Stendhal y Proust, así como la poesía de Verlaine, Mallarmé, Rimbaud o el Conde de Lautréamont.

Convertido en uno de los jóvenes bohemios más famosos y fascinantes de la capital francesa, conocerá a los pintores Juan Gris, Picasso o Amedeo Clemente Modigliani, artista italiano de quien precisamente conservamos un retrato de nuestro autor fechado en 1915. Se relaciona, asimismo, con jóvenes compositores como Darius Milhaud o Arthur Honegger. Llegará a publicar en el periódico satírico francés Le canard enchaîné , fundado en 1915 por Maurice y Jeanne Maréchal, algunos cuentos bajo el pseudónimo “Rajky”.

Será en el año 1918 cuando tendrá lugar un encuentro crucial en su corta existencia: con motivo de un homenaje a Guillaume Apollinaire, conocerá a un ya consagrado escritor Jean Cocteau, catorce años mayor que él, quedando este profundamente admirado por el joven Raymond y convirtiéndose pronto ambos en una pareja inseparable. Cocteau, quien se refería a su compañero llamándolo “el alumno que se convirtió en mi maestro, le ayuda a publicar sus versos en varias revistas, como Sicy Littérature. En mayo de 1920, fundan juntos la revista Le Coq, de carácter vanguardista, en la cual colaboraron, entre otros, el compositor Georges Auric, el pintor cubista Roger de La Fresnaye o el poeta rumano Tristan Tzara, uno de los fundadores del movimiento Dadá.

Cuando el eterno joven Raymond Radiguet muere súbitamente, Jean Cocteau, desmoralizado, llegó a confesar que nunca más volvería a escribir. Lo que sí hizo fue aficionarse al opio, consumiendo esta y otras drogas hasta el final de su vida, a pesar de las numerosas curas de desintoxicación y la presencia de nuevas relaciones sentimentales. Murió en 1963 a los setenta y cuatro años.

La época de nuestro autor, Raymond Radiguet, puede considerarse una etapa especialmente interesante y crucial en la historia contemporánea de Francia y de Europa.  Es la era de la III República (1870-1940), de la colonización de nuevos territorios en África y Asia, y también de la Primera Guerra Mundial, conflicto bélico del que nacerá el germen de la Segunda (1939-1945). La llamada Gran Guerra, al fin y al cabo, puede definirse como el enfrentamiento entre dos bloques: Francia y sus aliados versusAlemania y sus aliados. El país galo resultó vencedor en esta guerra que se desarrolló entre 1914 y 1918, y que le permitió recuperar las provincias de Alsacia, anexionadas por Alemania desde la guerra franco-prusiana de 1870. Desde 1918, Francia tuvo el control de la región del Sarre hasta que, en 1935, tras un plebiscito y respetando su resultado, se la devolvió a Alemania. Los destrozos materiales dejaron la infraestructura del país -según el parecer de muchos- en peor estado que la de Alemania, país que resultó derrotado en el conflicto.

También es la Francia del célebre Caso Dreyfus, un episodio social y político que tuvo gran importancia en las pugnas ideológicas de la Tercera República, y con un trasfondo de espionaje y de antisemitismo. El capitán de artillería Alfred Dreyfus (1859-1935), de origen judío-alsaciano, fue acusado de traición por servir como espía a favor del Imperio Alemán. Este «escándalo» duró de 1894 a 1906, y causó la condena de Dreyfus a cadena perpetua en la Isla del Diablo, situada a 11 km de la costa de Guyana Francesa. Una ola de antisemitismo abierto encontró su cauce en parte de la opinión pública francesa en contra de Dreyfus. El fin del escándalo fue precipitado por la publicación de Yo acuso (J’accuse), un extenso artículo del novelista Émile Zola en favor del capitán Alfred Dreyfus en forma de carta abierta al presidente de Francia Felix Faure y publicado por el diario L´Aurore el 13 de enero de 1898 en primera plana.

Una serie de campañas periodísticas y el apoyo de oficiales del ejército condujeron al descubrimiento del verdadero traidor: el oficial aristócrata de origen húngaro Ferdinand Walsin Esterhazy, un furibundo antijudío protegido por ciertas autoridades militares. El grave error judicial forzó a los altos jefes del ejército francés a reabrir el proceso seguido contra el capitán Dreyfus y posteriormente otorgar el indulto a este al demostrarse que no existían pruebas en su contra. En 1906 fue exonerado y reintegrado en el Ejército con todos los honores, retirándose con el grado de comandante. En 1914, como teniente coronel, tomó el mando de una unidad de reaprovisionamiento en el curso de la Primera Guerra Mundial. Tras la paz, regresó a su retiro hasta su muerte en 1935, a los setenta y cinco años de edad.

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ALGERNON BLACKWOOD | TERROR AL OTRO LADO DE LA LÍNEA TELEFÓNICA

Por: Tomás Sánchez Rubio


El sábado 27 de febrero de 1909, una semana después de que el diario parisino Le Figaro publicara el Manifiesto Futurista del escritor italiano Filippo Tommaso Marinetti, salió a la luz, en las páginas del periódico británico The Westminster Gazette, el relato corto “You May Telephone From Here” (“Puedes telefonear desde aquí”), de Algernon Blackwood.

The Westminster Gazette, un influyente diario liberal con sede en Londres, fue fundado el 31 de enero de 1893, y se mantuvo independiente hasta comienzos de 1928, cuando se fusionó con su principal rival, el Daily News. En sus treinta cinco años de existencia, incluyó en sus páginas, como era propio de los diarios de la época a un lado y otro del Atlántico, bocetos, humor gráfico y cuentos. En él aparecieron, por ejemplo, los primeros trabajos del autor norteamericano de novela negra Raymond Chandler, de Anthony Hope, o bien de D.H. Lawrence. También se dieron a conocer la escritora de origen neozelandés Katherine Mansfield, o Hector Hugh Munro -más conocido por su seudónimo literario Saki-. Allí reveló el joven y arrebatador poeta Rupert Brooke sus diarios de viaje por Estados Unidos y Canadá, mientras un maduro, pero chispeante Francis Carruthers Gould ofrecía sus ingeniosas caricaturas sobre todo de carácter político.

Poco después de su publicación en The Westminster Gazette, el relato de terror “You May Telephone From Here”, volvió a reeditarse en una antología de 1914, la sexta de su autor, titulada Cuentos de diez minutos (Ten Minute Stories): veintinueve narraciones fantásticas e inquietantes sacadas a la luz por Edward Payson Dutton and Company, de Nueva York. Además del relato mencionado, aparecen en el libro otros inquietantes títulos como “Allanamiento de sueños” (“Dream Trespass”), “La casa del pasado” (“The House of the Past”), “Los que susurran” (“The Whisperers”) o “La extraña desaparición de una baronesa” (“Strange Disappearance of a Baronet”). Efectivamente, Cuentos de diez minutos incluye algunos de los mejores relatos de Algernon Blackwood, convertidos luego en verdaderos clásicos del género, y con la particularidad de que las cinco o seis páginas de que consta la mayoría de ellos pueden leerse efectivamente en menos de un cuarto de hora. Tal es el caso realmente del cuento que nos ocupa. Sin querer destripar el final, si bien lo más importante es su ambientación, admirablemente conseguida en tan breve espacio, y esa desazón que pronto comienza a provocar en el lector, diremos que la acción se desarrolla en una casa de North Kensington, Londres, Una mujer angustiada le pide a su prima que pase un par de noches con ella tras la partida de su marido en tren a París. Con el paso de las horas ambas notan que el teléfono suena repetidas veces y nadie responde del otro lado, así que deciden desconectar la línea telefónica. Sin embargo, de madrugada el aparato suena inesperadamente. La esposa responde: es su marido que tiene que hacerle una importante, digamos, “confesión” …

De carácter paranormal, “Puedes telefonear desde aquí” ofrece como novedad, frente al terror tradicional, la introducción de un avance tecnológico como es el teléfono transformado en vehículo de lo sobrenatural. A este respecto, debemos reparar en el detalle de que “solo” hacía treinta y tres años que el teléfono había sido patentado como invento por el científico británico Alexander Graham Bell -la interesante polémica sobre el descubrimiento o no por parte de Antonio Meucci, veintidós años antes, la dejaremos para otra ocasión… -, en enero de 1876 en Nueva York. Tan revolucionario y popular como necesario en un mundo en expansión, en menos de veinticinco años una de cada cincuenta personas tenía ya teléfono en Estados Unidos, pasando a Europa y a otras partes del mundo con relativa rapidez. Tras posibilitar en 1884 la compañía Bell las llamadas a larga distancia, un empresario de pompas fúnebres de Kansas City, Almon S. Strowger, después de descubrir que su principal competidor en el negocio, que se trataba casualmente del marido de la telefonista local, conseguía sospechosamente más encargos, ideó en 1889 las centrales telefónicas automáticas, es decir, las llamadas sin intermediario, si bien es verdad que tardarían aún en implantarse de modo general.

Lo cierto es que el tema de los mensajes del más allá a través del hilo -o la radiofrecuencia- del teléfono ha sido un tópico de la literatura y el cine de terror constante a partir de Blackwood. Leyendas urbanas como la del “teléfono negro” o la prolífica serie de películas de “llamadas perdidas” en el cine oriental y occidental son prueba de ello…

Respecto a nuestro autor, Algernon Blackwood, diremos que nació el 14 de marzo de 1869 en Shooter’s Hill (una localidad que forma hoy parte de Londres, pero que pertenecía entonces al condado de Kent). Es ese el año en que también nace nuestra Concha Espina, Premio Nacional de Literatura en 1927, y se publican en el mundo La educación sentimental de Flaubert, Guerra y paz, de Tolstoi, o Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne. Con ochenta y dos años, Blackwood sufre una trombosis cerebral que le provoca la muerte el 10 de diciembre de 1951. Al cabo de unas semanas su sobrino llevó las cenizas desde Londres al puerto de Saanenmöser, en el cantón suizo de Berna. Ese mismo año se había publicado La colmena, de C. J. Cela, así como El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, o Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.

Algernon Blackwood se caracterizó por sus obras fantásticas y por su gran afición al ocultismo. Publicó unas diez antologías de cuentos y escribió catorce novelas, la mayor parte de las cuales quedaron inéditas. Su narrativa busca, al igual que tantas obras del género de terror psicológico, provocar el asombro y el desosiego en el lector más que el horror o el miedo. Sus historias, perfectamente hiladas y ambientadas, buscan y logran sugerir más que mostrar.

Aparte de escritor, fue periodista y narrador de radio. Sus obras son consideradas, por diversos críticos, como las mejores de la literatura del horror y de lo extraño junto con las de sus contemporáneos, considerados clásicos del género, Lord Dunsany, autor de Cuentos de los tres hemisferios, o Arthur Machen, a quien debemos la magistral novela corta El gran dios Pan.

A lo largo de su vida, desempeñó oficios muy variados: granjero en Canadá, minero en Alaska, reportero en Nueva York… De vuelta a Inglaterra, comenzó a escribir sus relatos de terror con gran éxito. Al igual que a otros escritores británicos del género -como es el caso del mencionado Arthur Machen- se le relaciona con la Golden Dawn, organización secreta cuyas enseñanzas pudieron haber influido en la peculiar atmósfera mágica de sus cuentos. Su obra es citada como una de las principales influencias de H. P. Lovecraft; de hecho, el célebre relato La llamada de Cthulhu lo inicia el narrador de Providence con una cita de Blackwood.

En los años 40 y 50 participó a menudo en radio y televisión narrando sus propios cuentos de terror. Amaba apasionadamente la naturaleza, y muchas de sus historias dan fe de ello. Escribió también una autobiografía centrada en sus primeros años, Episodios antes de los treinta (1923).

No obstante lo dicho hasta ahora, a pesar de mi admiración por “You May Telephone From Here”, no puedo dejar de mencionar el relato “The Wendig” (“El Wendigo”), aparecido por primera vez en The Lost Valley and Other Stories (1910), y muy diferente al anterior. Tal vez -junto a “The Willows” (“Los sauces”), de 1908, o “The Sacrifice” (“El sacrificio”), de 1914-, es el cuento más conocido de Algernon Blackwood; sobre todo después de que su criatura acabara incluida en el panteón de los dioses lovecraftianos por August Derleth, antologista estadounidense, primer editor de los escritos de H. P. Lovecraft y fundador de la editorial Arkham House. Fue precisamente ese relato, traducido muy pronto al castellano, el primero que leí de su autor en esa edad en que ya se dibujaba en mí el inquietante gusto por el género sobrenatural… ¿Y qué es el Wendigo? No es fácil de definir. Podemos decir que se trata de una de esas leyendas – ¿vivientes? – en las que siguen creyendo pueblos y tribus ancestrales: mitad hombre, mitad animal, mitad inmortal, que se desplaza con grandes saltos y que corre por encima de los árboles llevando a sus presas. Su velocidad es tal, que la fricción con el aire de la noche acaba quemando los pies de las víctimas… El ser humano se encuentra con algo que está muy por encima de su naturaleza, y que, además, habita el mundo desde mucho antes que él, mucho… Solo con pensarlo da vértigo. Os lo digo yo.

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LAFCADIO HEARN Y LOS ESPÍRITUS DE ORIENTE.

Por: Tomás Sánchez Rubio


Léucade, conocida hasta el siglo XIX por Santa Maura, es, junto con Corfú, Paxos, Ítaca, Cefalonia, Citera o Zante, una de las Islas Jónicas de Grecia. Su superficie es de poco más de trescientos metros cuadrados y consta, en la actualidad, de unos 26.000 habitantes. Allí nacieron el poeta y dramaturgo Aggelos Sikelianos (1884-1951) y la cantante de ópera Agnes Baltsa (1944).

También vino al mundo en aquella isla, un 27 de junio de 1850, Patrick Lafcadio Hearn, periodista y escritor cosmopolita, profundo conocedor y divulgador de la cultura japonesa en Occidente. Ese mismo año de 1850 tendrá lugar el nacimiento, en Edimburgo, de Robert Louis Stevenson, en tanto que fallecerá, en su París natal, el gran novelista Honoré de Balzac.

Lafcadio -gentilicio de Léucade (Lefkada)- era hijo de una campesina griega de la vecina Citera, Rosa Antonia Kassimati, y de un cirujano militar irlandés católico, Charles Bush Hearn, que se encontraba allí con motivo de la ocupación inglesa. Recordemos que fue el XIX un siglo de todo menos tranquilo en la historia de Grecia: tras la Guerra de la Independencia contra el Imperio Otomano, se desarrolla un largo periodo de inestabilidad civil con la directa intervención de otros países en su política interna. Después del asesinato de Ioannis Kapodistrias (1831), primer jefe de Estado de la Grecia independiente, las potencias europeas con el apoyo de Rusia designaron como rey a Otón Wittelsbach, hijo de Luis I de Baviera. En 1862, tras su deposición, Inglaterra logró que la Asamblea helena nombrara monarca a Jorge I, hijo del rey de Dinamarca y cuñado del príncipe de Gales…

El caso es que la familia de Lafcadio Hearn, siendo él todavía un niño, se traslada a Dublín, donde Charles deja a su mujer y a su hijo al ser destinado a las Indias Occidentales; por su parte la madre, rechazada por la familia del marido, vuelve a su patria confiando al pequeño a una tía abuela paterna en Gales, la cual se obstinaría, sin demasiado éxito, en que cursase la carrera eclesiástica. Sufre nuestro autor una infancia bastante triste y solitaria. Aparte de padecer el abandono de sus padres, así como la muerte de su hermano mayor al poco de nacer él, tiene lugar en su adolescencia la pérdida accidental del ojo izquierdo, siendo precaria de por sí la visión del derecho. Sin embargo, como es propio de los grandes espíritus creadores, tales circunstancias no impidieron que se convirtiese en un absoluto apasionado de la lectura, haciéndose de un bagaje cultural y lingüístico que le permitiría desenvolverse dentro del mundo de las letras y el periodismo a lo largo de toda una prolífica vida. Estudió, aparte de en Gran Bretaña, en Francia, de cuyo idioma, así como del español, realizaría traducciones.

En 1869 llegó a Estados Unidos. De Nueva York, donde se ganaba la vida trabajando en restaurantes, pasó a Cincinnati (Ohio), ejerciendo de corrector de pruebas y luego como redactor en The Cincinnati Enquirer y en The Commercial. Más tarde marcharía a Nueva Orleans para trabajar en el periódico Ítem; allí se interesa por el vudú, la historia, la cocina y los barrios marginales, tema este sobre el que también había escrito en su anterior etapa de Cincinnati. En 1881 empezó a trabajar en The Times and Democrat. Recopila sus trabajos periodísticos en Hojas sueltas de literatura extraña (1884) y en Gombo Zhebes (1885). Sus textos comienzan a aparecer en las revistas de Nueva York y en 1887 publica Fantasmas de la China. The Harper’s Magazine le envió como corresponsal a la Martinica, donde permaneció dos años y medio; fruto literario de esa estancia fueron Two years in the French West Indies (1890), la mejor descripción de estas islas editada hasta hoy, así como Youma, The Story of a West-Indian Slave, o la novela Chita. Publica, asimismo, varias traducciones de escritores franceses importantes, como Guy de Maupassant o Gustave Flaubert.

En 1890 decide marchar a Japón -en pleno periodo Meiji-, para escribir allí una serie de artículos destinada también a The Harper’s Magazine. Poco después de su llegada a Yokohama, rompió las relaciones con este periódico, comenzando su carrera docente como profesor de Literatura inglesa -llegó a ejercer la enseñanza en la Universidad Imperial de Tokio-. No obstante, en los veinticuatro años transcurridos en Japón hasta su muerte, no dejaría de escribir y publicar sobre el país que lo acoge y cuyas gentes y costumbres ejercen tan gran fascinación desde un primer momento sobre él.

La base de los cuentos de fantasmas orientales sobre los que Hearn escribirá con frecuencia, dentro de una variada producción literaria dedicada a Japón, se encuentra en las historias populares que le narraba su esposa, Setsuko Koizumi (1869-1932). Se trataba de cuentos tradicionales de espectros y aparecidos. Gracias a Setsuko, oriunda de una familia de samuráis y con la que tiene cuatro hijos, Lafcadio se zambulle en la cultura nipona: se nacionaliza como japonés y abraza el budismo, adoptando además el nombre de Koizumi Yakumo a partir del apellido de su nueva familia política. Junto a su esposa consiguió la estabilidad que había estado buscando en sus viajes; su dominio de la lengua local era imperfecto y ella ignoraba el inglés, pero ambos podían comunicarse en un japonés rudimentario.

El 26 de septiembre de 1904 Hearn fallece en Tokio, víctima de un ataque al corazón, un mes después de la desastrosa derrota en Port Arthur de Rusia frente a Japón, acaecida durante la guerra que enfrenta a ambas potencias. En ese mismo año, desde el punto de vista literario asistimos a una serie de acontecimientos reseñables: el dramaturgo José de Echegaray obtiene el primer premio Nobel de Literatura concedido a un español; nacen los escritores Graham Greene y Pablo Neruda, y fallece el escritor y dramaturgo ruso Antón Chéjov.

La localidad de Matsue, donde residió Hearn con su familia, honró su memoria dedicándole el Lafcadio Hearn Memorial Museum. En Okubu se le recuerda con un parque con su nombre y presidido por una efigie suya. Por otra parte, la tumba puede visitarse en el cementerio Zōshigaya, en Toshima (Tokio). En dicho camposanto reposan los restos de otras celebridades como Ogino Ginko (1851-1913), primera mujer licenciada y practicante de la medicina occidental en Japón, o el actor Hiroshi Kawaguchi (1936-1987).

Merece destacarse, de entre las ediciones en castellano de la obra de nuestro autor, Fantasmas de la China y del Japón, volumen que pertenece a la colección Clásicos y Modernos de Ediciones Espuela de Plata (2011). Con prólogo de Luis Alberto de Cuenca, filólogo, poeta y ensayista, recupera en sus poco más de doscientas páginas, la impecable traducción al castellano del poeta, periodista y diplomático uruguayo Álvaro Armando Vasseur (1878-1969) de la edición de 1920, debida a Biblioteca de La Prensa de Lima. Fue el primero de los libros de Hearn editados en castellano. La pulcra traducción de Vasseur respeta el lenguaje poético, el cuidado vocabulario y las delicadas imágenes del autor. Recordemos que Ediciones Espuela de Plata, como sello editorial complementario del Grupo Renacimiento, se creó en 1999 para autores hispanoamericanos y universales, siendo en 2003 reconocida por el Ministerio de Cultura con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural. En esta colección Clásicos y Modernos han visto a la luz novelas como El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton; o bien La isla del tesoro, de R. L. Stevenson.

En la mencionada edición, formada por Los Fantasmas de la China, por una parte, y Los Fantasmas del Japón por otra, merecen especial atención los relatos “La leyenda de la tejedora Celeste”, “El último pensamiento de un decapitado” o “El devorador de sueños”.

Los célebres fantasmas japoneses de Lafcadio Hearn inspiraron toda una tradición de cine y literatura paranormal que llega hasta Hideo Nakata (n. 1961), director de películas como Ringu (The ring), de 1998, pero estrenada en España en 2000. No obstante, su herencia directa más notable se encuentra en el director Masaki Kobayashi (1916-1966). Su filme, El más allá (Kwaidan), de 1964, con casi tres horas de metraje y con guion de Yôko Mizuki, es una colección de cuatro historias de fantasmas -cuatro relatos sin conexión aparente entre sí: “El cabello negro”, “la mujer de nieve”, “Hoichi, el hombre sin orejas”, o “En una taza de té”- extraídas del libro Kwaidan: Stories and Studies of Strange Things (1903) escrito por Hearn, donde unos relatos son tradicionales o populares y otros de creación propia. El denominador común es que están protagonizados por espíritus que interactúan con los vivos. Recordemos que “Kwaidan” es una transcripción arcaica de “Kaidan”, que significa «historia de fantasmas». La película de Kobayashi ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine de Cannes de 1965, recibiendo, ese mismo año, una nominación al Óscar a la mejor película extranjera.
Otras obras que merecen destacarse de nuestro autor serían Visiones del Japón menos conocido (1894), o bien Kokoro. Impresiones de la vida íntima del Japón (1891); traducida esta al castellano por el intelectual y político español Julián Besteiro.

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NOÉMIA DE SOUSA: EL CALLADO CLAMOR DE ÁFRICA

Por: Tomás Sánchez Rubio


Mãe! Minha mãe África
das canções escravas ao luar,
não posso, não posso repudiar
o sangue bárbaro que me legaste…
Porque em mim, em minha alma, em meus nervos,
ele é mais forte que tudo,
Eu vivo, eu sofro, eu rio através dele, mãe!

Noémia de Sousa, Sangue Negro

 

Mozambique es un país situado al sureste de África, a orillas del océano Índico. Se dice que su nombre proviene de Msumbiji, el puerto suajili en la Isla de Mozambique; también se afirma que los portugueses la denominaron así por derivar de Mussa Ben Mbiki, un comerciante árabe que visitó y se estableció en la mencionada isla. Su historia se parece bastante a la del resto de las tierras del continente africano. Vasco da Gama exploró las costas del país en 1498, durante su periplo alrededor del Cabo de Buena Esperanza y Portugal lo colonizó en 1505, convirtiéndose en asentamiento permanente en la nueva ruta comercial hacia el oriente.

En Mozambique se practicó desde muy pronto la esclavitud por parte de jefes tribales africanos, comerciantes árabes, y colonos portugueses “prazeiros”. De hecho, entre 1500 y 1800, cerca de un millón de personas fueron vendidas como esclavos.

Como consecuencia de la llamada Conferencia de Berlín, celebrada entre finales de 1884 y principios de 1885, escenificación del reparto sistemático del continente africano por parte de las potencias europeas, que ya llevaban siglos explotando sus riquezas, toda África -excepto Liberia- fue adjudicada a las distintas potencias signatarias. Sin embargo, Abisinia, cuyo control había sido otorgado a Italia, resistió a la invasión y permaneció independiente. Los portugueses extendieron o afianzaron su dominio sobre Angola, Cabo Verde, Guinea-Bisáu, Santo Tomé y Príncipe y Mozambique.

En las décadas de 1920 y 1930, el régimen colonial instaura un sistema racial separando a los africanos «asimilados», que recibieron las bases de una educación que les permitió eventualmente ocupar un sitio en la administración, de otros indígenas, privados de derechos y sometidos al trabajo forzado -que no será abolido hasta 1962-.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el dictador portugués António de Oliveira Salazar rehusó entrar en el proceso descolonizador voluntariamente, y el país vecino fue la última nación europea en retener sus mayores colonias en suelo africano, apelando al uso de la fuerza militar en caso necesario.

A principios de los sesenta, se desata la guerra en el África portuguesa, lo cual significó que el gobierno de la metrópoli debió invertir gran cantidad de recursos en sostener campañas bélicas, intentando abarcar cuatro frentes simultáneos en Angola, Mozambique, Cabo Verde y Guinea-Bisáu.

El autodenominado régimen del Estado Novo de Salazar y su sucesor, Marcelo Caetano, acabó en 1974 al triunfar en Portugal la Revolución de los Claveles. Uno de los primeros actos del nuevo gobierno fue dar término a la guerra colonial y negociar la entrega de todas las posesiones africanas a la resistencia indígena; proceso que culminó en 1975, si bien de modo desigual según el territorio. En Mozambique y Angola, los grupos rebeldes entraron pronto en una guerra civil después de la retirada portuguesa. A gobiernos populares entrantes respaldados por la Unión Soviética, Cuba, y otros países comunistas, se enfrentaron grupos de insurgentes apoyados por naciones como Zaire, Sudáfrica y Estados Unidos. Las secuelas de esta confrontación fueron más de novecientos mil muertos en combates y por inanición; cinco millones de civiles fueron desplazados, perdiendo muchos de ellos miembros del cuerpo por amputación debido a las minas, un legado de esta guerra que continúa azotando a Mozambique, ya que se calcula que aún dos millones permanecen activas. Los combates acabaron en 1992 y las primeras elecciones multipartidistas no tuvieron lugar hasta 1994.

Carolina Noémia Abranches de Sousa Soares, más conocida por Noémia de Sousa, nació el 20 de septiembre de 1926 en Lourenço Marques, nombre con el que se conoció la capital de Mozambique, Maputo, hasta 1976. El nombre de Lourenço Marques fue impuesto a la ciudad, en el siglo XVI, por el rey Juan III de Portugal -hijo de Manuel I el Afortunado y de la reina María de Aragón, cuarta hija de los Reyes Católicos-, en honor al explorador portugués del mismo nombre.

El 20 de septiembre de 1920, seis años antes del nacimiento de Noémia, podría considerarse como la fecha de inicio del movimiento no violento de Mohandas Karamchand Gandhi, en defensa de los derechos humanos en la India, ya que el congreso de aquel país permitió ese día la primera campaña del movimiento de no colaboración -o “resistencia no violenta” frente a las autoridades coloniales británicas- emprendida por Gandhi.

Celebrada como una de las más grandes poetas de África, Noémia de Sousa, a pesar de una obra no prolífica -aunque no por ello de menor calidad e intensidad-, influyó de manera indiscutible en toda una generación de escritores africanos. La constante presencia de las raíces y valores de aquel continente, así como la protesta y la reivindicación como ciudadana africana y del mundo, poeta y mujer, son los temas predominantes en su fértil poesía.

Noémia de Sousa murió el 4 de diciembre de 2002, a los setenta y seis años, en Cascais, Portugal, víctima de una larga enfermedad. Nuestra autora resulta un caso único en la literatura: apenas escribió de manera regular entre 1948 y 1951, y su primer y único libro se publicó un año antes de su muerte. No obstante, sus poemas aparecieron en varias revistas, tales como Mensagem, O Brado Africano o Présence africaine, publicación semestral −esta última− especialmente interesante, fundada en 1947 por el profesor y político senegalés Alioune Diop (1910-1980). Dirigida luego por su viuda, Christiane Diop, dio lugar también a un sello editorial del mismo nombre desde 1949, y, posteriormente, a una librería en el Barrio Latino de París.

Noémia de Sousa realmente nunca buscó ver publicados sus poemas, pero, gracias a la decisión de uno de sus seguidores, el escritor Nelson Saúte, escritor y profesor de ciencias de la comunicación también mozambiqueño, fue editado en septiembre de 2001 el poemario Sangue Negro, con cuarenta y seis poemas escritos entre 1948 y 1951. Lo sacó a la luz la Editorial Kapulana, con ilustraciones de la brasileña Mariana Fujisawa y portada de Amanda de Azevedo; el prólogo estaba escrito por la profesora Carmen Tindó, e incluía estudios de Fátima Mendonça, Francisco Noa y del propio Nelson Saúte. Completaba el volumen el testimonio de varios lectores apasionados por la obra de la escritora.

Noémia de Sousa, además de por su actividad creadora, destacó por su labor periodística: ejerció como reportera de las agencias noticias ANI, ANOP y Lusa.

En 1951, Noémia se había establecido en Lisboa huyendo de la persecución de la policía política portuguesa en Mozambique y se empleó como traductora en una agencia de noticias. En 1964 vivió un tiempo en París, donde trabajó como funcionaria del Consulado de Marruecos, y luego retornó a Portugal, hasta su muerte. Desde que dejó su país en 1951, no volvió a escribir poesía, excepto algunos trabajos en homenaje con ocasión de la muerte, en 1986, de su admirado Samora Moisés Machel, presidente de Mozambique desde 1975, considerado como el padre de la independencia mozambiqueña.

Con una poesía rotunda y seria, solemne y cruda a un tiempo, Noémia de Sousa antepone el respeto del otro, el derecho a la dignidad de los negros, el acceso a la educación y la cultura en pie de igualdad con todos los otros grupos sociales del país. Se trata de uno de los más claros referentes de la ruptura con la literatura colonial. África merecía otro tipo de metáfora que la que esta última ofrecía para definir su peculiar realidad.

Pienso que no hay mejor homenaje a nuestra autora que mencionar aquí a otras poetas africanas dignas de ser conocidas y reconocidas: unas, cercanas en el tiempo a Noémia; otras, más actuales; todas ellas diferentes pero unidas por una misma identidad y un parecido lenguaje de libertad y vida. Hay bastantes más. Solo ofrezco una somera muestra:

Alda Lara (1930-1962). Cuentista y poeta angoleña en lengua portuguesa. Los poemas y cuentos cortos de Lara abordan principalmente temas de maternidad e infancia, así como de la necesidad de libertad y justicia.

Antjie Krog (n. 1952). Académica, poeta y periodista sudafricana, escribe en afrikáans e inglés. En 1970, durante los años más crudos del “apartheid” de John Vorster, comenzó a escribir duramente contra la segregación escandalizando a su comunidad afrikánder y llamando la atención de los medios nacionales.

Sitawa Wafula (n. 1984). Joven poeta keniata cuya experiencia personal como superviviente a una violación la llevó a buscar en la poesía un vehículo para compartir y expresar sus experiencias. Además de escritora, Sitawa es una activista que busca visibilizar el tema de la salud mental y la epilepsia en África a través de su organización My mind, my funk. En sus escritos cobra especial relieve la esperanza y las cosas hermosas que nos ofrece la cotidianidad.

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